viernes, 24 de julio de 2026

La azarosa vida de un aprendiz de químico

Durante los últimos años, ha sido habitual encontrar en los medios noticias relativas a la retirada, por parte de la policía, de frascos antiguos guardados desde hace años en laboratorios de colegios públicos, conteniendo una sustancia denominada ácido pícrico. La más reciente se refiere a distintos colegios vascos, en los que la Ertzaintza ha retirado (y explosionado) ese tipo de recipientes. La razón no es otra que el ácido pícrico, después de décadas de falta de uso, puede explotar de forma espontánea. La noticia no ha tenido reflejo más allá de unas pocas líneas o unos pocos segundos en los informativos, pero a mi me ha hecho recordar (algo que me ocurre de vez en cuando) mis primeros contactos con la Química. No llego al nivel de lo que cuenta Oliver Sacks en el recomendable libro de sus recuerdos como químico precoz, pero hice mis pinitos desde tierna edad. Lo que me suele incitar a reflexionar sobre cómo ha cambiado la percepción del riesgo en el manejo de sustancias químicas, algunas ciertamente peligrosas (otra vez el binomio peligro/riesgo).

El ácido pícrico (o 2,4,6-trinitrofenol) fue un reactivo muy habitual en laboratorios docentes durante buena parte del siglo XX. Se empleaba en análisis químicos, tinciones histológicas y demostraciones de laboratorio. No es especialmente peligroso cuando está húmedo, que es como normalmente se almacenaba. De hecho, los envases comerciales solían contener entre un 10 y un 30 % de agua para mantenerlo estabilizado. El problema aparece cuando el agua se evapora durante décadas de almacenamiento. El sólido seco es muy sensible al impacto, la fricción y el calor, por lo que un bote antiguo no debe abrirse ni manipularse. Además, si el ácido entra en contacto durante años con tapas o estanterías metálicas, pueden formarse picratos metálicos (de hierro, cobre, plomo...), que son todavía más proclives a la explosión que el propio ácido pícrico.

Creo recordar, aunque no estoy seguro, que yo tenía ácido pícrico en mi primer juego de Química, que los Reyes me trajeron a principios de los 60. No recuerdo el año exacto pero, desde luego, no más tarde de 1963, cuando nos cambiamos de casa, porque estoy seguro de que, viviendo en ella, casi provoqué un incendio al derramarse el alcohol etílico contenido en un mechero como el que véis a la derecha de la figura, con el que calentábamos los tubos de ensayo para producir algunas reacciones. El alcohol ardiendo se desparramó por la mesa, cayendo a la alfombra. Menos mal que mi padre anduvo listo apagando el asunto con una toalla.

El incidente no me apartó de similares actividades peligrosas. En uno de los bajos de la casa del incidente con el mechero, había un garaje en el que se guardaban unas camionetas de la empresa Carburos Metálicos. De vez en cuando, los conductores limpiaban la caja de los vehículos y depositaban los restos en un descampado próximo que, con el tiempo, fue convirtiéndose en una montañita de color oscuro. Pronto descubrimos que rascando en su superficie y cogiendo el sólido más blanquecino del interior, metiéndolo en un bote, colocándolo boca abajo en un agujero y vertiendo agua en él, el bote se convertía en un proyectil. Nunca nos pasó nada, pero hoy sé con certeza que lo que ocurría es que el carburo (probablemente de calcio) reaccionaba con el agua produciendo acetileno, un gas que, en el bote boca abajo, cogía presión y…. Hay alguna otra anécdota de mis años de aprendiz de química en otras entradas del Blog. Como la que cuenta nuestro peregrinar por carbonerías, droguerías y farmacias de mi pueblo, a la búsqueda de los ingredientes para fabricar una variante de pólvora. Tengo muestras indelebles en mi mano, casi sesenta años después, de una explosión “incorrecta”.

Años después (menos de diez), siendo ya un estudiante de Química en Zaragoza, una gamberrada habitual era robar pequeños trozos de sodio durante las prácticas de laboratorio, irnos al exterior de la Facultad y lanzarlos a un estanque que había en los jardines próximos. La reacción del sodio con el agua era violenta y espectacular. Es evidente que eso es hoy imposible (o casi). Como lo son otras prácticas de entonces, como pipetear con la boca todo tipo de líquidos y disoluciones, evaporar disoluciones de benceno, cloroformo o tetracloruro de carbono, trabajar con mercurio y sus compuestos sin demasiadas precauciones, preparar, sin emplear vitrinas, cloro (con el que tuve un incidente desagradable), sulfuro de hidrógeno o dióxido de nitrógeno, o fumar en los laboratorios o aledaños. Hoy parece increíble, pero ocurría. Y quizás ahora nos hemos ido al otro extremo, como cuando, a punto de jubilarme, vi entrar a un laboratorio a un bedel (hoy PAS), con una de las máscaras de mayor nivel de seguridad. Ante mi extrañeza, me dijo que la llevaba porque iba a cambiar una bombilla en un laboratorio donde se trabajaba con monómeros vinílicos (algunos, pero no la mayoría, ciertamente cancerígenos). No pude contener una sonrisa entre malvada y melancólica.

Seguro que estos azarosos viejos tiempos los recuerda también mi amigo y colega Carlos Ubide quién, al hilo de la noticia del pícrico que ha dado origen a esta entrada, me contaba recientemente que, cuando él trabajaba en el Departamento de Química Analítica de la Facultad zaragozana arriba mencionada, los botes de ácido pícrico que se almacenaban en las baldas se usaban, sobre todo, para curar las clásicas quemaduras que siempre se producían en los laboratorios. Quizás esa sea la razón por la que, en muchos laboratorios de Química de Institutos de Secundaria, se estén recogiendo ahora viejos frascos de ese reactivo.

Hoy volvemos a los clásicos más clásicos. De Johann Sebastian Bach, un extracto de la Suite para orquesta nº 3. Con nuestra habitual Filarmónica de Berlín y Ton Koopman como director.

11 comentarios:

Rafael dijo...

Me acabas de recordar parte de mi infancia y primera juventud. La Cheminova, cargar los balines de la chimbera con sodio disparando a los charcos, las lámparas de carburo en el pirineo, (Yo usaba clorato potásico para levantar los botes) ¡Qué tiempos!.
¡Muchas gracias por el Déjà vu!

Yanko Iruin dijo...

Muchas gracias a ti Rafa por leerme. Y en este caso por dejar constancia con tu comentario que has recibido la entrada. Estoy teniendo problemas en la distribución. A mi no me ha llegado. Y estoy suscrito, jejejeje.

Anónimo dijo...

Sí, Yanko, en la Facultad de Ciencias de Zaragoza manejábamos con naturalidad cosas como ácidos fuertes tales como clorhídrico, nítrico o sulfúrico (siempre pipeteé este último a boca), otros tóxicos como el sulfhídrico, destilábamos mercurio, trabajábamos con cianuro, etc. y siempre sin guantes, gafas, etc.; únicamente, una bata blanca y una campana extractora de gases. ¿Inconsciencia?, en absoluto; conocíamos el peligro y aplicábamos las medidas de la época. Yo nunca sufrí un accidente, aunque conozco a otros que sí lo tuvieron. Siempre ha habido personas más y menos cuidadosas, aunque hoy la probabilidad de accidentes es menor. De todas formas y al final, siempre teníamos en el botiquín ácido pícrico para las quemaduras.
Carlos Ubide

Anónimo dijo...

Hola, Yanko.
Yo también he recibido esta entrada y me ha encantado 😀.
Tuve mi Cheminova y, además de pólvora, conseguimos elaborar otros productos igualmente peligrosos y divertidos. Y en las prácticas del cole, en Marianistas, usábamos elaborar pícrico para aliviar las quemaduras de los insensatos que tocábamos los tubos de vidrio después de calentarlos con el bunsen para doblarlos…
Bonitos y lejanos recuerdos
Muchas gracias, búho, una vez más 🤗
Javi S

Yanko Iruin dijo...

Gracias a los dos por ilustrar la entrada.

Anónimo dijo...

Nunca supe sobre qué me senté en el laboratorio durante la EGB que desintegró totalmente el pantalón sin afortunadamente llegar a hacer herida en la piel. Mi madre se enfadó por tener que parchear el agujero, pero al colegio ni pío. Eran otros tiempos. Una entrada muy inspiradora.

Yanko Iruin dijo...

Pues tuviste suerte.

Iñigo Legorburu dijo...

Un ejemplo de los cambios habidos: Los profesores de Química veteranos que tuve tenían por costumbre oler y probar los compuestos que preparaban. Los de mi generación solo los olíamos y los jóvenes los manejan a distancia y con mucho cuidado...
Por otra parte, los químicos varones de mi generación tienen en su CV al menos una explosión antes de empezar la carrera. La mía de hidrógeno...
Iñigo L

Yanko Iruin dijo...

Gracias Iñigo.

Ramon Caba Robletto dijo...

Gracias por recordar tiempos pasados, en estos apuntes. Soy de la rama mecanica, pero si que tuve una materia de química basica (organica/inorganica). Recuerdo que en una de las práctica en el laboratorio llene cinco tubos de laboratorio con distintos niveles de agua y con un boligrafo me transforme en músico, tocando en una "marimba"; el resultado fue expulsado de dicho laboratorio en Vilanova i La Geltrú y la risa de los compañeros, menos la profesora que quedo muy enojada, por mi comprtamiento, me disculpo. Me gustaria también comentar, la "coletilla" final del post, de música clasica. Escucho todas, las sugerencias. Mi padre tubo la saviesa de inculcarme a un servidor y a mi hermana, el aprecio de tan bellas melodias. Gracias y felicidades nuevamnete por vuestra pedagogica vocación, apreciado Yanko. Per Molts Anys (Por muchos años).

Yanko Iruin dijo...

Gracias Ramón. Eres un incondicional.

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