lunes, 18 de junio de 2018

Toxicidad y etiquetas de los perfumes

En una entrada anterior en la que contaba la historia de los productos comercializados con la etiqueta Heno de Pravia, acababa la misma con una corta reflexión sobre lo que me parece una curiosa moda: el que la gente se prepare sus propios perfumes a base de aceites esenciales de plantas, que se pueden encontrar, cada vez más, en muchos sitios de internet. El argumento para hacerlo no puede ser más quimiofóbico: las grandes marcas de perfumes usan un número importante de compuestos aromáticos de síntesis ("químicos" dicen ahora) y, por el contrario, los aceites esenciales provienen generalmente de plantas y flores naturales, muchas de ellas cultivadas por procedimientos "orgánicos". En esta entrada voy a tratar de demostrar la falacia de semejante planteamiento.

Cuando uno tiene un envase de un perfume en la mano, sea de una marca más o menos conocida o preparado en casa, lo más peligroso para la salud es bebérsela, cosa que no es tan extraño como pueda parecer a primera vista. Existe mucha información sobre la ingesta de colonia, algo bastante habitual por ejemplo en Rusia, fundamentalmente porque un agua de colonia es casi alcohol puro (el vodka "solo" tiene un 40% de alcohol), con un poco de agua y un porcentaje pequeño (alrededor de un 3%) de la fragancia base que da a esa colonia su olor característico. Pero la gente no suele beber colonia por lo general, aunque algunos si la meen, por intrincadas razones de su personalidad.

El uso común de los perfumes, colonias y demás presentaciones de una determinada fragancia implica, generalmente, aplicarlas sobre la piel. Y es bien conocido desde los setenta que una parte pequeña de la población (alrededor del 1%) es sensible a determinados componentes de los perfumes, causando en algunos casos edemas (inflamación) o eritemas (rojez). En otros casos, la aplicación de perfumes produce un fenómeno llamado sensibilización, al atravesar ciertos componentes la membrana de la piel e irse acumulando en nuestro cuerpo, generando reacciones inmunes como la dermatitis por contacto, cuyo efecto puede extenderse en el tiempo.

A lo largo de la historia de la perfumería se han identificado también, mediante experimentos con ratones, algunos casos aislados de componentes fototóxicos, es decir, que se convierten en problemáticos al incidir la luz sobre ellos (como la 3-metil cumarina), neurotóxicos (cual es el caso de un almizcle sintético conocido como AETT) o incluso disruptores endocrino (como el fenil etil alcohol, un componente importante en el aceite esencial de rosa). Tras la constatación de los posibles peligros, esos productos se han ido prohibiendo y, en el caso del último, su carácter peligroso desaparece al llegar a nuestro organismo, donde es metabolizado como ácido fenil acético, un componente natural de nuestra sangre.

Como consecuencia de toda la experiencia acumulada desde los años 70, gracias sobre todo a la IFRA (International Fragance Association, a la que hacía referencia en la entrada mencionada al principio), existe hoy en día un marco legal en continua revisión sobre los ingredientes usados en fragancias, marco legal concretado en la Directiva europea 1223/2009. En ese Reglamento, en las páginas que van desde la 154 a la 163, ambas inclusive, aparece un listado de veintiséis sustancias habituales en perfumería que, al considerarse sensibilizantes, fototóxicos o irritantes, deben declararse expresamente en la etiqueta del perfume si se encuentran en concentraciones superiores al 0,001%. Si, como suele ser habitual, algunas de esas sustancias se emplean en jabones o productos de limpieza para darles algún olor agradable, la normativa establece una concentración límite diez veces superior, al entender que, cuando uno usa esos productos, normalmente se aclara la piel con abundante cantidad de agua. Para la discusión que va a seguir es interesante mencionar que, de esas veintiséis sustancias, solo nueve son productos químicos sintetizados por el hombre, mientras que las diecinueve restantes son moléculas químicas presentes en la naturaleza.

Y la mención a esa normativa me da pie para explicaros algo que generalmente la gente no sabe sobre una etiqueta como la que ilustra esta entrada (que podéis ampliar clicando en ella). Se trata de una colonia (eau de toilette) de las muchas que pueblan el arsenal cosmético de mi Búha. Un producto de la casa Carthusia (delicioso, dice ella), que inició su andadura en 1948 sobre la base de una serie de fragancias basadas en recetas centenarias encontradas en un determinado monasterio italiano. Uno puede pensar que el listado que en ella aparece contiene TODOS los ingredientes del perfume que nos venden. Pues no. La normativa permite ocultar, bajo el término Parfum/Fragancia, la particular mezcla que haya ideado el maestro perfumista para esa marca concreta. Pero si en esa mezcla hay alguna o algunas de las veintiséis sustancias arriba mencionadas en concentraciones superiores al 0,001%, entonces deben declararse en la etiqueta. Podéis contar las que aparecen en el ejemplo de arriba y veréis que, con independencia de que Carthusia haya empleado para esa fragancia sustancias naturales o de síntesis, contiene veintidós de las veintiséis sustancias contenidas en el Reglamento arriba mencionado.

¿Cuántas y en qué concentración puede haber de esas veintiséis sustancias en un perfume preparado por una persona cualquiera a base de aceites esenciales?. Pues nadie lo sabe. Pero lo que si puedo deciros es que muchas de esas sustancias pueden estar en concentraciones muy importantes en determinados aceites esenciales. Por ejemplo, el citral es una sustancia habitual en los cítricos. Se trata de una mezcla de dos sustancias casi idénticas, que los químicos llamamos isómeros: el geranial y el neral. Y así, el petitgrain, un aceite esencial que se extrae de tallos y hojas de algunas naranjas amargas y que, incluso, ha dado el nombre a fragancias de marcas conocidas, contiene un 36% de citral puro. Y el eugenol, otro del grupo de las veintiséis sustancias que venimos mencionando y muy habitual en las etiquetas de muchos perfumes, constituye el 78% del aceite esencial de clavo, botones (flores que aún no se han abierto) secos del árbol del clavo o clavero (Syzygium aromaticum). ¿Lo saben nuestros aventurados perfumistas de andar por casa?. Lo dudo. En cualquier caso, no quiero asustarles. A fin de cuentas, luego van a diluir la fragancia que hayan preparado a base de mezclas aceites esenciales con abundante alcohol y agua y, si no pertenecen a ese 1% de personas alérgicas a algunos de los componentes "naturales" de sus aceites esenciales, no les va a pasar nada. Pero, si me creen, estaría bien que aplicaran el cuento por igual a los componentes sintéticos que también suelen emplear los maestros perfumistas de las grandes casas (Dior, Chanel) en sus atractivos "coupages".

Y espero que no caigamos en recomendaciones como la del CCOHS (Canadian Centre for Occupational Health and Safety o Centro Canadiente para la Salud y Seguridad Ocupacional) un organismo gubernamental de Canadá que ya anda propugnando "espacios libres de aromas" derivados del uso de perfumes, aftershaves o desodorantes, apelando a las molestias que pueden causar a personas sensibles a determinados componentes de esos productos. En el caso de que cayéramos en tamaña sinrazón (algo que no descarto, visto el panorama), reivindicaré la obligatoriedad de ir al trabajo duchado, que el derivado del ácido hexanoico que da lugar al olor del sudor reconcentrado y que ha sido una constante en los espacios en los que he dado clase durante años, también tiene características irritantes para la piel y para el olfato de determinadas personas sensibles (como yo).

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miércoles, 30 de mayo de 2018

Arreglando la anterior entrada

Por una serie de cuestiones que sería largo de explicar, la entidad editora de este Blog ha publicado esta noche una versión incompleta de la entrada que yo quise publicar ayer como Dios manda. Eso ha hecho que los lectores que reciben alertas por email de la publicación de nuevas entradas se hayan mosqueado, pero también quienes hayan leído la entrada en internet desde ayer sobre las 23,00 hasta este momento (14,00 horas del miércoles).

Mis más sinceras disculpas. Esto no ha pasado nunca en mis quinientos y pico posts anteriores. Para leer la entrada de ayer completa, no tenéis más que pinchar aquí.

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martes, 29 de mayo de 2018

Una entrada con acertijo

En las últimas semanas he dado un par de charlas relacionadas con la homeopatía: la primera estuvo centrada en la memoria del agua y la segunda, algo más larga, revisó conceptos básicos de la misma y puso al día a mi audiencia sobre la llamada "regulación" de los productos homeopáticos por parte del Ministerio de Sanidad. Como consecuencia de ello, he cacharreando mucho en la web CIMA de la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios (AEMPS), a la búsqueda de preparados que  estuvieran (a mi entender) en la frontera de lo que puede considerarse un verdadero fármaco. He encontrado varios, pero el que hoy os propongo se ha ganado el mérito de estar aquí porque salió en una conversación con dos amigos, médicos ambos, que siempre han estado interesados en él y a los que prometí escribir algo al respecto.

Y la verdad es que el producto tiene su aquél, si uno revisa la composición de lo que constituye sus ingredientes activos e incluso los no activos o excipientes. Así que voy a hacer una ligera introducción a los mismos, procurando inducir en mis lectores una cierta reacción quimiofóbica a los mismos, para acabar la entrada con el acertijo de cuál es el nombre por el que  todo o casi todo el mundo conoce al medicamento es cuestión.

El primer componente activo de nuestro producto es uno del que hablábamos en la reciente entrada sobre las bolas de billar y el celuloide. Recordaréis que este último resultó del intento de hacer que las primeras bolas, fabricadas con nitrato de celulosa, no explotaran al golpearlas. Lo que solventó su inventor, Hyatt, cubriendo la superficie de las mismas con una mezcla del propio nitrato de celulosa con alcanfor, que hacía que esa superficie fuera algo más blandita. Pues bien, un gramo de nuestro producto farmacéutico incógnita (incluidos los excipientes) contiene 50 miligramos de alcanfor. Se pueden contar muchas cosas sobre el alcanfor, pero baste con decir que la FDA americana prohibe cualquier preparado cuya composición en alcanfor supere el 11% y las concentraciones inferiores a ese porcentaje solo pueden usarse en humanos si se aplican sobre la piel.

En parecida concentración (50 miligramos por gramos de productos) está el aguarrás, esencia de trementina o turpentine en inglés, un líquido que se obtiene por destilación por arrastre de vapor de agua de la resina oleosa (también llamada miera) que se extrae de diversas especies de coníferas. Aunque todavía se sigue manteniendo en algunas regiones del mundo un procedimiento artesanal de obtención de la resina sobre la base de ir pelando los pinos en bandas practicadas en su tronco y recogiendo la resina que mana de ellas, lo cierto es que una gran parte de la producción de aguarrás se origina a partir de los desechos de la industria papelera que usa mucho pino en su proceso de producción.

Si uno se dedica a buscar los peligros inherentes al uso del aguarrás o trementina, la literatura contiene prevenciones diversas ligadas a su inhalación, ingestión o contacto con la piel. Inhalarlo puede generar cefaleas y problemas con la visión, bebiéndolo uno puede literalmente morirse y aplicándolo a la piel se han descrito diferentes alergias. Pero la cosa no debe ser tan grave. Generaciones de pintores de brocha gorda, y no tan gorda, se han quitado la pintura de las manos, brazos o cara con aguarrás. Se ha usado durante mucho tiempo en el tratamiento de piojos. Hace años se administraba aguarrás diluido oralmente para el tratamiento de parásitos intestinales (no sé quien moría antes, si el parásito o el enfermo) pero su principal empleo ha sido disolvente de pinturas de todo tipo, empleo que está cayendo en desuso merced a las llamadas pinturas al agua o el empleo de otros disolventes más convencionales.

Los siguientes ingredientes activos, en cantidades algo inferiores, son aceites esenciales de mentol (27,5 mg/g) y eucalipto (15 mg/g), muy populares y de diversos usos en farmacia, pero solo por dar un ejemplo, el primero puede resultar letal si se ingieren cantidades del orden de 2 gramos. Y para terminar, el ingrediente principal aunque usado como excipiente y que supone casi el 90% del producto final, es la vaselina blanca, también conocida como petrolatum en terminología inglesa. Y lo digo porque es indicativo de dónde se extrae. Se trata de una mezcla de hidrocarburos saturados, todos ellos con más de 25 átomos de carbono, que tiene la particularidad de ponerse blandita a temperaturas parecidas a las del cuerpo humano, lo que viene muy bien para su empleo como excipiente en preparados que se tengan que aplicar sobre el mismo. Para estos usos se emplea esta versión refinada de la vaselina, que reduce al mínimo la existencia de hidrocarburos aromáticos policíclicos (HAPs) sobre los que ya hemos hablado en este Blog, por el carácter cancerígeno de algunos de los miembros de la familia.

Con estos antecedentes, uno pudiera pensar que no es un preparado cuya inclusión en la web CIMA antes mencionada parezca probable. Pues craso error. Ahí aparece con su flamante código nacional 846287.2 (algo de lo que no puede presumir ninguno de los preparados homeopáticos que se venden en España, como bien sabéis).

¿De qué producto farmacéutico se trata?. Pues no tenéis más que picar en este enlace para resolver el acertijo. Y si queréis una información completa de la Hoja técnica que aparece en la web CIMA de la AEMPS no tenéis mas que picar en este otro. Haciéndolo os daréis cuenta de que el primer registro de nuestro producto incógnita en la AEMPS se produjo en 1951. Si os soy sincero, no se si ahora lo conseguiría. Pero lo mismo pienso de la aspirina.

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miércoles, 2 de mayo de 2018

Un curso de verano en Donosti

Los Cursos de Verano de la UPV/EHU, que se celebran en el precioso marco del Palacio de Miramar de Donosti, llegan este año 2018 a su trigésima séptima edición. Como cada año, desde hace unos cuantos y dentro del apartado Ciencia y Tecnología, los amigos Juan Ignacio Pérez Iglesias (Director de la Cátedra de Cultura Científica) y Fernando Cossío (Director Científico de Ikerbasque) organizan un Curso para elque, este año, han elegido el título Historia Natural de la Cocina, que versará sobre "las relaciones de nuestra especie con lo que le ha servido de alimento". Y en el que este vuestro Búho va a tener el honor de impartir una charla. Ya lo hice en la edición de 2010 y, desde entonces, no he fallado a ninguno de los cursos posteriores, aunque como alumno más o menos disciplinado. Para que tengáis todos los detalles del Curso, os dejo aquí el enlace adecuado.

Como véis en la información, voy a compartir programa con un interesante elenco de personas, entre los que tengo buenos conocidos y amigos. A la vista de esta "nómina" no tuve muy claro qué temática elegir para la charla, al haber otros ponentes con más predicamento en algunas de las cosas sobre las que suelo hablar. Pero al final, y como no quería perderme la oportunidad de compartir cartel con tanto ilustre, propuse a los Directores que me dejaran contar la historia de ese movimiento mal llamado Gastronomía Molecular en el que, por pura chiripa, pude en su momento hacer alguna modestísima aportación. Los que me habéis seguido en el Blog, sabéis que la cosa me ha interesado desde que caí en el entorno de Juanmari Arzak y su gente, allá por el 2003. Como consecuencia de ese interés, tengo alguna bibliografía interesante, y de buena fuente, sobre los primeros pasos del citado movimiento y cuento además con más de un amigo que me echará una mano para concretar algunos detalles que puedan habérseme escapado. A ver cómo queda el resultado final.

Asistir al evento cuesta unos eurillos pero qué mejor plan (para el que disponga de tiempo) que pasar tres mañanas en el entorno del Miramar. Y, encima, con la diversión asegurada viniendo algunos que yo me sé.

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lunes, 23 de abril de 2018

Películas y bolas de billar con peligro: nitrato de celulosa

Uno de los jóvenes amigos que el uso de las redes sociales me ha permitido conocer es Oskar González Mendía, un químico analítico especializado en cuestiones que tienen que ver con las implicaciones de la Química en el mundo del arte. Desde principios de este año está publicando en Twitter un tuit diario, con interesantes ejemplos de esa relación que acabo de mencionar. Y este domingo, el publicado tenía que ver con el papel que un polímero (plástico) semisintético, el nitrato de celulosa, ha jugado en el mundo del cine del siglo XX, haciendo referencia, además, a los peligros que ello conllevaba por su carácter altamente inflamable. Lo que me recordó un post que escribí en los albores de este Blog y que, como otros publicados en 2006 y por razones que ya he mencionado en otros casos similares, ha pasado sin pena ni gloria a pesar de lo que me lo trabajé. Así que he decidido reescribirlo, actualizarlo y aligerarlo un poco porque anda que no me enrollaba yo hace doce años.

Hacia la mitad del siglo XIX, el uso extendido del marfil en las empuñaduras de cubiertos de todo tipo, en los teclados de los pianos, en joyería y, sobre todo, en las bolas de billar, hizo empezar a temer por las poblaciones de elefantes. El caso de las bolas de billar era particularmente importante, pues su consumo se estaba incrementando y posibles materiales sustitutivos, como la madera maciza de procedencia arbórea diversa, no tenían las propiedades adecuadas para el choque cuasielástico requerido por profesionales cualificados en tal disciplina. Así que el más importante fabricante americano de bolas de billar, Phelan and Collander, instituyó, en la década de los sesenta de ese siglo XIX, un preciado premio de 10.000 $, destinado al inventor que pudiera proporcionar un material que sustituyera al marfil de sus bien amadas bolas (de billar). Un inventor de Albany, en el Estado de Nueva York, J.W. Hyatt Jr., decidió que el premio merecía un esfuerzo más que razonable y se puso a trabajar. No está del todo claro claro de dónde le llegó la información que cristalizó en su inventó, pero el caso es que para 1869 había conseguido unas bolas de billar elaboradas casi exclusivamente con un material que, por aquel entonces, era conocido entre los iniciados como colodión.

Pero el colodión tenía ya, para entonces, su pequeña historia que merece ser contada con cierto detalle. Veinticinco años antes, un profesor de Química de Basilea, C.F. Schönbein, había escrito una carta a Faraday en la que le comunicaba que, siguiendo trabajos previos de unos químicos franceses, Pelouze y Braconnet, había conseguido hacer reaccionar papel con una mezcla de ácidos nítrico y sulfúrico, obteniendo una nueva sustancia de propiedades bastante curiosas y que hoy denominamos nitrato de celulosa porque, como ya sabemos, el papel está básicamente constituido por fibras de celulosa, un polisacárido que ya nos hemos encontrado previamente (véase esta entrada). Las fibras de celulosa son también las que forman parte de los tejidos de algodón, una precisión que debo hacer para que la historia que sigue debajo tenga una cierta consistencia. El hecho de hacer reaccionar a una sustancia de origen natural (celulosa) con productos químicos, para dar lugar al nitrato de celulosa, es lo que confiere a este polímero la etiqueta de semisintético.

Dependiendo del grado de nitración de la celulosa o, lo que es lo mismo, de la intensidad del ataque del acido nítrico sobre ella, el producto resultante podía ser desde una plastilina semisólida, capaz de ser moldeada en diversas formas y objetos, hasta un líquido muy viscoso. Schönbein también avisaba de sus propiedades explosivas y de hecho, en años sucesivos, ese material se utilizó con fines bélicos, con denominaciones como algodón de cañón o nitrocelulosa.

En cuanto los detalles de la carta de Schönbein cayeron en manos del looby parisino de la Química, Louis Ménard, un estudiante de Pelouze, se puso a investigar en el tema y pronto descubrió que el nitrato de celulosa podía disolverse muy bien en una mezcla de etanol y éter, disolución que fueron los primeros en bautizar como colodión. Cuando la disolución, cual un barniz cualquiera, se aplicaba sobre una superficie y se dejaba que el disolvente se evaporara, se generaba un filme sólido, elástico, dúctil y a prueba de agua.

Pero, en aquella época, los sabios franceses andaban muy atareados en disputas internas de su Académie y no investigaron lo suficiente como para que se les ocurriera aplicación alguna para el citado material, aunque algunos años más tarde, y ya en otros países como Gran Bretaña o Estados Unidos, la gente usaba las disoluciones de colodión como pegamento. De hecho, si uno investiga los precedentes del famoso pegamento Imedio que nos acompañó en nuestra infancia a los hoy ya sesentones, los primeros preparados de esa marca no andaban muy lejos del colodión. En una aplicación más pedestre (y nunca mejor aplicado el adjetivo) las disoluciones de colodión también se aplicaban como un remedio que ayudaba a eliminar los callos de los pies.

Aunque no sabemos casi nada sobre la relación entre Schönbein, los franceses y otros colegas de la pérfida Albión, lo cierto es que en la Exposición Internacional celebrada en Londres en 1862, un inventor del país llamado Alexander Parkes, exhibió en su stand una serie de objetos moldeados a partir de disoluciones más o menos concentradas de nitrato de celulosa. Se incluían allí cajas para guardar joyas, dientes artificiales, botones, empuñaduras de navajas y otros objetos, algunos de los cuales podéis ver en el Museo de la Ciencia de la capital londinense, si buscáis adecuadamente.

Parkes, que denominaba a su material parkesina (modesto que era el hombre), fue uno de los triunfadores de la Exposición, ya que ganó una medalla de bronce y, casi inmediatamente, se metió en la aventura de comercializar sus productos. A finales de los sesenta de ese siglo XIX el catálogo había ido creciendo e incluía brazaletes, pendientes, mangos de paraguas y hasta alguna bola de billar. Sin embargo, la aventura parkesiana duró poco y el negocio se fue a pique. Dicen los historiadores que la causa fundamental fue el empleo paulatino de algodones (la fuente de celulosa de la industria de Parkes) de cada vez peor calidad a medida que los pedidos iban creciendo, aunque otros lo atribuyen a problemas con el carácter inflamable de la parkesina o a complicaciones en la gestión empresarial.

Como parte de la liquidación de la sociedad entre los acreedores, la patente de la parkesina fue asignada a un antiguo asociado de Parkes, Daniel Spill, que decidió volverlo a intentar creando dos compañías, una en Inglaterra y otra en USA. Y, en este punto temporal, la historia se encuentra con el concurso convocado para buscar nuevas bolas de billar y las propuestas del neoyorquino Mr. Hyatt. Este es también el momento en el que empieza el que, probablemente, es el primero de los litigios que, a lo largo de la historia, han jalonado la historia de los polímeros.

Las bolas no marfileñas que Mr. Hyatt había patentado no pasaron las primeras pruebas de su uso en los salones de billar. Se inflamaban rápidamente si alguien las tocaba con un cigarro y hay una curiosa carta a Hyatt del propietario de un salón de billar de Colorado en el que le describe que, a veces, un golpe un tanto desmesurado sobre la bola provocaba una explosión de la misma, con un ruido parecido a un disparo. La cosa no era para tomársela en broma porque ya se sabe que, en aquella época, a todo el mundo los dedos se les volvían huéspedes a la hora de desenfundar las armas que llevaban al cinto, con lo que se podía montar la mundial en pocos segundos. En 1870, Hyatt consiguió avanzar un paso más en sus investigaciones y presentó una patente en la que propugnaba que si en la cubierta final de las bolas se empleaba una mezcla de nitrato de celulosa y alcanfor, el asunto de los disparos súbitos se controlaba mucho mejor. A esa mezcla, Hyatt lo bautizó como celuloide y su aceptación por el mercado bajó sustancialmente el precio de las bolas y contribuyó a la popularización del billar. Hoy sabemos que el papel fundamental del alcanfor es hacer de plastificante del nitrato de celulosa o, dicho en otras palabras, convierte a éste en un material más blandito, algo similar al empleo de los ftalatos en el PVC que se usa para fabricar cortinas de baño o balones de playa.

Además de las bolas de billar, otros muchos objetos empezaron a producirse con el mencionado celuloide. Me quedo con los cuellos duros que llevaban los frailes corazonistas que me martirizaron en mis años mozos. O con los famosos dickies, esas rígidas falsas pecheras de camisas que hemos visto en muchas películas de cine mudo. Pero el nuevo propietario de la patente de la parkesina, Spill, estaba al loro de lo que se cocía en torno a las bolas de billar y, enseguida, presentó una demanda contra la patente de Hyatt, argumentando que el uso del alcanfor había sido ya introducido por su antigua empresa en algunos de los preparados a base de parkesina. El caso fue largo, caro y complicado y duró hasta 1887, cuando Spill murió sin conseguir su propósito y la Corte Suprema de EEUU archivó la querella. El asunto curioso es que Parkes testificó en el juicio a favor de Hyatt y en contra de Spill, su antiguo socio. Dicen las malas lenguas que se la tenía guardada, porque pensaba que una parte de la quiebra de la empresa se debía a una mala gestión interesada de Spill.

El celuloide, entendido como nitrato de celulosa con algunos aditivos que lo hacían más blandito, flexible y manejable, se empleó posteriormente como material para la impresión fotográfica y, algo más tarde, como soporte para registrar y reproducir las primeras películas. En esa aplicación hubo también más de un susto, pues si bien se había controlado el carácter explosivo del material allí empleado, el celuloide no deja de ser un material de llama fácil y más de un archivo de películas antiguas ha ardido, como la Roma de Nerón, sin poderse hacer nada para remediarlo. En los años posteriores, el nitrato de celulosa fue sustituido por el acetato de celulosa, un pariente próximo que resulta de tratar las fibras de celulosa con otro ácido, el acético (el ácido del vinagre). Ambas celulosas modificadas son igualmente parientes del celofán que vimos en otra entrada. De nuevo, como en el caso del nitrato de celulosa, pueden conseguirse diferentes grados de acetilación de la celulosa, obteniéndose materiales muy variados.

El acetato de celulosa ha sido hasta los años 60 del siglo XX el soporte fundamental del material de fotos y películas, al permitir que sobre él se realizara una correcta dispersión de sales de plata sobre una capa de gelatina depositada sobre el acetato. A partir de 1960/70, el acetato de celulosa ha sido reemplazado como tal soporte por un plástico de origen puramente sintético, el polietilen tereftalato, PET, el mismo que empleamos hoy en día en la mayoría de las botellas de agua y bebidas carbonatadas y el mismo que ha constituido la mayor parte de las fibras que aparecen como poliéster en las etiquetas de nuestra vestimenta.

Luego ha llegado la era digital y todo eso ha pasado a la historia. Al pobre celuloide le han quedado nichos de mercado como las bolas de ping-pong y también se sigue empleando nitrato de celulosa en algunas lacas de uñas. Pero tranquilas, chicas, que no van a explotar.

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