sábado, 20 de marzo de 2021

Sin polímeros no hay condones

El llamado caucho natural es un polímero que los químicos llamamos poli(isopreno). Como su nombre indica se trata de una sustancia química cuya molécula está constituida por cientos, miles de unidades de otra molécula mucho más pequeña, el isopreno, unidas entre si por enlaces químicos. Lo del calificativo natural se debe a que ese caucho puede extraerse de diversos árboles y arbustos, entre los que destaca el conocido en Botánica como Hevea Brasiliensis. Practicando incisiones en los troncos del Hevea y sus congéneres, los árboles reaccionan segregando un líquido o látex, cuya finalidad es la cicatrización de las heridas inferidas. Ese látex está constituido por una dispersión en agua de partículas sólidas del mencionado poli(isopreno). Sobre este y otros miembros de la familia de los cauchos naturales podéis leer aquí una vieja entrada de 2006.

Desde hace mucho tiempo, los humanos hemos recogido ese látex para fabricar los más variados objetos, empezando por la "pelota" que llamó la atención a Cristobal Colón y con la que jugaban a una especie de fútbol los aborígenes de La Española, la isla donde hoy se sitúan Haití y la República Dominicana. En tiempos más recientes, cosas como los neumáticos de los automóviles, los guantes o los condones, se fabrican tomando como materia prima el mencionado látex. Y sobre condones va hoy la entrada. Para fabricar los productos arriba mencionados, el látex tiene que sufrir una serie de procesos físicos y químicos dependiendo de la aplicación para la que se empleen pero, en general, la transformación implica un proceso llamado vulcanización, lo que se consigue con tratamientos con compuestos de azufre y calor. Eso transforma al látex líquido en un sólido muy peculiar, con un alto carácter elástico, una propiedad que para el caso específico de los condones y su uso es fundamental. Si tenéis paciencia y queréis ver un vídeo de 8 minutos de una de las mayores multinacionales del condón (Billy Boy), en el que se explica detalladamente cómo se pasa del látex a un preservativo metido en su envase, podéis clicar en este enlace. El vídeo explica también cómo se chequean las propiedades que hacen que el preservativo fabricado sea seguro.

Este pasado lunes, 15 de marzo, he cumplido 69 tacos y algunos amigos me han hecho bromas con lo erótico del número. Pero la disculpa para esta entrada no viene de una devolución de la broma conmemorativa. Otra amiga llamaba el jueves a la Búha, dilecta comadrona jubilada, para consultarle sobre unos condones que le habían recomendado usar para prevenir alergias al látex. Un problema ampliamente documentado en literatura científica y que se ha solido asociar, sobre todo, al uso extendido por parte de los sanitarios de guantes de látex, confeccionados por procedimientos muy similares a los que se muestran en el vídeo anterior. Y aunque, en general, nadie usa los condones un tiempo tan prolongado también se han descrito similares problemas en el uso de los mismos.

Parece que a nuestra amiga, una persona de piel delicada, alguien le ha puesto en la pista de unos preservativos de una conocida marca, promocionados como solución definitiva a las alergias al látex (véase este enlace). Si leéis el enlace, veréis que se nos ofrecen condones de poli(isopreno) como la mejor opción "para las personas que tienen alergia a las proteínas del látex de caucho natural". Al leer esto, alguno de mis lectores pensará que estoy bajo los efectos del alcohol. ¿No habíamos quedado en que el látex que proviene de los árboles como el Hevea son, básicamente, partículas de poli(isopreno)?.

La aparente contradicción es fácil de resolver. El condón que se nos ofrece como libre de peligros alérgicos, está fabricado con un poli(isopreno) que no proviene de árboles como el Hevea, sino con un poli(isopreno) sintético que los químicos aprendimos a fabricar, a principios de los sesenta del siglo pasado, gracias a desarrollos de empresas como Shell y Goodyear. La diferencia entre ambos polímeros (uno natural y otro sintético) es que el primero de ellos, en tanto que producido por los árboles, contiene en esa dispersión acuosa a la que llamamos látex un 1% de una serie de proteínas que son las causantes de los efectos alérgicos descritos en la literatura científica. Mientras que el poli(isopreno) de síntesis es poli(isopreno) puro. Un ejemplo elegante para desmontar la dialéctica entre lo natural (bueno) y lo sintético (malo).

Pero no sólo de poli(isopreno) viven los fabricantes de condones. Desde hace años, diversas empresas venden preservativos fabricados a base de otra familia de polímeros conocidos como poliuretanos. Y, más recientemente, se han empezado a comercializar otros a base de una variante de un clásico en el mundo polimérico: el polietileno. Aunque sobre estos últimos no he conseguido información suficiente para saber cuál es la gracia de este polietileno tan especial que permite usarlo en estos íntimos asuntos. Se queda en mi libreta de pendientes.

Lo que si puede uno encontrar, sin curiosear mucho en internet, son algunas comparativas entre los preservativos fabricados a base de poli(isopreno) y de poliuretano. Estos últimos parecen conducir mejor el calor y ser más finos, lo que se aduce como evidentes ventajas. Pero también se ajustan peor y pueden tener un mayor riesgo de ruptura durante los intercambios eróticos. Y son más caros.

Pero sobre estas comparativas hay que ser muy cauto, porque es difícil encontrar literatura fiable en la que fundamentar esas supuestas diferencias.

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lunes, 8 de marzo de 2021

Perfumes y dióxido de carbono

Hace unas pocas entradas, al contaros la historia de los aromas característicos de la Rosa Damascena, os mencionaba el caso de la fragancia La Rose Jacqueminot, que apareció en el mercado en 1904 de la mano del perfumista François Cotty. Es el prototipo de las llamadas fragancias monoflorales, ya difíciles de encontrar, que han utilizado aromas provenientes de una sola flor, en este caso la rosa. En esa misma entrada os colocaba un enlace a la pequeña historia que la web del actual imperio de cosmética que se esconde tras el nombre Coty, cuenta de su fundador. Un hombre de armas tomar que, para promocionar su fragancia en unos grandes almacenes parisinos (los conocidos como la Samaritaine o Almacenes del Louvre), no dudo en plantarse en un mostrador de su sección de perfumería y romper una botella parecida a la que veis en la imagen. Una forma drástica de marketing pero que parece que, en la época y en su caso, no le fue mal a nuestro perfumista.

Cotty fue también el creador de una línea mítica en perfumería, los perfumes llamados chypres. El término Chypre es el que se usa en francés para la isla de Chipre. Coty lanzó en 1917 un perfume con ese nombre en el que combinó aromas derivados de cosas como la bergamota, el labdanum o ládano y el musgo de roble, abundantes en el Mediterráneo en general y en Chipre en particular. Ese perfume resultó muy influyente en su época y fue imitado por otros perfumistas, dando lugar a esa familia de Chypres que he mencionado antes.

La historia de la perfumería tuvo un hito importante cuando los alquimistas árabes de hace más de mil años, descubrieron que destilando uvas de vid podían obtener un líquido, el alcohol etílico o etanol, el producto de la fermentación por microorganismos de ciertos productos vegetales como la propia uva, cereales, etc. Bautizado como aqua vitae(Eau de vie en francés) en Europa, el término alcohol proviene del árabe al-kuhul. Pronto se demostró que el alcohol era muy eficaz para extraer aromas característicos de vegetales o incluso de animales como el ámbar gris del cachalote. Hasta el advenimiento del alcohol, esos compuestos aromáticos se extraían con aceites, generalmente no volátiles, que se quedaban depositados en la piel y se acababan degradando, proporcionando notas rancias poco agradables. Frente a ello, cuando los aromas extraídos con alcohol y que, posteriormente, podían destilarse se aplicaban sobre la piel, el alcohol se evaporaba, dando una cierta sensación de frescura y dejando sobre la zona aplicada únicamente los aromas característicos de la fragancia.

El alcohol, desde ese tiempo, se hizo imprescindible en el ámbito de la perfumería. Como probablemente sepáis, cuando un maestro perfumista crea una fragancia característica para una marca, mezclando un número a veces importante de aromas provenientes de fuentes naturales (plantas, flores, cortezas, semillas, etc) pero también, y sobre todo, sustancias de síntesis creadas por el hombre, el siguiente paso es diluir esa fragancia con diferentes cantidades de alcohol etílico o etanol para dar lugar a los característicos nombres que llenan las estanterías de una perfumería: perfume (Parfum), agua de perfume (Eau de Parfum), agua de tocador (Eau de Toilette), Agua de Colonia (Eau de Cologne) y Colonia (Eau Fraiche). Las concentraciones de alcohol en esta familia de fragancias suelen oscilar entre un 70 u 80% en el caso del perfume hasta el 97 o 99% de una Eau Fraiche. Es decir, lo que hay sobre todo en una fragancia es alcohol. No es de extrañar por tanto que haya gente que beba agua de colonia. Es mucho más cercano al alcohol puro y duro que un vodka (que suele tener una concentración de alcohol del 40%). Sin ir más lejos, Scarlett O’Hara (interpretada por Vivien Leigh en "Lo que el viento se llevó") se ponía ciega bebiendo un agua de colonia preparada con una naranja dulce de Florida.

La actual preocupación por los efectos que pueda tener el aumento continuo de la concentración de CO2 en la atmósfera está haciendo que tratemos de eliminar en lo posible las emisiones de este gas desde cualquier ámbito de nuestra actividad Pero esta preocupación está también fomentando el desarrollo de tecnologías para tratar de atraparlo o capturarlo en aquellos procesos en los que se produzca de forma masiva, bien para utilizarlo en la producción de otras sustancias o simplemente para almacenarlo hasta que sepamos qué hacer con él. LanzaTech, por ejemplo, es una empresa americana, radicada en Illinois, que se dedica a la captura de gases como el monóxido o el dióxido de carbono, provenientes de de grandes factorías del acero y a utilizarlos para producir entre otras cosas etanol.

Y como los ejecutivos de la actual Coty deben tener en los genes las habilidades del marketing de su fundador, se les ha ocurrido la idea de llegar a un acuerdo con las gentes de LanzaTech para utilizar ese alcohol proveniente del dióxido de carbono ambiental capturado como componente de sus diferentes fragancias. Y nos anuncian que esperan que para 2023 la casi totalidad de los productos de su portafolio contengan etanol proveniente de esa única fuente. La noticia, publicada este pasado miércoles en la revisa digital Perfumer and Flavorist, contiene declaraciones de altos ejecutivos de Coty y LanzaTech que insisten en que, de esa forma, están promoviendo la sostenibilidad de sus perfumes para hacerlos más limpios y verdes y además contribuir a un menor impacto en el cambio climático. Sospecho que cuando lancen las primeras fragancias con ese CO2 capturado tendrán una repercusión similar a la de su fundador rompiendo botellas en La Samaritaine.

A este vuestro Búho le hubiera gustado ver un análisis en profundidad del verdadero impacto en el medio ambiente de ese etanol de las futuras fragancias Coty, pero de eso no se habla. El perfume, como el vino, se presta a muchas prácticas de lo que yo suelo llamar marketing perverso y este no sé si no será otro ejemplo más.

Pero no me hagáis mucho caso que ya estoy muy mayor.

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domingo, 28 de febrero de 2021

Cumpleaños

Tenía una entrada en mente para un día especial como este. Aunque empecé a escribirla con tiempo, la cosa se ha complicado. El nido del Búho y la Búha está otra vez en obras y, como habitualmente, la cosa se está complicando y estoy arrinconado en un sitio con mi Mac, sin muchas posibilidades de recuperar la documentación que había acumulado al respecto. Para más inri tengo otro Blog que mantener, derivado de mis actividades de agitación y propaganda en contra del orden establecido en mi club de golf. Y, encima, llevo dos días con un lumbago que no me deja hacer muchas cosas con formalidad.

Pero el 28 de febrero de 2021 es un día muy especial para este Blog como para no registrarlo. Hace hoy quince años publiqué la primera entrada en una oscura aplicación de Apple, entrada que pretendía ser un experimento sobre mi capacidad para divulgar sobre la Química y los quimiofóbicos. Desde entonces, han pasado muchas cosas en mi vida,  me he convertido en alguien en la frontera entre los sesenta y los setenta años (en quince días, otro 15, cumplo 69), pero parece que mantengo todavía un punto de energía a la hora de seguir produciendo entradas. Aunque los datos experimentales demuestran que la jubilación no me ha convertido en un bloguero más activo que cuando estaba trabajando.

Y es que los jubilatas no tenemos tiempo para nada.

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miércoles, 10 de febrero de 2021

Los aromas de la vida


En enero de 2009, mi amiga Elena Arzak presentaba en el Madrid Fusion de ese año una ponencia titulada "El color, un gusto más. Un trabajo experimental sobre el color", en la que repasó una serie de platos elaborados en el Laboratorio del Restaurante Arzak, platos en los que el color jugaba un papel importante en su presentación al comensal. Sin entrar en muchos detalles, uno de los platos incluidos en la charla era el llamado chipirón en salsa roja, ciertamente un concepto transgresor de las bases más arraigadas del acervo cultural culinario vasco. No en vano, los chipirones en su tinta (negra) es un clásico de la cocina vasca. Para la preparación de ese nuevo concepto, los chipirones se sumergían en un extracto de remolacha. Al igual que ocurre con la tinta negra, existe una alta afinidad entre las proteínas de la carne del chipirón y la sustancia que da su color rojo intenso a la remolacha, un compuesto químico denominado betanina. Similares efectos pueden conseguirse con otros pescados (merluza, rape, etc.), gracias al contenido en agua de sus carnes y el contenido en proteínas de las mismas.

Pero la preparación de ese plato con el extracto de remolacha natural tiene un inconveniente. Ese extracto rojo proporciona a la carne del chipirón, además del color, un acusado sabor a lo que sabe la propia remolacha, un sabor térreo que proviene de su contenido en una sustancia denominada geosmina. Así que la solución al problema organoléptico era dejar colgados los chipirones en una especie de tenderete (tendríais que verlo) hasta que la geosmina, bastante volátil, desapareciera. Efectivo pero tedioso para el funcionamiento de la cocina del Restaurante. Yo traté de convencer a Juanmari Arzak de que, en lugar de utilizar la compleja mezcla que es un extracto de remolacha, empleara la sustancia que le da el color rojo, la betanina arriba mencionada, que se vende como aditivo alimentario con el número de código E-162, un colorante de origen natural (obtenido de la propia remolacha) utilizado con profusión por la industria alimentaria en derivados lácteos, bebidas refrescantes y otros usos. Ese aditivo, betanina pura, se degrada en gran parte en el tubo digestivo y lo que no se degrada y se absorbe en el mismo, se elimina rápidamente en la orina. Prácticamente carece de toxicidad, como lo demuestra el hecho de que la Agencia Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA) no haya fijado ninguna dosis preventiva para su consumo. Pero Juanmari es un ciudadano testarudo y no fue posible. Su único argumento fue que él no podía utilizar un colorante "artificial" en su carta.

El suelo de un bosque recóndito es el escenario de una intensa actividad biológica de todo tipo. Se estima que hay billones de bacterias en un gramo de cualquier suelo y un número bastante menor de otros microbios. La mayoría de los suelos tienen un carácter poroso y en los huecos del mismo suele haber, básicamente, aire y agua, donde las bacterias se buscan la vida localizando restos de animales o plantas de los que alimentarse. En su actividad generan multitud de sustancias volátiles, algunas de las cuales configuran el olor típico del propio suelo que, desde hace tiempo, los científicos han analizado a la búsqueda de las moléculas determinantes de ese olor. Desde los años 30 se sabía que ese olor estaba causado por la actividad de un tipo bacterias del género Streptomyces. Años más tarde, en 1965, Nancy Gerber, de la Universidad de Rutgers, determinó que había una sustancia derivada de esa actividad bacteriana que confería su olor característico a los suelos y la llamó geosmina, algo así como "el olor de la tierra". Hoy sabemos que esa sustancia la producen muchos otros microorganismos. Y que se acumula más en ciertos vegetales que en otros, remolacha incluida.

La geosmina plantea al menos un par de interrogantes que no se han resuelto. Una es la razón por la que esos microorganismos generan esa sustancia. En el comportamiento habitual de bacterias y microbios, las sustancias químicas se generan como mecanismos de defensa del territorio en el que viven. Pero la geosmina es una sustancia que, en cuanto a toxicidad, está muy lejos de los potentes antibióticos o toxinas que generan las Streptomyces antes mencionadas. Parece que estas bacterias usan la geosmina para señalar su presencia a otros microorganismos y evitar así que las poblaciones aumenten desmesuradamente. Y la siguiente pregunta inquietante, y esta nos afecta a nosotros, es por qué nuestro sistema olfativo tiene una especialidad sensibilidad a la hora de detectar geosmina en cantidades ridículas, cuando esta no es tóxica. Algo que tampoco suele ser habitual en este mundo de los olores.

Uno se puede encontrar cosas tan interesantes como estas en el libro cuya portada podéis ver al inicio de esta entrada, cuyo autor es Harold McGee. En otro sitio de este Blog ya he mencionado que conozco personalmente a Harold McGee, así como el susto que me llevé cuando Juanmari Arzak, sin darme muchos detalles sobre su persona, me invitó a cenar con él en su Restaurante un día de San Sebastián de hace muchos años. Tras la cena, una vez en casa, entré en internet y me quedé avergonzado al no haber sido consciente, antes de cenar, de la repercusión excepcional que ya entonces tenía, en un mundo tan fragmentado y muchas veces tan poco solidario como el de los cocineros, su monumental obra “On Food and Cooking”, una auténtica Biblia de la Gastronomía.

En este nuevo libro, Harold demuestra parecida erudición en un tema distinto. El historial académico de Harold es un poco variopinto. Empezó a estudiar Astronomía, luego hizo una Licenciatura en Literatura y acabó con una Tesis, presentada en la Universidad de Yale, en la que exploró la relación entre la poesía romántica de Keats y el desarrollo del gusto. En una cena que tuvimos la Búha y yo con él al año siguiente de conocerle, en el mítico Urepel del llorado Tomás Almandoz, Harold nos confesó que en su época de la Tesis y de largas horas de documentación como rata de biblioteca, empezó a leer cosas sobre cocina, algo que poco a poco fue obsesionándole y dio pie a su "On Food and Cooking".

Con esos antecedentes y mi ya muy deteriorado inglés (nunca ha sido algo de lo que me pueda enorgullecer), leer el nuevo libro de Harold me ha costado Dios y ayuda (y dos relecturas). Es el inglés de alguien que lo maneja con soltura, elegancia y complejidad difícil de seguir para los poco ágiles como yo en la lengua de Shakespeare. Y eso que, en un altísimo porcentaje, el libro es un libro de Química, sobre la Química de los olores que llegan a nuestro prodigioso bulbo olfatorio, activando multitud de sensores que conducen la adecuada señal hasta nuestro cerebro. Olores que pueden venir del aire que respiramos, de las plantas que nos rodean, de los alimentos que preparamos y consumimos, de los perfumes que usamos, de los excrementos que producimos o de los derivados de nuestro propio deterioro en forma de vejez y, sobre todo, muerte.

Dice Harold que el libro se va a traducir próximamente al castellano, como en su tiempo se hizo con el "On Food and Cooking". A ver si es verdad. Lo volveré a leer otra vez.Y con menos esfuerzo.

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domingo, 31 de enero de 2021

Dientes, flúor y ecologistas

Este último sábado de enero, en su contraportada, el DVasco de mi pueblo publicaba un artículo de Ane Urdangarín bajo el título "El flúor desaparece del agua de grifo", en el que informaba de que la Mancomunidad de Aguas del Añarbe, la entidad que surte de agua potable al grifo de mi casa, se había sumado a otros dos Consorcios o Mancomunidades similares del Territorio Histórico de Gipuzkoa y había decidido dejar de fluorar las aguas que envía a varios municipios importantes situados en las cercanías de Donosti.

Sobre la fluoración del agua potable podéis encontrar otras entradas en este Blog. Pero, para conocer la historia de ese proceso, podéis leer la entrada de este enlace y que data de setiembre de 2015. El artículo del DVasco de este sábado está muy bien documentado. Cuenta que la decisión se ha tomado como consecuencia del bajo índice CAO de los niños guipuzcoanos. El acrónimo CAO hace referencia al número medio de piezas dentales Careadas, Obturadas o Ausentes en niños y niñas. Desde 1988 ese índice ha pasado de 2.3 a 0.46 en el momento actual, una mejora que ha sido posible gracias al Programa de Asistencia Dental Infantil (PADI) promovido por el Gobierno Vasco, que establece revisiones gratuitas a los niños vascos entre 4 y 15 años. Esas revisiones y el uso extendido de las pastas de dientes fluoradas ha permitido suspender la fluoración del agua potable, una herramienta muy importante todavía en aquellos países en los que las medidas que acabo de mencionar no están extendidas en su población.

El flúor (más bien los fluoruros) de las pastas dentífricas suele ir en proporciones del 0.3%, mientras que el adicionado al agua potable, según los análisis del Laboratorio que dirige mi amiga Itziar Larumbre en Aguas del Añarbe, ha estado en los últimos años en torno a una concentración del 0.7 mg/L (o 0.7 ppm). Ambos usos tienen la misma misión, cual es la de transformar la hidroxiapatita del esmalte de los dientes en fluoroapatita, mucho más resistente a los microorganismos que atacan ese esmalte y facilitan las caries. Y esa transformación se ha venido mostrando eficaz desde que, en 1945, la comunidad de Grand Rapids, en Michigan, USA, empezó a añadir 1 miligramo por litro de fluoruro sódico al agua de sus grifos y a realizar paralelamente un seguimiento riguroso, a lo largo de más de diez años, de las caries de una población de casi 30.000 niños. El índice CAO antes mencionado descendió en un 70% tras la implantación de la medida, lo que conllevó la progresiva extensión del método a otros Estados americanos y posteriormente a Europa. La mayoría de Colegios de Odontólogos españoles se han manifestado siempre a favor de la fluoración del agua del agua y organismos que velan por nuestra salud, como la Agencia Europea de Salud Alimentaria (EFSA) o los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades (CDCs) americanos, consideran la fluoración como una de las diez medidas de salud pública más significativas del siglo XX.

Este vuestro Búho ha dado, en diversas localidades de Gipuzkoa, charlas de divulgación sobre el agua que sale por sus grifos, insistiendo sobre todo en la inconsistencia de los argumentos quimiofóbicos que pueblan páginas de los medios y las RRSS sobre los peligros de la cloración y la fluoración del agua potable. He mostrado cómo funcionan las redes de control de la calidad del agua de sus pueblos y he desmontado las patrañas que han ido surgiendo a lo largo del siglo XX en torno a la cloración (sobre todo en el tema de los trihalometanos, THMs) y sobre la fluoración. Pero en todas ellas he dejado claro (y la primera es de 2016) que mi opinión era que, tarde o temprano y por los argumentos que ha usado la Mancomunidad de Aguas del Añarbe, la fluoración se acabaría en Euskadi, dada la educación bucosanitaria de nuestra población.

Esa es la verdadera razón y no la "lucha" de colectivos ecologistas como el que aparece en el artículo del DVasco y que se han adjudicado como un triunfo el fin de la fluoración de Gipuzkoa. Ya era hora!, dice en tono triunfante un miembro de Ekologistak Martxan. Según este ciudadano, fluorar el agua potable es una medida "para nada acertada", ya que "te tragas el flúor que sale del grifo cuando las necesidades son distintas en cada persona. Puede afectar al propio esmalte de los dientes o provocar problemas de salud, como de tiroides". Roma locuta, causa finita.

Para aclarar dudas al respecto y aunque algunas ya las he comentado en entradas como la arriba mencionada, insistiré en que hasta estos mismos días, en los que se ha procedido a dejar del fluorar el agua del embalse del Añarbe, la que llegaba a mi grifo tenía un contenido en fluoruros del orden de los 0,7-0,8 mg/L, mientras que el agua embotellada de la marca Fontvella (por citar una muy conocida) tiene 10 veces más (8,9 mg/L) y otra clásica, el Vichy Catalán, llega hasta 10 mg/L. Eso si, ambas son aguas "naturales", provenientes de manantiales seculares, mientras que el poco fluoruro del Añarbe se lo ponían unos operarios de la Estación de Tratamiento de Agua Potable (ETAP) correspondiente, por medio de una sustancia que se llama ácido fluorosilícico, en una concentración que está dentro de lo establecido por la Comunidad Europea como estrategia preventiva contra la caries. Sólo con esa diferencia, para muchos, el fluoruro del Añarbe es malo por no ser "natural" y la concentración mas elevada de las "naturales" es un quítame esas pajas que no tiene importancia alguna.

En esos colectivos, al igual que en el caso de los transgénicos, el gluten, la sal o el azúcar, se achacan al flúor una serie de problemas que han hecho que, también en este caso, se abogue por DIETAS SIN FLUOR, lo que han aprovechado algunas marcas de agua embotellada encontrando un nicho comercial al ofrecer agua con bajos contenidos en flúor. Pero obviar el flúor es bastante complicado. Porque además de las pastas de dientes o el agua de grifo intencionadamente fluorada(que se podrían evitar, aunque no es recomendable), muchos alimentos contienen fluoruros. Por ejemplo, los pescados de agua salada, que tienen fluoruros por la simple razón de que viven en el mar y el agua de mar tiene también 1 ppm de fluoruro. Y lo mismo pasa con verduras, frutas o harinas integrales con niveles de fluoruros del orden de los 200-250 mg por kilo, en este caso provenientes de los fluoruros existentes en el suelo y en el agua de riego.

Pero lo cierto es que solo a concentraciones decenas de veces superiores a ese valor de 1 mg/L (o sea, 1 gramo en una tonelada de agua) pueden aparecer casos de fluorosis (un oscurecimiento de los dientes) al que hace mención el ekologista, que pueden ser leves o severas según la concentración que haya en lo que se ingiera. Y que, curiosamente, fueron el origen de la correlación fluoruro/falta de caries, pues la gente con fluorosis no presentaba caries. A concentraciones aún superiores, pueden generarse problemas graves como la fluorosis esquelética paralizante, que se asocia con la osteoesclerosis, la calcificación de los tendones y ligamentos y deformidades de los huesos, que se han detectado siempre en poblaciones que, según la OMS, beben aguas de manantiales naturales con mucho fluoruro. Y, finalmente, a concentraciones aún más altas, las disoluciones de fluoruro puede matarnos. Como las de su primo el cloruro sódico (beba si quiere agua de mar, no diluida, y ya me contará).

En cuanto a la relación entre los fluoruros ingeridos y el funcionamiento de la glándula tiroides, si uno lee bien la poca literatura existente, el asunto está lejos de ser Ciencia bien asentada. Aunque hay artículos con resultados dispares sobre la influencia de los fluoruros en el hiper o el hipotiroidismo desde principios de los noventa, lo cierto es que esos primeros trabajos analizaron muestras pequeñas de población, en lugares con aguas naturales de alto contenido de fluoruros. Un estudio mucho más riguroso, epidemiológicamente hablando, es uno publicado en 2015 por un grupo inglés [S. Peckham, D. Lowery, and S. Spencer, J Epidemiol Community Health 2015, 69, 619], que trató de correlacionar el hipotiroidismo observado por médicos de atención primaria con el nivel de fluoración del agua potable en diversas ciudades importantes de Inglaterra. La conclusión que más se mencionó en los medios fue que en las ciudades con niveles más altos de fluoración había casi el doble de casos de hipotiroidismo que en las ciudades que no fluoraban. El artículo fue criticado por otros investigadores casi inmediatamente (ver aquí).

Dos años más tarde y en la misma revista, unos investigadores canadienses hicieron prácticamente el mismo trabajo de campo pero en su país [AM Barberio, FS Hosein, C Quiñonez and L McLaren, J Epidemiol Community Health 2017, 71, 1019] llegando a una conclusión radicalmente distinta a la de los ingleses. Y sus argumentos para explicar las discrepancias entre uno y otro estudio no están muy lejos de las críticas expresadas en el comentario del párrafo anterior.

Pero para llegar a estas conclusiones hay que leer un poco antes de hablar con los periodistas y, además, contarlo todo.

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miércoles, 20 de enero de 2021

Microplásticos añadidos

 

Tengo el Blog un poco abandonado en este inicio de año. La pasada semana anduve de charlatán en un par de foros y ello me ha tenido entretenido los días previos. Para más inri ando de obras en casa, con lo que he tenido que instalar mi mesa de trabajo en una localización precaria. Con todo ello no es raro que, sobre dicha mesa, se haya acumulado información para más de una entrada. Y voy empezar con una noticia que me llamó mucho la atención en cuanto la leí. La ECHA (o Agencia Europea de Productos Químicos) hizo pública, a finales de diciembre pasado, una propuesta de restricción de lo que ellos denominan "microplásticos deliberadamente añadidos", lo que tiene que ver con algo que ya conté de pasada en este Blog en una de las diversas entradas publicadas en el verano de 2019 sobre microplásticos en el mar. Para enterarme algo más del asunto, además de leerme con cuidado el propio documento de la ECHA, he tenido que echar mano de mi amigo Domingo Merino, ya conocido en este Blog por su acumulada experiencia en el campo de los céspedes deportivos, ya sean naturales o sintéticos.

La ECHA propone prohibir, o controlar estrechamente, aquellos productos que contengan microplásticos deliberadamente añadidos que se liberarían inevitablemente en nuestro medio ambiente cuando esos productos se utilicen. Ejemplos de tales productos incluyen cosméticos, fertilizantes, productos fitosanitarios, recubrimientos de semillas además de (y aquí salta la noticia inesperada, al menos para mi) materiales de relleno granular que se utilizan en el césped artificial de diversas instalaciones deportivas. Otros productos, como pinturas y tintas, también pueden contener microplásticos, pero su uso no conduce inevitablemente a liberaciones ambientales importantes. Por ejemplo, cuando una pintura se seca, las partículas microplásticas de la pintura se unen y forman una película sobre la pared, que retiene por bastante tiempo tales partículas.

Incluso antes de esta propuesta de la ECHA, varios estados miembros de la UE ya han promulgado o propuesto por su cuenta prohibiciones sobre el mencionado uso intencionado de microplásticos en algunos productos de consumo. Las prohibiciones se han concretado, principalmente, en el uso que cosméticos y productos de higiene personal hacen de microperlas o microesferas de plástico, aprovechando su carácter abrasivo (por ejemplo, como agentes exfoliantes y suavizantes en cosméticos o en pastas de dientes, así como en productos de maquillaje), que, adicionalmente, pueden tener otras funciones, como controlar el espesor, el aspecto y la estabilidad de un producto. Una vez utilizados esos productos, las partículas son eliminadas (por ejemplo, al enjuagarse la boca) y pueden acabar en las aguas residuales de las ciudades y, previsiblemente, en los ríos y, posteriormente, en el mar. Ese segmento específico de las microesferas supone globalmente unas 1700-2000 toneladas anuales, una cantidad poco relevante y que, además, pueden sustituirse por partículas de sílice sin que ello afecte mucho a las prestaciones del producto.

De cara a su propuesta de restricción de microplásticos deliberadamente añadidos en el ámbito europeo, la ECHA ha realizado una estimación actualizada, llegando como conclusión a que unas 42000 toneladas de microplásticos terminan en el medio ambiente por utilizar productos que los contienen. Pero que la mayor fuente de contaminación son los ya mencionados materiales granulares de relleno de los céspedes deportivos que pueden llegar a alcanzar en Europa unas emisiones de hasta 16000 toneladas. Para entender el papel que ese relleno juega en los céspedes deportivos he tenido que recurrir al ya mencionado Domingo Merino, que me ha explicado que los campos de césped artificial están hechos de una especie de alfombra que tiene cosidos unos filamentos o fibras, generalmente de polietileno o polipropileno, que imitan en forma y color a la hierba natural. Para mantenerla erguida y facilitar el juego se le añadía, hace años, arena, que se iba perdiendo por la acción del viento y la lluvia con lo que cada año había que volver a añadirla al césped. Esa arena podía hacer pupa a los jugadores si en una caída se restregaban con ella. A día de hoy, la arena se ha sustituido por unas microesferas de caucho reciclado o de elástómeros vírgenes. La figura que ilustra esta entrada permite ver, en un corte, la localización de esas esferas de caucho deliberadamente añadidas a un césped artificial.

Y me cuenta Domingo que la solución que ilustra esa figura dista mucho de ser una solución sostenible para el medio ambiente. Cada siete u ocho años hay que cambiarlo todo, con su secuela de toneladas de residuos plásticos. Porque no solo de microesferas de caucho vive el césped artificial. Echadle una ojeada a este vídeo, ir clicando en las diferentes partes del conjunto del césped y veréis todo el plástico que hay implicado.

Dicen algunas fuentes periodísticas que he visto tras la propuesta de la ECHA que esto puede ser un auténtico palo para muchas organizaciones deportivas que dependen de la hierba artificial para mantener sus competiciones. Vamos a ver en qué queda el asunto...

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