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domingo, 1 de marzo de 2026

Antimonio en tu agua embotellada: Una revisión veinte años después

El mes de marzo de hace veinte años fue el mes más productivo (y el primero completo) de este Blog. Y eso que yo seguía en activo en mi Facultad. Pero en mi descargo tengo que decir que, durante los años anteriores, había acumulado mucho material con el que ilustraba a mis alumnos de 1º de Química sobre los problemas que la Quimiofobia estaba acarreando y los fui utilizando con rapidez en sucesivas entradas. La del 23 de marzo de ese año estuvo dedicada a una noticia que tuvo bastante repercusión en los medios y que tenía que ver con la contaminación por antimonio (Sb) del agua distribuida en botellas de poli (etilen tereftalato) (PET), el plástico hoy mayoritario a la hora de envasar agua mineral y bebidas carbonatadas. Ahora, celebrando el vigésimo aniversario del Blog, y dado que tengo muchos nuevos seguidores que no tenía en aquellas fechas (algunos serían tiernos infantes o estarían en secundaria), he decidido revisar, a la luz de literatura reciente, lo que entonces escribí. Y lo cierto es que hay poco verdaderamente importante que revisar.

Mi entrada de 2006 se hacía eco de la polvareda mediática levantada por un artículo, entonces recién publicado, por parte del grupo de William Shotyk de la Universidad de Heidelberg, en el que tras investigar diversas aguas embotelladas en PET, mostraban analíticamente que tenían un mayor contenido en antimonio (alrededor de 300 partes por trillón, ppt, o 0.3 µg/L) que las embotelladas en polipropileno (8 ppt) y lejos del contenido de las aguas en manantiales naturales (que ellos analizaban en Canadá y que cifraban en 2 ppt, casi en el límite de detección de las técnicas analíticas que empleaban). Los autores también constataban que el contenido en antimonio de las botellas de PET crecía con el tiempo de almacenamiento de las mismas.

Monserrat Filella, una conocida investigadora sobre el antimonio y sus implicaciones en el medio ambiente, publicó en 2020 una revisión sobre ese elemento y las botellas de PET. En esa revisión, el artículo de Shotyk, mencionado en el párrafo anterior, fue considerado, históricamente, como el punto de arranque de la investigación sobre el contenido de antimonio en botellas de PET, a pesar de que ya había literatura previa al respecto. Filella ordena, evalúa y critica la literatura existente desde entonces que, básicamente, ha ido confirmando experimentalmente ciertas ideas intuitivas que mi entrada avanzaba cualitativamente. Dado que el antimonio se emplea como catalizador en la producción del PET y que puede migrar desde el plástico al agua que la botella contiene, parecía lógico aventurar que el antimonio tenía que aparecer en el agua envasada en PET y que, además, esa migración fuera creciendo con el tiempo durante el que el plástico y el agua estuvieran en contacto. Por otro lado, como proceso difusivo que la migración es, era también esperable que estuviera afectado por la temperatura, de forma que cuanto más alta fuera esta (por ejemplo, si la botella se deja en un coche al sol durante varios días) la cantidad de antimonio en el agua tendría que ser mayor. Sobre estos extremos hay actualmente pocas dudas y, como digo, se ha demostrado experimentalmente en múltiples trabajos que la revisión cita (véase, en lo tocante al efecto de la temperatura, su figura 3).

La revisión constata, tras considerar la literatura existente en 2020, otra idea que los autores de Heidelberg ya avanzaban en su artículo de 2006. Que las concentraciones de antimonio en las múltiples botellas investigadas a lo largo de todos estos años están muy por debajo de las establecidas en las regulatorias americanas y europeas. Además, y muy importante, el antimonio ingerido en las bajas concentraciones presentes en el agua potable, no muestra un comportamiento bioacumulativo comparable al de metales como el plomo o el mercurio orgánico. Diversas evaluaciones internacionales (por ejemplo, la de la americana Agencia para el Registro de Sustancias Tóxicas y Enfermedades, ATSRD en 2019) coinciden en que la absorción gastrointestinal es limitada y que la mayor parte del antimonio absorbido se elimina por vía urinaria en un plazo de horas a pocos días. En otras palabras, la presencia de trazas detectables no implica necesariamente una acumulación progresiva en el organismo.

Regulatorias que, como la autora de la revisión indica, tienen ciertas “peculiaridades”. Y ello es así porque podríamos simplificar diciendo que hay dos culturas regulatorias diferentes. Una de ellas, con origen en la salud pública del agua del siglo XX, considera que el agua potable es un servicio público continuo, que la población consume diariamente y sobre la que hay que establecer límites que protejan a la población e, incluso, a los grupos más vulnerables. El resultado es que se establecen límites muy conservadores, procurando que las concentraciones de antimonio que contiene el agua de grifo no vayan más allá de 5–6 µg/L en la UE y EEUU. Y, si se sobrepasan, hay que tomar medidas. Es un modelo basado en la evaluación toxicológica de la ingesta diaria admisible (IDA) con sus factores de seguridad, como vimos recientemente en el caso de la sucralosa.

El otro punto de vista se refiere al agua mineral natural, la que normalmente se embotella en vidrio, en PET o en otros plásticos. Las normativas reconocen a esas aguas minerales como productos con identidad propia. El agua mineral es un alimento con composición natural fija que no debe modificarse artificialmente (salvo casos extremos) ya que la composición química forma parte de su identidad. Aquí el enfoque es distinto: no se “optimiza” la composición, se acepta que un agua puede tener niveles más altos de ciertos elementos si son naturales y la regulación combina criterios toxicológicos con tradición alimentaria. De ahí que los valores regulatorios sobre el antimonio sean mucho más altos (hasta 40 µg/L en la UE y, en USA, ni siquiera se establece un valor).

Antimonio (y arsénico, como aquí mencionábamos) hay de forma natural en muchas aguas de manantial, como consecuencia de su existencia en zonas geológicas por las que el agua discurre antes de aflorar al exterior. Este hecho hace, que a la hora de evaluar cuánto antimonio hay en una botella de PET, haya que diferenciar entre el que contiene el agua en origen y el que se genera como consecuencia de la migración desde el plástico. Un hecho que, según Filella, es uno de los fallos metodológicos de muchos estudios sobre el tema y que ha complicado el sacar conclusiones fiables. Como lo es el hecho de considerar cuánto tiempo lleva el agua envasada en la botella PET cuando los investigadores comienzan a analizar su contenido en antimonio. O en qué condiciones de temperatura se ha tenido el agua almacenada desde su envasado hasta que entra en el laboratorio de análisis. La revisión de Filella dedica mucho tiempo a esos fallos metodológicos.

Una idea bastante citada es que cuando envasamos en PET bebidas ácidas, como los zumos o las bebidas de cola con ácido fosfórico, la acidez hace que se libere más antimonio que cuando tenemos simplemente agua. Como Filella resume en su artículo, en el intervalo de pH propio del agua mineral (≈6–8), el efecto del pH sobre la migración de antimonio desde el PET es bajo o prácticamente inexistente, pero la situación es distinta cuando dejamos de hablar de agua y pasamos a bebidas ácidas complejas (con pH inferior a 4-5). Estudios experimentales recientes han observado incrementos de migración de antimonio en productos ácidos, donde el efecto parece relacionarse no solo con el pH sino con la presencia de ácidos orgánicos y condiciones térmicas que modifican la superficie interna de la botella y, por tanto, la cinética superficial de migración. Lo que parece fuera de duda es que, incluso en estos escenarios, la temperatura sigue siendo el factor dominante, con un comportamiento exponencial (tipo Arrhenius), como hemos avanzado anteriormente. Y que los niveles de antimonio siguen siendo seguros.

La reutilización de botellas de PET se cita con frecuencia como causa de una mayor liberación de antimonio. En la revisión de Filella hace únicamente mención a un artículo publicado en 2012 que mostraba que, en condiciones domésticas normales, los incrementos de antimonio son modestos y, en general, permanecen muy por debajo de los límites regulatorios europeos. Aunque se suele hablar de deterioros del material plástico que potencia la liberación, lo cierto es que, una vez más, la temperatura elevada tiene un efecto mucho más marcado sobre la migración. Dicho de forma simple, reutilizar una botella en casa es mucho menos problemático que dejarla semanas en el maletero de un coche al sol. Si existe un problema práctico asociado a la reutilización, probablemente no sea químico sino microbiológico. Las botellas, diseñadas en principio para un solo uso, son difíciles de limpiar adecuadamente, pueden desarrollar biofilmes en su interior y, en condiciones de humedad y temperatura ambiente, favorecer el crecimiento bacteriano. La preocupación pública suele dirigirse a las trazas de antimonio detectadas pero la evidencia sugiere que, en el uso cotidiano, la higiene merece al menos tanta atención como la migración química.

Y para acabar esta primera entrada de la temporada vigésimo primera del Blog,el Adagio del Concierto número 1 para violín de Haydn. Adaptado para el cello por Mischa Maisky que es quien lo toca en el vídeo.

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lunes, 24 de noviembre de 2025

Vivir sin plásticos y la EHU

El pasado viernes 14 de noviembre celebramos a lo grande, en el Kursaal donostiarra, una especie de fin de fiesta de las múltiples actividades organizadas con ocasión del 50º aniversario de la creación de la Facultad de Química (la mía). Entre las diversas intervenciones en el acto, estuvo la de mi amigo y colega de muchas batallas, el Profesor José María Asua, que explicó a la audiencia los logros de Polymat, el Instituto que unos pocos pirados pusimos en marcha hace más de un cuarto de siglo y que él ha dirigido con mano firme y con éxito hasta su reciente jubilación. El Profesor Asua no dejó pasar la ocasión para denunciar que dentro de la llamada Zientzia Astea (Semana de la Ciencia) 2025, organizada por la Universidad del País Vasco (EHU), un conjunto de sus muchas actividades giraba en torno al título Ciencia para un planeta sin plásticos. La denuncia arrancó un encendido aplauso por parte de las más de 600 personas que llenábamos el recinto y que, todo hay que decirlo, llevamos los polímeros y los plásticos en el ADN académico y/o profesional. Espero que las autoridades de la EHU, presentes en el acto, tomaran buena nota de la denuncia y la trasladaran a la Directora de la Zientzia Astea y a la Vicerrectora de la que depende. Aunque no soy muy optimista. Apuesto a que justificarán el título sobre la base de lograr un mayor impacto en la sociedad. Vamos, lo que yo suele llamar en este Blog marketing perverso.

Si uno repasa las múltiples actividades que se desarrollaron del 5 al 9 de noviembre en las tres capitales vascas y Barakaldo, es difícil encontrar alguna que justifique un titular tan explícito. La mayoría de los talleres, conferencias, exposiciones, concursos, monólogos, visitas guiadas y otras actividades que tenían que ver con los plásticos, trataban de concienciar a la ciudadanía sobre los problemas ligados al uso de los mismos y las posibles soluciones para mitigarlos. Solo un taller que se celebró en Bilbao el 7 de noviembre tenía un título que cuadraba con el anuncio que os he colgado arriba. Se titulaba ¿Podemos vivir sin plásticos? pero, si repasamos sus objetivos, uno de los párrafos dice que “a través de una visión basada en la economía circular, reflexionaremos sobre cómo podemos reducir su impacto negativo sin renunciar a sus beneficios”. O sea, que del “sin” nada. La EHU podría haber puesto en el cartel “Ciencia para gestionar mejor los plásticos” o cosas similares, más ajustadas a ese taller y al resto de los contenidos. Pero, claro, eso vende menos.

Lo de un planeta sin plásticos o, alternativamente, una vida sin plásticos, es una idea que reaparece cada cierto tiempo con fuerza renovada. La expresión suena poderosa y sugiere una especie de retorno a una vida más sencilla, más natural, menos contaminante. Es un eslogan quizás cargado de buenas intenciones (aunque mis dudas tengo), fácil de recordar y perfecto para un cartel. Sin embargo, precisamente por eso, es también engañoso. La frase sugiere que renunciar a los plásticos sería un gesto ético y ecológico incuestionable cuando, en realidad, parte de un conjunto de conceptos científicos erróneos y de una persistente Quimiofobia que conviene desmontar, elevando el nivel de la conversación.

Cuando quiero indicar a alguien la inconsistencia de mensajes similares a los del cartel de la Zientzia Astea, suelo recomendar la lectura del libro Plásticos: Un idilio tóxico de Susan Freinkel, publicado en su versión en castellano en 2012 y que contiene una de las aproximaciones más lúcidas que he leído a la idea de un mundo sin plásticos, proveniente de alguien que se acercó a ellos con una mirada mayormente crítica, como corresponde a una californiana de pro. Aunque el tono general del libro analiza problemas reales como aditivos cuestionables, residuos mal gestionados o abusos en el empleo de esos materiales, Freinkel no defiende en ningún caso una vida “sin plásticos”.

De hecho, antes de escribir el libro, se planteó un experimento personal: pasar un año entero sin usar plástico. Le atraía la idea de demostrar que era posible reducir drásticamente su dependencia, quizá incluso mostrar que prescindir de los plásticos era una opción realista. El resultado fue esclarecedor: el experimento fracasó casi inmediatamente. Y no porque Freinkel careciera de voluntad, sino porque descubrió que el plástico estaba integrado en cada rincón de la vida moderna: envases de alimentos, ropa, electrodomésticos, dispositivos electrónicos, transporte, herramientas, utensilios domésticos… Incluso actividades triviales se volvían imposibles sin algún componente plástico. Concluyó que “No podemos seguir por un camino pavimentado con plástico. Ni tenemos por qué hacerlo. El libro pretende mostrar el camino hacia una nueva colaboración creativa con el material que nos encanta odiar, pero sin el que parece que no podemos vivir”.

Freinkel lo comprobó además entrevistando a expertos de todo tipo y con la dura experiencia personal (véase el capítulo 4 del libro) de que su hija naciera prematura y pasara un largo periodo de tiempo en una unidad de cuidados intensivos neonatales. Allí, rodeada de incubadoras, tubos, jeringuillas, bolsas de nutrición, respiradores, sondas y todo tipo de dispositivos médicos, Freinkel entendió lo evidente. En el ámbito médico, los plásticos no son un inconveniente de la vida moderna. Son una infraestructura de supervivencia. La medicina actual, con su capacidad de salvar vidas extremadamente vulnerables, sería inviable sin ellos. Querer “vivir sin plásticos” es, en este contexto, un lujo retórico que la realidad clínica desmonta con contundencia.

Los plásticos son además, en muchas aplicaciones, la opción ambientalmente óptima. En una entrada del año 2024, que hablaba sobre plásticos y gases de efecto invernadero, os explicaba dos relevantes estudios que utilizaban el llamado Análisis de Ciclo de Vida (LCA) para evaluar el impacto ambiental de los plásticos. En el más reciente, se usaba el LCA para evaluar la generación de Gases de Efecto Invernadero (GEI) en el ciclo de vida de los plásticos. Ciclo que va desde su producción como tales en las plantas petroquímicas, su transformación en objetos utilizables por el consumidor, el uso o aplicación que éste hace de los mismos, para acabar con la recogida y tratamiento de las basuras plásticas que inevitablemente se producen. Y algo similar se hacía con otros materiales considerados como posible alternativa al plástico en un total de dieciséis aplicaciones. Resumiendo para quien no quiere volverse a leer la entrada, los autores encontraban que, en 15 de las 16 aplicaciones mencionadas, un producto de plástico incurre en menos emisiones de GEI que sus alternativas. En estas aplicaciones, los productos de plástico liberan entre un 10 % y un 90 % menos de emisiones a lo largo del citado ciclo de vida del producto.

También mencioné en esa entrada un informe publicado en febrero de 2018 por la Agencia de Protección Ambiental danesa titulado “Análisis del Ciclo de Vida de las bolsas de compra” en el que, de forma similar al estudio anterior, se evaluaba su impacto ambiental aunque en términos más amplios que la mera emisión de Gases de Efecto Invernadero. De acuerdo con ese informe gubernamental danés, habría que usar, antes de desecharlas, 35 veces una bolsa de compra de poliéster, 43 una de papel, 7.100 una de algodón convencional y 20.000 una de algodón orgánico para que el impacto fuera similar al de usar una de polietileno una sola vez. Y hay un artículo más reciente que mi entrada que aborda el análisis del ciclo de vida de los envases de polietileno en USA comparados con otros materiales, con resultados igualmente contundentes.

Por otro lado y paradójicamente, muchos de los avances que nos permiten avanzar hacia un mundo más sostenible dependen de los polímeros en general y de los plásticos en particular. Las palas de los aerogeneradores, el encapsulado de los paneles solares, los componentes plásticos que aligeran el peso de los vehículos eléctricos, los aislamientos de plásticos que reducen los consumos energéticos de nuestras casas o los equipos y las tuberías de plástico con las que estamos mejorando la eficiencia en la distribución de un bien cada vez más escaso, el agua, son solo algunos ejemplos de materiales de los que va a ser difícil prescindir si las cosas van como se pretende que vayan.

Y podría seguir con la agricultura, aunque esto se está alargando un poco. Plásticos como los usados en las cubiertas de los invernaderos, el acolchado de los retoños de plantas o las instalaciones de riego eficiente han jugado un papel silencioso, pero fundamental, en la llamada Revolución Verde que Norman Borlaug comenzó en los años 60, junto con los fertilizantes derivados de la síntesis del amoníaco de Haber-Bosch o los plaguicidas. Sin todos ellos, alimentar hoy a más de ocho mil millones de almas sería casi imposible.

El rechazo social al plástico no surge del plástico en sí, sino de su gestión inadecuada. Las imágenes de mares llenos de basura o animales atrapados son el resultado de fallos en sistemas de recogida, reciclaje y responsabilidad del productor. En los países donde estas infraestructuras funcionan, los plásticos no son un problema ambiental relevante. Allí donde la gestión falla, por razones económicas, políticas o logísticas, los plásticos aparecen en el paisaje. Lo responsable no es “vivir sin plásticos”, sino “vivir sin tirar plásticos donde no se debe”.

Hoy toca piano. De la mano de Lang Lang, el pianista chino, poco más de dos minutos de Brejeiro (Tango Brasileiro) del compositor Ernesto Nazareth.

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jueves, 8 de mayo de 2025

Sartenes con Teflón

De vez en cuando hay que cambiar las sartenes de diferentes tamaños que tenemos por casa. Salvo alguna experiencia suelta, nuestras sartenes han tenido siempre un recubrimiento antiadherente aplicado a la superficie de las mismas, lo que nos evita algunas situaciones engorrosas. Durante unos 70 años, esos recubrimientos han sido a base de politetrafluoroetileno (PTFE), conocido comercialmente como Teflón, un polímero de excepcional resistencia al ataque químico, la corrosión y el calor. Pero ese fluoropolímero, que probablemente conozcáis también en forma Goretex o de juntas más o menos maleables, es un pariente de una amplia familia de sustancias que los químicos llamamos perfluoroalquiladas y polifluoroalquiladas (PFAS, por sus siglas en inglés) y que suelen aparecer en los medios como "productos químicos para siempre” (forever chemicals). Son persistentes en el medio ambiente y se les atribuyen determinados problemas de salud, incluido el cáncer, atribuciones derivadas generalmente de estudios con animales. En los últimos años, los PFAS se enfrentan a un creciente escrutinio y a regulaciones por parte de agencias que cuidan de nuestra salud. Y de rebote, eso puede afectar a las sartenes.

Y así, en enero de este año, Minnesota se convirtió en el primer estado americano en prohibir la venta de productos que contienen PFAS, incluyendo en la prohibición a los utensilios de cocina a base de Teflón. En febrero de este mismo año, la Asamblea francesa aprobó una prohibición similar que entrará en vigor en 2026, aunque de esa legislación se excluyó los utensilios de cocina, debido sobre todo a la ruidosa campaña (Touchez pas ma poêle!), orquestada por el fabricante francés de dichos utensilios vendidos bajo la marca Tefal, que apeló a los peligros a los que se exponía el mercado laboral francés si, sobre todo, se incluían sus sartenes. Europa también está preparando una legislación que prohibiría el uso de PFAS, pero yo creo que eso va para largo, dadas las implicaciones que tendría en sectores como el de la defensa o la microelectrónica. Pero de eso hablaremos otro día porque da para mucho.

Cuando uno calienta alimentos en una sartén, las proteínas de los mismos forman con la superficie metálica fuertes enlaces covalentes o enlaces más débiles que los químicos denominamos de van der Waals. Y ello es debido a la alta superficie ofrecida por los metales a las proteínas de los huevos o de la carne, merced a una estructura más o menos rugosa, solo apreciable cuando se observa esa superficie a escala microscópica. Para hacer que esa superficie sea antiadherente, el metal se trata con un material no reactivo que llena los huecos y grietas microscópicas de la superficie y luego se solidifica para hacer que sea lisa. Para esos usos, el Teflón es maravillosamente eficaz ya que se trata de largas cadenas de átomos de carbono, cada uno de ellos unido a dos átomos de flúor. Los fuertes enlaces carbono-carbono y carbono-flúor forman una capa inerte que no reacciona con las moléculas de los alimentos. Además el Teflón repele el aceite y el agua, por lo que los líquidos simplemente se deslizan sobre él.

La controversia en torno a la seguridad de los utensilios de cocina de Teflon arrancó hace más de dos décadas y tuvo que ver con el uso en su fabricación de otra molécula perteneciente a la familia de las PFAS, el ácido perfluorooctanoico (PFOA), que, en aquellos momentos, servía como un ayudante en la polimerización del Teflon, lo que hacía que los recubrimientos posteriores con ese polímero pudieran contener cantidades residuales de PFOA. Pero lo que, a la larga, ha resultado más peligroso es que las empresas que fabricaban Teflon emitían PFOA a sus entornos próximos. La americana Agencia de Medio Ambiente (EPA) empezó hace años el seguimiento de la contaminación por esa sustancia, principalmente en núcleos de población próximos a las factorías que manejaban PFOA en revestimientos y otros usos, ya que en la mayoría de ellas la sustancia se venteaba al aire circundante o estaba contenida en aguas residuales.

Como consecuencia de esas acciones, la EPA y los principales fabricantes de PFOA firmaron acuerdos para eliminar la fabricación y uso de esa sustancia antes de 2015. En el caso del proceso de la formación de Teflón, la DuPont, la empresa que ha liderado la fabricación de ese material, ya no emplea, desde 2012, PFOA en el proceso de formación de Teflón. Hoy sabemos que otros importantes emisores de PFOA y otros fluorados de la familia han sido y siguen siendo los aeropuertos e instalaciones militares que las han usado en sus dispositivos de extinción de incendios. Dado su bajo peso molecular, algo que le diferencia claramente del Teflón, pronto se hizo evidente la ubicuidad de las PFAS en el medio ambiente y en la sangre de personas expuestas a las mismas por motivos laborales y, sobre todo y más preocupante por el número de personas afectadas, en las que consumían agua potable contaminada por PFAS.

Ante la posible prohibición generalizada de estas sustancias y por extensión del Teflón, ¿qué sartenes tendremos que usar?. Yo he curioseado recientemente (como ya he hecho en el pasado) en tiendas de mi pueblo que venden sartenes y las que llevan Teflón como revestimiento antiadherente siguen siendo las más habituales. Pero parece que la alternativa comercial que se va abriendo camino son las que contienen revestimientos "cerámicos", algo que pongo entre comillas porque esa denominación puede inducir a engaño a los consumidores que, ante ese término, piensan en jarrones y azulejos, fabricados con arena u otros óxidos metálicos.

Las formulaciones de estas sartenes varían según el fabricante, pero generalmente es una red basada en polidimetil siloxano (PDMS), una silicona. Para ello, los fabricantes dispersan nanopartículas de minerales como el dióxido de silicio, el carburo de silicio y el dióxido de titanio en un disolvente, donde forman un gel. Luego combinan el gel con PDMS y aditivos, aplican la mezcla a una superficie metálica y la endurecen con calor. El conjunto se une fuertemente a los metales, creando un revestimiento duro y repelente a los líquidos, con carácter antiadherente. Curioseando por ahí, he visto sartenes que anuncian un revestimiento cerámico, pero que incluyen Teflón junto a un óxido como el de titanio. Así que, como suele pasar cuando el marketing perverso entra en un mercado conflictivo, hay que leerse bien la etiqueta.

¿Son mejores las sartenes con recubrimientos más o menos cerámicos que las de Teflon puro y duro?. Aunque anda por ahí algún artículo de investigadores cordobeses que las compara y en el que parecen ganar las de Teflón, va a ser difícil trasplantar esos resultados de laboratorio a un usuario normal que usa diferentes tipos de fuentes de de calor (gas, vitro, inducción, etc.), emplea diferentes temperaturas según el regulador de potencia que tenga en su cocina e, incluso, tiene su propia forma de cocinar.

Si necesitáis una sartén nueva y antiadherente para casa, no os volváis locos y compraros, mientras se pueda, una con revestimiento de Teflón. En muchas marcas veréis el reclamo publicitario “sin PFOA”, lo cual es una obviedad porque hace más de una década que en la fabricación de Teflón no se usa PFOA. Y si usáis bien esas sartenes (no las rayéis con utensilios punzantes y, sobre todo, no las dejéis en el fuego sin control) os funcionarán bien y no desprenderán los forever chemicals porque, a pesar de lo que se dice a veces, el Teflón tampoco se degrada dando lugar a PFOA. Y si, finalmente, las prohiben (todo es posible en este mundo raro en el que vivimos) ya nos acostumbraremos a las que nos queden..

Hoy música del maestro Guridi al que, siendo yo muy pequeño, llegué a conocer personalmente. La Amorosa, de sus Diez Melodías Vascas (1940), con la Orquesta Sinfónica de la Región de Murcia y Andrés Salado Egea como director.

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martes, 22 de abril de 2025

Polímeros y superficies de las bolas de golf


Tanto si se trata de golfistas profesionales como de golfistas aficionados como un servidor, los últimos golpes dentro de esa delimitada superficie (o green) donde se coloca la bandera que marca el fin de cada hoyo, son determinantes. En el caso de los profesionales para ganar torneos y dinero y, en el caso de los aficionados, para salir con la moral más alta de cara al siguiente día que juguemos o ganarle a un compañero de partida una cerveza. Esta semana, diversos medios se han hecho eco de una noticia que, en teoría, viene a mejorar los resultados en esa superficie en torno al hoyo. Y de eso va esta entrada, una nueva versión de otra que ya tiene diecinueve años y que dediqué, sobre todo, a la historia de los materiales que constituyeron y constituyen las bolas de golf. La versión 2025 de esa vieja entrada se centra en los materiales que han formado y forman parte de la superficie externa de las bolas y que, como los que constituyen hoy el interior, son polímeros.

La historia de la relación entre bolas de golf y materiales poliméricos arranca a mediados del siglo XIX, cuando irrumpen en Occidente los cauchos naturales que, como seguro sabréis, son también polímeros o cadenas constituidas por la repetición de una unidad o monómero. Antes de ello, las bolas prehistóricas fueron de cuero, rellenas de plumas, como las que los romanos usaban en un juego llamado paganica. Muchos siglos después, los primeros jugadores escoceses golpeaban bolas de madera maciza, aunque en algún momento del siglo XVII recogieron el testigo de las primitivas bolas de plumas, solo que ahora sometían a las mismas a un proceso en agua hirviendo antes de usarlas como relleno (las llamadas bolas featherie). Pero, como decía arriba, hacia 1850, con la popularización de los cauchos naturales en diferentes ámbitos, entra en escena la bola denominada gutty. Un diminutivo de un árbol de origen tropical llamado gutapercha que, cuando se hacen incisiones en su tallo, el árbol trata de curar esa herida exudando un látex que, convenientemente manejado, genera una goma elástica que se puede enrollar hasta formar una bola maciza. Esas bolas (las gutties) marcaron un antes y un después en la historia del golf, no sólo por las mayores distancias alcanzadas sino porque eran prácticamente indestructibles.

A finales del siglo XIX (1899) Coburn Haskell y Bertram Work, un empleado de la empresa de caucho Goodrich de Ohio, patentaron la bola Haskell, el precedente más próximo de las actuales bolas de golf. Fabricadas en torno a un núcleo sólido (generalmente de madera o de caucho vulcanizado y duro), ese núcleo se envolvía con hilos de otro caucho natural derivado, en este caso, del árbol denominado Hevea Brasiliensis. Para darle el aspecto final se recubría el conjunto con una capa final de la ya mencionada gutapercha o de otro caucho similar, derivado de un tercer árbol tropical llamado balata. Durante mucho tiempo, incluso cuando yo empecé a jugar en los 90, balata era sinónimo de bolas de calidad, casi legendarias.

Desde tiempos de las gutties era obvio que cuando la superficie se deterioraba y no era lisa del todo, la bola volaba mejor, con lo que los introductores de la bola Haskell ya la dotaron de surcos o deformaciones superficiales de forma deliberada, precedentes de los actuales hoyuelos o dimples (como los que se ven en la figura que ilustra esta entrada) que contribuyen a la aerodinámica de la bola, reduciendo la resistencia al aire cuando vuelan, al crear una capa de aire turbulento alrededor de la bola. Por otro lado, ayuda a generar una mayor sustentación en el aire, debido al denominado efecto Magnus cuando la bola gira. Eso hace que una bola bien golpeada pueda volar más alto y más lejos. Cosas de la Física.

A finales de los años 50, la compañía DuPont desarrolló un tipo de copolímero a base de etileno y ácido acrílico. Neutralizando el ácido con hidróxido sódico se obtuvo un material bautizado como ionómero que, vendido bajo el nombre comercial de Surlyn, sigue todavía en el mercado para múltiples aplicaciones. Entre esas aplicaciones, el Surlyn ha encontrado un nicho de negocio como material de esa superficie externa de las bolas de golf. Cuando las vigentes cubiertas de balata se cambiaron por otras de Surlyn los resultados fueron espectaculares, no solo en las distancias alcanzadas sino en el control de los golpes a cortas distancias, porque permitían el control del retroceso de las bolas (spin), una vez tocado el green. En los ochenta y noventa, estuve suscrito a una sección del denominado Chemical Abstracts Service que, cada quince días, me hacía llegar una especie de revista en la que se listaban los títulos, autores y resúmenes de todos los artículos científicos y patentes recientemente publicados sobre materiales poliméricos. En cada ejemplar, era normal encontrar unas cuantas patentes sobre nuevas superficies para bolas de golf, casi todas a base de ese copolímero de etileno y ácido acrílico, pero cambiando ligeramente la composición del copolímero o neutralizando el ácido acrílico con cationes diferentes al sodio habitual del Surlyn primitivo, como los de magnesio o zinc.

Desde los inicios del siglo XXI, se empezaron a popularizar, sobre todo en las bolas más caras, las superficies a base de poliuretano termoplástico. Aunque se introdujeron en los años 80, tuvieron que vencer ciertos obstáculos antes de poder rivalizar con las cubiertas a base de Surlyn, como su mayor fragilidad y su dificultad para el moldeo. Resueltos esos problemas, hoy todas las grandes marcas tienen su gama alta a base de superficies de poliuretano. Las ventajas que se suelen aducir sobre las de Surlyn es que generan más efecto retroceso (spin) en las distancias cortas, mejoran la sensación en el impacto y, en línea con lo que sigue a continuación, ofrecen mayor control en el green.

La noticia a la que hago referencia al principio y que ha motivado esta entrada, tiene que ver con un trabajo que se ha presentado en la reciente reunión de primavera de la American Chemical Society (ACS) celebrada en San Diego entre el 23 y el 27 de marzo. En esa comunicación, un científico y empresario ha dado a conocer un recubrimiento aplicable a la superficie de las bolas de golf que, según él, puede resultar relevante para los golfistas de todos los niveles. Un problema a la hora de ajustar el golpe que pueda acabar con la bola en el interior del hoyo es que, a veces, la hierba de la superficie del green está húmeda por el rocío de la mañana o una lluvia reciente (algo bastante habitual en mi campo donostiarra) mientras que, en otros, la hierba de la superficie está seca por calor o porque no ha llovido o no se ha regado convenientemente. En estos últimos, a igualdad de fuerza proporcionada con el palo a la bola, ésta corre más que en los greenes de superficie húmeda, haciendo complicada y muy variable la estrategia que el jugador tiene que usar en esos golpes finales.

El autor de la comunicación al Congreso de la ACS viene a decir que, en virtud de un especial recubrimiento aplicado a la superficie de la bola, ésta puede correr más de lo habitual en las superficies mojadas y menos en las secas, homogeneizando así la reacción ante una determinada fuerza aplicada. Evidentemente, la composición de ese recubrimiento es secreto de sumario pero el mismo autor ha avanzado que es una mezcla de sílice amorfa, arcilla y ciertos polímeros hidrofílicos que interactúan con la mayor o menor cantidad de agua en el green de una manera especial, aunque no afectan a las condiciones de vuelo cuando se ejecutan golpes de larga y media distancia en el resto del recorrido de un determinado hoyo. Todo ello lo ha venido a demostrar con ayuda del dispositivo que se muestra aquí, muy conocido entre los profesionales que cuidan los campos de golf y que se llama Stimpmeter. El autor dice que ya ha patentado el recubrimiento y que espera que las grandes instituciones que establecen las reglas del golf, la USGA americana y la R&A inglesa no se opongan a que sus bolas se puedan usar en torneos, lo que permitiría su comercialización.

Ya veremos. Yo soy muy escéptico con los resultados que se presentan en Congresos por muy prestigiosos que sean. Posteriormente, en bastantes casos, esos resultados no aparecen en revistas más cuidadosas con la revisión por pares que los comités de los Congresos. En cualquier caso, no creo que a este vuestro Búho le sirva de mucho el invento. Premonitoriamente, en la entrada de 2006 arriba mencionada, a propósito de lo que disfrutaba entonces con este juego, ya preveía que cuando tuviera más tiempo para jugar, probablemente mi físico no me acompañara, como me está pasando. Así que si estáis pensando en jugar al golf cuando os jubiléis, mejor os lo pensáis dos veces y empezáis antes.

He escrito esta entrada a ratos libres durante los días de Semana Santa. Y había pensado en poner como música final un extracto de otro Réquiem, a los que soy aficionado, aunque no le haga mucha gracia a mi amigo Juanito E. Cuando el lunes de Pascua ya tenía configurada la entrada, me enteré de la muerte del Papa Francisco. Así que razón de más. Del Réquiem de Mozart, un extracto de Lacrimosa, grabado en la catedral de Salzburgo el 16 de julio de 1999 por la Filarmónica de Berlín dirigida por Claudio Abbado, en homenaje a Herbert von Karajan, muerto diez años antes.

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jueves, 16 de enero de 2025

Cocinar con utensilios negros de plástico

El pasado 11 de setiembre la revista Chemosphere publicó, en su versión online, un artículo en cuyo título se hacía referencia a la contaminación de artículos domésticos por retardantes a la llama. Entre esos artículos se encontraban utensilios de cocina, de plástico negro, como los que se ven en la figura. El origen de esa contaminación nace de que tales artículos se habían fabricado con plásticos reciclados de dispositivos electrónicos como carcasas de televisores, teléfonos móviles, componentes de ordenadores y otros productos similares, a los que esos retardantes se suelen añadir para prevenir chispazos o sobrecalentamientos que puedan devenir en posibles incendios de los mismos. El artículo ha sido masivamente citado en medios nacionales e internacionales, propugnando algunos de ellos, como la CNN, La Vanguardia o elDiario.es, que lo mejor que podéis hacer, si tenéis esos utensilios, es deshaceros de ellos y usar solo elementos metálicos. Los argumentarios son, en todos los casos, parecidos y demuestran, como es habitual, que nadie en los medios se lee los artículos originales, buscando únicamente titulares que asusten al personal.

Hace unos años, la mayoría de esos retardantes adicionados a diferentes plásticos eran compuestos con bromo en sus moléculas y uno de ellos, un miembro de la familia de los decabromo difenil éteres conocido por su acrónimo BDE-209, ha sido uno de los más usados. Desde hace casi dos décadas, la Agencia de Protección Ambiental (EPA) americana y su homóloga europea han ido prohibiendo el uso de algunos compuesto bromados (incluido el BDE-209) sobre la base de sus posibles peligros para la salud, derivados de estudios con animales. Paulatinamente han sido siendo sustituidos por otros (con bromo y fósforo), supuestamente menos nocivos. Pero objetos fabricados antes de esas prohibiciones pueden estar siendo ahora reciclados, con su carga de retardantes incluida. Una organización ecologista de abogados, conocida como EarthJustice, radicada en California y que tiene una estrecha relación con otra denominada Toxic Free Future, a la que pertenecen dos de los tres autores del artículo que comentamos, ha llevado este diciembre de 2024 a los tribunales a la EPA, con el argumento de que la Agencia ha prohibido algunos retardantes a la llama pero no el uso de plásticos reciclados que los contengan. La EPA ha justificado su decisión diciendo que las cantidades de retardantes existentes en esos plásticos reciclados son muy pequeñas y que sería muy complejo y costoso el analizarlas.

Para llevar a cabo el estudio descrito en el artículo (farragoso de leer hasta para un experimentado lector como vuestro Búho), los investigadores compraron en comercios o en páginas web americanas 203 productos negros, que incluyen sobre todo los citados utensilios de cocina (109 espumaderas, coladores, pinzas, …), pero también 36 juguetes, 30 accesorios para el cuidado del pelo y 28 bandejas y otros objetos empleados en la distribución de alimentos. Como fase previa, llevaron a cabo un proceso de cribado sobre todos los objetos, mediante una técnica denominada fluorescencia de rayos X (XRF), tratando de evaluar si los objetos contenían bromo o no, una especie de prueba del algodón que pudiera indicar si en ellos había retardantes a la llama bromados. El artículo no especifica cuántos de los 209 dieron positivo en el cribado pero si afirma que solo 20 de los 203 objetos originales (menos de un 10%) contenían productos con bromo en concentraciones superiores a 50 mg/kg (o 50 ppm). Algunos objetos, como una bandeja de sushi, llegaban hasta las 18600 ppm pero la mayoría (12) estaban por debajo de 1000.

Los autores no argumentan por qué seleccionaron solo los que tenían más de 50 mg/kg pero, es muy probable, que tenga que ver con el hecho de que la siguiente fase de su investigación fue detectar, identificar y cuantificar los posibles retardantes bromados presentes en esos veinte objetos seleccionados, mediante una técnica denominada espectrometría de masas, acoplada a un cromatógrafo líquido. Y, probablemente, con cantidades inferiores a los 50 mg/kg, la técnica tenía problemas para una cuantificación fiable. En cualquier caso, en esta segunda fase del estudio, los autores detectaron y cuantificaron 8 retardantes bromados en 17 de los 20 objetos sujetos análisis (no queda claro de dónde venía el bromo de los otros tres). Entre esos 8 compuestos se encontraba el ya citado BDE-209, en concentraciones más altas que el resto y que iban desde 2 hasta 11900 mg/kg, encontrándose el valor más alto en la ya mencionada bandeja de sushi.

Un ejemplo de cómo una lectura poco detallada puede hacer que un medio difunda noticias con poco rigor, es el de eldiario.es, donde su redactor escribe como conclusión del artículo que nos ocupa que “un 85% de los más de 200 productos analizados contenían niveles elevados de retardantes de llama bromados”, algo que, desde luego, no se desprende de una lectura concienzuda del artículo. Como acabo de explicar, se detectaron y cuantificaron retardantes bromados, de forma fidedigna, en 17 de los 20 objetos investigados. Ciertamente un 85% pero no de la totalidad de los 203 de partida sino de los 20 seleccionados tras el cribado. Así que el porcentaje correcto, sobre los mas de 200 productos analizados que dice el redactor, es un 8,4%. Lo cual se confirma simplemente leyendo la primera página del artículo en cuestión. En el llamado Resumen gráfico (Graphical Abstract) inicial se dice literalmente que “17 de los 20 productos analizados contenían retardantes”, algo que también se dice en el Resumen (Abstract) que sigue al gráfico y que quizás sea la causa de la confusión del periodista (“se encontraron retardantes en el 85% de productos analizados”). Cuando los autores hablan de “analizados” se refieren a los 20 analizados por Espectrometría de masas y no a los 209.

¿Es peligroso el uso de estos utensilios en nuestra cocina?. Es una pertinente pregunta y dada la preocupación levantada es bueno darle alguna vuelta. Cuando usamos esos utensilios de cocina estamos sujetos a dos potenciales riesgos: tocarlos y que los retardantes se absorban por nuestra piel y/o que se transfieran al líquido en el que cocinamos, fundamentalmente al aceite cuando freímos. Con respecto al primer efecto, un artículo de la Universidad de Birmingham de 2018, muy parecido y mucho más detallado que el que nos ocupa y que los autores citan, deja claro en una de sus conclusiones que “la exposición a los retardantes a la llama bromados, a través del contacto dérmico con utensilios de cocina, es mínima”.

La segunda posibilidad, mas plausible, es que los retardantes pasen a un aceite caliente y al final a nuestro organismo. El propio artículo de la Universidad de Birmingham que acabo de mencionar realizó experimentos diseñados para imitar el proceso de cocción en aceite. Una pequeña porción de 0,05 g del utensilio a estudiar se colocaba en 0,5 ml de aceite de oliva en un tubo de ensayo, que se mantenía a 160 °C durante 15 minutos para simular el proceso de cocción, recogiendo el aceite resultante para analizar el retardante transferido. Después de "cocinar" cada utensilio, el experimento se repetía dos veces más, utilizando la misma parte del utensilio, para investigar el impacto de la cocción repetida en aceite en la eficiencia de transferencia de los retardantes. Para cada retardante (incluido el BDE-209) se obtuvieron las constantes de transferencia al aceite y los científicos de Birmingham proporcionaron una sencilla fórmula para calcular las cantidades a que estamos expuestos cuando usamos utensilios que contienen esos retardantes.

Las condiciones impuestas en esos ensayos no creo yo que sean una buena réplica de lo que hacemos cuando preparamos una tortilla o freímos patatas, acciones que implican exposiciones cortas del utensilio al aceite y, por tanto, con dificultades para alcanzar los 160º. Pero nuestros amigos de Toxic Free Future los dieron por buenos y construyeron la parte final de su artículo con ellos. Usando el valor medio (y no la mediana como dicen ellos) encontrado en sus medidas para el BDE-209, el más abundante de los analizados, y la sencilla fórmula del trabajo de la gente de Birmingham, calculan que una persona media estaría expuesta, manejado esos utensilios, a (y copio literalmente) “34700 nanogramos por día de BDE-209, cerca de la dosis de referencia de la EPA de 7000 nanogramos/kilo de peso/día. O, lo que es igual, a 42000 nanogramos/día para un adulto de un peso medio de 60 kilos”). La llamada dosis de referencia (RfD) es una forma que los toxicólogos tienen de establecer la ingesta diaria segura de las sustancias químicas.

Y así se había quedado la cosa desde la publicación del artículo en setiembre hasta el mes pasado cuando, el día 6, saltó la sorpresa. Un conocido científico (Joe Schwarcz) de la McGill University, hizo notar que la dosis de referencia de la EPA de 7000 nanogramos /kilo de peso/día se corresponde con 420000 y no 42000 nanogramos/día para un ciudadano/a de 60 kilos. Basta saber multiplicar 7000x60, así que los autores se habían columpiado en más de un orden de magnitud y sus aterrorizantes conclusiones no son lo que parece o, al menos, son diez veces más suaves. Y aunque no se hubieran equivocado tampoco la cosa es tan preocupante porque, como ya os he contado otras veces (ver el tercer párrafo de esta entrada), a la hora de establecer esas dosis seguras, los toxicólogos se curan en salud y dividen por 100 o hasta por un millón de veces las dosis que demuestran ser problemáticas en los estudios con animales.

El 15 de diciembre, Chemosphere, la revista donde nuestro artículo había visto la luz, publicó un Corrigendum en el que se subsanaba ese error matemático. A pesar de las implicaciones de esa equivocación, el Corrigendum establecía que “el error no afectaba a los conclusiones generales del artículo”. Pues vale, si a ellos les parece así y la revista no dice nada….. Diré también que la corrección no ha sido generalmente publicitada por los mismos medios que en octubre y noviembre nos metían miedo en el cuerpo sobre los utensilios.

Además, un día más tarde, el 16 de diciembre, la revista era eliminada de la Web of Science, una herramienta de acceso a múltiples bases de datos que brindan información sobre la calidad de las publicaciones en distintas disciplinas académicas. Y la razón es que Chemosphere había conculcado los criterios editoriales de calidad que mantiene Clarivate, la empresa que gestiona esa Web of Science. El asunto tiene importantes repercusiones en los artículos que en ella se publiquen y, sobre todo, en la valoración de los Curricula de sus autores. La coincidencia en el tiempo de esa exclusión con la corrección del error en el artículo de los utensilios negros, no quiere decir que ese artículo haya sido la causa de la decisión de Clarivate. Solo en el mes de diciembre se habían retirado ocho artículos de la misma revista y desde mayo, otros 60 habían sido puestos en revisión por los comentarios adversos sobre ellos.

Así que vosotros podéis hacer lo que queráis con los utensilios de cocina de plástico negro que tengáis. Si andáis un poco “acongojados” con lo que habéis leído por ahí, no tenéis mas que seguir los consejos de los medios y cambiarlos por herramientas de acero inoxidable, que el miedo es libre. Yo lo tengo claro. Es verdad que pienso que las agencias que cuidan por nuestra salud tendrán que establecer medidas para que esa basura plástica electrónica no pase a cadenas de reciclado de objetos que estén en contacto con aceite caliente y similares. Pero lo más que voy a hacer con mis espátulas favoritas es cambiarlas por unas nuevas si observo a simple vista algún deterioro. Además, he comprobado que la mayoría de esos utensilios que tengo y los que se venden en tiendas serias de mi pueblo son de poliamida (nylon). Y aunque no se si es reciclada o no, ni si el material original proviene de basura electrónica o no, las poliamidas son los materiales en los que los de Toxic Free Future detectaron las concentraciones más bajas de los retardantes a la llama.

Y ya que vamos de americanos. El compositor Aaron Copland (1900-1990) dirigiendo su propia obra. La última parte (Hoedown) de su música para ballet Rodeo, con la Filarmónica de Los Angeles en 1976.

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viernes, 11 de octubre de 2024

Lo de reciclar plástico es un invento de las petroleras

Llevamos decenios, y no exagero, enfrentándonos al progresivo incremento de los llamados Residuos Sólidos Urbanos (vidrio, papel y cartón, envases de todo tipo, incluidos los plásticos) con la estrategia de las tres erres que veis en la figura que ilustra esta entrada. Pues bien, la correspondiente a la opción Reciclar parece que es una gran mentira que nos han contado las petroleras, al menos en lo que a los residuos plásticos se refiere. O eso parece que es lo que piensa el Estado de California que, a través de su Fiscal General Rob Bonta, ha presentado con fecha del 23 de setiembre de este año una demanda contra el gigante ExxonMobil. Cuando me enteré del asunto y empecé a leer los titulares y subtitulares de la prensa internacional, como este de Reuters, no tuve más remedio que ir a las fuentes y bajarme la demanda. Y tras una lectura rápida de la introducción, quedó claro que lo tenía que contar en una entrada.

La demanda, que tiene 147 páginas, y que os podéis descargar en este enlace, echa la culpa de todos nuestros problemas con los plásticos a las petroleras en general y a ExxonMobil en particular, ya que “siendo el mayor productor de polímeros utilizados para fabricar plásticos de un solo uso, causó o contribuyó sustancialmente al diluvio de contaminación plástica que ha perjudicado y sigue perjudicando al medio ambiente, la fauna, los recursos naturales y las personas de California". En la demanda se citan detalladamente diferentes asociaciones de carácter industrial, como la que antes todos los poliméricos conocíamos como Society of Plastics Industry (hoy se llama Plastics), y que la demanda establece como parte importante de los grupos de presión (lobbies) creados por ExxonMobil para defender sus intereses.

Todas estas proclamas han sido bastante habituales en medios californianos, proclives ellos a la Quimiofobia. Y en cuanto a lo de los lobbies, todos sabemos que en la sociedad americana son habituales en medios políticos o industriales. Pero cuando empecé a leer con algo más de detalle las primeras páginas de la demanda, la primera frase en la que mis pobladas cejas empezaron a arquearse, fue cuando leí que el fiscal general alegaba que la petrolera ha participado “en una campaña de engaño de varias décadas que ha causado y agravado la crisis mundial de contaminación por plásticos, permitiendo mientras tanto a ExxonMobil y otras empresas producir plásticos impunemente”.

Al tratar de entender, un poco más adelante, en qué se concretaba la aducida “campaña de engaño”, comprobé sorprendido, que la demanda acusa a ExxonMobil no sólo de promover y producir la mayor cantidad de plástico en California, sino que específicamente se le acusa de haber engañado a los californianos durante casi medio siglo, prometiendo que el reciclaje podría resolver la creciente crisis de los residuos plásticos. Según la demanda, todo este tiempo, ExxonMobil ha sabido que “el reciclado mecánico, y el “reciclado avanzado”, nunca serán capaces de procesar más que una pequeña fracción de los residuos plásticos”.

Sobre las diferencias entre el reciclado mecánico y el reciclado químico (que es a lo que se refiere el término “avanzado” usado en la demanda) escribí una entrada recientemente. Sabéis que el primero se refiere a la recogida, todo lo selectiva que podamos, de los residuos plásticos tras su uso en envases y embalajes para, posteriormente, fundirlos en máquinas adecuadas y con ese fundido, moldear nuevos objetos en plástico. Por el contrario, el reciclado químico implica la destrucción mediante enzimas, procesos químicos o calor (pirólisis) de las largas cadenas que constituyen los polímeros, regenerando así la materia prima (monómeros) que dio lugar a esos plásticos, monómeros que podrían ser utilizados en la producción de nuevos plásticos. Todo ello contado en mucho menor detalle del que lo hice en la entrada mencionada.

Sin embargo, somos bastantes (y parece que incluso ExxonMobil) los que llevamos también décadas diciendo que el reciclado, sea de uno u otro tipo, no es la solución final para el problema de los residuos plásticos. En contra de esa opinión, y no se si incitados o no por las malvadas petroleras, Instituciones locales, autonómicas, nacionales y supranacionales nos han insistido hasta la saciedad sobre la necesidad imperiosa de reciclar.


Por solo poner un ejemplo, la Union Europea, en su Estrategia Europea sobre Plásticos de enero de 2018, se seguía basando en las clásicas acciones de la reducción de la cantidad de plástico usado, su posible reutilización, la promoción de métodos eficaces para una selección previa (importante y menos mencionada) que faciliten su reciclado, dentro de la denominada Economía Circular. Como últimos eslabones no deseados (pues se pide su dramática reducción, ver la figura arriba) quedan la incineración con recuperación de energía (WTE es su acrónimo en inglés) y los vertederos. Unas pretensiones ciertamente sorprendentes cuando, como podéis ver en este informe y en su página 49, los países más avanzados de Europa, muchos tenidos como los mas concienciados con el medio ambiente, llegan a eliminar hasta el 60% de los residuos plásticos en instalaciones de incineración con recuperación de energía (WTE).

Cosa que no pasa en igual medida en USA. Y menos en California. Según un informe de la EIA (Administración de Información Energética) americana, de marzo de 2023, al principio del año anterior había solo 60 plantas WTE operativas en Estados Unidos, generando un total de de 2051 megavatios (MW) de potencia. La mayoría de las plantas estaban en la Costa Este y cerca de las grandes ciudades. Por el contrario, en la costa Oeste, las plantas WTE brillaban por su ausencia, con solo dos operativas en California. Mientras tanto, en Europa, se contabilizaban casi 500 (solo en Suiza hay casi 30), generando 130 millones de megavatios. Y en Japón, en la misma fecha había 1160 WTEs. Además, las WTEs americanas son relativamente pequeñas y ninguna llega a los 100 MW de potencia.

Es solo una hipótesis personal, pero me da que parte de la motivación de la demanda es su incapacidad de hacer frente a los residuos generados. En el caso concreto de los residuos plásticos, la prohibición que puso en vigor China en enero 2018 de importar basura en general, y basura plástica en particular, para reciclarla allí, han puesto a muchos exportadores de residuos en una difícil tesitura. Ya en 2019, Estados y Condados americanos estaban optando por volver a usar vertederos o implantar plantas WTE.

Mientras vemos en qué queda la demanda, deleitaros con el final (2 minutos) del Tico-Tico de Zequinha de Abreu con Daniel Barenboim dirigiendo a la Filarmónica de Berlín en una grabación de la Nochevieja de 2001. Me ha alegrado mucho saber que, a finales de agosto, Barenboim volvió a dirigir, tras dos años de ausencia por enfermedad.

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domingo, 5 de mayo de 2024

Plásticos y Gases de Efecto Invernadero

 

De vez en cuando, artículos científicos de los que se puedan sacar con rapidez conclusiones generalmente negativas o alarmistas, obtienen inmediata resonancia en la mayoría de los medios. Luego sus conclusiones pueden ser más o menos fiables o incluso refutadas por otros científicos, pero eso ya no importa. Para entonces, el número de Me gusta en redes sociales y en webs de los medios ya han crecido. Y eso es lo que importa. Eso no parece que esté pasando con el artículo que os voy a comentar. Y del que pocos medios españoles se han hecho eco. Buscando, buscando lo he encontrado en La Vanguardia, que hacía referencia al artículo en cuestión con el titular “La sustitución de plásticos por otros materiales eleva la emisión de gases que cambian el clima”. La noticia llevaba un antetítulo con solo dos palabras, “Estudio polémico”, puede que una disculpa de LV por publicar algo política y socialmente incorrecto en los tiempos que corren.

El artículo al que hago referencia fue publicado el 30 de enero de este año en la prestigiosa revista Environmental Science and Technology y estaba firmado por tres autores, dos de ellos de las británicas Universidades de Sheffield y Cambridge y el tercero de la Universidad de Estocolmo, que sustentaban la conclusión del titular de La Vanguardia mediante una metodología conocida como Análisis del Ciclo de Vida (LCA en su acrónimo inglés).

En el caso concreto que nos ocupa se ha utilizado la citada metodología para evaluar la generación de Gases de Efecto Invernadero en el ciclo de vida de los plásticos. Ciclo que va desde su producción como tales en las plantas petroquímicas, su transformación en objetos utilizables por el consumidor, el uso o aplicación que éste hace de los mismos, para acabar con la recogida y tratamiento de las basuras plásticas que inevitablemente se producen. Y algo similar se hacía con otros materiales considerados como posible alternativa al plástico en similares aplicaciones.

Para ello, los autores elegían 16 aplicaciones habituales de los plásticos en nuestro día a día y que pertenecen a cinco sectores clave: embalaje, construcción, automoción, textiles y productos de consumo duraderos, sectores que utilizan alrededor del 90 % del volumen mundial de plástico producido. Esas 16 aplicaciones incluyen el uso de plásticos en todo tipo de envases, en tuberías de conducción de líquidos (sobre todo agua) o en tejidos de vestir o alfombras, entre otras.

Los plásticos incluidos en la evaluación son, evidentemente, los más conocidos y utilizados (de ahí lo del 90% antes mencionado). Diferentes tipos de polietileno (LDPE, HDPE, PEX), polipropileno, polietilen tereftalato (PET, tanto en su versión de plástico para botellería como su uso en forma de fibras textiles), poliestireno expandido, PVC, poliuretano, etc. Frente a ellos se consideraban, como posibles alternativas, materiales que se usan o pueden usarse en esas mismas aplicaciones y que implican a cosas como el papel, vidrio, aluminio, acero, cobre, algodón, madera, etc.

Resumiendo rápido los resultados del artículo en cuestión, los autores encuentran que en 15 de las 16 aplicaciones mencionadas, un producto de plástico incurre en menos emisiones de Gases de Efecto Invernadero (GEI) que sus alternativas. En estas aplicaciones, los productos de plástico liberan entre un 10 % y un 90 % menos de emisiones a lo largo del citado ciclo de vida del producto.

Frente a los indudables riesgos que supone el previsible aumento en la producción de plásticos a nivel global y, como consecuencia de ello, en la génesis de residuos, los autores proponen acciones que “deben estar dirigidas a reducir estos impactos, por ejemplo, mejorando la recolección de residuos, especialmente en los países en desarrollo, eliminando los productos químicos tóxicos de las formulaciones plásticas, reduciendo el uso de los llamados productos químicos “para siempre” (es decir, sustancias de perfluoroalquilo y polifluoroalquilo) y reforzando los programas de reciclaje y recuperación”.

Sin embargo, concluyen que “cualquier acción tomada o política empleada para reducir los impactos de los plásticos debe examinarse cuidadosamente para asegurarse de que las emisiones de GEI no se incrementen involuntariamente a través de un cambio a materiales alternativos más intensivos en emisiones”.

No es la primera vez que salen estudios de este tipo en la literatura, en los que el impacto ambiental de los plásticos sale ganador en sus comparativas con otros materiales. En febrero de 2018 la Agencia de Protección Ambiental danesa publicó un estudio titulado “Análisis del Ciclo de Vida de las bolsas de compra” en el que de forma similar al estudio anterior se evaluaba su impacto ambiental aunque en términos más amplios que la mera emisión de Gases de Efecto Invernadero.

La prensa resaltó en aquel caso, aunque tampoco de forma muy generalizada, el número de veces que había que usar, antes de desecharla, una bolsa de compra de diversos materiales plásticos, de papel o de algodón (orgánico o no) para que su impacto ambiental fuera similar al de una humilde bolsa de polietileno de las de toda la vida, usada una sola vez antes de echarla al contenedor amarillo. Y los resultados eran realmente sorprendentes. De acuerdo con la Tabla IV, página 17 del informe gubernamental danés habría que usar, antes de desecharlas, 35 veces una bolsa de compra de poliéster, 43 una de papel, 7.100 una de algodón convencional y 20.000 una de algodón orgánico para que el impacto fuera similar al de usar una de polietileno una sola vez..

Vaya por delante que no soy experto en Análisis del Ciclo de Vida de los materiales plásticos. Y cuando leo artículos que la utilizan, como los que acabo de mencionar, siempre me queda una duda razonable de la fiabilidad de sus datos dada la gran cantidad de variables que hay que tener en cuenta y los escenarios de utilización que hay que definir para cada aplicación. Pero, en este caso, ambos estudios provienen de Universidades e Instituciones de prestigio y creo que un servidor los tiene que apuntar en este diario que es mi Blog para que no se me olviden.

En el caso del estudio danés de 2018, uno puede encontrar argumentos críticos sobre sus resultados, aunque no en ámbitos de la relevancia de los anteriores. Así que vamos a ver qué pasa con el estudio que ha dado lugar a esta entrada. Ya han pasado tres meses desde su publicación y casi un mes desde que el periódico catalán se hizo eco del mismo y no veo mucho movimiento. Al menos no tanto como con otras noticias de medio pelo que se venden bien y habitualmente en titulares.

Para acabar, un poco de música con toque primaveral. El Dúo de las flores de la ópera Lakmé de Leo Delibes. Con la soprano Sabine Devieilhe y la mezzosoprano Marianne Crebassa, acompañadas por la orquesta Les Siecles y la dirección de François-Xavier Roth. Dura cuatro minutos pero si no lo conocéis, aguantad el primer minuto y os enganchará.

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martes, 13 de febrero de 2024

Más plásticos que peces


Tiempo habrá para utilizar la abundante documentación que he almacenado en una carpeta sobre el asunto de la granza gallega, de lo que escribí hace poco. Vamos a dejar pasar las elecciones en ese territorio y veremos si me da por volver sobre el tema. Pero sin hacer referencia concreta al desgraciado incidente del contenedor, voy a utilizar como excusa para la entrada de hoy un artículo que publicó un periódico que se vende en mi pueblo. Decía su contundente titular “En 2050 habrá más plásticos que peces en el mar”. Su autora repite la misma frase en el primer párrafo del artículo, pero ahí se acaba todo. Ni una sola referencia que justifique la afirmación. El resto del artículo, en su mayor parte, da pábulo a un portavoz de Greenpeace en Galicia que, aprovechando que parte de la granza acabó en su tierra, nos sermonea con su conocido mantra sobre los microplásticos y sus males.

En el año 2016, la Fundación Ellen MacArthur publicó un extenso informe titulado “The New Plastics Economy. Rethinking the future of plastics”. La mencionada Fundación tiene entre sus objetivos el estudio de la llamada Economía Circular, como estrategia para abordar problemas como el cambio climático, la pérdida de biodiversidad o el problema de los microplásticos. En un corto párrafo de la página 17, el informe dice que “Las mejores investigaciones disponibles en la actualidad estiman que hay más de 150 millones de toneladas de plásticos en el océano hoy en día. En un escenario sin cambios, se espera que el océano contenga 1 tonelada de plástico por cada 3 toneladas de pescado en 2025 y, en 2050, mas plásticos que peces (en peso)”.

Me vais a dejar que, al hilo del asunto que nos ocupa, os cuente una interesante historia sobre plásticos y peces. Que tiene que ver con la expedición Malaspina, llevada a cabo durante 2011 y 2012 por dos buques oceanográficos españoles (el Hespérides y el Sarmiento de Gamboa), que emularon otra expedición llevada a cabo por el italiano Alessandro Malaspina, al servicio de la Corona española, a finales del siglo XVIII. Aunque, esta vez, los objetivos de la nueva Malaspina eran puramente científicos. Entre ellos evaluar la cantidad total de peces en el mar o, también, la cantidad de plástico que había flotando en la superficie de los océanos.

Empecemos por los peces. O, más específicamente, por la biomasa de peces existente en los océanos. La Fundación Ellen MacArthur, en 2016, hablaba de que los océanos contenían unos 900 millones de toneladas de peces, citando un único artículo de 2008 (aunque el informe hable de las mejores investigaciones disponibles, en plural). Esos números han sido posteriormente (2015) puestos en duda por el propio primer autor del artículo en cuestión, confirmando lo que otros autores ya habían venido publicando entre ambas fechas, gracias al empleo de nuevas técnicas (observaciones acústicas) en la evaluación de la biomasa global de peces.

Entre esos nuevos resultados estaban precisamente los de la expedición Malaspina, publicados en 2014 en Nature, y que concluían que la biomasa total de peces existente en los océanos podía ser entre 10 y 30 veces más grande que las novecientas mil toneladas que evaluó el artículo de 2008 arriba mencionado y que usó la Fundación Ellen MacArthur.

En un artículo (os pongo enlace pero es de pago) publicado en El País, con ocasión del trabajo publicado en Nature arriba mencionado, el prestigioso oceanógrafo Carlos Duarte (uno de los firmantes del mismo) hablaba de la gran cantidad de especies existentes en las zonas mesopelágicas (entre 300 y 700 metros de profundidad) de los océanos, como los peces linterna (Myctophidae) o los peces luciérnaga (Cyclothone): “Se pensaba que las aguas, a esas profundidades, son prácticamente un desierto y no es así. Lo que pasa es que la vida se esconde en ellas de día, porque aproximadamente una tercera parte de esos peces ascienden de noche a alimentarse a la zona superficial del agua”.

Así que hay muchos más peces que los que se creía. Y probablemente haya muchísimos más. El mismo artículo de El País se hacía eco de otro de los resultados sorprendentes de la Malaspina, que tenía que ver con los plásticos. Aunque era cierto que habían encontrado mucho residuo plástico en la zona superficial del océano (casi todo en forma de Microplásticos, acumulados especialmente en los giros oceánicos que dan lugar a las llamadas “islas de basura”), los investigadores calcularon que los océanos acumulaban en su superficie entre 7.000 y 35.000 toneladas de estos residuos, solo un 1% del plástico que se estimaba debía estar flotando en el mar.

Entre las diversas causas de esa aparente desaparición del plástico en el mar, el artículo lanzaba la hipótesis de que la biomasa pelágica arriba mencionada podía ser una de ellas. Esos peces suben de noche a la superficie, comen plástico que confunden con presas y vuelven a las profundidades donde, en su mayor parte, devuelven el plástico al mar en forma de heces. Una hipótesis que, desde entonces, nadie ha confirmado.

Si la Malaspina tuvo dificultades para evaluar la masa de plástico que flotaba en la superficie del mar, evaluar la masa perdida en la vasta extensión y profundidad de los océanos del mundo es casi una labor imposible. En su informe, la Fundación Ellen MacArthur empleó los datos de un único artículo de 2015 en la revista Science. Los autores, con los datos existentes hasta entonces, los extrapolaban hasta 2025. Suponiendo que la cantidad de plástico que va a entrar en el océano seguirá creciendo como hasta ahora (escenario business-as-usual), la Fundación realizó una ulterior extrapolación hasta 2050. Sin embargo, un artículo de 2021 que revisaba diversas estimaciones de la basura plástica que entró en los océanos hasta 2019, viene a mostrar que, aunque la producción de plástico sigue creciendo, la basura plástica que va al mar parece haberse estabilizado e incluso, en algunos ámbitos, está decreciendo.

Es decir, que la masa de plástico que habrá en 2050 tampoco está clara. En definitiva, el titular que usó el diario de mi pueblo, al igual que, ya en 2016, usaron otros medios y ONGs, no tiene unas sólidas raíces en cuanto a los datos se refiere. Unos y otras solo los usaron para titulares, desechando las 113 páginas restantes del informe de la Fundación Ellen MacArthur, dedicadas a analizar los problemas que las basuras plásticas plantean y a proponer muy diversas soluciones. Todo ello desde estrategias factibles, muchas de las cuales ya están en marcha en los países más ricos. Pero eso no vende. Son argumentos retardacionistas, un término en boga entre los activistas.

Como dice Hannah Ritchie, editora adjunta de Our World in Data y autora del reciente libro Not the end of the World (2024), que os recomiendo, “poco importa el que en 2050 haya mas plástico que peces o no. Sería también un problema el que hubiera la mitad, la cuarta parte o la décima de la biomasa de peces. La basura plástica es un problema a lo largo y ancho de los océanos del mundo y no hay necesidad de exagerarlo”. Lo importante es que el plástico no debe seguir entrando en el mar. Y hay que trabajar duro en ello.

Un poco de música para acabar: un extracto (3’) de La mer de Claude Debussy, de la mano de su tocayo Claudio Abbado y la Filarmónica de Berlín.

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martes, 28 de noviembre de 2023

A los Bioplásticos les crecen los problemas

A finales de setiembre de este año, los medios de comunicación españoles se hicieron eco de una nota de prensa del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) en la que se anunciaba la publicación de un artículo de uno de sus Centros (IDAEA en Barcelona) en el que se comparaba la toxicidad de las bolsas fabricadas a base de plásticos compostables con la de las bolsas de plástico convencionales. El artículo es uno más, y no particularmente relevante, de una serie de otros que han ido apareciendo recientemente sobre la toxicidad de los llamados genéricamente Bioplásticos.

Hace ahora tres años, en una entrada sobre esos materiales, me hacía eco de un artículo en el New York Times del conocido periodista en cuestiones medioambientales, John Schwartz, titulado "Por qué biodegradable no es lo que tú piensas". La tesis de ese artículo era que algunos de los envases de plástico con etiquetas “bio” o “verde”, solo se degradan bajo especiales condiciones y que, en algunos casos, pueden llegar a complicar el reciclado de los plásticos convencionales, hoy por hoy mucho más abundantes a nivel global (casi 400 MM de toneladas anuales frente a 2.2 MM de toneladas de los Bioplásticos).

Aprovechaba esa entrada en mi Blog para dejar bien establecidas las diferencias entre los diferentes miembros de la familia de los Bioplásticos. Un 48% de ellos son plásticos derivados de la biomasa pero no degradables, un buen ejemplo de los cuales es el Bio-polietileno (Bio-PE), obtenido a partir de caña de azúcar pero que, al final, es polietileno como el sintético y, por tanto, no biodegradable por muy biomasa que sea su origen.

El otro 52% de esos Bioplásticos son plásticos biodegradables y/o compostables. Obtenidos de la biomasa o puramente sintéticos (cosa que a alguno le  extrañará), todos los compostables son biodegradables pero no todos los biodegradables pueden compostarse. Quien quiera más detalles, puede pasarse por la entrada del Blog arriba enlazada.

Entre las referencias citadas por el artículo del IDAEA-CSIC, las tres última corresponden a tres trabajos publicados por un grupo de investigadores alemanes y noruegos que, a mi entender, son estudios más completos que el del CSIC. Particularmente me voy a servir de uno de 2020, que incluye un número mayor de Bioplásticos comerciales (hasta 42), utiliza técnicas analíticas de última generación y me sirve igual que el del CSIC para fundamentar lo que quiero contar aquí.

En cualquier caso, uno y otro artículo dan una vuelta de tuerca más a las pegas de Schwartz a los Bioplásticos y nos transmiten la idea de que, desde el punto de vista de la toxicidad (algo en lo que Schwartz no entraba), los plásticos biodegradables y compostables, presentes ahora en forma de bolsas en muchos supermercados, quizás sean tan tóxicos (y algunos probablemente más) que los plásticos convencionales, como el más modesto de los polietilenos empleado en bolsas de compra y bolsas de basura de toda la vida.

Y he recalcado el quizás del párrafo anterior porque es muy importante aclarar ya desde el principio que, en ese tipo de estudios y como fase inicial, se realiza una extracción con metanol en las muestras de los plásticos estudiadas, a la búsqueda de aquellas sustancias contenidas en el plástico y que no tienen carácter de tal. Los mismos autores reconocen que empezar así es el peor de los escenarios posibles, porque estamos extrayendo muchas cosas que, probablemente, nunca saldrían del plástico en condiciones de uso realistas, como puedan ser su empleo como filmes, envases o piezas de plástico de todo tipo que, casi nunca, están en contacto con metanol. Pero el metanol es un eficaz medio para extraer todo lo que acompaña al plástico.

En el trabajo de los noruegos y alemanes, haciendo uso de una de las técnicas analíticas más potentes que tenemos los químicos hoy en día, la conocida con el acrónimo UPLC-QTOF-MS/M, se separan los posibles componentes extraídos por el metanol en cada Bioplástico investigado. Y, adicionalmente, se hacen una serie de ensayos biológicos “in vitro” con los diversos extractos en metanol, para evaluar la toxicidad de los mismos.

La UPLC-QTOF-MS/M arriba mencionada permitió a los investigadores detectar mas de 43.000 compuestos químicos en los extractos de metanol de las 42 muestras de Bioplásticos estudiados. En el caso de los Bioplásticos a base de celulosa y almidón, se detectaron hasta 20.000 compuestos diferentes. Otra peculiaridad es que cada muestra de un mismo plástico, era muy distinta de sus hermanas. Por ejemplo, en diez muestras de ácido poliláctico (PLA) investigadas, el número de sustancias detectadas oscilaba entre 880 y 17.000. En cualquier caso, los polímeros basados en plantas, como los fabricados a partir de almidón y celulosa, eran los que más sustancias químicas presentaban.

La mayoría de esos compuestos químicos que han dejado su “firma” en los experimentos con la mencionada técnica no se pudieron identificar químicamente, es decir, no se sabe exactamente qué son. Uno pudiera pensar que esas sustancias son aditivos que se adicionan generalmente a los Bioplásticos para mejorar algunas de sus deficientes propiedades. Ese sería, por ejemplo, el caso de los Bioplásticos a base de almidón que se aditivan en porcentajes importantes para poder fabricar objetos útiles con ellos (es lo que se denomina almidón termoplástico o TPS). Pero eso no es así. Aunque se pudieron identificar algunos aditivos como plastificantes, antioxidantes, etc., la mayoría de las pocas sustancias identificadas no tienen características de aditivo alguno. Así que los autores sugieren que algunos de esos compuestos identificados en estos Bioplásticos derivados de plantas, pudieran provenir de procesos naturales que ocurren en esas plantas, debidos a acciones microbianas, enzimáticas o similares.

En cualquier caso, se hayan podido identificar o no, la gran mayoría de esos compuestos detectados en los extractos, gracias a la extremada sensibilidad de la citada técnica instrumental, están en cantidades ridículas.

Los estudios de toxicidad realizados con los extractos en metanol de los plásticos investigados muestran que la mayoría de ellos exhiben actividad tóxica en los ensayos “in vitro”, siendo particularmente evidente esa toxicidad en el caso, otra vez, de los extractos de polímeros a base de almidón o celulosa (los más “naturales”). Los autores comparan esos datos con los obtenidos en un trabajo anterior con plásticos convencionales, llegando a la conclusión de que el grado de toxicidad de los extractos de unos y otros es comparable.

¿Es este tipo de resultados un potente torpedo en la línea de flotación de los Bioplásticos?. Pues en principio no me parece, porque creo que seguirán proponiéndose como alternativa a los plásticos convencionales, dentro de esa creciente plastifobia que nos asola. Pero si puede ser una piedra más en el tortuoso camino que están siguiendo los Bioplásticos para poder cumplir las expectativas que sobre ellos se tenían hace más de treinta años. Y os lo dice alguien que se ha tirado esos mismos años publicando artículos y dirigiendo tesis sobre estos temas. Pero que cada vez ha ido siendo menos optimista sobre el papel de estos materiales en el inmediato futuro, como ya quedó claro en otras entradas de este Blog. Aunque, como siempre digo, no tenéis por qué hacerme caso.

Pero también os diré que me preocupa muy poco esa teórica toxicidad a la hora de comerme o beberme algo que haya estado contenido en ese tipo de material. Al menos hasta que se demuestre su toxicidad de forma más realista que a base de los extractos en metanol.

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miércoles, 7 de junio de 2023

Meterólogos y plásticos

Hasta no hace muchos años, los meteorólogos eran los encargados de describir y predecir, en la medida de lo posible, el tiempo o, lo que es lo mismo, los fenómenos atmósféricos. Luego, muchos de ellos, se convirtieron en climatólogos u observadores del tiempo meteorológico a largo plazo. Con la preocupación por el cambio climático, algunos han pasado a ser estrellas mediáticas y han ampliado su campo a todo lo que tenga que ver con la problemática del medio ambiente, incluido el efecto de la contaminación por plásticos. Y claro, con tantos temas en el portafolio y tan complejos, a veces los tratamientos que realizan para el gran público dejan mucho que desear.

Viernes 26 de mayo de 2023, televisión pública, hora de mucha audiencia (antes del telediario de la noche) y en un programa que ya lleva muchos años en ese segmento horario. Pongo el minutaje de lo que allí se decía pero no sé cuánto tiempo se va a mantener ese enlace en la web de la tele.

Minuto 16: 41. Se inicia una noticia que va a versar sobre contaminación marina de plásticos y una posible solución mediante el uso de un “nuevo plástico”. El afamado presentador habla en su introducción de generalidades sobre la cantidad de plástico que va al mar y luego de las llamadas islas de plástico, con imágenes y valoraciones de su tamaño, que no se corresponden ni con lo que ya se contó en una anterior entrada de este Blog ni con la definición de “islas de plástico” de la prestigiosa agencia medioambiental americana NOAA (National Oceanic and Atmospheric Administration):

El nombre de "Isla de Basura del Pacífico" ha hecho creer a muchos que esta zona es una mancha grande y continua de desechos marinos fácilmente visibles, como botellas y otros desperdicios, algo así como una isla literal de basura que debería ser visible con fotografías aéreas o por satélite. Pero no es así. Aunque en esta zona se pueden encontrar grandes concentraciones de basura, gran parte de los desechos son en realidad pequeños trozos de plástico flotante que no son inmediatamente evidentes a simple vista.

Tras esa introducción a la sección del programa, una colaboradora del mismo y otra persona que lleva una camiseta con el anagrama CAMM, se van a una playa de Massalfassar (Valencia) a recoger desechos plásticos. Y en la conversación que mantienen mientras los recogen, sale el tema de que la bolsa de recogida que están usando es biodegradable, compostable y soluble en agua. Y, de pasada, la persona con la camiseta y el logo pregunta a la colaboradora del programa si sabe que los humanos venimos a ingerir el equivalente a una tarjeta de crédito de plástico a la semana.

Sobre este último tema no voy a daros mucho la turrada ya que, no hace mucho tiempo, publiqué una entrada en la que creo que quedó claro que esa noticia provenía de un estudio pagado por el Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF, la que conocíamos antes como Adena en España), una organización ecologista particularmente activa en la lucha contra el plástico. Y que sus evaluaciones sobre la tarjeta, o lo que es igual, los 5 gramos de plástico que los humanos vendríamos a ingerir a la semana, estaban fuera del intervalo (percentil 100%) de las cifras que se han ido publicando en otros estudios. A pesar de lo cual y como también mostraba la entrada, algún grupo del CSIC las ha usado como válidas en otros estudios.
 
Algo más adelante (más o menos en el minuto 18:40) el programa se traslada a una empresa denominada CAMM, la que figuraba en la camiseta de una de las participantes en la recogida de plásticos (¿publicidad encubierta?) que, según se puede ver en los medios, ha empezado a comercializar un plástico conocido como polivinil alcohol o PVA. En el video nos muestran cómo se procesa ese material y qué productos pueden conformarse con él. Para, después, pasar a hacer un sencillo experimento, de esos que gustan en las ferias de Ciencia, en el que una bolsa de ese plástico se llena con unas canicas y se mete en un matraz con agua para ver cómo se destruye (disuelve) casi inmediatamente. Y acaban haciendo beber a la presentadora del programa ese agua con el plástico disuelto.

Vamos a dejarlo claro. El PVA es más viejo en la historia de los polímeros que mear en pared (con perdón). Fue preparado por primera vez en el laboratorio en 1924 por los científicos Hermann y Haehnel, hidrolizando otro plástico bien conocido, el poliacetato de vinilo. Y a partir de los 50 se empezó ya a vender de forma comercial por una empresa japonesa. Y no ha servido ni sirve para casi nada que tenga que ver con los usos habituales de los plásticos más vendidos.

El PVA forma filmes muy fácilmente y es uno de los plásticos más resistente a que el oxígeno pase a través de él, por lo que, en principio, sería muy útil en envases para productos sensibles al oxígeno (carne, quesos, entre otros). Pero como absorbe rápidamente la humedad ambiente se convierte en una especie de chicle que, además, ya no es tan barrera al oxígeno. Así que lo que se suele hacer con él es un sandwich entre dos filmes de Polietileno, muy hidrofóbico, que lo protegen frente al vapor de agua para que siga cumpliendo su misión de barrera al oxígeno, tal y como se ve en la figura que ilustra esta entrada. También se usa en la producción de polivinil butiral, el polímero que se usa en los parabrisas laminados.

En el ámbito médico se usa como cubierta externa de ciertas cápsulas que, de nuevo, hay que protegerlas en algún material hidrófobo o se desintegran. Disuelto en agua se usa en lágrimas para los ojos en oftalmología. Y poco más, aunque yo tengo bien guardadas en una bolsa de PE unas bolas de golf que dan en los cruceros para que los golfistas maten el gusanillo tirándolas al mar donde desaparecen, algo sobre lo que escribí una entrada hace tiempo en este Blog. Diré también que los plásticos biodegradables y compostables no suponen más allá del 0,3% de todos los plásticos que se producen en el mundo (datos de 2020) y en la lista de los seis biodegradables y compostables que más se producen, el PVA no aparece, lo cual implica su limitada repercusión en el actual mercado.

Supongo que el programa de TV en cuestión tendrá otras luces para llegar a la difusión que tiene en esa hora tan deseada (yo no lo sigo habitualmente) porque, si en el resto de temas tiene la seriedad con la que han abordado el tema de los microplásticos y los plásticos biodegradables, vamos bien…

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