viernes, 19 de junio de 2026

Hidrógeno blanco, ¿algo más que una curiosidad geológica?

Mi interés por la llamada economía del hidrógeno arranca de la lectura, en setiembre de 2002, de un libro escrito por Jeremy Rifkin y publicado, con ese título, por la editorial Paidós. En la portada se incluían reclamos en forma de subtítulos impactantes como “Cuando el petroleo se agote”, “La próxima gran revolución económica” o “La creación de la red energética mundial y la redistribución del poder en la Tierra”, con predicciones tan contundentes como que, a estas alturas del siglo XXI en el que ahora nos encontramos, casi todo el mundo conduciría vehículos (eléctricos) a base de las llamadas pilas de combustible que consumen hidrógeno y oxígeno para producir agua y energía eléctrica. En otro sitio he contado que luego vi a Rifkin en vivo y en directo y empecé a mosquearme. Y que el mosqueo se ha transformado posteriormente en un claro escepticismo, a medida que se han hecho evidentes las dificultades que tiene el uso del hidrógeno (H₂), como posible sustituto de combustibles fósiles, para ser la solución a muchos problemas y que, en lo tocante a la automoción, las baterías de litio se han llevado el gato al agua y más que se llevarán de la mano de los chinos.

Todo esto creo que quedó más o menos claro en una entrada de hace cinco años, en la que también aclaraba los adjetivos en forma de colores con los que se ha ido etiquetando al hidrógeno en función del método utilizado para obtenerlo (verde, azul, rosa,…). Porque, a diferencia de otros combustibles como el carbón o el gas natural, el hidrógeno no está como tal en la naturaleza y, si queremos utilizarlo, lo primero que hay que hacer es obtenerlo a partir de sustancias que lo contienen en su molécula, como es el acaso del agua (H₂O) o del metano (CH4), mediante procesos que necesitan grandes cantidades de energía. Por eso también se habla de que el hidrógeno es un vector, y no un combustible directo. En otra entrada posterior hablé del hidrógeno blanco o hidrógeno natural, contando su relativamente reciente descubrimiento en ciertas regiones geológicas o en antiguos yacimientos de gas natural. En ese caso, si hablaríamos de un auténtico combustible porque lo obtendríamos como tal gas, directamente de la Naturaleza. Ahora, un artículo del pasado mes de mayo analizaba el posible potencial de ese hidrógeno en una economía como la propugnada por Rifkin, desde una óptica que ya se avanzaba en mi última entrada, pero con datos experimentales más contundentes.

La idea central del trabajo es que este hidrógeno podría producirse y acumularse de forma continua durante largos periodos de tiempo. Esa idea se deriva de los experimentos llevados a cabo por los autores en perforaciones profundas en minas del llamado escudo canadiense, en Ontario, constituido por rocas muy antiguas. Allí observaron emisiones sostenidas de hidrógeno a lo largo de varios años. Esa sostenibilidad de las emisiones es muy importante porque demuestra que, en esos lugares, se sigue generando gas hidrógeno de manera activa y no se trata solo de una bolsa con hidrógeno atrapado, que se vacía poco a poco. Como ya os avanzaba en la última entrada antes mencionada, los geólogos piensan que el hidrógeno se puede estar produciendo continuamente a grandes profundidades de la corteza terrestre por dos procesos. Por un lado, la llamada serpentinización en la que, a las altas temperaturas del interior de la Tierra, la olivina, un mineral de hierro y magnesio, reacciona con el agua para dar hidrógeno y otro mineral conocido como serpentina. Por otro lado, en ese mismo manto terrestre, trazas de elementos radiactivos como el torio o el uranio pueden romper la molécula de agua en hidrógeno y oxígeno.

Según los autores del estudio que estamos comentando, las emisiones medidas en cada una de sus perforaciones son relativamente modestas pero, al extrapolarlas al conjunto de la región minera en la que han trabajado, podrían alcanzar cantidades ya relevantes desde el punto de vista energético local. Lo que permite empezar a pensar en su exploración y posible explotación en diversas zonas de la Tierra que tienen características similares a las del enclave canadiense, existentes en países como Australia, Brasil, partes de África o Escandinavia.

Como apuntaba en un párrafo anterior y en la primera de las entradas arriba mencionadas, el atractivo del hidrógeno blanco es evidente: a diferencia del hidrógeno gris o azul, no habría que producirlo industrialmente a partir de combustibles fósiles, generando CO2 que, como mucho, podríamos capturar y tampoco requeriría el enorme consumo eléctrico requerido para generar hidrógeno verde a partir de la electrolisis del agua. El gas ya existiría y se seguiría formando en el subsuelo, listo para ser extraído. Aun así, el artículo también es prudente. Los autores reconocen que todavía no se sabe cuántos reservorios económicamente explotables existen, ni si los flujos observados pueden mantenerse a gran escala y darse en otros enclaves. Además, parte del hidrógeno continuamente producido puede perderse al difundir a la atmósfera por grietas en el terreno, o ser consumido por microorganismos subterráneos, lo que disminuiría la producción disponible. Argumentando también que aún faltan tecnologías específicas de prospección y extracción.

En resumen, el trabajo no demuestra que el hidrógeno blanco vaya a convertirse de inmediato en una gran fuente energética global, pero sí ofrece una de las evidencias más sólidas hasta ahora de que ese hidrogeno puede generarse continuamente en el subsuelo y podría llegar a tener importancia económica y geopolítica en el futuro. Pero conviene ser cautos. Por ahora y como nos dijo mi amigo Rafa Moliner, que sabe mucho de esto, en una charla que nos impartió en el Ateneo Guipuzcoano en octubre de 2024, “Debemos ser conscientes de que la transición energética hacia la descarbonización durará décadas, ya que las cantidades de energía a descarbonizar son ingentes, lo que exigirá ingentes inversiones e ingentes cantidades de recursos energéticos y materiales. No cometamos, como ya se hizo hace dos décadas, el error de transmitir la idea de que el H₂ renovable va a estar disponible en pocos años para resolver todos los retos de la transición energética“.

Yo comparto esa visión en lo relativo a los métodos convencionales de producción de ese hidrógeno renovable (a partir de metano, mediante la electrolisis del agua) pero quizás la opción del hidrógeno generado naturalmente pueda cambiar ese escepticismo que compartimos Rafa y yo. Aunque, como en otras muchas cosas que me interesan de cara al futuro de la Humanidad, no podré ver en qué acaba esta historia, dada la cortedad de mi futuro. Quizás todo esto se quede en nada por no disponer de yacimientos importantes. O quizás estemos solo en un estado muy preliminar, como les ocurrió a los pioneros de las primeras perforaciones a la búsqueda de petróleo. O a los que empezaron a principios de este siglo a usar las técnicas de fracking de forma decidida (de los que mucha gente se reía) para extraer petróleo y gas natural, técnicas que hoy han convertido a Estados Unidos en líder en la exportación de gas natural licuado (LNG), cuando antes eran importadores.

Junio esta siendo un mes triste para mi. Así que este Lamento de Dido de la ópera Dido y Eneas de Henry Purcell, representa bien mi estado de ánimo. Se trata de un arreglo de Leopold Stokowski para conjunto de cuerda, como el United Strings of Europe que lo interpreta.

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miércoles, 27 de mayo de 2026

Algo se ha movido en la ciencia climática. La silenciosa retirada del escenario de emisiones RCP8.5

Durante años se ha hecho casi imposible leer algo sobre cambio climático sin preocuparnos seriamente con lo que la ciencia climática nos adelantaba que podíamos esperar hasta finales de siglo XXI. La gran mayoría de esas proyecciones han estado basadas, como conté en una entrada de 2022, en algo que rara vez se suele explicar al ciudadano medio, cual es el empleo del escenario de emisiones RCP-8.5. Los climatólogos simulan el posible futuro climático utilizando ese y otros escenarios, que definen posibles evoluciones de las emisiones a la atmósfera del CO2 y otros gases de efecto invernadero, con el consiguiente aumento de la concentración de esos gases en la misma y el correspondiente aumento de temperatura. Aclararé que definir esos escenarios no es fácil porque el nivel de emisiones depende de factores como la evolución futura de la demografía mundial, cuánto carbón consumirán, sobre todo, China o India en los próximos años, qué pasará con la implantación de energías renovables, si habrá o no crisis energéticas (como la derivada de la actual guerra de Irán), de la implantación de políticas climáticas agresivas y un largo etcétera.

Hace algo más de un mes se publicó un documento firmado por científicos del Coupled Model Intercomparison Project (CMIP), la gran colaboración internacional encargada de definir los escenarios y protocolos comunes utilizados por la comunidad climática mundial. Esos escenarios constituyen la base sobre la que se elaboran miles de trabajos científicos y los sucesivos informes de evaluación del Panel Intergubernamental del Cambio Climático (IPCC), cuyo séptimo informe (AR7) está previsto para 2028. Y una de la propuestas contenidas en el documento es el abandono, como referencia principal, de escenarios como el citado RCP-8.5, y su heredero el SSP5-8.5, que han sido claves en la elaboración de los anteriores dos informes (el AR5 de 2013 y el AR6 de 2021). Dicen los autores del documento, en el primer párrafo del apartado 2.2.2, que esos escenarios se abandonan porque “se han vuelto implausibles (1), si se tienen en cuenta las tendencias en los costos de las energías renovables, la existencia de políticas climáticas y las tendencias recientes de emisiones“.

Es una decisión importante porque, bajo las premisas de esos escenarios, dominantes en los anteriores informes del IPCC, se han publicado miles de trabajos de investigación, financiados en su gran mayoría con dinero público y que, paralelamente, han generado un número similar de titulares de los medios de comunicación amplificando sus hallazgos. Y, lo que suele ser menos conocido, los modelos basados en esos escenarios han constituido la base no solo de los dos últimos informes del IPCC sino también de políticas y regulaciones de la mayoría de las economías más grandes del mundo, así como de las instituciones multilaterales más importantes (como la FAO). Utilizan también esas proyecciones los grandes bancos (incluido el propio Banco Mundial) en las pruebas de estrés climático que rigen cientos de miles de millones de dólares en capital bancario. O en las previsiones de las grandes agencias de seguros como Munich Re, Swiss Re o Lloyd’s of London.

Pero ya en enero de 2020, un artículo publicado en Nature por dos científicos (Hausfather y Peters) que tuvieron un papel significado en la elaboración del Sexto Informe (AR6), planteaba las primeras dudas sobre la verosimilitud de esos escenarios. Pero no parece que, desde entonces, se hayan tenido muy en cuenta esos avisos. Por ejemplo, en algo reciente y que me es cercano, el Gobierno Vasco ha usado ese escenario 8.5 como único referente a la hora de elaborar su Plan de previsión sobre efectos del cambio climático en el litoral vasco, como también lo hacía el Plan de Transición Energética y Cambio Climático del que os hablaba en mi entrada de 2022 arriba mencionada. La paradoja es que el nuevo plan está todavía en fase de borrador, el plazo de exposición pública acaba de concluir y uno se pregunta, a la vista de las nuevas propuestas del CMIP, si no sería más razonable que el ejecutivo vasco revisara en detalle el Plan porque sus previsiones de subidas del nivel del mar no se van a corresponder con lo que se derive de los nuevos escenarios propuestos.

Porque esa subida del nivel del mar, al igual que otras muchas de las consecuencias que se derivarán de los nuevos escenarios y que se harán patentes en los informes de trabajo de los tres grupos que elaborarán el AR7 del IPCC, estarán basadas en el incremento de la temperatura global de la Tierra con respecto a la existente en la era preindustrial. Como se puede ver en la figura que ilustra esta entrada (que podéis ampliar clicando en ella), tomada del blog The Climate Brink, en el que escriben Hausfather y Peters, arriba citados, las proyecciones basadas en el escenario RCP-8.5 indicaban que la temperatura global podría subir de forma bastante consistente hasta una media de 4.4ºC (con un intervalo entre 3.2 y 5.7) en 2100. Ahora, en el escenario CMIP-7 Medio (la terminología de los acrónimos de los escenarios ha cambiado), que parece el más razonable, esa temperatura se rebaja hasta 2.8ºC (con una horquilla entre 2.2 y 3.7).

Las reacciones a la publicación del informe del CMIP-7 en medios y redes nacionales o internacionales han sido muy parcas, lo que contrasta con la rapidez con la que nos ilustraban sobre los resultados de la aplicación casi universal del RCP-8.5. El que no ha perdido tiempo ha sido el inefable Trump quien, el pasado 17 mayo, decía en su cuenta de X que la ciencia climática era WRONG! WRONG! WRONG!. Pero tampoco hay que hacerle mucho caso. Porque en la línea de lo que decíamos en la entrada precedente sobre cómo trabaja la Ciencia, el abandono de ese escenario implausible, lejos de invalidar la ciencia climática que resume el IPCC y que Trump ve con malos ojos, es una prueba más de que en este asunto, como muchos otros, la Ciencia no está del todo establecida (como pretenden algunos activistas) y es necesario hacer correcciones a la vista de nuevos datos experimentales. Y, en cualquier caso, escenarios extremos como el que nos ocupa siguen siendo necesarios. Si necesitamos simular terremotos improbables, erupciones de volcanes o accidentes nucleares rarísimos, sería absurdo dejar de explorar riesgos severos derivados del clima sólo porque sean poco probables.

Pero precisamente por eso resulta tan importante mantener claras las etiquetas y explicarlas bien a la ciudadanía. Un test de estrés no es una predicción. Y quizá ahí esté la principal lección de todo este episodio. El problema no fue que existiera el RCP-8.5, sino el uso ambiguo que acabó haciéndose de él. Una herramienta concebida originalmente para explorar límites terminó funcionando, en buena parte de la comunicación pública, como representación implícita y segura del futuro esperado. El reconocimiento ahora de su inverosimilitud no invalida la física del clima, ni elimina los riesgos asociados al calentamiento global, ni convierte automáticamente en erróneas todas las políticas climáticas. Pero sí obliga a hacerse preguntas incómodas pero necesarias sobre cómo interactúan ciencia, medios, política e incentivos institucionales. Porque una vez que una narrativa extrema se instala, corregirla resulta difícil. Hay demasiados artículos publicados en revistas serias, demasiados modelos construidos, demasiadas carreras profesionales establecidas y demasiadas decisiones políticas apoyadas sobre ella. No queda más remedio ahora, como dice el subtítulo de este post, que una retirada silenciosa, casi burocrática, sin un momento claro de rectificación pública.

Una cuestión final que se está debatiendo en blogs relacionados con la ciencia climática es si el cambio propugnado por los científicos del CMIP-7 ha venido causado por las razones que se mencionaban más arriba (el abaratamiento de las energías renovables, los logros de políticas climáticas y las tendencias recientes de emisiones) o, como mantienen otros, el problema es que nunca se tendría que haber utilizado un escenario tan extremo como escenario de referencia. Esta semana he asistido a un interesante y elegante dialogo (como tendrían que ser todos) entre partidarios representativos de una y otra idea. El que quiera, puede verlo o leerlo aquí.

He comprobado que en estos aperitivos musicales todavía no os he colgado nada de Edvard Grieg. Así que ahí va un extracto de “En la Gruta del Rey de la Montaña” de su Peer Gynt, con Neeme Järvi a la batuta, dirigiendo a la Filarmónica de Berlín.

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(1) He usado el término implausibles que no está en el diccionario de la RAE y que se usa (en inglés) en el documento original del CMIP. Porque los antónimos que la RAE me ofrece para el término plausible (que si está en su diccionario) no me acaban de convencer.

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jueves, 14 de mayo de 2026

La tarjeta de crédito que nunca nos comimos

Los que ya llevan un cierto tiempo siguiéndome recordarán una entrada sobre la famosa proclama mediática según la cual, cada semana entra en nuestro organismo el equivalente a una tarjeta de crédito de plástico (5 gramos), una forma impactante de cuantificar los Microplásticos que ingerimos o inhalamos en nuestra vida cotidiana. El origen de la proclama puede rastrearse hasta un folleto de 2019 en el que, desde su portada y contraportada, puede inferirse claramente que fue encargado a la australiana Universidad de Newcastle por el Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF, la que conocíamos antes como Adena en España) y redactado por una consultoría, Dalberg Advisors que, según se explica en la contraportada, “trabaja para construir un mundo más inclusivo y sostenible […..].Colaboramos con comunidades, gobiernos y empresas, ofreciéndoles una innovadora combinación de servicios (asesoría, inversión, investigación, análisis y diseño) para generar un impacto a gran escala”. Una práctica bastante habitual en organizaciones ecologistas de cierto nivel a la hora de buscar donantes.

Dos años más tarde (octubre de 2021), los mismos investigadores que contribuyeron con datos al folleto los trasladaban a un artículo en cuyos agradecimientos se dice expresamente que el proyecto “fue encargado por el Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF) - Singapur, que proporcionó financiación parcial para la investigación”. Pero algo cambió en el artículo de 2021 con respecto al folleto de 2019 ya que, como se puede leer incluso en el Abstract o Resumen del trabajo, los autores concluían que, en promedio, los humanos ingerimos entre 0.1 y 5 gramos de plástico a la semana. O, lo que es lo mismo, entre una tarjeta cada 50 semanas (o sea al año) o una tarjeta a la semana. Desde entonces ese artículo y la idea de la tarjeta han recibido severas críticas en varios informes y artículos científicos pero, para no aburriros con citas diversas, os diré que, entre esas críticas, están dos muy relevantes: la de un informe de la Organización Mundial de la Salud (OMS) de 2022 y un artículo de 2025 en la prestigiosa revista Science firmado por seis relevantes científicos del campo de los Microplásticos, entre los que se encuentra Richard C. Thompson, quien acuñó por primera vez dicho término en 2004. De ambas publicaciones volveremos a hablar enseguida.

Yo pensaba que el asunto había caído ya en el olvido, pero estos titulares de impacto emocional importante en la población son fáciles de difundir y difíciles de erradicar y, esta semana, en un corto lapso de tiempo, mi amigo Julián E., me ha proporcionado dos ejemplos que lo demuestran. Este pasado 27 de abril, aparecía en un episodio de un videopódcast que presentan Dani Rovira y Arturo González-Campos una joven activista de 19 años que algunos llaman la Greta Thunberg española. Su activismo arranca en edad temprana (12 años) y ya con 15 escribió un libro en el que, además de su lucha contra los delfinarios, su actividad más relevante, acomete temáticas tan complejas como la contaminación ambiental, los plásticos y el océano, los microplásticos o el cambio climático. Pero su intervención denota que no parece estar tan enterada de esos asuntos. A partir del minuto 15:30 empiezan a hablar de plástico y en el minuto 17:00 la joven nos hace saber que nos comemos no una tarjeta a la semana o al año sino una todos los días, lo cual extiende ya el intervalo de la ingestión de microplásticos hasta casi tres órdenes de magnitud. Algo más adelante, sobre el minuto 19:45, habla de que ya hemos superado el “uno punto cinco”. Cuando González-Campos le pide que aclare lo del “uno punto cinco” que, obviamente, se refiere al aumento de la temperatura de la Tierra sobre el nivel preindustrial, la precoz activista se lía y acaba demostrando que no sabe diferenciar los problemas del agujero de ozono de los provocados por los gases de efecto invernadero. Lo mismo ocurre cuando, en el minuto 21:10, dice haberse bañado el pasado verano en el Mediterráneo a 37ºC. Basta leerse artículos como este, sobre el anormalmente cálido 2024 (2025 lo fue menos), para rebajar esa cifra a entre ocho o diez grados menos. En fin, todos hemos sido jóvenes y atrevidos a la hora de defender nuestras ideas…

Mas preocupante me parece el caso de un programa el pasado 4 de mayo en La Sexta. Seis contertulios, incluida una conocida divulgadora científica, hablaron en la primera parte de su intervención de algo titulado Del táper recalentado a la cerveza: cómo se meten los microplásticos en nuestro organismo y el título ya es indicativo del totum revolutum que se nos avecina. Desde esos primeros momentos, se mezclan frases sobre sustancias químicas contenidas en los plásticos que pueden migrar a nuestros alimentos con otras que hablan de diferentes situaciones en las que los microplásticos también pasan a los alimentos. Para evolucionar, rápidamente, hacia el asunto de la tarjeta que constituye el hilo conductor de esta entrada (minuto 01:30) donde, con un rótulo detrás que dice claramente que “comemos semanalmente 5 gramos de microplásticos a la semana”, los contertulios hacen chistes sobre la tarjeta y el folleto del WWF.

Aunque la divulgadora trata de rebajar la alarma provocada, entre la algarabía del resto de contertulios, con frases como “es una estimación”, o “es una aproximación, no es una cifra exacta”, este vuestro Búho ha echado de menos el que se hubiera puesto esa cifra en el contexto de otros resultados, mucho más sólidos y contundentes, que desmontan el artículo de los investigadores de Newcastle. Y así en el estudio de la OMS de 2022, antes citado, en su página 42, penúltimo párrafo, tras establecer la probabilidad de ingesta de microplásticos que se desprende de la consideración de resultados de diversos trabajos, se dice que “La comparación con la estimación de WWF, según la cual la exposición potencial a microplásticos es de 700 mg por persona y día (una tarjeta, añado yo), sugiere que esta última cifra representa la ingesta del percentil 99 de una persona media”. Para los no habituados a lenguaje estadístico, un valor que está en el percentil 99 de una distribución de valores es un valor altamente improbable. Por otro lado, en el artículo de Science de 2025, también mencionado arriba, se andan con menos remilgos estadísticos y en la página 5, en el apartado sobre riesgos de los microplásticos en la salud humana se dice: “Hoy en día es un hecho comprobado que, al igual que ocurre con muchos otros organismos y con otros tipos de contaminantes, los seres humanos están expuestos a los microplásticos. Sin embargo, en algunos casos, se han sobreestimado enormemente las cantidades, como por ejemplo el peso equivalente a una tarjeta de crédito a la semana”.

Tampoco se hace mención en el vídeo a una reciente revisión de la EFSA (octubre de 2025), sobre la liberación de micro y nanoplásticos de materiales en contacto con alimentos durante su uso, revisión en la que se ponen en entredicho muchos de los estudios que se han llevado a cabo para cuantificar esos microplásticos en alimentos. La Agencia concluye que “no hay datos suficientes para estimar la exposición a los micro y nanoplásticos a través de los materiales en contacto con los alimentos durante su uso”. En esa primera parte del vídeo se menciona de pasada la inhalación de fibras sintéticas contenidas en el aire como otra vía de entrada en el organismo. Eso es correcto y, probablemente, sea la vía más importante. Pero conviene aclarar lo del carácter sintético de las fibras. Hay bibliografía desde 2019, y mucho más reciente, que demuestra que las fibras que andan en el aire (las que inhalamos) y en el agua (que podemos ingerir) son fundamentalmente naturales (algodón, lana, seda, etc) y no sintéticas (poliésteres, poliamidas).

Tras lo cual, se genera una ceremonia de la confusión cuando se hace mención al bisfenol A y su presencia en los papeles térmicos de facturas como las que nos dan en el súper. En la conversación parece identificarse al bisfenol con un microplástico, cuando no lo es. Es un sustancia que se usa para producir plásticos como el policarbonato u otros que tapizan el interior de las latas de bebidas y que puede quedar en pequeñas cantidades en esos plásticos. Pero que no se usa en los plásticos que constituyen la mayoría de los producidos a nivel global. Tampoco son microplásticos los ftalatos que aparecen en la conversación ligados a productos cosméticos.

La segunda parte de la intervención está dedicada a detallar “todos los órganos del cuerpo a los que perjudican los microplásticos”. Creo que lo que se deriva de esta parte es aún más peligroso que lo de parte anterior, pues induce a la confusión entre detección y daño de sustancias potencialmente peligrosas. Se mencionan estudios que han encontrado microplásticos en sangre, placenta, cerebro (aquí se vuelven a mezclas los microplásticos con el bisfenol A) u otros tejidos humanos, y se enumeran una serie de potenciales efectos en los órganos afectados. Sin embargo, la mera detección de microplásticos (como la de metales pesados, partículas minerales, hollín, fibras vegetales, nanopartículas naturales o residuos de fármacos) no demuestra su toxicidad. Ese matiz es fundamental y, sin embargo, suele desaparecer en la divulgación mediática. La tecnología analítica actual permite detectar cantidades extremadamente pequeñas de sustancias y partículas de todo tipo en prácticamente cualquier tejido biológico. El reto científico no es solo ser capaz de encontrarlas, sino el interpretar qué significan biológicamente y qué riesgo real suponen. Para valorar la toxicidad de los microplásticos, tal y como hacen las agencias que velan por nuestra salud, es necesario evaluar las dosis a las que están expuestos los ciudadanos normales, establecer relaciones dosis-respuesta, considerar mecanismos plausibles, comprobar la reproducibilidad experimental y tener una evidencia epidemiológica consistente.

Y, en el campo de los microplásticos, estamos todavía muy lejos de ese nivel de conocimiento, como fácilmente puede comprenderse leyendo los apartados 3.1 y 5.3 del informe de la OMS, mencionado más arriba. Estamos tan lejos que existen incluso enormes dificultades metodológicas para la mera detección de los microplásticos (el paso previo para acometer los siguientes). Se presentan problemas debido a la contaminación de muestras, al uso de técnicas analíticas heterogéneas, a tamaños de muestra pequeños, existiendo incluso dificultades para distinguir polímeros reales de otros materiales orgánicos o contaminantes ambientales. De hecho, algunos estudios recientes sobre microplásticos en tejidos humanos, como los mencionados en el programa de La Sexta, han recibido críticas importantes precisamente por posibles artefactos analíticos en la detección o por interpretaciones excesivas. Hasta un medio de comunicación como The Guardian, generalmente alarmista en estos temas, se ha hecho eco de esas críticas. De toda esa información, muy reciente y disponible para una correcta divulgación del problema, no se hizo mención alguna. Sin embargo, el efecto psicológico es inmediato: el espectador del video concluye que los microplásticos ya están produciendo daños en el organismo.

En el fondo, los problemas que estamos analizando no son solo la exageración puntual de algunos mensajes sino una transformación más profunda de la comunicación científica contemporánea. Mientras la ciencia trabaja con incertidumbres, intervalos de confianza y limitaciones metodológicas, las redes sociales y la televisión premian mensajes simples, visuales y emocionalmente potentes. En ese tránsito se pierden los matices y, en este caso, desaparecen las fronteras entre exposición, detección y daño, algo especialmente delicado en temas como el que estamos considerando. Los microplásticos merecen investigación rigurosa y vigilancia científica seria pero, precisamente por eso, conviene evitar convertir cualquier hallazgo preliminar en una narrativa de catástrofe biológica inminente. Cuando microplásticos, sustancias químicas que no lo son (como el bisfenol A) y toxicología no contrastada por ahora se mezclan indiscriminadamente bajo la misma etiqueta emocional de “plástico”, el resultado puede contribuir más a la generación de miedos infundados que a la divulgación correcta de un tema.

Hoy música de piano. De Ludwig van Beethoven, un breve extracto de su Concierto para Piano No. 5. Con Igor Levit, al piano y Paavo Järvi dirigiendo la Berliner Philharmoniker. Acordándome de un amigo de Haro, que me lo tocaba cuando éramos imberbes estudiantes en Zaragoza. Y que ahora es un escritor de éxito en temas musicales.

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jueves, 30 de abril de 2026

¿Son peligrosas las frutas y verduras de la lista Dirty Dozen?

Como cada año (y van más de veinte), se ha publicado recientemente la lista “Dirty Dozen®” (la docena sucia), elaborada por el Environmental Working Group (EWG), una conocida organización ecologista, con la promesa de ayudarte a comer más seguro. Doce frutas y verduras (fresas, espinacas, manzanas…) aparecen señaladas como especialmente problemáticas por sus residuos de plaguicidas y deberías evitarlas o sustituirlas por su versión ecológica (organic) porque, según sus datos, contienen menos plaguicidas. Pero esa claridad en el mensaje tiene el problema de haber simplificado en exceso algo que, en realidad, es bastante más complejo. Al hacerlo, se corre el riesgo de repetir un patrón que ya hemos visto en otras ocasiones en este blog, cual es el de confundir la mera detección de una sustancia en un alimento con un riesgo real para la salud al consumirlo. En la discusión que sigue, he optado por considerar el caso de las manzanas (ver aquí el análisis del EWG) porque conecta con lo ocurrido a finales de los años 80, cuando un plaguicida, conocido comercialmente como Alar, se convirtió en el centro de una de las mayores alarmas alimentarias de la historia reciente.

El Alar, cuyo principio activo era la Daminozida, se utilizaba en el cultivo de manzanas para mejorar su aspecto y conservación. Como ocurre con muchos compuestos químicos y especialmente en aquella época, su seguridad se evaluaba mediante estudios toxicológicos, fundamentalmente en animales. Algunos de esos estudios mostraron que, a dosis suficientemente altas, podía inducir la formación de tumores. Ese dato, en sí mismo, no es excepcional: muchas sustancias, incluso algunas de uso cotidiano (desde el alcohol hasta principios activos de medicamentos), presentan efectos adversos si se administran en cantidades elevadas. Sin embargo, ese matiz, la importancia de la dosis, ya señalada por Paracelso, no siempre resiste el salto a la esfera pública.

El caso del Alar no surgió de la nada, sino de un proceso regulatorio que llevaba años en marcha. A mediados de los años 80, la Environmental Protection Agency (EPA) americana había iniciado una revisión formal de la daminozida tras la aparición de estudios como los mencionados. Paralelamente, los programas de seguimiento de otra agencia americana, la Food and Drug Administration (FDA), seguían detectando residuos de ella en alimentos, en niveles generalmente bajos y dentro de los límites legales establecidos. A finales de la década, la EPA clasificó la sustancia como “probable carcinógeno humano”, una categoría que reflejaba la existencia de indicios en animales, pero también importantes incertidumbres en su extrapolación a humanos. Las estimaciones de riesgo, particularmente en escenarios de exposición a lo largo de toda la vida y centrados en la población infantil, dependían en gran medida de los supuestos utilizados y podían variar significativamente.

Fue en ese contexto cuando, en 1989, el debate saltó al ámbito público, impulsado por un informe del Natural Resources Defense Council (NRDC), otra organización ecologista, que alertaba sobre el potencial riesgo cancerígeno del Alar en niños. Poco después, el programa televisivo 60 Minutes amplificó el mensaje ante millones de espectadores. Y en marzo de ese mismo año, la actriz Meryl Streep (toxicóloga de nacimiento, según parece) testificaba ante el Congreso de Estados Unidos, contribuyendo a trasladar el debate del terreno científico al político y mediático. En cuestión de semanas, el asunto había pasado de ser una evaluación toxicológica con incertidumbres a convertirse en una alarma pública de primer orden. La caída del consumo de manzanas no se hizo esperar.

La resolución del caso no llegó en forma de una conclusión científica definitiva, sino a través de una decisión práctica. Ante la combinación de incertidumbre, presión pública y evaluaciones de riesgo conservadoras, el fabricante retiró voluntariamente el Alar, y la EPA avanzó hacia la cancelación del uso de su principio activo en alimentos. El Alar desapareció así de las manzanas, no tanto por la evidencia de un peligro inmediato, sino por la dificultad de sostener su uso en ese clima de desconfianza. A día de hoy, la daminozida se sigue utilizando en cultivos no destinados al consumo humano, y la EPA, después de casi cuarenta años, no ha revisado su clasificación. Desde entonces, no han aparecido nuevos datos relevantes que hayan modificado sustancialmente este panorama ni se han acumulado evidencias que confirmen un riesgo significativo en condiciones reales de consumo. Simplemente, el tema desapareció del radar científico cuando el Alar dejó de usarse en manzanas. Y, sin embargo, el impacto mediático fue enorme y duradero: un recordatorio incómodo de que la intensidad de una alarma pública no siempre guarda proporción con la solidez (ni con la evolución) de la evidencia científica que la originó.

Las manzanas se incluyen en la lista “Dirty Dozen®” atendiendo, como criterio principal, al porcentaje de muestras investigadas en las que se detectan residuos de plaguicidas, tomando datos del llamado Pesticide Data Program del Departamento americano de Agricultura (USDA). Este programa analiza miles de muestras cada año (casi diez mil en el informe 2024 que podéis ver en el anterior enlace), a la búsqueda de casi seiscientos plaguicidas, en la versión del mismo año. Los datos están ahí, disponibles para ser analizados por cualquiera, aunque el problema es cómo se analizan. En el caso de las manzanas que nos ocupan, la “Dirty Dozen®” parece utilizar los datos del Apéndice H del informe de la USDA que acabamos de mencionar. Ahí se recogen el número de muestras de manzanas analizadas, el número y porcentaje de muestras en los que se ha detectado alguno de los trece plaguicidas presentes en manzanas, el intervalo de concentraciones detectado, en partes por millón (ppm), la media de esa concentración y el valor que la EPA establece como seguro que, en general, es decenas o centenares de veces superior a los valores detectados. Por otro lado y a pesar de lo que el EWG dice en su resumen sobre las manzanas, ese informe de la USDA no habla de que las manzanas orgánicas presenten menos residuos detectables que las convencionales, simplemente porque no las analiza. No he conseguido localizar la fuente para esa información, pero puede que exista.

La “Dirty Dozen®” usa esos datos para nombrar a tres plaguicidas que son los que más se detectan en manzanas, pero presta poca atención a los niveles detectados (de hecho mezcla los de varios años). No entra en los diferentes perfiles toxicológicos de los plaguicidas encontrados, ni en el riesgo real que cada uno de ellos supone para la salud humana. Lo único que hace es convertir una información, de por si muy compleja, en una sencilla conclusión, cual es la de que si hay residuos, el producto es peor. Sin embargo, como vimos no hace mucho en el caso de la European Food Safety Authority (EFSA), las agencias reguladoras evalúan no solo la mera presencia de plaguicidas, sino también la cantidad y, sobre todo, el nivel de exposición de la población general a esos plaguicidas, para evaluar después el riesgo de esa exposición para su salud. Y, tanto en Europa (a través de la EFSA) como en Estados Unidos (a través de la EPA), las conclusiones son tercas y consistentes a lo largo de los años, en el sentido de que la exposición dietética a plaguicidas se mantiene en niveles bajos. ¿Por qué entonces tiene tanto éxito esta narrativa? En parte, por su simplicidad. Pero también porque conecta con una preocupación legítima como es la exposición a sustancias químicas. Adobada con una pizca de la quimiofobia imperante.

A ello se suma otro factor que tiene que ver, cómo no, con el dinero. El Environmental Working Group dice financiarse (20 millones de dólares anuales), en gran medida, mediante donaciones de particulares y fundaciones filantrópicas, pero también desarrolla programas como el certificado EWG Verified®, que determinadas empresas pagan por utilizarlo como distintivo de producto “limpio”. Este tipo de certificaciones no es inusual (vimos algo similar en los productos biodinámicos), pero introduce un matiz relevante: la organización no solo comunica riesgos, sino que participa en un mercado donde esos riesgos percibidos generan valor para ellos y sus clientes. En ese contexto, resulta ilustrativo el caso de Christine Gardner, cuyo historial podéis ver en esta página. Una activista centrada en la “eliminación de toxinas” del entorno doméstico, fue miembro en el pasado del Consejo del EWG y participó en el lanzamiento del programa EWG Verified, mientras era una de las primeras embajadoras de la marca de cosmética “limpia” Beautycounter (ahora Counter), bastantes de cuyos productos llevan esa certificación. Este tipo de confluencias no implica necesariamente conflictos directos, pero sí introduce dudas similares a las que se suelen aducir cuando un artículo científico es financiado por una empresa privada. Particularmente en un entorno como el de la cosmética que, en muchas ocasiones, ronda la pseudociencia.

En definitiva, el caso Alar mostró cómo un peligro real, pero mal contextualizado, puede generar una alarma desproporcionada. La “Dirty Dozen®” reproduce, en cierta medida, ese mismo esquema. Y las consecuencias no son triviales ya que, si las personas perciben ciertos alimentos como peligrosos, pueden evitarlos. Desde el punto de vista de salud pública, eso puede ser contraproducente, porque los beneficios del consumo de frutas y verduras están sólidamente establecidos y superan con creces los riesgos asociados a residuos de plaguicidas en niveles habituales.

Afortunadamente, la gente de mi pueblo parece haber evaluado bien ese binomio riesgo/equilibrio: cada vez hay más fruterías….

Música para hoy: de Sergei Prokofiev, la Troika del "Teniente Kije" con Tugan Sokhiev dirigiendo a la Filarmónica de Berlín.

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lunes, 13 de abril de 2026

Cuero vegano. Otro ejemplo de marketing perverso

Ya conté hace tiempo que soy hijo del gerente de una empresa curtidora de pieles de vacuno, cuyo destino final eran las suelas de los zapatos que, en mis años jóvenes, fabricaban empresas de Alicante, Baleares o Aragón. Así que, de cueros de vacuno, sé lo suficiente como para arquear mis pobladas cejas tras leer, esta semana, una noticia que hacía mención al término cuero vegano. Una expresión, sin duda atractiva desde el punto de vista comercial, pero ambigua e incluso confusa si se analiza con cierto rigor. Porque no debiera olvidarse que el cuero ha sido, y sigue siendo, un material bien definido: piel animal tratada mediante procesos químicos de curtido para estabilizar su estructura y evitar su degradación. Por tanto, el añadido del adjetivo “vegano” al sustantivo cuero introduce una aparente contradicción, ya que el cuero, por definición, implica un origen animal. En la práctica, el término se ha consolidado para describir materiales que imitan el aspecto y ciertas propiedades del cuero sin emplear pieles animales.

Conviene no confundir este caso con otros en los que el calificativo “vegano” resulta bastante menos problemático. Es lo que ocurre, por ejemplo, con el vino. Un vino vegano no es más que aquel en cuya elaboración se han evitado agentes clarificantes de origen animal, como la gelatina o la caseína, sustituyéndolos por alternativas minerales o vegetales. El resultado sigue siendo, sin mayor controversia, vino. En el caso del cuero, sin embargo, la situación es algo distinta: al prescindir de la materia prima original, lo que se obtiene puede parecerse al cuero, pero difícilmente puede decirse que lo sea.

Además, bajo la etiqueta cuero vegano se agrupan materiales muy distintos. Algunos no muy diferentes de los que también tengo recuerdos muy vivos de mi infancia, cuando mi padre empezó a preocuparse por la irrupción en el mercado de términos como similcuero, polipiel o skai (escay). Este material consistía típicamente en una base textil recubierta con un polímero, el policloruro de vinilo (PVC) plastificado. Su popularidad se debía a su bajo coste, facilidad de limpieza y resistencia al agua. Fue muy utilizado en tapicería, automoción y marroquinería. Nunca fue un competidor del cuero para suelas de calzado, pero una curtidora de pieles para marroquinería, cercana a la de mi padre, sufrió los embates de objetos fabricados en similcuero, así que pudo ver pelar las barbas de su vecino.

Como ya hemos visto en este Blog, el PVC, a temperatura ambiente, es un polímero rígido que necesita la adición de plastificantes para volverse flexible y poder emplearse en este y otros sectores. Estos compuestos, como los ftalatos, no se unen químicamente a la matriz polimérica, sino que se insertan entre sus cadenas, actuando como “lubricantes” moleculares que confieren flexibilidad. Un PVC plastificado presenta, con el paso del tiempo, un problema característico: los plastificantes pueden evaporarse o migrar hacia la superficie, lo que explica tanto el deterioro mecánico como el característico olor a plástico de estos materiales. Además, algunos de estos plastificantes han sido objeto de preocupación por sus posibles efectos sobre la salud, lo que llevó a restricciones regulatorias, especialmente en Europa.

Como consecuencia de estos problemas, el sector evolucionó hacia otros materiales, principalmente el poliuretano (PU), que no requiere plastificantes. Esto mejoró la estabilidad y la durabilidad del producto final, aunque distó de eliminar todos los problemas. Hoy en día, muchos productos etiquetados como “cuero vegano”, sobre todo en sus versiones más asequibles, están fabricados con poliuretano. Es cierto que supone una mejora frente al viejo PVC, pero ambos siguen siendo, en esencia, plásticos. Y resulta cuanto menos curioso que el término vegano, cargado de connotaciones de naturalidad y sostenibilidad, acabe aplicado a materiales que, precisamente, están en el punto de mira por su impacto ambiental y la generación de microplásticos. Por si fuera poco, su durabilidad suele quedar bastante por detrás de la del cuero tradicional, lo que termina de redondear una etiqueta que suena mejor de lo que realmente describe.

Hay otras alternativas más innovadoras del llamado cuero vegano, basadas en materias primas biológicas, como fibras de piña, cactus o micelio de hongos. Entre ellas, el “cuero” de micelio resulta especialmente interesante y ha sido objeto de trabajos y revisiones científicas. El micelio es la estructura vegetativa de los hongos, formada por una red de filamentos microscópicos llamados hifas. Estas hifas se entrelazan formando una estructura tridimensional que recuerda, en cierto modo, al colágeno del cuero de verdad del que hablaremos a continuación. Esta red confiere al material ciertas propiedades mecánicas: resistencia moderada a la tracción, flexibilidad y capacidad de compresión. Sin embargo, el cuero de micelio no alcanza las prestaciones del cuero tradicional. Por ello, en muchos casos se le somete a procesos de densificación, prensado y, en ocasiones, se recurre a recubrimientos poliméricos, algo que también ocurre, en mayor medida, con los “cueros” obtenidos a partir de fibras de piña o cactus, para mejorar su resistencia al desgaste y, sobre todo, a la humedad, ya que las hifas son biodegradables.

Para entender por qué el cuero tradicional sigue siendo difícil de igualar, hay que recordar que sus especiales propiedades y, en particular, las de aquellas suelas que salían de la curtidora de mi padre, se deben al colágeno. Se trata de una proteína fibrosa con una estructura repetitiva, basada en unos pocos aminoácidos, que constituye el armazón de la piel. En presencia de agua, las fibras de colágeno son relativamente ligeras y flexibles, pero también un blanco fácil para bacterias. Si se secan, se vuelven más estables, pero el material resultante es rígido debido a la formación de enlaces de hidrógeno entre las fibras. Cuando las pieles están húmedas, esas mismas interacciones implican también a las moléculas de agua, lo que confiere mayor libertad de movimiento y flexibilidad.

El proceso de curtición consiste, básicamente, en reemplazar esas moléculas de agua por otras sustancias que aporten flexibilidad al material final y lo protejan frente a la degradación biológica. De ahí surgen los dos grandes métodos: el curtido al cromo y el curtido con taninos (o curtido vegetal). Yo oí hablar de cromo y taninos mucho antes de considerar la idea de dedicarme a la Química.

El agente de curtido más extendido es el sulfato de cromo (III). El cromo proporciona a las pieles unas propiedades difíciles de conseguir por otras alternativas. Por poner un ejemplo, un cuero curtido al cromo puede llegar a tolerar durante tiempos prolongados la acción del agua hirviendo. El inconveniente es que el cromo (III), que no es tóxico, puede oxidarse a cromo (VI), un bicho de cuidado: tóxico, carcinógeno y capaz de causar dermatitis alérgica incluso a bajas dosis. De hecho, una norma de la UE prohíbe que, en los objetos curtidos al cromo que se comercialicen, haya una concentración de cromo (VI) superior a 3 ppm. De ahí la necesidad de ajustar cuidadosamente los procesos de curtición para evitar que se supere ese límite.

La forma más antigua de curtir es el llamado curtido vegetal, que hoy en día se sigue empleando en lugares como Italia, España, Francia, Japón, México o India. En este proceso se emplean extractos de plantas procedentes, por ejemplo, de mimosa u otros árboles ricos en taninos, que son un tipo de polifenoles. Estos compuestos interactúan con las cadenas de proteínas del colágeno y favorecen la unión entre las mismas. La diferencia fundamental con el curtido al cromo radica en la naturaleza de estas interacciones. El cromo genera enlaces más definidos y fuertes, resultando en una estructura más “bloqueada”. Los taninos, en cambio, crean una red de interacciones más débiles pero numerosas, lo que permite cierta reorganización con el tiempo. Esto explica por qué el cuero vegetal tiende a mejorar con el uso, mientras que otros materiales simplemente se degradan.

En comparación, las diferentes variedades de cuero vegano mencionadas carecen de la complejidad estructural y química del cuero tradicional. Aunque pueden imitar su aspecto, su comportamiento a largo plazo es distinto. Los polímeros implicados tienden a fallar de forma más abrupta, mientras que el cuero natural presenta un desgaste progresivo. La alternativa basada en micelio, por su parte, representa un intento interesante de reproducir una estructura fibrosa natural, pero aún no alcanza la sofisticación de propiedades del colágeno estabilizado.

En definitiva, el término “cuero vegano” engloba una amplia gama de materiales con propiedades y orígenes muy distintos. Desde plásticos convencionales hasta innovaciones biotecnológicas, cada opción presenta ventajas y limitaciones. Comprenderlas requiere ir más allá del marketing y analizar su composición, su estructura y su comportamiento a lo largo del tiempo. Solo así es posible evaluar de manera crítica si realmente constituyen una alternativa equivalente al cuero tradicional o, simplemente, un ejemplo más de cómo el marketing puede ir por delante de la realidad material.

Música clásica fácil de escuchar. La Badinerie o último movimiento, breve, rápido y alegre, de la Suite Orquestal n.º 2 en si menor, BWV 1067 de Johann Sebastian Bach. Con Herbert von Karajan de director, la Filarmónica de Berlín y Karlheinz Zöller, a la flauta. Grabado en la Sala Pleyel de Paris en 1968.

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