domingo, 19 de octubre de 2008

El aire que respiró Avogadro

Cuando las balanzas eran escasas y poco precisas, los tenderos de ultramarinos preferían vender las manzanas, las peras, las naranjas, los huevos o los espárragos por docenas. Evidentemente, cada docena pesaba diferente y tenía un precio distinto pero era un convenio entre vendedor y comprador que los dos aceptaban. Resultaba más rápido y fiable que andar colocando, a ojo y en una complicada balanza romana, las pesas que equilibraran nuestra docena. De forma bastante parecida, los químicos necesitamos pesar unas entidades muy pequeñas que llamamos átomos y moléculas. Son tan minúsculas que no hay balanza electrónica que pueda proporcionarnos el peso ni siquiera de unos cuantos millones de ellas.

Pues bien, los químicos también hemos adoptado una especie de docena, el llamado número de Avogadro. Cuando decimos que vamos a pesar un número de Avogadro de moléculas de agua, estamos hablando de un número algo más grande que el doce de la docena, nos referimos a 602.300.000.000.000.000.000.000 moléculas de agua. La cifra es tan portentosa que, puesta en dólares, todos los habitantes de la tierra seríamos multimillonarios y de los gordos. Como los átomos y moléculas son distintos, un mismo número de Avogadro de dos moléculas distintas pesan distinto. Y así, esa fabulosa cifra de moléculas de agua pesa la modestísima cantidad de 18 gramos mientras que si la molécula fuera la de la aspirina pesarían algo más de 180 gramos.

Esos números que escapan casi a la imaginación tienen implicaciones curiosas. Y os voy a relatar una que he leído recientemente en un número de New Scientist. Resulta que cada vez que respiramos nos estamos metiendo a los pulmones un considerable número de moléculas de oxígeno y nitrógeno que, en su día, pasaron por los mismísimos pulmones de Don Lorenzo Romano Amedeo Carlo Avogadro di Quaregna e di Cerreto, Conde de Quaregna y Cerreto, Avogadro para los amigos, un fino turinés que nació en 1776 y pasó a mejor vida a la provecta edad de 80 años, lo que no está nada mal para la época.

Y eso es bastante fácil de calcular, de modo aproximado, gracias a su famoso número. La masa total de la atmósfera se estima, aproximadamente, en 5.000.000.000.000.000.000.000 gramos. La atmósfera es una mezcla en la que cada cuatro moléculas de nitrógeno tenemos una de oxígeno. Teniendo en cuenta esa proporción y lo que pesa un número de Avogadro de moléculas de uno y otro componente, se puede estimar que un número de Avogadro de moléculas de aire pesa 28,8 gramos. De lo que resulta que la atmósfera contiene un número de moléculas que puede escribirse como una cifra que contiene un uno seguido de cuarenta y cuatro ceros (lo podía poner en forma de potencias de diez, como suele ser habitual en notación científica, pero este puñetero editor del blog no me deja escribir superíndices).

En las condiciones de temperatura y presión de un cuerpo humano, esos 28,8 gramos de la mezcla de oxígeno y agua ocupan un volumen unos 25 litros. El volumen que inspira o expira un ser humano en cada acto respiratorio es de un litro de aire (o, lo que es lo mismo, 1,152 gramos o 25000000000000000000000 moléculas, aproximadamente). Respiramos unas 25 veces por minuto, así que en los ochenta años de vida de Avogadro, éste respiró 1.051.200.000 veces, lo que supone el mismo número en litros de aire. Por su organismo pasaron, por lo tanto, a lo largo de su vida, un apabullante número de moléculas que puede escribirse con un dos y treinta y un ceros. Por tanto, una molécula de cada 5.000.000.000.000 de las existentes hoy en la atmósfera fué exhalada alguna vez por Avogadro. Como cada vez que uno de nosotros respira se mete muchas más moléculas al coleto, el cálculo final (que ya se está haciendo pesado, ya lo sé) es que, en cada una de nuestras respiraciones, paseamos por nuestro cuerpo serrano unos cinco mil millones de las moléculas de aire que algún día alentaron la vida de nuestro conde italiano.

Y un cálculo similar se puede hacer con el agua existente en la tierra, llegándose a la escatológica conclusión de que en un vaso de agua que nos bebamos hay, con toda probabilidad, bastantes moléculas de agua (unos dieciocho millones, para ser más concretos) que previamente pasaron por la vejiga de Avogadro en forma de orina.

Y estos cálculos tienen un corolario interesante en lo que a la homeopatía se refiere. El agua que bebemos no contiene sólo moléculas de agua. Por muy buenos que sean los tratamientos antes de su consumo, el agua sigue conteniendo en disolución muchas sustancias, algunas detectables y que aparecen en la etiqueta, otras en proporciones tan ínfimas que, por ahora, los químicos no podemos detectarlas, pero que tienen que estar ahí. Muchas de esas moléculas son usadas como principios activos por los homeópatas. Así que es más que probable que muchos de esos presuntos medicamentos estén ya en un simple vaso de agua sin necesidad de usar las diez, veinte o treinta tediosas diluciones que hacen las industrias que se están forrando con el negocio. No haría falta ni la famosa "memoria del agua" que les tiene tan ocupados como forma de salir del atolladero en el que están metidos.

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domingo, 12 de octubre de 2008

Nuevas (?) tecnologías

Ahora que ando de finde largo por la capital de las gelaterias, aprovecho el Wifi gratis que me proporciona mi Hotel romano para colgar este post que he ido escribiendo a ratos muertos, despues de leer entre los papeles que me he traído (prefiero papeles que libros, son más variados y pesan menos) un artículo que mi amigo Harold McGee publicó en su columna The Curious Cook, en el New York Times, a principios del mes de agosto. Si quereis leerlo en su totalidad no teneis más que picar en este link y, luego, en el primero de la página a la que se accede. A mi me da una envidia que me produce urticaria. Gracias a su prestigio como escritor en temas gastronómicos, el tío se permite escribir de un tipo de cosas que otros explicamos cada curso, sin tener siquiera el reconocimiento de nuestros alumnos. Mientras que a él, en su siguiente visita a algún gran chef, seguro que le preguntarán por ello. Así que me vais a permitir que os haga un resumen, no vaya a ser que me lluevan las broncas de los suscriptores que no se llevan bien con el inglés.

La línea global del artículo tiene que ver con el cambio de filosofía que, en las cocinas de los restaurantes, ha supuesto la introducción de las técnicas ligadas al uso del frío. Empezando por explicar cosas tan obvias como la conservación de alimentos, el artículo continúa con aspectos más sofisticados como la formación de gelatinas, el uso de nitrógeno líquido, etc. Pero, según avanza el texto, la cosa gira hacia cuestiones tan comunes como la congelación de agua y otros líquidos mediante el empleo de los frigoríficos y congeladores actuales. En un toque de experto, menciona el llamado efecto Mpemba, que tiene ya cuarenta años y sobre el que hay mucha literatura escrita y en internet. Si no es una falacia absoluta de las que de vez en cuando cuelgo en el Blog, le falta bien poco.

A continuación, Harold se centra en cuestiones más prosaicas. Supongamos que tenemos cubitos de hielo en el congelador, que pueden estar a dieciocho bajo cero o menos (depende del congelador). En cuanto los sacamos y los ponemos en una cubitera con agua, para enfriar una botella, el hielo empieza a fundir y en la superficie de la botella que queramos enfriar, se forma una delgada capa de agua líquida en equilibrio con el hielo de la cubitera, lo que hace que en esa superficie de contacto nunca estemos por debajo de cero grados, con lo que de poco nos sirve sacar los cubitos a -23, -18 o -1. Y es en este punto, preguntándose si es posible obtener un mayor nivel de enfriamiento sin muchos más aditamentos que unos sencillos hielos, cuando el artículo entra en el dominio de mis clases de Química Física y, por otro lado, me envía directamente a mi más tierna infancia.

Harold explica el empleo de sal mezclada con hielo como forma de rebajar la temperatura, gracias a un nuevo equilibrio, ahora formado entre el hielo, por un lado, y la disolución que el agua de él proveniente forma con la sal que hayamos adicionado. Los que hayan sido estudiantes de Química Física conmigo saben lo que insisto al respecto, haciéndoles ver que aunque con ese truco podemos llegar a 21 grados bajo cero, eso no entra en conflicto con el hecho de que se eche sal a las carreteras para que hielo desaparezca. Es solo cuestión de las cantidades de sal empleadas y, en otras palabras, es la pura consecuencia de la forma que tiene el diagrama de fases sólido/líquido del sistema binario constituido por sal y agua (anda que no me he puesto pedante y académico).

Y con esa mezcla, Harold empieza a investigar los tiempos necesarios para enfriar a unos 8-10 grados una botella de vino blanco que se encuentre a temperatura ambiente. En un frigorífico la cosa puede llevar un par de horas y en el congelador casi una hora. Sin embargo, en una buena cubitera con hielo y agua rebajaríamos el asunto a media hora, fundamentalmente porque en el frigorífico y en el congelador el aire es el fluido conductor, menos eficiente que el agua de la cubitera. Con un poco o un mucho de sal adicionada a la cubitera la cosa puede ir mucho más rápida y aún más si lo que queremos enfriar es una lata de cerveza, ya que el metal conduce mejor el calor que el vidrio.

Y de ahí, a una incipiente Gelatería. En un artefacto como el que se ve en la foto, este cura que os escribe ha preparado de niño muchos helados aunque, eso si, no sin cierto esfuerzo. Había que ir a una fábrica de hielo que había en un barrio de Hernani, venirse con una barra que pesaba un testículo y cuartearlo a base de martillo y cincel. Había que llenar el recipiente central del dispositivo con leche, azúcar y alguna mermelada o edulcorante, poniendo en el exterior del recinto el hielo machacado con bastante sal. Finalmente había que darle al manubrio de la derecha durante un cierto tiempo, antes de que la resistencia creciente del mismo indicara que lo de dentro estaba solidificando. Pero era todo un triunfo abrir la maquineta y poder comerse el helado de su interior con los amigos.

En un intento de reducir el tiempo necesario para obtener un helado o un sorbete, Harold se ha divertido con un nuevo "adelanto tecnológico". La materia prima para el helado la mete en una bolsa de plástico de las de conservar alimentos. La cierra sacando el aire de forma que el líquido del interior queda en forma de una fina lámina. La bolsa así preparada la mete en otra gran bolsa con hielo, sal y un poco de agua. El resultado final es que obtiene un delicioso helado en un periquete gracias a una más extendida y eficiente superficie de contacto entre lo que pretendemos convertir en helado y la mezcla frigorífica que usamos para ello.

Y como digo, todo en el New York Times y supongo que a precio correspondiente.

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martes, 7 de octubre de 2008

Soluciones intermedias

Siempre he tenido una especial simpatía por la compañía multinacional DuPont. Alguno me mirará con malos ojos por hacerlo con un gigante de esta talla, casi siempre sujetos a sospecha y, también en el caso de DuPont, con sospechas confirmadas en más de una ocasión. DuPont tiene "reconocido" el ser la industria más contaminante de los EEUU, con emisiones millonarias en disulfuro de carbono y otras algo menores, pero impresionantes, en cloropreno, ácido sulfúrico, etc. De hecho, la compañía acaba de lanzar un ambicioso plan para reparar los daños producidos por sus vertidos, durante años y años, en la bahía de Delaware. Pero en esto de las fobias y filias cada uno tiene sus razones y, en mi caso, soy un impenitente seguidor de las noticias que DuPont genera en el ámbito de los polímeros. Dos personajes han condicionado esa simpatía, Wallace Carothers, del que hablo más abajo y Mike Coleman, un viejo amigo, profesor retirado de la PennState University y antiguo científico de DuPont, con el que he compartido ciencia, golf y comidas en muchas ocasiones y que me ha contado jugosos chascarrillos de la historia de DuPont en los años 50, cuando él allí trabajaba.

Creada a principios del siglo XIX por un ciudadano francés, Eleutère DuPont, que huía de los coletazos de la Revolución Francesa, su actividad a lo largo de ese siglo estuvo centrada en la fabricación de pólvora. En Wikipedia hay una referencia que habla de que más de la mitad de la pólvora empleada en la guerra civil americana procedía de DuPont. Pero al cambiar de siglo, y como consecuencia de sus incursiones en los derivados de celulosa como posibles explosivos, DuPont empezó a interesarse en otros usos de esos derivados, hasta comercializar en los años veinte cosas tan conocidas como las fibras de acetato y las fibras de viscosa (Rayon), productos que podemos llamar semisintéticos, al derivarse del tratamiento químico de fibras de celulosa (como ocurre con la metil celulosa, que ha permitido que se vendan más libros del cocinero Santamaría).

El salto cualitativo en el impacto de los productos de DuPont, cuya historia ya he contado en una entrada anterior, se produce cuando a finales de 1926, un ejecutivo con luces, Charles Stine, propone y consigue (!!) que le aprueben, la creación de un Departamento de investigación pura y dura que se introdujera en el emergente concepto de polímero. Por aquellos días, dicho concepto empezaba a asentarse como el de una molécula química larga con muchos (muchísimos) enlaces covalentes uniendo a átomos de carbono, oxígeno y otros y del que las moléculas de derivados de celulosa eran los ejemplos que DuPont ya había manejado. Para dirigir el Departamento, Stine contrató a un joven y oscuro profesor de Harvard, Wallace Carothers, cuyo CV hasta entonces no parecía poder aventurar grandes resultados.

Pero, en poco más de diez años, Carothers y su grupo consiguieron generar polímeros 100% sintéticos, usando reacciones que, ya por entonces, eran bien conocidas por los químicos orgánicos. En esos años, la DuPont patentó el Neopreno, un caucho sintético que reproducía las cualidades del caucho natural, segregado en forma de látex por árboles tropicales. En 1937, y cuando ya Carothers se había suicidado gracias a un buen combinado con cianuro, la DuPont colocó una patente que sentaba las bases de todos los poliésteres y poliamidas que en el mundo han sido, dando lugar, entre otras cosas, a una auténtica locura entre las féminas por la medias de "seda artificial" o nylon. Desde entonces, DuPont es la madre de acrónimos que la gente de la calle conoce como la Lycra, el Orlon, el Teflon o las fibras de Kevlar. En todos esos casos y en mayor o menor medida, el concepto de fibra como materia prima de un sinfín de tejidos aparece en el trasfondo.

Las actuales estrategias de DuPont enfatizan, en muchos casos, la producción de polímeros menos agresivos con la naturaleza. Y aunque, como dice el título, sólo se trata de soluciones intermedias, me parece que han vuelto a dar en el clavo para regocijo de sus accionistas. En el año 2004, DuPont y Tate&Lyle PLC crearon una joint venture, DuPont Tate&Lyle Bioproducts, con el objetivo de "generar materiales a partir de fuentes renovables como el maiz". La iniciativa se basaba en experiencias previas de los Departamentos de I+D de ambas empresas que mostraban que dicho maiz podía ser una fuente barata y renovable de 1,3 propanodiol, una molécula que también puede extraerse a partir de los productos derivados del petróleo, pero a unos costos que lo que le hacía poco competitivo frente a sus primos el etilenglicol y el butanodiol, empleados en la producción de poliésteres tan conocidos como el PET de las botellas de Coca-Cola y otras bebidas o el PBT. Y esa nueva disponibilidad de propanodiol puede dar mucho juego.

Para obtener esa molécula a partir de maiz, los granos se cuecen unas 24 horas a 125º para que se hinchen y se ablanden. Se les quita la cubierta y nos quedamos con la parte interior o endosperma que contiene almidón y gluten. El almidón se trata con enzimas que lo convierten en glucosa, algo similar a lo que ocurre en nuestro organismo cuando nos zampamos un buen plato de pasta. El gluten se procesa de forma diferente y se vende para alimentación animal (aquí se aprovecha todo).

La transformación de esa glucosa en propanodiol es una fermentación tan clásica como la del vino o el queso. En la naturaleza, por ejemplo, hay microorganismos que durante la fermentación alcohólica transforman la glucosa de las uvas en glicerol, otro primo de nuestro propanodiol. Ese glicerol (o glicerina que dicen algunos someliers que saben poco de Química) es el que se ha dicho tradicionalmente que provoca el "llanto" del vino, esas lágrimas que recorren una copa de un buen caldo después de agitarlo, pero eso no es más que una leyenda urbana que algún día quizás cuente. Pues bien, mediante ingeniería genética, una empresa del consorcio, Genencor International, ha dado con un "bicho" que a diferencia de otros existentes en las fermentaciones arriba mencionadas, transforma directamente la glucosa en propanodiol de forma eficiente y barata.

Obtenido el propanodiol (el consorcio ha inagurado recientemente una planta con una producción respetable), la cosa ha echado a andar por sendas poliméricas. Por ejemplo, el PET, el mencionado plástico de la mayoría de nuestras botellas, es el producto de la reacción entre el ácido tereftálico y el etilenglicol. Cambiando el etilenglicol por nuestro propanodiol barato y verde, la reacción es idéntica y DuPont ha empezado a vender un producto llamado Sorona, un primo del PET que se puede usar como fibra para vestimentas o alfombras o como un plástico para fabricar los más variados objetos. ¿Su gancho?. Tiene propiedades similares al PET, no es excesivamente caro y es "verde" porque casi el 40% de su molécula proviene del propanodiol de origen biológico. No es una solución totalmente verde pero menos da una piedra (de PET).

Pero los dioles como el propanodiol puedan dar mucho más juego. Una de las familias más versátiles de polímeros son los poliuretanos. Para obtenerlos se necesita, inexcusablemente, la participación de un diol, ya sea sencillo como el propanodiol o en forma de poliol, una especie de polimerillos de andar por casa que permiten obtener los llamados poliuretanos segmentados. Pues bien, también los polioles pueden obtenerse a partir del propanodiol de nuestras mazorcas. Ello implica poder preparar poliuretanos a los que despojamos de un 30-40% de unidades provenientes hasta ahora de la química derivada del petróleo. Poliuretanos de este origen están siendo ya utilizados, por ejemplo, en la fabricación de tablas de surf, para mitigar la mala conciencia que tienen los surfistas, muy ecologistas ellos, de andar siempre suspendidos en tablas 100% poliméricas.

Y esto, creo yo, no ha hecho más que empezar. Me parece que la DuPont se va a marcar un buen tanto en este nicho. Si no estuviera la Bolsa como está, me compraba unas pocas acciones de DuPont. Igual ganaba unos durillos. Y si no, supondrían al menos un pequeño reconocimiento a los sucesores de Carothers y de mi amigo Mike.

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viernes, 3 de octubre de 2008

Peste de Tribuletes

Cuando yo era un chaval, los domingos acompañaba a mis padres a dar una vuelta por Hernani y, como premio a mi formalidad filial, me acababan comprando unas chuches y unos tebeos en la plaza del pueblo, en una especie de carricoche que una señora mayor instalaba al efecto. Yo ya era un ávido lector y mi premio favorito era un tebeo denominado Pulgarcito, donde reinaban personajes como Carpanta o el reporter Tribulete, una caricatura del periodista muerto de hambre de la época, buscando la noticia más rara allí donde la hubiere. Con el paso del tiempo, los tribuletes han ido cayendo en picado en mi opinión personal sobre la generalidad de su trabajo, aún reconociendo que en esa profesión (como en todas) hay figuras señeras a las que hay que admirar.

Viene esto a cuento porque estaba yo tan tranquilo este tarde lluviosa de viernes oyendo, tras cenar, el programa informativo de RNE de las 22 horas que dirigen dos tribuletes que llevan por nombre Ana Sterling y Carlos Navarro. Mi objetivo era enterarme si la Bolsa se recuperaba o no del trancazo que le asola, despues de la aprobación por el Congreso americano de una ley que tapa, con dinero público, los agujeros que la panda de mafiosos de los bancos de inversión americanos han generado en medio mundo. La ciudadana arriba mencionada, no se con qué referencias históricas en la mano, ha iniciado una noticia que tenía que ver con los 50 años de la tragedia de la talidomida, sobre la que ya escribí en la anterior fase del Blog. Como allí se explicaba, la introducción irresponsable de esa molécula en el mercado farmaceútico, como forma de eliminar los episodios de vómitos de las gestantes, generó un rosario de malformados en muchos paises europeos (en España parece que fueron más de tres mil).

Pues bien, la tribulete de turno estaba tan bien informada que llamó repetidamente al fármaco talidomina. Aún despues de oir a un afectado hablar de talidomida, no cambio su discurso y siguió con su talidomina hasta el final. Para más inri culminó la noticia alertando a los oyentes sobre el hecho de que la talidomina se siguiera vendiendo en internet. Así que cuidadín, cuidadín.

Escribía yo en la entrada a la que arriba hago referencia que
hoy sabemos que la talidomida es una molécula quiral (a esas moléculas dedicaba la entrada), moléculas que pueden presentarse en dos formas en el espacio, imágenes especulares una de otra, como nuestras dos manos lo son, lo que hace que sean iguales pero nunca superponibles. De esas dos formas o enantiómeros, que se ven en la figura de arriba (y que podeis ampliar clicando sobre ella), uno (el S) es el teratógeno causante de los problemas de los años cincuenta, mientras que el segundo ha sido aprobado por la mismísima FDA americana para su aplicación en casos de SIDA por su capacidad de inhibir la replicación del virus. Pero, desgraciadamente, lo que se vendió como talidomida hace más de cincuenta años era una mezcla de ambos. La propia FDA ha considerado el uso de la talidomida en el tratamiento de determinados mielomas, aun conociendo que, en el medio biológico del cuerpo humano, es posible el cambio de una estructura en otra. Pero hoy sabemos los riesgos de su aplicación y los podemos controlar si la enfermedad a tratar lo requiere.

En fin, mejor lo dejo que me ensaño.

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lunes, 29 de septiembre de 2008

Las miserias de experimentar

Las tertulias post-golf del grupo de pirados que le damos a la bola todos los fines de semana, andan un poco alteradas estas últimas fechas. Un día festivo de este agosto, uno de nosotros fue abordado en un control de alcoholemia de la Ertzaintza con premeditación y alevosía. La trayectoria previa era un par de txakolis con los amigos, una comida en familia con media botella de vino per capita, amén de una siesta de castigo, lo que situó el atraco policíaco a las 17,30 de la tarde, en un estratégico recodo del territorio comanche de Hernani. El resultado del soplido dejo al interfecto unas pocas centésimas por debajo del límite permitido, en medio de su estupefacción y desasosiego por lo que ello pudiera suponer para futuras catas vinícolas en la intimidad.

Dada mi condición de internauta sabelotodo, os podeis imaginar a quien le ha caido el muerto de tratar de paliar, en lo posible, los atropellos de los Departamentos gubernamentales que sólo piensan en la recaudación a costa de los pobres mortales. De modo que El Búho ha tenido que dedicar parte del fin de semana en beber (¡siempre beber!) en las fuentes, tratando de extraer algunas conclusiones que sean de interés para librarnos del acoso de la pasma en estos aspectos. Conclusiones que no dejan de ser consistentes con las que uno ha ido extrayendo en su larga experiencia de experimentador de la realidad cotidiana, concretada en mi caso en las veleidades de las que gustan los sistemas químico-físicos en general, y los polímeros en particular.

Para un viejo profesor como yo, son moneda corriente las tribulaciones de los estudiantes de primeros cursos cuando se dan cuenta de que dos termómetros diferentes marcan temperaturas diferentes al ser introducidos en un mismo baño termostático (para los no iniciados, algo parecido a una pecera con temperatura constante). No es fácil explicarles que los conceptos de termómetro y temperatura son convenios entre humanos. Para fabricar un termómetro, tomamos un tubo delgado de vidrio, lo llenamos de mercurio, lo introducimos en una mezcla de agua y hielo y al nivel que alcance el mercurio lo denominamos cero. Introducimos despues nuestra columna en agua hirviendo y al nivel que alcance lo llamamos cien. Dividimos la distancia entre uno y otro punto de la escala en 100 partes iguales y si, al introducir la escala asi calibrada en un sitio, alcanza la división 57 decimos que el sitio está a 57 grados centígrados. Pero el ciudadano que hace el "calibrado" de esa escala o termómetro puede haberse pegado con su mujer esa mañana y no estar para muchas precisiones, rayanas en la metafísica. O pudiera ser que el mercurio empleado en el termómetro de hoy estuviera más sucio que el del día anterior. O que un termómetro lleve años de uso en un laboratorio y el otro sea completamente nuevo. El resultado final es dejar sin recursos intelectuales a un estudiante novato que llega al Instituto o a la Universidad con la idea de que en Ciencia todo es blanco o negro.

Pues con los alcoholímetros pasa lo mismo. Los gobiernos y la policía velan porque nuestro contenido en alcohol en sangre sea el menor posible cuando conducimos. No deja de ser curioso que no se lo midan con parecida asiduidad a los estrategas de Bancos de inversión que generaron y generan productos financieros de dudosa calidad. O a los políticos que ultiman los presupuestos de un país a golpe de comida en restaurante de estrellas. Y luego se quejan de las turbulencias.... La cuestión es que, para medir el contenido en alcohol en sangre, hay que pinchar con una aguja al personal, cuestión poco agradable porque más de uno se les marearía ante los primeros efluvios sanguíneos y lo tendrían que ingresar. Así que, desde hace décadas, la concentración de alcohol en sangre se estima de manera indirecta, midiendo la cantidad de alcohol existente en el aire que expiramos sobre un adecuado artefacto. Para obtener la concentración en el aire expirado se usan sensores basados en la espectroscopía infrarroja o en reacciones químicas similares a las que dan lugar a las pilas de combustible de metanol.

La base de la medida es bastante consistente, al menos a primera vista. Tras la ingestión de bebidas alcohólicas, el alcohol recorre nuestro tracto gastro-intestinal, pasa a la sangre y alcanza una cierta concentración de equilibrio en el cuerpo, transcurrido un tiempo variable entre media hora y dos horas. En esa situación hipotética el hecho de soplar genera un volumen de aire con un contenido en alcohol que depende del contenido en alcohol de la sangre que circula por los alveólos pulmonares, el lugar donde se dan las mejores condiciones de equilibrio entre la sangre y el aire que circulan por ellos. De acuerdo con una ley muy conocida en Química Física, la ley de Henry, existe una cierta constancia entre la cantidad de alcohol en un líquido (la sangre) y la cantidad de alcohol en un gas (el aire) en equilibrio con ese líquido. Esa proporción ha sido establecida por los fabricantes de alcoholímetros (tras una serie de estudios al respecto) en un número igual a 2100.

Pero la cosa tiene muchos problemas. Primero, es difícil establecer el tiempo necesario para que se alcance es ese equilibrio. Es muy probable que el colega interceptado por la Ertzaintza hubiera dado un contenido inferior una hora u hora y media antes de la prueba a la que fue sometido. Por otro lado, ese factor de 2100, usado en el calibrado de los alcoholímetros, puede variar entre 1500 y 2500 dependiendo del sexo y peso del individuo, de su temperatura corporal, de su índice de hematocrito y de un largo etcétera que los abogados americanos han usado para defender a sus beodos clientes y atizarles al mismo tiempo los bolsillos.

Como uno de los deportes nacionales en cualquier país es despistar a la policía, hay en la red una serie de mitos en torno a los trucos que uno puede usar para que no le pillen in fraganti. La mayoría de los conocidos, comer caramelos de menta, lavarse los dientes con binaca, etc., no funcionan. Hacer ejercicios violentos, o cualquier tipo de hiperventilación, rebaja la tasa alcohólica medible, pero ningún poli instruido nos va a dejar hacer genuflexiones o subir escaleras antes de la medición. Por el contrario, y como parece lógico, contener la respiración sube la medida. Un truco químico-físico eficaz, pero difícil de ejecutar en tan atribuladas condiciones, sería meterse en la boca un trozo de una plantilla Devor-Olor. El carbón activo (carbón finamente pulverizado) en ella existente es capaz de absorber cantidades sustanciales de alcohol que no pasarían al detector.

Así que la cosa está cruda. Si bebes no conduzcas o búscate un chófer. Con razón, uno de mis amigos de la bola, que ha sido Jefe gordo en política, dice que lo único que echa en falta, ahora que ha pasado a la condición general de mortal, es no disponer de chófer que satisfaga sus pretensiones de desplazamiento a cualquier hora y condición alcohólica.

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