martes, 4 de mayo de 2021

100 años de Chanel nº 5

Este 5 de mayo de 2021 se cumplen exactamente cien años del lanzamiento en París del mítico Chanel nº 5. Como ya comenté en una entrada reciente, nueve años antes, en 1912, la casa de perfumes Houbigant lanzó la primera fragancia conocida como multifloral, un perfume denominado Quelques Fleurs que todavía se comercializa. Fue una innovación en el mundo del perfume, en el sentido de que, a diferencia de las fragancias monoflorales hasta entonces imperantes, en ella no se reconocía ninguna flor en particular, sino un olor nuevo, distinto. Y dicen que Gabrielle "Coco" Chanel encontró en ella la idea subyacente que le sirvió para crear el Nº 5, a base de combinar muchos aromas en una fragancia compleja de olor emergente y diferente. Y para mujeres.

Para desarrollar su idea y después de pedir ayuda a perfumistas muy conocidos de la época, como François Cotty (el creador de un perfume monofloral tan popular entonces como La Rose Jacqueminot), Coco Chanel contó con la ayuda de Ernest Beaux, un antiguo perfumista de la corte de los Zares rusos. En esos inicios de los años veinte, París era un hervidero de aristócratas rusos huidos de la revolución que tenía lugar en su país, como el Gran Duque Dmitri Pávlovich de Rusia (que participó en el asesinato de Rasputín y que en la capital parisina vendía champán para sobrevivir). O su hermana María, quien bordaba prendas con cuentas y lentejuelas en el taller de Chanel. En esas circunstancias, el Gran Duque introdujo a Beaux en el entorno próximo a Chanel.

Tras unos meses de trabajo y de intercambio de ideas, una de las versiones que circulan sobre el origen del nombre de la fragancia dice que Beaux presentó a Chanel diez muestras numeradas del 1 al 5 y del 20 al 24. Según esa historia, Chanel escogió con la total aprobación de Beaux la botella nº 5, de donde provendría su nombre. Otras versiones atribuyen el nombre a la fecha y mes del lanzamiento. En esa fragancia base, el perfumista había combinado aromas naturales de flor de naranjo amargo (azahar), jazmín, rosa, bergamota, ylang-ylang (o cananga), madera de sándalo, vainilla y vetiver. Dicen algunas publicaciones que el primer Chanel nº 5 contenía cantidades de dos almizcles animales, el extraído de las glándulas sexuales del ciervo almizclero y otro derivado de la mofeta, conocida por su capacidad para excretar aromas de un olor pútrido y extremadamente potente. Otros autores, sin embargo, dicen que el nº 5 no contenía almizcles de origen animal, sino un almizcle sintético de los llamados nitro, introducidos a finales del siglo XIX. Un secreto difícil ya de conocer.

Pero el auténtico distintivo del Chanel nº 5 fue el empleo, en cantidades importantes (algo que algunos achacan a un error de un ayudante de Beaux), de otras moléculas sintéticas que los químicos llamamos aldehídos. Más concretamente, en el Chanel nº 5 original se emplearon tres aldehídos conocidos como C10 (decanal), C11 (undecanal) y C12 (2-metil undecanal), muy similares en su fórmula química y que solo se diferencian en el número de carbonos de su estructura. Esas sustancias químicas están presentes en la Naturaleza en cosas como el limón o el trigo sarraceno (en el caso del C10), las minúsculas frutas (que no naranjas) del kumquat o en el cilantro (en el caso del C11) o en las flores del nardo (que contienen C12), pero ya en tiempo de Chanel y Beaux estaban presentes en el mercado en sus versiones sintéticas.

Pero no todo fue Química en el éxito posterior del hoy celebrado perfume. En los convulsos años que precedieron y siguieron a la Segunda Guerra Mundial, Coco Chanel fue una maestra del marketing. Su tienda de la rue Cambon 31, aún abierta, cerca de la Place Vendôme y en la trasera del Ritz parisino fue, en primer lugar, cita obligada de los soldados alemanes (durante la ocupación de París) para llevarse a casa para sus madres o compañeras la fragancia de moda en Europa. Luego, tras la liberación, fueron los soldados americanos los que tomaron el relevo y siguieron haciendo cola delante de la pequeña tienda, consiguiendo así exportar la fama del perfume a través del Atlántico. Marketing que luego ha seguido con el empleo de rostros famosos como Marilyn Monroe (en 1952 y con la famosa entrevista en la que "detallaba" lo que se ponía para dormir) a otras actrices como Catherine Deneuve o Nicole Kidman.

Como seguro sabréis, el Chanel nº 5 se sigue aún vendiendo, aunque la Química que se esconde en sus envases haya cambiado algo con el tiempo, debido a la supuesta toxicidad de algunos de los componentes. Las disposiciones de la IFRA (International Fragance Association) y la posterior normativa de la EU, de las que ya hablamos en otra entrada, han hecho que las composiciones originales de algunas fragancias clásicas hayan cambiado. En el caso que nos ocupa, parece que Chanel nº 5 tuvo que abandonar los almizcles usados en 1921 por otros de origen vegetal y/o por los llamados almizcles "blancos", desarrollados posteriormente. Pero sobre almizcles naturales y sintéticos prometo hablar un día de estos.

Para quienes con ocasión de este señalado aniversario, queráis saber algo más sobre la historia del desarrollo de este perfume, os recomiendo el libro de Tilar J. Mazzeo, "El secreto de Chanel nº 5", traducido al castellano en 2011.

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viernes, 30 de abril de 2021

Calentadores químicos

Hace ya casi diez años decidí, un poco por libre, proponer a mis estudiantes de primer año de Química el que buscaran temáticas relacionadas con ella que les llamaran la atención o les preocuparan. La idea, que no era mía sino copiada, buscaba que trabajaran sobre esos temas y que, posteriormente, los presentaran en público ante estudiantes y profesores de mi Facultad, en forma de breves comunicaciones o sesiones de posters. La propuesta cayó bien entre la muchachada y la verdad es que se apuntaron temas muy interesantes. Desde la edad de la Sábana Santa, medida por isótopos de carbono, a las causas de los accidentes provocados en los buzos en el proceso de descompresión. Además de otros muchos. Y un trío de chicas, listas como el hambre, me propusieron hablar de calentadores químicos. Dos de ellas eran esquiadoras desde pequeñas y estaban acostumbradas a llevar en los bolsillos de su equipamiento unos dispositivos en forma de bolsitas para calentarse las manos en ambientes gélidos.

Ahora me he acordado de ellas, porque una vez más mi espalda me ha dado una semana un poco complicada. Hasta he tenido que dejar de jugar al golf algún día, no os digo más. Ante la "magnitud" del problema, mi cuñadísima (el título es por ser bilbaína consorte) me propuso una solución terapéutica consistente en una suave faja como la que veis en la imagen que, según la propaganda, te mantiene la espalda calentita con el consiguiente alivio, sin necesidad de usar las tradicionales mantas eléctricas ni recurrir a fármacos. Y ese dispositivo tiene mucho que ver con lo que mis estudiantes Maite, Miren y Naroa, contaron en la sesión de pósters de un día de primavera de 2015.

Las celdas que se ven en la imagen, embutidas en la faja blanca contienen una serie de ingredientes que, según la marca fabricante de la que yo compré, contienen una mezcla de virutas de hierro, algo de sal común, otra sal denominada tiosulfato sódico, un polímero de ácido acrílico, parecido a lo que se emplea en pañales y compresas (que retiene algo de agua) y un poco de carbón pulverizado (carbón activo). Estas fajas vienen dentro de una bolsas estancas de aluminio y plástico que impiden que entren en contacto con el oxígeno del aire.

Lo que ocurre cuando se abre una de esas bolsas estancas, estuvo muy bien explicado por mis alumnas en su póster. Pero claro, su auditorio eran profes y estudiantes de Química, cosa que no es el caso aquí. De forma mas sencilla diremos que cuando sacamos la faja de la bolsa y nos la ponemos en el cuerpo, las virutas de hierro reaccionan con el oxígeno del aire y el agua presente en el poliácido acrílico.  Y al mismo tiempo, en ese proceso, se genera calor (es un proceso exotérmico decimos los químicos). La sal común (cloruro sódico) es un catalizador de esa reacción. Su presencia en mayor o menos proporción hace que el proceso vaya más rápido o más lento, de forma que la generación de calor también sea más o menos rápida. Ello tiene que ver con la temperatura máxima que alcanzan las celdas y el tiempo que se mantiene calientes. En las que yo me compré, la sensación de calor no es muy intensa y duró un tiempo de unas 8 o 9 horas. Con cantidades mayores de sal, la temperatura será más elevada pero el tiempo con la sensación de llevar algo caliente en la espalda disminuirá.

El carbón y el tiosulfato tienen otras misiones en el interior de las bolsas, pero sería algo tedioso de explicar para los no iniciados en Química. El caso es que, al final, harto de no perseguir bolas blancas en una alfombra verde y sin mascarilla, me armé un día con mi liviana faja y me fui a mi club. No alteraba mi delicado swing y me mantenía la espalda calentita. Pero también os tengo que decir que, al quitármela y esperar un rato, la sensación de alivio desapareció enseguida. No a las 8 horas siguientes, que era lo que decía el envase.

Así que tuve que recurrir a otra propuesta química, en forma de un conocido antiinflamatorio, para acabar con el episodio en un par de días.

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miércoles, 14 de abril de 2021

Jamón y umami

Durante las últimas semanas he tenido la sensación de haber malgastado mi dinero comprando el Diario Vasco. Ha habido días en los que más de la mitad de sus páginas tenían que ver con la final de la Copa del Rey en la que hemos conseguido doblegar a los leones. Tengo que reconocer que aunque no soy futbolero, esto último no me ha disgustado, pero lo cierto es que, esos días, no había casi nada que leer salvo las excelencias del equipo donostiarra y su afición. Así que no es de extrañar que el jueves 25, harto de pasar hojas con marchamo realista, mi cansada vista acabara posándose en una página entera de publicidad en la que me encontré, bajo el título "Bienvenidos al quinto sabor", con que una conocida marca nos cantaba las excelencias de sus jamones, poniendo un especial énfasis en el hecho de poder disfrutar con ellos del quinto sabor, un recién llegado a la tradicional lista de los amargo, ácido, salado y dulce. El llamado umami o sabroso, sobre el que este modesto Blog, por ejemplo, tiene una entrada de hace doce años, describiendo ese sabor, explicando que está ligado a la cocina asiática, que lo hace prevalente por el uso de algas añadidas al proceso de cocción de los alimentos.Y algunas otras cosas interesantes al respecto.

El subtítulo de la página es un auténtico ejemplo del sinsentido del marketing. En él se dice que "La marca líder del mercado (omito el nombre) es la primera en incorporar el concepto umami y un mapa de cata en su gama de productos". Después nos hablan del "perfil nutricional saludable" de su jamón, contándonos las vitaminas y minerales que contiene. Pero no nos cuentan de dónde procede ese nuevo y distintivo sabor de sus piezas. Cuando el asunto es más viejo que mear en pared. Basta con poner en Google el título de esta entrada y te salen miles de referencias, muchas de ellas con años de antigüedad. Así que no sé lo que reivindica la empresa en cuestión cuando dice que es la primera en incorporar el concepto umami al jamón.

Este vuestro Búho, en sus primeros tiempos de bloguero y seguidor de Blogs, había aprendido mucho sobre el umami de uno de mis Blogs favoritos desde hace años (desgraciadamente poco activo en los últimos), lamargaritaseagita.com, el blog de Jorge Ruiz Carrascal (Orges para los amigos), reputado especialista en Tecnología de Alimentos, Catedrático de la Universidad de Extremadura, Profesor invitado de la Universidad de Copenhage y con el que, antes de la pandemia, he compartido cervezas y cenas cuando, como experto internacional en muchos temas gastronómicos, ha venido a Donosti invitado por el Basque Culinary Center. Y, en lo que se refiere a esta entrada, hay que decir que es uno de los que más sabe sobre el jamón ibérico en este país.

Lo que no dicen los de la empresa anunciadora, y que todo el mundo sabe a poco que esté puesto en gastronomía, es que ese sabor umami se debe, fundamentalmente, a una sustancia química conocida como glutamato monosódico (GMS o MSG, según uséis el acrónimo en castellano o en inglés). Ahora poned en Google glutamato monosódico o monosodium glutamate. Y os encontraréis, respectivamente, con centenares de miles o millones de referencias, la mayoría de las cuales contando males sin cuento derivados de la ingestión de esa sustancia, con literatura científica al efecto que se empezó a publicar a finales de los años sesenta, en lo que se conoce como el síndrome del restaurante chino.

Una consecuencia de la alarma con el glutamato fue que, desde esos finales de los 60, se estudiaron muchos alimentos a la búsqueda del mismo en ellos, usando las cada vez más sofisticadas técnicas instrumentales que los químicos fuimos introduciendo en nuestros laboratorios. Con el "sorprendente" resultado de que nuestra dieta de glutamato es bastante variada. Hay glutamato en cantidades importantes en quesos como el Roquefort o el parmesano, en vegetales como los guisantes, en la leche que produce de forma natural la glándula mamaria de la hembra humana y que ingieren nuestros más tiernos infantes y, para lo que aquí interesa, en el jamón ibérico. Gracias a una de las entradas del Blog de Jorge, en el que reivindicaba el papel realizado por él y otros colegas extremeños en el estudio del contenido de glutamato en el jamón ibérico, he podido leer un artículo de 1994, en el que se evalúa ese contenido a lo largo de todo el proceso de curado, desde que se sacrifica al cerdo hasta que el jamón sale de las bodegas de curado [Juan J. Córdoba y otros, J. Agric. Food Chem. 1994, 42, 2296-2301].

Echando unas cuentas con sus datos, he llegado a calcular que en los jamones analizados por los investigadores extremeños en el artículo (un total de 58), el valor medio de glutamato libre es de unos 588 mg por cada 100 gramos de jamón curado. Hay cantidades mayores en algunos quesos parmesanos (del orden de 1200 mg/100g) e inferiores en alimentos como las patatas y los guisantes (del orden de 200) o en la leche humana antes mencionada y en el salmón (del orden de 20).

No merece la pena volver mucho sobre un tema que ya es muy viejo y en el que la seguridad alimentaria está más que bien sentada. En julio de 2017, la Agencia Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA) publicó su última evaluación del glutamato como aditivo, revisando toda la literatura existente sobre él. La EFSA no considera al glutamato ni cancerígeno ni mutagénico, aunque si reconoce que dosis muy altas de glutamato (como las que se metieron en su día a algunos ratones de laboratorio y sirvieron para extraer conclusiones alarmistas) pueden producir algunos efectos similares a los del síndrome del restaurante chino. Pero no a la Dosis de Ingesta Diaria establecida para el glutamato por la EFSA en 2,1 g/día. Que para que se entienda lo que eso quiere decir, los primeros problemas podrían surgir si consumimos el equivalente a 350 gramos de jamón ibérico todos los días de nuestra vida durante una vida media de 70 años. Un poco demasiado jamón, hasta para mí, un adicto del mismo. Y un poco caro.

Pero, en realidad, la entrada quiere denunciar la facilidad con la que las casas comerciales manejan a su antojo todo lo que tiene que ver con las sustancias químicas en sus estrategias de marketing. En lo que al glutamato se refiere, he visto en algunas etiquetas de empresas de alimentación la frase "sin glutamato" provocando así el rechazo de la gente a un aditivo alimentario reconocido (E621), un excelente potenciador de sabor y más sano que la sal de mesa (otro potenciador de sabor pero con más sodio en su molécula). Y en este caso, en el que esa misma sustancia está en un jamón ibérico, y ha estado siempre como componente "natural", se opta por usar el sabor umami como concepto atractor pero ocultando (no se menciona ni una sola vez en la página de propaganda) que ese sabor proviene de la misma (exactamente la misma) molécula química que no han querido añadir en otros alimentos.

Me voy a hacer unos garbancitos con verduras a los que añadiré un par de cubitos de caldo de pollo deshidratado (los Maggi de toda la vida) con su glutamato correspondiente.

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sábado, 20 de marzo de 2021

Sin polímeros no hay condones

El llamado caucho natural es un polímero que los químicos llamamos poli(isopreno). Como su nombre indica se trata de una sustancia química cuya molécula está constituida por cientos, miles de unidades de otra molécula mucho más pequeña, el isopreno, unidas entre si por enlaces químicos. Lo del calificativo natural se debe a que ese caucho puede extraerse de diversos árboles y arbustos, entre los que destaca el conocido en Botánica como Hevea Brasiliensis. Practicando incisiones en los troncos del Hevea y sus congéneres, los árboles reaccionan segregando un líquido o látex, cuya finalidad es la cicatrización de las heridas inferidas. Ese látex está constituido por una dispersión en agua de partículas sólidas del mencionado poli(isopreno). Sobre este y otros miembros de la familia de los cauchos naturales podéis leer aquí una vieja entrada de 2006.

Desde hace mucho tiempo, los humanos hemos recogido ese látex para fabricar los más variados objetos, empezando por la "pelota" que llamó la atención a Cristobal Colón y con la que jugaban a una especie de fútbol los aborígenes de La Española, la isla donde hoy se sitúan Haití y la República Dominicana. En tiempos más recientes, cosas como los neumáticos de los automóviles, los guantes o los condones, se fabrican tomando como materia prima el mencionado látex. Y sobre condones va hoy la entrada. Para fabricar los productos arriba mencionados, el látex tiene que sufrir una serie de procesos físicos y químicos dependiendo de la aplicación para la que se empleen pero, en general, la transformación implica un proceso llamado vulcanización, lo que se consigue con tratamientos con compuestos de azufre y calor. Eso transforma al látex líquido en un sólido muy peculiar, con un alto carácter elástico, una propiedad que para el caso específico de los condones y su uso es fundamental. Si tenéis paciencia y queréis ver un vídeo de 8 minutos de una de las mayores multinacionales del condón (Billy Boy), en el que se explica detalladamente cómo se pasa del látex a un preservativo metido en su envase, podéis clicar en este enlace. El vídeo explica también cómo se chequean las propiedades que hacen que el preservativo fabricado sea seguro.

Este pasado lunes, 15 de marzo, he cumplido 69 tacos y algunos amigos me han hecho bromas con lo erótico del número. Pero la disculpa para esta entrada no viene de una devolución de la broma conmemorativa. Otra amiga llamaba el jueves a la Búha, dilecta comadrona jubilada, para consultarle sobre unos condones que le habían recomendado usar para prevenir alergias al látex. Un problema ampliamente documentado en literatura científica y que se ha solido asociar, sobre todo, al uso extendido por parte de los sanitarios de guantes de látex, confeccionados por procedimientos muy similares a los que se muestran en el vídeo anterior. Y aunque, en general, nadie usa los condones un tiempo tan prolongado también se han descrito similares problemas en el uso de los mismos.

Parece que a nuestra amiga, una persona de piel delicada, alguien le ha puesto en la pista de unos preservativos de una conocida marca, promocionados como solución definitiva a las alergias al látex (véase este enlace). Si leéis el enlace, veréis que se nos ofrecen condones de poli(isopreno) como la mejor opción "para las personas que tienen alergia a las proteínas del látex de caucho natural". Al leer esto, alguno de mis lectores pensará que estoy bajo los efectos del alcohol. ¿No habíamos quedado en que el látex que proviene de los árboles como el Hevea son, básicamente, partículas de poli(isopreno)?.

La aparente contradicción es fácil de resolver. El condón que se nos ofrece como libre de peligros alérgicos, está fabricado con un poli(isopreno) que no proviene de árboles como el Hevea, sino con un poli(isopreno) sintético que los químicos aprendimos a fabricar, a principios de los sesenta del siglo pasado, gracias a desarrollos de empresas como Shell y Goodyear. La diferencia entre ambos polímeros (uno natural y otro sintético) es que el primero de ellos, en tanto que producido por los árboles, contiene en esa dispersión acuosa a la que llamamos látex un 1% de una serie de proteínas que son las causantes de los efectos alérgicos descritos en la literatura científica. Mientras que el poli(isopreno) de síntesis es poli(isopreno) puro. Un ejemplo elegante para desmontar la dialéctica entre lo natural (bueno) y lo sintético (malo).

Pero no sólo de poli(isopreno) viven los fabricantes de condones. Desde hace años, diversas empresas venden preservativos fabricados a base de otra familia de polímeros conocidos como poliuretanos. Y, más recientemente, se han empezado a comercializar otros a base de una variante de un clásico en el mundo polimérico: el polietileno. Aunque sobre estos últimos no he conseguido información suficiente para saber cuál es la gracia de este polietileno tan especial que permite usarlo en estos íntimos asuntos. Se queda en mi libreta de pendientes.

Lo que si puede uno encontrar, sin curiosear mucho en internet, son algunas comparativas entre los preservativos fabricados a base de poli(isopreno) y de poliuretano. Estos últimos parecen conducir mejor el calor y ser más finos, lo que se aduce como evidentes ventajas. Pero también se ajustan peor y pueden tener un mayor riesgo de ruptura durante los intercambios eróticos. Y son más caros.

Pero sobre estas comparativas hay que ser muy cauto, porque es difícil encontrar literatura fiable en la que fundamentar esas supuestas diferencias.

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lunes, 8 de marzo de 2021

Perfumes y dióxido de carbono

Hace unas pocas entradas, al contaros la historia de los aromas característicos de la Rosa Damascena, os mencionaba el caso de la fragancia La Rose Jacqueminot, que apareció en el mercado en 1904 de la mano del perfumista François Cotty. Es el prototipo de las llamadas fragancias monoflorales, ya difíciles de encontrar, que han utilizado aromas provenientes de una sola flor, en este caso la rosa. En esa misma entrada os colocaba un enlace a la pequeña historia que la web del actual imperio de cosmética que se esconde tras el nombre Coty, cuenta de su fundador. Un hombre de armas tomar que, para promocionar su fragancia en unos grandes almacenes parisinos (los conocidos como la Samaritaine o Almacenes del Louvre), no dudo en plantarse en un mostrador de su sección de perfumería y romper una botella parecida a la que veis en la imagen. Una forma drástica de marketing pero que parece que, en la época y en su caso, no le fue mal a nuestro perfumista.

Cotty fue también el creador de una línea mítica en perfumería, los perfumes llamados chypres. El término Chypre es el que se usa en francés para la isla de Chipre. Coty lanzó en 1917 un perfume con ese nombre en el que combinó aromas derivados de cosas como la bergamota, el labdanum o ládano y el musgo de roble, abundantes en el Mediterráneo en general y en Chipre en particular. Ese perfume resultó muy influyente en su época y fue imitado por otros perfumistas, dando lugar a esa familia de Chypres que he mencionado antes.

La historia de la perfumería tuvo un hito importante cuando los alquimistas árabes de hace más de mil años, descubrieron que destilando uvas de vid podían obtener un líquido, el alcohol etílico o etanol, el producto de la fermentación por microorganismos de ciertos productos vegetales como la propia uva, cereales, etc. Bautizado como aqua vitae(Eau de vie en francés) en Europa, el término alcohol proviene del árabe al-kuhul. Pronto se demostró que el alcohol era muy eficaz para extraer aromas característicos de vegetales o incluso de animales como el ámbar gris del cachalote. Hasta el advenimiento del alcohol, esos compuestos aromáticos se extraían con aceites, generalmente no volátiles, que se quedaban depositados en la piel y se acababan degradando, proporcionando notas rancias poco agradables. Frente a ello, cuando los aromas extraídos con alcohol y que, posteriormente, podían destilarse se aplicaban sobre la piel, el alcohol se evaporaba, dando una cierta sensación de frescura y dejando sobre la zona aplicada únicamente los aromas característicos de la fragancia.

El alcohol, desde ese tiempo, se hizo imprescindible en el ámbito de la perfumería. Como probablemente sepáis, cuando un maestro perfumista crea una fragancia característica para una marca, mezclando un número a veces importante de aromas provenientes de fuentes naturales (plantas, flores, cortezas, semillas, etc) pero también, y sobre todo, sustancias de síntesis creadas por el hombre, el siguiente paso es diluir esa fragancia con diferentes cantidades de alcohol etílico o etanol para dar lugar a los característicos nombres que llenan las estanterías de una perfumería: perfume (Parfum), agua de perfume (Eau de Parfum), agua de tocador (Eau de Toilette), Agua de Colonia (Eau de Cologne) y Colonia (Eau Fraiche). Las concentraciones de alcohol en esta familia de fragancias suelen oscilar entre un 70 u 80% en el caso del perfume hasta el 97 o 99% de una Eau Fraiche. Es decir, lo que hay sobre todo en una fragancia es alcohol. No es de extrañar por tanto que haya gente que beba agua de colonia. Es mucho más cercano al alcohol puro y duro que un vodka (que suele tener una concentración de alcohol del 40%). Sin ir más lejos, Scarlett O’Hara (interpretada por Vivien Leigh en "Lo que el viento se llevó") se ponía ciega bebiendo un agua de colonia preparada con una naranja dulce de Florida.

La actual preocupación por los efectos que pueda tener el aumento continuo de la concentración de CO2 en la atmósfera está haciendo que tratemos de eliminar en lo posible las emisiones de este gas desde cualquier ámbito de nuestra actividad Pero esta preocupación está también fomentando el desarrollo de tecnologías para tratar de atraparlo o capturarlo en aquellos procesos en los que se produzca de forma masiva, bien para utilizarlo en la producción de otras sustancias o simplemente para almacenarlo hasta que sepamos qué hacer con él. LanzaTech, por ejemplo, es una empresa americana, radicada en Illinois, que se dedica a la captura de gases como el monóxido o el dióxido de carbono, provenientes de de grandes factorías del acero y a utilizarlos para producir entre otras cosas etanol.

Y como los ejecutivos de la actual Coty deben tener en los genes las habilidades del marketing de su fundador, se les ha ocurrido la idea de llegar a un acuerdo con las gentes de LanzaTech para utilizar ese alcohol proveniente del dióxido de carbono ambiental capturado como componente de sus diferentes fragancias. Y nos anuncian que esperan que para 2023 la casi totalidad de los productos de su portafolio contengan etanol proveniente de esa única fuente. La noticia, publicada este pasado miércoles en la revisa digital Perfumer and Flavorist, contiene declaraciones de altos ejecutivos de Coty y LanzaTech que insisten en que, de esa forma, están promoviendo la sostenibilidad de sus perfumes para hacerlos más limpios y verdes y además contribuir a un menor impacto en el cambio climático. Sospecho que cuando lancen las primeras fragancias con ese CO2 capturado tendrán una repercusión similar a la de su fundador rompiendo botellas en La Samaritaine.

A este vuestro Búho le hubiera gustado ver un análisis en profundidad del verdadero impacto en el medio ambiente de ese etanol de las futuras fragancias Coty, pero de eso no se habla. El perfume, como el vino, se presta a muchas prácticas de lo que yo suelo llamar marketing perverso y este no sé si no será otro ejemplo más.

Pero no me hagáis mucho caso que ya estoy muy mayor.

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