martes, 14 de septiembre de 2021

Modificando la Química de la atmósfera

Una amiga y lectora asidua de este Blog me preguntaba esta semana si yo sabía algo sobre los chemtrails. Y me acompañaba la pregunta con una noticia que le habían pasado por WhatsApp. La noticia provenía de Alerta Digital, una plataforma difícil de tildar como periodismo veraz. Según una de sus redactoras y en el titular de la noticia "Pedro Sánchez da luz verde a los ‘chemtrails’: el Ejército se prepara para fumigarnos desde el cielo". La noticia  está fechada el 19 de abril de 2020 (en plena pandemia) y el argumento arranca de la publicación en el BOE del 17 de abril de ese año de una serie de medidas para combatir dicha pandemia. Entre ellas, se facultaba al Ejército para utilizar biocidas en labores de desinfección. Labor que se llevó a cabo en varios sitios oficiales como estaciones o aeropuertos. Y en la misma orden se autorizaban también labores de desinfección con dispositivos aéreos. La noticia de Alerta Digital es pues pura conspiración política.

Las estelas de condensación o contrails (un acrónimo de condensation y trails) son esos rastros que, en ciertas condiciones meteorológicas, dejan en el cielo los aviones. Como los que se ven en la foto que ilustra la entrada y que provienen del hecho de que los motores de los reactores despiden gases (sobre todo CO2 y vapor de agua) que quedan patentes en la atmósfera durante un tiempo variable. Pero el termino contrails deviene en chemtrails (de chemical y trials) o estelas químicas si, como dicen los que creen en noticias como la arriba comentada, nos fumigan desde el cielo productos químicos tóxicos, microbios patógenos, nanopartículas y todo tipo de cosas con efectos perniciosos para los seres vivos, dentro de un plan preconcebido para destruirnos.

La noticia que llamó la atención de mi amiga no merece emplear mucho tiempo. La teoría de que los aviones nos están fumigando constantemente con todo tipo de productos químicos es más vieja que mear en pared. Además de ser una versión más de la Quimiofobia que nos invade, está muy lejos de ser propia del microcosmos español. Probablemente sea en EEUU donde más literatura se ha generado al respecto. Véase, por ejemplo, este documento en el que Luis Alfonso Gámez en su conocido blog Magonia, hace un repaso de diferentes Instituciones que han desmontado el bulo. En los archivos de ese Blog figuran decenas de otras entradas sobre el mismo tema. O este otro, publicado por Enrique Sánchez en The Conversation en 2019, poco después de que otra irresponsable periodista (ésta nada menos que de RTVE) sacara el tema en su página de Twitter. El artículo nos proporciona contundentes razones para refutar los argumentos de los que creen en la conspiración.

Pero al hilo de la modificación de la atmósfera, la pregunta en caliente de mi amiga me viene al pelo para contaros algo que, de alguna forma, tiene que ver con el tema y sobre lo que he leído este verano en el libro The story of CO2. En el asunto del calentamiento global que se viene observado en los últimos decenios y su atribución al aumento de la concentración de CO2 en la atmósfera, son bastantes los científicos que piensan que las medidas adoptadas en el llamado Acuerdo de París de 2015, para limitar el consumo de combustibles fósiles, no van a llegar a tiempo para poder cumplir el objetivo de que la temperatura no suba por encima de un grado y medio o dos grados con respecto de la que había antes de la Revolución Industrial. Entre otras cosas porque países como China, India, Rusia, Brasil o Irán (entre otros) van a necesitar grandes cantidades de energía para los próximos años y va a ser difícil impedirles que echen mano de los combustibles fósiles que poseen en muchos casos. Así que parece razonable el considerar otras posibles medidas para tratar de frenar el aumento sostenido en la concentración de CO2 en la atmósfera y/o para intentar enfriar a esta.

En lo tocante a eliminar el CO2 de la atmósfera, se proponen soluciones como la de incrementar la masa vegetal del planeta, que usa el CO2 y la luz en el llamado proceso de fotosíntesis para generar sus propios tejidos y crecer, siendo por tanto un posible sumidero de CO2. Pero la extensión de las zonas que habría que reforestar para conseguir un efecto significativo y su impacto en el medio ambiente o en el ámbito agrícola no serían despreciables. La otra posibilidad es eliminar una parte del CO2 que hemos ido acumulando en el aire mediante procesos físicos o químicos. Eso es lo que se hace, por ejemplo, en una planta que se acaba de inaugurar cerca de Reykjavik en Islandia, capaz de capturar 4000 toneladas anuales de CO2, tras pasar el aire a través de ciertas membranas selectivas que separan ese gas del resto de componentes del aire (de esto vuestro Búho sabe un poco). El proceso es costoso de implantar y, sobre todo, consume importantes cantidades de energía. Si la sacáramos de la quema de combustibles fósiles sería la pescadilla que se muerde la cola. De ahí que esta planta se haya instalado en Islandia, donde es posible usar fuentes de energía geotérmica, una renovable muy común en el país de los volcanes. Pero, para poner las cosas en su contexto, os recuerdo que las emisiones anuales globales de CO2 se sitúan en los miles de millones de toneladas.... Así que mucha instalación de captura y mucha energía renovable necesitaríamos.

Todos estos problemas no se le escapaban a un científico eminente como Paul J. Crutzen, Premio Nobel de Química en 1995, según reza en la concesión por "su trabajo en la Química atmosférica, particularmente en los relativo a la formación y descomposición del ozono". En el año 2006, publicaba un artículo en la revista Climatic Change bajo el título "Mejora del albedo mediante la inyección estratosférica de azufre". Para los que no os suene el término albedo, os diré que es el porcentaje de la energía proveniente del sol que es reflejado por las nubes, las masas glaciares de color blanco, etc. y que no se emplea para calentar el planeta. Si, por ejemplo, la masa de hielo en Groenlandia o en la Antártida se funden, el albedo disminuye porque el hielo es mejor reflector que la tierra que se deja al descubierto y el planeta se calienta más.

La alternativa de Crutzer en el artículo tenía en parte que ver con la entonces relativamente reciente erupción del volcán Pinatubo en Filipinas en 1991. Esa erupción inyectó cantidades masivas de gases y partículas en la atmósfera, llegando hasta la estratosfera (por encima de los doce kilómetros de altitud) e impidiendo la llegada de la luz del Sol a muchas regiones durante extensos períodos de tiempo. La temperatura global de la Tierra disminuyó en más de medio grado en los dos años subsiguientes a la erupción principal, volviendo a retomar posteriormente el ascenso. Crutzer estima en el artículo citado que la erupción del volcán filipino inyectó en la atmósfera del orden de 6 millones de toneladas de azufre que transformado en partículas sólidas de sulfato suspendidas (aerosoles) produjeron el descenso de temperatura mencionado. Crutzer proponía  inyectar en la estratosfera compuestos de azufre como el anhídrido sulfuroso, el ácido sulfhídrico u otras moléculas con azufre adecuadas a la estrategia de producir aerosoles de sulfato.

Desde entonces, la cuestión aparece de cuando en cuando en la literatura bajo el común término de Geoingeniería. En algunos artículos, se han evaluado incluso los costos y las necesidades logísticas para hacerlo (ver aquí y aquí). Pero la propuesta tiene por el momento muchos detractores, que basan sus argumentos en los posibles efectos secundarios de este tipo de prácticas.

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