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Como en la mayoría de los casos en los que una idea basada en el conocimiento científico, pasa a formar parte de nuestras vidas en forma de algo que, genéricamente, llamamos aplicación, el camino a recorrer es, en general, muy largo y, a veces, angustioso. Ahí está el caso de la aprobación de determinadas moléculas químicas como medicamentos, o la de otras que puedan utilizarse como pesticidas no dañinos para el medio ambiente. Cuestión sobre la que volveré un día de éstos, que tengo ya bastante información al respecto. Pues, en menor medida, ese ha sido también el caso del chicle que no se pega, al que ya hice referencia en un par de ocasiones en este Blog (ver este link y este otro, entradas publicadas con un año de diferencia y la última hace ya año y medio).
Pero ahora parece que si es la buena. Si visitais la página web de la empresa Revolymer, encontrareis allí un encabezado publicitario en el que ya se anuncia la versión comercial del cojochicle, con una figura similar a la que ilustra esta entrada. Su nombre es Rev7, ya cuenta con el placet de las entidades regulatorias en Estados Unidos y parece que están a punto de conseguirlo en Europa, según declaraciones de Terence Cosgrove (el jefe del asunto) de la Universidad de Bristol a la revista Chemistry World de la Royal Society of Chemistry inglesa.
Pasado este tiempo, conocemos el secreto de la formulación con algo más de detalle del que se daba en las dos entradas que he mencionado anteriormente. Como ya contaba allí, el problema de las gomas de mascar que se pegan es que están constituidas, generalmente, por copolímeros de estireno y butadieno o de etileno y acetato de vinilo. Lo de menos es el nombre para los que no estais en esta pomada de los polímeros. Lo importante es que uno y otro copolímero son sustancias que, además de pegarse con facilidad a las superficies, son bastante hidrofóbicas (es decir, repelen el agua) con lo que es difícil tratar de eliminarlos mediante el clásico método de una máquina barredora que usa agua y jabón.
La idea de los de Revolymer, como ya adelantábamos en la anterior entrada, es emplear un polímero anfifílico, un polímero que tiene en su cadena parte hidrófobas del tipo de las anteriores pero también partes hidrofílicas a las que gusta el agua. Hoy ya sabemos, cosa que no pasaba en tiempos de mi última entrada al respecto, que la goma del Rev7 es un copolímero de los que nosotros llamamos de injerto. Se trata de una cadena de poliisopreno, el mismo material base de muchos neumáticos, cadena de la que cuelgan ramas de polióxido de etileno, un polímero que, en estado puro, es soluble en agua, biodegradable y biocompatible.
Esta inteligente estructura tiene muchos efectos adecuados al objetivo de impedir que muchas calles estén como mi Plaza del Buen Pastor, pasto de la odiada tienda de chuches de mi portal. En primer lugar, esa goma se adhiere menos fuertemente a la mayoría de las superficies. En segundo lugar, las ramas de polióxido de etileno permiten absorber y retener agua, condición clave para que las ramas de polióxido puedan irse degradando hasta resultar una especie de polvo en menos de 6 meses. Por otro lado, al ser el polióxido biodegradable, el impacto ambiental de los millones y millones de chicles será menor. Y, finalmente, muchas de las moléculas empleadas en los jabones líquidos como surfactantes forman complejos con el polióxido de etileno, lo que facilita el poder eliminar la goma con el uso de detergentes convencionales en muchos tipos de superficies, incluida la ropa o las alfombras.
Pero sigo estando igual que estaba en la entrada de febrero de 2008. Sin una muestra a la que hincar el diente en el laboratorio. Así que casi repito el final de esa entrada. Si alguien viajando por el mundo (tengo lectores muy viajados y viajeros) encuentra en algún aeropuerto el famoso Rev7 que me compre una cajita. Prometo pagarla generosamente.
Espero que Rev7 cumpla con las expectativas, la goma se vaya implantando y los de Revolymer se acaben forrando cuando alguna multinacional del chicle se quede con el negocio. Me encantaría que una idea basada en ciencia básica de polímeros y desarrollada con lo que, en principio, fué una pequeña empresa de spin-off, acabe resolviendo parte del mugriento problema de los chicles.
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Las entradas de este Blog están clasificadas por categorías. Visto el título que encabeza ésta, y dada mi afición a las cosas gastronómicas, parecería lógico que estuviera encuadrada en la categoría que he denominado Química y Gastronomía y que recoge, entre otras nimiedades, mis pinitos químico-gastronómicos de los últimos años. Pinitos que tienden a su fin por mi ya provecta edad, por mi adhesión a la teoría de Einstein que establece el aburrimiento como el estado más elevado de excelencia intelectual y porque, para esos fines, ya tenemos ahora en Euskadi un referente (el Basque Culinary Center) que iluminará nuestros restaurantes y sus manteles. Así que esto no va de Química y Gastronomía, como pudiera esperarse, sino de leyendas urbanas, que en este Blog se engloban en la categoría Patrañas.
Nuestro buen amigo C. regenta un bazar de cosas electrónicas cerca de nuestro nido. Es nuestro referente (éste ya consolidado, no como el BCC) para cambiar unas pilas, elegir unos auriculares que aguanten mis audiciones nocturnas, antes de caer en los brazos de Morfeo y maltratarlos, o para comprar un telefóno. Este viernes hemos ido a comprarnos un inalámbrico porque el anterior ha pasado a mejor vida. C. nos ha mostrado los que considera mejores modelos y, al final, nos ha recomendado uno, entre cuyas cualidades diferenciadoras está una que él considera muy importante y que tiene que ver con la menor energía de radiofrecuencia emitida por este modelo con respecto a los precedentes. Y para reforzar su argumento, nuestro buen amigo nos contó que unos miembros de Greenpeace (no tengo la prueba fehaciente, pero C. es un vendedor honesto que no se permitiría una fantasmada) les habían mostrado, en unas jornadas, un vídeo en el que se cocía un huevo entre dos teléfonos móviles trás unas cuantas horas de exposición. La conclusión es obvia, ¡a saber que puede pasar con nuestro cerebro al cabo de unos cuantos años de utilización de nuestros inalámbricos!.
No le dije nada a C. porque estoy empezando a considerar seriamente que no merece la pena perder amigos sinceros, con los que uno se lleva bien, sobre la base de polemizar sobre la Quimifobia, la homeopatía o los fertilizantes naturales. Pero en el Blog lo tengo que contar y si por casualidad me lee, como es un tío listo, seguro que entiende mis silencios y mis argumentos.
En Internet hay una vasta bibliografía sobre el tema. Una de mis páginas de referencia sobre leyendas urbanas, que ya he mencionado otras veces, establece, como origen de la diseminación de este bulo, la publicación de una noticia al respecto en la web de un inglés llamado Charles Ivermee en el año 2000, un tiempo en el que había gran preocupación sobre el daño que las ondas de telefonía móvil y similares podían causar en los humanos. Es curioso que el tal Ivermee parece haber declarado, posteriormente, que si publicó la noticia fué porque la mencionada preocupación por las ondas de radiofrecuencia le parecía una chorrada manifiesta, así que la publicación en su web pretendía ser una forma de desacreditar esas ideas. El hijo de la Gran Bretaña no debió ser muy convincente en sus argumentos porque si algo consiguió fué justo el efecto contrario.
No voy a daros datos técnicos muy prolijos, pero hay cálculos sencillos que permiten derivar que un huevo mantenido entre dos teléfonos móviles trabajando a tope (o sea, reproduciendo algún tono salvaje de esos que ahora se estilan), durante una hora, no conseguirían elevar la temperatura del huevo más allá de 10-12º y eso suponiendo que toda la energía se transmitiera al huevo, lo que es literalmente imposible porque parte se pierde en el ambiente, el huevo tiene cáscara, etc.
Pero como una imagen vale más que mil cálculos, os voy a colgar un vídeo de unas jornadas de divulgación de la Ciencia llevadas a cabo por una Universidad australiana. Está en inglés pero, básicamente, consiste en una experiencia en la que durante una hora se pone un huevo entre dos móviles funcionando, otro se coloca próximo a una especie de módem inalámbrico que emite con una frecuencia (y energía) diez veces mayor que la de los móviles y un tercero de control se sitúa en condiciones de cercanía a los artilugios similares a las personas que siguen el experimento en la sala. Transcurrida la hora, los tres huevos se cascan igual y dejan caer el mismo conjunto viscoelástico de clara y yema.
Lo que tienen (tenemos, porque me adhiero a ellos con ganas) que trabajar los escépticos para deshacer patrañas.
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La semana pasada estuve en un Curso de Verano organizado por la Fundación Ikerbasque que lidera mi colega, amigo y contribuyente a este Blog, Fernando Cossío. Fue una experiencia muy agradable, donde pude compartir tiempos y espacios con gentes muy interesantes y muy próximas a mi modo de pensar en lo relativo a la difusión de la Ciencia. Fernando me sugirió emplear algunos de mis ejemplos en este Blog para tratar de resaltar el papel que los medios de comunicación han jugado y juegan en la instauración de la Quimifobia. Y hace un rato, leyendo una alerta de una revista de la American Chemical Society, me he acordado de una brevísima incursión que hice en la charla sobre la relación entre el aluminio y el Alzheimer y que nunca he plasmado en detalle en el Blog.
En la citada revista hay un artículo publicado por un grupo de investigación de la Universidad de La Laguna y el Servicio de Salud canario sobre la ingesta de aluminio en los siete paraisos que son las Canary Islands. Nada que objetar al estudio, muy similar a otros parecidos, en los que se demuestra, continuamente, la potencia de los medios analíticos de que disponemos para detectar, de forma muy precisa, concentraciones muy bajas de elementos y compuestos químicos. Pero lo que me ha llamado a escribir esta entrada es que en la introducción que todo artículo científico suele tener, y en el que se detalla un poco la bibliografía relacionada con el contexto general del trabajo, los autores citan la relación entre el aluminio y el Alzheimer.
El que esa relación siga apareciendo en la bibliografía científica es otro ejemplo más de cómo estudios epidemiológicos serios, de carácter médico, pueden acabar por generar una bola de nieve quimifóbica que luego cuesta decenios parar en virtud de la ansiedad social generada. Y a mostrarlo vamos.
En los años 60 se empezó a ser conscientes de que enfermos de riñón, sometidos a sesiones de diálisis dos o más veces por semana, eran candidatos claros a sufrir procesos crecientes de demencia. El principal acusado del asunto era el aluminio, que se usaba en los equipos de diálisis entrando así directamente en el flujo sanguíneo y llegando al cerebro. A esa conclusión se llegó despues de que un grupo de Newcastle publicara un estudio que demostraba los altos niveles de aluminio en los cerebros de esos enfermos. Junto a ese estudio se publicaron otros que estudiaron los efectos de altas dosis de aluminio en los cerebros de gatos y conejos. Como, por otro lado, también se había publicado algo sobre el inusual contenido en aluminio de los cerebros de gentes afectadas de Alzheimer, la conexión era lógica y la pequeña bola de nieve empezó a rodar y a crecer.
No todo el mundo estuvo de acuerdo y hubo quien, como Sir Martin Roth, un profesor de psiquiatría de la Universidad de Cambridge, empleó muchas horas para rebatir esa conexión. Había demasiados puntos oscuros. Por ejemplo, los dializados con ese problema de demencia se recuperaban, cuando se les sometía a tratamiento con ciertos "secuestradores" de aluminio. Y esa estrategia no funcionaba con los enfermos de Alzheimer. En esa época (y también ahora), muchas personas con problemas gástricos tomaban preparados a base de hidróxido de aluminio en dosis tan grandes como 3 gramos diarios, y no parecía haber una conexión demostrable entre quienes así habían tratado de acallar a su estómago y la enfermedad de Alzheimer. Mi propio padre se forró en los sesenta y setenta a una cosa llamada Allugelibys (que comprábamos en la farmacia de Hendaya) y el hombre anda ahora jodidillo de las piernas, pero de Alzheimer ni asomo.
Otra prueba que ha ido calando a lo largo de los años es el asunto del té. El aluminio es el tercer elemento químico más abundante en la corteza terrestre, despues del oxígeno y el silicio. Dada esa abundancia, y a pesar de la insolubilidad en agua de muchos de sus compuestos, casi todas las plantas absorben algo de aluminio por sus raíces. Espinacas, cebollas, lechugas o patatas son buenos ejemplos habituales, con contenidos de decenas o cientos de partes por millón. Pero el que se lleva la palma es el té de las cinco. Y no ha habido evidencias de que las culturas que tradicionalmente consumen té sean más proclives al Alzheimer que las que no lo consumen.
En el año 1988 se produjo en Inglaterra un incidente relacionado con el aluminio que intensificó las campañas contra el mismo. Un camionero que llevaba un camión cisterna con 20 toneladas de una disolución concentrada de sulfato de aluminio, utilizado en el tratamiento de aguas potables como floculante y clarificante, llegó a una estación de tratamiento de aguas en Camelford, en lnglaterra. Por algún descuido que no viene al caso, en lugar de conectar la cisterna a un depósito ad hoc, lo conectó directamente a la red de suministro que alimentaba los hogares de 20.000 ingleses. El contenido en aluminio de ese agua, parece que llegó a alcanzar unas 5000 veces el nivel permitido de ingesta que son 10 miligramos por día para una persona de 70 kg de peso, lo que supone realmente una cantidad sustancialmente más grande que incluso los 3 gramos por día de mi padre y su Allugelibys, por lo que no es de extrañar que se produjeran, y se puedan producir, problemas de salud graves, como así parece que se está revelando. Pero es obvio que el caso Camelford es un accidente que generó concentraciones brutales e instantáneas. Y que sus consecuencias no se pueden generalizar al común de los mortales.
Si seguimos con la polémica aluminio/Alzheimer que nos ocupa, ésta debiera haber terminado a finales de siglo XX, cuando repetidas experiencias por parte de grupos de investigación, empleando nuevas y sofisticadas técnicas para estudiar el cerebro de los afectados de Alzheimer (por ejemplo, la llamada Microscopía Nuclear), vinieron a demostrar que los citados cerebros no contenían cantidades significativas de aluminio y que, lo más probable, es que los estudios que originaron la bola en los sesenta y setenta contaminaran las muestras con aluminio durante el propio proceso de análisis. Pero la cosa aún va a pervivir un tiempo en medios de comunicación, foros, blogs y, lo que es peor, en introducciones a publicaciones científicas como la que ha dado origen a esta entrada. Aunque uno puede encontrar también sitios que ya han asumido el fin de la bola, como la Alzheimer Society of Canada que en su web deja bien claro que "la mayor parte de los investigadores en Alzheimer no consideran al aluminio como un factor de riesgo de dicha enfermedad".
P.D. Algunos seguidores del Blog me han pedido que enseñe el nuevo nido. Ya se sabe que los búhos son de natural discretos, así que no esperen un reportaje tipo Hola. Pero al hilo del aluminio, la foto que ilustra la entrada (como siempre se puede ampliar picando sobre ella) es de nuestra nueva terraza, donde se han usado tubos huecos de aluminio para esconder las paredes originales, un poco pasadas de rosca. Es de lo que más contento me tiene.
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Creo que ya he dicho en alguna entrada anterior (ya se me hace difícil saber lo que he dicho o no) que la Química Orgánica es una especie de advenediza en el mundo de los fármacos. No hace mucho todavía, en insignes Facultades de Farmacia se seguía estudiando más Botánica que Química Orgánica. Sin embargo, la síntesis de la aspirina, de la vitamina C y de otras muchas más cosas, puso bien claro que los químicos podían identificar el principio activo por el que una planta resultaba beneficiosa frente a una afección concreta para, posteriormente, sintetizarla con altísimos grados de pureza en un laboratorio o en una planta industrial. Y es más que probable que las plantas sigan siendo una permanente inspiración (y un reto cada vez más complicado) para la síntesis de nuevos fármacos.
Lo que acabo de contar, ligado al ámbito de la farmacología, es también válido para otras moléculas que pueden ser extraídas a partir del mundo vegetal, como es el caso de la gran variedad de sustancias que constituyen los llamados aceites esenciales de determinadas plantas y que se emplean en ámbitos tan diversos como la cosmética o la gastronomía. Todo lo anterior viene a cuento porque el Chemical Engineering News anunciaba en su número del 30 de agosto que el gigante químico BASF entraba en la pelea por el mercado del mentol, inaugurando una nueva factoría en Alemania. La noticia me mosqueó porque no me resultaba obvio que a BASF le interesara el mercado de un producto que no se me antojaba excesivamente estratégico para sus vastos negocios. Pero mira por donde la cosa no estaba tan clara.
El mentol es el que da el característico sabor a muchas pastas dentífricas, también a los cigarrillos mentolados y a algunos chicles (aunque en estos la cosa es más complicada). Es, por otro lado, el causante de los efectos "mágicos" del Vicks Vaporubs y preparados similares para las congestiones o la tos. El mentol se ha extraido tradicionalmente de la hierbabuena japonesa (Mentha arvensis), una de las muchas plantas de menta existentes, negocio que ha estado tradicionalmente controlado por compañías indias y chinas que eclipsaron a las japonesas a partir de los años 60. Pero para muchos fabricantes de productos que incluyen mentol, esa fuente del mismo, que ahora supone casi el 80% del mentol producido en el mundo, tiene muchos problemas. Las calamidades climáticas que asolan vastas zonas de la India casi cada diez años, las incertidumbres chinas y el papel de los especuladores dentro de ambos problemas, hace que el suministro de mentol pueda sufrir alteraciones graves que nunca gustan a un productor de pasta de dientes que quiere suministro regular y precios estables.
El 20% restante del mentol en el mercado es mentol sintético fabricado por una compañía japonesa (Takasago), que lo prepara a partir de m-cresol, y una compañía alemana (Symrise) que lo fabrica a partir de mirceno. ¿Y por qué quiere meterse BASF en un mercado que parece tan maduro y con un producto no precisamente de muchas toneladas?. Es que, a veces, los designios de las empresas son difíciles de entender si no se rasca un poco. Y eso es lo que ha hecho el Chemical Engineering News para mí.
Hace casi tres años sepulté como una curiosidad, entre otras muchas de mi archivo, una noticia que describía la síntesis de mentol a partir de citral, un terpenoide que BASF empezó a fabricar en los 80 como materia prima para obtener linalol y geraniol, dos esencias muy empleadas en productos de cosmética (no hay más que echarle un ojo a la formulación de cualquier perfume o crema para el body). En 2004 BASF abrió una nueva planta en Ludwigshafen para producir 40.000 toneladas anuales de citral, cuatro veces más grande que la disponía anteriormente, porque vislumbraban la posibilidad de que ese citral fuera fuente, además de las sustancias mencionadas, de otras moléculas interesantes como las vitaminas A y E.
Ahora he recuperado la relación entre mentol y citral. Y me he podido enterar de que la deriva de una parte de esa producción de citral para empezar a competir por el mercado del mentol tiene una explicación. Explicación que me dejó de una pieza cuando la leí en palabras de un consultor del mundillo de los aromas y fragancias (y traduzco literalmente): "Hasta hace unos pocos años, mucha gente en India y China no utilizaba pasta de dientes. Y ahora lo hace".
De ahora en adelante pienso seguir la pista al mentol. Me intriga saber si los de BASF han dado en el clavo o se han columpiado.
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En tanto que potenciales "excusas" para escribir estas entradas, recibo tantas alertas de cuestiones relacionadas con la Química y colecciono tantos pdfs sobre lo mismo, que tengo un auténtico maremagnum de materiales y, muchas veces, cosas muy interesantes acaban siendo condenadas al olvido en una carpeta virtual en mi Mac o en una torre de papeles en mi archivo físico. Y esto es lo que me ha pasado con el asunto del premio de un millón de libras esterlinas (¡ahí es nada con los tiempos que corren!) ofrecido por la Royal Society of Chemistry (RSC) y todavía en vigor.
Ahora hace un par de años, Neville Reed, el presidente de esa conocida Sociedad (o alguno de sus allegados) se llevaron un cabreo de primera división al conocer que una conocida marca de productos para jardinería ponía en el mercado unos envases de fertilizante como el que podeis ver en la foto (se puede ampliar picando sobre ella), donde a la izquierda aparece el reclamo de 100% Chemical Free, esto es libre de productos químicos al 100%. Bastaba darle la vuelta al envase para encontrar entre sus ingredientes cosas como el pentóxido de fósforo o el óxido de potasio. El caso no es aislado, sino muy habitual en ámbitos como la cosmética. Os puedo proponer una web en la que se anuncia un lápiz de labios 100% natural y libre de productos químicos. Sólo que un poquito más abajo y a la derecha aparece la composición en forma de un cóctel químico de los que gustan a Greenpeace: aceites diversos provenientes de vegetales (eso si hidrogenados, ¿quién los hidrogenará?), colorantes, óxidos, mica,.... La duda que me asalta es si el hecho de que ahora no esté disponible para su venta se debe a que han convencido tanto a los clientes que se los han llevado todos o alguien les ha denunciado por embusteros.
Puestos a denunciar y en lo tocante al fertilizante que se ve arriba, la RSC decidió poner el tema en manos de un organismo que vela contra la publicidad engañosa, la Advertising Standards Authority (ASA). Pero la cosa llegó a mayores cuando la ASA replicó a la RSC que no había por qué eliminar ese anuncio, dado que "el público entendía que se refería a un producto libre de sustancias químicas fabricadas por el hombre". Y ahí empezó la batalla. Lo más fino que he leído sobre la ASA, proveniente de la RSC, es el calificativo de estúpido y lo avalan con otras decisiones de la ASA, igualmente peregrinas, como la de eliminar un anuncio de British Telephone por proponer un acceso a internet instantáneo. Dicen los de la RSC que por la misma debieran eliminar todos los anuncios de café instantáneo que en el mundo han sido, empezando por el de Nescafé.
El caso es que a consecuencia de esta refriega y para promover un debate que esclarezca que un producto químico es un producto químico con independencia de donde venga, la RSC instituyó, a finales de octubre de 2008, un premio de un millón de libras a quien proponga un material que pueda ser considerado 100% libre de productos químicos. Si os animais no teneis más que mandar vuestra propuesta a Jon Edwards (edwardsj@rsc.org). Aunque no creo que la RSC se acabe arruinando por la propuesta.
Lo que me ha hecho recordar la historia es que el propio Jon Edwards ha publicado recientemente una entrada en su Blog, en la que cuenta el inicio de todo el proceso y proporciona algunos ejemplos de propuestas que ya ha recibido. Una que evidencia en qué nivel estamos es la de alguien que le propone el aceite de oliva "puro, no adulterado, orgánico, proveniente de un primer prensado en frío". Un excelente aceite de oliva virgen, sin duda. Pero, desafortunadamente para quien pretendía llevarse el millón de libras, Jon Edwards adujo que se trata de una mezcla de ácido oleico, ácido palmítico y otros ácidos grasos además de un 0,7% de escualeno y un 0,2% de esteroles. Moléculas químicas todas ellas, según clásicos catálogos de productos que empleamos los químicos.
La respuesta del desestimado y cabreado proponente no tiene desperdicio: "No creo que el premio se deba referir a materiales libres de productos químicos, sino libres de productos químicos hechos por el hombre. Entiendo que todos los productos químicos de la Naturaleza son buenos. Sólo pongo objecciones a cosas amalgamadas al azar (o a propósito) en algún laboratorio situado en cualquier parte del mundo". O sea, otro que se apunta a las tesis de la Advertising Standards Authority, olvidándose de cosas como el alcohol, las amatoxinas de las setas amanitas, la belladona, el ácido oxálico de los ruibarbos, la histamina de la que hablábamos hace un par de entradas, el arsénico, las decenas de toxinas producidas por las algas y....¿para qué seguir?.
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