viernes, 24 de julio de 2026

La azarosa vida de un aprendiz de químico

Durante los últimos años, ha sido habitual encontrar en los medios noticias relativas a la retirada, por parte de la policía, de frascos antiguos guardados desde hace años en laboratorios de colegios públicos, conteniendo una sustancia denominada ácido pícrico. La más reciente se refiere a distintos colegios vascos, en los que la Ertzaintza ha retirado (y explosionado) ese tipo de recipientes. La razón no es otra que el ácido pícrico, después de décadas de falta de uso, puede explotar de forma espontánea. La noticia no ha tenido reflejo más allá de unas pocas líneas o unos pocos segundos en los informativos, pero a mi me ha hecho recordar (algo que me ocurre de vez en cuando) mis primeros contactos con la Química. No llego al nivel de lo que cuenta Oliver Sacks en el recomendable libro de sus recuerdos como químico precoz, pero hice mis pinitos desde tierna edad. Lo que me suele incitar a reflexionar sobre cómo ha cambiado la percepción del riesgo en el manejo de sustancias químicas, algunas ciertamente peligrosas (otra vez el binomio peligro/riesgo).

El ácido pícrico (o 2,4,6-trinitrofenol) fue un reactivo muy habitual en laboratorios docentes durante buena parte del siglo XX. Se empleaba en análisis químicos, tinciones histológicas y demostraciones de laboratorio. No es especialmente peligroso cuando está húmedo, que es como normalmente se almacenaba. De hecho, los envases comerciales solían contener entre un 10 y un 30 % de agua para mantenerlo estabilizado. El problema aparece cuando el agua se evapora durante décadas de almacenamiento. El sólido seco es muy sensible al impacto, la fricción y el calor, por lo que un bote antiguo no debe abrirse ni manipularse. Además, si el ácido entra en contacto durante años con tapas o estanterías metálicas, pueden formarse picratos metálicos (de hierro, cobre, plomo...), que son todavía más proclives a la explosión que el propio ácido pícrico.

Creo recordar, aunque no estoy seguro, que yo tenía ácido pícrico en mi primer juego de Química, que los Reyes me trajeron a principios de los 60. No recuerdo el año exacto pero, desde luego, no más tarde de 1963, cuando nos cambiamos de casa, porque estoy seguro de que, viviendo en ella, casi provoqué un incendio al derramarse el alcohol etílico contenido en un mechero como el que véis a la derecha de la figura, con el que calentábamos los tubos de ensayo para producir algunas reacciones. El alcohol ardiendo se desparramó por la mesa, cayendo a la alfombra. Menos mal que mi padre anduvo listo apagando el asunto con una toalla.

El incidente no me apartó de similares actividades peligrosas. En uno de los bajos de la casa del incidente con el mechero, había un garaje en el que se guardaban unas camionetas de la empresa Carburos Metálicos. De vez en cuando, los conductores limpiaban la caja de los vehículos y depositaban los restos en un descampado próximo que, con el tiempo, fue convirtiéndose en una montañita de color oscuro. Pronto descubrimos que rascando en su superficie y cogiendo el sólido más blanquecino del interior, metiéndolo en un bote, colocándolo boca abajo en un agujero y vertiendo agua en él, el bote se convertía en un proyectil. Nunca nos pasó nada, pero hoy sé con certeza que lo que ocurría es que el carburo (probablemente de calcio) reaccionaba con el agua produciendo acetileno, un gas que, en el bote boca abajo, cogía presión y…. Hay alguna otra anécdota de mis años de aprendiz de química en otras entradas del Blog. Como la que cuenta nuestro peregrinar por carbonerías, droguerías y farmacias de mi pueblo, a la búsqueda de los ingredientes para fabricar una variante de pólvora. Tengo muestras indelebles en mi mano, casi sesenta años después, de una explosión “incorrecta”.

Años después (menos de diez), siendo ya un estudiante de Química en Zaragoza, una gamberrada habitual era robar pequeños trozos de sodio durante las prácticas de laboratorio, irnos al exterior de la Facultad y lanzarlos a un estanque que había en los jardines próximos. La reacción del sodio con el agua era violenta y espectacular. Es evidente que eso es hoy imposible (o casi). Como lo son otras prácticas de entonces, como pipetear con la boca todo tipo de líquidos y disoluciones, evaporar disoluciones de benceno, cloroformo o tetracloruro de carbono, trabajar con mercurio y sus compuestos sin demasiadas precauciones, preparar, sin emplear vitrinas, cloro (con el que tuve un incidente desagradable), sulfuro de hidrógeno o dióxido de nitrógeno, o fumar en los laboratorios o aledaños. Hoy parece increíble, pero ocurría. Y quizás ahora nos hemos ido al otro extremo, como cuando, a punto de jubilarme, vi entrar a un laboratorio a un bedel (hoy PAS), con una de las máscaras de mayor nivel de seguridad. Ante mi extrañeza, me dijo que la llevaba porque iba a cambiar una bombilla en un laboratorio donde se trabajaba con monómeros vinílicos (algunos, pero no la mayoría, ciertamente cancerígenos). No pude contener una sonrisa entre malvada y melancólica.

Seguro que estos azarosos viejos tiempos los recuerda también mi amigo y colega Carlos Ubide quién, al hilo de la noticia del pícrico que ha dado origen a esta entrada, me contaba recientemente que, cuando él trabajaba en el Departamento de Química Analítica de la Facultad zaragozana arriba mencionada, los botes de ácido pícrico que se almacenaban en las baldas se usaban, sobre todo, para curar las clásicas quemaduras que siempre se producían en los laboratorios. Quizás esa sea la razón por la que, en muchos laboratorios de Química de Institutos de Secundaria, se estén recogiendo ahora viejos frascos de ese reactivo.

Hoy volvemos a los clásicos más clásicos. De Johann Sebastian Bach, un extracto de la Suite para orquesta nº 3. Con nuestra habitual Filarmónica de Berlín y Ton Koopman como director.

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miércoles, 8 de julio de 2026

Falsos positivos en el análisis de Micro y Nanoplásticos

En una entrada de febrero de 2025, donde os contaba cosas sobre Microplásticos y Nanoplásticos (MNPs) encontrados en las proximidades de las estaciones científicas establecidas en la Antártida, mencionaba al final un artículo que se acababa de publicar en Nature Medicine sobre la presencia de MNPs en cerebros de personas fallecidas. A tono con lo que hablábamos en la anterior entrada sobre los usos y maneras de comunicar actualmente la Ciencia, el investigador principal del trabajo manifestó, a los muchos medios que quisieron escucharle, que los cerebros que habían estudiado contenían hasta siete gramos de MNPs, el equivalente al peso de una cucharilla de plástico convencional. Los resultados de ese trabajo han sido criticados en diversos ámbitos, como bien resume este artículo, y ha sido el punto álgido de una amplia controversia que ha ido creciendo a lo largo de los últimos meses. Y voy a ver si dejo todo esto claro en la entrada de hoy.

A lo largo de esta década se han detectado y cuantificado los mencionados MNPs en la sangre y, merced al riego sanguíneo, en diversos órganos del cuerpo humano. Ello ha sido posible gracias a nuevas técnicas experimentales, entre las que se encuentran diversas espectroscopías (FTIR y Raman) y una técnica combinada, denominada pirólisis/cromatografía de gases/espectrometría de masas (Py-GC-MS). En enero de 2025, un artículo llamaba la atención sobre el hecho de que muchas de las detecciones de MNPs en el cuerpo humano, se han realizado con esta última combinación y planteaba algunas dudas metodológicas sobre su empleo.

En el análisis mediante esa técnica de una muestra, (por ejemplo, de uno de los cerebros con MNPs), se somete a la misma a un calentamiento a alta temperatura (pirólisis), que fragmenta las moléculas en ella contenidas, fragmentos que la cromatografía separa y la espectrometría de masas identifica. Por tanto, la técnica no analiza el material directamente, no observa el plástico en su integridad, sino sus productos de degradación. La idea es que cada sustancia (por ejemplo una micropartícula de polietileno) deja una especie de perfil o “firma química” de sus fragmentos moleculares. Pero el problema es que se pueden producir productos de pirólisis de otras sustancias, parcialmente coincidentes con los empleados como marcadores de determinados plásticos. Por ejemplo, en el cerebro y otros órganos, hay muchos lípidos que dan productos de pirólisis muy similares a los de una partícula de polietileno. Los autores del artículo de enero de 2025, arriba citado, llegan a identificar hasta 18 contribuciones científicas con problemas de ese tipo, incluido el artículo sobre la presencia en el cerebro. Ello no implica necesariamente que todas esas conclusiones sean erróneas, sino que sus resultados deberían interpretarse con cautela hasta que puedan confirmarse mediante metodologías más específicas.

Un nuevo trabajo, publicado en marzo de 2026, ha puesto en cuestión otras técnicas analíticas también usadas para la detección de micro- y nanopartículas de plástico. Los autores han constatado las complicaciones derivadas de algo aparentemente trivial, cual es el uso de guantes en el laboratorio. Paradójicamente, una medida diseñada para evitar la contaminación en ese medio puede convertirse en una fuente importante de error. Muchos guantes, especialmente los muy habituales de nitrilo o látex, contienen compuestos como los estearatos, utilizados como agentes desmoldantes en su proceso de fabricación. Estos compuestos no son plásticos, pero tienen una característica crucial, cual es el hecho de que su estructura química y, consiguientemente, sus señales espectroscópicas en técnicas como las espectroscopías FTIR o Raman, son muy similares a las de ciertos polímeros, como el ya mencionado polietileno. Así que cuando una muestra entra en contacto con estos guantes, incluso en seco, puede contaminarse con residuos de esos estearatos y posteriormente, estos residuos pueden identificarse erróneamente como microplásticos, resultando así falsos positivos derivados del propio proceso experimental.

Tanto en las técnicas espectroscópicas mencionadas como en la Py-GC-MS, la identificación suele basarse en la comparación automática del espectro obtenido con la muestra con los contenidos en bases de datos (librerías), vastas colecciones de espectros de muchas moléculas químicas. El software busca el mejor ajuste entre el espectro obtenido y esa base de datos. Este modo de trabajar es, hoy en día, muy potente, pero no infalible. Si la librería es incompleta, o si contiene compuestos con señales similares, el algoritmo puede asignar una identidad incorrecta, calificándola encima como de “alta confianza”. Aquí aparece un problema epistemológico interesante: la precisión aparente de los resultados puede ocultar una incertidumbre real en la identificación.

Lo más interesante es que los dos problemas, el de los guantes y el de la la pirólisis, son conceptualmente diferentes: en el caso de los guantes, hablamos de contaminación directa mientras que en el caso de la Py-GC-MS, de ambigüedad química inherente. Y sin embargo, ambos conducen al mismo resultado: una posible sobreestimación del número de microplásticos. Esto es importante porque refuerza la idea de que no se trata de errores aislados o anecdóticos. Estamos ante limitaciones estructurales en la forma de medir, ilustrando un principio fundamental en Química Analítica: la diferencia entre sensibilidad y especificidad. Mientras que la sensibilidad es la capacidad de detectar cantidades muy pequeñas, la especificidad es la capacidad de distinguir correctamente qué es lo que estamos detectando. Las técnicas modernas son extraordinariamente sensibles. Podemos detectar trazas casi ridículas de sustancias químicas en matrices complejas. Pero esa sensibilidad no siempre va acompañada de una especificidad equivalente. El resultado es un terreno fértil para los falsos positivos.

¿Significa esto que no hay microplásticos en nuestro organismo?. No. Y es importante dejarlo claro. Como ilustra el trabajo mencionado más arriba, estudios llevados a cabo sobre los llamados sistemas de administración dirigida de medicamentos y también sobre la inhalación de las partículas de menos de 10 o 2,5 micras, las llamadas PM10 y PM2.5, analizadas rutinariamente por los sistemas que controlan la calidad del aire de nuestras ciudades, nos han dado mucha información sobre lo que ocurre con micro- y nanopartículas en nuestro organismo. Gracias a esos estudios, sabemos que las partículas ingeridas con tamaños superiores a 2,5 μm pasan por el tubo digestivo y se expulsan por las heces. Solo, fundamentalmente, las menores de 2,5 μm pueden atravesar las membranas celulares e incorporarse a la circulación sanguínea. En lo que se refiere a las que inhalamos, solo las partículas menores de 1 μm (nanopartículas) pueden atravesar las barreras del tejido pulmonar y entrar también en el sistema circulatorio. El resto las expectoramos o pasan al conducto digestivo. Una vez que esas partículas muy pequeñas acceden al torrente sanguíneo, las de menos de ∼6 nm se eliminan rápidamente, a través de los riñones, mediante la excreción urinaria, mientras que las partículas más grandes pueden eliminarse de la circulación mediante su secuestro en el hígado y el bazo. Pero, a pesar de todos esos procesos de eliminación disponibles a nuestro organismo, es prácticamente seguro que partículas muy pequeñas de plástico puedan pasar al riego sanguíneo y distribuirse en nuestro organismo.

Las limitaciones de técnicas instrumentales como las descritas en los párrafos anteriores han tenido su reflejo, a lo largo de los últimos meses, en diversos medios generalistas. Como, por ejemplo, The Guardian, que se había hecho eco en tono bastante alarmista de artículos sobre la presencia de MNPs en el cuerpo humano, en enero de este año llamaba la atención sobre las serias dudas que plantean muchos de ellos. Y a finales de abril de 2026, la revista Chemical Engineering News, el órgano de la American Chemical Society se preguntaba si realmente tenemos tanto plástico en el cerebro como para constituir una cucharilla, animando a los químicos analíticos a desarrollar métodos robustos para analizar MNPs.

Porque supongo que a nadie se le escapa que este tipo de problemas tiene implicaciones más allá de la correcta gestión de un laboratorio. En un contexto donde los MNPs generan preocupación social, los datos científicos alimentan narrativas, políticas y decisiones regulatorias. Si esos datos están sesgados, aunque sea parcialmente, el efecto puede amplificarse. Aquí es donde esta historia conecta con temas que me preocupan y mucho, como la correcta percepción del riesgo o, su derivada, la quimiofobia rampante. La cuestión no es solo qué sustancias hay en el entorno, sino cómo las detectamos, cómo interpretamos los resultados y cómo los comunicamos.

En conclusión, las limitaciones de la pirólisis y el caso de los guantes nos recuerdan algo esencial: medir no es un acto neutro. Cada técnica tiene sus fortalezas y sus sesgos, y entenderlos es tan importante como los propios resultados. En el caso de los MNPs, lo que estamos viendo estos últimos meses parece indicar que debemos avanzar hacia metodologías más robustas, controles más estrictos y una interpretación más crítica de los datos, como decía el artículo del CEN. Porque, al final, la pregunta no es solo cuánto hay ahí fuera, sino cuánto de lo que vemos es realmente lo que creemos.

De las cuatro últimas canciones de Richard Strauss: "Im Abendrot" (“Al anochecer”) con Camilla Nylund, soprano y la Filarmónica de Berlín bajo la batuta de Gianandrea Noseda.

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martes, 30 de junio de 2026

Noticias que me han interesado en junio

Antes de nada, quiero dar las gracias a todos los que me han animado tras leer, en la última entrada, que el mes de junio estaba siendo un poco triste para mi. El día 2 falleció súbitamente un buen amigo. Que, además, era mi profesor de golf desde hace un par de años. Así que los primeros días de este mes, que andábamos por Galicia tomando el sol, comiendo bien y golfeando, cada vez que le pegaba a una bolita blanca recordaba sus consejos en la caseta de prácticas. Junio también ha sido un mes intenso en celebraciones familiares así que, aunque he leído muchas cosas interesantes, lo he hecho con poca intensidad y he decidido resumirlas en una única entrada porque, si no, esas lecturas acabarán perdidas en el laberinto de mis ya vetustas neuronas. A ver cómo sale, que es la primera vez que escribo una entrada como esta. Compuesta de cinco apartados que podéis ir leyendo separadamente.

El agua del grifo de Londres contiene PFAS, pero en niveles sorprendentemente bajos.

Ese es el título de una noticia publicada este mes en la revista Chemistry World, que hacía referencia a un artículo científico publicado en la revista de la Royal Society of Chemistry. El trabajo analizó la presencia de 38 sustancias perfluoroalquiladas y polifluoroalquiladas (PFAS) en el agua potable municipal de Londres, en 210 muestras procedentes de 92 hogares y 12 fuentes públicas y suministrada por cuatro compañías diferentes.

Como probablemente hayáis oído o leído, las PFAS constituyen una familia de varios miles de compuestos fluorados, utilizados desde la década de los cincuenta por su extraordinaria resistencia al calor, la grasa y el agua. Se han empleado y se emplean en numerosas aplicaciones, como espumas contra incendios, textiles impermeables, envases alimentarios, recubrimientos antiadherentes en sartenes y en otros ámbitos menos citados pero muy importantes, como el electrónico o el farmacéutico. Su gran estabilidad química hace que persistan durante mucho tiempo en el medio ambiente, lo que les ha valido el sobrenombre de "productos químicos eternos" (forever chemicals). Algunos PFAS, especialmente los de cadena larga, como los denotados con las siglas PFOS y PFOA, son bioacumulables y se han asociado en estudios epidemiológicos y toxicológicos con diversos efectos adversos para la salud, lo que ha llevado a restringir su uso. Sin embargo, la toxicidad varía considerablemente entre los distintos PFAS y el principal reto científico y regulatorio actual consiste en determinar qué niveles de exposición representan un riesgo real para la población.

Los autores detectaron hasta 10 PFAS diferentes de los 32 investigados. Ninguna de las muestras de agua superó el umbral de seguridad vigente en Inglaterra para ellos (10 ng/L para un PFAS individual y 100 ng/L para la suma de PFAS), lo que indica una elevada calidad del agua distribuida. Los autores realizaron además una evaluación del riesgo derivado de la ingesta diaria de agua por la población y concluyeron que la exposición a los cuatro PFAS considerados prioritarios por las agencias que velan por nuestra salud (PFOS, PFOA, PFNA y PFHxS), se mantiene por debajo de la ingesta diaria tolerable (TDI), establecida por la Agencia Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA), en el 100 % de las muestras analizadas. Un resultado que yo creo que casi nadie esperaba.

Finalmente, se ensayaron cinco jarras filtrantes comerciales (tipo la que en España se vende bajo la marca Brita). Todas eliminaron al menos el 85 % de los PFAS presentes en el agua y las más eficaces alcanzaron reducciones cercanas al 99 %. Aunque los autores consideraron que, dadas las bajas concentraciones observadas, el uso de estos filtros no resulta generalmente necesario en Londres. También adviertieron de que el estudio no incluyó PFAS ultracortos, como el ácido trifluoroacético (TFA), del que hablamos no hace mucho, cuya vigilancia requerirá investigaciones futuras.

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El brillo del agua con gas es un artículo de Joe Schwartz, director de la Oficina para la Ciencia y la Sociedad de la canadiense Universidad McGill, uno de mis divulgadores favoritos y antiquimiofóbico declarado. El artículo describe los primeros usos medicinales del agua con CO2 que emerge, de forma natural, en ciertas fuentes termales, así como de los primeros intentos de generar ese agua carbónica artificialmente.

El primer en considerarlo fue Joseph Priestley, más conocido por su papel en el descubrimiento del oxígeno en 1774. Priestley vivía junto a una cervecería y le intrigaban las burbujas de dióxido de carbono que veía ascender en la cerveza. Esto le dio la idea de carbonatar el agua (así se llama poner CO2 en ella). Priestley diseñó un aparato que conectaba un recipiente de vidrio, donde se mezclaban tiza y ácido sulfúrico para producir el gas, con una vejiga de cerdo conectada a un tubo que conducía a una botella llena de agua. El gas generado llenaba la vejiga, que luego se comprimía para bombear gas a presión a través del agua. Mediante este método, se disolvía suficiente gas en el agua como para producir una aceptable bebida con burbujas. Lo de la vejiga originó una agria polémica con el médico escocés John Nooth, quien se interesó por el invento y el uso medicinal de esa agua pero que aducía que el agua de Priestley sabía a orina. Finalmente, se llegó a un dispositivo solo de vidrio.

Con el tiempo, Jacob Schweppe, un inventor suizo, amplió el aparato, le añadió una bomba de presión y puso el agua carbonatada al alcance de todos. Lo que demostró en 1851, en la Gran Exposición de Londres, con una gigantesca fuente que arrojaba agua carbonatada bautizada como Schweppes. Ahora se comercializan dispositivos para añadir CO2 al agua, mediante el procedimiento de pasar CO2 proveniente de una bombona a presión a través del agua de una botella (sin enchufarlo a ningún sitio). Un agua con gas no muy diferentes a la que se vende en los supermercados que, si os fijáis en la etiqueta, en muchos casos se declara que contiene CO2 añadido. Pero la de ese dispositivo (yo tengo uno en casa) sale mucho más barata.

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El vino con sabor a colchoneta de playa
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Tengo siete sobrinos y solo uno proviene de la aportación de la Búha. Ha heredado de la familia de su madre (mi cuñadísima) la políticamente incorrecta costumbre (y ahora poco habitual en un treintañero) de apreciar el vino. Hace un par de semanas, me llamó para contarme que, en una comida con un amigo, habían bebido un blanco de Lanzarote y que había detectado un aroma como a “colchoneta de playa recién comprada”. Y que no era la primera vez que le pasaba.

Como tengo mucha bibliografía sobre la llamada cromatografía olfatométrica y contactos con gente que trabaja en ella, he hecho las pertinentes pesquisas y he llegado a la conclusión de que la nota descrita por mi sobri corresponda, probablemente, a la familia de aromas que los expertos catadores describen como plástico/vinilo/fenólico y que, en la literatura y merced a la cromatografía olfatométrica antes citada, se asocia a compuestos como el 4-vinilfenol, especialmente en vinos blancos. Este compuesto se forma por descarboxilación del ácido p-cumárico presente en la uva y no se considera necesariamente un defecto del vino. En tintos, aromas similares suelen deberse a un primo del anterior, el 4-etilfenol, producido por las bacterias Brettanomyces.

Igual tenemos un “nariz de oro” en la familia y no nos hemos enterado.

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La imagen de la IARC (Agencia Internacional para la Investigación sobre el Cáncer) se está desmoronando.


Así lo entendía el pasado 10 de junio una entrada del blog Firebreak, al que estoy suscrito. Gracias a él me enteraba de que el Departamento de Estado de Estados Unidos, junto con el Departamento de Salud y Servicios Humanos, dirigido por RF Kennedy Jr., con el que me he metido en varias recientes entradas, habían hecho público un comunicado de prensa que concluía que las evaluaciones de riesgo de la IARC eran inconsistentes, carecían de transparencia y no eran aplicables a ninguna situación real. David Zaruk, el propietario del Blog, manifestaba sus sentimientos encontrados ante la noticia, ya que se ha manifestado muchas veces contra RFK Jr. y sus decisiones, pero también ha sido un acérrimo crítico de la filosofía de la IARC. Al leer la nota yo he experimentado sensaciones parecidas a las de Zaruk.

Porque el Búho también se ha manifestado contrario a las decisiones de la IARC en algunas charlas y alguna entrada como esta, donde expliqué que las evaluaciones de esa agencia se basan fundamentalmente en el peligro o amenaza latente de determinadas sustancias, demostrado por estudios en animales y en humanos, pero esas evaluaciones no tienen en cuenta las dosis que nos pueden hacer daño o, lo que es lo mismo, el riesgo o probabilidad de que esa sustancia pueda ser dañina en las condiciones de exposición en las que vivimos la mayoría de los mortales. Así que bien por Departamento de Estado y RFK Jr.,…… sin que sirva de precedente.

A David Zaruk le parece casi increíble que le hayan colado ese comunicado a RFK Jr. desde el Departamento de Estado de su propio gobierno. Y basa esa incredulidad en que el bufete en el que ha trabajado el actual Secretario de Estado, especializado en litigios y ahora llamado Wisner Baum, se ha embolsado millones de dólares en demandas contra el glifosato, basadas únicamente en la corrupta (según Zaruk, que lo documenta adecuadamente) Monografía 112 de la IARC, publicada en 2015, el único documento de una agencia científica que afirmó que el glifosato era probablemente cancerígeno.

Al que le interesen los argumentos de la entrada de Firebreak puede picar en el enlace de arriba. Está en inglés, pero hoy en día, cualquier navegador de internet os ofrecerá traducirlo al castellano. Y no tiene desperdicio.

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¿Es seguro conservar el pescado en envases de plástico? Esto dice un nuevo estudio?Así titulaba The Conversation el pasado 11 de junio una noticia que hacía referencia a un reciente artículo de investigadoras catalanas e italianas que estudiaban la migración de aditivos desde envases de plástico a pescados refrigerados o congelados. El estudio ha tenido reflejo en otros medios como, por ejemplo, La Vanguardia. En el caso de The Conversation otras frases resaltadas eran: “Ni el congelador detiene la migración”, “Las bandejas compostables también suponen un riesgo” y “Bebés y niños: los más vulnerables”.

En el caso de La Vanguardia, el título era Detectado por primera vez en pescado congelado el plastificante bisfenol A, pese a la prohibición en España y, como subtítulos, “La investigación desvela niveles de este aditivo que suponen riesgo, según apunta Ethel Eljarrat, directora del IDAEA-CSIC y coautora del estudio” y “Los envases y envoltorios con aditivos plásticos transfieren al alimento estos contaminantes, incluso a temperaturas de 20 ºC bajo cero”.

Leer el artículo completo, prolijo como todos los que provienen del IDAEA-CSIC y estando de vacaciones, no ha sido fácil y la idea que quiero transmitir es que sus conclusiones distan de las versiones “divulgativas” de la Profesora Eljarrat en los medios arriba reseñados, de las que uno puede concluir que casi sería mejor dejar de comer pescado. Ese salto entre los datos del artículo y la forma de contarlos, es cada vez es más habitual por parte de las agencias de prensa de Universidades y Centros y de los propios científicos.

Hay algunas cuestiones que. si yo hubiera revisado el artículo. hubiera preguntado a los autores. Por ejemplo, ¿de dónde viene el Bisfenol A (BPA) que aparece en los diferentes envases y luego se transfiere al pescado?. Porque ni en los filmes ni en las bolsas de polietileno o polipropileno se usa ese compuesto para producirlos. Pudiera provenir, se me ocurre, de alguna tinta usada para rotular esos objetos. O de que sean materiales reciclados (generalmente poco usados en envases para alimentación). O que sean falsos positivos derivados de la contaminación durante los procedimientos de análisis. También me gustaría indagar cómo puede ser posible que en la Figura 2, en la columna del BPA, caso c), la concentración de BPA en el pescado sea muy superior a la que hay en la bolsa de plástico en la que se había envasado (linea de puntos).

Y alguna más. Pero puesto que los autores también resaltan el riesgo que esa migración supone para nuestra salud, hubiera sido bueno, al divulgar los resultados, dejar claro algo que los propios autores mencionan en el penúltimo párrafo. Y es que, en aquellos casos en los que el Índice de Peligrosidad no cancerígeno (Hazard Index, HI) supera el valor crítico (establecido en el valor 1), ello se debe exclusivamente al BPA “…que contribuyó a casi el 100% del índice de peligrosidad o HI. En contraste, la contribución combinada de todos los demás contaminantes detectados, fue insignificante, manteniéndose consistentemente varios órdenes de magnitud por debajo de la del BPA, y por lo tanto muy por debajo del valor crítico de 1”. O lo que es lo mismo, después de estudiar la migración de 49 aditivos, solo el Bisfenol A es el causante de valores de HI superiores al crítico. Eso se ve también en la Tabla S13, contenida en el material suplementario.

¿Migra mucho más el BPA que el resto de los aditivos?. Pues va a ser que no. Esa conclusión sobre el índice de peligrosidad es debida en realidad a la reevaluación de la ingesta diaria tolerable (TDI) del bisfenol A (BPA), realizada por la EFSA en 2023, que rebajó 20.000 veces su valor.  Como explicaba en una entrada de 2017, esta nueva cifra no se basó en evidencia epidemiológica alguna en humanos sino en un efecto observado en ratones, concretamente un aumento de un tipo de linfocitos T (células Th17) implicado en procesos inflamatorios y autoinmunes. Diversos organismos y expertos han cuestionado la interpretación de EFSA. En particular, el Instituto Federal Alemán de Evaluación de Riesgos (BfR) considera que la evidencia disponible no justifica una reducción tan extrema y mantiene discrepancias con la EFSA, como puede verse en este documento conjunto de ambos organismos. Así que el peligro no está en la concentración del BPA en el envase ni en lo que el BPA migra, sino que nace de un umbral toxicológico extraordinariamente bajo y discutible.

Como está haciendo calor, me ha dado por leer cosas más refrescantes como el libro “Nature's Mutiny: How the Little Ice Age of the Long Seventeenth Century Transformed the West and Shaped the Present” de Philipp Blom. Y entre los documentos que reflejaron la crudeza del clima en esa época (La pequeña Edad del Hielo), el autor menciona este lamento del Cold Genius de Henry Purcell.

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viernes, 19 de junio de 2026

Hidrógeno blanco, ¿algo más que una curiosidad geológica?

Mi interés por la llamada economía del hidrógeno arranca de la lectura, en setiembre de 2002, de un libro escrito por Jeremy Rifkin y publicado, con ese título, por la editorial Paidós. En la portada se incluían reclamos en forma de subtítulos impactantes como “Cuando el petroleo se agote”, “La próxima gran revolución económica” o “La creación de la red energética mundial y la redistribución del poder en la Tierra”, con predicciones tan contundentes como que, a estas alturas del siglo XXI en el que ahora nos encontramos, casi todo el mundo conduciría vehículos (eléctricos) a base de las llamadas pilas de combustible que consumen hidrógeno y oxígeno para producir agua y energía eléctrica. En otro sitio he contado que luego vi a Rifkin en vivo y en directo y empecé a mosquearme. Y que el mosqueo se ha transformado posteriormente en un claro escepticismo, a medida que se han hecho evidentes las dificultades que tiene el uso del hidrógeno (H₂), como posible sustituto de combustibles fósiles, para ser la solución a muchos problemas y que, en lo tocante a la automoción, las baterías de litio se han llevado el gato al agua y más que se llevarán de la mano de los chinos.

Todo esto creo que quedó más o menos claro en una entrada de hace cinco años, en la que también aclaraba los adjetivos en forma de colores con los que se ha ido etiquetando al hidrógeno en función del método utilizado para obtenerlo (verde, azul, rosa,…). Porque, a diferencia de otros combustibles como el carbón o el gas natural, el hidrógeno no está como tal en la naturaleza y, si queremos utilizarlo, lo primero que hay que hacer es obtenerlo a partir de sustancias que lo contienen en su molécula, como es el acaso del agua (H₂O) o del metano (CH4), mediante procesos que necesitan grandes cantidades de energía. Por eso también se habla de que el hidrógeno es un vector, y no un combustible directo. En otra entrada posterior hablé del hidrógeno blanco o hidrógeno natural, contando su relativamente reciente descubrimiento en ciertas regiones geológicas o en antiguos yacimientos de gas natural. En ese caso, si hablaríamos de un auténtico combustible porque lo obtendríamos como tal gas, directamente de la Naturaleza. Ahora, un artículo del pasado mes de mayo analizaba el posible potencial de ese hidrógeno en una economía como la propugnada por Rifkin, desde una óptica que ya se avanzaba en mi última entrada, pero con datos experimentales más contundentes.

La idea central del trabajo es que este hidrógeno podría producirse y acumularse de forma continua durante largos periodos de tiempo. Esa idea se deriva de los experimentos llevados a cabo por los autores en perforaciones profundas en minas del llamado escudo canadiense, en Ontario, constituido por rocas muy antiguas. Allí observaron emisiones sostenidas de hidrógeno a lo largo de varios años. Esa sostenibilidad de las emisiones es muy importante porque demuestra que, en esos lugares, se sigue generando gas hidrógeno de manera activa y no se trata solo de una bolsa con hidrógeno atrapado, que se vacía poco a poco. Como ya os avanzaba en la última entrada antes mencionada, los geólogos piensan que el hidrógeno se puede estar produciendo continuamente a grandes profundidades de la corteza terrestre por dos procesos. Por un lado, la llamada serpentinización en la que, a las altas temperaturas del interior de la Tierra, la olivina, un mineral de hierro y magnesio, reacciona con el agua para dar hidrógeno y otro mineral conocido como serpentina. Por otro lado, en ese mismo manto terrestre, trazas de elementos radiactivos como el torio o el uranio pueden romper la molécula de agua en hidrógeno y oxígeno.

Según los autores del estudio que estamos comentando, las emisiones medidas en cada una de sus perforaciones son relativamente modestas pero, al extrapolarlas al conjunto de la región minera en la que han trabajado, podrían alcanzar cantidades ya relevantes desde el punto de vista energético local. Lo que permite empezar a pensar en su exploración y posible explotación en diversas zonas de la Tierra que tienen características similares a las del enclave canadiense, existentes en países como Australia, Brasil, partes de África o Escandinavia.

Como apuntaba en un párrafo anterior y en la primera de las entradas arriba mencionadas, el atractivo del hidrógeno blanco es evidente: a diferencia del hidrógeno gris o azul, no habría que producirlo industrialmente a partir de combustibles fósiles, generando CO2 que, como mucho, podríamos capturar y tampoco requeriría el enorme consumo eléctrico requerido para generar hidrógeno verde a partir de la electrolisis del agua. El gas ya existiría y se seguiría formando en el subsuelo, listo para ser extraído. Aun así, el artículo también es prudente. Los autores reconocen que todavía no se sabe cuántos reservorios económicamente explotables existen, ni si los flujos observados pueden mantenerse a gran escala y darse en otros enclaves. Además, parte del hidrógeno continuamente producido puede perderse al difundir a la atmósfera por grietas en el terreno, o ser consumido por microorganismos subterráneos, lo que disminuiría la producción disponible. Argumentando también que aún faltan tecnologías específicas de prospección y extracción.

En resumen, el trabajo no demuestra que el hidrógeno blanco vaya a convertirse de inmediato en una gran fuente energética global, pero sí ofrece una de las evidencias más sólidas hasta ahora de que ese hidrogeno puede generarse continuamente en el subsuelo y podría llegar a tener importancia económica y geopolítica en el futuro. Pero conviene ser cautos. Por ahora y como nos dijo mi amigo Rafa Moliner, que sabe mucho de esto, en una charla que nos impartió en el Ateneo Guipuzcoano en octubre de 2024, “Debemos ser conscientes de que la transición energética hacia la descarbonización durará décadas, ya que las cantidades de energía a descarbonizar son ingentes, lo que exigirá ingentes inversiones e ingentes cantidades de recursos energéticos y materiales. No cometamos, como ya se hizo hace dos décadas, el error de transmitir la idea de que el H₂ renovable va a estar disponible en pocos años para resolver todos los retos de la transición energética“.

Yo comparto esa visión en lo relativo a los métodos convencionales de producción de ese hidrógeno renovable (a partir de metano, mediante la electrolisis del agua) pero quizás la opción del hidrógeno generado naturalmente pueda cambiar ese escepticismo que compartimos Rafa y yo. Aunque, como en otras muchas cosas que me interesan de cara al futuro de la Humanidad, no podré ver en qué acaba esta historia, dada la cortedad de mi futuro. Quizás todo esto se quede en nada por no disponer de yacimientos importantes. O quizás estemos solo en un estado muy preliminar, como les ocurrió a los pioneros de las primeras perforaciones a la búsqueda de petróleo. O a los que empezaron a principios de este siglo a usar las técnicas de fracking de forma decidida (de los que mucha gente se reía) para extraer petróleo y gas natural, técnicas que hoy han convertido a Estados Unidos en líder en la exportación de gas natural licuado (LNG), cuando antes eran importadores.

Junio esta siendo un mes triste para mi. Así que este Lamento de Dido de la ópera Dido y Eneas de Henry Purcell, representa bien mi estado de ánimo. Se trata de un arreglo de Leopold Stokowski para conjunto de cuerda, como el United Strings of Europe que lo interpreta.

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miércoles, 27 de mayo de 2026

Algo se ha movido en la ciencia climática. La silenciosa retirada del escenario de emisiones RCP8.5

Durante años se ha hecho casi imposible leer algo sobre cambio climático sin preocuparnos seriamente con lo que la ciencia climática nos adelantaba que podíamos esperar hasta finales de siglo XXI. La gran mayoría de esas proyecciones han estado basadas, como conté en una entrada de 2022, en algo que rara vez se suele explicar al ciudadano medio, cual es el empleo del escenario de emisiones RCP-8.5. Los climatólogos simulan el posible futuro climático utilizando ese y otros escenarios, que definen posibles evoluciones de las emisiones a la atmósfera del CO2 y otros gases de efecto invernadero, con el consiguiente aumento de la concentración de esos gases en la misma y el correspondiente aumento de temperatura. Aclararé que definir esos escenarios no es fácil porque el nivel de emisiones depende de factores como la evolución futura de la demografía mundial, cuánto carbón consumirán, sobre todo, China o India en los próximos años, qué pasará con la implantación de energías renovables, si habrá o no crisis energéticas (como la derivada de la actual guerra de Irán), de la implantación de políticas climáticas agresivas y un largo etcétera.

Hace algo más de un mes se publicó un documento firmado por científicos del Coupled Model Intercomparison Project (CMIP), la gran colaboración internacional encargada de definir los escenarios y protocolos comunes utilizados por la comunidad climática mundial. Esos escenarios constituyen la base sobre la que se elaboran miles de trabajos científicos y los sucesivos informes de evaluación del Panel Intergubernamental del Cambio Climático (IPCC), cuyo séptimo informe (AR7) está previsto para 2028. Y una de la propuestas contenidas en el documento es el abandono, como referencia principal, de escenarios como el citado RCP-8.5, y su heredero el SSP5-8.5, que han sido claves en la elaboración de los anteriores dos informes (el AR5 de 2013 y el AR6 de 2021). Dicen los autores del documento, en el primer párrafo del apartado 2.2.2, que esos escenarios se abandonan porque “se han vuelto implausibles (1), si se tienen en cuenta las tendencias en los costos de las energías renovables, la existencia de políticas climáticas y las tendencias recientes de emisiones“.

Es una decisión importante porque, bajo las premisas de esos escenarios, dominantes en los anteriores informes del IPCC, se han publicado miles de trabajos de investigación, financiados en su gran mayoría con dinero público y que, paralelamente, han generado un número similar de titulares de los medios de comunicación amplificando sus hallazgos. Y, lo que suele ser menos conocido, los modelos basados en esos escenarios han constituido la base no solo de los dos últimos informes del IPCC sino también de políticas y regulaciones de la mayoría de las economías más grandes del mundo, así como de las instituciones multilaterales más importantes (como la FAO). Utilizan también esas proyecciones los grandes bancos (incluido el propio Banco Mundial) en las pruebas de estrés climático que rigen cientos de miles de millones de dólares en capital bancario. O en las previsiones de las grandes agencias de seguros como Munich Re, Swiss Re o Lloyd’s of London.

Pero ya en enero de 2020, un artículo publicado en Nature por dos científicos (Hausfather y Peters) que tuvieron un papel significado en la elaboración del Sexto Informe (AR6), planteaba las primeras dudas sobre la verosimilitud de esos escenarios. Pero no parece que, desde entonces, se hayan tenido muy en cuenta esos avisos. Por ejemplo, en algo reciente y que me es cercano, el Gobierno Vasco ha usado ese escenario 8.5 como único referente a la hora de elaborar su Plan de previsión sobre efectos del cambio climático en el litoral vasco, como también lo hacía el Plan de Transición Energética y Cambio Climático del que os hablaba en mi entrada de 2022 arriba mencionada. La paradoja es que el nuevo plan está todavía en fase de borrador, el plazo de exposición pública acaba de concluir y uno se pregunta, a la vista de las nuevas propuestas del CMIP, si no sería más razonable que el ejecutivo vasco revisara en detalle el Plan porque sus previsiones de subidas del nivel del mar no se van a corresponder con lo que se derive de los nuevos escenarios propuestos.

Porque esa subida del nivel del mar, al igual que otras muchas de las consecuencias que se derivarán de los nuevos escenarios y que se harán patentes en los informes de trabajo de los tres grupos que elaborarán el AR7 del IPCC, estarán basadas en el incremento de la temperatura global de la Tierra con respecto a la existente en la era preindustrial. Como se puede ver en la figura que ilustra esta entrada (que podéis ampliar clicando en ella), tomada del blog The Climate Brink, en el que escriben Hausfather y Peters, arriba citados, las proyecciones basadas en el escenario RCP-8.5 indicaban que la temperatura global podría subir de forma bastante consistente hasta una media de 4.4ºC (con un intervalo entre 3.2 y 5.7) en 2100. Ahora, en el escenario CMIP-7 Medio (la terminología de los acrónimos de los escenarios ha cambiado), que parece el más razonable, esa temperatura se rebaja hasta 2.8ºC (con una horquilla entre 2.2 y 3.7).

Las reacciones a la publicación del informe del CMIP-7 en medios y redes nacionales o internacionales han sido muy parcas, lo que contrasta con la rapidez con la que nos ilustraban sobre los resultados de la aplicación casi universal del RCP-8.5. El que no ha perdido tiempo ha sido el inefable Trump quien, el pasado 17 mayo, decía en su cuenta de X que la ciencia climática era WRONG! WRONG! WRONG!. Pero tampoco hay que hacerle mucho caso. Porque en la línea de lo que decíamos en la entrada precedente sobre cómo trabaja la Ciencia, el abandono de ese escenario implausible, lejos de invalidar la ciencia climática que resume el IPCC y que Trump ve con malos ojos, es una prueba más de que en este asunto, como muchos otros, la Ciencia no está del todo establecida (como pretenden algunos activistas) y es necesario hacer correcciones a la vista de nuevos datos experimentales. Y, en cualquier caso, escenarios extremos como el que nos ocupa siguen siendo necesarios. Si necesitamos simular terremotos improbables, erupciones de volcanes o accidentes nucleares rarísimos, sería absurdo dejar de explorar riesgos severos derivados del clima sólo porque sean poco probables.

Pero precisamente por eso resulta tan importante mantener claras las etiquetas y explicarlas bien a la ciudadanía. Un test de estrés no es una predicción. Y quizá ahí esté la principal lección de todo este episodio. El problema no fue que existiera el RCP-8.5, sino el uso ambiguo que acabó haciéndose de él. Una herramienta concebida originalmente para explorar límites terminó funcionando, en buena parte de la comunicación pública, como representación implícita y segura del futuro esperado. El reconocimiento ahora de su inverosimilitud no invalida la física del clima, ni elimina los riesgos asociados al calentamiento global, ni convierte automáticamente en erróneas todas las políticas climáticas. Pero sí obliga a hacerse preguntas incómodas pero necesarias sobre cómo interactúan ciencia, medios, política e incentivos institucionales. Porque una vez que una narrativa extrema se instala, corregirla resulta difícil. Hay demasiados artículos publicados en revistas serias, demasiados modelos construidos, demasiadas carreras profesionales establecidas y demasiadas decisiones políticas apoyadas sobre ella. No queda más remedio ahora, como dice el subtítulo de este post, que una retirada silenciosa, casi burocrática, sin un momento claro de rectificación pública.

Una cuestión final que se está debatiendo en blogs relacionados con la ciencia climática es si el cambio propugnado por los científicos del CMIP-7 ha venido causado por las razones que se mencionaban más arriba (el abaratamiento de las energías renovables, los logros de políticas climáticas y las tendencias recientes de emisiones) o, como mantienen otros, el problema es que nunca se tendría que haber utilizado un escenario tan extremo como escenario de referencia. Esta semana he asistido a un interesante y elegante dialogo (como tendrían que ser todos) entre partidarios representativos de una y otra idea. El que quiera, puede verlo o leerlo aquí.

He comprobado que en estos aperitivos musicales todavía no os he colgado nada de Edvard Grieg. Así que ahí va un extracto de “En la Gruta del Rey de la Montaña” de su Peer Gynt, con Neeme Järvi a la batuta, dirigiendo a la Filarmónica de Berlín.

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(1) He usado el término implausibles que no está en el diccionario de la RAE y que se usa (en inglés) en el documento original del CMIP. Porque los antónimos que la RAE me ofrece para el término plausible (que si está en su diccionario) no me acaban de convencer.

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