Umami, más allá del glutamato
En 2009 escribí en este mismo Blog sobre el umami, ese “quinto sabor” que durante décadas fue recibido con escepticismo en Occidente y que hoy forma parte del vocabulario cotidiano de estrellados cocineros, divulgadores y científicos de la alimentación. En aquel momento el foco estaba, sobre todo, en una sustancia química conocida como glutamato monosódico: su descubrimiento, su papel como molécula clave en la percepción del umami y, por supuesto, la polémica, más cultural que científica, sobre su posible peligrosidad. Han pasado más de quince años, y al releer aquel texto, me parece que muchas cosas siguen siendo correctas, pero, a día de hoy, creo que se pueden contar otras muchas interesantes. Y todo ha venido rodado cuando, preparando una charla sobre aditivos alimentarios, he vuelto a leer el libro Cocinar, de Michael Pollan, donde el autor explora la cocina tradicional, especialmente los caldos cocinados en tiempos largos y las fermentaciones, desde una perspectiva que resulta casi antropológica. Su mirada ilustra que el umami es una experiencia culinaria construida lentamente por la cultura, la química y el tiempo.
El descubrimiento del umami se atribuye a Kikunae Ikeda a comienzos del siglo XX, cuando identificó el glutamato como responsable del sabor característico de un caldo a base de algas kombu que le preparaba su mujer. En 1909 y en el Journal of the Chemical Society of Tokio (el artículo, originalmente en japonés, se publicó traducido al inglés en 2002), Ikeda anunció que había aislado, a partir del caldo de kombu, una mólecula de fórmula C5H9NO4, cuyas propiedades se correspondían a las de un aminoácido llamado ácido glutámico. Dicha sustancia forma parte de las largas cadenas de proteínas existentes en los animales (incluidos los humanos), donde desempeña importantes funciones, además de en vegetales y alimentos como el propio kombu, el queso, los espárragos, el tomate y una larga lista. Cuando esas cadenas se rompen por acción del calor, en procesos de fermentación u otros episodios, el ácido glutámico se libera y puede formar sales como los glutamatos de sodio, potasio, etc. Ikeda tuvo la visión de transformar ese descubrimiento en un negocio, sintetizando y vendiendo el glutamato monosódico arriba mencionado, primero en Japón y luego, tras la segunda guerra mundial, en USA, porque los soldados americanos se habían acostumbrado al umami durante su estancia en diferentes lugares asiáticos. Las empresas de alimentación vieron un nicho de negocio en reproducir en algunos alimentos preparados ese sabor, así que umami y el glutamato sintético quedaron unidos indisolublemente.
Pero como ya demostraba el caldo de algas de la Sra. Ikeda, el umami puede conseguirse cocinando ciertos alimentos. Y no solo algas kombu. Por ejemplo, cuando se prepara un caldo de carne a fuego lento, las largas cadenas de proteínas que se encuentran en la carne liberan aminoácidos, incluido el ácido glutámico, dando lugar a que en el caldo aparezca glutamato. Además, en el caldo de carne (o de pollo) también se encuentran presentes otras sustancias conocidas como nucleótidos (las unidades estructurales básicas o monómeros de los ácidos nucleicos ADN y ARN), entre las que se encuentra el inosinato, presente en carnes y pescados, o el guanilato, que se encuentra en muchas setas y otras plantas. Ambas pueden contribuir al sabor umami, así como otros productos derivados de aminoácidos y nucleótidos que surgen como consecuencia de esos mismos procesos de cocción lenta de algunos alimentos.
Y eso es así porque la combinación de glutamato con esos nucleótidos tiene un efecto fundamental en la percepción del umami. Hay una acción sinérgica entre ellos que puede multiplicar la intensidad del umami varias veces. Es decir, el sabor profundo de un caldo de pollo, de un ramen bien elaborado o de un guiso tradicional no depende de una sola sustancia, sino de una mezcla química compleja creada por el calor, el tiempo y las enzimas. El resultado final lo podemos describir en términos culinarios diciendo que horas de hervor suave rompen tejidos, liberan gelatina, aminoácidos y compuestos aromáticos. O, en términos científicos, hablando de hidrólisis, degradación de proteínas y acumulación de nucleótidos. Dos lenguajes distintos para un mismo fenómeno. La industria también ha tomado nota de esa complejidad y algunos cubitos para elaborar caldos de forma rápida o potenciar sabores de algunos guisos, contienen combinaciones de glutamato y nucleótidos de síntesis, producidos generalmente con ayuda de microorganismos, que se pueden identificar en sus etiquetas con la denominación de potenciadores de sabor o, en Europa, con el código correspondiente de aditivos alimentarios: glutamato (E-621), inosinato (E-631), guanilato (E-627).
Uno de los aspectos más sugerentes del discurso de Pollan es pensar en el umami desde la evolución cultural de la cocina. Prácticamente todas las tradiciones culinarias han desarrollado técnicas que lo potencian: Caldos largos en Europa y Asia, salsas fermentadas como soja o miso, quesos, embutidos y carnes curados, secado de setas, pescados o tomates. Incluso la propia sinergia entre glutamato y los nucleótidos aparece en caldos milenarios como el dashi, una preparación a base de algas kombu secas, virutas de bonito (katsuobushi), curado de una manera muy particular y, opcionalmente, una o dos setas shiitake. Pues bien, esa coincidencia culinaria en preparados con umami no es casualidad. El umami nos revela la presencia de proteínas y aminoácidos, nutrientes valiosos para organismos omnívoros como nosotros. Nuestro sistema gustativo evolucionó para detectarlo, y las culturas culinarias aprendieron, sin saber nada de bioquímica, a intensificarlo.
Y esa evolución se hace también palpable en la leche materna en la que, como mencionaba en la entrada de 2009, hay una cantidad relativamente alta de glutamato, sobre todo si se piensa en términos del peso del recién nacido que la ingiere. Es lógico pensar que todo lo que contiene la leche materna tiene una razón evolutiva. Puesto que todos sus compuestos químicos suponen un coste metabólico para la madre, la selección natural prescindiría de cualquier constituyente que no fuese saludable para el niño. Por eso parece lógico preguntarse qué beneficios aporta el glutamato. Hoy sabemos que el glutamato proporciona un nutriente importante para el crecimiento del niño, al ser un combustible para sus células y un bloque de construcción molecular de proteínas. Además, el glutamato que contiene la leche materna puede que condicione al recien nacido para que le agrade el sabor del umami, ya que, junto con el dulce (importante para el cerebro), el glutamato es fundamental para el aparato digestivo. En conclusión, ya que necesitamos una dieta rica en proteínas, el umami nos ayuda a reconocerlas y buscarlas.
Todas estas ideas se han reforzado en las últimas décadas, en las que la fisiología del gusto ha avanzado enormemente. Ya no hablamos solo de percepciones subjetivas, sino que conocemos la existencia de receptores específicos de ese quinto sabor en la misma lengua en la que se localizan los receptores de los otros cuatro (dulce, salado, amargo y ácido). Curiosamente, al hilo de lo contado en el párrafo anterior, tenemos receptores similares para el umami en el intestino desde que nacemos, donde participan en la regulación de la digestión y la secreción hormonal. El gusto, por tanto, no termina en la lengua sino que forma parte de un sistema integrado de detección de nutrientes.
Ninguna discusión sobre el glutamato está completa sin mencionar la polémica histórica sobre los supuestos efectos adversos del producto sintetizado por Ikeda. A finales de los años sesenta empezó a circular la idea de que el glutamato monosódico provoca síntomas como dolor de cabeza, enrojecimiento o palpitaciones. Sin embargo, décadas de investigación han producido un consenso abrumador que indica que, en la población general, el glutamato consumido en cantidades normales es seguro. Es verdad que algunas personas pueden mostrar sensibilidad transitoria a dosis altas consumidas sin comida, algo poco representativo de la ingesta real. Pero organismos reguladores internacionales (como la FDA, la EFSA y otros) lo consideran un aditivo de bajo riesgo dentro de los niveles habituales de consumo. E, incluso, publicaciones recientes indican que puede ser más saludable que el potenciador de sabor por excelencia, la sal común.
Lo interesante aquí no es solo la toxicología, sino la sociología. El miedo al glutamato “industrial” se desarrolló en paralelo a prejuicios culturales hacia la comida asiática y a una desconfianza creciente hacia los “aditivos químicos”. Es un caso casi de manual de la quimiofobia que denuncia este Blog desde hace casi 20 años, comparable a otros debates alimentarios donde la percepción pública se separa de la evidencia científica. Y así, una idea muy extendida, que ya mencionaba en mi viejo post del año 2009, es que el umami “natural” de una salsa de tomate o de un roquefort sería bueno, mientras que el proveniente de una adición de glutamato sintético sería sospechoso. Aunque resulta ya aburrido decirlo, desde el punto de vista químico, esta distinción tiene poco sentido ya que la molécula es la misma.
Sin embargo, sí hay una diferencia culinaria relevante. Los alimentos ricos en umami natural suelen aportar mezclas complejas de compuestos aromáticos, texturas desarrolladas por maduración o cocción y conjuntos nutricionales bastante completos. Mezclas que no se pueden conseguir con unos pocos aditivos alimentarios tipo E-. Por esa razón, la cocina tradicional se apoya en fermentaciones, fondos y curados; buscando una mayor profundidad sensorial. No es un problema de toxicidad, sino de calidad gastronómica. Puede que el umami sea, en el fondo, un término científico para algo muy antiguo: la sensación de un verdadero alimento. No pertenece solo a Japón ni a la bioquímica ni a la alta cocina. Está en cualquier cultura que cocine carne, pescado, vegetales u otras cosas durante el tiempo suficiente. Reducir el umami al glutamato que Ikeda sintetizó fue necesario para descubrirlo. Pero insuficiente para entender su complejidad.
Ando estos días contemplando la posibilidad de volver en verano al Festival de Música y Danza de Granada (¡ojalá!). Así que nada mejor que la Romanza del Concertino para guitarra y orquesta de Salvador Bacarisse, interpretado por la Orquesta de la Universidad de Granada, bajo la batuta de Gabriel Delgado y con Marcos Victora-Wagner como solista. Nada menos que en el granadino Auditorio Manual de Falla, uno de los escenarios del Festival.
El descubrimiento del umami se atribuye a Kikunae Ikeda a comienzos del siglo XX, cuando identificó el glutamato como responsable del sabor característico de un caldo a base de algas kombu que le preparaba su mujer. En 1909 y en el Journal of the Chemical Society of Tokio (el artículo, originalmente en japonés, se publicó traducido al inglés en 2002), Ikeda anunció que había aislado, a partir del caldo de kombu, una mólecula de fórmula C5H9NO4, cuyas propiedades se correspondían a las de un aminoácido llamado ácido glutámico. Dicha sustancia forma parte de las largas cadenas de proteínas existentes en los animales (incluidos los humanos), donde desempeña importantes funciones, además de en vegetales y alimentos como el propio kombu, el queso, los espárragos, el tomate y una larga lista. Cuando esas cadenas se rompen por acción del calor, en procesos de fermentación u otros episodios, el ácido glutámico se libera y puede formar sales como los glutamatos de sodio, potasio, etc. Ikeda tuvo la visión de transformar ese descubrimiento en un negocio, sintetizando y vendiendo el glutamato monosódico arriba mencionado, primero en Japón y luego, tras la segunda guerra mundial, en USA, porque los soldados americanos se habían acostumbrado al umami durante su estancia en diferentes lugares asiáticos. Las empresas de alimentación vieron un nicho de negocio en reproducir en algunos alimentos preparados ese sabor, así que umami y el glutamato sintético quedaron unidos indisolublemente.
Pero como ya demostraba el caldo de algas de la Sra. Ikeda, el umami puede conseguirse cocinando ciertos alimentos. Y no solo algas kombu. Por ejemplo, cuando se prepara un caldo de carne a fuego lento, las largas cadenas de proteínas que se encuentran en la carne liberan aminoácidos, incluido el ácido glutámico, dando lugar a que en el caldo aparezca glutamato. Además, en el caldo de carne (o de pollo) también se encuentran presentes otras sustancias conocidas como nucleótidos (las unidades estructurales básicas o monómeros de los ácidos nucleicos ADN y ARN), entre las que se encuentra el inosinato, presente en carnes y pescados, o el guanilato, que se encuentra en muchas setas y otras plantas. Ambas pueden contribuir al sabor umami, así como otros productos derivados de aminoácidos y nucleótidos que surgen como consecuencia de esos mismos procesos de cocción lenta de algunos alimentos.
Y eso es así porque la combinación de glutamato con esos nucleótidos tiene un efecto fundamental en la percepción del umami. Hay una acción sinérgica entre ellos que puede multiplicar la intensidad del umami varias veces. Es decir, el sabor profundo de un caldo de pollo, de un ramen bien elaborado o de un guiso tradicional no depende de una sola sustancia, sino de una mezcla química compleja creada por el calor, el tiempo y las enzimas. El resultado final lo podemos describir en términos culinarios diciendo que horas de hervor suave rompen tejidos, liberan gelatina, aminoácidos y compuestos aromáticos. O, en términos científicos, hablando de hidrólisis, degradación de proteínas y acumulación de nucleótidos. Dos lenguajes distintos para un mismo fenómeno. La industria también ha tomado nota de esa complejidad y algunos cubitos para elaborar caldos de forma rápida o potenciar sabores de algunos guisos, contienen combinaciones de glutamato y nucleótidos de síntesis, producidos generalmente con ayuda de microorganismos, que se pueden identificar en sus etiquetas con la denominación de potenciadores de sabor o, en Europa, con el código correspondiente de aditivos alimentarios: glutamato (E-621), inosinato (E-631), guanilato (E-627).
Uno de los aspectos más sugerentes del discurso de Pollan es pensar en el umami desde la evolución cultural de la cocina. Prácticamente todas las tradiciones culinarias han desarrollado técnicas que lo potencian: Caldos largos en Europa y Asia, salsas fermentadas como soja o miso, quesos, embutidos y carnes curados, secado de setas, pescados o tomates. Incluso la propia sinergia entre glutamato y los nucleótidos aparece en caldos milenarios como el dashi, una preparación a base de algas kombu secas, virutas de bonito (katsuobushi), curado de una manera muy particular y, opcionalmente, una o dos setas shiitake. Pues bien, esa coincidencia culinaria en preparados con umami no es casualidad. El umami nos revela la presencia de proteínas y aminoácidos, nutrientes valiosos para organismos omnívoros como nosotros. Nuestro sistema gustativo evolucionó para detectarlo, y las culturas culinarias aprendieron, sin saber nada de bioquímica, a intensificarlo.
Y esa evolución se hace también palpable en la leche materna en la que, como mencionaba en la entrada de 2009, hay una cantidad relativamente alta de glutamato, sobre todo si se piensa en términos del peso del recién nacido que la ingiere. Es lógico pensar que todo lo que contiene la leche materna tiene una razón evolutiva. Puesto que todos sus compuestos químicos suponen un coste metabólico para la madre, la selección natural prescindiría de cualquier constituyente que no fuese saludable para el niño. Por eso parece lógico preguntarse qué beneficios aporta el glutamato. Hoy sabemos que el glutamato proporciona un nutriente importante para el crecimiento del niño, al ser un combustible para sus células y un bloque de construcción molecular de proteínas. Además, el glutamato que contiene la leche materna puede que condicione al recien nacido para que le agrade el sabor del umami, ya que, junto con el dulce (importante para el cerebro), el glutamato es fundamental para el aparato digestivo. En conclusión, ya que necesitamos una dieta rica en proteínas, el umami nos ayuda a reconocerlas y buscarlas.
Todas estas ideas se han reforzado en las últimas décadas, en las que la fisiología del gusto ha avanzado enormemente. Ya no hablamos solo de percepciones subjetivas, sino que conocemos la existencia de receptores específicos de ese quinto sabor en la misma lengua en la que se localizan los receptores de los otros cuatro (dulce, salado, amargo y ácido). Curiosamente, al hilo de lo contado en el párrafo anterior, tenemos receptores similares para el umami en el intestino desde que nacemos, donde participan en la regulación de la digestión y la secreción hormonal. El gusto, por tanto, no termina en la lengua sino que forma parte de un sistema integrado de detección de nutrientes.
Ninguna discusión sobre el glutamato está completa sin mencionar la polémica histórica sobre los supuestos efectos adversos del producto sintetizado por Ikeda. A finales de los años sesenta empezó a circular la idea de que el glutamato monosódico provoca síntomas como dolor de cabeza, enrojecimiento o palpitaciones. Sin embargo, décadas de investigación han producido un consenso abrumador que indica que, en la población general, el glutamato consumido en cantidades normales es seguro. Es verdad que algunas personas pueden mostrar sensibilidad transitoria a dosis altas consumidas sin comida, algo poco representativo de la ingesta real. Pero organismos reguladores internacionales (como la FDA, la EFSA y otros) lo consideran un aditivo de bajo riesgo dentro de los niveles habituales de consumo. E, incluso, publicaciones recientes indican que puede ser más saludable que el potenciador de sabor por excelencia, la sal común.
Lo interesante aquí no es solo la toxicología, sino la sociología. El miedo al glutamato “industrial” se desarrolló en paralelo a prejuicios culturales hacia la comida asiática y a una desconfianza creciente hacia los “aditivos químicos”. Es un caso casi de manual de la quimiofobia que denuncia este Blog desde hace casi 20 años, comparable a otros debates alimentarios donde la percepción pública se separa de la evidencia científica. Y así, una idea muy extendida, que ya mencionaba en mi viejo post del año 2009, es que el umami “natural” de una salsa de tomate o de un roquefort sería bueno, mientras que el proveniente de una adición de glutamato sintético sería sospechoso. Aunque resulta ya aburrido decirlo, desde el punto de vista químico, esta distinción tiene poco sentido ya que la molécula es la misma.
Sin embargo, sí hay una diferencia culinaria relevante. Los alimentos ricos en umami natural suelen aportar mezclas complejas de compuestos aromáticos, texturas desarrolladas por maduración o cocción y conjuntos nutricionales bastante completos. Mezclas que no se pueden conseguir con unos pocos aditivos alimentarios tipo E-. Por esa razón, la cocina tradicional se apoya en fermentaciones, fondos y curados; buscando una mayor profundidad sensorial. No es un problema de toxicidad, sino de calidad gastronómica. Puede que el umami sea, en el fondo, un término científico para algo muy antiguo: la sensación de un verdadero alimento. No pertenece solo a Japón ni a la bioquímica ni a la alta cocina. Está en cualquier cultura que cocine carne, pescado, vegetales u otras cosas durante el tiempo suficiente. Reducir el umami al glutamato que Ikeda sintetizó fue necesario para descubrirlo. Pero insuficiente para entender su complejidad.
Ando estos días contemplando la posibilidad de volver en verano al Festival de Música y Danza de Granada (¡ojalá!). Así que nada mejor que la Romanza del Concertino para guitarra y orquesta de Salvador Bacarisse, interpretado por la Orquesta de la Universidad de Granada, bajo la batuta de Gabriel Delgado y con Marcos Victora-Wagner como solista. Nada menos que en el granadino Auditorio Manual de Falla, uno de los escenarios del Festival.








