martes, 17 de marzo de 2026

Un fin de semana por tierras salmantinas

Siendo golfista viejo y viviendo donde vivo, es fundamental estar pendiente de la meteorología local (el tiempo). Además, por razones que no vienen a cuento, desde finales de la primera década de este siglo y, sobre todo, desde mi jubilación en 2016, el tiempo a largo plazo (el clima) me ha ido interesando progresivamente como disciplina. Durante estos años, me he llevado unas cuantas decepciones con la web de AEMET al tratar de obtener datos sobre la temperatura del agua de mar, que se mide cada día en el Aquarium donostiarra, sobre series climáticas largas acumuladas desde 1928 en el observatorio de Igeldo o en otros lugares. Así que tuve que buscarme la vida en otros pagos. Y acabé cayendo en la página web de Javier Sevillano, un ingeniero de telecomunicaciones jubilado, natural de El Villar de Argañán, una localidad salmantina a escasos kilómetros de la frontera portuguesa. Esa web contiene innumerables datos sobre la meteorología de las capitales españolas, además de unas historias increíbles sobre los pueblos cercanos a El Villar, entre los que se encuentra La Alameda de Gardón, a escasos tres kilómetros. En La Alameda pasamos hace poco unos días en casa de una pareja de amigos (ella es natural del pueblo) a los que conocemos desde hace más de cincuenta años y que han vivido toda su vida laboral entre Hernani y Donosti. Lo que ellos nos han ido contando a lo largo de los años y lo que yo he leído en la web de Sevillano sobre la zona, se hizo realidad en cierta medida durante esos días, aunque espero volver pronto para profundizar en algunas de las cosas que os voy a contar en esta entrada.

El territorio del que estamos hablando, en el suroeste de la provincia de Salamanca, forma parte del sector occidental del Macizo Ibérico, una de las regiones geológicamente más antiguas de la península. Hace unos 300 millones de años, grandes masas de magma granítico se abrieron paso a través de rocas más antiguas, solidificando y generando diversos minerales. Como consecuencia de ello, en un radio relativamente pequeño alrededor de La Alameda han ido apareciendo, a lo largo de la historia reciente, explotaciones de varios minerales que dan lugar a elementos que hoy consideramos estratégicos, como es el caso del wolframio, el uranio, el estaño y las llamadas tierras raras. Aunque la comarca nunca llegó a convertirse en un gran distrito minero industrial, sí ha dado lugar a diferentes episodios de actividad minera que reflejan los cambios económicos y tecnológicos del pasado siglo XX.

El wolframio, un elemento químico del que ya hemos hablado en este Blog, descubierto en el Real Seminario de Bergara por los hermanos Elhuyar, ha sido probablemente el mineral más importante explotado en el entorno de La Alameda de Gardón durante el pasado siglo. Este metal, de propiedades físicas muy valiosas para la industria militar, se convirtió, durante la Segunda Guerra Mundial, en un recurso estratégico de primer orden. La interrupción del comercio internacional, derivada de la guerra, hizo que Europa dependiera en gran medida de los yacimientos de wolframio de la Península Ibérica y, más concretamente, de la zona lindante entre España y Portugal. La demanda creciente provocó una intensa competencia por el wolframio ibérico. Durante varios años, comerciantes vinculados tanto a Alemania como a los aliados, especialmente Reino Unido y Estados Unidos, compraban grandes cantidades del mineral. Hay teorías que dicen que las compras de estos últimos iban destinadas a minar el suministro que pudiera llegar a los nazis. El precio alcanzó niveles extraordinarios, generando un breve periodo de prosperidad en algunas zonas rurales.

Aún hoy, quedan muchos vestigios de numerosas pequeñas explotaciones en filones de cuarzo asociados a granitos. Estos filones contenían principalmente wolframita y, en menor medida, scheelita, los dos minerales principales de wolframio. La minería en esta zona fue generalmente de pequeña escala. Las explotaciones consistían en galerías cortas o trincheras excavadas que corrían paralelas a los filones mineralizados. Aún y así, localidades cercanas a La Alameda como Fuenteguinaldo, Robleda o Navasfrías tuvieron una actividad especialmente intensa. En muchos casos, campesinos y vecinos del lugar trabajaban temporalmente en las minas, aprovechando el elevado precio del mineral. En ese entorno se acuñó la expresión “ir al wolfran”.

Sin embargo, esta actividad fue relativamente corta. A partir de 1944, la presión diplomática aliada llevó al gobierno de Franco a restringir las exportaciones de wolframio hacia Alemania, lo que provocó el colapso del mercado. Tras el final de la guerra, muchas de las pequeñas minas cerraron rápidamente y los vecinos volvieron a sus actividades agrícolas. Pero en sitios como la mencionada Navasfrías se pueden visitar las instalaciones existentes, según puede verse en esta web. La próxima vez que vaya a La Alameda, va a ser una visita obligada.

Un segundo hito importante de la minería salmantina fue la exploración y explotación de uranio durante la segunda mitad del siglo XX. La provincia de Salamanca alberga uno de los principales distritos uraníferos de España, concentrado alrededor de Ciudad Rodrigo, de donde procede mi amigo salmantino. Las minas más importantes se situaron en Saelices el Chico y en el área de Retortillo. Los minerales más comunes que pueden allí encontrarse son la uraninita o pechblenda, la autunita o la torbernita. Tras la Segunda Guerra Mundial, cuando el uranio se convirtió en un recurso estratégico tanto para la energía nuclear como para aplicaciones militares, el extraído en la provincia de Salamanca formó parte del combustible utilizado en las primeras centrales nucleares españolas y en otras aplicaciones. El mineral salmantino tenía bajas concentraciones de uranio (como la mayoría de los yacimientos del mundo). Por eso, para poderlo usar había que triturarlo, molerlo y tratarlo químicamente hasta obtener un óxido de uranio concentrado, U₃O₈.

El concentrado producido en España no podía usarse directamente en un reactor. Había que convertirlo en hexafluoruro de uranio (UF₆) y enriquecerlo en uranio-235. Esos procesos no se hacían en España sino en instalaciones de enriquecimiento en Estados Unidos, Francia o Reino Unido. Después del enriquecimiento, el uranio volvía a España para fabricar el combustible. Una empresa que aún existe, ENUSA Industrias Avanzadas, producía pastillas de dióxido de uranio (UO₂), ensambladas en barras de combustible que se utilizaron en las primeras centrales nucleares españolas, como la José Cabrera (la primera central nuclear española), la de Santa María de Garoña o la de Almaraz.

Aunque en el entorno inmediato de La Alameda de Gardón no se desarrollaron minas de uranio importantes, diversos estudios geológicos indican la presencia de anomalías radiométricas y mineralizaciones menores. Uno de esos estudios fue llevado a cabo, a principios de la segunda década de este siglo, por la firma australiana Berkeley. En ese estudio, se puede constatar las toneladas estimadas de uranio, en forma de óxido de uranio, en La Alameda y en diversas localidades de su entorno. En base a estos informes, Berkeley obtuvo inicialmente un permiso de explotación minera en la localidad de Retortillo. Pero una enmienda pactada entre Podemos y el PSOE en octubre de 2020 al Proyecto de Ley de Cambio Climático y Transición Energética, que acabó siendo la Ley 7/2021, de 20 de mayo, prohibió otorgar nuevas autorizaciones de exploración, investigación o explotación de minerales radiactivos, como el uranio. Aunque eso no afectaba al permiso concedido a Berkeley, el proyecto quedó prácticamente paralizado porque el Consejo de Seguridad Nuclear emitió informes negativos sobre la planta de tratamiento del mineral extraído y el Ministerio de Teresa Ribera denegó autorizaciones clave para construir esa planta. Y, sin planta de procesamiento, la mina no podía funcionar.

En el término municipal del pueblo de Javier Sevillano, se encuentra Mina Aurora, donde se han identificado y extraído, desde los años 30, minerales como la ambligonita (que contiene litio) y la casiterita, una mena de estaño. La historia de esa mina está bien documentada por Javier en esta página de su web. Así que sobra cualquier comentario por mi parte.

Además del wolframio, uranio y estaño, los granitos del oeste de Salamanca contienen pequeñas cantidades de los elementos conocidos como tierras raras de los que hablamos no hace mucho. Elementos como el lantano, cerio, neodimio o itrio que, como contábamos en esa entrada, son fundamentales para numerosas tecnologías modernas, desde turbinas eólicas hasta dispositivos electrónicos. En el entorno de La Alameda, las tierras raras no aparecen en grandes yacimientos explotables, sino en minerales accesorios presentes en las rocas graníticas. Entre los más importantes se encuentran la monacita y la xenotima, que contienen tanto tierras raras como pequeñas cantidades de torio.

No contento con esta profusión de elementos de la Tabla Periódica, los días en La Alameda me han permitido conocer que el análisis del agua que llega a sus grifos suele dar, de forma recurrente, contenidos de arsénico que exceden los 10 microgramos/litro, la cifra máxima permitida por la UE. El exceso no suele ser importante pero implica que tiene que declararse como agua no apta para consumo humano. ¿De dónde sale ese arsénico?. Pues probablemente, una vez más, del abundante granito que puebla las magníficas dehesas de los alrededores y que también suelen contener vetas de minerales de ese elemento. No es un hecho raro, como ya documenté en otra entrada en la que os hablaba de la cantidad del territorio USA que tenía problemas similares.

Y para acabar, el Vals de la Tormenta de nieve de Gueorgui Svirídov, discípulo de Dmitri Shostakovich, en una grabación de la Orquesta Filarmónica de Moscú bajo la dirección de Yuri Simonov.

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domingo, 1 de marzo de 2026

Antimonio en tu agua embotellada: Una revisión veinte años después

El mes de marzo de hace veinte años fue el mes más productivo (y el primero completo) de este Blog. Y eso que yo seguía en activo en mi Facultad. Pero en mi descargo tengo que decir que, durante los años anteriores, había acumulado mucho material con el que ilustraba a mis alumnos de 1º de Química sobre los problemas que la Quimiofobia estaba acarreando y los fui utilizando con rapidez en sucesivas entradas. La del 23 de marzo de ese año estuvo dedicada a una noticia que tuvo bastante repercusión en los medios y que tenía que ver con la contaminación por antimonio (Sb) del agua distribuida en botellas de poli (etilen tereftalato) (PET), el plástico hoy mayoritario a la hora de envasar agua mineral y bebidas carbonatadas. Ahora, celebrando el vigésimo aniversario del Blog, y dado que tengo muchos nuevos seguidores que no tenía en aquellas fechas (algunos serían tiernos infantes o estarían en secundaria), he decidido revisar, a la luz de literatura reciente, lo que entonces escribí. Y lo cierto es que hay poco verdaderamente importante que revisar.

Mi entrada de 2006 se hacía eco de la polvareda mediática levantada por un artículo, entonces recién publicado, por parte del grupo de William Shotyk de la Universidad de Heidelberg, en el que tras investigar diversas aguas embotelladas en PET, mostraban analíticamente que tenían un mayor contenido en antimonio (alrededor de 300 partes por trillón, ppt, o 0.3 µg/L) que las embotelladas en polipropileno (8 ppt) y lejos del contenido de las aguas en manantiales naturales (que ellos analizaban en Canadá y que cifraban en 2 ppt, casi en el límite de detección de las técnicas analíticas que empleaban). Los autores también constataban que el contenido en antimonio de las botellas de PET crecía con el tiempo de almacenamiento de las mismas.

Monserrat Filella, una conocida investigadora sobre el antimonio y sus implicaciones en el medio ambiente, publicó en 2020 una revisión sobre ese elemento y las botellas de PET. En esa revisión, el artículo de Shotyk, mencionado en el párrafo anterior, fue considerado, históricamente, como el punto de arranque de la investigación sobre el contenido de antimonio en botellas de PET, a pesar de que ya había literatura previa al respecto. Filella ordena, evalúa y critica la literatura existente desde entonces que, básicamente, ha ido confirmando experimentalmente ciertas ideas intuitivas que mi entrada avanzaba cualitativamente. Dado que el antimonio se emplea como catalizador en la producción del PET y que puede migrar desde el plástico al agua que la botella contiene, parecía lógico aventurar que el antimonio tenía que aparecer en el agua envasada en PET y que, además, esa migración fuera creciendo con el tiempo durante el que el plástico y el agua estuvieran en contacto. Por otro lado, como proceso difusivo que la migración es, era también esperable que estuviera afectado por la temperatura, de forma que cuanto más alta fuera esta (por ejemplo, si la botella se deja en un coche al sol durante varios días) la cantidad de antimonio en el agua tendría que ser mayor. Sobre estos extremos hay actualmente pocas dudas y, como digo, se ha demostrado experimentalmente en múltiples trabajos que la revisión cita (véase, en lo tocante al efecto de la temperatura, su figura 3).

La revisión constata, tras considerar la literatura existente en 2020, otra idea que los autores de Heidelberg ya avanzaban en su artículo de 2006. Que las concentraciones de antimonio en las múltiples botellas investigadas a lo largo de todos estos años están muy por debajo de las establecidas en las regulatorias americanas y europeas. Además, y muy importante, el antimonio ingerido en las bajas concentraciones presentes en el agua potable, no muestra un comportamiento bioacumulativo comparable al de metales como el plomo o el mercurio orgánico. Diversas evaluaciones internacionales (por ejemplo, la de la americana Agencia para el Registro de Sustancias Tóxicas y Enfermedades, ATSRD en 2019) coinciden en que la absorción gastrointestinal es limitada y que la mayor parte del antimonio absorbido se elimina por vía urinaria en un plazo de horas a pocos días. En otras palabras, la presencia de trazas detectables no implica necesariamente una acumulación progresiva en el organismo.

Regulatorias que, como la autora de la revisión indica, tienen ciertas “peculiaridades”. Y ello es así porque podríamos simplificar diciendo que hay dos culturas regulatorias diferentes. Una de ellas, con origen en la salud pública del agua del siglo XX, considera que el agua potable es un servicio público continuo, que la población consume diariamente y sobre la que hay que establecer límites que protejan a la población e, incluso, a los grupos más vulnerables. El resultado es que se establecen límites muy conservadores, procurando que las concentraciones de antimonio que contiene el agua de grifo no vayan más allá de 5–6 µg/L en la UE y EEUU. Y, si se sobrepasan, hay que tomar medidas. Es un modelo basado en la evaluación toxicológica de la ingesta diaria admisible (IDA) con sus factores de seguridad, como vimos recientemente en el caso de la sucralosa.

El otro punto de vista se refiere al agua mineral natural, la que normalmente se embotella en vidrio, en PET o en otros plásticos. Las normativas reconocen a esas aguas minerales como productos con identidad propia. El agua mineral es un alimento con composición natural fija que no debe modificarse artificialmente (salvo casos extremos) ya que la composición química forma parte de su identidad. Aquí el enfoque es distinto: no se “optimiza” la composición, se acepta que un agua puede tener niveles más altos de ciertos elementos si son naturales y la regulación combina criterios toxicológicos con tradición alimentaria. De ahí que los valores regulatorios sobre el antimonio sean mucho más altos (hasta 40 µg/L en la UE y, en USA, ni siquiera se establece un valor).

Antimonio (y arsénico, como aquí mencionábamos) hay de forma natural en muchas aguas de manantial, como consecuencia de su existencia en zonas geológicas por las que el agua discurre antes de aflorar al exterior. Este hecho hace, que a la hora de evaluar cuánto antimonio hay en una botella de PET, haya que diferenciar entre el que contiene el agua en origen y el que se genera como consecuencia de la migración desde el plástico. Un hecho que, según Filella, es uno de los fallos metodológicos de muchos estudios sobre el tema y que ha complicado el sacar conclusiones fiables. Como lo es el hecho de considerar cuánto tiempo lleva el agua envasada en la botella PET cuando los investigadores comienzan a analizar su contenido en antimonio. O en qué condiciones de temperatura se ha tenido el agua almacenada desde su envasado hasta que entra en el laboratorio de análisis. La revisión de Filella dedica mucho tiempo a esos fallos metodológicos.

Una idea bastante citada es que cuando envasamos en PET bebidas ácidas, como los zumos o las bebidas de cola con ácido fosfórico, la acidez hace que se libere más antimonio que cuando tenemos simplemente agua. Como Filella resume en su artículo, en el intervalo de pH propio del agua mineral (≈6–8), el efecto del pH sobre la migración de antimonio desde el PET es bajo o prácticamente inexistente, pero la situación es distinta cuando dejamos de hablar de agua y pasamos a bebidas ácidas complejas (con pH inferior a 4-5). Estudios experimentales recientes han observado incrementos de migración de antimonio en productos ácidos, donde el efecto parece relacionarse no solo con el pH sino con la presencia de ácidos orgánicos y condiciones térmicas que modifican la superficie interna de la botella y, por tanto, la cinética superficial de migración. Lo que parece fuera de duda es que, incluso en estos escenarios, la temperatura sigue siendo el factor dominante, con un comportamiento exponencial (tipo Arrhenius), como hemos avanzado anteriormente. Y que los niveles de antimonio siguen siendo seguros.

La reutilización de botellas de PET se cita con frecuencia como causa de una mayor liberación de antimonio. En la revisión de Filella hace únicamente mención a un artículo publicado en 2012 que mostraba que, en condiciones domésticas normales, los incrementos de antimonio son modestos y, en general, permanecen muy por debajo de los límites regulatorios europeos. Aunque se suele hablar de deterioros del material plástico que potencia la liberación, lo cierto es que, una vez más, la temperatura elevada tiene un efecto mucho más marcado sobre la migración. Dicho de forma simple, reutilizar una botella en casa es mucho menos problemático que dejarla semanas en el maletero de un coche al sol. Si existe un problema práctico asociado a la reutilización, probablemente no sea químico sino microbiológico. Las botellas, diseñadas en principio para un solo uso, son difíciles de limpiar adecuadamente, pueden desarrollar biofilmes en su interior y, en condiciones de humedad y temperatura ambiente, favorecer el crecimiento bacteriano. La preocupación pública suele dirigirse a las trazas de antimonio detectadas pero la evidencia sugiere que, en el uso cotidiano, la higiene merece al menos tanta atención como la migración química.

Y para acabar esta primera entrada de la temporada vigésimo primera del Blog,el Adagio del Concierto número 1 para violín de Haydn. Adaptado para el cello por Mischa Maisky que es quien lo toca en el vídeo.

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lunes, 23 de febrero de 2026

Sucralosa: otro edulcorante por chiripa.

En este Blog hemos hablado en repetidas ocasiones sobre diferentes edulcorantes, esas sustancias que son más dulces (mucho más dulces) y menos energéticas que el azúcar de mesa y que, por tanto, se utilizan como sustitutos de él, como una forma de evitar sus peligros. Su descubrimiento fue, en varios casos, por pura chiripa. El caso de la sacarina está documentado en una entrada anterior, cuando conté que, un día de junio de 1878, el químico Constantin Fahlberg volvió a casa del laboratorio y se percató de que a pesar de haberse lavado las manos, éstas estaban impregnadas de algo sorprendentemente dulce. Volvió al laboratorio y a base de dar lengüetazos a los productos con los que estaba trabajando (los químicos del pasado eran así de lanzados), descubrió lo que hoy conocemos como sacarina.

En el caso del aspartamo, del que he escrito mucho, no he contado sin embargo que fue descubierto en diciembre 1965 en los laboratorios de la farmacéutica G.D. Searle que, en la época, andaban buscando medicamentos contra la úlcera gástrica. En una de las reacciones de purificación de uno de los productos investigados, parte de lo que había en el reactor salió del mismo y salpicó a uno de los investigadores (James M. Schlatter). Poco después, al humedecer el dedo para separar dos hojas de papel, descubrió el intenso dulzor de lo que le había caído a la mano. El caso de hoy, la sucralosa, es otro ejemplo más de chiripa (o serendipia), donde la lengua vuelve a jugar su papel.

El descubrimiento de la sucralosa en 1976 fue motivado por un sorprendente error lingüístico. La empresa azucarera británica Tate & Lyle, la misma que popularizó el terrón de azúcar en el Reino Unido, estaba investigando derivados de la sacarosa (el azúcar de mesa convencional) en colaboración con científicos del Queen Elizabeth College (hoy parte del King’s College de Londres). Querían modificar químicamente el azúcar para estudiar nuevas propiedades. En uno de los intentos, sustituyeron, como veis en la figura, tres grupos –OH de su molécula (en verde) por tres átomos de cloro (en rojo) y así nació la molécula que hoy conocemos como sucralosa.

Aunque en lo que ahora voy a relatar puede que haya algo de mito, cuentan las crónicas (e incluso documentos corporativos de Tate & Lyle) que Leslie Hough (un químico de carbohidratos) pidió a su estudiante de doctorado Shashikant Phadnis, de nacionalidad india, que analizara el nuevo compuesto. Analizar en inglés es “test”, pero quizás porque el inglés no era su lengua materna, Phadnis entendió “taste”, probar en inglés. Y sin pensárselo dos veces, siguiendo la tradición de los viejos alquimistas y de químicos como Fahlberg, Phadnis probó el polvo blanco que habían obtenido (sin considerar que fuera tóxico) y descubrió que era extremadamente dulce. De hecho más de 600 veces más dulce que la sacarosa del azúcar normal.

El descubrimiento fue algo inesperado porque, normalmente, al clorar una molécula orgánica se suelen alterar sus propiedades fisicoquímicas y biológicas pero, en este caso, la modificación conservó la interacción con los receptores del dulzor e impidió que el cuerpo la metabolizara como azúcar. Tras pruebas de seguridad y desarrollo industrial, se lanzó al mercado en los años 90 bajo la marca Splenda, con su famoso eslogan “Hecho a partir del azúcar, así que sabe como el azúcar”. Es más habitual en USA que en Europa, donde ha tenido que competir con el ya mencionado aspartamo, el acesulfamo K y, más recientemente, con la estevia.

Pero como buen edulcorante sintético, la sucralosa ha estado desde sus inicios en el objetivo de los quimiofóbicos, que aquí lo tenían a huevo: la sucralosa tiene en su unidad estructural tres átomos de cloro, un maligno donde los haya, aunque el cloro forme parte de miles de moléculas orgánicas perfectamente estables y seguras. Y también ha estado y sigue estando (como no podía ser de otra manera) bajo la revisión, junto con otros edulcorantes, de Agencias que cuidan de nuestra salud. Y así, en 2023, la Organización Mundial de la Salud publicó un extenso informe titulado “Uso de edulcorantes sin azúcar: directrices de la OMS”, en el que manifiesta su opinión sobre esta familia de aditivos, entre los que se encuentra la sucralosa. Sobre la base de recientes revisiones, la OMS propone que no se utilicen edulcorantes sin azúcar como medio para controlar el peso o reducir el riesgo de enfermedades cardiovasculares, por entender que no son eficaces a largo plazo y porque, en ese largo plazo, pudieran causar otros problemas de salud. El informe me ha resultado sorprendente porque mucha de su argumentación sobre esos posibles efectos en la salud, se basa en evidencias científicas que ellos mismos califican de baja o muy baja certidumbre (véase el Anexo 6).

Habrá que seguir el tema, pero dado que el informe mete en un mismo saco a todos los edulcorantes, sin particularizar al caso de la sucralosa que nos ocupa, he preferido mostraros lo que sobre ella dicen otras agencias regulatorias, como la Food and Drug Administration (FDA) americana y la European Food Safety Authority (EFSA). Ambas consideran a la sucralosa como una sustancias segura, dentro de la ingesta diaria admisible (IDA) que, de acuerdo con la estimación de la FDA, es 5 mg por kilo de peso corporal y día, mientras que en el caso de la EFSA es 3 veces más (15 mg por kilo de peso corporal y día). Establecido lo cual, podemos hacer algunas cuentas de las que tanto gustan a vuestro Búho.

Tomemos una persona media de peso corporal 70 kg. Multiplicando ese peso por la IDA, resultan 350 mg al día en el caso de usar la de la FDA. Un sobre típico de Splenda contiene aproximadamente 12 mg de sucralosa pura, aunque el peso total del sobre suele ser mayor porque lleva maltodextrina para que la pobre sucralosa no se nos pierda al abrir el sobre. Si ahora dividimos los 350 mg al día por los 12 mg de sucralosa en cada sobre, resultan aproximadamente 29 sobres al día. Es decir, una persona de 70 kg tendría que consumir casi 30 sobres diarios, todos los días de su vida, para llegar al límite de seguridad. Mucho más interesante es que consideremos el hecho de que la mayor parte de la sucralosa se suele ingerir no en los sobrecitos con los que endulzamos un café, sino en las bebidas “light”. Las latas convencionales de esas bebidas suele contener entre 40–70 mg de sucralosa (según formulación). Para alcanzar la IDA habría que consumir entre 5 y 9 latas diarias de ese refresco, todos los días de una vida, de forma crónica. Si usáramos la IDA de la EFSA, el número de sobres y latas se multiplicaría por tres. Y no se debe olvidar (muy importante) que las IDAs suelen calcularse con márgenes de seguridad muy conservadores, dividiendo en muchos casos por 100 las dosis a partir de las cuales se observan efectos en animales de laboratorio.

La cosa se puso más seria para la sucralosa cuando, en 2016, se publicó un artículo del italiano Instituto Ramazzini en el que se concluía, tras estudios con ratones de laboratorio, que la sucralosa era cancerígena. Para llegar a esos resultados, los investigadores habían alimentado a los pobres ratones con dosis diarias de sucralosa que eran entre 4 y 133 veces la IDA de la EFSA (o, alternativamente, entre 12 y 399 veces la IDA de la FDA). El Ramazzini es, probablemente, el laboratorio toxicológico más conocido, y también más controvertido, en estudios de carcinogenicidad ambiental y alimentaria. El Instituto utiliza diseños poco habituales en toxicología regulatoria como el seguimiento de animales hasta su muerte natural (no sacrificio estándar), el empleo de grandes cohortes (poblaciones) de roedores o la exposición durante casi toda la vida, con la idea de detectar tumores tardíos.

Algo que suena bien, pero que introduce problemas como los que suelen señalar las principales agencias mundiales. Sin entrar en muchos detalles, los ratones de avanzada edad, como los humanos, tienen muchas más posibilidades de tener cáncer. Así que linfomas y leucemias en roedores envejecidos, como los que se detectaban en el estudio, constituyen una señal particularmente difícil de interpretar, ya que pueden reflejar procesos inflamatorios asociados al envejecimiento más que un efecto carcinogénico directo. Usando este tipo de argumentos, el artículo del Instituto Ramazzini tuvo una inmediata contestación de la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA), en forma de una revisión crítica, que concluyó que los datos no apoyaban una relación causal con tumores y que estudios adecuados en roedores no mostraban efecto cancerígeno.

Otro estudio relevante que no apoya el carácter cancerígeno de la sucralosa es un estudio observacional francés de 2021 sobre 102865 adultos de la llamada cohorte NutriNet-Santé. Si observáis la Tabla 2, en el caso de la sucralosa, los llamados HR o Hazard Ratio (Cociente de Riesgos Instantáneos), que miden el riesgo relativo entre grupos expuestos a la sucralosa y los no expuestos, son números muy próximos a 1 (sin diferencias significativas) o incluso menores a uno, lo que indicaría que los consumidores de sucralosa tienen menos riesgo de ciertos cánceres.

Más complicadas de debatir, por relativamente recientes, son otras problemáticas que se han achacado al uso de los edulcorantes en general y a la sucralosa en particular. Y que tienen que ver, por ejemplo, con la posibilidad de que la sucralosa puede modificar la microbiota intestinal, la respuesta o la sensibilidad a la insulina o la respuesta a una inmunoterapia oncológica. De todo esto yo puedo decir poco o nada, así que mejor no me meto mucho donde nadie me llama. Aunque de la microbiota algo he leído a Ignacio López-Goñi en su magnífico Blog microBIO y, más recientemente, en su libro Microbiota y Salud Mental.

En ese libro y en el capítulo dedicado a la Microbiota y la interacción con los alimentos, hay una breve referencia a los alimentos ultraprocesados y, en alla se menciona que “Muchos informes han demostrado que el consumo continuado de edulcorantes artificiales no calóricos (como aspartamo, sacarina, sucralosa, ciclamato, sorbitol…) puede alterar la microbiota intestinal, con un aumento de Bacteroides y Lactobacillus y una disminución de Clostridiales, entre otros. Se ha sugerido también que estas variaciones de la microbiota podrían causar intolerancia a la glucosa”. Pero, por lo que yo he podido entender en el libro sobre esas variaciones de los microorganismos citados, no es fácil sacar conclusiones sobre si son buenas o malas. Y habría que ver si esos cambios son reproducibles, clínicamente relevantes y asociados a desenlaces adversos. Así que voy a estar más atento a estas cosas para seguir viendo como evolucionan los posibles nuevos efectos de los edulcorantes y de otros aditivos.

Musica clásica con marcha, como la que a mi me gusta. El final de Los Preludios de Franz Liszt, con la Filarmónica de Berlin con Christian Thielemann a la batuta. Yo creo que los lleva un poco acelerados…..

Post Scriptum
Ayer, pocas horas despues de publicar esta entrada, un seguidor incondicional me hizo llegar este documento, una revaluación de la sucralosa por parte de la EFSA, publicado el pasado martes 17 de febrero. Es extraño que no la haya recibido pues estoy suscrito a las alertas de la Autoridad, pero no he podido saber por qué.
En cualquier caso, la revaluación no invalida en lo esencial lo que he contado en esta entrada. Las conclusiones de la EFSA, resumidamente, no identifican nuevos problemas toxicológicos relevantes, la nueva evidencia disponible no cambia la evaluación previa, se mantiene la IDA de 15 mg/kg/día (tres veces superior a la de la FDA) e, incluso, al evaluar nuevos usos en el sector de la repostería, la exposición estimada permanece por debajo de la IDA.
La EFSA también revisa los posibles efectos de la sucralosa sobre el equilibrio (homeostasis) glucosa-insulina y concluye que, aunque algunos estudios describen cambios fisiológicos, la evidencia disponible no permite establecer efectos adversos consistentes ni modificar la evaluación de seguridad de la sucralosa.
La EFSA solo recomienda que se estudie en detalle y, en su caso se rebaje, las concentraciones permitidas de algunos subproductos clorados que se generan durante la fabricación de la sucralosa.

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martes, 10 de febrero de 2026

Umami, más allá del glutamato

En 2009 escribí en este mismo Blog sobre el umami, ese “quinto sabor” que durante décadas fue recibido con escepticismo en Occidente y que hoy forma parte del vocabulario cotidiano de estrellados cocineros, divulgadores y científicos de la alimentación. En aquel momento el foco estaba, sobre todo, en una sustancia química conocida como glutamato monosódico: su descubrimiento, su papel como molécula clave en la percepción del umami y, por supuesto, la polémica, más cultural que científica, sobre su posible peligrosidad. Han pasado más de quince años, y al releer aquel texto, me parece que muchas cosas siguen siendo correctas, pero, a día de hoy, creo que se pueden contar otras muchas interesantes. Y todo ha venido rodado cuando, preparando una charla sobre aditivos alimentarios, he vuelto a leer el libro Cocinar, de Michael Pollan, donde el autor explora la cocina tradicional, especialmente los caldos cocinados en tiempos largos y las fermentaciones, desde una perspectiva que resulta casi antropológica. Su mirada ilustra que el umami es una experiencia culinaria construida lentamente por la cultura, la química y el tiempo.

El descubrimiento del umami se atribuye a Kikunae Ikeda a comienzos del siglo XX, cuando identificó el glutamato como responsable del sabor característico de un caldo a base de algas kombu que le preparaba su mujer. En 1909 y en el Journal of the Chemical Society of Tokio (el artículo, originalmente en japonés, se publicó traducido al inglés en 2002), Ikeda anunció que había aislado, a partir del caldo de kombu, una mólecula de fórmula C5H9NO4, cuyas propiedades se correspondían a las de un aminoácido llamado ácido glutámico. Dicha sustancia forma parte de las largas cadenas de proteínas existentes en los animales (incluidos los humanos), donde desempeña importantes funciones, además de en vegetales y alimentos como el propio kombu, el queso, los espárragos, el tomate y una larga lista. Cuando esas cadenas se rompen por acción del calor, en procesos de fermentación u otros episodios, el ácido glutámico se libera y puede formar sales como los glutamatos de sodio, potasio, etc. Ikeda tuvo la visión de transformar ese descubrimiento en un negocio, sintetizando y vendiendo el glutamato monosódico arriba mencionado, primero en Japón y luego, tras la segunda guerra mundial, en USA, porque los soldados americanos se habían acostumbrado al umami durante su estancia en diferentes lugares asiáticos. Las empresas de alimentación vieron un nicho de negocio en reproducir en algunos alimentos preparados ese sabor, así que umami y el glutamato sintético quedaron unidos indisolublemente.

Pero como ya demostraba el caldo de algas de la Sra. Ikeda, el umami puede conseguirse cocinando ciertos alimentos. Y no solo algas kombu. Por ejemplo, cuando se prepara un caldo de carne a fuego lento, las largas cadenas de proteínas que se encuentran en la carne liberan aminoácidos, incluido el ácido glutámico, dando lugar a que en el caldo aparezca glutamato. Además, en el caldo de carne (o de pollo) también se encuentran presentes otras sustancias conocidas como nucleótidos (las unidades estructurales básicas o monómeros de los ácidos nucleicos ADN y ARN), entre las que se encuentra el inosinato, presente en carnes y pescados, o el guanilato, que se encuentra en muchas setas y otras plantas. Ambas pueden contribuir al sabor umami, así como otros productos derivados de aminoácidos y nucleótidos que surgen como consecuencia de esos mismos procesos de cocción lenta de algunos alimentos.

Y eso es así porque la combinación de glutamato con esos nucleótidos tiene un efecto fundamental en la percepción del umami. Hay una acción sinérgica entre ellos que puede multiplicar la intensidad del umami varias veces. Es decir, el sabor profundo de un caldo de pollo, de un ramen bien elaborado o de un guiso tradicional no depende de una sola sustancia, sino de una mezcla química compleja creada por el calor, el tiempo y las enzimas. El resultado final lo podemos describir en términos culinarios diciendo que horas de hervor suave rompen tejidos, liberan gelatina, aminoácidos y compuestos aromáticos. O, en términos científicos, hablando de hidrólisis, degradación de proteínas y acumulación de nucleótidos. Dos lenguajes distintos para un mismo fenómeno. La industria también ha tomado nota de esa complejidad y algunos cubitos para elaborar caldos de forma rápida o potenciar sabores de algunos guisos, contienen combinaciones de glutamato y nucleótidos de síntesis, producidos generalmente con ayuda de microorganismos, que se pueden identificar en sus etiquetas con la denominación de potenciadores de sabor o, en Europa, con el código correspondiente de aditivos alimentarios: glutamato (E-621), inosinato (E-631), guanilato (E-627).

Uno de los aspectos más sugerentes del discurso de Pollan es pensar en el umami desde la evolución cultural de la cocina. Prácticamente todas las tradiciones culinarias han desarrollado técnicas que lo potencian: Caldos largos en Europa y Asia, salsas fermentadas como soja o miso, quesos, embutidos y carnes curados, secado de setas, pescados o tomates. Incluso la propia sinergia entre glutamato y los nucleótidos aparece en caldos milenarios como el dashi, una preparación a base de algas kombu secas, virutas de bonito (katsuobushi), curado de una manera muy particular y, opcionalmente, una o dos setas shiitake. Pues bien, esa coincidencia culinaria en preparados con umami no es casualidad. El umami nos revela la presencia de proteínas y aminoácidos, nutrientes valiosos para organismos omnívoros como nosotros. Nuestro sistema gustativo evolucionó para detectarlo, y las culturas culinarias aprendieron, sin saber nada de bioquímica, a intensificarlo.

Y esa evolución se hace también palpable en la leche materna en la que, como mencionaba en la entrada de 2009, hay una cantidad relativamente alta de glutamato, sobre todo si se piensa en términos del peso del recién nacido que la ingiere. Es lógico pensar que todo lo que contiene la leche materna tiene una razón evolutiva. Puesto que todos sus compuestos químicos suponen un coste metabólico para la madre, la selección natural prescindiría de cualquier constituyente que no fuese saludable para el niño. Por eso parece lógico preguntarse qué beneficios aporta el glutamato. Hoy sabemos que el glutamato proporciona un nutriente importante para el crecimiento del niño, al ser un combustible para sus células y un bloque de construcción molecular de proteínas. Además, el glutamato que contiene la leche materna puede que condicione al recien nacido para que le agrade el sabor del umami, ya que, junto con el dulce (importante para el cerebro), el glutamato es fundamental para el aparato digestivo. En conclusión, ya que necesitamos una dieta rica en proteínas, el umami nos ayuda a reconocerlas y buscarlas.

Todas estas ideas se han reforzado en las últimas décadas, en las que la fisiología del gusto ha avanzado enormemente. Ya no hablamos solo de percepciones subjetivas, sino que conocemos la existencia de receptores específicos de ese quinto sabor en la misma lengua en la que se localizan los receptores de los otros cuatro (dulce, salado, amargo y ácido). Curiosamente, al hilo de lo contado en el párrafo anterior, tenemos receptores similares para el umami en el intestino desde que nacemos, donde participan en la regulación de la digestión y la secreción hormonal. El gusto, por tanto, no termina en la lengua sino que forma parte de un sistema integrado de detección de nutrientes.

Ninguna discusión sobre el glutamato está completa sin mencionar la polémica histórica sobre los supuestos efectos adversos del producto sintetizado por Ikeda. A finales de los años sesenta empezó a circular la idea de que el glutamato monosódico provoca síntomas como dolor de cabeza, enrojecimiento o palpitaciones. Sin embargo, décadas de investigación han producido un consenso abrumador que indica que, en la población general, el glutamato consumido en cantidades normales es seguro. Es verdad que algunas personas pueden mostrar sensibilidad transitoria a dosis altas consumidas sin comida, algo poco representativo de la ingesta real. Pero organismos reguladores internacionales (como la FDA, la EFSA y otros) lo consideran un aditivo de bajo riesgo dentro de los niveles habituales de consumo. E, incluso, publicaciones recientes indican que puede ser más saludable que el potenciador de sabor por excelencia, la sal común.

Lo interesante aquí no es solo la toxicología, sino la sociología. El miedo al glutamato “industrial” se desarrolló en paralelo a prejuicios culturales hacia la comida asiática y a una desconfianza creciente hacia los “aditivos químicos”. Es un caso casi de manual de la quimiofobia que denuncia este Blog desde hace casi 20 años, comparable a otros debates alimentarios donde la percepción pública se separa de la evidencia científica. Y así, una idea muy extendida, que ya mencionaba en mi viejo post del año 2009, es que el umami “natural” de una salsa de tomate o de un roquefort sería bueno, mientras que el proveniente de una adición de glutamato sintético sería sospechoso. Aunque resulta ya aburrido decirlo, desde el punto de vista químico, esta distinción tiene poco sentido ya que la molécula es la misma.

Sin embargo, sí hay una diferencia culinaria relevante. Los alimentos ricos en umami natural suelen aportar mezclas complejas de compuestos aromáticos, texturas desarrolladas por maduración o cocción y conjuntos nutricionales bastante completos. Mezclas que no se pueden conseguir con unos pocos aditivos alimentarios tipo E-. Por esa razón, la cocina tradicional se apoya en fermentaciones, fondos y curados; buscando una mayor profundidad sensorial. No es un problema de toxicidad, sino de calidad gastronómica. Puede que el umami sea, en el fondo, un término científico para algo muy antiguo: la sensación de un verdadero alimento. No pertenece solo a Japón ni a la bioquímica ni a la alta cocina. Está en cualquier cultura que cocine carne, pescado, vegetales u otras cosas durante el tiempo suficiente. Reducir el umami al glutamato que Ikeda sintetizó fue necesario para descubrirlo. Pero insuficiente para entender su complejidad.

Ando estos días contemplando la posibilidad de volver en verano al Festival de Música y Danza de Granada (¡ojalá!). Así que nada mejor que la Romanza del Concertino para guitarra y orquesta de Salvador Bacarisse, interpretado por la Orquesta de la Universidad de Granada, bajo la batuta de Gabriel Delgado y con Marcos Victora-Wagner como solista. Nada menos que en el granadino Auditorio Manual de Falla, uno de los escenarios del Festival.

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sábado, 24 de enero de 2026

Mercurio y vacunas. El mito del timerosal.

Siempre me he sentido fascinado por el mercurio. Y supongo que os pasará lo mismo a todos los que habéis podido jugar con él cada vez que, en vuestra casa, se rompía un termómetro de los de toda la vida (para eso tenéis que tener una cierta edad). He usado muchos otros instrumentos con mercurio en mi vida académica, hasta que poco a poco fue desapareciendo de los laboratorios como consecuencia de la evidencia científica de su carácter tóxico. En una antigua y larga entrada que ha sido muy visitada, describía al propio mercurio, su historia milenaria, su conocida toxicidad y algunos compuestos del mismo como la famosa mercromina. Unas cuantas entradas más sobre estas cosas constan también en el historial de este Blog, que podéis encontrar poniendo mercurio en el buscador (una lupita) que se ve en la parte de arriba de la página de bienvenida del mismo. El pasado 23 de julio de 2025, el inefable Robert F. Kennedy Jr., actual Secretario de Estado americano de Salud (al que, si me pagaran por estas entradas, le tendría que dar una comisión) anunció, con mucho boato, la eliminación en USA de todas las vacunas que contuvieran timerosal (thimerosal othiomersal, en inglés), un compuesto de mercurio.

Como seguramente sabéis, el mercurio es un elemento químico, uno de los 118 miembros de la Tabla Periódica. Su brillo metálico, parecido al de la plata, su carácter líquido, su elevada densidad (que hace que un litro de mercurio pese 13.6 Kg frente al kilo que pesa un litro de agua) y, sobre todo, su extraordinaria tendencia a formar gotas (tanto más esféricas cuanto más pequeñas), debido a otra de sus propiedades características, su elevada tensión superficial, lo han convertido en una sustancia tremendamente atractiva a los ojos humanos desde la antigüedad. Una prueba de ello es que el símbolo químico del mercurio, Hg, se deriva de su nombre en griego, Hydrargirum, que significa “plata líquida”.

La mayor parte del mercurio que se ha producido en el mundo a lo largo de los últimos dos milenios proviene de unos pocos lugares geológicos. Se estima, por ejemplo, que más de la tercera parte de esa producción global y milenaria se ha llevado a cabo en Almadén (Ciudad Real), existiendo otros importantes yacimientos en Italia y en Eslovenia. Hay estimaciones bastante fiables que indican que, solo en Almadén, se ha llegado a extraer el equivalente a más de 250.000 toneladas de mercurio a lo largo de estos dos milenios. Que la naturaleza haya sido tan pródiga en este elemento en lugares concretos de la Tierra, se debe a la actividad volcánica en ellos existente hace la friolera de 370 millones de años. El magma arrastró ingentes cantidades de mercurio desde el interior de la corteza terrestre, impregnando las arenas de los fondos marinos de entonces. Ello generó inmensas minas de sulfuro de mercurio (conocido como cinabrio), casi el único mineral del mismo existente en grandes cantidades en la Tierra. Al extraer ese mineral, se podían encontrar también cantidades importantes de mercurio líquido chorreando entre los trozos de mismo.

El mineral de cinabrio ya era empleado por los romanos como colorante rojo (o bermellón), muy usado también por las damas de la alta sociedad romana como maquillaje. Los romanos conocían ya el carácter tóxico del mercurio, algo que aprovechaban enviando a trabajar de mineros a Almadén a condenados a muerte, una forma “elegante” de ejecutar una lenta sentencia y que luego usaron otros propietarios de las minas. Pero cuando Almadén alcanzó su apogeo fue cuando, como consecuencia del descubrimiento del Nuevo Mundo y del comercio de plata que ello generó, fueron necesarias grandes cantidades de mercurio para amalgamar ese metal precioso y así poderlo extraer. La mina de Almadén se cerró el 22 de julio de 2003, en consonancia con el progresivo declive de todo lo que tenga que ver con el mercurio, declive al que aludía al principio y que comenzó hacia los años 70 con una serie de noticias impactantes sobre el carácter dañino del mercurio y sus compuestos.

El precedente puede datarse en el llamado incidente de la bahía de Minamata, en la isla japonesa de Kyushu, oficialmente reconocido por el gobierno japonés en 1968. Sesenta y ocho personas murieron y cientos más resultaron seriamente afectadas con problemas neurológicos. La mayoría de las víctimas eran pescadores y la investigación concluyó que vertidos intensivos, durante treinta años, de una empresa de la zona, conteniendo sales de mercurio, habían sido transformados por las bacterias anaerobias del fondo de la bahía en sales que contenían el catión metilmercurio (CH3Hg+), mucho más peligroso que el propio mercurio, que acababa siendo acumulado por peces y crustáceos al unirse a grupos tiol (–SH) de algunas de sus proteínas. Cuando los pescadores los consumían, el metil mercurio circulaba por sus organismos en forma del complejo metilmercurio-cisteína, que atraviesa la barrera hematoencefálica, con los correspondientes y graves problemas neurológicos. Otro incidente similar se dio en 1965 en otra isla japonesa (Honshu) con 13 muertos y más de 300 afectados. Y hay problemas constatados en las poblaciones indígenas de los Cree y los Inui en Canadá, grandes consumidores de pescado y que resultaron afectados debido a importantes movimientos de terreno para construir una gigantesca planta hidroeléctrica, movimientos que sacaron a la luz mercurio metálico y que acabó siendo convertido en metilmercurio por las bacterias en el cauce de los ríos.

Un problema aún mayor se generó en Iraq, entre 1971 y 1972, cuando más de seis mil personas resultaron afectadas y casi medio millar murieron. En este caso, el origen no fue el pescado consumido sino semillas de trigo. En un intento de paliar una hambruna de aquellos años, diversos países europeos enviaron a Iraq semillas de trigo que habían sido tratadas con un fungicida para preservar la viabilidad de las mismas durante los traslados y en las que generaba metilmercurio. La idea, como es obvio, era plantar esas semillas y obtener trigo que, al transformarse en harina, no presentaría mayores problemas de contaminación al diluirse mucho la dosis una vez que las semillas se transformaran en espigas del cereal. Desgraciadamente, los iraquíes no entendieron las instrucciones que, en los sacos de semillas, explicaban que éstas no debían consumirse tal cual y, acuciados por el hambre, algunos de ellos optaron por molerlas directamente y consumirlas. El resultado fue una tragedia y la gota que colmó el vaso sobre los peligros del mercurio y sus compuestos.

Todos estos desastres estuvieron en el origen de las negociaciones a nivel internacional que culminaron en la llamada Convención de Minamata, cuyo texto final se aprobó en 2013 aunque no entró en vigor hasta 2017. A día de hoy lo han firmado 140 países y ha servido para regular, y en su caso eliminar, muchas actividades que usaban mercurio y que pudieran estar en el origen de vertidos del mismo al medio ambiente. Y ese fue el caldo de cultivo para acrecentar el mito de la relación entre otro compuesto de mercurio, el etil mercurio con el autismo y las vacunas. Nótese, en este punto, la sutil diferencia entre los términos metil mercurio y etil mercurio. Eso se refleja en las fórmulas que usamos los químicos para representarlos: CH3Hg+ para el catión metil mercurio y CH3CH2Hg+ para el catión etil mercurio. Esa diferencia química que parece mínima (un grupo CH2 más), es biológicamente muy importante: ese grupo extra hace que el metilmercurio (CH3Hg+), más pequeño, sea muy estable y se bioacumule en el cerebro causando la neurotoxicidad que mencionábamos arriba, mientras que el etilmercurio (CH3CH2Hg+) se descompone en el hígado y se excreta rápidamente sin acumulación a largo plazo.

Pero en el ambiente post-Minamata, confundir a la gente con que el etil mercurio del conservante timerosal de las vacunas y el metil mercurio de los peces japoneses y el trigo de los iraquíes eran igual de dañinos fue (y sigue siendo) fácil. Tanto es así que, ante la alarma suscitada y en virtud de un mal usado principio de precaución, el timerosal fue retirado de las vacunas infantiles en los Estados Unidos en 2001. Y a día de hoy, las vacunas contra el sarampión, las paperas y la rubéola (MMR), contra la varicela, la poliomelitis u otras no contienen timerosal. Es cierto que, hasta la orden de Kennedy, las vacunas contra la gripe estaban disponibles tanto en versiones sin timerosal como con timerosal (para viales de vacunas de dosis múltiples). En estas últimas se había seguido usando timerosal para prevenir el crecimiento de gérmenes, como bacterias y hongos que puede ocurrir cuando una aguja de jeringa entra varias veces en un vial mientras se administran vacunas, lo que podría causar problemas graves. Y es a esas últimas a las que afecta la decisión del Secretario de Estado, quien ha generado bastante ruido mediático al respecto durante estos últimos meses, sin mencionar que la gran mayoría de las vacunas americanas no han contenido timerosal desde hace 25 años. Algo que no es de extrañar, porque Kennedy lleva dando la brasa sobre el mercurio, las vacunas y el autismo desde hace años (véase el libro que editó en 2014).

Desmontar las proclamas del Secretario de Estado de Salud es tirado. Para ello y como decía el título de su libro, solo hay que “dejar hablar a la Ciencia”. Por solo empezar por algo muy reciente, el 12 de diciembre de 2025, el Comité Asesor Mundial sobre Seguridad de las Vacunas (GACVS) de la Organización Mundial de la Salud (OMS) publicó un informe titulado “Vacunas, timerosal y trastorno del espectro autista: revisión de la evidencia 2010-2025”. Tras analizar 31 estudios publicados entre 2010 y 2025, incluyendo metanálisis y grandes estudios epidemiológicos de múltiples países, se concluía que no existe evidencia de una relación causal entre vacunas que contienen timerosal y trastornos del espectro autista, reafirmando las conclusiones previas de 2002, 2004 y 2012 basadas en evidencia de alta calidad.

Y, por no aburriros con otras evidencias, podéis visitar la página de los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades (CDC) dependiente del gobierno americano y al que pertenece el Comité Asesor sobre Prácticas de Inmunización (ACIP) que, recientemente, ha sido sometido a una radical transformación por parte del propio RFK Jr., eliminado antiguos miembros y sustituyéndolos por otros, algunos de carácter claramente antivacunas. Pues bien, la web de los CDC sigue activa (aunque no os puedo asegurar por cuánto tiempo) y su contenido contraviene casi todas las aseveraciones que su superior (RFK Jr) ha hecho en los últimos tiempos sobre vacunas, timerosal y su pretendida relación con el autismo. Particularmente relevante es un apartado que aparece bastante al final de la página, titulado Frequently asked questions, donde los CDC responden a las preguntas más frecuentes al respecto.

Nada más que añadir. Excepto un poco de música para relajar la mala uva que me hago con estas cosas. De Juan Sebastian Bach el Aire de la Suite para Orquesta nº 3, con la Filarmónica de Berlín y Ton Koopman a la batuta.

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