domingo, 29 de marzo de 2020

Antimonio para un confinamiento

Cuando a finales de diciembre os relataba la elaboración de lo que finalmente llamamos Kimikoteka, una Tabla Periódica confeccionada sobre la base de marcas de vinos, de cuyos nombres se pudieran extraer los símbolos de los 118 elementos químicos que componen dicha Tabla Periódica, dejé apuntado que, en el caso algunos símbolos concretos, la cosa fue más que complicada y hubo que saltarse alguna de las normas que en 1813 dio Berzelius, el primero que propuso usar una o dos letras derivadas del nombre en latín de los elementos, como forma de hacer universal la manera de denominar a esos elementos y sus compuestos. Y el elemento que más dolores de cabeza me proporcionó fue un viejo conocido de este Blog, el antimonio, cuyo símbolo químico hoy aceptado es Sb.

Localizar un vino cuyas primeras letras contuvieran una "S" y una "b", y además en ese orden, fue una tarea casi heroica. Al final, optamos por un vino de una pequeña bodega situada en Villamor de los Escuderos (Zamora), comercializado bajo el nombre de Señorío de Bocos. Es cierto que, en ese nombre, encontramos la "b" bastante retrasada con respecto a la "S" pero, para justificarnos, usamos como disculpa las tribulaciones (o, más bien, despistes) del propio Berzelius con el antimonio. Caímos en la cuenta de que a pesar de que el nombre en latín del antimonio es Stibium y Berzelius podía haber utilizado como símbolo simplemente las dos primeras letras (St), por alguna razón eligió el símbolo Sb que ha quedado como definitivo.

Con la urgencia de acabar la Kimikoteka la cosa no fue más allá. Vendimos la moto diciendo que si el propio Berzelius se había ido hasta la cuarta letra de Stibium para buscar la "b" en el nombre latino del antimonio, nosotros podíamos hacer algo similar con el Señorío de Bocos. Pero este Búho se quedó con la mosca detrás de la oreja y ahora, aprovechando el confinamiento, no he parado de dar vueltas al asunto hasta descubrir algo más sobre el origen del mismo.

En un largo artículo sobre las reacciones químicas y su nomenclatura titulado "Essay on the cause of chemical proportions, and on some circumstances relating to them: together with a short and easy method of expressing them", que Berzelius publicó en varias entregas en la revista Annals of Philosophy en sus volúmenes 2 y 3 [vol. 2, páginas 443–454 (1813) y vol. 3, páginas 51–62, 93–106, 244–255, 353–364 (1814)], el antimonio aparece por primera vez en una lista de la página 52 del volumen 3, donde Berzelius lo denota como St. Pero, a partir de la página 249, Berzelius, y sin explicación alguna, empezó a utilizar el símbolo Sb y así se quedó la cosa. Y, por más vueltas que le he dado, no he conseguido encontrar a nadie que proporcione una explicación a ese cambio. Aunque dos días después de publicar esta entrada, el último día de marzo, el amigo Paco de Caravaca ha publicado un jugoso comentario, que podéis ver abajo, y que podría explicar algunas claves sobre el baile de la "t" y la "b" del símbolo que nos ocupa.

Pero mi aventura por viejos textos ha ido muy lejos. No en vano el antimonio es uno de los primeros elementos aislados como tales por nuestros ancestros alquimistas, que lo representaban con el sugerente símbolo que ilustra esta entrada. De hecho, en el Louvre parisino, se guarda un viejo vaso caldeo de hace más de 6.000 años, hecho de antimonio puro. Y desde esos lejanos tiempos, este elemento ha resultado fascinante para muchos de los que han experimentado con él. Sobre todo por el papel jugado por su principal mena, la estibina (un sulfuro de antimonio), en la separación del oro de la plata, así como a la hora de eliminar del primero ciertas impurezas metálicas.

Así que si el antimonio y sus compuestos podían ser tan efectivos para "purgar" ciertas impurezas del oro, ¿no podría servir también como purgante en el organismo humano para eliminar ciertas enfermedades?. Nuestro viejo amigo Paracelso (el de la máxima "el veneno está la dosis") y el enigmático Basilio Valentín parecen estar en el origen de recetar antimonio como purgante o emético, arrancando así un debate con los partidarios de la medicina galénica tradicional, según la cual había que usar como medicinas preparados con propiedades contrarias a los síntomas de la enfermedad. Por el contrario, Paracelso había introducido el concepto de similitud (pelear contra un veneno con otro veneno), un claro antecedente (muchos años antes) de la primera ley de la homeopatía, según la cual un producto que cause efectos similares a los síntomas de una enfermedad debe (aunque sea un veneno para el organismo) curar esa enfermedad. Y como siguiendo esa idea de Paracelso, un médico francés, Nicholas Le Févre, curó a su rey Luis XIV en 1658 con un llamado vin émétique, a base de un compuesto de antimonio, la buena fama de estos preparados se extendió a lo largo de bastantes años después, por mucho que tuvieran efectos secundarios evidentes.

Llegando hasta tiempos de Mozart. Tal y como ya conté en una ya casi antediluviana entrada de este Blog, entre las diferentes teorías sobre su temprana muerte (en 1791) hay una, recogida por John Emsley en uno de sus libros, según la cual es probable que muriera intoxicado por antimonio, suministrado por su médico. Recordaba en aquella entrada que, en esa época, ningún maletín de médico serio dejaba todavía de contener el emético tartárico, un preparado para inducir el vómito, práctica de curar entonces muy popular. La sustancia empleada era un tartrato de potasio y antimonio. La gente lo tomaba de forma regular para librarse, entre otras cosas, de resacas matinales tras una copiosa cena. Aunque había que tener cuidado porque la dosis médica de ese emético no está muy lejos de la dosis considerada fatal.

Como todos disponemos de mucho tiempo estos días, aprovecho para recomendaros la lectura de la entrada mencionada que, en realidad, iba sobre la presencia de antimonio en el agua vendida en botellas de plástico. A ver si así subo un poco las estadísticas que también están "infectadas".

¡Sed formales y a cuidarse mucho!.

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jueves, 19 de marzo de 2020

Sobre el jabón en tiempos difíciles

Como dice un amigo mío, no tengo la cabeza para muchas tonterías. Y entre esas tonterías está el redactar entradas en el Blog. Pero tengo que ir recomponiendo mi día a día y como esto no deja de ser un diario muy personal, no queda más remedio que dedicar una entrada al tema que estos días nos asola (y nos va asolar), para que quede constancia posterior. Eso si, desde la óptica de un químico en confinamiento. O eso espero...

Entre las labores que me distraen estos días está la de fregar todo lo que se me ponga por delante. Algo que viene de lejos, porque siempre he sido muy fregón ya que, en muchas ocasiones, me sirve de terapia contra el tedio. Y ahora más. Para ello me armo, además de con un Spontex, con pequeñas dosis de Fairy diluido, que me ayudan a acabar con prontitud con los restos de grasa y aceite, probablemente los más engorrosos de eliminar. Es verdad que no hace falta sofisticarse tanto para fregar. Una pastilla de un jabón antiguo y popular como Lagarto, Chimbo o similares produce efectos parecidos en lo que a eliminación de grasas se refiere.

El aceite y otras grasas, debido a sus estructuras químicas, son casi incompatibles con una molécula de estructura radicalmente distinta como es el agua. Lo cual se ilustra fácilmente tratando de limpiar el culo de una sartén, llena de aceite u otras grasas, sólo con agua. Pero algo muy distinto es añadir a ese agua un poco de detergente. Y la diferencia radica en que los detergentes son moléculas conocidas como anfifílicas, que es algo así como moléculas de doble alma. Moléculas que, en las representaciones más simplificadas, se suelen presentar con una cierta apariencia de espermatozoides. Con una cola larga constituida por repetidos grupos CH2, los mismos que están en los componentes la gasolina y, por tanto, de carácter hidrófobo (que repelen el agua). Y, en un extremo, una cabeza que contiene un grupo iónico hidrofílico (al que le gusta estar rodeado de moléculas de agua). En ese doble carácter radican las potencialidades de los detergentes para ayudar al agua a llevarse la grasa.

El mecanismo puede resultar interesante para quien lo oye contar por primera vez (o eso espero). Cuando ponemos jabón en agua, los “espermatozoides” jabonosos se encuentran ante una disyuntiva complicada. La parte de la cola huiría del agua cual gato persa. Y la cabeza iónica perdería el culo por la misma. Pero están indisolublemente unidos y hay que resolver el dilema. Y, para hacerlo, varias moléculas de ese tipo se asocian en estructuras supramoleculares conocidas como micelas, una de las cuales se muestra en la figura adjunta.

En ellas, las cabezas de cada molécula de jabón se colocan en el exterior, facilitando así su contacto con las moléculas de agua que rodean la micela (esas cosas pequeñas que se ven en la Figura). Por el contrario, la "atmósfera" interior está llena de las colas, que así están juntas en un ambiente exento de agua. Y ese interior, en tanto que un ambiente constituido por grupos CH2, es un sitio adecuado para albergar moléculas de aceites y grasas que huyen del agua y que, una vez ahí albergadas, pueden ser arrastradas con más agua en el proceso de limpieza. Esa doble acción de confinar la grasa en el interior de las micelas formadas por el jabón y el posterior arrastre de ellas con el agua de grifo es lo que se suele llamar acción detersiva del jabón. Quizás una excesiva vulgarización del tema pero creo que se entiende.

Pues bien, en estos días en los que, con más miedo que otra cosa, entro a leer artículos de la pandemia en sitios que considero serios, he encontrado varios de ellos en los que se explica por qué funciona el lavado de manos con simple jabón a la hora de protegernos del virus de marras. Por citar alguno, mencionaré un hilo en Twitter que leí, hace casi dos semanas, al periodista y físico Alberto Sicilia (@pmarsupia en Twitter). Si queréis leeros el hilo completo os dejo aquí el enlace. Pero si no andáis muy duchos en lo de las redes sociales, os lo resumo muy fácil.

Si observáis la imagen que encabeza esta entrada (podéis aumentar el tamaño clicando en ella), la parte derecha es un corte del coronavirus de la izquierda. Ahí se ven las proteínas que, como una coronita, decoran la esfera y que son los puntos de enganche que usa el virus en nuestro organismo para colonizarnos. Dentro queda el material genético del propio virus, en forma de esa espiral interior, bien protegido por una envuelta de color rojo que lo aísla. Pues bien, esa envuelta tiene, básicamente, un carácter de grasa y es ahí donde el jabón puede atacar y destruir el coronavirus al llevarse esa grasa, y también algunas proteínas, para albergarlas dentro de micelas como las que acabo de enseñar en el párrafo anterior, micelas que arrastramos cuando nos enjuagamos las manos debajo del grifo despues de lavarlas concienzudamente. Si queréis ver un infograma resumen de lo dicho, publicado en el New York Times el pasado viernes, podéis picar aquí. Pero no sé cuanto tiempo estará disponible sin pagar.

Y ya, cuando tenía esta entrada preparada para publicarla, me encuentro con este artículo de ayer de mi amiga Deborah García Bello, con mucha más información sobre la acción de diferentes productos de limpieza en el coronavirus. Puede que sea hablar de lo mismo, pero dado que no tenemos exactamente la misma "clientela", no creo que sea reiterativo comunicar estas cosas por varias vías.

Hoy, más que nunca, os quiero agradecer que, leyéndome, seáis la razón que me impulsa a seguir escribiendo.

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viernes, 28 de febrero de 2020

Cien años de "Química mugrienta"

Hace poco más de un año, os avisaba en este mismo sitio que los químicos íbamos a dar mucho la tabarra con el asunto del aniversario de la primera propuesta de la Tabla Periódica de los Elementos Químicos. Este año 2020, es muy posible que una parte de esos químicos, los que nos hemos dedicado y se dedican a los polímeros, acabemos por daros la lata (iniciativas hay, aunque quizás menos) con los cien años transcurridos desde la publicación del artículo escrito por Hermann Staudinger, un químico alemán, en la revista Berichte der Deutschen Chemischen Gesellschafts, artículo que se considera como inicio del interés de la Química por esos materiales. Podéis ver la cabecera original del artículo en la captura de su primera página que preside esta entrada, en la que puede comprobarse que el artículo se titulaba Sobre la Polimerización y que se recibió en la revista el 13 de marzo de 1920. Para ver mejor esa cabecera podéis clicar sobre la propia imagen.

Sobre la importancia de esa contribución de Hermann Staudinger publiqué, ya hace algún tiempo, un artículo en el Cuaderno de Cultura Científica (CCC) que podéis encontrar en este enlace. Desde entonces, han pasado casi seis años, el Búho se ha jubilado pero sigue siendo un fiel y curioso devoto de Staudinger, particularmente del cambio brusco que imprimió a su vida cuando se trasladó a la Universidad de Friburgo en 1926 y empezó a considerar seriamente el dedicarse solo a los polímeros. O de los diferentes detalles de su azarosa vida académica entre las dos grandes guerras y de las presiones que sufrió por parte del régimen nazi, ya en los años treinta. Y entre las cosas que he leído estos últimos tiempos, y que no conté en el artículo mencionado, hay tres detalles que voy a utilizar para vestir un poco el anuncio del Centenario que nos ocupa.

En el último párrafo del artículo en el CCC, cuento las presiones del filósofo Martin Heidegger, el decano de Staudinger, que culminaron en 1933 con un intento de destitución por considerarle muy frío con el régimen nazi (aunque parece que no del todo contrario). Al hilo de esto, hace poco leí una entrevista con uno de los estrechos colaboradores de Staudinger en los últimos años de su vida, Helmut Ringsdorf, en la que daba más detalles sobre esos duros meses bajo la vigilancia del decano filósofo. Parece que alguien más alto en la nomenclatura nazi que Heidegger, hizo desistir a éste de sus peores intenciones sobre Staudinger pero, aún y así, se tomaron medidas muy serias para restringir sus actividades y, sobre todo, sus viajes. Cuenta Ringsdorf que, para tratar de soslayar esto último, Staudinger argumentó que sus viajes eran una forma de representar a la ciencia alemana en el exterior y defender sus "Macromoléculas alemanas", una idea no muy lejana a la Medicina Germánica implantada por los nazis y de la que ya hemos hablado alguna vez por su relación con la homeopatía.

Heidegger fue también el causante de que Hans Adolf Krebs, un joven bioquímico que, ese 1932, acababa de obtener su Venia Docendi en el Clínico de la misma Universidad de Friburgo en la que Staudinger trabajaba, fuera destituido fulminantemente. Aquí no hubo dudas porque Krebs era judío. Así que al hombre no le quedó más remedio que, gracias a la brillantez de su carrera investigadora, dejar Alemania en 1933 y buscar refugio en Inglaterra, donde siguió con sus trabajos sobre el Ciclo de Krebs que todo estudiante de Bachillerato hoy conoce, trabajos que contribuyeron a que le dieran el Premio Nobel de Medicina y Fisiología en 1953, compartiendo la ceremonia de entrega con su viejo colega Hermann Staudinger, a quien ese mismo año habían dado el Premio Nobel de Química por su decisiva contribución a la introducción del concepto macromolecular. Hay fotos en los que se les ve juntos, mirando los documentos que les acreditaban como laureados o mostrando divertidos sus respectivos relojes (que desconozco si eran un regalo incluido en el premio o no). Imágenes a las que no puedo enlazar porque son de pago, pero si ponéis en Google los nombres completos de los dos y la palabra photos, tarde o temprano las encontraréis.

Y, para terminar, expliquemos el extraño título de esta entrada. En el artículo del CCC que he enlazado al empezar, se mencionaba el consejo que un reputado químico orgánico, H. Wieland, hizo llegar a Staudinger para tratar de desviarle de su empecinamiento en la existencia de moléculas muy largas o macromoléculas: “Mi querido colega, abandone su idea de las largas moléculas. Las moléculas orgánicas con peso molecular superior a 5000 no existen. Purifique bien sus productos, como el caucho, y así cristalizarán debidamente y le harán ver su carácter de moléculas de bajo peso molecular”. Pero en sus Memorias, redactadas en 1961, Staudinger recuerda también que muchos colegas le preguntaban por qué había decidido dejar los productivos campos de investigación en Química Orgánica que había seguido hasta entonces, en beneficio de unos compuestos "asquerosos y mal definidos", como el caucho o algunos polímeros sintéticos (como el poliestireno ya conocido en ese tiempo). Una Química que, a la vista de las dificultades de manejo que presentaban esas sustancias en el laboratorio y de sus inusuales propiedades, era bautizada despectivamente por esos colegas, en la lengua materna de Staudinger, como Schmierenchemie. Que no se si corresponde al término que he empleado en el título porque no me ha quedado del todo claro tras discutirlo con dos nativos alemanes de mi entorno próximo. Pero visto el contexto, a mi me gusta.

Por cierto, hablando de cumpleaños, este Blog cumple hoy catorce años. Un adolescente, oiga. Con 560 entradas.

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martes, 18 de febrero de 2020

Patatas estresadas

De las cosas que peor me sentaron cuando me jubilé, hace mas de tres años, fue la rapidez con la que mi Uni, a la que dediqué mi vida durante muchos años, me dejó sin posibilidad de entrar en su Biblioteca virtual y poder buscar, leer y descargarme artículos científicos, algo que había hecho en los últimos años de mi vida en activo. Por el contrario, aún me mantienen la cuenta de correo electrónico, que no sirve más que para que se llene de pura basura. Pero el Búho siempre ha tenido, y sigue teniendo, acceso ilimitado a todo lo que se publica en los ámbitos que me interesan, gracias a unos pocos amigos y amigas en diferentes Universidades (lectores de este Blog), que me dejan sus claves para entrar en esos servicios que la EHU me niega. Además de la inestimable posibilidad de usar SCI HUB.

Viene todo esto a cuento porque una amiga que me dejó hace un tiempo sus claves, me escribía el otro día para decirme que había leído una vieja entrada de este Blog sobre el contenido de solanina de las patatas y que le parecía que la tenía que actualizar porque ella, que investiga en una rama de la Medicina, había leído recientemente que la solanina, y algunos otros alcaloides como ella, parece que empiezan a ser estudiados por sus efectos beneficiosos en una serie de dolencias. Y, como no podía ser menos, me puse enseguida a hacer las búsquedas bibliográficas oportunas y pensé que, aprovechando esta entrada y dado que ya ha pasado mucho tiempo desde mi jubilación, podría usarla para agradecer a esta amiga y a otros colegas, cuyo nombre y filiación no mencionaré, su desinteresada (y algo arriesgada) aportación a este tirar del hilito que tanto me divierte y ocupa.

En la vieja entrada que mencionaba mi amiga y que data de 2006, os contaba que me había leído un documento conjunto de la FAO y de la Organización Mundial de la Salud, publicado en 1992 y preparado por dos científicos canadienses, relacionado con los problemas que puede causar la ingesta de solanina, un glucoalcaloide que se genera en las patatas (y en otras cosas como los pimientos), particularmente en situaciones de estrés. Lo de hablar del estrés de las patatas resulta muy efectivo en mis charlas de divulgación porque la gente se mosquea. Y les tengo que explicar que una patata se estresa cuando está mucho tiempo expuesta a la luz, ha sufrido golpes, las condiciones de almacenamiento han variado mucho en el tiempo, etc. Aunque parece que la luz es el estresante más importante. En condiciones no oscuras las patatas generan solanina adicional a la que ya de por sí contienen, que se almacena en la piel o en el propio cuerpo de la patata más próximo a esa piel, particularmente en los llamados "ojos", como los que se ven en la foto que ilustra esta entrada y que no son mas que brotes nuevos de plantas de patata. Además, la luz desencadena la formación de clorofila, que es inofensiva en sí misma pero hace que las patatas se pongan verdes en los mismos lugares donde se concentra la solanina, actuando como una pista visual de las partes que se deben evitar.

A pesar de que han pasado casi treinta años desde su publicación, el estudio arriba mencionado sigue siendo muy interesante porque, por ejemplo, contiene un detallado resumen histórico sobre intoxicaciones contrastadas que han ocurrido por ingestión de patatas desde finales del siglo XIX. Desde soldados alemanes a adultos y escolares ingleses. El caso es que en todo ese historial hay varios muertos y los que han sobrevivido lo han hecho después de episodios más o menos largos de vómitos, diarreas, fiebre, tensión alta y otros síntomas. En los casos mas recientes en la historia, la toxicología fue capaz de establecer que esos episodios se relacionaban con la identificación de altas concentraciones de solanina en los afectados. El informe repasaba también los estudios toxicológicos llevados a cabo con animales de laboratorio para conocer las consecuencias de dosis excesivas de solanina, ilustrando que una dosis de 42 mg por kilo de ratón, administrada de una sola vez, es capaz de cargarse a la mitad de una población de roedores (la llamada Dosis Letal al 50%). De estudios epidemiológicos con humanos venían a concluir que patatas conteniendo entre 20-100 mg de solanina por kilogramo de patatas no parecían causar problemas en humanos, en las cantidades que las solemos consumir como acompañamiento de nuestras comidas.

¿Y qué ha cambiado desde entonces?. Pues bastantes cosas. Después de mi búsqueda bibliográfica más o menos "ilegal" y entre la variada documentación que he manejado, me he quedado con la producción científica de Mendel Friedman, un veterano científico del Departamento de Agricultura americano (USDA), con un amplio historial en todo lo que tenga que ver con las sustancias químicas que uno puede encontrar en las patatas y sus posibles efectos y aplicaciones. Y voy a usar esa bibliografía para actualizar la entrada de 2006.

Curiosamente, entre la bibliografía de Friedman hay una interesante revisión, fechada en el mismo año (2006) en el que yo escribí la entrada del Blog y que se me debió escapar en su momento. En esa revisión se confirman muchos de los extremos expuestos en el artículo de 1992 arriba mencionado relativos a la solanina, extendiéndose la revisión a otro glucoalcaloide presente en las patatas, la chaconina. Ambas sustancias se encuentran, en su mayor parte, en el primer milímetro bajo la piel de las patatas, aunque el dato puede variar de unas variedades de patata a otras. Considerando las especies más comunes, los autores establecen que si eliminamos los primeros 3/4 milímetros de patata bajo la piel, dejamos a esta, sea de la variedad que sea, prácticamente libre de los glucoalcaloides mencionados.

Ambos glucoalcaloides son usados por el tubérculo como una forma de defenderse de determinados patógenos. Curiosamente parece que la chaconina se ha ido generando a medida que, en las variedades mas cultivadas, esos patógenos se fueron haciendo resistentes a la solanina. En línea con esta idea, la revisión contiene otros datos muy interesantes, al menos para mí, como el que las patatas derivadas de agricultura orgánica contienen más glucoalcaloides que las cultivadas convencionalmente, probablemente porque al no emplearse (casi) plaguicidas en el cultivo orgánico, la patata reacciona generando más glucoalcaloides como defensa. O que los tubérculos atacados por plagas del escarabajo de la patata producen más glucoalcaloides que los usados como control y libres de los escarabajos en cuestión.

Al final de artículo, y en la línea de lo que me decía mi amiga, aparece un apartado sobre los posibles efectos beneficiosos de la solanina y la chaconina, apuntando su potencial carácter antialérgico, antipirético, antiinflamatorio y su posible acción antibiótica frente a bacterias, virus y hongos. Otro apartado describe la habilidad de estas moléculas en la destrucción de células cancerosas ligadas al cáncer de colon en humanos. Datos que se han ido confirmando en posteriores estudios firmados, entre otros, por el propio Friedman (ver por ejemplo, aquí).

La cuestión de las dietas seguras de los glucoalcaloides de las patatas sigue abierta, aunque parece que la ingestión media diaria de patatas por parte de un europeo hace que este rara vez ingiera más de unos 15 miligramos de solanina y chaconina, mas de diez veces por debajo del límite a partir del cual pueden aparecer efectos adversos. Pero, por si las moscas, y en lo que al consumo habitual de patatas en vuestra casa se refiere, mejor las conserváis en sitio fresco y con poca luz y os las vais comiendo con relativa rapidez. Y en cuanto observéis un "ojo" o que la patata está verde bajo la piel, peladlas en mayor profundidad, eliminando sin duelo lo que adorne su superficie. Porque cocinarlas, ya sea cociéndolas o friéndolas a alta temperatura, no elimina esos compuestos de vuestro amado tubérculo.

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martes, 28 de enero de 2020

¿Polietileno en el café?

Desconozco si estáis al loro de la reciente publicación por parte del Catedrático de la Facultad de Medicina de la Universidad de Granada, Nicolás Olea, de un libro que, bajo el atractivo título "Libérate de tóxicos", se debe estar vendiendo como rosquillas. Yo ya me lo he leído dos veces y, por ahora, no voy a hablar de él porque quiero hacer una síntesis adecuada para contarlo aquí con todo detalle. Lo que quizás me lleve el resto de vida que me queda. Pero como todo autor de libro que se precie, una vez publicado hay que promocionarlo y uno de los hitos de esa promoción fue una entrevista en El País aparecida el pasado 19 de noviembre.

Como suele pasar siempre que el Prof. Olea sale en los medios tras publicar algo relacionado con el uso de los plásticos, también en esa entrevista utiliza expresiones que no se corresponden con la realidad. Quería haber escrito algo al respecto mucho antes pero he tenido que hacer, como veréis a continuación, una serie de averiguaciones en lo que constituía mi Negociado antes de la jubilación y así poder contaros una historia documentada.

En la entrevista, el Prof. Olea vuelve con el mantra de que los niños orinan plástico, algo de lo que ya hemos hablado en este Blog ["Todos niños españoles orinan plástico, que viene del consumo alimentario. Principalmente, bisfenol A. ¿Cuándo se va a prohibir? ¿En 10 años? Cuando lo publicamos nos dijeron que los niveles eran bajos. No admitimos que nos digan que es normal orinar plástico"]. Pero esta vez introduce un nuevo bulo para captar la atención de los lectores que, al menos yo, no se lo había oído ni leído antes: ["Cuando bebes café de la máquina estás bebiendo también polietileno del vaso"]. Casi todos los que me seguís sabéis que el polietileno es uno de los plásticos más fabricados desde que los humanos pusimos plástico en la faz de la Tierra. Y que se utiliza en muchas aplicaciones, que van desde las humildes bolsas de basura a determinadas partes de una cadera artificial.

Y también está, en forma de un delgado filme, en la cara interna de uno de esos vasos de café o té con los que la gente pulula ahora por las calles, donde cumple el papel de impedir que la bebida caliente humedezca el papel con el que se fabrica el cuerpo del vaso. Vasos como los que se ven en la portada de la entrada y que comercializa la compañía de café más grande del mundo, con establecimiento en una de las calles importantes de Donosti y en el que no había entrado hasta que decidí hacerme con uno de esos recipientes para componer esta entrada.

Después de que la Búha se bebiera el café calentito, al que previamente y de forma discreta habíamos medido la temperatura cuando nos lo entregaron, 78ºC, nos llevamos el vaso vacío a casa y lo puse durante una noche en un cubo con agua. A la mañana siguiente y con un poco de trabajo, conseguí separar adecuadamente un filme delgado de plástico del resto del vaso y con él me encaminé a los laboratorios de la Facultad de mis amores y se lo confié a dos compañeras que llevan media vida analizando todo tipo de cuestiones relacionadas con plásticos industriales. Y, de manera resumida, os voy a comunicar los resultados.

El plástico constitutivo del filme del vaso de Starbucks es polietileno (el mismo del que habla Olea), el llamado de baja densidad. Eso se puede precisar sin discusión después de los adecuados análisis realizados por mis amigas usando la Espectroscopia Infrarroja de Transformada de Fourier (FTIR). El resultado se corrobora con la determinación de la temperatura a la que se produce la fusión de ese plástico (108 ºC), mediante otra técnica denominada Calorimetría Diferencial de Barrido (DSC). Ese dato es fundamental para rebatir, en primera instancia, la afirmación de D. Nicolás. Ese polietileno no fundiría en contacto con el café caliente a una temperatura inferior a su punto de fusión, sino que seguiría en estado sólido y bien pegado al papel del vaso. Aunque, todo hay que decirlo, si fundiera tampoco pasaría nada porque el polietileno es un material de marcado carácter hidrófobo (que repele el agua, vamos) y, si fundiera, formaría una especie de chicle en el agua que lo haría palpable en boca. Ese mismo carácter hidrófobo, sumado a su condición de material polimérico cristalino, impide la solubilización del polietileno en agua, otra posible vía para pasar al café.

Hay otro posible origen en la aseveración del Prof. Olea. En el asunto de mear plástico, y no se sabe si interesadamente o porque es un aficionado en el mundo de los plásticos, identifica la materia prima empleada para fabricar algunos de ellos (el Bisfenol A) con los plásticos en cuestión (como, por ejemplo, el policarbonato). Por tanto, podríamos esperarnos que, en este caso y con una lógica similar, identificara también el polietileno con alguna sustancia que pudiera quedar ocluida en él como consecuencia de su síntesis o posterior procesado para formar el filme. Para investigar ese posible evento, mis amigas han sometido al filme a otra técnica habitual en nuestro campo, la Termogravimetría (TGA), muy utilizada en el estudio de procesos de degradación de plástico a altas temperaturas.

Tras pesar algo menos de un miligramo del filme de polietileno despegado del vaso, lo mantuvieron a una temperatura de 100 ºC durante una hora y en presencia de aire. Esa temperatura está bastante por encima de la que razonablemente tiene el café en el vaso cuando nos lo sirven y, por tanto, el experimento con nuestra termobalanza reproduce un caso bastante extremo de las condiciones en las que consumimos nuestro brebaje. Si el filme de polietileno desprendiera cualquier tipo de sustancia que pudiera pasar al agua, eso se reflejaría en la termogravimetría en una perdida de peso del filme, que nuestro instrumento detectaría hasta niveles de unos pocos microgramos. Nada de eso ha ocurrido en el experimento, lo que razonablemente demuestra que desde el filme plástico del interior de nuestro vaso de café no ha migrado sustancia alguna a la bebida a consumir.

Y en el hipotético caso de que cantidades extremadamente pequeñas de sustancias migraran desde el polietileno (que no el propio polietileno) al café, allí se unirían a los centenares de sustancias constitutivas de ese café, alguna de carácter cancerígeno como la acrilamida y muchas con carácter estrogénico. Un trabajo muy reciente [R. Kiyama, Nutrients 11, 1401 (2019)] revisa ese último carácter de los casi innumerables componentes del café. Si bien en algunos casos su presencia en el café tiene efectos beneficiosos, hay otros componentes que pueden actuar como disruptores endocrino, un tema en el que el Prof. Olea es un investigador de reconocido prestigio.

Pero, resumiendo lo fundamental, "Cuando bebes café de la máquina NO te estás bebiendo también el polietileno del vaso". Y punto.

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miércoles, 22 de enero de 2020

Los perfumes se hacen sostenibles

Según Melody M. Bomgardner, una articulista habitual en el Chemical Engineering News (CEN) que sigo devotamente, cuando en 1921 el perfumista Ernest Beaux produjo una serie de esencias para Gabrielle "Coco" Chanel y ella eligió la que se convertiría en el famoso Chanel n. 5, se abrió la veda a la democratización del perfume. Beaux introdujo en la fórmula original una mezcla de aldehídos, unos compuestos aromáticos de síntesis, rompiendo así la tradición de emplear solo extractos provenientes de todo tipo de sustancias naturales, generalmente flores pero también semillas, extractos de animales, etc.

Ello condujo al interés de muchos químicos y empresas en aislar e identificar una gran parte de los aromas hasta entonces imperantes y, posteriormente, a tratar de sintetizarlos en el laboratorio. Pero no se quedaron ahí y sus investigaciones dieron lugar a nuevas moléculas aromáticas que no se habían encontrado en la Naturaleza. Algunas se obtuvieron por pura chiripa, otras como subproductos de intentos de sintetizar moléculas naturales y, en otros casos, la pura curiosidad de los químicos hizo que se buscaran (y encontraran) moléculas químicamente muy parecidas a algunas de los aromas tradicionales. Toda esta actividad, que dio lugar también a la consolidación de las grandes empresas que hoy controlan el mercado de los aromas de perfumería, generó una amplia paleta de los  mismos con la que los grandes perfumistas introducen matices o "notas" para cautivar al consumidor.

En el momento actual, el mercado de la perfumería mueve miles de millones de euros cada año, en gran parte por la incorporación al mercado de las jóvenes generaciones urbanas, que no salen a la calle sin su esencia preferida puesta. Y, si eso es así, es porque la inclusión de productos de síntesis en las fragancias ha abaratado las mismas, haciéndolas accesibles a capas sociales para las que antes un buen perfume era algo prohibitivo. Sin embargo, esas mismas generaciones jóvenes son las que reclaman hoy en día la vuelta al empleo de aromas naturales, haciendo que los grandes suministradores de fragancias (que son cuatro y el del tambor a día de hoy) tengan que devanarse los sesos para poder acercarse a esa petición mayoritaria.

Porque las complicaciones surgen de variados frentes. Por ejemplo, la actual versión del Chanel n.5 está sujeta a revisión. Resulta que, entre sus componentes, están algunos derivados de musgos naturales que proporcionan notas a madera. Pero la UE los ha conceptuado como alérgenos y parece que incluso los va a prohibir. En otros casos, aromas muy solicitados como el sándalo, la vainilla o el pachuli se producen en cantidades muy pequeñas para la actual demanda. Si elimináramos sus homólogos de síntesis que se están usando y tendiéramos a emplear solo los que surgen de la Naturaleza, necesitaríamos semejante cantidad de terreno para producirlos, en muchos casos en países pobres o en vías de desarrollo, que alteraríamos por completo el equilibrio ecológico de esas zonas. Por explicarlo más clarito. El sándalo proveniente de India del que, para obtener su fragancia, solo se utiliza la madera de la parte central del tallo (que se ve en la foto de la entrada), tiene el problema que ese tallo tarda decenios en crecer, por lo que su tala ha tenido que ser restringida por las autoridades porque se estaba llevando a cabo una extinción casi total de la especie.

Así que, según Bomgardner, se empieza a apreciar una tendencia en los fabricantes a sustituir en el marketing la palabra "natural" por la palabra "sostenible", con la esperanza de que los consumidores educados entiendan que la segunda palabra tiene mucho más contenido ecológico y les faciliten a ellos la labor. La estrategia tiene algunos "trucos" que ya he explicado en otra entrada. Por ejemplo, algunas empresas del ámbito biotecnológico han desarrollado microorganismos que producen aromas (por ejemplo, el más distintivo del citado sándalo) a partir de procesos fermentativos a base de productos derivados de la biomasa. Ciertamente se elimina el problema de la extinción de árboles y se adorna el proceso con el uso de microorganismos y biomasa de origen natural pero, al final, la molécula obtenida es la misma que se puede generar mediante síntesis química convencional.

Otras, como Chanel, han llegado a un acuerdo con el gobierno de Nueva Caledonia para plantar y explotar sándalo, comprometiéndose a mantener una población estable de árboles. Y, finalmente, otras como el gigante Givaudan han optado por el llamado Five-Carbon Path que, básicamente, trata de incrementar el número de compuestos renovables usados en la síntesis, incrementar la eficiencia de esos procesos, conseguir la máxima biodegradación de sus compuestos finales, incrementar la potencia aromática de cada uno de ellos y utilizar, en lo posible, materias primas provenientes del reciclado de otras.

Si uno pone en Google perfumes sostenibles, ya empiezan a menudear marcas que utilizan ese reclamo para vender sus productos. Veremos en qué queda la cosa...

Fuente: M.M. Bomgardner, Chemical Engineering News, 22 de abril 2019, pag. 31.

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