martes, 29 de enero de 2019

Una entrada documentada con bibliografía homeopática

A finales del siglo XVIII, el "padre de la homeopatía", Samuel Hahnemann, empezó a investigar nuevas formas de curar, basadas en la idea de que cualquier sustancia que causara a una persona sana síntomas parecidos a una enfermedad, podía curar a un enfermo de esa dolencia. Y, para ello,  empleó preparados que contenían sustancias peligrosas, como los alcaloides de las bayas de belladona, la apitoxina de las abejas muertas o disoluciones de sales de mercurio. Estos y otros preparados tenían efectos indeseados en las personas sanas que le servían para experimentar e, incluso en muchos casos, agravaban los síntomas de las enfermas. Así que, como contaba en 2009 en la Revista Médica de Homeopatía [Rev Med Homeopat 2, 25-30 (2009] el médico homeópata Isidre Lara, Hahnemann empezó a diluir esos preparados con agua o mezclas alcohol/agua, "obteniendo, como era lógico esperar desde nuestra perspectiva actual, que esa reducción de dosis conllevaba, junto a la reducción de toxicidad, una reducción también de su poder medicinal".

Pero como cuenta el propio Lara: “Al genio creador de Hahnemann se le ocurrió utilizar otra técnica en la preparación de los medicamentos, la llamada dinamización por sacudimiento manual de cada dilución progresiva.[....] El sorprendente resultado que pudo observar fue que las sustancias medicinales así dinamizadas mantenían la reducción de su toxicidad (debido a la dilución), pero, en cambio, no sólo no se reducía su poder medicinal, sino que, al contrario, esta aumentaba ostensiblemente”.

Para explicar ese contrasentido, Hahnemann formuló la hipótesis (sigamos con Lara): “....de que el poder medicinal desarrollado en las sustancias mediante los procedimientos de dilución y dinamización (potenciación), estaba en relación con un factor inmaterial, la energía o fuerza vital de la sustancia, que no respondía a las leyes de la Química conocida hasta ese momento”. Aclaremos que la energía vital es un concepto ligado al vitalismo, una doctrina filosófica imperante en la época de Hahnemann. Hoy, una parte de la comunidad homeopática [véase, por ejemplo, G. Fernández Quiroga y J. M. Marín Olmos, Rev Med Homeop 4, 25-29 (2011)], parece querer abandonar ese concepto al considerarlo “una rémora en nuestro intento de comunicarnos con las demás disciplinas científicas y, sobre todo, para clarificar la nuestra”.

Pero diluir muchas (muchísimas) veces, como es habitual en los remedios homeopáticos que las farmacias siguen vendiendo, tiene el inconveniente de entrar en colisión frontal con conceptos tan implantados en la Química moderna (y que no existían en tiempos de Hahnemann) como el número de Avogadro o el mol. Algo que se reconoce incluso en medios próximos a la homeopatía. Paolo Bellavite, Profesor de Patología General de la italiana Universidad de Verona, con amplia bibliografía sobre la homeopatía, lo explica de forma paladina en un artículo de 2014 [Homeopathy 103, 1-24 (2014)]: “Los efectos de las altas diluciones nos llevan fuera del reino de la farmacología clásica para enfrentarnos a fenómenos que pueden parecer inexplicables. [….] Con ayuda del número de Avogadro, un cálculo sencillo nos muestra que después de una dilución C12, será cada vez más improbable que encontremos una sola molécula por litro de la sustancia original contenida en la tintura madre”. Y, como probablemente sepan mis lectores, muchos de los remedios mas vendidos en homeopatía van a diluciones C30 e incluso a C200.

El problema de la eficacia de las altas diluciones también preocupó al médico francés Jacques Benveniste, reputado científico en el ámbito de los mecanismos de las alergias y las inflamaciones. En su ya famoso artículo en Nature [Nature 333, 816-818 (1988)], cuya génesis expliqué con mucho detalle aquí, y debido a la influencia que la homeopatía tuvo en ese trabajo en forma de financiación y doctorandos, se usaron altas diluciones habituales en homeopatía, preparadas, además, por dilución sucesiva y agitación. En uno de los párrafos de las conclusiones finales de ese artículo, los investigadores reconocían que sus diluciones estaban más allá del número de Avogadro y que no podían existir en ellas ninguna de las moléculas originales (en su caso eran anticuerpos). Sin hacer mención expresa al posible papel de la agitación, los autores especulaban que alguna información tendría que transmitirse de esos anticuerpos a las sucesivas diluciones para provocar, posteriormente, los efectos observados. Y como trabajaban con disoluciones acuosas, el papel del agua se tornaba fundamental.

De ese artículo y esa especulación surge el famoso concepto mediático de la memoria del agua, para explicar que el líquido por excelencia pueda guardar y transmitir información derivada de las moléculas que, originalmente contenidas en la llamada tintura madre, se perdieron en el transcurso de las muchas diluciones. Han transcurrido treinta años desde el artículo de Nature y del concepto de la memoria del agua y el ámbito próximo a la homeopatía sigue utilizando métodos experimentales y proponiendo teorías para explicar ese fenómeno de almacenamiento y transmisión de información en las diluciones homeopáticas. Un artículo de 2015 de un referente de la homeopatía, el profesor australiano Jurgen Schulte [Homeopathy 104, 305-310 (2015)], repasaba los últimos veinte años de investigación en esos asuntos, concluyendo que durante ese período "los métodos experimentales empleados han sido más sofisticados, aunque lo mismo no se puede decir sobre el soporte subyacente de los modelos teóricos y simulaciones".

Si nos centramos en los argumentos de Benveniste para explicar los resultados de su artículo en Nature, en él se especulaba con que la información pudiera almacenarse en los agregados o clusters que sabemos que el agua líquida forma mediante enlaces de hidrógeno entre sus moléculas individuales. Esa hipótesis fue pronto desechada por el propio Benveniste y lo ha sido también por artículos más recientes [J. Teixeira, Homeopathy 96, 158-162 (2007)]. Y su posible papel resultaría aún más inexplicable cuando, como en el caso de la preparación de los gránulos homeopáticos, el agua se elimina [M.F. Chaplin, Homeopathy 96, 143-150 (2007)].

La segunda hipótesis de Benveniste fue que esa información pudiera almacenarse y propagarse mediante algún fenómeno electromagnético, en lo que llamó Biología digital. Tras la muerte de Benveniste esa idea ha vuelto a aparecer de la mano de otro ilustre científico francés, Luc Montagnier, Premio Nobel de Medicina en 2008 por su descubrimiento del virus del SIDA. A partir de 2005, usando un dispositivo diseñado por el propio Benveniste y colaborando con uno de los miembros del Grupo de éste (J. Aïssa), detectaron y registraron señales electromagnéticas que identificaron como derivadas de restos de ADN de algunas bacterias, señales que se seguían dando tras diluir y agitar las disoluciones hasta ciertos niveles que, en general, no llegan al C12 que Bellavite mencionaba. [Interdiscip. Sci. Comput. Life Sci. 1, 81-90 (2009)].

Para explicar esa capacidad del agua de almacenar y emitir las señales electromagnéticas producidas por el ADN, Montagnier echa mano [Electromag. Biology and Medicine 34, 106-112 (2015)] de un modelo teórico sobre el agua que data de 1988, propuesto por el grupo del Profesor italiano Giuliano Preparata [Phys. Rev. Lett. 61, 1085 (1988)], con el que ya Benveniste había entrado en contacto en los primeros años noventa. En ese artículo se introducen los llamados Dominios Cuánticos Coherentes, difíciles de explicar a este nivel aunque puede intentarse de la mano del Prof. Marc Henry, un prestigioso químico de la Universidad de Estrasburgo, habitual, como Montagnier, en Congresos de Homeopatía. En un artículo publicado en el verano de 2017 [Rev Med Homeop 10, 41-52 2017)] Henry decía: “Por tanto, un dominio de coherencia se compondría de una gran cantidad de moléculas de agua con un comportamiento colectivo coherente. De su tratamiento cuántico pleno se deduciría que el agua en fase líquida debería considerarse un medio nanoestructurado en esos dominios y no un líquido homogéneo”. Y para explicar lo del comportamiento colectivo coherente, proponía el ejemplo de las bandadas de pájaros, como la de la foto que ilustra esta entrada.

Sin embargo, el modelo de Preparata y colaboradores basado en esos dominios de coherencia es eso, un modelo teórico, uno más de los muchos existentes para explicar las inusuales propiedades del agua. Y, por ahora, no parece que ni las medidas experimentales ni las simulaciones por ordenador avalen la pretensión de que en el seno del agua puedan crearse estructuras como las mencionadas por Henry. Así lo parece reconocer él mismo en el artículo citado: “Lamentablemente, dicha predicción teórica parece estar en completo desacuerdo con medidas realizadas por Resonancia Magnética o Difusión de Neutrones que, en su lugar, apuntan a una estructura homogénea del agua……”.

Como alternativa al modelo de Preparata, Henry propone en su artículo un nuevo y "plausible" modelo, en el que los dominios cuánticos coherentes no existen en forma de colectivos de moléculas de agua en tres dimensiones (como ocurría en el de Preparata), sino que forman capas en dos dimensiones sobre la superficie de las minúsculas burbujas que se generan en el proceso de agitación violenta tras cada dilución. No voy a profundizar tampoco con estos tecnicismos pero baste decir que, a Henry, le sirven para construir ese nuevo modelo, con el que viene a concluir que, gracias a esa organización, el agua es un gigantesco almacén de información digital que puede, además, ser transmitida a los organismos vivos. Esa inusitada capacidad del agua vendría a ser, según Henry, la explicación cuántica al concepto de "la fuerza dinámica inmaterial, utilizando el vocabulario de Hahnemann".

Y merced a esa capacidad, reaparece en escena la sorprendente acción de la agitación violenta tras cada dilución, mencionada al principio de esta entrada como otra de las grandes aportaciones de Hahnemann. El 16 de noviembre de 2016, la Asociación Vasconavarra de Médicos Homeópatas celebró en Donosti una Jornada titulada “Evidencias científicas de la homeopatía” en la que se resumieron los resultados más relevantes del Congreso Nacional de Homeopatía celebrado en la misma ciudad en mayo de ese año y en el que habían participado como ponentes estrella tanto Montagnier como Henry. En una entrevista en el Diario Vasco, el portavoz de esa asociación, resumía las aportaciones de este último diciendo que: “Lo que se ha demostrado ahora gracias a la física cuántica es que se forman nanoburbujas, y entre ellas se crean capas, estructuras nuevas, llamadas dominios de coherencia, que es donde se acumula la información. Cuanto más diluyes mas estructuras hay, más nanoburbujas y más capacidad de almacenar información”.

La última frase que he resaltado en negrita parece solucionar, definitivamente, el problema de la eficacia de las altas diluciones, merced a la agitación. Pero todo lo que ahí se aduce no son, al menos por el momento, evidencias científicas. Son solo predicciones derivadas del modelo teórico de Henry que deben comprobarse experimentalmente. Y, por ahora, nadie ha comprobado experimentalmente que, en la superficie de las burbujas que se forman al agitar las disoluciones, se creen los Dominios Cuánticos Coherentes de dos dimensiones que propugna Henry como base de su modelo. Y si no puede demostrarse que esos Dominios existan, el resto (acumulación de información, interacción con organismos vivos) es pura especulación.

Personalmente, y para terminar, siempre me ha sorprendido esa insistencia con la estructura del agua líquida como recurso último para explicar la eficacia de la homeopatía porque, como dice Schulte en uno de los artículos ya mencionados, "aunque el agua pura es ideal para estudiar las estructuras inducidas por la dinamización, el agua pura rara vez se usa en la práctica de las preparaciones homeopáticas".

He aprovechado esta entrada para agrupar en la etiqueta Homeopatía, que aparece a la derecha, todas las entradas que he dedicado en este Blog al tema, desde hace la friolera de doce años. Creo que, por ahora, no volveré a escribir más sobre el asunto. 

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martes, 22 de enero de 2019

No coma facturas en papel térmico

Supongo que quien más quien menos entre los seguidores de este Blog, ha conocido esta pasada semana una noticia, según la cual, debemos ser precavidos con el papel térmico de los recibos y facturas que nos suministran en muchos comercios (como el que sale de los datáfonos cuando pagamos con tarjeta, por ejemplo). Y que en virtud de que contiene una sustancia química, vieja conocida de este Blog, el Bisfenol A (BPA), por el mero hecho de que toquemos esos recibos, entren en contacto con nuestra compra o los guardemos en el coche, monedero o bolso, pueden causarnos males sin cuento. Afortunadamente, a lo largo de esa misma semana, ha habido personas que han puesto las cosas en su sitio, como Miguel Angel Lureña (en Twitter @gominolasdpetro) o Marian Garcia (@boticariagarcia), entre otros. Y, por lo que me toca y por la lata que he dado con el BPA, espero que entre los lectores habituales de este Blog no haya cundido el pánico. No en vano este Búho ha procurado mantenerles siempre a la última de todo lo que es importante en torno a ese compuesto químico. Y si yo no he abierto la boca desde la larga entrada del 23 de febrero de 2017 es que no hay nada relevante que decir.

Para el que se le haya pasado inadvertido, el origen de la noticia es una nota difundida por la Oficina de Prensa de la Universidad de Granada, relativa a la reciente publicación de un artículo firmado, entre otros autores, por el Prof. Nicolás Olea, Catedrático de Radiología y Medicina Física de dicha Universidad [Environmental Research 170, 406-415 (2019)]. Como me conozco cómo funcionan los Gabinetes de Prensa de las Universidades, estoy casi seguro de que el contenido de esa nota habrá contado con el Nihil Obstat del propio Prof. Olea antes de ser publicada. Y somos bastantes los que pensamos que no es de recibo que esa Oficina de Prensa titulara la nota informativa a la que he hecho referencia (y que han repetido como loritos casi todos los medios) de esta forma: "Los tickets de la compra en los que se borra la tinta contienen sustancias que provocan cáncer e infertilidad, según un estudio".

Vayamos con el contenido del artículo en cuestión para entender si eso es así. Los autores del mismo seleccionaron al azar 112 muestras de papel térmico en comercios de Brasil, Francia y España y analizaron su contenido en Bisfenol-A y, en segundo lugar, la actividad hormonal de extractos obtenidos a partir de esos papeles. Dado que, hoy en día, un porcentaje muy elevado del papel térmico se confecciona usando Bisfenol A y que, además, éste es conocido por su actividad a nivel hormonal, no sé yo lo que esperaban encontrar. Pues lo que encuentran. La gran mayoría de las facturas en papel térmico analizadas contenían Bisfenol A (luego hablaremos de las concentraciones). Y sus extractos tienen actividad como disruptores endocrino. Y poco más de relevante podemos extraer del artículo. Esos resultados no demuestran, en absoluto, que entrar en contacto con ese papel térmico produzca cáncer o infertilidad, por mucho que en la introducción del mismo se citen artículos que pudieran inducir a pensarlo.

El estudio no dice nada nuevo que no supiéramos desde las recientes revisiones de la toxicidad de esta sustancia, realizadas por la FDA americana o la EFSA europea y que yo mencionaba en la entrada del Blog arriba citada. El trabajo del que hablamos, por ejemplo, no da nuevos datos sobre la cantidad de BPA que podemos ingerir a través de la piel en los diversos escenarios de contacto con el papel térmico, ni de la cinética de su migración hacia el interior del cuerpo, ni del ulterior metabolismo en él, asuntos sobre los que la EFSA considera necesario que se aporten más evidencias experimentales de cara a una ulterior revisión, prevista para 2020. A pesar de las incertidumbres que acabo de mencionar, el informe de 2015 de la EFSA, con 1040 páginas y más de 500 referencias revisadas, considera, por primera vez, entre las posibles fuentes de BPA, el manejo del papel térmico así como el de los cosméticos (algunos también contienen BPA). De hecho, fue una de las razones que motivaron ese nuevo informe, ya que esa posible absorción por la piel no se había considerado en los informes anteriores de 2006 y 2010. Lo cual tampoco es de extrañar. Una revisión bibliográfica sobre el tema muestra que solo a partir de esa década empiezan a aparecer un número significativo de artículos científicos al respecto.

Como resultado del informe de 2015 la EFSA estableció una nueva dosis total de Ingesta Diaria Tolerable (TDI) de 4 microgramos de BPA por kilo de peso y día, bien entendido que ese número hace referencia a la cantidad de BPA que, según los expertos, podría ingerirse diariamente (por diversas vías) a lo largo de toda una vida. Traducido a un adulto de peso medio 70 kilos, eso se traduce en que podría ingerir 0,28 miligramos por día, todos y cada uno de los días de su vida. El informe de 2105 también establece que los niveles de exposición habitual al BPA de los europeos están claramente por debajo de esa cifra. Pero hay que recordar que en el establecimiento de esa TDI hay implícitas grandes dosis de precaución por parte de las científicos que la han evaluado. Como consecuencia de diversas incertidumbres, por ejemplo, los estudios de toxicidad se hacen con animales, cuyo metabolismo no coincide necesariamente con el nuestro, se usan dosis más elevadas, en tiempos más cortos que una vida humana, se tienen por ahora pocos datos sobre los mecanismos a través de la piel, etc, se llega a esa cifra de los 4 microgramos tras dividir, por un factor de 150, las dosis a partir de las cuales el BPA causa daños en los animales de laboratorio.

En un par de ocasiones, Olea y sus colegas comentan que las cifras de BPA encontradas son entre 30 y 100 veces superiores a la de un 0,02% en peso que se pondrá en vigor en la UE a partir de enero de 2020. Esa medida restrictiva tiene su origen en una propuesta presentada por Francia a la Agencia Europea de Sustancias y Mezclas Químicas (ECHA) en mayo de 2014, en la que pedía la adopción de esa nueva concentración límite "por el riesgo para los trabajadores (principalmente cajeros) y los consumidores expuestos al BPA por la manipulación de recibos de papel térmico". Mientras la ECHA consideraba la propuesta francesa, apareció el nuevo informe sobre el BPA de la Agencia Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA), al que acabamos de referirnos. Así que ambas agencias aunaron sus esfuerzos para garantizar la coherencia de la evaluación científica de los extremos aducidos por Francia en su expediente. Concluyendo, un poco en contra de los términos aducidos por los franceses, que el riesgo para los consumidores estaba adecuadamente controlado, pero aquel al que pueden estar expuestos los trabajadores expendedores de recibos de papel térmico necesitaba una corrección. Y en diciembre de 2016 se acordó adoptar esa nueva concentración del 0,02%, como concentración segura en una exposición ocupacional, dando un plazo de 36 meses para que los fabricantes de papel térmico la cumplan, plazo que expira en enero de 2020. Tal y como están las cosas en la ECHA y la EFSA, si la situación actual fuera realmente peligrosa para la salud de los trabajadores, las medidas hubieran sido más contundentes.

En definitiva y en opinión de este humilde jubilado, la nota de prensa de la Universidad de Granada es solo una forma de procurar que las investigaciones del Prof. Olea (y la Universidad con ellas) salgan en todos los medios. Lo que, por otro lado, ya resulta reincidente, porque lo que ahora se hace con el papel térmico, ya se hizo antes con el agua embotellada. En un artículo de 2015 [Environment International 74, 125-135 (2015)], el grupo del Prof. Olea estudió un total de 29 botellas de agua vendidas en el entorno de Granada, 26 de las cuales estaban embotelladas en plástico y tres en vidrio. En este caso solo se medía la actividad hormonal de esas aguas, con técnicas similares a las del artículo de 2019. Todas (incluidas las de vidrio) mostraban actividad de uno u otro tipo. Pero para poner los resultados de ese trabajo en el debido contexto, hay que contar, por ejemplo, que la media de la actividad estrogénica de todas las botellas se cifró en 0.113 pM (picomoles) equivalentes de estradiol (E2) por litro. ¿Es esa una cantidad relevante en lo que se refiere a la salud?. Bueno, pues en la cerveza se han llegado a detectar actividades de más de 500, en las mismas unidades, en el vino tinto mas de 300, por no citar otras cifras en productos lácteos, frutas, etc., todas ellas superiores a las aguas granadinas. Datos que aparecen en la introducción del propio artículo.

También en este caso, la publicación del artículo sirvió para que la Oficina de Prensa de la Universidad de Granada distribuyera una nota similar a la de este año, lo que ocasionó la inmediata repercusión en los medios. Por ejemplo, Discovery Salud publicó en su número 198, noviembre de 2016, una entrevista con el Prof. Olea, bajo el título "Analizan 29 botellas de agua y todas pueden provocar problemas de salud". En el resumen se dice literalmente que "en todas las botellas investigadas encontraron sustancias que alteran o inhiben hormonas, lo que puede causar problemas metabólicos, inmunológicos, neurológicos y de infertilidad, así como posibles cánceres de tiroides, mama, próstata y testículos". Algo, otra vez, inexacto pues en el trabajo no se "encontraron sustancias". Tras la exposición de los resultados obtenidos, relativos exclusivamente a la actividad hormonal de las 29 aguas, el artículo simplemente especula sobre posibles sustancias que pudieran dar lugar a esa actividad hormonal, así como sobre los posibles riesgos.

Aparte de lo que se refiere al artículo en sí, esa entrevista en Discovery Salud da mucho más juego. En el transcurso de la misma, Nicolás Olea le dice literalmente al periodista que "Hemos observado que, efectivamente, los niños y las embarazadas orinan plástico. Lo inconcebible es que cuando comunicamos lo descubierto se nos respondió que las cantidades detectadas eran normales. Con total desfachatez [........]. ¿Se han vuelto locos?. ¿Cómo va a ser normal orinar plástico?. Insisto: el asunto es gravísimo. Porque le aseguro que hoy el 87% de las embarazadas orina plástico a diario". No me cabe duda alguna de que el Prof. Olea sabe que el plástico no puede salir en la orina. No tengo tampoco dudas de que se refiere a que la gente orina sustancias con actividad hormonal que puedan migrar desde el plástico de la botella al agua. Intuyo (y puede comprobarse en el enlace de arriba) que el periodista se lía con la respuesta previa del entrevistado y pregunta asombrado: ¿Que el 95% de los niños granadinos orinan plástico....?. Y el entusiasmo con el que Nicolás Olea defiende siempre sus ideas le juega una mala pasada.

Pero, si realmente el entrevistado sabe que ni los niños ni las embarazadas de Granada mean plástico, ¿por qué no ha tomado medidas para eliminar esos párrafos, que están en la red desde 2016?. Marketing, puro marketing....científico. Creo yo. Pero no tenéis por qué hacerme caso. Dice una amiga mía que soy un viejo gruñón.

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viernes, 11 de enero de 2019

La trucha alcalina

Ya estaban avisados los lectores de este sitio que el nuevo año 2109 ha sido declarado Año Internacional de la Tabla Periódica de los elementos químicos. Así que nada mejor para inaugurar las entradas de este 2019 que hacerlo con cosas relacionadas con uno de esos elementos: el sodio. Lo que me hace rebobinar hasta principios de los setenta, cuando uno era un imberbe estudiante de Química en la Universidad de Zaragoza. En ese tiempo, una "travesura" bastante habitual entre los estudiantes era distraer un pequeño trozo de sodio de alguno de los laboratorios de prácticas y echarlo en uno de los estanques situados frente a la entrada de la Facultad de Ciencias. Al entrar en contacto con agua, la reacción del sodio con la misma es inmediata y, lo que ocurre, ha llamado la atención de generaciones de químicos en ciernes, que no lo suelen olvidar nunca.

Como le pasó al famoso neurólogo Oliver Sacks. En su libro El tío Tungsteno, varias veces citado en este Blog, menciona cómo siendo aún un niño consiguió, en una droguería de su ciudad, casi un kilo de sodio (en Hernani, mis amigos y yo también teníamos un droguero solidario con nuestros experimentos). Con el sodio como un tesoro se fue con dos amigos a los estanques de Highgate, al Norte de Londres, y desde lo alto de uno de los puentes que los cruzan, arrojaron un buen pedazo del metal al agua. "Al instante se incendió y se puso a dar vueltas a toda velocidad sobre la superficie del agua como un meteorito enloquecido, con una enorme llama amarilla en la parte superior. ¡Estábamos eufóricos. Eso sí era química, y de la buena!".

A los estudiantes se les enseña que la explosión resultante se produce porque la reacción entre el sodio y el agua da lugar a hidróxido sódico, hidrógeno gas y una gran cantidad de calor, que es capaz de generar vapor de agua con el agua líquida de los alrededores y la ignición del hidrógeno, que arde gracias al oxígeno del aire. Pero siempre ha habido incógnitas sobre la extremada rapidez a la que se desarrolla el proceso, porque ello implicaría un íntimo y continuo contacto del sodio con el agua, algo complicado pues la propia formación del hidrógeno y del vapor de agua tendría que impedir un continuo flujo de agua hacia el sodio, lo que debería ir haciendo el proceso más lento en lugar de muy rápido y explosivo.

El verdadero desencadenante del fenómeno no se comprendió bien hasta que, en 2015, un equipo de investigadores checos y alemanes [Nature Chemistry 7, 250–254 (2015)] utilizaran cámaras de vídeo de alta velocidad y simulaciones por ordenador para comprender lo que ocurre durante los primeros milisegundos del proceso. Sus resultados indican que la reacción explosiva se activa por una liberación casi inmediata de electrones desde el sodio, justo cuando contacta con el agua, lo que da lugar a la formación de iones sodio cargados positivamente, que se repelen fuertemente entre sí, provocando la llamada explosión de Coulomb, que genera múltiples puntas de metal en la zona externa del metal, lo que aumenta considerablemente su superficie y facilita la reacción, lo que explica su rápida propagación y el comportamiento explosivo.

Al hilo de la peligrosidad de la reacción entre el sodio y el agua, en un artículo del 16 de diciembre pasado, Craig Bettenhausen del Chemical Engineering News, preguntaba en su titular qué se puede hacer con muchas toneladas de sodio, lo que le permitía contar dos cortas pero interesantes historias. Yo solo voy a hacer mención a la segunda. En 1947, y como consecuencia del fin de la segunda guerra mundial, el ejército americano se encontró con un sobrante de nueve toneladas de sodio metálico con las que no sabía qué hacer. Y tras considerar una serie de posibilidades, decidió llevarlas en camiones hasta las zonas elevadas que delimitan el Lago Lenore en el Estado de Washington y tirarlas al mismo. Hay incluso un vídeo (de no muy buena calidad) que muestra esas operaciones y se ve la instantaneidad de las explosiones y las columnas de vapor de agua que se generan.

Ya sé lo que estaréis pensado sobre los militares americanos ante lo que parece un auténtico despropósito. Y, en principio, no os falta razón. Teniendo en cuenta el volumen de agua habitual de ese lago, si su pH antes de la operación militar fuera cercano a la neutralidad (7), las nueve toneladas darían lugar a que el pH se elevara hasta 9 y, consiguientemente, ello tendría inmediatas repercusiones en los seres vivos que poblaran el lago en el momento de la operación. Pues va a ser que no. Los militares habían elegido el Lago Lenora porque estaba documentado que el valor medio del pH de ese lago era un cifra bastante alcalina (9,9), así que los cálculos les indicaban que, incluso el verter las nueve toneladas de sodio, ello no iba a suponer una variación sustancial de ese pH, más allá de los cambios naturales que en diferentes épocas del año se dan en el propio lago.

Pero, ¿a qué viene lo de la trucha en el título de esta entrada?. Pues resulta que hay un tipo especial de esta especie, la trucha degollada de Lahontan que, además de ser el símbolo del Estado de Nevada, puede tolerar sin problemas aguas de semejante alcalinidad. Así que, a mediados de los ochenta, el Departamento de Pesca y Fauna Silvestre del Estado de Washington decidió poblar las aguas del Lago Lenora con esta especie. Desde entonces se ha convertido en un sitio muy visitado por los pescadores de la zona. Por otro lado, la trucha en cuestión es un activo depredador de insectos, anfibios y de otros pequeños peces que también aguantan el medio alcalino, lo que le hace jugar un activo papel en un ecosistema tan especial.

Y pienso, aunque Craig no lo diga, que habrá mas de un pescador que andará por allí, caña en ristre, por aquello de la dieta alcalina.....

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