Hidrógeno blanco, ¿algo más que una curiosidad geológica?
Mi interés por la llamada economía del hidrógeno arranca de la lectura, en setiembre de 2002, de un libro escrito por Jeremy Rifkin y publicado, con ese título, por la editorial Paidós. En la portada se incluían reclamos en forma de subtítulos impactantes como “Cuando el petroleo se agote”, “La próxima gran revolución económica” o “La creación de la red energética mundial y la redistribución del poder en la Tierra”, con predicciones tan contundentes como que, a estas alturas del siglo XXI en el que ahora nos encontramos, casi todo el mundo conduciría vehículos (eléctricos) a base de las llamadas pilas de combustible que consumen hidrógeno y oxígeno para producir agua y energía eléctrica. En otro sitio he contado que luego vi a Rifkin en vivo y en directo y empecé a mosquearme. Y que el mosqueo se ha transformado posteriormente en un claro escepticismo, a medida que se han hecho evidentes las dificultades que tiene el uso del hidrógeno (H₂), como posible sustituto de combustibles fósiles, para ser la solución a muchos problemas y que, en lo tocante a la automoción, las baterías de litio se han llevado el gato al agua y más que se llevarán de la mano de los chinos.
Todo esto creo que quedó más o menos claro en una entrada de hace cinco años, en la que también aclaraba los adjetivos en forma de colores con los que se ha ido etiquetando al hidrógeno en función del método utilizado para obtenerlo (verde, azul, rosa,…). Porque, a diferencia de otros combustibles como el carbón o el gas natural, el hidrógeno no está como tal en la naturaleza y, si queremos utilizarlo, lo primero que hay que hacer es obtenerlo a partir de sustancias que lo contienen en su molécula, como es el acaso del agua (H₂O) o del metano (CH4), mediante procesos que necesitan grandes cantidades de energía. Por eso también se habla de que el hidrógeno es un vector, y no un combustible directo. En otra entrada posterior hablé del hidrógeno blanco o hidrógeno natural, contando su relativamente reciente descubrimiento en ciertas regiones geológicas o en antiguos yacimientos de gas natural. En ese caso, si hablaríamos de un auténtico combustible porque lo obtendríamos como tal gas, directamente de la Naturaleza. Ahora, un artículo del pasado mes de mayo analizaba el posible potencial de ese hidrógeno en una economía como la propugnada por Rifkin, desde una óptica que ya se avanzaba en mi última entrada, pero con datos experimentales más contundentes.
La idea central del trabajo es que este hidrógeno podría producirse y acumularse de forma continua durante largos periodos de tiempo. Esa idea se deriva de los experimentos llevados a cabo por los autores en perforaciones profundas en minas del llamado escudo canadiense, en Ontario, constituido por rocas muy antiguas. Allí observaron emisiones sostenidas de hidrógeno a lo largo de varios años. Esa sostenibilidad de las emisiones es muy importante porque demuestra que, en esos lugares, se sigue generando gas hidrógeno de manera activa y no se trata solo de una bolsa con hidrógeno atrapado, que se vacía poco a poco. Como ya os avanzaba en la última entrada antes mencionada, los geólogos piensan que el hidrógeno se puede estar produciendo continuamente a grandes profundidades de la corteza terrestre por dos procesos. Por un lado, la llamada serpentinización en la que, a las altas temperaturas del interior de la Tierra, la olivina, un mineral de hierro y magnesio, reacciona con el agua para dar hidrógeno y otro mineral conocido como serpentina. Por otro lado, en ese mismo manto terrestre, trazas de elementos radiactivos como el torio o el uranio pueden romper la molécula de agua en hidrógeno y oxígeno.
Según los autores del estudio que estamos comentando, las emisiones medidas en cada una de sus perforaciones son relativamente modestas pero, al extrapolarlas al conjunto de la región minera en la que han trabajado, podrían alcanzar cantidades ya relevantes desde el punto de vista energético local. Lo que permite empezar a pensar en su exploración y posible explotación en diversas zonas de la Tierra que tienen características similares a las del enclave canadiense, existentes en países como Australia, Brasil, partes de África o Escandinavia.
Como apuntaba en un párrafo anterior y en la primera de las entradas arriba mencionadas, el atractivo del hidrógeno blanco es evidente: a diferencia del hidrógeno gris o azul, no habría que producirlo industrialmente a partir de combustibles fósiles, generando CO2 que, como mucho, podríamos capturar y tampoco requeriría el enorme consumo eléctrico requerido para generar hidrógeno verde a partir de la electrolisis del agua. El gas ya existiría y se seguiría formando en el subsuelo, listo para ser extraído. Aun así, el artículo también es prudente. Los autores reconocen que todavía no se sabe cuántos reservorios económicamente explotables existen, ni si los flujos observados pueden mantenerse a gran escala y darse en otros enclaves. Además, parte del hidrógeno continuamente producido puede perderse al difundir a la atmósfera por grietas en el terreno, o ser consumido por microorganismos subterráneos, lo que disminuiría la producción disponible. Argumentando también que aún faltan tecnologías específicas de prospección y extracción.
En resumen, el trabajo no demuestra que el hidrógeno blanco vaya a convertirse de inmediato en una gran fuente energética global, pero sí ofrece una de las evidencias más sólidas hasta ahora de que ese hidrogeno puede generarse continuamente en el subsuelo y podría llegar a tener importancia económica y geopolítica en el futuro. Pero conviene ser cautos. Por ahora y como nos dijo mi amigo Rafa Moliner, que sabe mucho de esto, en una charla que nos impartió en el Ateneo Guipuzcoano en octubre de 2024, “Debemos ser conscientes de que la transición energética hacia la descarbonización durará décadas, ya que las cantidades de energía a descarbonizar son ingentes, lo que exigirá ingentes inversiones e ingentes cantidades de recursos energéticos y materiales. No cometamos, como ya se hizo hace dos décadas, el error de transmitir la idea de que el H₂ renovable va a estar disponible en pocos años para resolver todos los retos de la transición energética“.
Yo comparto esa visión en lo relativo a los métodos convencionales de producción de ese hidrógeno renovable (a partir de metano, mediante la electrolisis del agua) pero quizás la opción del hidrógeno generado naturalmente pueda cambiar ese escepticismo que compartimos Rafa y yo. Aunque, como en otras muchas cosas que me interesan de cara al futuro de la Humanidad, no podré ver en qué acaba esta historia, dada la cortedad de mi futuro. Quizás todo esto se quede en nada por no disponer de yacimientos importantes. O quizás estemos solo en un estado muy preliminar, como les ocurrió a los pioneros de las primeras perforaciones a la búsqueda de petróleo. O a los que empezaron a principios de este siglo a usar las técnicas de fracking de forma decidida (de los que mucha gente se reía) para extraer petróleo y gas natural, técnicas que hoy han convertido a Estados Unidos en líder en la exportación de gas natural licuado (LNG), cuando antes eran importadores.
Junio esta siendo un mes triste para mi. Así que este Lamento de Dido de la ópera Dido y Eneas de Henry Purcell, representa bien mi estado de ánimo. Se trata de un arreglo de Leopold Stokowski para conjunto de cuerda, como el United Strings of Europe que lo interpreta.
Todo esto creo que quedó más o menos claro en una entrada de hace cinco años, en la que también aclaraba los adjetivos en forma de colores con los que se ha ido etiquetando al hidrógeno en función del método utilizado para obtenerlo (verde, azul, rosa,…). Porque, a diferencia de otros combustibles como el carbón o el gas natural, el hidrógeno no está como tal en la naturaleza y, si queremos utilizarlo, lo primero que hay que hacer es obtenerlo a partir de sustancias que lo contienen en su molécula, como es el acaso del agua (H₂O) o del metano (CH4), mediante procesos que necesitan grandes cantidades de energía. Por eso también se habla de que el hidrógeno es un vector, y no un combustible directo. En otra entrada posterior hablé del hidrógeno blanco o hidrógeno natural, contando su relativamente reciente descubrimiento en ciertas regiones geológicas o en antiguos yacimientos de gas natural. En ese caso, si hablaríamos de un auténtico combustible porque lo obtendríamos como tal gas, directamente de la Naturaleza. Ahora, un artículo del pasado mes de mayo analizaba el posible potencial de ese hidrógeno en una economía como la propugnada por Rifkin, desde una óptica que ya se avanzaba en mi última entrada, pero con datos experimentales más contundentes.
La idea central del trabajo es que este hidrógeno podría producirse y acumularse de forma continua durante largos periodos de tiempo. Esa idea se deriva de los experimentos llevados a cabo por los autores en perforaciones profundas en minas del llamado escudo canadiense, en Ontario, constituido por rocas muy antiguas. Allí observaron emisiones sostenidas de hidrógeno a lo largo de varios años. Esa sostenibilidad de las emisiones es muy importante porque demuestra que, en esos lugares, se sigue generando gas hidrógeno de manera activa y no se trata solo de una bolsa con hidrógeno atrapado, que se vacía poco a poco. Como ya os avanzaba en la última entrada antes mencionada, los geólogos piensan que el hidrógeno se puede estar produciendo continuamente a grandes profundidades de la corteza terrestre por dos procesos. Por un lado, la llamada serpentinización en la que, a las altas temperaturas del interior de la Tierra, la olivina, un mineral de hierro y magnesio, reacciona con el agua para dar hidrógeno y otro mineral conocido como serpentina. Por otro lado, en ese mismo manto terrestre, trazas de elementos radiactivos como el torio o el uranio pueden romper la molécula de agua en hidrógeno y oxígeno.
Según los autores del estudio que estamos comentando, las emisiones medidas en cada una de sus perforaciones son relativamente modestas pero, al extrapolarlas al conjunto de la región minera en la que han trabajado, podrían alcanzar cantidades ya relevantes desde el punto de vista energético local. Lo que permite empezar a pensar en su exploración y posible explotación en diversas zonas de la Tierra que tienen características similares a las del enclave canadiense, existentes en países como Australia, Brasil, partes de África o Escandinavia.
Como apuntaba en un párrafo anterior y en la primera de las entradas arriba mencionadas, el atractivo del hidrógeno blanco es evidente: a diferencia del hidrógeno gris o azul, no habría que producirlo industrialmente a partir de combustibles fósiles, generando CO2 que, como mucho, podríamos capturar y tampoco requeriría el enorme consumo eléctrico requerido para generar hidrógeno verde a partir de la electrolisis del agua. El gas ya existiría y se seguiría formando en el subsuelo, listo para ser extraído. Aun así, el artículo también es prudente. Los autores reconocen que todavía no se sabe cuántos reservorios económicamente explotables existen, ni si los flujos observados pueden mantenerse a gran escala y darse en otros enclaves. Además, parte del hidrógeno continuamente producido puede perderse al difundir a la atmósfera por grietas en el terreno, o ser consumido por microorganismos subterráneos, lo que disminuiría la producción disponible. Argumentando también que aún faltan tecnologías específicas de prospección y extracción.
En resumen, el trabajo no demuestra que el hidrógeno blanco vaya a convertirse de inmediato en una gran fuente energética global, pero sí ofrece una de las evidencias más sólidas hasta ahora de que ese hidrogeno puede generarse continuamente en el subsuelo y podría llegar a tener importancia económica y geopolítica en el futuro. Pero conviene ser cautos. Por ahora y como nos dijo mi amigo Rafa Moliner, que sabe mucho de esto, en una charla que nos impartió en el Ateneo Guipuzcoano en octubre de 2024, “Debemos ser conscientes de que la transición energética hacia la descarbonización durará décadas, ya que las cantidades de energía a descarbonizar son ingentes, lo que exigirá ingentes inversiones e ingentes cantidades de recursos energéticos y materiales. No cometamos, como ya se hizo hace dos décadas, el error de transmitir la idea de que el H₂ renovable va a estar disponible en pocos años para resolver todos los retos de la transición energética“.
Yo comparto esa visión en lo relativo a los métodos convencionales de producción de ese hidrógeno renovable (a partir de metano, mediante la electrolisis del agua) pero quizás la opción del hidrógeno generado naturalmente pueda cambiar ese escepticismo que compartimos Rafa y yo. Aunque, como en otras muchas cosas que me interesan de cara al futuro de la Humanidad, no podré ver en qué acaba esta historia, dada la cortedad de mi futuro. Quizás todo esto se quede en nada por no disponer de yacimientos importantes. O quizás estemos solo en un estado muy preliminar, como les ocurrió a los pioneros de las primeras perforaciones a la búsqueda de petróleo. O a los que empezaron a principios de este siglo a usar las técnicas de fracking de forma decidida (de los que mucha gente se reía) para extraer petróleo y gas natural, técnicas que hoy han convertido a Estados Unidos en líder en la exportación de gas natural licuado (LNG), cuando antes eran importadores.
Junio esta siendo un mes triste para mi. Así que este Lamento de Dido de la ópera Dido y Eneas de Henry Purcell, representa bien mi estado de ánimo. Se trata de un arreglo de Leopold Stokowski para conjunto de cuerda, como el United Strings of Europe que lo interpreta.


