domingo, 16 de julio de 2023

Aspartamo y cáncer

Si los medios de comunicación no tuvieran la manía de usar la palabra cáncer como reclamo visual para que los lectores se decidan a leer o seguir una noticia, la publicación por parte de la Organización Mundial de la Salud (OMS) de los resultados de su evaluación del riesgo y la peligrosidad del aspartamo, un edulcorante sintético que sustituye al azúcar en muchos productos, no hubiera pasado de ser una noticia más o menos anodina. Pero claro, si un medio supuestamente serio como La Vanguardia titula "El edulcorante aspartamo podría causar cáncer de hígado a dosis elevadas", la gente se preocupa, como no es de extrañar. Y si además, el artículo está escrito de forma que induce tanto a la alarma como a la tranquilidad, la gente (y alguno de mis lectores) se mosquea.

El pasado viernes, 14 de julio, el Centro Internacional de Investigaciones sobre el Cáncer (IARC, en su acrónimo en inglés), dependiente de la OMS y el Comité Mixto de Expertos en Aditivos Alimentarios (JECFA), que depende de la propia OMS y de la FAO (el organismo de la ONU para la Agricultura y la Alimentación), publicaron conjuntamente este texto que había venido siendo anunciado por los medios de comunicación desde semanas atrás, asociándolo otra vez a la palabra cáncer.

En el marco del IARC, grupos de expertos internacionales evalúan o reevalúan los conocimientos científicos disponibles en cada momento para hacer una valoración del riesgo que supone un determinado agente químico o biológico, o una actividad en ciertos casos, para producir cáncer. Como resultado, cualquiera de esas sustancias o agentes se clasifica en uno de los cuatro grupos en los que el IARC coloca a las sustancias y actividades susceptibles de provocar cáncer en los humanos. El Grupo 1 engloba a las sustancias cancerígenas para los humanos, el Grupo 2A implica que la sustancia es probablemente cancerígena para el ser humano. El Grupo 2B engloba sustancias posiblemente cancerígenas para los humanos y el Grupo 3, finalmente, agrupa a las no clasificables por su carcinogenicidad para los humanos. Esto es hilar fino con el lenguaje.

La clasificación refleja el nivel de seguridad de los conocimientos que tenemos sobre que un agente sea cancerígeno. Pero no establece en qué cuantía lo es. Tampoco asegura que un agente cause un determinado u otro tipo de cáncer. Sólo refleja que alguien en la literatura, con mayor o menor evidencia, lo haya dicho. La tarea encomendada al IARC es la correcta identificación de riesgos, esto es la identificación de productos o actividades que constituyen un peligro según la literatura, no la valoración de esos riesgos.

Por ejemplo, la clasificación del IARC no implica que los agentes del Grupo 1 sean más peligrosos que los del Grupo 2B, solo que de los primeros existe una evidencia más fiable de que puedan producir cáncer. Tampoco implica que todos los incluidos en un mismo Grupo sean igual de cancerígenos. Por ejemplo, aunque la carne procesada (bacon, por citar algo) y el tabaco están en el mismo Grupo 1, sabemos que fumar es muchísimo más peligroso que comer bacon. Si el periodista de La Vanguardia tuviera esto claro no hubiera escrito el titular que ha escrito, porque el IARC no puede decir que el aspartamo podría causar cáncer de hígado, solo que ha encontrado literatura científica que relaciona lo uno con lo otro. Que no es lo mismo.

Y si ya nos vamos al caso que nos ocupa, el aspartamo es una molécula relativamente complicada para alguien no versado en Química pero que, cuando es asimilada por nuestro organismo, se hidroliza (se rompe) para dar tres moléculas más pequeñas y bien conocidas, dos de las cuales, el ácido aspártico y la fenil alanina, son dos aminoácidos esenciales, es decir, aminoácidos que nuestro organismo necesita si o si, pero que no puede sintetizar por si mismo y que, por tanto, los tiene que extraer a partir del metabolismo de los alimentos. La tercera de las sustancias es el metanol o alcohol de madera, el hermano pequeño del alcohol que ingerimos en las bebidas alcohólicas (etanol).

El ácido aspártico, y algunas de sus sales, se generan en nuestro cuerpo cuando metabolizamos alimentos como los espárragos, los aguacates, los copos de avena, ciertas carnes y un sin fin más. La fenil alanina se produce cuando se metaboliza la leche materna de los mamíferos, pero también cuando consumimos cosas como carne, pescado, huevos, legumbres, frutos secos o soja. Del metanol hablaremos enseguida pero lo más importante es que esas tres sustancias que la ruptura del aspartamo genera en nuestro cuerpo son exactamente las mismas que las que entran en él vía el consumo de alimentos.

Las personas afectados por la enfermedad genética conocida como fenilcetonuria tienen un inconveniente grave si ingieren alimentos que proporcionen fenil alanina. En virtud de ese defecto genético, no disponen de las enzimas que degradan la fenilalanina para producir tirosina, inocua para nuestro organismo. Por el contrario, en esos pacientes, la fenilalanina se degrada para producir otra molécula, el fenil piruvato, una sustancia neurotóxica que afecta gravemente al cerebro durante su desarrollo, de ahí la peligrosidad de consumir alimentos que produzcan fenil alanina en niños de corta edad con esa enfermedad genética. Si os fijáis en las bebidas que llevan aspartamo suele haber un aviso que previene a esos enfermos sobre la peligrosidad de ingerirlo, pero hay otras muchas cosas que, desgraciadamente, ellos no pueden comer.

El metanol es otra cosa. Al generarse por la ruptura del aspartamo se metaboliza después en el hígado dando formaldehído y, posteriormente, ácido fórmico, lo que puede causar muchos problemas en un ser humano, incluida la ceguera, algo que ha pasado en muchos casos con bebidas alcohólicas contaminadas con metanol. Pero hay que aclarar que los humanos estamos ingiriendo metanol continuamente cuando consumimos verduras, legumbres, sidra o zumo de tomate, por mencionar solo algunos, sin que ocurran trastornos dignos de mención, dadas las cantidades que ingerimos. Por ejemplo, hace ya años (en el 2000), investigadores asturianos publicaron un artículo en el que analizaban químicamente las sidras de su región, incluyendo el metanol (denominado MeOH en la tabla 3). Y algunas de esas sidras y sus derivados espirituosos tenían niveles de metanol que podrían inducir a una cierta preocupación si nos pusiéramos en plan medio de comunicación.

Dicho lo cual, volvamos al último informe del IARC sobre aspartamo y cáncer. La importante (y casi única) novedad es que el IARC ha clasificado al aspartamo como posiblemente carcinógeno para los seres humanos, encuadrándolo consiguientemente en el Grupo 2B ya mencionado. En ese grupo están, por ejemplo, los vapores de gasolina y los gases del escape de motores que la usen, los humos de soldadura, las verduras en escabeche o los extractos de hojas de aloe vera. Y se ha incluido al aspartamo en ese Grupo tras establecer "que hay una evidencia limitada para el cáncer en los seres humanos. También se observó evidencia limitada para el cáncer en animales de experimentación y evidencia limitada relacionada con los posibles mecanismos propuestos en literatura por los que el aspartamo pudiera provocar cáncer". Todo ello se ha derivado del estudio llevado a cabo por 25 científicos de 12 países que, paralelamente a la noticia con la que iniciábamos esta entrada, publicaron en The Lancet un artículo del que os dejo el enlace. El artículo se puede bajar gratuitamente pero hay que registrarse para poder hacerlo.

Pero al mismo tiempo, y en el mismo documento en el que se anunciaba esa clasificación del aspartamo por parte del IARC, está lo que decía el JECFA, un comité conjunto OMS/FAO que se dedica a evaluar cuantitativamente el riesgo de las sustancias usadas en alimentación y cosas relacionadas, estableciendo las llamadas ingestas diarias admisibles o cantidades máximas de una determinada sustancia que un adulto de peso medio de 70 kilos puede consumir sin riesgo durante todos los días de una vida media de 70 años.

Pues bien, en esta última entrega el JECFA concluye que los datos evaluados indicaban que no había ninguna razón para cambiar la ingesta diaria admisible del aspartamo, previamente establecida en 40 miligramos por kilo de peso corporal. Por debajo de ese límite el JECFA reconoce que el aspartamo es "inocuo". Y pone como ejemplo que "con una lata de refresco dietético (330 mL) y que contenga 200 o 300 mg de aspartamo, un adulto que pese 70 kg necesitaría consumir más de 9-14 latas (o sea, entre 3 y 4,5 litros al día) de esas bebidas para exceder la ingesta diaria admisible, si no se consumen otros alimentos". De nuevo ese consumo se refiere "a todos los días de una vida de 70 años". Y no se dice tampoco que esas ingestas están calculadas con unos criterios de prevención con respecto a las dosis que realmente causan los primeros daños en animales de experimentación. Así que es casi seguro que ingestas más abundantes tampoco resultarían dañinas.

Esa dosis estaba ya establecida desde hace años, concretamente desde 1981. Años más tarde, una de mis entradas de 2013 se publicó días después de que la Autoridad Europea de Salud Alimentaria (EFSA), reevaluara la toxicidad del aspartamo y confirmara a nivel europeo esa misma cifra. No parece por tanto que la nueva evidencia científica haya cambiado en nada lo que se estableció como seguro hace ya cuarenta años. Lo que el IARC ha hecho es cambiar el estatus del aspartamo en virtud de una evidencia científica que ellos mismos denominan como "no convincente" sobre el cáncer en seres humanos. Utilizando así el principio de precaución en sus decisiones, según el cual más vale prevenir que curar y añadir algo a su lista de carcinógenos.

Pero ya vemos la que montan con ello y con la ayuda de los tribuletes.

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lunes, 10 de julio de 2023

Radiactividad y balnearios

Como otras veces, hemos pasando unos días de vacaciones en la Isla de La Toja, con su Gran Hotel Balneario, sus jabones y colonias, sus vendedoras de abalorios y su pequeño pero encantador Golf que es lo que, con la quietud de la Ría de Arosa, más me llama la atención del lugar. Si a través de un cuidado jardín, uno recorre la corta distancia que hay entre el Gran Hotel y la capilla de San Caralapio, mucho más conocida como Capilla de las conchas, por tener toda su superficie exterior recubierta de conchas de vieiras, uno se encuentra con una escultura de bronce, un tanto cutre para mi gusto, de un burro rebozándose en el suelo.

La escultura recoge una leyenda que tomó cuerpo en 1899 cuando Emilia Pardo Bazán publicó en Ilustración Artística, un periódico semanal barcelonés,  un texto en el que contaba que “a principios del siglo XIX un burro enfermo de un proceso de la piel, fue abandonado por su dueño en la Isla. Al cabo de varios meses, su dueño se vio sorprendido al encontrar a su cuadrúpedo completamente sano y recuperado de las úlceras que padecía”. No es la única leyenda en torno a animales y manantiales que curan. En su Geografía de Guipúzcoa (1918) Serapio Múgica contaba que el conocimiento de las virtudes medicinales del manantial de Guesalaga, que dio origen al Balneario de Cestona, arranca en 1769, “cuando unos perros del Marqués de San Millán, que padecían sarna, se revolcaban en el lodo próximo al manantial, consiguiendo curarse en muy poco tiempo”.

Las aguas termales de La Toja son ricas en sales de calcio, hierro, magnesio o sodio, entre otros y en las de Cestona predomina sobre todo el sodio en forma de cloruro y sulfato pero también calcio, magnesio, litio, potasio y hierro. Pero si buscáis bien, os toparéis con el sorprendente hecho de que, aunque nadie lo mencione ahora, tanto el agua que mana en La Toja como la que lo hace en Cestona son conocidas por su carácter radiactivo.

Algo que pasa en muchas otras aguas españolas. Como se muestra en un artículo publicado en 2020 por el Profesor de Periodismo en la Universidad de Valencia Enrique Bordería, bajo el (para mi) atractivo título “La era del Radium: Radiactividad y publicidad de productos milagro en los albores del siglo XX en España”. En un apartado titulado “La batalla del voltio. Balnearios radiactivos”, se cuenta la desenfrenada carrera que se produjo en los primeros años del siglo XX para demostrar que las aguas de muchos manantiales españoles eran más radiactivas que las del vecino.

Lo de Radium en el título proviene del hecho de que es de esa forma como se denominaba en la época al radio, que el matrimonio Curie había descubierto en 1898. Y lo de voltio porque la radiactividad se medía entonces con unos aparatos denominados electroscopios y las unidades empleadas eran voltios hora litro. Hoy se emplean otras unidades para medir esa radiactividad.

Pero el caso es que casi nada era radio en los balnearios españoles. En un trabajo publicado hace casi treinta años por la Cátedra de Física Médica de la Universidad de Cantabria, los investigadores estudiaban la radiactividad de los balnearios gallegos y aducían que el alto nivel de radiactividad encontrado era sobre todo debido a la presencia en el agua y en el aire del isótopo 222 del radón (Rn-222). Este último se produce abundantemente en el interior de la Tierra, por desintegración del isótopo 226 del radio (Ra-226) que, a su vez, proviene de la desintegración del isótopo 238 del uranio (U-238). El radón (Rn-222) es un gas noble y, por ello, aflora a la superficie a través de grietas o disuelto en aguas de origen profundo. Ayer, cuando ya tenía escrita esta entrada, el Suplemento Semanal del Grupo Vocento hablaba sobre los peligros del radón en ciertas viviendas de determinadas regiones españolas.

Los investigadores cántabros estudiaron la concentración de radón 222 tanto en el ambiente como en agua empleada en los inhaladores de diversos balnearios gallegos. Y La Toja era uno de los que tenía una concentración más alta en el caso de los vahos proporcionados por los inhaladores. Aunque, tras calcular la dosis a la que está expuesto un bañista tras doce sesiones de inhalación, llegan a la conclusión de que se trata de, “dosis de radiación bajas, nunca comparables con las que se emplean en radioterapia, y mediante ellas se intenta aprovechar los efectos estimulantes de las radiaciones ionizantes emitidas por el radón”. Tras lo que se meten en una disquisición sobre los posibles efectos beneficiosos debidos al radón en los balnearios.

Durante mi reciente estancia en La Toja he vuelto a cabrearme con los reclamos publicitarios con los que se anuncian, en el ascensor del Hotel Balneario, los diversos tratamientos que allí se ofrecen. Muchos de ellos son pura pseudociencia y están en línea con los que se ofrecen en muchos, por no decir todos, de los hoy llamados SPAs. Mi natural escéptico hace que nunca se me haya pasado por la cabeza bajar a la planta baja del Hotel y someterme a tales tratamientos.

Pero no he visto que entre tales reclamos se promocionen los tratamientos con aguas radiactivas. Debe pasar lo mismo que lo que contaba en 2014 mi admirado Claudi Mans sobre las aguas de mesa catalanas y que hoy no se puede leer en castellano al haberse cargado el malvado mercado la Revista Investigación y Ciencia (aunque podéis verlo aquí en su versión en catalán). Quedaba claro que, en la etiqueta habitual de los años 40 del agua de Vichy Catalán, donde figuraban los análisis provenientes del sempiterno Laboratorio del Dr. Rodés, se podía leer “Radioactividad: 154 voltios hora litro”. En los 80 ese término desapareció, aunque el agua seguía y sigue saliendo del mismo manantial. Pero ya la radiactividad no mola y aunque en los 40 se pensaba que tenía efectos beneficiosos, ese reclamo fue poco a poco desapareciendo.

Una desaparición muy discreta, como cuando se descubrió que el agua de las fuentes del prestigioso Balneario de Baden-Baden tenía cantidades peligrosas de arsénico y se buscó una alternativa para obviar el inconveniente. Pero el arsénico había estado ahí desde tiempos de los romanos (una de las termas se llama Caracalla en recuerdo del emperador romano que la visitaba). Como el radón.

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jueves, 22 de junio de 2023

La "arqueología" del nivel del mar

Como alguna vez ya he contado por aquí, vivimos a escasos 400 metros de la playa de La Concha, algo que la Búha aprovecha para darse un baño siempre que el agua no baje de 17 grados (yo soy incompatible con la arena). Así que, en la época en la que estamos, es habitual que nos interesemos sobre la temperatura del agua en el mar, la presencia de algas o sobre el horario de las mareas y si estas suben mucho o poco. En lo tocante a esto último, y para quien no lo sepa, esos movimientos del agua del mar se miden con un aparato llamado mareógrafo. Sus datos, considerados a largo plazo, se han convertido en una herramienta indispensable para evaluar la evolución del nivel del mar a lo largo de escalas temporales de décadas o, incluso, siglos.

En una entrada reciente ya hablamos de las posibles repercusiones que el calentamiento global haya podido tener en el pasado o vaya a tener en el inmediato futuro en ese magnífico arenal que es La Concha. Hace unos días, me llegó una noticia sobre la publicación por científicos españoles de un artículo sobre la evolución histórica de los mareógrafos costeros españoles, lo que me ha hecho tirar del hilo y encontrar sin querer una interesante historia sobre viejos mareógrafos que me apetece contar.

En Donosti no hay ningún mareógrafo que esté registrado en la página que la NOAA americana (National Oceanic and Atmospheric Administration) dedica a estos asuntos. Tampoco aparece en la de su homólogo europeo conocido bajo el acrónimo PSMSL (Permanent Service for Mean Sea Level). Pero en esta última base de datos europea se pueden encontrar los de dos mareógrafos situados en el cercano puerto de Pasajes. Desgraciadamente el primitivo mareógrafo pasaitarra solo estuvo en servicio entre 1948 y 1963 y el que ahora gestiona el Centro Tecnológico AZTI solo tiene datos desde el año 2007. Así que hay que ir algo más lejos para obtener series más largas. Los dos mareógrafos más cercanos están en Sokoa (cerca de San Juan de Luz) y en Santander. En el PSMSL el de Sokoa aparece como operativo desde 1942 y el de Santander desde 1943. Si queremos datos aún más antiguos podemos fijarnos en el mareógrafo de Brest, en la Bretaña francesa con datos desde 1807.

Pero tanto el mareógrafo de Sokoa como el de Santander tienen una historia mucho más larga que la que parecen indicar los datos contenidos en las bases de datos antes mencionadas. Y hace unos pocos días he localizado un artículo que trata de ir más atrás en el tiempo en el historial del mareógrafo de Sokoa (de ahí lo de "arqueología" en el título de la entrada). Ese mareógrafo ha pasado por diversas etapas desde su instalación, en el mismo sitio que está ahora, nada menos que en el año 1875. Entre ese año y finales de mayo de 1920, existen registros de sus medidas, usando para ello un flotador que, al subir y bajar la marea, transmitía su movimiento a una pluma que escribía sobre un papel. Ese tipo de mareógrafo era conocido por el nombre de su fabricante (Chazalon). Después se produce un parón en los registros hasta 1942, cuando se reiniciaron las medidas pero solo durante dos años. En diciembre de 1950 se instala el flotador que en esos años se había hecho habitual, el Brillie, para ser sustituido, posteriormente, con los medidores actuales por radar.

En conjunto tenemos una más o menos continuada serie de medidas, salpicadas con las interrupciones mencionadas, incluido el período de la segunda guerra mundial, donde los alemanes instalaron otro mareógrafo al otro lado de la bahía de Sokoa y cuyos registros se encontraron en Brest al final de la guerra. En el artículo que menciono, los investigadores se han tomado el trabajo de digitalizar los archivos existente anteriores a 1942 y tratar de reconciliarlos con los existentes en épocas más modernas. Además, los han comparado con los existentes en Brest y con una similar reconstrucción de los datos de Santander realizada en un artículo de 2021, que abarca a los allí registrados desde 1872. Y de esa comparación surge un razonable acuerdo entre los archivos de los tres mareógrafos. Tomando un período común entre en 1900 y 2018, la subida del nivel del mar en Sokoa ha sido 2.1 (±0.1) milímetros por año, en Brest 1.5 (±0.1) y en Santander 2.0 (±0.1), con un comportamiento que puede considerarse como lineal (véase aquí la serie histórica completa de Brest).

Unos resultados que no dejan de sorprenderme por su similitud en cuanto a valor medio y desviación estándar. Porque si uno navega un poco en las página de la NOAA o el PSMSL constata que el mar no sube igual en todos los sitios. Por ejemplo, aunque en la mayoría de los mareógrafos se constata un aumento continuo en el nivel del mar, en sitios como Helsinki el nivel del mar está bajando a una velocidad de -2.2 mm/año. El que ocurran estas diferencias tan sorprendentes se puede explicar sobre la base de otros factores diferentes a la propia fusión del hielo en los polos y el progresivo calentamiento del agua. Entre esos factores están los movimientos geológicos del entorno donde está el mareógrafo, que elevan o bajan el terreno, aportes hidrológicos de ríos próximos, extracción de aguas subterráneas que compactan el terreno, etc. Así que las variaciones de estación a estación pueden ser importantes, aunque no parece ser el caso de las que estamos considerando.

Tengo la casi certeza de que las cosas van a seguir más o menos igual hasta que me muera y no voy a ver una transformación radical del arenal donostiarra. Si llego a los cien (que no espero) la subida en La Concha en 2052 andaría por los 6 centímetros con respecto al nivel actual. Aunque el artículo que menciono al principio sostiene (igual que el último informe del IPCC de 2021) que, a nivel global, la subida del nivel del mar se está acelerando en los últimos años y ahora estaríamos en un valor por encima de los 3.0 mm/año. Una parte de esa afirmación se basa en las medidas que, desde 1993, se están realizando con satélites.

No soy quien para discutir con climatólogos sobre estas cosas. Pero como experimentador viejo que sí soy, algo de estadística conozco y, a la vista de series históricas de casi 120 años que dan las coincidentes velocidades medias y las estrechas desviaciones estándar que vemos en los casos de Brest, Santander y Sokoa, preferiría ver series igual de largas, provenientes de satélites, para comprobar esa aceleración. Pero, como en otras cosas, ya no me queda tiempo.

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miércoles, 7 de junio de 2023

Meterólogos y plásticos

Hasta no hace muchos años, los meteorólogos eran los encargados de describir y predecir, en la medida de lo posible, el tiempo o, lo que es lo mismo, los fenómenos atmósféricos. Luego, muchos de ellos, se convirtieron en climatólogos u observadores del tiempo meteorológico a largo plazo. Con la preocupación por el cambio climático, algunos han pasado a ser estrellas mediáticas y han ampliado su campo a todo lo que tenga que ver con la problemática del medio ambiente, incluido el efecto de la contaminación por plásticos. Y claro, con tantos temas en el portafolio y tan complejos, a veces los tratamientos que realizan para el gran público dejan mucho que desear.

Viernes 26 de mayo de 2023, televisión pública, hora de mucha audiencia (antes del telediario de la noche) y en un programa que ya lleva muchos años en ese segmento horario. Pongo el minutaje de lo que allí se decía pero no sé cuánto tiempo se va a mantener ese enlace en la web de la tele.

Minuto 16: 41. Se inicia una noticia que va a versar sobre contaminación marina de plásticos y una posible solución mediante el uso de un “nuevo plástico”. El afamado presentador habla en su introducción de generalidades sobre la cantidad de plástico que va al mar y luego de las llamadas islas de plástico, con imágenes y valoraciones de su tamaño, que no se corresponden ni con lo que ya se contó en una anterior entrada de este Blog ni con la definición de “islas de plástico” de la prestigiosa agencia medioambiental americana NOAA (National Oceanic and Atmospheric Administration):

El nombre de "Isla de Basura del Pacífico" ha hecho creer a muchos que esta zona es una mancha grande y continua de desechos marinos fácilmente visibles, como botellas y otros desperdicios, algo así como una isla literal de basura que debería ser visible con fotografías aéreas o por satélite. Pero no es así. Aunque en esta zona se pueden encontrar grandes concentraciones de basura, gran parte de los desechos son en realidad pequeños trozos de plástico flotante que no son inmediatamente evidentes a simple vista.

Tras esa introducción a la sección del programa, una colaboradora del mismo y otra persona que lleva una camiseta con el anagrama CAMM, se van a una playa de Massalfassar (Valencia) a recoger desechos plásticos. Y en la conversación que mantienen mientras los recogen, sale el tema de que la bolsa de recogida que están usando es biodegradable, compostable y soluble en agua. Y, de pasada, la persona con la camiseta y el logo pregunta a la colaboradora del programa si sabe que los humanos venimos a ingerir el equivalente a una tarjeta de crédito de plástico a la semana.

Sobre este último tema no voy a daros mucho la turrada ya que, no hace mucho tiempo, publiqué una entrada en la que creo que quedó claro que esa noticia provenía de un estudio pagado por el Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF, la que conocíamos antes como Adena en España), una organización ecologista particularmente activa en la lucha contra el plástico. Y que sus evaluaciones sobre la tarjeta, o lo que es igual, los 5 gramos de plástico que los humanos vendríamos a ingerir a la semana, estaban fuera del intervalo (percentil 100%) de las cifras que se han ido publicando en otros estudios. A pesar de lo cual y como también mostraba la entrada, algún grupo del CSIC las ha usado como válidas en otros estudios.
 
Algo más adelante (más o menos en el minuto 18:40) el programa se traslada a una empresa denominada CAMM, la que figuraba en la camiseta de una de las participantes en la recogida de plásticos (¿publicidad encubierta?) que, según se puede ver en los medios, ha empezado a comercializar un plástico conocido como polivinil alcohol o PVA. En el video nos muestran cómo se procesa ese material y qué productos pueden conformarse con él. Para, después, pasar a hacer un sencillo experimento, de esos que gustan en las ferias de Ciencia, en el que una bolsa de ese plástico se llena con unas canicas y se mete en un matraz con agua para ver cómo se destruye (disuelve) casi inmediatamente. Y acaban haciendo beber a la presentadora del programa ese agua con el plástico disuelto.

Vamos a dejarlo claro. El PVA es más viejo en la historia de los polímeros que mear en pared (con perdón). Fue preparado por primera vez en el laboratorio en 1924 por los científicos Hermann y Haehnel, hidrolizando otro plástico bien conocido, el poliacetato de vinilo. Y a partir de los 50 se empezó ya a vender de forma comercial por una empresa japonesa. Y no ha servido ni sirve para casi nada que tenga que ver con los usos habituales de los plásticos más vendidos.

El PVA forma filmes muy fácilmente y es uno de los plásticos más resistente a que el oxígeno pase a través de él, por lo que, en principio, sería muy útil en envases para productos sensibles al oxígeno (carne, quesos, entre otros). Pero como absorbe rápidamente la humedad ambiente se convierte en una especie de chicle que, además, ya no es tan barrera al oxígeno. Así que lo que se suele hacer con él es un sandwich entre dos filmes de Polietileno, muy hidrofóbico, que lo protegen frente al vapor de agua para que siga cumpliendo su misión de barrera al oxígeno, tal y como se ve en la figura que ilustra esta entrada. También se usa en la producción de polivinil butiral, el polímero que se usa en los parabrisas laminados.

En el ámbito médico se usa como cubierta externa de ciertas cápsulas que, de nuevo, hay que protegerlas en algún material hidrófobo o se desintegran. Disuelto en agua se usa en lágrimas para los ojos en oftalmología. Y poco más, aunque yo tengo bien guardadas en una bolsa de PE unas bolas de golf que dan en los cruceros para que los golfistas maten el gusanillo tirándolas al mar donde desaparecen, algo sobre lo que escribí una entrada hace tiempo en este Blog. Diré también que los plásticos biodegradables y compostables no suponen más allá del 0,3% de todos los plásticos que se producen en el mundo (datos de 2020) y en la lista de los seis biodegradables y compostables que más se producen, el PVA no aparece, lo cual implica su limitada repercusión en el actual mercado.

Supongo que el programa de TV en cuestión tendrá otras luces para llegar a la difusión que tiene en esa hora tan deseada (yo no lo sigo habitualmente) porque, si en el resto de temas tiene la seriedad con la que han abordado el tema de los microplásticos y los plásticos biodegradables, vamos bien…

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lunes, 29 de mayo de 2023

Bisfenol A (una vez más)

Este pasado 19 de abril, la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA) publicaba su nueva revaluación de los riesgos para la salud pública relacionados con la presencia de Bisfenol A (BPA) en los alimentos. La noticia que ha saltado a los medios es que, en esa revaluación, se ha producido una espectacular rebaja en la dosis segura o ingesta diaria tolerable (TDI) de ese compuesto. La TDI es, resumiendo y según las agencias que cuidan de nuestra salud, la cantidad de una sustancia que podemos ingerir sin que ello nos cause problemas de salud. Pues bien, la nueva TDI para el Bisfenol A es ahora 0,2 nanogramos por kilo de peso corporal y día, 20.000 veces más pequeña que la que la propia EFSA estableció en 2015.

El documento de la EFSA arriba mencionado no es fácil de leer si no eres un científico altamente implicado en la cuestión. Pero uno es perro viejo leyendo literatura científica y algo he podido entender de lo que en él se dice. Y creo que debo explicar aquí lo que he entendido (aunque pudiera estar equivocado) porque tengo una cierta obligación moral con mis lectores, dada la vara que he dado sobre el Bisfenol A y sobre algún insigne detractor del mismo. Por otro lado, esto es mi diario personal y quiero dejar constancia en él de mis pesquisas sobre el asunto porque, como decía mi amiga Ana Molinos recientemente, un blog o un diario están "para recordar, recordarte y que te recuerden".

Sobre los problemas ligados al uso del Bisfenol A en general y en el caso de alimentos y bebidas en contacto con él en particular, podéis leer esta entrada (algo larga) de febrero de 2017. Pero para lo que aquí interesa, a la hora centrar el tema, casi el 50% de la producción global de Bisfenol A se emplea en la fabricación de un plástico conocido como policarbonato y de las llamadas resinas epoxi. Y son estas últimas en las que más se ha focalizado el problema del contacto con alimentos, por ser constitutivas del interior de las latas de bebidas y conservas que, evidentemente, entran en contacto con esas resinas. En esos revestimientos, el bisfenol A no está libre, sino que ha desaparecido como tal como consecuencia de la reacción química que forma las largas cadenas de esas resinas poliméricas. Aunque es un hecho que algo de BPA libre siempre puede quedar atrapado entre esas cadenas y puede migrar del revestimiento a la bebida o al alimento enlatados.

Esta reciente revisión de abril de 2023 de la EFSA europea continúa la saga de las dos realizadas sobre el BPA a lo largo de lo que va de siglo. En la anterior de 2015 establecían para esa sustancia como ingesta diaria tolerable (TDI) la cantidad de 4 microgramos por kilo de peso y día, sustancialmente inferior a los 50 microgramos establecidos en 2006. Y lo hacían así porque, en 2015, la EFSA consideró, por primera vez, exposiciones al BPA no ligadas a la alimentación y que incluía, por ejemplo, el problema relativo a la posible transmisión a través de la piel del BPA libre existente en el papel térmico o en algunos cosméticos. Y como había entonces poca información sobre cuánto BPA puede transmitirse por la piel o cómo metabolizamos lo que entra por esa vía, la EFSA se puso, como casi siempre hacen estas Agencias, en un escenario conservador y estableció a la baja esa nueva tasa de dosis segura, doce veces más pequeña que la anterior de 2006.

Sin embargo, lo de ahora es completamente diferente. En el comunicado de prensa de la EFSA de abril de 2023 queda claro que la espectacular bajada en la TDI se debe a que han observado que el Bisfenol A provoca, literalmente "un incremento porcentual de un tipo de glóbulo blanco, denominado T helper, en el bazo. Desempeña un papel esencial en nuestros mecanismos inmunitarios celulares y un incremento de este tipo podría (el subrayado es mío) dar lugar al desarrollo de inflamaciones pulmonares alérgicas y trastornos autoinmunes”. Tomando como base la cantidad de BPA que provoca esos efectos en los glóbulos blancos en cuestión y tras la introducción de una serie de factores preventivos, habituales en el establecimiento de la Ingesta Diaria Tolerable, se llega al minúsculo valor de 0,2 nanogramos por kilo de peso corporal y día antes mencionado.

Dentro del complejo procedimiento que ha conducido a esta revaluación, la EFSA ha debatido la metodología y los resultados con otros organismos científicos para aclarar o resolver las diferencias que surgieron entre ellos durante el proceso. En ese contexto, simultáneamente al informe de la EFSA, se han publicado dos informes conjuntos con la Agencia Europea de Medicamentos (EMA) y con el Instituto Federal Alemán de Evaluación del Riesgo (BfR). Aunque esos documentos son mucho más cortos que el propio informe de la EFSA siguen siendo para especialistas pero, es obvio al leerlos detenidamente, que la principal discrepancia está precisamente en el exclusivo uso que se hace de los riesgos ligados al T helper arriba mencionado, un resultado que proviene prácticamente de un único artículo publicado en 2016 por investigadores chinos que estudiaban efectos del BPA en crías de ratones expuestas a él durante las fases de gestación y lactancia.

Entienden tanto la EMA como el BfR que ese efecto observado es un efecto intermedio y no definitivo a la hora de establecer las consecuencias adversas preocupantes del BPA. Dicho de otra manera, el que se haya observado que el BPA provoca la proliferación de esos glóbulos blancos en ratones no implica que de ahí se pueda deducir que genere inflamaciones pulmonares o trastornos autoinmunes en humanos. Y la propia EFSA deja opciones a esa discrepancia en su nota de prensa con el "podría" que yo he subrayado un par de párrafos más arriba. Además, la EMA y el BfR tampoco están de acuerdo sobre el método usado por la EFSA para cuantificar el riesgo y establecer a qué niveles de exposición puede considerarse seguro el BPA en los seres humanos.

La pelota está ahora en el tejado de la Union Europea, que tendrá que darse por enterada de la revaluación de la EFSA y tomar nota y legislar al respecto. Lo que puede tener efectos dramáticos para los industriales que venden cosas enlatadas y que procurarán dar aire a las divergencias anteriores. Un capítulo más en las ya antiguas polémicas relativas a los riesgos para la salud del BPA, sobre los que existe una vastísima literatura. Y que, en el pasado, han estado provocadas por las diferencias de opinión entre los toxicólogos y los endocrinólogos. Los primeros se aferran al clásico concepto de Paracelso de que "el veneno está en la dosis" y, por tanto, al ir descendiendo la dosis, los efectos van progresivamente desapareciendo. Los segundos propugnan que, en el caso de las sustancias tenidas por disruptores endocrino, como es el caso del BPA, puede existir un comportamiento no lineal entre la dosis y los efectos perjudiciales observados (respuesta no monotónica a las dosis o NMDR como acrónimo en inglés) lo que puede hacer que, a bajas concentraciones, el efecto pueda ser incluso superior al que se produce a altas concentraciones.

Y ese es otro aspecto del que quiero dejar constancia en esta entrada. El tratar de solventar la controversia arriba indicada, entre otras, estuvo en el origen del programa BPA Clarity, en el que se hizo un estudio a lo largo de dos años sobre el efecto de diferentes dosis de BPA en ratones y cuyos resultados se publicaron en octubre de 2019. El Programa Clarity constaba de dos partes. Un informe general (Core Study, al que hace referencia el anlace anterior) y una serie de estudios financiados por el Programa en diversas Universidades americanos (denominados Grantee studies). Uno de estos últimos se realizó en la Universidad de Tufts, cerca de Boston, liderado por la Prof. Ana Soto, una defensora de las tesis de las respuestas no monotónicas a las dosis.

Pues bien, en el informe EFSA de este abril, se dedica un apéndice (Apéndice B) a un trabajo concreto (Montévil et al., 2020) derivado de esa "beca" a la Universidad de Tufts. La conclusión no puede ser más clara: "Según los análisis del grupo de trabajo de la EFSA, la respuesta no monotónica a las dosis (NMDR) significativa que generaron los autores no parece ser muy sólida; se puede suponer que la diferencia significativa encontrada para el grupo de ratones sometidos a la dosis de 25 μg/kg de peso corporal al día es un hallazgo casual, ya que no se observa ningún patrón biológicamente reconocible en los datos. Además, en términos bioestadísticos, las pruebas de NMDR en el estudio de Montévil et al. parecen débiles y no concluyentes." Así que las tesis de los endocrinólogos no salen bien paradas en ese apéndice.

Me temo que la lista de entradas sobre el BPA en este Blog va a seguir creciendo.

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