lunes, 23 de febrero de 2026

Sucralosa: otro edulcorante por chiripa.

En este Blog hemos hablado en repetidas ocasiones sobre diferentes edulcorantes, esas sustancias que son más dulces (mucho más dulces) y menos energéticas que el azúcar de mesa y que, por tanto, se utilizan como sustitutos de él, como una forma de evitar sus peligros. Su descubrimiento fue, en varios casos, por pura chiripa. El caso de la sacarina está documentado en una entrada anterior, cuando conté que, un día de junio de 1878, el químico Constantin Fahlberg volvió a casa del laboratorio y se percató de que a pesar de haberse lavado las manos, éstas estaban impregnadas de algo sorprendentemente dulce. Volvió al laboratorio y a base de dar lengüetazos a los productos con los que estaba trabajando (los químicos del pasado eran así de lanzados), descubrió lo que hoy conocemos como sacarina.

En el caso del aspartamo, del que he escrito mucho, no he contado sin embargo que fue descubierto en diciembre 1965 en los laboratorios de la farmacéutica G.D. Searle que, en la época, andaban buscando medicamentos contra la úlcera gástrica. En una de las reacciones de purificación de uno de los productos investigados, parte de lo que había en el reactor salió del mismo y salpicó a uno de los investigadores (James M. Schlatter). Poco después, al humedecer el dedo para separar dos hojas de papel, descubrió el intenso dulzor de lo que le había caído a la mano. El caso de hoy, la sucralosa, es otro ejemplo más de chiripa (o serendipia), donde la lengua vuelve a jugar su papel.

El descubrimiento de la sucralosa en 1976 fue motivado por un sorprendente error lingüístico. La empresa azucarera británica Tate & Lyle, la misma que popularizó el terrón de azúcar en el Reino Unido, estaba investigando derivados de la sacarosa (el azúcar de mesa convencional) en colaboración con científicos del Queen Elizabeth College (hoy parte del King’s College de Londres). Querían modificar químicamente el azúcar para estudiar nuevas propiedades. En uno de los intentos, sustituyeron, como veis en la figura, tres grupos –OH de su molécula (en verde) por tres átomos de cloro (en rojo) y así nació la molécula que hoy conocemos como sucralosa.

Aunque en lo que ahora voy a relatar puede que haya algo de mito, cuentan las crónicas (e incluso documentos corporativos de Tate & Lyle) que Leslie Hough (un químico de carbohidratos) pidió a su estudiante de doctorado Shashikant Phadnis, de nacionalidad india, que analizara el nuevo compuesto. Analizar en inglés es “test”, pero quizás porque el inglés no era su lengua materna, Phadnis entendió “taste”, probar en inglés. Y sin pensárselo dos veces, siguiendo la tradición de los viejos alquimistas y de químicos como Fahlberg, Phadnis probó el polvo blanco que habían obtenido (sin considerar que fuera tóxico) y descubrió que era extremadamente dulce. De hecho más de 600 veces más dulce que la sacarosa del azúcar normal.

El descubrimiento fue algo inesperado porque, normalmente, al clorar una molécula orgánica se suelen alterar sus propiedades fisicoquímicas y biológicas pero, en este caso, la modificación conservó la interacción con los receptores del dulzor e impidió que el cuerpo la metabolizara como azúcar. Tras pruebas de seguridad y desarrollo industrial, se lanzó al mercado en los años 90 bajo la marca Splenda, con su famoso eslogan “Hecho a partir del azúcar, así que sabe como el azúcar”. Es más habitual en USA que en Europa, donde ha tenido que competir con el ya mencionado aspartamo, el acesulfamo K y, más recientemente, con la estevia.

Pero como buen edulcorante sintético, la sucralosa ha estado desde sus inicios en el objetivo de los quimiofóbicos, que aquí lo tenían a huevo: la sucralosa tiene en su unidad estructural tres átomos de cloro, un maligno donde los haya, aunque el cloro forme parte de miles de moléculas orgánicas perfectamente estables y seguras. Y también ha estado y sigue estando (como no podía ser de otra manera) bajo la revisión, junto con otros edulcorantes, de Agencias que cuidan de nuestra salud. Y así, en 2023, la Organización Mundial de la Salud publicó un extenso informe titulado “Uso de edulcorantes sin azúcar: directrices de la OMS”, en el que manifiesta su opinión sobre esta familia de aditivos, entre los que se encuentra la sucralosa. Sobre la base de recientes revisiones, la OMS propone que no se utilicen edulcorantes sin azúcar como medio para controlar el peso o reducir el riesgo de enfermedades cardiovasculares, por entender que no son eficaces a largo plazo y porque, en ese largo plazo, pudieran causar otros problemas de salud. El informe me ha resultado sorprendente porque mucha de su argumentación sobre esos posibles efectos en la salud, se basa en evidencias científicas que ellos mismos califican de baja o muy baja certidumbre (véase el Anexo 6).

Habrá que seguir el tema, pero dado que el informe mete en un mismo saco a todos los edulcorantes, sin particularizar al caso de la sucralosa que nos ocupa, he preferido mostraros lo que sobre ella dicen otras agencias regulatorias, como la Food and Drug Administration (FDA) americana y la European Food Safety Authority (EFSA). Ambas consideran a la sucralosa como una sustancias segura, dentro de la ingesta diaria admisible (IDA) que, de acuerdo con la estimación de la FDA, es 5 mg por kilo de peso corporal y día, mientras que en el caso de la EFSA es 3 veces más (15 mg por kilo de peso corporal y día). Establecido lo cual, podemos hacer algunas cuentas de las que tanto gustan a vuestro Búho.

Tomemos una persona media de peso corporal 70 kg. Multiplicando ese peso por la IDA, resultan 350 mg al día en el caso de usar la de la FDA. Un sobre típico de Splenda contiene aproximadamente 12 mg de sucralosa pura, aunque el peso total del sobre suele ser mayor porque lleva maltodextrina para que la pobre sucralosa no se nos pierda al abrir el sobre. Si ahora dividimos los 350 mg al día por los 12 mg de sucralosa en cada sobre, resultan aproximadamente 29 sobres al día. Es decir, una persona de 70 kg tendría que consumir casi 30 sobres diarios, todos los días de su vida, para llegar al límite de seguridad. Mucho más interesante es que consideremos el hecho de que la mayor parte de la sucralosa se suele ingerir no en los sobrecitos con los que endulzamos un café, sino en las bebidas “light”. Las latas convencionales de esas bebidas suele contener entre 40–70 mg de sucralosa (según formulación). Para alcanzar la IDA habría que consumir entre 5 y 9 latas diarias de ese refresco, todos los días de una vida, de forma crónica. Si usáramos la IDA de la EFSA, el número de sobres y latas se multiplicaría por tres. Y no se debe olvidar (muy importante) que las IDAs suelen calcularse con márgenes de seguridad muy conservadores, dividiendo en muchos casos por 100 las dosis a partir de las cuales se observan efectos en animales de laboratorio.

La cosa se puso más seria para la sucralosa cuando, en 2016, se publicó un artículo del italiano Instituto Ramazzini en el que se concluía, tras estudios con ratones de laboratorio, que la sucralosa era cancerígena. Para llegar a esos resultados, los investigadores habían alimentado a los pobres ratones con dosis diarias de sucralosa que eran entre 4 y 133 veces la IDA de la EFSA (o, alternativamente, entre 12 y 399 veces la IDA de la FDA). El Ramazzini es, probablemente, el laboratorio toxicológico más conocido, y también más controvertido, en estudios de carcinogenicidad ambiental y alimentaria. El Instituto utiliza diseños poco habituales en toxicología regulatoria como el seguimiento de animales hasta su muerte natural (no sacrificio estándar), el empleo de grandes cohortes (poblaciones) de roedores o la exposición durante casi toda la vida, con la idea de detectar tumores tardíos.

Algo que suena bien, pero que introduce problemas como los que suelen señalar las principales agencias mundiales. Sin entrar en muchos detalles, los ratones de avanzada edad, como los humanos, tienen muchas más posibilidades de tener cáncer. Así que linfomas y leucemias en roedores envejecidos, como los que se detectaban en el estudio, constituyen una señal particularmente difícil de interpretar, ya que pueden reflejar procesos inflamatorios asociados al envejecimiento más que un efecto carcinogénico directo. Usando este tipo de argumentos, el artículo del Instituto Ramazzini tuvo una inmediata contestación de la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA), en forma de una revisión crítica, que concluyó que los datos no apoyaban una relación causal con tumores y que estudios adecuados en roedores no mostraban efecto cancerígeno.

Otro estudio relevante que no apoya el carácter cancerígeno de la sucralosa es un estudio observacional francés de 2021 sobre 102865 adultos de la llamada cohorte NutriNet-Santé. Si observáis la Tabla 2, en el caso de la sucralosa, los llamados HR o Hazard Ratio (Cociente de Riesgos Instantáneos), que miden el riesgo relativo entre grupos expuestos a la sucralosa y los no expuestos, son números muy próximos a 1 (sin diferencias significativas) o incluso menores a uno, lo que indicaría que los consumidores de sucralosa tienen menos riesgo de ciertos cánceres.

Más complicadas de debatir, por relativamente recientes, son otras problemáticas que se han achacado al uso de los edulcorantes en general y a la sucralosa en particular. Y que tienen que ver, por ejemplo, con la posibilidad de que la sucralosa puede modificar la microbiota intestinal, la respuesta o la sensibilidad a la insulina o la respuesta a una inmunoterapia oncológica. De todo esto yo puedo decir poco o nada, así que mejor no me meto mucho donde nadie me llama. Aunque de la microbiota algo he leído a Ignacio López-Goñi en su magnífico Blog microBIO y, más recientemente, en su libro Microbiota y Salud Mental.

En ese libro y en el capítulo dedicado a la Microbiota y la interacción con los alimentos, hay una breve referencia a los alimentos ultraprocesados y, en alla se menciona que “Muchos informes han demostrado que el consumo continuado de edulcorantes artificiales no calóricos (como aspartamo, sacarina, sucralosa, ciclamato, sorbitol…) puede alterar la microbiota intestinal, con un aumento de Bacteroides y Lactobacillus y una disminución de Clostridiales, entre otros. Se ha sugerido también que estas variaciones de la microbiota podrían causar intolerancia a la glucosa”. Pero, por lo que yo he podido entender en el libro sobre esas variaciones de los microorganismos citados, no es fácil sacar conclusiones sobre si son buenas o malas. Y habría que ver si esos cambios son reproducibles, clínicamente relevantes y asociados a desenlaces adversos. Así que voy a estar más atento a estas cosas para seguir viendo como evolucionan los posibles nuevos efectos de los edulcorantes y de otros aditivos.

Musica clásica con marcha, como la que a mi me gusta. El final de Los Preludios de Franz Liszt, con la Filarmónica de Berlin con Christian Thielemann a la batuta. Yo creo que los lleva un poco acelerados…..

Post Scriptum
Ayer, pocas horas despues de publicar esta entrada, un seguidor incondicional me hizo llegar este documento, una revaluación de la sucralosa por parte de la EFSA, publicado el pasado martes 17 de febrero. Es extraño que no la haya recibido pues estoy suscrito a las alertas de la Autoridad, pero no he podido saber por qué.
En cualquier caso, la revaluación no invalida en lo esencial lo que he contado en esta entrada. Las conclusiones de la EFSA, resumidamente, no identifican nuevos problemas toxicológicos relevantes, la nueva evidencia disponible no cambia la evaluación previa, se mantiene la IDA de 15 mg/kg/día (tres veces superior a la de la FDA) e, incluso, al evaluar nuevos usos en el sector de la repostería, la exposición estimada permanece por debajo de la IDA.
La EFSA también revisa los posibles efectos de la sucralosa sobre el equilibrio (homeostasis) glucosa-insulina y concluye que, aunque algunos estudios describen cambios fisiológicos, la evidencia disponible no permite establecer efectos adversos consistentes ni modificar la evaluación de seguridad de la sucralosa.
La EFSA solo recomienda que se estudie en detalle y, en su caso se rebaje, las concentraciones permitidas de algunos subproductos clorados que se generan durante la fabricación de la sucralosa.

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martes, 10 de febrero de 2026

Umami, más allá del glutamato

En 2009 escribí en este mismo Blog sobre el umami, ese “quinto sabor” que durante décadas fue recibido con escepticismo en Occidente y que hoy forma parte del vocabulario cotidiano de estrellados cocineros, divulgadores y científicos de la alimentación. En aquel momento el foco estaba, sobre todo, en una sustancia química conocida como glutamato monosódico: su descubrimiento, su papel como molécula clave en la percepción del umami y, por supuesto, la polémica, más cultural que científica, sobre su posible peligrosidad. Han pasado más de quince años, y al releer aquel texto, me parece que muchas cosas siguen siendo correctas, pero, a día de hoy, creo que se pueden contar otras muchas interesantes. Y todo ha venido rodado cuando, preparando una charla sobre aditivos alimentarios, he vuelto a leer el libro Cocinar, de Michael Pollan, donde el autor explora la cocina tradicional, especialmente los caldos cocinados en tiempos largos y las fermentaciones, desde una perspectiva que resulta casi antropológica. Su mirada ilustra que el umami es una experiencia culinaria construida lentamente por la cultura, la química y el tiempo.

El descubrimiento del umami se atribuye a Kikunae Ikeda a comienzos del siglo XX, cuando identificó el glutamato como responsable del sabor característico de un caldo a base de algas kombu que le preparaba su mujer. En 1909 y en el Journal of the Chemical Society of Tokio (el artículo, originalmente en japonés, se publicó traducido al inglés en 2002), Ikeda anunció que había aislado, a partir del caldo de kombu, una mólecula de fórmula C5H9NO4, cuyas propiedades se correspondían a las de un aminoácido llamado ácido glutámico. Dicha sustancia forma parte de las largas cadenas de proteínas existentes en los animales (incluidos los humanos), donde desempeña importantes funciones, además de en vegetales y alimentos como el propio kombu, el queso, los espárragos, el tomate y una larga lista. Cuando esas cadenas se rompen por acción del calor, en procesos de fermentación u otros episodios, el ácido glutámico se libera y puede formar sales como los glutamatos de sodio, potasio, etc. Ikeda tuvo la visión de transformar ese descubrimiento en un negocio, sintetizando y vendiendo el glutamato monosódico arriba mencionado, primero en Japón y luego, tras la segunda guerra mundial, en USA, porque los soldados americanos se habían acostumbrado al umami durante su estancia en diferentes lugares asiáticos. Las empresas de alimentación vieron un nicho de negocio en reproducir en algunos alimentos preparados ese sabor, así que umami y el glutamato sintético quedaron unidos indisolublemente.

Pero como ya demostraba el caldo de algas de la Sra. Ikeda, el umami puede conseguirse cocinando ciertos alimentos. Y no solo algas kombu. Por ejemplo, cuando se prepara un caldo de carne a fuego lento, las largas cadenas de proteínas que se encuentran en la carne liberan aminoácidos, incluido el ácido glutámico, dando lugar a que en el caldo aparezca glutamato. Además, en el caldo de carne (o de pollo) también se encuentran presentes otras sustancias conocidas como nucleótidos (las unidades estructurales básicas o monómeros de los ácidos nucleicos ADN y ARN), entre las que se encuentra el inosinato, presente en carnes y pescados, o el guanilato, que se encuentra en muchas setas y otras plantas. Ambas pueden contribuir al sabor umami, así como otros productos derivados de aminoácidos y nucleótidos que surgen como consecuencia de esos mismos procesos de cocción lenta de algunos alimentos.

Y eso es así porque la combinación de glutamato con esos nucleótidos tiene un efecto fundamental en la percepción del umami. Hay una acción sinérgica entre ellos que puede multiplicar la intensidad del umami varias veces. Es decir, el sabor profundo de un caldo de pollo, de un ramen bien elaborado o de un guiso tradicional no depende de una sola sustancia, sino de una mezcla química compleja creada por el calor, el tiempo y las enzimas. El resultado final lo podemos describir en términos culinarios diciendo que horas de hervor suave rompen tejidos, liberan gelatina, aminoácidos y compuestos aromáticos. O, en términos científicos, hablando de hidrólisis, degradación de proteínas y acumulación de nucleótidos. Dos lenguajes distintos para un mismo fenómeno. La industria también ha tomado nota de esa complejidad y algunos cubitos para elaborar caldos de forma rápida o potenciar sabores de algunos guisos, contienen combinaciones de glutamato y nucleótidos de síntesis, producidos generalmente con ayuda de microorganismos, que se pueden identificar en sus etiquetas con la denominación de potenciadores de sabor o, en Europa, con el código correspondiente de aditivos alimentarios: glutamato (E-621), inosinato (E-631), guanilato (E-627).

Uno de los aspectos más sugerentes del discurso de Pollan es pensar en el umami desde la evolución cultural de la cocina. Prácticamente todas las tradiciones culinarias han desarrollado técnicas que lo potencian: Caldos largos en Europa y Asia, salsas fermentadas como soja o miso, quesos, embutidos y carnes curados, secado de setas, pescados o tomates. Incluso la propia sinergia entre glutamato y los nucleótidos aparece en caldos milenarios como el dashi, una preparación a base de algas kombu secas, virutas de bonito (katsuobushi), curado de una manera muy particular y, opcionalmente, una o dos setas shiitake. Pues bien, esa coincidencia culinaria en preparados con umami no es casualidad. El umami nos revela la presencia de proteínas y aminoácidos, nutrientes valiosos para organismos omnívoros como nosotros. Nuestro sistema gustativo evolucionó para detectarlo, y las culturas culinarias aprendieron, sin saber nada de bioquímica, a intensificarlo.

Y esa evolución se hace también palpable en la leche materna en la que, como mencionaba en la entrada de 2009, hay una cantidad relativamente alta de glutamato, sobre todo si se piensa en términos del peso del recién nacido que la ingiere. Es lógico pensar que todo lo que contiene la leche materna tiene una razón evolutiva. Puesto que todos sus compuestos químicos suponen un coste metabólico para la madre, la selección natural prescindiría de cualquier constituyente que no fuese saludable para el niño. Por eso parece lógico preguntarse qué beneficios aporta el glutamato. Hoy sabemos que el glutamato proporciona un nutriente importante para el crecimiento del niño, al ser un combustible para sus células y un bloque de construcción molecular de proteínas. Además, el glutamato que contiene la leche materna puede que condicione al recien nacido para que le agrade el sabor del umami, ya que, junto con el dulce (importante para el cerebro), el glutamato es fundamental para el aparato digestivo. En conclusión, ya que necesitamos una dieta rica en proteínas, el umami nos ayuda a reconocerlas y buscarlas.

Todas estas ideas se han reforzado en las últimas décadas, en las que la fisiología del gusto ha avanzado enormemente. Ya no hablamos solo de percepciones subjetivas, sino que conocemos la existencia de receptores específicos de ese quinto sabor en la misma lengua en la que se localizan los receptores de los otros cuatro (dulce, salado, amargo y ácido). Curiosamente, al hilo de lo contado en el párrafo anterior, tenemos receptores similares para el umami en el intestino desde que nacemos, donde participan en la regulación de la digestión y la secreción hormonal. El gusto, por tanto, no termina en la lengua sino que forma parte de un sistema integrado de detección de nutrientes.

Ninguna discusión sobre el glutamato está completa sin mencionar la polémica histórica sobre los supuestos efectos adversos del producto sintetizado por Ikeda. A finales de los años sesenta empezó a circular la idea de que el glutamato monosódico provoca síntomas como dolor de cabeza, enrojecimiento o palpitaciones. Sin embargo, décadas de investigación han producido un consenso abrumador que indica que, en la población general, el glutamato consumido en cantidades normales es seguro. Es verdad que algunas personas pueden mostrar sensibilidad transitoria a dosis altas consumidas sin comida, algo poco representativo de la ingesta real. Pero organismos reguladores internacionales (como la FDA, la EFSA y otros) lo consideran un aditivo de bajo riesgo dentro de los niveles habituales de consumo. E, incluso, publicaciones recientes indican que puede ser más saludable que el potenciador de sabor por excelencia, la sal común.

Lo interesante aquí no es solo la toxicología, sino la sociología. El miedo al glutamato “industrial” se desarrolló en paralelo a prejuicios culturales hacia la comida asiática y a una desconfianza creciente hacia los “aditivos químicos”. Es un caso casi de manual de la quimiofobia que denuncia este Blog desde hace casi 20 años, comparable a otros debates alimentarios donde la percepción pública se separa de la evidencia científica. Y así, una idea muy extendida, que ya mencionaba en mi viejo post del año 2009, es que el umami “natural” de una salsa de tomate o de un roquefort sería bueno, mientras que el proveniente de una adición de glutamato sintético sería sospechoso. Aunque resulta ya aburrido decirlo, desde el punto de vista químico, esta distinción tiene poco sentido ya que la molécula es la misma.

Sin embargo, sí hay una diferencia culinaria relevante. Los alimentos ricos en umami natural suelen aportar mezclas complejas de compuestos aromáticos, texturas desarrolladas por maduración o cocción y conjuntos nutricionales bastante completos. Mezclas que no se pueden conseguir con unos pocos aditivos alimentarios tipo E-. Por esa razón, la cocina tradicional se apoya en fermentaciones, fondos y curados; buscando una mayor profundidad sensorial. No es un problema de toxicidad, sino de calidad gastronómica. Puede que el umami sea, en el fondo, un término científico para algo muy antiguo: la sensación de un verdadero alimento. No pertenece solo a Japón ni a la bioquímica ni a la alta cocina. Está en cualquier cultura que cocine carne, pescado, vegetales u otras cosas durante el tiempo suficiente. Reducir el umami al glutamato que Ikeda sintetizó fue necesario para descubrirlo. Pero insuficiente para entender su complejidad.

Ando estos días contemplando la posibilidad de volver en verano al Festival de Música y Danza de Granada (¡ojalá!). Así que nada mejor que la Romanza del Concertino para guitarra y orquesta de Salvador Bacarisse, interpretado por la Orquesta de la Universidad de Granada, bajo la batuta de Gabriel Delgado y con Marcos Victora-Wagner como solista. Nada menos que en el granadino Auditorio Manual de Falla, uno de los escenarios del Festival.

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