lunes, 17 de enero de 2022

Impresoras 3D en la cocina

Hace poco, en un episodio de esos que llaman obsolescencia programada, un mando de la secadora de mi suegra se rompió. Tenía veinte años, así que tampoco está tan mal, pero era solo un mando. Y fue imposible encontrar en los almacenes de repuestos más conocidos de la ciudad un mando de recambio. En esas estábamos, abocados a cambiar la lavadora, cuando se nos ocurrió recurrir a un amigo que, desde que se jubiló, ha dedicado una parte importante de su tiempo a fabricar todo tipo de objetos con una impresora 3D. Y, dicho y hecho, en pocas horas teníamos una pieza idéntica a la fenecida y ahí sigue la lavadora funcionando como antes. Pero mi sorpresa fue grande cuando, al contar la anécdota a gente de nuestro entorno más próximo, constaté que muchos de ellos no sabían qué eran ni para qué servían las impresoras 3D.

Según una adaptación algo libre de la página en inglés de Wikipedia sobre la impresión 3D, el proceso lleva a cabo la construcción de un objeto tridimensional, partiendo de un modelo digital del mismo almacenado en un ordenador. El término "impresión 3D" se refiere, en realidad, a diferentes procesos en los que un material se deposita, une o solidifica bajo el control de un software informático para crear una pieza. En el proceso mas extendido en el mercado, el material (que puede ser un plástico, un líquido o granos de polvo fusionados) se va sumando capa por capa. Un ejemplo sencillo de impresora 3D es la que se ve en la foto que ilustra esta entrada, en el que un hilo de plástico rosa que se ve a la izquierda, se pasa por la boquilla del centro, donde el plástico se funde, y se va depositando de abajo arriba, con movimientos controlados de esa boquilla hasta dar forma a la Torre Eiffel. A medida que el plástico fundido se deposita, se enfría y solidifica. Si después de mis nunca bien ponderadas explicaciones no lo habéis entendido del todo, podéis ver este video.

Todo esto viene como preámbulo porque, a mediados de diciembre, la revista de la American Chemical Society ACS Central Science publicaba un artículo de Alla Katsnelson titulado "Las impresoras 3D entran en la cocina", que me voy a permitir resumir para los más cocinillas de mis seguidores. La autora comienza su relato contando que los militares americanos están recurriendo a las impresoras 3D para preparar raciones específicas para sus soldados. Al mismo tiempo, sus laboratorios especializados están investigando los desafíos a los que enfrentarse para hacer de esta herramienta algo más versátil en usos gastronómicos. Cosa que, como todos intuiréis, no es fácil, sin más que comparar las diferencias entre usar un plástico para fabricar objetos (como hace la impresora del vídeo arriba citado) y usar alimentos para fabricar raciones para un soldado o un cliente de un restaurante.

Y eso es lo que fue constatando desde principios de este siglo un tal Hod Lipson, ingeniero de robótica de la Universidad de Columbia, que la autora del artículo señala como "uno de los primeros en explorar la impresión 3D con alimentos". Al principio, la mayoría de las impresoras solo podían fabricar objetos tridimensionales con un solo material pero Lipson y su grupo necesitaban imprimir piezas constituidas por varios materiales. Y para calibrar el funcionamiento de su impresora, usaron algunos "materiales" baratos y accesibles con los que la máquina trabajaba razonablemente bien, como chocolate, algunos tipos de queso o masa para galletas. Y a partir de los resultados que fueron obteniendo, la linea de impresión de alimentos tomó su propio cuerpo en el laboratorio de Lipson que, en 2006, lanzó una impresora de código abierto para permitir que académicos y profesionales exploraran las posibilidades de la técnica.

Una de las principales diferencias entre usar como material de partida un plástico o sustancias que vayamos a comer está en que el primero es fácil de fundir al entrar en la boquilla para luego salir, cual churro viscoso pero líquido, de una forma controlable. Ajustar la viscosidad del churro emergente (y por tanto su velocidad de salida) no es un problema grave para expertos en Reología de plásticos como los que siempre ha habido en mi Departamento. Pero el churro de plástico solidifica al enfriarse y proporciona estabilidad dimensional a la figura que se ha fabricado con él. Conseguir eso mismo con un puré de zanahorias, como el que se usa en la foto que ilustra el artículo de la Katsnelson, es ya otro asunto. Me imagino que implicará el uso de aditivos que le den, al menos, una cierta consistencia de gel, pero no tengo ni idea.


Aún y así, sorprenden algunos de los resultados que se están consiguiendo. En esta moda de reproducir hamburguesas y bistecs (hasta en Donosti tenemos una empresa que lo hace a partir de células madre de animales), Alla Katsnelson cita a una compañía israelí cuyo nombre lo dice todo, Redifine Meat, que está explorando como reproducir con una impresora 3D las fibras musculares, las inclusiones de grasa y el tejido conectivo de una pieza de carne, usando solo fibras vegetales. Y el resultado que aparece en la foto de arriba parece convincente.

Como siempre digo en estas cosas ultranovedosas, ver venir...

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lunes, 27 de diciembre de 2021

Los polímeros de Elena Ceausescu


El día de Navidad de 1989 nos despertamos con las impactantes imágenes de la ejecución, tras un peculiar "juicio", del dictador rumano Nicolae Ceausescu y su esposa Elena. Ahora, treinta y dos años más tarde y también en fecha parecida, he podido leer un interesante artículo de Melissa Davey, en el periódico británico The Guardian, que se hace eco de los intentos de una serie de investigadores rumanos para hacer desaparecer como autora a Elena Ceausescu de unas decenas de artículos científicos. Entienden que dicha autoría es fraudulenta, consecuencia de la presión ejercida por el Régimen sobre sus verdaderos autores para construir así una falsa reputación científica de la esposa del Líder.

Tras una búsqueda bibliográfica en la Web of Science, seleccionando como autora a Elena Ceausescu, he podido comprobar que aparecen 47 documentos directamente atribuibles a ella, de los cuales 13 son patentes, 29 son artículos científicos convencionales y el resto son de otra índole. Muchos están publicados en revistas rumanas de poca relevancia internacional pero otros lo están en revistas conocidas de polímeros o de catálisis, editadas por reputados Grupos editoriales, de cuyas webs es todavía posible descargarse los documentos en cuestión.

Elena Ceausescu se graduó en Química en el Instituto Politécnico de Bucarest y tras su graduación empezó trabajando, parece que como técnico de laboratorio, en el Instituto Nacional de Investigación y Desarrollo en Química y Petroquímica (ICECHIM), en su Departamento de Elastómeros (cauchos) que, como mis sagaces lectores saben, es un tipo de polímero. Uno de los investigadores implicados en la reivindicación de los verdaderos autores de la bibliografía de la Ceausescu dice que, probablemente, esos comienzos fueron la razón por la que optó por "especializarse" en polímeros, después de que su marido ascendiera al poder y ella decidiera que era conveniente aparecer como una reputada científica.

La elaboración de su Tesis Doctoral y su posterior defensa estuvo también trufada de todo tipo de irregularidades. Titulada "Polimerizarea stereoespecifica a izoprenului" (polimerización esterereoespecífica de isopreno) se leyó a puerta cerrada (cosa inusual) tras una serie de trifulcas con académicos que se negaron a avalarla. Un ejemplar, editado posteriormente, puede verse en la foto que ilustra esta entrada. Durante años se corrió el bulo de que la Tesis la había escrito el Prof. Cristofor Simionescu, una figura relevante en el mundo académico relacionado con la celulosa (otro polímero). Hoy sabemos (tras agradecer al traductor de Google el permitirnos leer rumano) los nombres de los cuatro investigadores que escribieron la Tesis y que aparecen como coautores en algunos de los artículos de la Ceausescu. Y sabemos también que Simionescu se escabulló de la lectura de Tesis, argumentando que estaba enfermo.

A estas alturas de la película habrá más de un lector mosqueado conmigo por haberme metido en este jardín, pero es fácil de explicar por qué el artículo de The Guardian llamó inmediatamente mi atención. Resulta que mi Director de Tesis, el Prof. Gonzalo M. Guzmán, era amigo de Simionescu porque ambos estaban implicados en campos muy próximos del mundo de los polímeros de celulosa y almidón y se habían encontrado en reuniones y congresos. Y Simionescu, en los años 80, era el editor de una revista que todavía existe, Cellullose Chemistry and Technology. Nunca ha sido una revista de las más afamadas, pero mi jefe nos insistió durante aquellos años para que algo de lo que entonces hacíamos los incipientes poliméricos de la cochambrosa Facultad del barrio donostiarra de Alza, lo enviáramos a la revista de su amigo Cristofor, que seguro que lo consideraría con cariño. Así que el CV de este vuestro Búho contiene dos artículos publicados en esa revista, uno del año 1981 y otro del año 1985.

Pero las implicaciones de los poliméricos donostiarras en la historia que os estoy contando va todavía más lejos. Como consecuencia del creciente renombre de la Ceausescu (varias Universidades extranjeras le nombraron Doctor Honoris Causa), la rumana pudo maniobrar suficientemente en el ámbito internacional de los polímeros y, más concretamente, en la IUPAC (Unión Internacional de la Química Pura y Aplicada), consiguiendo que la edición de 1983 de los renombrados International Symposia on Macromolecules se celebrara en setiembre de ese año en Bucarest. Y allí se fueron dos colegas, vecinas del despacho contiguo al mío durante años. Aunque se perdieron la apertura del Congreso por parte de la Simionescu, porque no llegaron a tiempo al ser retenidas en Hungría por no llevar visado para ese país. Todavía se acuerdan de las vicisitudes.

El título del artículo de The Guardian habla de "la larga cola del fraudulento trabajo científico de Elena Ceausescu". Buscando documentación para esta entrada he podido comprobar que el asunto de los fraudes en las publicaciones científicas rumanas no murió con los Ceausescu, llegando incluso a afectar a Victor Ponta que fue Primer Ministro del país entre 2012 y 2015.

Y esto es todo amigos por este año. Sed lo más prudentes que podáis.

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lunes, 20 de diciembre de 2021

Los colgantes anti-5G son radiactivos

Vaya por delante que yo tenía terminada una entrada para el día de hoy. Pero, a veces, le ponen a uno las entradas a huevo. Y este es el caso. Aviso también que de lo que voy a escribir no pertenece a mi negociado, puesto que mi amigo Alberto Nájera, y su blog Radiando, es el referente oficial sobre cosas como la que os voy a contar. Pero es que la noticia que me ha mandado un amigo (gracias Thomas) me ha alegrado la mañana y me he puesto a redactar inmediatamente esta entrada para hacerlo saber a los que me seguís. Con independencia de que, casi seguro, os llegue por otro lado.

Las teorías que circulan sobre los supuestos daños que causan, tanto el empleo del teléfono móvil como las emisiones de las antenas que posibilitan su uso, tienen ya bastantes años. Ahora que se está imponiendo el nuevo estándar, el llamado 5G, los contrarios a estas cosas atacan de nuevo, como ya lo hicieron (aunque el asunto va in crescendo) con el 3G o el 4G. Basta darse una vuelta por internet y poner, por ejemplo, anti 5G y encontrarse un buen grupo de webs de colectivos contrarios a esa tecnología. Y basta buscar adecuadamente en Amazon para localizar todo tipo de dispositivos, vestimentas y otros aditamentos para protegerse de la radiación emitida por antenas y dispositivos que la usan.

Pero hete aquí que diversos medios se han hecho eco este fin de semana de una alerta sanitaria emitida por la Autoridad de Seguridad Nuclear y Protección Radiológica (ANVS) de los Países Bajos, según la cual colgantes como el que se ve en la foto que ilustra esta entrada, y otros nueve productos similares que se encuentran en el mercado, utilizados para protegerse contra la radiación 5G, deberían no adquirirse porque, copio literalmente,

Los productos de consumo testados contienen materiales radiactivos y, por lo tanto, emiten continuamente radiación ionizante, exponiendo así al usuario. La exposición a la radiación ionizante puede causar efectos adversos para la salud. Por lo tanto, debido al riesgo potencial para la salud que plantean, estos productos de consumo que contienen materiales radiactivos están prohibidos por ley. La radiación ionizante puede dañar el tejido y el ADN y puede causar, por ejemplo, enrojecimiento de la piel. Solo se han medido bajos niveles de radiación en estos productos específicos. Sin embargo, alguien que usa un producto de este tipo durante un período prolongado (un año, 24 horas al día), podría exponerse a un nivel de radiación que exceda el estricto límite de exposición cutánea que se aplica en los Países Bajos. Para evitar cualquier riesgo, la ANVS pide a los propietarios de dichos artículos que no los usen a partir de ahora.

Resulta que muchos de estos y otros productos, para producir lo que en el mundillo se llaman "iones negativos", pueden contener ceniza volcánica, titanio, turmalina, zeolita e, incluso, elementos radiactivos naturales como el uranio y torio. Por supuesto, solo contienen trazas pero la radiación gamma emitida sigue siendo suficiente para que un equipo de medida de radiación la detecte. Y, en cualquier caso, la radiación gamma es mucho más potente que la emitida por las redes de telefonía.

No me digáis que no es un zasca en toda regla, el cazador cazado. Ya os he dicho en varias ocasiones que siempre que encontréis la palabra Quantum en algún producto aunque sea en un jabón para lavavajillas, mejor os tocáis la cartera. Y el colgante de marras de la foto de arriba lo lleva.

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martes, 30 de noviembre de 2021

Amoniaco "verde" y fertilizantes

No soy muy de utilizar el calificativo "verde". Me pasa como con todo lo que lleva el prefijo "sin". Me parecen herramientas perversas del marketing. Aún y así, en este Blog hemos hablado de plásticos "verdes", hidrógeno "verde", catalizadores "verdes", etcétera. Pues hoy toca hablar del amoniaco "verde" que, en los últimos tiempos, aparece mucho en artículos y publicaciones relacionadas con el progresivo abandono de tecnologías que necesiten del uso de combustibles fósiles y emitan CO2 a la atmósfera. El asunto del amoniaco en un mundo que busca esa descarbonización tiene varias derivadas, porque implica hablar no solo de su producción de cara a la obtención de fertilizantes sino, y esto quizás sorprenda a alguien, en su empleo incluso como combustible. Pero tiempo habrá de volver sobre esto último.

Puestos a descarbonizar el mundo habría que centrarse, sobre todo, en eliminar la quema de combustibles fósiles que mueve el transporte por tierra, mar y aire, emitiendo CO2. O los combustibles a los que pegamos fuego como forma de obtener energía para calentar nuestros edificios o todo lo que algunos sectores industriales necesitan calentar. En este último caso, piénsese, por ejemplo, en los distintos procesos de fundición de metales o en la producción de cemento. Para tener alternativas a todo ello necesitamos aún de un largo trabajo, por mucho que algunos dirigentes políticos no lo expliquen con claridad.

Pero, además, hay emisiones importantes de CO2 que tienen que ver con el propio proceso de producción de materiales y sustancias fundamentales para nuestro modo de vida. La fabricación de cemento, de nuevo, es un buen ejemplo. Un proceso que empieza con el calentamiento a más de 1300ºC de carbonato cálcico (caliza) y arcilla para obtener lo que los técnicos llaman clinker. En ese proceso el carbonato cálcico se descompone y produce óxido de calcio sólido y CO2, que se suma así al que se genera como consecuencia de calentar el horno a esas elevadas temperaturas.

También se genera (y se emite) CO2 en muchos procesos ligados a la industria química, siendo el caso del amoniaco (NH3) el más significativo. A lo largo y ancho de todo el mundo, más de 170 millones de toneladas de amoniaco son fabricadas cada año y más del 80% de esa producción se emplean en la obtención de fertilizantes como el nitrato amónico o la urea (el resto se usa en explosivos, plásticos, productos de limpieza,....). Tanto los fertilizantes arriba mencionados como el propio amoniaco, que se usa como tal en países como USA y Canadá ya en forma gaseosa o mezclado con agua, han sido y están siendo fundamentales en la labor de alimentar a la creciente población mundial.

Los humanos (y otros seres vivos) necesitamos aminoácidos y proteínas para que nuestro cuerpo funcione. En esas moléculas hay nitrógeno, una parte importante del cual (lo que depende mucho de  nuestro tipo de alimentación) lo conseguimos comiendo plantas. Esas plantas consiguen el nitrógeno a través de sus raíces, merced a compuestos nitrogenados existentes en el suelo. Si no los reponemos con fertilizantes naturales (restos de plantas, purines, guano, etc.) o fertilizantes de síntesis, la tierra se agota en esos nutrientes y las plantas no crecen.

Aunque en el aire hay todo el nitrógeno que queramos, ni nosotros ni la inmensa mayoría de las plantas somos capaces de convertir ese nitrógeno en algo utilizable por nuestros organismos. Hay estimaciones que valoran en más de tres mil millones de almas las que no podrían hoy sobrevivir si unos químicos alemanes llamados Fritz Haber y Carl Bosch, no hubieran conseguido, a principios del siglo XX, "fijar" el nitrógeno de la atmósfera, haciéndolo reaccionar con hidrógeno y transformándolo en otra molécula sencilla, el amoniaco. Sin su ayuda, la tierra estaría literalmente agotada en nutrientes con nitrógeno si, usando sólo fuentes de nitrógeno "naturales", tuviera que suministrar la dieta de casi ocho mil millones de humanos.

Pero desde la perspectiva actual, mas de cien años después de su implantación, el proceso Haber-Bosch está en el punto de mira de nuestras urgentes pretensiones de descarbonización. La producción de amoniaco gracias a dicho proceso no es "verde", ya que la síntesis de los 170 millones de toneladas de ese compuesto genera una gran cantidad de CO2. Se estima que, actualmente, la producción de amoniaco supone el 1,8% de las emisiones totales de dióxido de carbono. Algo que puede parecer un pequeño porcentaje, pero no es poco si consideramos que se trata de uno solo de los muchos procesos industriales que pueblan nuestra actividad. De hecho, junto con la producción de acero, de cemento (ya citado) y de etileno, el proceso de obtención de amoniaco es uno de los cuatro "grandes" entre los procesos industriales que mas CO2 mandan a la atmósfera.

Y, como en el caso del cemento, lo hace por dos motivos. Por un lado, la reacción del nitrógeno con el hidrógeno para dar amoniaco necesita de temperaturas y presiones elevadas para que se obtenga un rendimiento razonable, lo que a día de hoy implica el uso de energía derivada de la quema de combustibles fósiles para conseguirlo. Pero también, y sobre todo, porque para llevar a cabo el proceso necesitamos disponer, antes que nada, de la materia prima de la reacción, esto es, nitrógeno e hidrógeno. El primero es fácil porque está en el aire en cantidades inagotables pero no es el caso del hidrógeno, que no está como tal en la Tierra sino en forma de compuestos como el agua o los hidrocarburos.

Y de hecho, el 80% de las emisiones de CO2 atribuibles al proceso de Haber-Bosch no provienen del propio proceso, sino de la necesidad previa de disponer de hidrógeno que, en la actualidad, se obtiene casi en su totalidad a partir de la reacción del metano (contenido en el gas natural) con vapor de agua, produciendo el hidrógeno buscado y CO2 como subproducto. Con esta precisión entenderéis bien por qué andan ahora los agricultores tan alterados con la subida de precio de los fertilizantes. La razón no es otra que la subida en el precio del gas natural, que conlleva subidas en el precio del hidrógeno, en el precio del amoniaco y, al final, en los fertilizantes.

El hidrógeno así obtenido se suele denominar hidrógeno marrón, por aquello de que es un producto derivado de un proceso "sucio" que contamina la atmósfera con CO2. El llamado hidrógeno azul está basado en el mismo proceso pero procurando capturar el CO2 resultante del mismo, una tecnología aún en fase de desarrollo denominada Captura y Almacenamiento de Carbono (CCS en inglés) que consume importantes cantidades de energía. Si esa energía la sacamos de la quema de combustibles fósiles sería la pescadilla que se muerde la cola, al volver a producir CO2. Y finalmente el hidrógeno "verde" que implicaría obtener el hidrógeno a partir de la llamada electrolisis o descomposición del agua en sus elementos hidrógeno y oxígeno que, de nuevo, requiere energía en cantidades respetables.

Y solo si esa energía (o la de la CCS) la sacamos de una potencial combinación de energías sin emisiones de CO2 como la nuclear, la eólica, la luz del sol (fotovoltaica), los pantanos (hidroeléctrica) o las enormes cantidades de energía acumuladas en volcanes y en el interior de la tierra (geotérmica), podremos bautizar al hidrógeno como "verde". Y, consiguientemente, podría utilizarse en la síntesis de un amoniaco "verde" o casi (que no todo es tan sencillo como lo he resumido).

La última idea, sin embargo, no es ciencia ficción. Iberdrola y Fertiberia han lanzado a bombo y platillo su colaboración en un proyecto que debería empezar a funcionar pronto en Puertollano (Ciudad Real), donde Iberdrola invertiría en una "granja" solar para producir electricidad que, en parte, emplearía en obtener oxígeno e hidrógeno descomponiendo agua por electrolisis. Para obviar el problema de la intermitencia (las celdas solares solo producen electricidad de día y si hay sol) instalarían también una batería como forma de acumular la energía sobrante en días de sol y usarla cuando no hay sol. Fertiberia usaría el hidrógeno así obtenido para fabricar amoniaco y el oxígeno para fabricar ácido nítrico, utilizando también la energía proveniente de la granja solar. Ambos compuestos químicos se usarían después para fabricar nitrato amónico, un fertilizante habitual. Un diagrama ilustrativo de las diferentes implicaciones del proyecto lo podéis ver aquí.

Por supuesto, esto es sólo un pequeño paso que no va a cambiar radicalmente el panorama. La nueva instalación solo produciría alrededor de 720 toneladas de hidrógeno "verde" al año, lo suficiente como para producir aproximadamente 4.000 toneladas de amoníaco "verde", el 2% de la capacidad total de la planta de Puertollano que es de 200.000 toneladas/año. Pero por algo hay que empezar.

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lunes, 22 de noviembre de 2021

Microplásticos en vacas, cerdos y cadáveres.

En alguna de las entradas que en el verano del 2019 colgué sobre microplásticos, ya manifesté mi preocupación por el posible efecto que en nuestro organismo pudiera tener la ingestión de bebidas o alimentos conteniendo nanopartículas de plástico, un escalón más en el deterioro que ese material va sufriendo con el uso y el tiempo. Por debajo de un cierto tamaño, que entra en el dominio de la millonésima del milímetro, esas partículas pueden ser susceptibles de traspasar membranas celulares e incorporarse a nuestro torrente sanguíneo (en lugar de ser expulsadas a través de las heces) y distribuirse por todos los órganos que la sangre riega. Y una vez asentadas en ellos pudieran ser el origen de problemas. No en vano tenemos el precedente de las partículas de amianto y sus terribles consecuencias. Así que sigo la literatura al respecto con cierta asiduidad para ver lo que se va configurando en el tiempo.

Por ahora no he encontrado literatura concluyente al respecto, más allá de ciertos ensayos realizados a nivel de laboratorio con células de animales o con animales a los que deliberadamente se ha alimentado con distintas cantidades de micro y nanoplásticos. Pero nada relevante que tenga que ver con la vida real que animales y humanos llevamos en el día a día y las cantidades que pudiéramos ingerir. Recientemente, sin embargo, han caído en mis manos un par de noticias al respecto, provenientes de dos grupos de investigación. Una tiene que ver con la presencia de microplásticos en la sangre de vacas y cerdos en granjas holandesas y la otra con la contaminación por plásticos en órganos provenientes de cadáveres humanos, estudio llevado a cabo por parte de científicos de la Universidad de Arizona.Y la verdad es que, por el momento, no han subido mis niveles de preocupación. Y voy a explicar por qué.

En el caso del estudio de las vacas y cerdos, la alerta me llegó por parte de un amigo de la infancia, veterinario para más señas, y que la había leído en un periódico español. Aunque también se han hecho eco de la noticia otros periódicos europeos como el Times o el Daily Mail, así como algunas webs de ganaderos. En realidad no estamos hablando de un artículo que, por ahora, haya sido publicado en una revista científica, tras una adecuada revisión de pares. El estudio se presentó en un congreso celebrado a finales del pasado octubre, organizado  en Amsterdam por una Fundación cuyo nombre es Plastic Soup Foundation. Tengo que reconocer que con sólo leer el nombre arqueé mis pobladas cejas. Y más tras ver que la conferencia final la daba Charles Moore que fue quien acuñó el hoy desprestigiado término de "islas de plástico". El trabajo fue presentado por la líder de un grupo de investigación radicado en la Universidad Libre (Vrije University) de la propia Amsterdam y si estáis interesados podéis ver su presentación en este vídeo de YouTube que, con lo publicado en los periódicos, son los únicos datos de los que dispongo.

Aparte del nombre de la entidad organizadora, hay algunas cuestiones técnicas que, tras revisar el vídeo, me plantean interrogantes que con lo que en él se enseña no puedo por ahora resolver. Aunque antes de nada hay que decir que el tamaño de la muestra investigada da para pocas conclusiones: una docena de vacas lecheras holandesas y una media docena de cerdos. Pero ya en cuestiones más técnicas, me sorprende que en lugar de aislar las partículas de plástico presentes en la sangre y contarlas e identificarlas por las técnicas habituales (microscopía y espectrofotometría infrarroja y/o Raman), las investigadoras usen una técnica que conozco bien y que implica como primer paso pirolizar la muestra, esto es, destruir mediante calor las largas moléculas de los diferentes plásticos presentes y, a partir de ahí, deducir de qué plásticos provienen. No digo que no se pueda hacer, sino que hay técnicas más adecuadas. Y también me sorprende, y mucho, que en todos los animales investigados los análisis identificaban PVC, mientras que otros plásticos mucho más usados, como el polietileno y el polipropileno, aparecen con menor incidencia. Así que tendré que esperar con paciencia a ver si publican un artículo con esos resultados y los puedo considerar mejor. 

La otra noticia saltó en la reunión de la American Chemical Society (ACS) celebrada en Atlanta a finales de agosto y me enteré de ella gracias a mi antigua estudiante y amiga Ainara Sangroniz que desde la Colorado State University, donde realiza una estancia postdoctoral,  me tiene informado de todo lo que su innata curiosidad por la Química capta en revistas especializadas y redes. En un primer momento, la noticia en la web de la ACS hacía mención en su título a que científicos de la Universidad de Arizona habían detectado microplásticos, nanoplásticos y monómeros (la materia prima con la que se sintetizan los plásticos) en tejidos de cadáveres humanos usando una técnica denominada citometría de flujo.

Pero, a los pocos días,  la propia ACS clarificaba en una nota añadida a la misma página que ese título se refería a dos comunicaciones distintas provenientes, eso sí, del mismo Grupo de investigación. Por un lado, una de las comunicaciones daba cuenta del uso de la técnica citada trabajando con tejidos humanos a los que se habían "infiltrado" deliberadamente microplásticos. Y en otra comunicación se daba cuenta de la detección en los órganos de los cadáveres (y mediante otra técnica), de (cito literalmente): "contaminación plástica en forma de monómeros, o bloques de construcción de plástico. El bisfenol A (BPA), todavía utilizado en muchos envases de alimentos a pesar de los problemas de salud, se encontró en las 47 muestras humanas investigadas". La página en cuestión puede verse aquí.

O sea, que los de Arizona no son muy de fiar. La frase en cursiva recordará a los viejos de este Blog a nuestro amigo Nicolás Olea cuando decía que los niños de Granada meaban plástico, cuando lo que había encontrado en sus pises era bisfenol A, el monómero con el que se sintetiza el polímero llamado policarbonato.

Mi preocupación por los nanoplásticos en nuestra dieta sigue vigente pero, mientras tanto, tengo que leer cosas como las mencionadas, puestas en las redes por las agencias de prensa de las Universidades y, de rebote, por los periodistas más alarmistas. Trabajo no me falta.

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