domingo, 28 de septiembre de 2008

Hogueras y fuegos artificiales

En una entrada de enero de 2007, me enrollaba, quizás en demasía, con el asunto de la pólvora, los fuegos artificiales y otros artefactos pirotécnicos, poniendo el énfasis en mis primeros juegos de alquimista en ciernes y explicando, posteriormente, la Química que hay debajo de los mismos. Desde entonces, no he recibido queja alguna de otro de los Premios Euskadi de Investigación que llena la Agenda de contactos de mi Mac, el dilecto Profesor Goñi, mencionado en la entrada, y que amén de bioquímico de prestigio, es un experto pirotécnico de talla internacional. Así que la información allí contenida la doy por buena y el que quiera releerla, despues de esta entrada, para estar más enterado, sabe que la cosa debe ser bastante aproximada a la realidad. Pero el asunto de hoy es otro: los fuegos artificiales tienen también que hacer su aggiornamiento (Juan XXIII en el Vaticano II dixit, aunque algunos Roucos no le hayan hecho ni puto caso), adaptándose a los tiempos actuales, en los que el que no es verde o ecológico va camino del desastre absoluto.

En la entrada arriba mencionada se destacaba el papel de los percloratos en cualquier ingenio pirotécnico. Los percloratos actúan como una fuente suplementaria de oxígeno, el comburente o sustancia que favorece la combustión, oxígeno que necesitamos para quemar lo que ponemos en el artefacto, provocando así humo y colores. El caso es que, en los últimos tiempos, se han ido acumulando pruebas de los efectos nocivos de los percloratos en la salud humana, particularmente en el funcionamiento de la glándula tiroides.

Para más problemas, en la preparación de los dispositivos pirotécnicos, hay una tendencia generalizada a poner un exceso de perclorato para evitar posibles fallos en el clímax del lanzamiento. Y, muchas veces, ese exceso no se quema, con lo que acaba contaminando ríos, lagos y mares. Hay estudios, hechos en lagos americanos próximos a exhibiciones anuales de fuegos artificiales, que demuestran que, en las 14 horas subsiguientes a la exhibición, la concentración de percloratos en el agua es mil veces superior a la media, necesitándose entre uno y dos meses para volver a la normalidad. El Alcalde de despejada cabeza que nos gobierna en esta ciudad debiera leerme, e incluir estos aspectos en el programa electoral que busca su enésima reelección. Ello daría trabajo a algunos de mis colegas especialistas en el análisis de aguas y evitaría que La Concha, cada agosto y durante siete días, se llenara de percloratos y otras lindezas, en una ciudad cuyo Consistorio se las da de verde....

Como consecuencia de todo lo que antecede, hay hoy en el mundo varios grupos de investigación trabajando en la eliminación de los percloratos como elemento fundamental de los fuegos artificiales. No deja de ser curioso que los programas que financian estas investigaciones vengan, por un lado, de la mano del Departamento de Defensa de los EEUU (y, particularmente, de su Marina, que usa muchos de estos ingenios por razones de seguridad) y , por otro, del Grupo Walt Disney que, con mucha vista, se ha querido adelantar a que le saquen los colores gente que va divertirse a sus espacios cerrados, donde se producen quemas abundantes de material pirotécnico.

Porque no solo están los percloratos. Para conseguir la gama de colores que vemos en una exhibición, se emplean sales de estroncio, sodio, bario, cobre y en algunos sitios, donde estas actividades están menos reguladas, se siguen empleando sales de mercurio y de plomo. Las alternativas que la Química está proponiendo para estas sustancias pasan por cosas tan extrañas a un profano como los bistetrazoles o las bistetrazolaminas. En el ámbito militar, el nuevo compuesto que parece gustarles es la nitrocelulosa o nitrato de celulosa, un viejo conocido de este Blog.

Pero buscando información sobre el tema de los artefactos pirotécnicos y sus efectos medio ambientales, he topado con un asunto adicional. En muchos actos festivos, a lo largo y ancho del mundo, los artefactos pirotécnicos se combinan con hogueras o fuegos que las gentes encienden con los motivos más peregrinos. En España se identifica fuego con Fallas, noches de San Juan o similares, pero en Inglaterra, la noche del 5 de noviembre es la BonFire Night, un crepúsculo en el que miles de hogueras y artefactos pirotécnicos iluminan a los súbditos de su Majestad Británica, recordando un hecho histórico acontecido a principios del siglo XVII.

Existen una gran variedad de documentos sobre la emisión de dioxinas (la bestia parda de los no partidarios de la incineración como tratamiento de basuras) en este tipo de eventos. En el año 1997, la Environmental Agency inglesa publicó un estudio sobre la cantidad de dioxinas emitidas en las celebraciones del Millennial en Londres que, según ellos, equivalían a las emisiones durante 120 años de una planta de incineración de la zona. Tengo referencias que rebajan esa cifra en 10-20 veces lo que, aún y así, no es una guasa. Tengo otras referencias, como un artículo del año 1998 de la revista Chemosphere, que descarta que sean los fuegos artificiales los causantes de esas altas dosis de dioxinas y furanos, pasando la pelota al tejado de las hogueras. Desde entonces, esa idea parece haberse afianzado en la literatura.

Así que voy a tener que poner en revisión una frase que mi suegro atribuía al modo de vida de la etnia gitana: "Mas vale morir de humo que de frío". Y puestos a elaborar una teoría, tipo brindis al sol, podría proponerse que una de las causas más probable de muerte de los cavernícolas que nos han precedido en el transcurrir de los tiempos, aparte de un golpe en la cabeza propinado por un congénere, pudieran ser cánceres provocados por el elevado contenido en dioxinas de las cavernas en las que subsistían gracías a las fogatas que les iluminaban y les calentaban.

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viernes, 19 de septiembre de 2008

Castor oil

La primera vez que oí el término castor oil fue cuando, hace muchos años (finales de los setenta, nada menos), mi Director de Tesis me largó una especie de monografía sobre poliuretanos. De forma tangencial, en un apartado casi olvidable, se hacía mención a ciertos poliuretanos en cuya formulación participaba el mencionado aceite. Mis menguados conocimientos de inglés de la época (ahora poco más) me hicieron traducir castor oil por aceite de castor, entendiendo que los citados animalitos exudarían alguna sustancia oleaginosa de la que yo nunca había oído hablar. La vergüenza que tuve que pasar, meses más tarde, en una conversación con una persona que conocía perfectamente el origen del citado aceite, es de las que se te quedan grabadas para siempre en la memoria y te hacen enrojecer cuando la recuerdas en la intimidad.

Porque castor oil es el término inglés para lo que en castellano llamamos aceite de ricino, un aceite derivado de las semillas, en forma de alubia, de la planta conocida botánicamente como Ricinus communis. El aceite que de esas alubias se deriva es una mezcla de grasas o triglicéridos, sustancias que surgen de la reacción de determinados ácidos grasos con la glicerina. En el caso del aceite de ricino, más del noventa por ciento de las grasas provienen de un ácido graso concreto, el ácido ricinoleico, mientras que el resto se derivan de otros ácidos grasos bien conocidos como el oleico o el linoleico.

El aceite de ricino forma pareja de baile con el aceite de hígado de bacalao, en la memoria de potingues que me administraron en mi tierna infancia. El segundo como fuente de vitaminas A y D (al menos en aquellas oscuras épocas) y el primero como laxante. Pero el aceite de ricino se usa y se ha usado para muchas cosas, incluida la preparación de determinados polímeros, su empleo en los primeros combustibles de aeromodelismo o la perversa aplicación diseñada por los Camisas Negras de Mussolini para cargarse opositores al régimen, a base de generarles diarreas severas con ingestas abundantes del aceitito en cuestión. Y, lo que a mi me interesa contar en esta entrada, el aceite de ricino, tan laxante él, es el componente fundamental de los sofisticados lápices de labios que pueblan los bolsos de nuestras chicas (mayormente).

El primer lápiz de labios comercializado lo fué en 1915, a partir de un colorante, la carmina, que surge de la cochinilla, producida por un insecto que se alimenta de cactus radicados en Méjico. Pero esos primeros lápices no eran indelebles o, lo que es lo mismo, marcaban todo lo que tocaban (algo que, digan lo que digan las grandes marcas, sigue sucediendo hoy en día, aunque en menor escala). Sin embargo, las cosas desde entonces han mejorado bastante. Hoy en día, una formulación clásica de un lápiz de labios lleva casi un 40% de aceite de ricino, un 20% de cera de abeja, un 10% de óxido de titanio, un 5% de colorantes y pigmentos y un 25% de otras cosas, que son las que más están cambiando en los últimos años, como consecuencia de las regulaciones existentes sobre ciertas sustancias que, como los ftalatos, han caído en desgracia por su nunca bien aclarada malignidad.

Es obvio que esta entrada contiene un aviso a navegantas. No me pasen mucho lápiz de labios al tracto digestivo manejando la lengua. Pueden acabar visitando con asiduidad los iconoclastas productos cerámicos del Sr. Roca.

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domingo, 7 de septiembre de 2008

Acrónimos

Quien hoy no pone un acrónimo en su vida está perdido, sea político, científico, sociólogo, periodista, médico o alto directivo. Yo mismo, a mi pesar, me muevo en un mundo de acrónimos, cuyo origen a veces ni recuerdo. Los que fiscalizan mi Curriculum Vitae a la búsqueda de cómo añadirme o quitarme unos euros en un proyecto, se encuentran con que mis pasadas aventuras de investigación llevan denominaciones tan curiosas como Nanotron, Nanohybrid, Mediodia, Polyprop o Napoleon (este último me encanta y lo pongo en la lista aunque no tengo todavía muy claro si, en su entorno, haré alguna contribución o no). No voy a aburrir a mis lectores con lo que significa cada letra de cada acrónimo, entre otras cosas porque algunas son algo chuscas. Aquí voy a hablar de acrónimos que creo que van a sonar en el futuro mundo del automóvil.

En algunas de sus conferencias, el dilecto Profesor Etxenike suele relatar una serie de frases de gente famosa en la que se demuestra la dificultad inherente a cualquier predicción futura. Esa dificultad cristaliza en otra fase que él suele recordar, debida a Niels Bohr, el padre del modelo atómico más intuitivo al común de los mortales, que decía que "uno no debería hacer predicciones, sobre todo sobre el futuro".

En mi ya algo dilatada vida profesional como oscuro científico he podido comprobar que nada más alejado de la realidad que las predicciones, y tanto más cuanto más largo es el margen de tiempo al que se refieren. No me fío un pelo de las predicciones sobre la evolución del Universo, cuyo ámbito temporal se extiende a los miles de años. Ni me fío de las predicciones sobre el cambio climático o las reservas de petróleo. Por no fiarme, no me fío sobre el tiempo que hará en Bilbao el próximo domingo y que condicionará la vestimenta con la que asistiré al cumpleaños número dieciocho del sobrino al que patrocino su velero.

En el ámbito de los coches del futuro, hace veinticinco años me quemé las pestañas (entonces si que era difícil obtener información de algo) tratando de aclararme sobre el metanol como fuente de energía alternativa. Hace quince años, los coches eléctricos eran la clave. Hace cinco, nos vendían los coches a base de hidrógeno como algo que sería habitual en el 2010. Pero nada de eso parece asentarse definitivamente.

Así que puestos a hacer predicciones, que raras veces funcionan, voy a hacer la mía. Si me equivoco, sólo pasaré a engrosar una nómina que tiene nombres mucho más relevantes que el mío. En lo que nuevos autos se refiere sigan la pista del acrónimo PHEV. Se deduce del término Plug-in-hybrid-electric vehicles, vehículos eléctricos híbridos enchufables. Se trata de automóviles que llevan un motor convencional de gasolina acompañado de unas baterías de litio recargables, similares a las de los móviles pero a lo bestia. Esas baterías pueden cargarse cuando el vehículo está usando el motor de gasolina o, sencillamente, enchufándolas a la red. Cuando el vehículo funciona en un régimen de bajas revoluciones (en una ciudad) el motor de gasolina se apaga y uno anda gracias al motor eléctrico, de forma parecida a como lo hacen los buggies que se emplean en los campos de golf. Esto no es una quimera. General Motors, a través de su filial Chevrolet, va a lanzar en serio el Chevy Volt, que va a ser el primer PHEV comercial.

Si al acrónimo le quitamos la P nos queda HEV, hybrid-electric vehicles, una realidad palpable en forma de vehículos como el Pryus de Toyota o el Civic de Honda que ya usa la Policía Municipal del cortijo de mi Alcalde. La diferencia es que éstos no son enchufables. Sus baterías eléctricas se recargan mientras funciona el motor de gasolina o, simplemente, frenando. Con esas baterías cargadas y en requerimientos por debajo de los 50 caballos de potencia, el motor eléctrico funciona hasta que se le acaban las pilas, en un proceso ecológico hasta las cachas. Parece bastante claro que la mayoría de las apuestas HEV de los grandes fabricantes pasarán a ser PHEV en cuanto que las baterías de litio disponibles sean las adecuadas para los requerimientos de los conductores.

Así que el que vaya a cambiar de coche en este inmediato futuro en el que los fabricantes casi nos regalarán los vehículos, por aquello de la crisis que nos corroe, deberá andar al loro con los acrónimos que pueblan las partes traseras de las carrocerías. Aunque habrá que analizar cómo conseguimos la energía eléctrica necesaria para cargar las pilas a nuestros PHEVs. Lo que no es una cuestión baladí.

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sábado, 30 de agosto de 2008

Edulcorantes

En los comienzos inmemoriales de mi Facultad, cuando casi todos éramos jóvenes y profesores no numerarios (PNNs), era moneda corriente el que nos juntáramos a comer y cenar con cualquier pretexto. Ahora que todos somos talluditos, funcionarios y, quien más quien menos, con achaques gastrointestinales o cardiovasculares, esos ágapes menudean y van tendiendo a cero de manera asintótica. Pero de aquellos eventos juveniles siempre me quedará en el recuerdo la parsimonia con la que mi amigo Luis Bandrés, tras ponernos morados a comer y beber, sacaba de su bolsillo un diminuto recipiente de sacarina y se servía un par de losetas en el cafelito, bajo la disculpa de ahorrarse unas cuantas calorías (¡vaya Ud a fiarse luego de los balances de materia y energía que hacen los ingenieros).

La sacarina es uno de los edulcorantes más habituales, pero no es la única alternativa al tradicional azúcar o sacarosa. Ya hablamos de edulcorantes, un poco de pasada, en una entrada anterior, en la que se resaltaba su carácter sintético (en muchos casos) y su elevado índice de dulzor, entendiendo por tal el hecho de que dando un valor 100 de referencia a la sensación dulce que nos proporciona el azúcar convencional, la sacarina tiene un índice de 30.000 y el aspartamo, una combinación sintética de dos aminoácidos, anda por los 18.000. Eso hace que se necesiten cantidades mucho mas pequeñas de estos edulcorantes a la hora de conseguir un similar nivel de dulzor. Y, además, con un contenido calórico más bajo que el azúcar convencional, lo que hace que hayan sido utilizados en bebidas light y similares.

Pero así como la sacarina ha aguantado bien el envite quimifóbico desde finales de los cincuenta del siglo pasado (problemas no han faltado), el aspartamo aparece en todas esas listas que se afanan en proteger nuestra salud de una forma "natural", sin que nadie les haya dado vela en nuestro entierro. El principal argumento de ataque es que, aproximadamente, el 10% del aspartamo ingerido se descompone en el interior de nuestro organismo, produciendo formaldehido y metanol. Sobre ambos ya hemos hablado en otras entradas. Uno y otro están directamente relacionados y, entre otras lindezas, pueden causar ceguera como consecuencia del endurecimiento de la retina y del nervio óptico provocado por el formaldehido cuando, de forma natural, se genera a partir del metanol.

Pero podemos ingerir metanol de muchas otras fuentes que no sean el aspartamo. Sin ir más lejos, muchos vascos se meten al coleto (no me miren a mi que no soy representativo) sus buenas cantidades de metanol durante la temporado de sidra. Y los asturianos por ahí andarán. Un artículo reciente (2006) del Journal of Agricultural and Food Science recoge un trabajo realizado por investigadores del Servicio Regional de Investigación y Desarrollo Agroalimentario, radicado en el corazón asturiano de la sidra (Villaviciosa) en el que se analizan los contenidos en metanol de una serie de sidras de la zona y de los aguardientes con ellas elaborados, siguiendo el tradicional método de la alquitara o alambique.

El metanol surge de forma natural de las pectinas presentes en las manzanas, así como de la acción de las enzimas capaces de degradarlas hasta el propio metanol. Pues bien, tras analizar seis sidras diferentes y sus aguardientes respectivos, los investigadores asturianos han encontrado concentraciones del orden de 100 miligramos de metanol por litro de sidra y unas siete veces más en los "digestivos" chupitos. Así que echando unas pocas cuentas puede concluirse que tendríamos que consumir una cantidad importante de aspartamo para llegar a esos niveles. Que, además, son niveles permitidos por las normas europeas al respecto.

Pero da igual. El aspartamo ha caido en desgracia y las empresas que se juegan la pasta en el floreciente mercado de los edulcorantes de bajo o nulo poder calórico han tirado la toalla con esta molécula y han decidido buscar alternativas. El pasado 9 de julio y en el entorno de una conferencia internacional sobre tecnología alimentaria, el gigante Cargill, cuya potencia económica arranca de sus grandes plantaciones de maiz, y del que ya hablamos hace algunos meses, anunciaba la puesta en el mercado de un nuevo edulcorante denominado Truvia, derivado de las hojas de una planta (la Stevia rebaudiana) con las que los guaranis endulzaban comidas y bebidas en Paraguay hace ya doscientos años. Los japoneses comenzaron a consumir derivados de las hojas de Stevia en 1977 y, hoy en día, es uno de los principales edulcorantes usados en ese pais.

Pero Cargill ha ido más lejos. Los extractos de las hojas de Stevia son, como todos los extractos de vegetales, complejas mezclas de sustancias químicas. Y entre ellas, algunas confieren el dulzor buscado pero otras dan a este extracto un cierto sabor amargo. Cargill decidió quedarse con el compuesto que proporciona a las hojas su sabor dulce, un glúcido diterpeno, o esteviósido, una molécula muy compleja, que contiene 38 carbonos, 60 hidrógenos y 18 oxígenos. Su índice de dulzor está entre 25000 y 30000 en la mencionada escala de la sacarina.

Para mantener el toque "natural", que es lo que vende, Cargill trata las hojas de Stevia con agua caliente, elimina algunos componentes no deseados por floculación y tras una serie de tratamientos con alcohol y procesos de cristalización posteriores, obtiene el esteviósido deseado en una pureza del 97%. Y este producto final es el que Cargill comercializa como Truvia, en una aventura en la que no están solos, pues su compañero de viaje es la propia Coca-Cola que espera poder utilizarlo en sus bebidas bajas en calorías.

Pero el camino es todavía largo. Los extractos de las hojas de Stevia recibieron hace años por parte de la FDA (Food and Drug Administration) americana su aprobación como suplemento nutricional, un calificativo de segunda división que reciben la mayor parte de los productos disponibles en herboristerías y similares. Pero lo que Cargill y Coca-Cola buscan es que que su Truvia sea de primera división y reciba el calificativo de aditivo alimenticio permitido, lo que abriría el paso a su empleo en bebidas y alimentos de amplia difusión. Pero para eso se necesita un camino mucho más largo, que demuestre que ese producto no plantea problemas de salud por muy "natural" que sea. Y en eso están.

Y lo dejo, que tengo concierto de la Quincena Donostiarra con la Filarmónica checa y la Sinfonía nº 1 de Mahler. Y ante ese plan no hay Blog que pueda.

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jueves, 21 de agosto de 2008

Sobacos ecológicos

Uno ha sido toda su vida un activo militante contra el olor a sobaco, al haber tenido que sufrir generaciones de estudiantes que, en cierto porcentaje, se lavan poco. Distribuidos los apestados un poco al azar en el mogollón de un aula, y tras varias horas de clases, acceder a veces a ella es una auténtica heroicidad. Cuando hace ya muchos años, nuestro Rector Monreal, de infausta memoria, prohibió fumar en las aulas, yo reivindiqué que también fuera obligatorio ducharse con regularidad para acceder a una clase o un laboratorio. Asi que, como ya se intuye, esto va sobre desodorantes, un próspero negocio que mueve al año miles de millones de dólares y euros.

Hace unos días, en uno de esos suplementos que entregan con el periódico, me encontré con el anuncio de un desodorante de Sanex, bajo el reclamo publicitario de Eficacia Natural a base de Mineral de Alumbre. Alumbre es un nombre familiar para un químico viejo como yo. De forma genérica se trata de un sulfato hidratado doble de un metal de valencia tres y otro de valencia uno. Pero el más conocido de la familia es el alumbre potásico, un sulfato doble dodecahidratado de potasio y aluminio. Y esto último lo recalco, para la discusión posterior, porque la mayor parte de los minerales de alumbre utilizados en diversos ámbitos contienen aluminio como metal trivalente.

Como casi todo el mundo sabe, el sudor no huele. Lo que huele es la actividad biológica de las bacterias que viven como curas en las zonas sudadas de nuestro cuerpo. Cuando sudamos, las condiciones húmedas constituyen un medio ideal para su desarrollo en el que, además, encuentran sustancias con las que alimentarse. Así que, si no queremos oler, tenemos tres alternativas: cargarnos periódicamente las bacterias que se generen, sudar menos para que no proliferen o seguir siendo unos guarros pero, al menos, tapar el olor con algún otro aroma que lo enmascare. La mayor parte de los desodorantes tratan de buscar esos tres efectos, de manera simultánea, aunque en diferentes proporciones.

Para cargarnos a las bacterias se han utilizado tradicionalmente desodorantes con alcohol, aunque hoy están de capa caída y han sido sustituidos por otros bactericidas como el triclosan o algunos quelatos metálicos. En cuanto a buscar una menor sudoración, los antitranspirantes históricamente empleados en los desodorantes comerciales son derivados de aluminio, del tipo del clorhidrato de aluminio o compuestos más complicados de aluminio y zirconio. Aunque durante años se ha hablado del poder astringente de estos compuestos, que haría que los poros de la piel por los que surge el sudor se contrayeran, lo cierto es que la versión más moderna del efecto, comprobada por microscopía electrónica, indica la formación de un precipitado entre el aluminio y la proteína superficial de la piel, precipitado que bloquea los poros. Cuando esa capa externa se va muriendo y la piel vieja se cae, con ella se va también el precipitado y, por eso, la acción del antitranspirante es temporal.

El caso es que el aluminio tiene mala prensa. Hay algunos estudios que lo relacionan con cánceres de mama en personas con uso habitual de desodorantes. Hay ciertos indicios de conexión entre el aluminio y el Alzheimer y se han descrito también ciertos casos de hiperalumenia (con cansancio general y dolores en articulaciones). Así que no es de extrañar que si uno entra en algún foro sobre el uso de desodorantes, se encuentre con frases como la que yo he encontrado (sic) en uno de Vogue: "Chicas algun desodorante que no contenga ni aluminio ni nada de eso perjudicial pero que sea efectibo para el olor más que para el esceso de sudoración???? sabeis de alguno que sea muy efectivo para el olor??? ". Ya veis como está el patio en cuestiones de sudor y ortografía.

Y en esta atmósfera aparece Sanex ( y otras marcas) con su piedra, roca o mineral de alumbre y los sprays y rollers relacionados. Algo más viejo que mear en pared. El uso de piedras de alumbre para evitar olores corporales está descrito por Plinio, en tiempos de los romanos. Basta con mojarse la axila o zona a tratar y pasarse la piedra de alumbre por la misma. El mismo alumbre ha sido utilizado en los lápices hemostáticos para restañar pequeñas heridas durante el afeitado, algo que seguro que todo el mundo ha visto o usado alguna vez.

Pero si uno mira la información de los anuncios de Sanex, la palabra aluminio no aparece ni por casualidad. Otras marcas que venden esas piedras de alumbre, y productos con ellas manufacturados, son algo más honestas y en los envases colocan anuncios como "Sin aluminios dañinos" o "Sin clorhidrato de aluminio". Otras lo presentan como "Compuestos de aluminio naturales". Todo esto genera en los foros, a los que he hecho mención arriba, un auténtico galimatías de opiniones, que van desde declarar que "tranquilas, la piedra de alumbre no contiene aluminio" hasta "el aluminio de la piedra es natural, no tiene nada de química".

Desodorantes libres de aluminio existen en el mercado, tanto en perfumerías como en herboristerías. Todo es cuestión de probar y ver si a uno le abandonan antes o despues que los que contienen algún compuesto de aluminio. En el caso de las herboristerías a ver qué contienen. Pero que no os vendan al "peligroso" aluminio con el envoltorio de la piedra "natural" de alumbre. Es el mismo aluminio de toda la vida, esté en el sulfato de la piedra o en otro compuesto de síntesis. Que muy natural, muy mineral y todo eso es el talco, un silicato de magnesio con el que se han embadurnado y se embadurnan los culetes de muchas generaciones de infantes, y desde el año 1971 [J. Obstet. Gynaecol. Br. Commonw. 78, 266-72 (1971)] hay estudios sobre la posible incidencia de dichos polvos de talco en el cáncer de ovario. La cosa no ha ido muy lejos desde entonces y no pretendo asustar a nadie, pero puestos a encontrar algo natural de lo que existan sospechas cancerígenas no hay más que buscar.........

Nota: la foto de arriba es la portada de un libro Nancy Rica Shiff sobre empleos un poco raros.

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