miércoles, 23 de septiembre de 2026

El regreso de la plata a los dientes

Hace unas semanas leí un artículo de mi admirado Josh Bloom, a propósito de un trabajo publicado recientemente en JAMA Pediatrics sobre un ensayo clínico aleatorizado que analiza la eficacia de una sustancia denominada diamino fluoruro de plata (su acrónimo inglés es SDF) para detener las lesiones de caries severa que se dan en la primera infancia. El ensayo incluyó nada menos que 830 niños y cerca de 2.000 lesiones dentales. A los seis meses, el 54% de las lesiones tratadas con SDF se habían detenido, frente al 22,5% del grupo control. En su artículo, Bloom se dedicaba después a explicar otros usos médicos de la plata pero una frase que aparece al final del artículo “Mercury is gone, but silver is back” (el mercurio se ha ido pero la plata ha vuelto) me resultó particularmente motivadora para escribir una entrada. Porque en este Blog, los dientes tienen una variada presencia bajo diferentes excusas y dado que hay mucho suscriptor reciente (gracias a todos), me parece una buena ocasión de hacer autopromoción de lo que ya está escrito y quizás no han leído.

Hace ya veinte años (2006) escribí una entrada sobre el mercurio, que titulé Un veneno con historia. La entrada contaba algunos desastres provocados por el mercurio en el pasado, la regulación tendente a su desaparición futura (2011), pero también el uso de compuestos de mercurio como el de la mercromina, particularmente querida en mi nido. En esa misma entrada conté también que, algunos de mis dientes estaban arreglados con amalgamas de mercurio, que databan de finales de los años setenta. En 2011 me tocó experimentar personalmente con la evolución de los materiales dentales. Mi dentista, y sin embargo amigo, decidió emprender un particular plan Renove de mi dentadura y empezó por retirar algunas de esas viejas amalgamas, a pesar de no haberme dado problema alguno. La sustitución se hizo por un material polimérico. Y aún siendo químico y dedicado profesionalmente a los polímeros, no pude evitar cierta desconfianza. Escribí entonces:

...un relleno a base de un polímero, que ya veremos qué resultado da, que me conozco bien el percal y no todo es de color de rosa en los polímeros para dientes.

No deja de tener cierta ironía que un químico de polímeros como un servidor se pusiera a desconfiar de los mismos con la brasa que he dado con ellos en este Blog, pero yo no las tenía todas conmigo. El caso es que me equivoqué porque, al menos por ahora, esos materiales dentales basados en polímeros siguen en mis dientes.

En 2021 publiqué una entrada titulada, sin demasiada imaginación, “Mercurio y amalgamas dentales”, en el que trataba de explicar mucho más extensamente los pretendidos problemas derivados de las mismas y que han hecho rico a más de un dentista dedicado a eliminarlas. En función del discurso que estoy construyendo, es bueno decir aquí que, como bien se detalla en un documento de la FDA americana, la amalgama dental es una mezcla de metales compuesta por mercurio líquido y una aleación en polvo de plata, estaño y cobre. Aproximadamente la mitad (50% en peso) de la amalgama dental es mercurio elemental. Para colocar una amalgama dental, tras perforar el diente para eliminar la caries y, bajo las condiciones de seguridad adecuadas, el dentista mezcla la aleación metalica en polvo con mercurio líquido para formar una pasta de amalgama. Esta pasta, ya blanda, se coloca y se moldea en la cavidad preparada, donde se endurece rápidamente formando un empaste sólido. La plata contribuye, entre otras cosas, a la resistencia mecánica, la resistencia a la corrosión y la estabilidad de la amalgama.

La entrada deja también claro que, de acuerdo con las agencias que cuidan de nuestra salud, las amalgamas no suponen riesgo alguno para la salud una vez puestas. Y que si hay algún riesgo es a la hora de eliminarlas, como bien dice el SCENIHR (Scientific Committee on Emerging and Newly Identified Health Risks) de la UE: "Eliminarlas implica un aumento transitorio de la exposición de los pacientes a niveles relativamente altos de mercurio y no existe una justificación clínica para retirar las restauraciones de amalgama clínicamente satisfactorias, excepto en pacientes con sospecha de reacciones alérgicas a los componentes de la misma". Pero, en resumen y para lo que aquí nos interesa, si las amalgamas tienden a desaparecer de los gabinetes de los dentistas como material para reparar caries, el mercurio, la plata y los otros metales dejarán progresivamente de incorporarse a nuevas restauraciones dentales.

Hay otro protagonista químico que ha aparecido repetidamente en mis escritos sobre dientes. Y ese es el flúor. O, mejor dicho, los fluoruros, porque es esa la forma en la que el átomo de flúor se usa en aplicaciones para la salud dental. En 2015 escribí una entrada titulada “Lo que ilustra el viajar: caries y flúor” sobre una larga historia de más de cuarenta años, que empieza en 1900 con un joven dentista (Frederick McKay) que, al abrir su primera consulta, en una localidad muy alejada de su lugar de origen, comprobó que allí casi nadie tenía caries (poco usual en la época). Tras muchas vicisitudes que en la entrada se relatan, los desvelos del dentista acabaron, en 1945, con la primera fluoración de agua potable en la localidad de Grand Rapids, en Michigan, como forma de prevenir las caries, una práctica que demostró su eficacia y que ha conducido también a que la mayoría de las pastas dentífricas lleven fluoruros en su composición.

La idea química detrás de la eficacia de los fluoruros para prevenir la formación de caries es bastante sencilla, como expliqué someramente en 2021, en una entrada titulada “Dientes, flúor y ecologistas”. El esmalte de los dientes está constituido fundamentalmente por hidroxiapatita y los fluoruros favorecen la formación de una fase mineral más resistente frente al ataque ácido, llamada fluoroapatita. Aproveché la entrada para explicar también que la decisión de varias entidades guipuzcoanas de dejar de fluorar el agua potable de nuestros pueblos y ciudades no es debida a la presión de los grupos ecologistas, sino a que la salud dental de nuestros infantes ha mejorado mucho gracias al Plan PADI y a que ya tienen fluoruros en sus pastas dentales.

Y vayamos ahora a la novedad que me ha llevado a escribir todo esto y en la que vuelve, cual Guadiana dental, la plata que acompañaba al mercurio en las amalgamas y que ahora acompaña al flúor. El diamino fluoruro de plata o SDF tiene una fórmula bastante sencilla: [Ag(NH₃)₂]F, es decir, un complejo de plata con dos moléculas de amoniaco y un fluoruro. Y, en él, cada parte tiene su trabajo. La plata ejerce ahora una acción antimicrobiana sobre las bacterias implicadas en la caries. En la amalgama, en cambio, la plata estaba allí por razones completamente diferentes ya que formaba parte de la aleación que, al reaccionar con el mercurio, daba lugar al material restaurador. En el caso del fluoruro este contribuye, de nuevo, a frenar la desmineralización y favorecer la resistencia del tejido dental. La consecuencia resulta bastante llamativa: la caries puede detenerse sin necesidad de perforar el diente, poner anestesia y colocar una obturación. Basta con poner SDF sobre la parte dañada. Eso sí, hay que hacer un par de precisiones. El SDF no hace desaparecer la cavidad ni reconstruye el diente. Detiene o ralentiza la enfermedad. Además, la zona tratada suele adquirir una coloración negra bastante característica, como se ve en la foto que ilustra la entrada. Por eso no estamos hablando de una sustitución universal de los empastes. Pero como estrategia para detener la progresión de determinadas caries, especialmente en los primeros dientes de los niños pequeños, resulta extraordinariamente interesante, como constata el estudio publicado en JAMA Pediatrics.

Todo lo contado nos permite volver a la frase de Bloom Mercury is gone, but silver is back. Aunque quizá la historia completa sea algo más extensa. Primero utilizamos metales para reparar los dientes. Después desarrollamos nuevos materiales, como las resinas poliméricas. Mientras tanto, los fluoruros nos enseñaron que quizá era posible no limitarse a reparar el daño, sino evitar o frenar la desmineralización. Y ahora aparece una combinación de dos viejos conocidos de la química, plata y fluoruro, que permite atacar simultáneamente algunos de los componentes fundamentales del proceso de la caries en los más pequeños. No estamos ante una revolución que vaya a mandar mañana todos los empastes al museo de la odontología. Pero sí ante un ejemplo estupendo de algo que la química lleva haciendo desde hace mucho tiempo, cual es el encontrar nuevas aplicaciones para sustancias que conocemos desde hace siglos. La plata no es nueva. El fluoruro tampoco. Lo nuevo es la manera de combinarlos y utilizar sus propiedades.

Y, de paso, la noticia me ha permitido comprobar que, después de veinte años y unas cuantas entradas, los dientes siguen siendo un estupendo tema para contar una buena historia de química. Ahora que una de mis sobrinas es odontóloga, tengo además en casa una “garganta profunda” para enterarme de nuevas sustancias y nuevos materiales en odontología.

Hoy, en la música de cada entrada, un breve extracto de Don Juan de Richard Strauss, con la Filarmónica de Berlín y Gustavo Dudamel a los mandos. Todos trece años más viejos pero sonando igual de bien.

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miércoles, 9 de septiembre de 2026

Plantando árboles con fundamento. De las islas urbanas de calor al azul de una cordillera

Ahora que parece que el calor afloja un poco y también las frecuentes discusiones que este verano se han generado en torno al uso del aire acondicionado, es bueno recordar que el aumento en la temperatura global del planeta es particularmente notorio en las ciudades por el efecto denominado “islas urbanas de calor”, término que resume el hecho de que las zonas urbanas suelen ser más cálidas que las regiones rurales circundantes. Y ello es debido, en gran parte, a la progresiva desaparición del arbolado, y otros tipos de vegetación, a medida que las ciudades han ido creciendo. Los árboles proporcionan sombra, sus hojas utilizan parte de la energía solar para evaporar agua (evapotranspiración) y, dependiendo de la superficie que oculten, modifican el llamado albedo o capacidad de una superficie para reflejar la radiación solar. Todo ello contribuye, en mayor o menor medida, a enfriar el entorno. Pero no todo es perfecto. Aunque los árboles son unos estupendos aparatos de aire acondicionado naturales, también son fábricas químicas y ello puede tener consecuencias no deseables en la calidad del aire de las ciudades que optan por plantar árboles como herramienta climática.

Así lo ilustraba un trabajo publicado en agosto de 2026 en Science Advances, firmado por investigadores de la Universidad de Jinan en China, en colaboración con colegas de la Universidad de Innsbruck. En ese trabajo analizaron, durante el verano de 2021, la composición química del aire de Beijing mediante mediciones de alta resolución temporal, cuantificando las emisiones de Compuestos Orgánicos Volátiles (COV) procedentes de la vegetación urbana (o biogénicas) y las compararon con las de origen humano (o antropogénicas), que tienen su origen en fuentes como el tráfico, la combustión, el uso de disolventes y productos químicos y diversas actividades industriales. Analizaron además la reactividad química de esos compuestos y, particularmente, su capacidad para participar en reacciones que ocurren en la atmósfera y que conducen a la formación de ozono troposférico (ver nota al pie), el que aparece en la capa baja de la atmósfera. Ese ozono troposférico es un contaminante que genera y agrava problemas respiratorios, además de perjudicar a la propia vegetación. Los investigadores encontraron que los COV de origen biogénico, aunque se emiten en cantidades que pueden ser menores que los de origen antropogénico, pueden tener una contribución desproporcionadamente grande a la reactividad química total de la atmósfera.

Eso ocurre particularmente en las ciudades, donde los óxidos de nitrógeno procedentes principalmente de los procesos de combustión, y muy especialmente del tráfico, proporcionan uno de los ingredientes necesarios para que los COV emitidos por los árboles y particularmente uno de ellos, el isopreno, puedan dar lugar a la formación del mencionado ozono troposférico. El isopreno es un hidrocarburo muy sencillo formado por cinco átomos de carbono. Muchos árboles y plantas lo fabrican y lo emiten e, incluso, utilizan unidades de isopreno para fabricar polímeros como el caucho natural o poli(isopreno). La emisión de isopreno por parte del arbolado no es constante en el tiempo. Cuando aprieta el calor y el Sol ilumina con fuerza las copas de los árboles, aumenta también la cantidad de esta molécula que pasa a la atmósfera.

Una de las conclusiones más interesantes del trabajo y que tiene repercusiones importantes, es que los COV emitidos por los árboles no son todos iguales desde el punto de vista de la química atmosférica. No basta, por tanto, con conocer cuánto se emite de cada uno de ellos en una determinada especie arbórea, también importa su estructura química y su reactividad, así como las condiciones de temperatura, radiación solar y concentración de óxidos de nitrógeno en las que se encuentran. De ahí que, a la hora de elegir las especies destinadas al arbolado urbano, los autores propongan considerar, junto a su capacidad para proporcionar sombra y refrigeración, qué COV emiten y qué consecuencias pueden tener esas emisiones sobre la calidad del aire de una determinada ciudad.

El asunto que acabo de describir conecta con una historia curiosa que ya conté en este Blog hace la friolera de quince años. Para que no tengáis que volver a leer la entrada, voy a volver a contar lo sustancial de forma corregida y aumentada. El relato empieza con algo tan aparentemente inocente como una hoja de un árbol. Las plantas, como acabamos de ver, producen una gran variedad de sustancias volátiles o COV que pasan continuamente a la atmósfera. Se trata de una emisión natural de dimensiones considerables. Los vegetales liberan a la atmósfera cantidades de COV que rivalizan con las emisiones procedentes de las actividades humanas. Así que no es extraño que la atmósfera que rodea un bosque tenga una química bastante diferente de la que encontraríamos sobre una ciudad. Entre todos esos compuestos emitidos está, como acabamos de mencionar, nuestro isopreno. ¿Y para qué sirve el isopreno a la planta? Ésta es una pregunta para la que no existe una respuesta tan sencilla como podría parecer. Se ha relacionado con la protección de las hojas frente a diferentes tipos de estrés, particularmente el provocado por las altas temperaturas. Podríamos decir, simplificando bastante, que mientras nosotros buscamos la sombra de un árbol cuando hace calor, el árbol pone en marcha su propia química para soportarlo.

Pero, una vez que abandona la hoja, el isopreno deja de estar bajo el control de la planta. Al pasar a la atmósfera se encuentra con radicales libres y otras especies químicas muy reactivas y comienza una cadena de reacciones químicas que, entre otras cosas, puede contribuir a la formación del ozono troposférico que ya hemos visto. Pero, en el curso de esas reacciones, también se forman otras moléculas, algunas de ellas mucho menos volátiles que el propio isopreno o el ozono, que pueden agruparse o incorporarse a partículas microscópicas sólidas suspendidas en el aire. Estas partículas constituyen parte del llamado aerosol orgánico secundario y son capaces de dispersar la luz. Es esa fina suspensión de partículas (como bien me hacía ver mi antiguo Decano, Iñigo L., en los comentarios a esa vieja entrada) y no el isopreno gaseoso (que es incoloro), la que contribuye a producir la característica neblina azulada de las Blue Ridge Mountains o Cordillera Azul de Los Apalaches, donde abundan los robles, grandes emisores de isopreno. Neblina que dio lugar la entrada de 2011.

¿Pero por qué esa neblina es azulada? La respuesta está en la manera en que las partículas dispersan la luz. La luz solar contiene todas las longitudes de onda visibles (recordad el arco iris) y las partículas atmosféricas de tamaño muy pequeño pueden dispersar con especial eficacia las longitudes de onda cortas, correspondientes aproximadamente a los colores azul y al violeta. Cuando miramos hacia una montaña lejana, una parte de la luz que llega hasta nuestros ojos ha sido dispersada por las partículas que flotan en el aire que tenemos delante. Esa luz dispersada se suma a la que procede de la propia montaña y hace que la veamos cubierta por un velo azulado. Cuanto mayor es la distancia que recorre la luz a través de la atmósfera, mayor puede ser este efecto. El fenómeno tiene una cierta semejanza con el que hace que veamos azul el cielo aunque, en el caso que nos ocupa, las partículas de aerosol desempeñan un papel fundamental.

Así que el nombre de la Cordillera Azul tiene una explicación bastante más complicada e interesante de lo que podría parecer. Sus bosques liberan isopreno, la atmósfera transforma esta molécula y genera, entre otras cosas, partículas capaces de modificar el camino de la luz y hacer que las veamos azules. El azul de las montañas es, en cierta medida, la huella óptica de la química que está ocurriendo sobre ellas.

Y la música de hoy. Ultimamente escucho mucho las Variaciones Goldberg de Juan Sebastian Bach grabadas en 2020 por el pianista Lang Lang. Hoy quería poner una de ellas aquí y, buscando, buscando, me he encontrado esta corta grabación de la Variación 30, realizada en la emblemática iglesia de Santo Tomás de Leipzig, donde Bach está enterrado y que creo que merece la pena escuchar y ver. Dice el propio Lang Lang en el texto que aparece debajo del video de YouTube que “El ambiente de la iglesia era sobrecogedor, y lo hacía aún más especial el hecho de estar sentado al piano, interpretando las Variaciones Goldberg, tan cerca del lugar donde está enterrado Bach. Hacia el final de la Variación n.º 30 tuve un momento para dejar vagar la mirada y me fijé en su tumba. Fue un momento de una emoción indescriptible. Nunca me había sentido tan cerca de un compositor como durante aquel recital”.

(1) Empleamos el adjetivo troposférico para diferenciarlo del ozono estratosférico de las capas altas de la atmósfera, de efectos beneficiosos al filtrar las radiaciones UV de alta energía.

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lunes, 24 de agosto de 2026

Alimentos ultraprocesados

Creo que todos estaremos de acuerdo en que pocos alimentos que consumimos pueden considerarse estrictamente naturales, porque la mayoría, en mayor o menor grado, han sido transformados por los humanos. Cocinar, a fin de cuentas, no es más que una forma de procesar los alimentos para hacerlos más digeribles, más accesibles energéticamente y, de paso, deleitar nuestros sentidos. Esta idea tiene una larga tradición en la divulgación científica española. En 1980, el biólogo evolucionista Faustino Cordón publicó Cocinar hizo al hombre, donde defendía que la transformación de los alimentos mediante el fuego había desempeñado un papel fundamental en el origen de lo específicamente humano. En 2009, Richard Wrangham desarrolló una idea relacionada en Catching Fire: How Cooking Made Us Human, formulando lo que se conoce como la hipótesis de la cocina, según la cual cocinar habría sido un factor decisivo en nuestra evolución En los últimos años, el término Alimentos Ultraprocesados (AUP) ha ido ganando terreno en el lenguaje popular, identificándolo con la llamada “comida basura” y asociándolo a malos hábitos alimentarios y a las enfermedades que ocasionan.  Aunque la categoría de AUP nació en la literatura científica hace más de quince años, su extraordinaria popularización en los medios y en el discurso político es bastante reciente. El salto desde la literatura académica al debate público se produjo, sobre todo, durante la segunda mitad de la década de 2010 y se aceleró extraordinariamente a partir de 2022–2023. Y sobre el lío que este término está generando, y sobre el uso y abuso que de él hacen algunos medios y algunos políticos, va esta entrada.

En 2009, el investigador brasileño Carlos A. Monteiro publicó un artículo en el que proponía que, para entender la relación entre alimentación y salud, debíamos prestar atención no solo a los alimentos y sus nutrientes, sino también a cómo habían sido procesados. Esa primera propuesta fue modificándose a lo largo de los años siguientes hasta acabar en lo que hoy conocemos como clasificación NOVA (del portugués nova, nueva). De forma resumida, podéis ver sus cuatro grupos clicando en la figura que ilustra esta entrada. Conviene tenerlos presentes para seguir la discusión. El grupo 4 habla literalmente de Alimentos Ultraprocesados, definidos como “formulaciones industriales elaboradas a partir de ingredientes y sustancias de uso predominantemente industrial, mediante una combinación de procesos físicos y químicos. Suelen incorporar ingredientes poco habituales en la cocina doméstica y determinados aditivos como aromas, colorantes, edulcorantes, emulsionantes o espesantes, destinados a modificar o mejorar las características sensoriales del producto”. Como también veis en la figura, NOVA clasifica los alimentos según el grado y finalidad del procesamiento, pero no sobre su calidad nutricional.

La introducción de la categoría de alimentos ultraprocesados en NOVA es uno de los pilares conceptuales sobre los que se ha construido buena parte del actual uso de ese término, sobre todo después de que, en 2019, la FAO publicara un informe dedicado a los alimentos ultraprocesados utilizando esta clasificación. El otro pilar, no menos importante, se debe a Kevin Hall, un investigador muy conocido en el campo, sobre todo por un estudio realizado en un entorno controlado, en el que él y su equipo observaron que los participantes en él mismo consumían espontáneamente más calorías y aumentaban de peso con una dieta rica en alimentos ultraprocesados que cuando lo hacían con una dieta basada en alimentos mínimamente procesados, pese a que ambas dietas estaban diseñadas para ser comparables en energía ofrecida y en varios componentes nutricionales. Este trabajo ha sido ampliamente citado en la investigación sobre nutrición y obesidad.

Ya dentro de esta década, los AUP han generado vivos debates, como cuando diversos medios americanos, como el Washington Post, se hicieron eco de un artículo en Lancet que revelaba que consumir alimentos de origen vegetal ultraprocesados, incluidos los sustitutos de la carne, aumentaba el riesgo de sufrir ataques cardíacos y accidentes vasculares. Aunque la noticia ha sido luego debidamente matizada, el asunto, sin embargo, va más allá de un simple estudio mal interpretado. Se relaciona con tensiones, cada vez más evidentes, dentro de la ciencia de los AUP, una categoría relativamente reciente en la investigación nutricional. Además, los AUP han estado también en la agenda del inefable Robert F. Kennedy Jr., a la sazón Secretario de Estado de Salud y Servicios Humanos en el Gobierno Trump y el movimiento MAHA que le apoya. RFK ha acusado a los AUP de “estar impulsando nuestra epidemia de enfermedades crónicas” y en el caso de las “carnes” de origen vegetal, las ha calificado como “instrumentos de control corporativo sobre nuestro sistema alimentario y la humanidad”. Todo ello ha conducido a que el publicitado peligro de los alimentos ultraprocesados ​​haya calado hondo entre el público en general, avivando las inquietudes sobre la modernidad industrial y alimentando la sensación de que las grandes empresas alimentarias nos están envenenando. Y los consumidores (particularmente los americanos) no andan descaminados. El entorno alimentario estadounidense es poco saludable y propicia enfermedades, y la industria alimentaria tiene parte de la culpa.

Pero en junio de este año, la revista Science publicó un comentario en su sección Perspectivas, bajo el título Alimentos Ultraprocesados y Obesidad: interpretando la evidencia, que ha incidido en las tensiones que mencionaba más arriba y que nos hace plantearnos la pregunta de qué significa realmente el adjetivo ultraprocesado. Hay que tener en cuenta que la clasificación NOVA no evalúa el grado de procesamiento en una escala continua de 0 (sin procesar) a 100 (ultraprocesar) sino en cuatro categorías. Y ello puede introducir inconsistencias notables que otros investigadores han puesto de manifiesto. Por ejemplo, un yogur natural sin azúcar puede estar en el grupo 1, mientras que una versión prácticamente idéntica, a la que se ha añadido un edulcorante en cantidades muy pequeñas, puede pasar al grupo 4, aunque ese edulcorante apenas modifique la composición nutricional del yogur. Una sopa de verduras preparada en casa puede contener únicamente alimentos mínimamente procesados e ingredientes culinarios como la sal (grupo 2). Pero la incorporación de un cubito de caldo, que contiene una formulación industrial con diversos ingredientes y aditivos, introduce precisamente el tipo de ingrediente que NOVA utiliza como marcador de los alimentos ultraprocesados.

Así que, tras revisar cinco ensayos clínicos aleatorizados (incluido el de Hall arriba mencionado), los autores del artículo de Science mencionado arriba se plantearon una pregunta que ha llamado la atención: ¿Engordamos por el ultraprocesamiento o por las propiedades que frecuentemente acompañan a esos alimentos?. Porque, en esos ensayos clínicos, las dietas basadas en AUP diferían de las basadas en alimentos sin procesar no solamente en su grado de “ultraprocesamiento”. También eran, con frecuencia, más blandas, se comían más deprisa y tenían mayor densidad energética en forma de diversos azúcares, además de diferir en su contenido de fibra, proteínas, grasas saturadas, sodio y otros componentes. La respuesta actual a esa pregunta sería que mientras no podamos estudiar separadamente esos factores no lo sabremos con seguridad. Y la tesis del artículo es que eso está por hacer.

Los autores no dicen que consumir AUP sea bueno para la salud. Ni desvirtúan ensayos como el de Hall o la clasificación NOVA. Lo que pone de manifiesto su argumentación es el salto que se ha producido desde una clasificación de alimentos (NOVA) hasta una afirmación causal sobre sus efectos en la salud o, lo que es lo mismo, que los AUP, por el hecho de ser procesados por la industria, son responsables de determinados daños. Y aquí podría extender el razonamiento al caso de los aditivos alimentarios, que es otro de los problemas de la clasificación NOVA. En ella, como hemos visto, algunos de los ingredientes que sirven para identificar un AUP son aditivos alimentarios, sin separar aquellos de los que se tienen evidencias fundadas de sus inconvenientes de los que son perfectamente seguros. También en este caso, una clasificación que nació para describir el grado de procesamiento ha terminado convirtiendo a esos aditivos en sospechosos habituales de una mala alimentación. Pero esto da para mucho y mejor lo dejamos por hoy.

Hoy música clásica del siglo XX. Del compositor húngaro Zoltán Kodály (1882-1967) y de su suite Háry János, un extracto de la Entrada del Emperador y su corte. Con la Filarmónica de Berlin bajo la batuta de Sir Simon Rattle.

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jueves, 13 de agosto de 2026

Sidra y metanol. Dando vueltas a lo de las dosis y los venenos

Como ya he contado varias veces en el Blog (la más reciente aquí) el metanol (antiguamente conocido como alcohol de madera) es una de las tres sustancias químicas que se generan en nuestro organismo como consecuencia del metabolismo del denostado aspartamo (E-951) de la CocaCola sin azúcar. Las otras dos son aminoácidos que el propio organismo aprovecha en su beneficio, mientras que sabemos que el metanol se convierte en el hígado en formaldehído y, posteriormente, en ácido fórmico lo que, a ciertas dosis, puede causar problemas en un ser humano, incluida la ceguera o la muerte. En la entrada arriba mencionada y en charlas que imparto sobre aditivos alimentarios, suelo comparar el metanol que se genera al beber un litro de CocaCola sin azúcar, y metabolizar el aspartamo que contiene, con el metanol existente en 1 litro de sidra, brebaje que varios amigos beben compulsivamente, sobre todo en verano. Ahora que ando preparando una charla sobre la historia y efectos de los edulcorantes, he decidido poner al día los datos del metanol en la sidra y otras bebidas con ella relacionadas.

El metanol se forma, de manera natural, en varias bebidas elaboradas a partir de la fermentación de ciertos frutos, como consecuencia de la desmetilación enzimática de las pectinas presentes en sus paredes celulares. Por esa razón aparece en la sidra, pero también en el vino y en otros fermentados de fruta, pero prácticamente no ocurre en la cerveza, ya que los cereales en ella empleados carecen de pectinas. Las concentraciones de metanol en las sidras ha sido objeto de diversas publicaciones científicas. Una de ellas, muy citada y de la que también hablé en la entrada arriba mencionada, recoge el estudio de diversas sidras por investigadores de un centro asturiano y se publicó en fecha ya algo lejana (año 2000). Los autores estudiaron sidras comercializadas en cuatro años consecutivos. En las de los años 1995 y 1997, los autores seleccionaron sidras elaboradas con mezclas de manzanas cántabras y francesas, mientras que en las comercializadas en 1996 y 1998, se seleccionaron partidas producidas a partir de manzanas exclusivamente asturianas. La tabla proporciona los resultados relativos a la concentración de metanol en mg/L. Para verla mejor podéis picar en ella.
Se ve que, en promedio, las manzanas asturianas contienen más metanol que las “extranjeras” aunque, en ambos casos, la concentración también depende del año de la cosecha. De la última columna puede inferirse que, de modo general, los valores máximos de metanol encontrados en las diferentes botellas pueden alcanzar valores superiores a los 200 mg/L. Desde ese artículo de los investigadores asturianos, otras publicaciones han analizado metanol en sidras y productos derivados. En una publicada en 2022, se usó Resonancia Magnética Nuclear (RMN) para estudiar un total de 133 muestras de sidras convencionales y de otras bebidas relacionadas, como sidras espumosas, sidras aromatizadas con otros frutos y las llamadas sidras de hielo (ice ciders), que procedían de diferentes países (42 de Alemania, 18 de España, 13 de EE. UU., 12 de Noruega, etc.). Los contenidos en metanol encontrados (entre 30 y 55 mg/L) eran inferiores a los de las sidras comercializadas en Asturias, en las que tres de las cuatro campañas rondaban los 100–120 mg/L. Aunque hay que andarse con cuidado. Esos datos promedio son medias en el caso de las asturianas y medianas en el caso de las sidras y productos internacionales. Si hay unas pocas sidras con mucho metanol, la media puede subir considerablemente mientras la mediana cambia poco. Por tanto, no podemos concluir que la sidra asturiana tenga exactamente el doble o triple de metanol.

En cualquier caso, lo que si llama la atención en ese artículo de 2022 es el caso de las mencionadas sidras de hielo (ice ciders). Las cinco analizadas presentaron una media de 205 mg/L y un máximo de unos 264 mg/L. Las sidras de hielo son sidras elaboradas a partir de manzanas o zumos de manzana congelados, aprovechando la congelación para obtener un mosto muy concentrado en azúcares. Pero, con ello, también pueden concentrarse el metanol ya formado además de otros componentes solubles. Además, como suelen emplearse manzanas muy maduras, la acción de las enzimas en las pectinas ha podido liberar previamente más metanol. En cualquier caso, la legislación europea y española establece un límite de 200 mg/L de metanol en el caso de las sidras convencionales pero de 400 mg/L para las sidras de hielo, reconociendo así la peculiaridad de este caso, ya que la sidra de hielo no se bebe habitualmente en las cantidades que se bebe la sidra convencional.

Otros productos derivados de la manzana y la sidra son los destilados o aguardientes. El ejemplo más internacional es el Calvados, que se obtiene a partir de manzanas de Normandia que, tras su fermentación para obtener la sidra correspondiente, esta se destila y, finalmente, el destilado se envejece en madera. Existen otros destilados como los llamados apple brandies ingleses o las eaux-de-vie de pomme francesas, que también se obtienen destilando una bebida fermentada de manzana. O el Sagardoz vasco, elaborado por la sidrería Zapiain en Astigarraga desde los años ochenta, utilizando alambiques de cobre. Todos ellos son, conceptualmente, muy próximos al Calvados normando, aunque este último está protegido por su propia denominación de origen. Si no se venden como Calvados, es porque este tiene unos requisitos ligados a una denominación de origen propia y que otros destilados no cumplen. Como el que la manzana sea solo de la región de Normandia o que, finalmente, se envejezca en barrica.

Tras la destilación, unos y otros aguardientes de sidra presentan concentraciones de metanol muy superiores a las de la sidra de partida. La legislación europea admite para los aguardientes de sidra hasta 1.000 g de metanol por hectolitro de alcohol puro, pero la denominación Calvados es mucho más exigente y establece un máximo de 200 g/hL de alcohol puro, cinco veces menos. Lo de expresar la concentración de metanol en gramos por hectolitro de alcohol puro es la forma que tiene la reglamentación de expresar esa concentración, que obvia el problema del diferente grado alcohólico de los diferentes Calvados y similares. Pero, a partir de esos datos es fácil calcular el metanol que contiene una botella concreta. Para un Calvados con un 40 % en volumen de alcohol, un valor de 200 gramos por hectolitro de alcohol equivale a 800 mg/L de metanol, con lo que un chupito de 30 mL que estuviera justo en ese límite, aportaría unos 24 mg de metanol.

Y ahora la pregunta del millón: ¿es malo para la salud meterse esas cantidades de metanol en el coleto?. Que una sidra cumpla, en general, el límite legal de metanol de los 200 mg/L es tranquilizador, pero no responde exactamente a esa pregunta. Una cosa es la concentración máxima permitida en una bebida y otra la cantidad de metanol que una persona puede ingerir diariamente sin que sean esperables efectos adversos. Eso lo establecen agencias que cuidan de nuestra salud, como la Agencia de Protección Ambiental estadounidense (EPA), que ha establecido para el metanol una dosis oral de referencia (RfD) de 2 mg por kilogramo de peso corporal y día. Para una persona de 70 kg serían unos 140 mg diarios, cifra que ahora podemos comparar con ciertos consumos. Una botella de 750 mL de una sidra con 50 mg/L de metanol aportaría unos 38 mg y si tuviera 100 mg/L, unos 75 mg. Incluso una de las ice ciders del artículo anterior, con su valor medio de 205 mg/L de metanol, proporcionaría unos 68 mg en una habitual botella de 330 mL. Así que nos tendríamos que beber del orden de 2 y 4 botellas de sidra todos los días de nuestra vida para alcanzar ese valor de RfD que, por otro lado, no es una frontera entre lo inocuo y lo tóxico, sino un valor deliberadamente conservador pensado para exposiciones crónicas, mantenidas incluso durante toda la vida. Y dado que he comenzado con el metanol generado en nuestro cuerpo por el aspartamo que contiene la CocaCola sin azúcar, habría que beberse unas 7 latas de 330 mL todos los días para alcanzar ese valor de la RfD.

En cualquier caso, son cantidades muy alejadas de las dosis de varios gramos implicadas en las intoxicaciones agudas que pueden producir acidosis, lesiones oculares, ceguera e incluso la muerte. Los dramáticos episodios ocurridos en Galicia y Canarias en los años sesenta se debieron a la elaboración fraudulenta de aguardientes, licor café, ron y otras bebidas con metanol industrial, mucho más barato que el etanol de uso alimentario. Mucho más recientemente, en Turquía, ha habido intoxicaciones graves, mortales en algunos casos, con raki clandestino en el que también se empleó metanol.

Pero hay una consideración final que no debiera de olvidar nadie en toda esta historia. Si uno bebe habitualmente sidra, vino o Calvados, el metanol no es el alcohol por el que más debería preocuparse. En esas bebidas, y en cantidades cantidades muy superiores, está su pariente el alcohol etílico o etanol, mucho más tóxico, sobre todo por lo que nuestro organismo hace con él. En un proceso que desde ese alcohol etílico acaba en ácido acético (vinagre), nuestro cuerpo genera en la fase intermedia acetaldehído, una sustancia muy reactiva que puede modificar proteínas y el propio ADN, interfiriendo así en los mecanismos de reparación celular. Por esta razón, la Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer (IARC), que ya sabéis que no es santo de mi devoción, considera cancerígeno para los seres humanos el consumo de bebidas alcohólicas. Así que, después de tantas vueltas alrededor del metanol y su fama de malo de la película por aquellos de las intoxicaciones con bebidas fraudulentas, resulta que el alcohol que realmente debe preocuparnos en una botella de sidra sigue siendo aquel cuyo contenido debe figurar obligatoriamente en las etiquetas, el etanol o alcohol que da nombre a las bebidas alcohólicas.

Como todos los agostos tengo entradas para la Quincena Musical Donostiarra. El jueves día 6 estuvimos oyendo a la Mahler Chamber Orchestra dirigida por Daniel Harding al que sigo regularmente en Mezzo TV. El programa incluía el Concierto para piano nº 1 de Brahms y la octava sinfonía de Dvorak. El pianista invitado fue Daniil Trifonov, al que no hay que perder de vista. Como bis, tras el concierto de Brahms, enardeció a las masas con una pieza titulada Levante del compositor argentino Osvaldo Golijov. No he encontrado en ningún sitio esa versión de Trifonov del Levante, pero si de un pianista también argentino llamado Horacio Lavandera. La podéis ver aquí.

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viernes, 24 de julio de 2026

La azarosa vida de un aprendiz de químico

Durante los últimos años, ha sido habitual encontrar en los medios noticias relativas a la retirada, por parte de la policía, de frascos antiguos guardados desde hace años en laboratorios de colegios públicos, conteniendo una sustancia denominada ácido pícrico. La más reciente se refiere a distintos colegios vascos, en los que la Ertzaintza ha retirado (y explosionado) ese tipo de recipientes. La razón no es otra que el ácido pícrico, después de décadas de falta de uso, puede explotar de forma espontánea. La noticia no ha tenido reflejo más allá de unas pocas líneas o unos pocos segundos en los informativos, pero a mi me ha hecho recordar (algo que me ocurre de vez en cuando) mis primeros contactos con la Química. No llego al nivel de lo que cuenta Oliver Sacks en el recomendable libro de sus recuerdos como químico precoz, pero hice mis pinitos desde tierna edad. Lo que me suele incitar a reflexionar sobre cómo ha cambiado la percepción del riesgo en el manejo de sustancias químicas, algunas ciertamente peligrosas (otra vez el binomio peligro/riesgo).

El ácido pícrico (o 2,4,6-trinitrofenol) fue un reactivo muy habitual en laboratorios docentes durante buena parte del siglo XX. Se empleaba en análisis químicos, tinciones histológicas y demostraciones de laboratorio. No es especialmente peligroso cuando está húmedo, que es como normalmente se almacenaba. De hecho, los envases comerciales solían contener entre un 10 y un 30 % de agua para mantenerlo estabilizado. El problema aparece cuando el agua se evapora durante décadas de almacenamiento. El sólido seco es muy sensible al impacto, la fricción y el calor, por lo que un bote antiguo no debe abrirse ni manipularse. Además, si el ácido entra en contacto durante años con tapas o estanterías metálicas, pueden formarse picratos metálicos (de hierro, cobre, plomo...), que son todavía más proclives a la explosión que el propio ácido pícrico.

Creo recordar, aunque no estoy seguro, que yo tenía ácido pícrico en mi primer juego de Química, que los Reyes me trajeron a principios de los 60. No recuerdo el año exacto pero, desde luego, no más tarde de 1963, cuando nos cambiamos de casa, porque estoy seguro de que, viviendo en ella, casi provoqué un incendio al derramarse el alcohol etílico contenido en un mechero como el que véis a la derecha de la figura, con el que calentábamos los tubos de ensayo para producir algunas reacciones. El alcohol ardiendo se desparramó por la mesa, cayendo a la alfombra. Menos mal que mi padre anduvo listo apagando el asunto con una toalla.

El incidente no me apartó de similares actividades peligrosas. En uno de los bajos de la casa del incidente con el mechero, había un garaje en el que se guardaban unas camionetas de la empresa Carburos Metálicos. De vez en cuando, los conductores limpiaban la caja de los vehículos y depositaban los restos en un descampado próximo que, con el tiempo, fue convirtiéndose en una montañita de color oscuro. Pronto descubrimos que rascando en su superficie y cogiendo el sólido más blanquecino del interior, metiéndolo en un bote, colocándolo boca abajo en un agujero y vertiendo agua en él, el bote se convertía en un proyectil. Nunca nos pasó nada, pero hoy sé con certeza que lo que ocurría es que el carburo (probablemente de calcio) reaccionaba con el agua produciendo acetileno, un gas que, en el bote boca abajo, cogía presión y…. Hay alguna otra anécdota de mis años de aprendiz de química en otras entradas del Blog. Como la que cuenta nuestro peregrinar por carbonerías, droguerías y farmacias de mi pueblo, a la búsqueda de los ingredientes para fabricar una variante de pólvora. Tengo muestras indelebles en mi mano, casi sesenta años después, de una explosión “incorrecta”.

Años después (menos de diez), siendo ya un estudiante de Química en Zaragoza, una gamberrada habitual era robar pequeños trozos de sodio durante las prácticas de laboratorio, irnos al exterior de la Facultad y lanzarlos a un estanque que había en los jardines próximos. La reacción del sodio con el agua era violenta y espectacular. Es evidente que eso es hoy imposible (o casi). Como lo son otras prácticas de entonces, como pipetear con la boca todo tipo de líquidos y disoluciones, evaporar disoluciones de benceno, cloroformo o tetracloruro de carbono, trabajar con mercurio y sus compuestos sin demasiadas precauciones, preparar, sin emplear vitrinas, cloro (con el que tuve un incidente desagradable), sulfuro de hidrógeno o dióxido de nitrógeno, o fumar en los laboratorios o aledaños. Hoy parece increíble, pero ocurría. Y quizás ahora nos hemos ido al otro extremo, como cuando, a punto de jubilarme, vi entrar a un laboratorio a un bedel (hoy PAS), con una de las máscaras de mayor nivel de seguridad. Ante mi extrañeza, me dijo que la llevaba porque iba a cambiar una bombilla en un laboratorio donde se trabajaba con monómeros vinílicos (algunos, pero no la mayoría, ciertamente cancerígenos). No pude contener una sonrisa entre malvada y melancólica.

Seguro que estos azarosos viejos tiempos los recuerda también mi amigo y colega Carlos Ubide quién, al hilo de la noticia del pícrico que ha dado origen a esta entrada, me contaba recientemente que, cuando él trabajaba en el Departamento de Química Analítica de la Facultad zaragozana arriba mencionada, los botes de ácido pícrico que se almacenaban en las baldas se usaban, sobre todo, para curar las clásicas quemaduras que siempre se producían en los laboratorios. Quizás esa sea la razón por la que, en muchos laboratorios de Química de Institutos de Secundaria, se estén recogiendo ahora viejos frascos de ese reactivo.

Hoy volvemos a los clásicos más clásicos. De Johann Sebastian Bach, un extracto de la Suite para orquesta nº 3. Con nuestra habitual Filarmónica de Berlín y Ton Koopman como director.

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miércoles, 8 de julio de 2026

Falsos positivos en el análisis de Micro y Nanoplásticos

En una entrada de febrero de 2025, donde os contaba cosas sobre Microplásticos y Nanoplásticos (MNPs) encontrados en las proximidades de las estaciones científicas establecidas en la Antártida, mencionaba al final un artículo que se acababa de publicar en Nature Medicine sobre la presencia de MNPs en cerebros de personas fallecidas. A tono con lo que hablábamos en la anterior entrada sobre los usos y maneras de comunicar actualmente la Ciencia, el investigador principal del trabajo manifestó, a los muchos medios que quisieron escucharle, que los cerebros que habían estudiado contenían hasta siete gramos de MNPs, el equivalente al peso de una cucharilla de plástico convencional. Los resultados de ese trabajo han sido criticados en diversos ámbitos, como bien resume este artículo, y ha sido el punto álgido de una amplia controversia que ha ido creciendo a lo largo de los últimos meses. Y voy a ver si dejo todo esto claro en la entrada de hoy.

A lo largo de esta década se han detectado y cuantificado los mencionados MNPs en la sangre y, merced al riego sanguíneo, en diversos órganos del cuerpo humano. Ello ha sido posible gracias a nuevas técnicas experimentales, entre las que se encuentran diversas espectroscopías (FTIR y Raman) y una técnica combinada, denominada pirólisis/cromatografía de gases/espectrometría de masas (Py-GC-MS). En enero de 2025, un artículo llamaba la atención sobre el hecho de que muchas de las detecciones de MNPs en el cuerpo humano, se han realizado con esta última combinación y planteaba algunas dudas metodológicas sobre su empleo.

En el análisis mediante esa técnica de una muestra, (por ejemplo, de uno de los cerebros con MNPs), se somete a la misma a un calentamiento a alta temperatura (pirólisis), que fragmenta las moléculas en ella contenidas, fragmentos que la cromatografía separa y la espectrometría de masas identifica. Por tanto, la técnica no analiza el material directamente, no observa el plástico en su integridad, sino sus productos de degradación. La idea es que cada sustancia (por ejemplo una micropartícula de polietileno) deja una especie de perfil o “firma química” de sus fragmentos moleculares. Pero el problema es que se pueden producir productos de pirólisis de otras sustancias, parcialmente coincidentes con los empleados como marcadores de determinados plásticos. Por ejemplo, en el cerebro y otros órganos, hay muchos lípidos que dan productos de pirólisis muy similares a los de una partícula de polietileno. Los autores del artículo de enero de 2025, arriba citado, llegan a identificar hasta 18 contribuciones científicas con problemas de ese tipo, incluido el artículo sobre la presencia en el cerebro. Ello no implica necesariamente que todas esas conclusiones sean erróneas, sino que sus resultados deberían interpretarse con cautela hasta que puedan confirmarse mediante metodologías más específicas.

Un nuevo trabajo, publicado en marzo de 2026, ha puesto en cuestión otras técnicas analíticas también usadas para la detección de micro- y nanopartículas de plástico. Los autores han constatado las complicaciones derivadas de algo aparentemente trivial, cual es el uso de guantes en el laboratorio. Paradójicamente, una medida diseñada para evitar la contaminación en ese medio puede convertirse en una fuente importante de error. Muchos guantes, especialmente los muy habituales de nitrilo o látex, contienen compuestos como los estearatos, utilizados como agentes desmoldantes en su proceso de fabricación. Estos compuestos no son plásticos, pero tienen una característica crucial, cual es el hecho de que su estructura química y, consiguientemente, sus señales espectroscópicas en técnicas como las espectroscopías FTIR o Raman, son muy similares a las de ciertos polímeros, como el ya mencionado polietileno. Así que cuando una muestra entra en contacto con estos guantes, incluso en seco, puede contaminarse con residuos de esos estearatos y posteriormente, estos residuos pueden identificarse erróneamente como microplásticos, resultando así falsos positivos derivados del propio proceso experimental.

Tanto en las técnicas espectroscópicas mencionadas como en la Py-GC-MS, la identificación suele basarse en la comparación automática del espectro obtenido con la muestra con los contenidos en bases de datos (librerías), vastas colecciones de espectros de muchas moléculas químicas. El software busca el mejor ajuste entre el espectro obtenido y esa base de datos. Este modo de trabajar es, hoy en día, muy potente, pero no infalible. Si la librería es incompleta, o si contiene compuestos con señales similares, el algoritmo puede asignar una identidad incorrecta, calificándola encima como de “alta confianza”. Aquí aparece un problema epistemológico interesante: la precisión aparente de los resultados puede ocultar una incertidumbre real en la identificación.

Lo más interesante es que los dos problemas, el de los guantes y el de la la pirólisis, son conceptualmente diferentes: en el caso de los guantes, hablamos de contaminación directa mientras que en el caso de la Py-GC-MS, de ambigüedad química inherente. Y sin embargo, ambos conducen al mismo resultado: una posible sobreestimación del número de microplásticos. Esto es importante porque refuerza la idea de que no se trata de errores aislados o anecdóticos. Estamos ante limitaciones estructurales en la forma de medir, ilustrando un principio fundamental en Química Analítica: la diferencia entre sensibilidad y especificidad. Mientras que la sensibilidad es la capacidad de detectar cantidades muy pequeñas, la especificidad es la capacidad de distinguir correctamente qué es lo que estamos detectando. Las técnicas modernas son extraordinariamente sensibles. Podemos detectar trazas casi ridículas de sustancias químicas en matrices complejas. Pero esa sensibilidad no siempre va acompañada de una especificidad equivalente. El resultado es un terreno fértil para los falsos positivos.

¿Significa esto que no hay microplásticos en nuestro organismo?. No. Y es importante dejarlo claro. Como ilustra el trabajo mencionado más arriba, estudios llevados a cabo sobre los llamados sistemas de administración dirigida de medicamentos y también sobre la inhalación de las partículas de menos de 10 o 2,5 micras, las llamadas PM10 y PM2.5, analizadas rutinariamente por los sistemas que controlan la calidad del aire de nuestras ciudades, nos han dado mucha información sobre lo que ocurre con micro- y nanopartículas en nuestro organismo. Gracias a esos estudios, sabemos que las partículas ingeridas con tamaños superiores a 2,5 μm pasan por el tubo digestivo y se expulsan por las heces. Solo, fundamentalmente, las menores de 2,5 μm pueden atravesar las membranas celulares e incorporarse a la circulación sanguínea. En lo que se refiere a las que inhalamos, solo las partículas menores de 1 μm (nanopartículas) pueden atravesar las barreras del tejido pulmonar y entrar también en el sistema circulatorio. El resto las expectoramos o pasan al conducto digestivo. Una vez que esas partículas muy pequeñas acceden al torrente sanguíneo, las de menos de ∼6 nm se eliminan rápidamente, a través de los riñones, mediante la excreción urinaria, mientras que las partículas más grandes pueden eliminarse de la circulación mediante su secuestro en el hígado y el bazo. Pero, a pesar de todos esos procesos de eliminación disponibles a nuestro organismo, es prácticamente seguro que partículas muy pequeñas de plástico puedan pasar al riego sanguíneo y distribuirse en nuestro organismo.

Las limitaciones de técnicas instrumentales como las descritas en los párrafos anteriores han tenido su reflejo, a lo largo de los últimos meses, en diversos medios generalistas. Como, por ejemplo, The Guardian, que se había hecho eco en tono bastante alarmista de artículos sobre la presencia de MNPs en el cuerpo humano, en enero de este año llamaba la atención sobre las serias dudas que plantean muchos de ellos. Y a finales de abril de 2026, la revista Chemical Engineering News, el órgano de la American Chemical Society se preguntaba si realmente tenemos tanto plástico en el cerebro como para constituir una cucharilla, animando a los químicos analíticos a desarrollar métodos robustos para analizar MNPs.

Porque supongo que a nadie se le escapa que este tipo de problemas tiene implicaciones más allá de la correcta gestión de un laboratorio. En un contexto donde los MNPs generan preocupación social, los datos científicos alimentan narrativas, políticas y decisiones regulatorias. Si esos datos están sesgados, aunque sea parcialmente, el efecto puede amplificarse. Aquí es donde esta historia conecta con temas que me preocupan y mucho, como la correcta percepción del riesgo o, su derivada, la quimiofobia rampante. La cuestión no es solo qué sustancias hay en el entorno, sino cómo las detectamos, cómo interpretamos los resultados y cómo los comunicamos.

En conclusión, las limitaciones de la pirólisis y el caso de los guantes nos recuerdan algo esencial: medir no es un acto neutro. Cada técnica tiene sus fortalezas y sus sesgos, y entenderlos es tan importante como los propios resultados. En el caso de los MNPs, lo que estamos viendo estos últimos meses parece indicar que debemos avanzar hacia metodologías más robustas, controles más estrictos y una interpretación más crítica de los datos, como decía el artículo del CEN. Porque, al final, la pregunta no es solo cuánto hay ahí fuera, sino cuánto de lo que vemos es realmente lo que creemos.

De las cuatro últimas canciones de Richard Strauss: "Im Abendrot" (“Al anochecer”) con Camilla Nylund, soprano y la Filarmónica de Berlín bajo la batuta de Gianandrea Noseda.

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martes, 30 de junio de 2026

Noticias que me han interesado en junio

Antes de nada, quiero dar las gracias a todos los que me han animado tras leer, en la última entrada, que el mes de junio estaba siendo un poco triste para mi. El día 2 falleció súbitamente un buen amigo. Que, además, era mi profesor de golf desde hace un par de años. Así que los primeros días de este mes, que andábamos por Galicia tomando el sol, comiendo bien y golfeando, cada vez que le pegaba a una bolita blanca recordaba sus consejos en la caseta de prácticas. Junio también ha sido un mes intenso en celebraciones familiares así que, aunque he leído muchas cosas interesantes, lo he hecho con poca intensidad y he decidido resumirlas en una única entrada porque, si no, esas lecturas acabarán perdidas en el laberinto de mis ya vetustas neuronas. A ver cómo sale, que es la primera vez que escribo una entrada como esta. Compuesta de cinco apartados que podéis ir leyendo separadamente.

El agua del grifo de Londres contiene PFAS, pero en niveles sorprendentemente bajos.

Ese es el título de una noticia publicada este mes en la revista Chemistry World, que hacía referencia a un artículo científico publicado en la revista de la Royal Society of Chemistry. El trabajo analizó la presencia de 38 sustancias perfluoroalquiladas y polifluoroalquiladas (PFAS) en el agua potable municipal de Londres, en 210 muestras procedentes de 92 hogares y 12 fuentes públicas y suministrada por cuatro compañías diferentes.

Como probablemente hayáis oído o leído, las PFAS constituyen una familia de varios miles de compuestos fluorados, utilizados desde la década de los cincuenta por su extraordinaria resistencia al calor, la grasa y el agua. Se han empleado y se emplean en numerosas aplicaciones, como espumas contra incendios, textiles impermeables, envases alimentarios, recubrimientos antiadherentes en sartenes y en otros ámbitos menos citados pero muy importantes, como el electrónico o el farmacéutico. Su gran estabilidad química hace que persistan durante mucho tiempo en el medio ambiente, lo que les ha valido el sobrenombre de "productos químicos eternos" (forever chemicals). Algunos PFAS, especialmente los de cadena larga, como los denotados con las siglas PFOS y PFOA, son bioacumulables y se han asociado en estudios epidemiológicos y toxicológicos con diversos efectos adversos para la salud, lo que ha llevado a restringir su uso. Sin embargo, la toxicidad varía considerablemente entre los distintos PFAS y el principal reto científico y regulatorio actual consiste en determinar qué niveles de exposición representan un riesgo real para la población.

Los autores detectaron hasta 10 PFAS diferentes de los 32 investigados. Ninguna de las muestras de agua superó el umbral de seguridad vigente en Inglaterra para ellos (10 ng/L para un PFAS individual y 100 ng/L para la suma de PFAS), lo que indica una elevada calidad del agua distribuida. Los autores realizaron además una evaluación del riesgo derivado de la ingesta diaria de agua por la población y concluyeron que la exposición a los cuatro PFAS considerados prioritarios por las agencias que velan por nuestra salud (PFOS, PFOA, PFNA y PFHxS), se mantiene por debajo de la ingesta diaria tolerable (TDI), establecida por la Agencia Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA), en el 100 % de las muestras analizadas. Un resultado que yo creo que casi nadie esperaba.

Finalmente, se ensayaron cinco jarras filtrantes comerciales (tipo la que en España se vende bajo la marca Brita). Todas eliminaron al menos el 85 % de los PFAS presentes en el agua y las más eficaces alcanzaron reducciones cercanas al 99 %. Aunque los autores consideraron que, dadas las bajas concentraciones observadas, el uso de estos filtros no resulta generalmente necesario en Londres. También adviertieron de que el estudio no incluyó PFAS ultracortos, como el ácido trifluoroacético (TFA), del que hablamos no hace mucho, cuya vigilancia requerirá investigaciones futuras.

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El brillo del agua con gas es un artículo de Joe Schwartz, director de la Oficina para la Ciencia y la Sociedad de la canadiense Universidad McGill, uno de mis divulgadores favoritos y antiquimiofóbico declarado. El artículo describe los primeros usos medicinales del agua con CO2 que emerge, de forma natural, en ciertas fuentes termales, así como de los primeros intentos de generar ese agua carbónica artificialmente.

El primer en considerarlo fue Joseph Priestley, más conocido por su papel en el descubrimiento del oxígeno en 1774. Priestley vivía junto a una cervecería y le intrigaban las burbujas de dióxido de carbono que veía ascender en la cerveza. Esto le dio la idea de carbonatar el agua (así se llama poner CO2 en ella). Priestley diseñó un aparato que conectaba un recipiente de vidrio, donde se mezclaban tiza y ácido sulfúrico para producir el gas, con una vejiga de cerdo conectada a un tubo que conducía a una botella llena de agua. El gas generado llenaba la vejiga, que luego se comprimía para bombear gas a presión a través del agua. Mediante este método, se disolvía suficiente gas en el agua como para producir una aceptable bebida con burbujas. Lo de la vejiga originó una agria polémica con el médico escocés John Nooth, quien se interesó por el invento y el uso medicinal de esa agua pero que aducía que el agua de Priestley sabía a orina. Finalmente, se llegó a un dispositivo solo de vidrio.

Con el tiempo, Jacob Schweppe, un inventor suizo, amplió el aparato, le añadió una bomba de presión y puso el agua carbonatada al alcance de todos. Lo que demostró en 1851, en la Gran Exposición de Londres, con una gigantesca fuente que arrojaba agua carbonatada bautizada como Schweppes. Ahora se comercializan dispositivos para añadir CO2 al agua, mediante el procedimiento de pasar CO2 proveniente de una bombona a presión a través del agua de una botella (sin enchufarlo a ningún sitio). Un agua con gas no muy diferentes a la que se vende en los supermercados que, si os fijáis en la etiqueta, en muchos casos se declara que contiene CO2 añadido. Pero la de ese dispositivo (yo tengo uno en casa) sale mucho más barata.

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El vino con sabor a colchoneta de playa
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Tengo siete sobrinos y solo uno proviene de la aportación de la Búha. Ha heredado de la familia de su madre (mi cuñadísima) la políticamente incorrecta costumbre (y ahora poco habitual en un treintañero) de apreciar el vino. Hace un par de semanas, me llamó para contarme que, en una comida con un amigo, habían bebido un blanco de Lanzarote y que había detectado un aroma como a “colchoneta de playa recién comprada”. Y que no era la primera vez que le pasaba.

Como tengo mucha bibliografía sobre la llamada cromatografía olfatométrica y contactos con gente que trabaja en ella, he hecho las pertinentes pesquisas y he llegado a la conclusión de que la nota descrita por mi sobri corresponda, probablemente, a la familia de aromas que los expertos catadores describen como plástico/vinilo/fenólico y que, en la literatura y merced a la cromatografía olfatométrica antes citada, se asocia a compuestos como el 4-vinilfenol, especialmente en vinos blancos. Este compuesto se forma por descarboxilación del ácido p-cumárico presente en la uva y no se considera necesariamente un defecto del vino. En tintos, aromas similares suelen deberse a un primo del anterior, el 4-etilfenol, producido por las bacterias Brettanomyces.

Igual tenemos un “nariz de oro” en la familia y no nos hemos enterado.

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La imagen de la IARC (Agencia Internacional para la Investigación sobre el Cáncer) se está desmoronando.


Así lo entendía el pasado 10 de junio una entrada del blog Firebreak, al que estoy suscrito. Gracias a él me enteraba de que el Departamento de Estado de Estados Unidos, junto con el Departamento de Salud y Servicios Humanos, dirigido por RF Kennedy Jr., con el que me he metido en varias recientes entradas, habían hecho público un comunicado de prensa que concluía que las evaluaciones de riesgo de la IARC eran inconsistentes, carecían de transparencia y no eran aplicables a ninguna situación real. David Zaruk, el propietario del Blog, manifestaba sus sentimientos encontrados ante la noticia, ya que se ha manifestado muchas veces contra RFK Jr. y sus decisiones, pero también ha sido un acérrimo crítico de la filosofía de la IARC. Al leer la nota yo he experimentado sensaciones parecidas a las de Zaruk.

Porque el Búho también se ha manifestado contrario a las decisiones de la IARC en algunas charlas y alguna entrada como esta, donde expliqué que las evaluaciones de esa agencia se basan fundamentalmente en el peligro o amenaza latente de determinadas sustancias, demostrado por estudios en animales y en humanos, pero esas evaluaciones no tienen en cuenta las dosis que nos pueden hacer daño o, lo que es lo mismo, el riesgo o probabilidad de que esa sustancia pueda ser dañina en las condiciones de exposición en las que vivimos la mayoría de los mortales. Así que bien por Departamento de Estado y RFK Jr.,…… sin que sirva de precedente.

A David Zaruk le parece casi increíble que le hayan colado ese comunicado a RFK Jr. desde el Departamento de Estado de su propio gobierno. Y basa esa incredulidad en que el bufete en el que ha trabajado el actual Secretario de Estado, especializado en litigios y ahora llamado Wisner Baum, se ha embolsado millones de dólares en demandas contra el glifosato, basadas únicamente en la corrupta (según Zaruk, que lo documenta adecuadamente) Monografía 112 de la IARC, publicada en 2015, el único documento de una agencia científica que afirmó que el glifosato era probablemente cancerígeno.

Al que le interesen los argumentos de la entrada de Firebreak puede picar en el enlace de arriba. Está en inglés, pero hoy en día, cualquier navegador de internet os ofrecerá traducirlo al castellano. Y no tiene desperdicio.

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¿Es seguro conservar el pescado en envases de plástico? Esto dice un nuevo estudio?Así titulaba The Conversation el pasado 11 de junio una noticia que hacía referencia a un reciente artículo de investigadoras catalanas e italianas que estudiaban la migración de aditivos desde envases de plástico a pescados refrigerados o congelados. El estudio ha tenido reflejo en otros medios como, por ejemplo, La Vanguardia. En el caso de The Conversation otras frases resaltadas eran: “Ni el congelador detiene la migración”, “Las bandejas compostables también suponen un riesgo” y “Bebés y niños: los más vulnerables”.

En el caso de La Vanguardia, el título era Detectado por primera vez en pescado congelado el plastificante bisfenol A, pese a la prohibición en España y, como subtítulos, “La investigación desvela niveles de este aditivo que suponen riesgo, según apunta Ethel Eljarrat, directora del IDAEA-CSIC y coautora del estudio” y “Los envases y envoltorios con aditivos plásticos transfieren al alimento estos contaminantes, incluso a temperaturas de 20 ºC bajo cero”.

Leer el artículo completo, prolijo como todos los que provienen del IDAEA-CSIC y estando de vacaciones, no ha sido fácil y la idea que quiero transmitir es que sus conclusiones distan de las versiones “divulgativas” de la Profesora Eljarrat en los medios arriba reseñados, de las que uno puede concluir que casi sería mejor dejar de comer pescado. Ese salto entre los datos del artículo y la forma de contarlos, es cada vez es más habitual por parte de las agencias de prensa de Universidades y Centros y de los propios científicos.

Hay algunas cuestiones que. si yo hubiera revisado el artículo. hubiera preguntado a los autores. Por ejemplo, ¿de dónde viene el Bisfenol A (BPA) que aparece en los diferentes envases y luego se transfiere al pescado?. Porque ni en los filmes ni en las bolsas de polietileno o polipropileno se usa ese compuesto para producirlos. Pudiera provenir, se me ocurre, de alguna tinta usada para rotular esos objetos. O de que sean materiales reciclados (generalmente poco usados en envases para alimentación). O que sean falsos positivos derivados de la contaminación durante los procedimientos de análisis. También me gustaría indagar cómo puede ser posible que en la Figura 2, en la columna del BPA, caso c), la concentración de BPA en el pescado sea muy superior a la que hay en la bolsa de plástico en la que se había envasado (linea de puntos).

Y alguna más. Pero puesto que los autores también resaltan el riesgo que esa migración supone para nuestra salud, hubiera sido bueno, al divulgar los resultados, dejar claro algo que los propios autores mencionan en el penúltimo párrafo. Y es que, en aquellos casos en los que el Índice de Peligrosidad no cancerígeno (Hazard Index, HI) supera el valor crítico (establecido en el valor 1), ello se debe exclusivamente al BPA “…que contribuyó a casi el 100% del índice de peligrosidad o HI. En contraste, la contribución combinada de todos los demás contaminantes detectados, fue insignificante, manteniéndose consistentemente varios órdenes de magnitud por debajo de la del BPA, y por lo tanto muy por debajo del valor crítico de 1”. O lo que es lo mismo, después de estudiar la migración de 49 aditivos, solo el Bisfenol A es el causante de valores de HI superiores al crítico. Eso se ve también en la Tabla S13, contenida en el material suplementario.

¿Migra mucho más el BPA que el resto de los aditivos?. Pues va a ser que no. Esa conclusión sobre el índice de peligrosidad es debida en realidad a la reevaluación de la ingesta diaria tolerable (TDI) del bisfenol A (BPA), realizada por la EFSA en 2023, que rebajó 20.000 veces su valor.  Como explicaba en una entrada de 2017, esta nueva cifra no se basó en evidencia epidemiológica alguna en humanos sino en un efecto observado en ratones, concretamente un aumento de un tipo de linfocitos T (células Th17) implicado en procesos inflamatorios y autoinmunes. Diversos organismos y expertos han cuestionado la interpretación de EFSA. En particular, el Instituto Federal Alemán de Evaluación de Riesgos (BfR) considera que la evidencia disponible no justifica una reducción tan extrema y mantiene discrepancias con la EFSA, como puede verse en este documento conjunto de ambos organismos. Así que el peligro no está en la concentración del BPA en el envase ni en lo que el BPA migra, sino que nace de un umbral toxicológico extraordinariamente bajo y discutible.

Como está haciendo calor, me ha dado por leer cosas más refrescantes como el libro “Nature's Mutiny: How the Little Ice Age of the Long Seventeenth Century Transformed the West and Shaped the Present” de Philipp Blom. Y entre los documentos que reflejaron la crudeza del clima en esa época (La pequeña Edad del Hielo), el autor menciona este lamento del Cold Genius de Henry Purcell.

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viernes, 19 de junio de 2026

Hidrógeno blanco, ¿algo más que una curiosidad geológica?

Mi interés por la llamada economía del hidrógeno arranca de la lectura, en setiembre de 2002, de un libro escrito por Jeremy Rifkin y publicado, con ese título, por la editorial Paidós. En la portada se incluían reclamos en forma de subtítulos impactantes como “Cuando el petroleo se agote”, “La próxima gran revolución económica” o “La creación de la red energética mundial y la redistribución del poder en la Tierra”, con predicciones tan contundentes como que, a estas alturas del siglo XXI en el que ahora nos encontramos, casi todo el mundo conduciría vehículos (eléctricos) a base de las llamadas pilas de combustible que consumen hidrógeno y oxígeno para producir agua y energía eléctrica. En otro sitio he contado que luego vi a Rifkin en vivo y en directo y empecé a mosquearme. Y que el mosqueo se ha transformado posteriormente en un claro escepticismo, a medida que se han hecho evidentes las dificultades que tiene el uso del hidrógeno (H₂), como posible sustituto de combustibles fósiles, para ser la solución a muchos problemas y que, en lo tocante a la automoción, las baterías de litio se han llevado el gato al agua y más que se llevarán de la mano de los chinos.

Todo esto creo que quedó más o menos claro en una entrada de hace cinco años, en la que también aclaraba los adjetivos en forma de colores con los que se ha ido etiquetando al hidrógeno en función del método utilizado para obtenerlo (verde, azul, rosa,…). Porque, a diferencia de otros combustibles como el carbón o el gas natural, el hidrógeno no está como tal en la naturaleza y, si queremos utilizarlo, lo primero que hay que hacer es obtenerlo a partir de sustancias que lo contienen en su molécula, como es el acaso del agua (H₂O) o del metano (CH4), mediante procesos que necesitan grandes cantidades de energía. Por eso también se habla de que el hidrógeno es un vector, y no un combustible directo. En otra entrada posterior hablé del hidrógeno blanco o hidrógeno natural, contando su relativamente reciente descubrimiento en ciertas regiones geológicas o en antiguos yacimientos de gas natural. En ese caso, si hablaríamos de un auténtico combustible porque lo obtendríamos como tal gas, directamente de la Naturaleza. Ahora, un artículo del pasado mes de mayo analizaba el posible potencial de ese hidrógeno en una economía como la propugnada por Rifkin, desde una óptica que ya se avanzaba en mi última entrada, pero con datos experimentales más contundentes.

La idea central del trabajo es que este hidrógeno podría producirse y acumularse de forma continua durante largos periodos de tiempo. Esa idea se deriva de los experimentos llevados a cabo por los autores en perforaciones profundas en minas del llamado escudo canadiense, en Ontario, constituido por rocas muy antiguas. Allí observaron emisiones sostenidas de hidrógeno a lo largo de varios años. Esa sostenibilidad de las emisiones es muy importante porque demuestra que, en esos lugares, se sigue generando gas hidrógeno de manera activa y no se trata solo de una bolsa con hidrógeno atrapado, que se vacía poco a poco. Como ya os avanzaba en la última entrada antes mencionada, los geólogos piensan que el hidrógeno se puede estar produciendo continuamente a grandes profundidades de la corteza terrestre por dos procesos. Por un lado, la llamada serpentinización en la que, a las altas temperaturas del interior de la Tierra, la olivina, un mineral de hierro y magnesio, reacciona con el agua para dar hidrógeno y otro mineral conocido como serpentina. Por otro lado, en ese mismo manto terrestre, trazas de elementos radiactivos como el torio o el uranio pueden romper la molécula de agua en hidrógeno y oxígeno.

Según los autores del estudio que estamos comentando, las emisiones medidas en cada una de sus perforaciones son relativamente modestas pero, al extrapolarlas al conjunto de la región minera en la que han trabajado, podrían alcanzar cantidades ya relevantes desde el punto de vista energético local. Lo que permite empezar a pensar en su exploración y posible explotación en diversas zonas de la Tierra que tienen características similares a las del enclave canadiense, existentes en países como Australia, Brasil, partes de África o Escandinavia.

Como apuntaba en un párrafo anterior y en la primera de las entradas arriba mencionadas, el atractivo del hidrógeno blanco es evidente: a diferencia del hidrógeno gris o azul, no habría que producirlo industrialmente a partir de combustibles fósiles, generando CO2 que, como mucho, podríamos capturar y tampoco requeriría el enorme consumo eléctrico requerido para generar hidrógeno verde a partir de la electrolisis del agua. El gas ya existiría y se seguiría formando en el subsuelo, listo para ser extraído. Aun así, el artículo también es prudente. Los autores reconocen que todavía no se sabe cuántos reservorios económicamente explotables existen, ni si los flujos observados pueden mantenerse a gran escala y darse en otros enclaves. Además, parte del hidrógeno continuamente producido puede perderse al difundir a la atmósfera por grietas en el terreno, o ser consumido por microorganismos subterráneos, lo que disminuiría la producción disponible. Argumentando también que aún faltan tecnologías específicas de prospección y extracción.

En resumen, el trabajo no demuestra que el hidrógeno blanco vaya a convertirse de inmediato en una gran fuente energética global, pero sí ofrece una de las evidencias más sólidas hasta ahora de que ese hidrogeno puede generarse continuamente en el subsuelo y podría llegar a tener importancia económica y geopolítica en el futuro. Pero conviene ser cautos. Por ahora y como nos dijo mi amigo Rafa Moliner, que sabe mucho de esto, en una charla que nos impartió en el Ateneo Guipuzcoano en octubre de 2024, “Debemos ser conscientes de que la transición energética hacia la descarbonización durará décadas, ya que las cantidades de energía a descarbonizar son ingentes, lo que exigirá ingentes inversiones e ingentes cantidades de recursos energéticos y materiales. No cometamos, como ya se hizo hace dos décadas, el error de transmitir la idea de que el H₂ renovable va a estar disponible en pocos años para resolver todos los retos de la transición energética“.

Yo comparto esa visión en lo relativo a los métodos convencionales de producción de ese hidrógeno renovable (a partir de metano, mediante la electrolisis del agua) pero quizás la opción del hidrógeno generado naturalmente pueda cambiar ese escepticismo que compartimos Rafa y yo. Aunque, como en otras muchas cosas que me interesan de cara al futuro de la Humanidad, no podré ver en qué acaba esta historia, dada la cortedad de mi futuro. Quizás todo esto se quede en nada por no disponer de yacimientos importantes. O quizás estemos solo en un estado muy preliminar, como les ocurrió a los pioneros de las primeras perforaciones a la búsqueda de petróleo. O a los que empezaron a principios de este siglo a usar las técnicas de fracking de forma decidida (de los que mucha gente se reía) para extraer petróleo y gas natural, técnicas que hoy han convertido a Estados Unidos en líder en la exportación de gas natural licuado (LNG), cuando antes eran importadores.

Junio esta siendo un mes triste para mi. Así que este Lamento de Dido de la ópera Dido y Eneas de Henry Purcell, representa bien mi estado de ánimo. Se trata de un arreglo de Leopold Stokowski para conjunto de cuerda, como el United Strings of Europe que lo interpreta.

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miércoles, 27 de mayo de 2026

Algo se ha movido en la ciencia climática. La silenciosa retirada del escenario de emisiones RCP8.5

Durante años se ha hecho casi imposible leer algo sobre cambio climático sin preocuparnos seriamente con lo que la ciencia climática nos adelantaba que podíamos esperar hasta finales de siglo XXI. La gran mayoría de esas proyecciones han estado basadas, como conté en una entrada de 2022, en algo que rara vez se suele explicar al ciudadano medio, cual es el empleo del escenario de emisiones RCP-8.5. Los climatólogos simulan el posible futuro climático utilizando ese y otros escenarios, que definen posibles evoluciones de las emisiones a la atmósfera del CO2 y otros gases de efecto invernadero, con el consiguiente aumento de la concentración de esos gases en la misma y el correspondiente aumento de temperatura. Aclararé que definir esos escenarios no es fácil porque el nivel de emisiones depende de factores como la evolución futura de la demografía mundial, cuánto carbón consumirán, sobre todo, China o India en los próximos años, qué pasará con la implantación de energías renovables, si habrá o no crisis energéticas (como la derivada de la actual guerra de Irán), de la implantación de políticas climáticas agresivas y un largo etcétera.

Hace algo más de un mes se publicó un documento firmado por científicos del Coupled Model Intercomparison Project (CMIP), la gran colaboración internacional encargada de definir los escenarios y protocolos comunes utilizados por la comunidad climática mundial. Esos escenarios constituyen la base sobre la que se elaboran miles de trabajos científicos y los sucesivos informes de evaluación del Panel Intergubernamental del Cambio Climático (IPCC), cuyo séptimo informe (AR7) está previsto para 2028. Y una de la propuestas contenidas en el documento es el abandono, como referencia principal, de escenarios como el citado RCP-8.5, y su heredero el SSP5-8.5, que han sido claves en la elaboración de los anteriores dos informes (el AR5 de 2013 y el AR6 de 2021). Dicen los autores del documento, en el primer párrafo del apartado 2.2.2, que esos escenarios se abandonan porque “se han vuelto implausibles (1), si se tienen en cuenta las tendencias en los costos de las energías renovables, la existencia de políticas climáticas y las tendencias recientes de emisiones“.

Es una decisión importante porque, bajo las premisas de esos escenarios, dominantes en los anteriores informes del IPCC, se han publicado miles de trabajos de investigación, financiados en su gran mayoría con dinero público y que, paralelamente, han generado un número similar de titulares de los medios de comunicación amplificando sus hallazgos. Y, lo que suele ser menos conocido, los modelos basados en esos escenarios han constituido la base no solo de los dos últimos informes del IPCC sino también de políticas y regulaciones de la mayoría de las economías más grandes del mundo, así como de las instituciones multilaterales más importantes (como la FAO). Utilizan también esas proyecciones los grandes bancos (incluido el propio Banco Mundial) en las pruebas de estrés climático que rigen cientos de miles de millones de dólares en capital bancario. O en las previsiones de las grandes agencias de seguros como Munich Re, Swiss Re o Lloyd’s of London.

Pero ya en enero de 2020, un artículo publicado en Nature por dos científicos (Hausfather y Peters) que tuvieron un papel significado en la elaboración del Sexto Informe (AR6), planteaba las primeras dudas sobre la verosimilitud de esos escenarios. Pero no parece que, desde entonces, se hayan tenido muy en cuenta esos avisos. Por ejemplo, en algo reciente y que me es cercano, el Gobierno Vasco ha usado ese escenario 8.5 como único referente a la hora de elaborar su Plan de previsión sobre efectos del cambio climático en el litoral vasco, como también lo hacía el Plan de Transición Energética y Cambio Climático del que os hablaba en mi entrada de 2022 arriba mencionada. La paradoja es que el nuevo plan está todavía en fase de borrador, el plazo de exposición pública acaba de concluir y uno se pregunta, a la vista de las nuevas propuestas del CMIP, si no sería más razonable que el ejecutivo vasco revisara en detalle el Plan porque sus previsiones de subidas del nivel del mar no se van a corresponder con lo que se derive de los nuevos escenarios propuestos.

Porque esa subida del nivel del mar, al igual que otras muchas de las consecuencias que se derivarán de los nuevos escenarios y que se harán patentes en los informes de trabajo de los tres grupos que elaborarán el AR7 del IPCC, estarán basadas en el incremento de la temperatura global de la Tierra con respecto a la existente en la era preindustrial. Como se puede ver en la figura que ilustra esta entrada (que podéis ampliar clicando en ella), tomada del blog The Climate Brink, en el que escriben Hausfather y Peters, arriba citados, las proyecciones basadas en el escenario RCP-8.5 indicaban que la temperatura global podría subir de forma bastante consistente hasta una media de 4.4ºC (con un intervalo entre 3.2 y 5.7) en 2100. Ahora, en el escenario CMIP-7 Medio (la terminología de los acrónimos de los escenarios ha cambiado), que parece el más razonable, esa temperatura se rebaja hasta 2.8ºC (con una horquilla entre 2.2 y 3.7).

Las reacciones a la publicación del informe del CMIP-7 en medios y redes nacionales o internacionales han sido muy parcas, lo que contrasta con la rapidez con la que nos ilustraban sobre los resultados de la aplicación casi universal del RCP-8.5. El que no ha perdido tiempo ha sido el inefable Trump quien, el pasado 17 mayo, decía en su cuenta de X que la ciencia climática era WRONG! WRONG! WRONG!. Pero tampoco hay que hacerle mucho caso. Porque en la línea de lo que decíamos en la entrada precedente sobre cómo trabaja la Ciencia, el abandono de ese escenario implausible, lejos de invalidar la ciencia climática que resume el IPCC y que Trump ve con malos ojos, es una prueba más de que en este asunto, como muchos otros, la Ciencia no está del todo establecida (como pretenden algunos activistas) y es necesario hacer correcciones a la vista de nuevos datos experimentales. Y, en cualquier caso, escenarios extremos como el que nos ocupa siguen siendo necesarios. Si necesitamos simular terremotos improbables, erupciones de volcanes o accidentes nucleares rarísimos, sería absurdo dejar de explorar riesgos severos derivados del clima sólo porque sean poco probables.

Pero precisamente por eso resulta tan importante mantener claras las etiquetas y explicarlas bien a la ciudadanía. Un test de estrés no es una predicción. Y quizá ahí esté la principal lección de todo este episodio. El problema no fue que existiera el RCP-8.5, sino el uso ambiguo que acabó haciéndose de él. Una herramienta concebida originalmente para explorar límites terminó funcionando, en buena parte de la comunicación pública, como representación implícita y segura del futuro esperado. El reconocimiento ahora de su inverosimilitud no invalida la física del clima, ni elimina los riesgos asociados al calentamiento global, ni convierte automáticamente en erróneas todas las políticas climáticas. Pero sí obliga a hacerse preguntas incómodas pero necesarias sobre cómo interactúan ciencia, medios, política e incentivos institucionales. Porque una vez que una narrativa extrema se instala, corregirla resulta difícil. Hay demasiados artículos publicados en revistas serias, demasiados modelos construidos, demasiadas carreras profesionales establecidas y demasiadas decisiones políticas apoyadas sobre ella. No queda más remedio ahora, como dice el subtítulo de este post, que una retirada silenciosa, casi burocrática, sin un momento claro de rectificación pública.

Una cuestión final que se está debatiendo en blogs relacionados con la ciencia climática es si el cambio propugnado por los científicos del CMIP-7 ha venido causado por las razones que se mencionaban más arriba (el abaratamiento de las energías renovables, los logros de políticas climáticas y las tendencias recientes de emisiones) o, como mantienen otros, el problema es que nunca se tendría que haber utilizado un escenario tan extremo como escenario de referencia. Esta semana he asistido a un interesante y elegante dialogo (como tendrían que ser todos) entre partidarios representativos de una y otra idea. El que quiera, puede verlo o leerlo aquí.

He comprobado que en estos aperitivos musicales todavía no os he colgado nada de Edvard Grieg. Así que ahí va un extracto de “En la Gruta del Rey de la Montaña” de su Peer Gynt, con Neeme Järvi a la batuta, dirigiendo a la Filarmónica de Berlín.

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(1) He usado el término implausibles que no está en el diccionario de la RAE y que se usa (en inglés) en el documento original del CMIP. Porque los antónimos que la RAE me ofrece para el término plausible (que si está en su diccionario) no me acaban de convencer.

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