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Hace ya muchos años, un colega nos llevó a una planta situada no lejos de Estella para enseñarnos las cosas que allí se estaban haciendo, basadas muchas de ellas en el desarrollo de sus propias líneas de investigación. Uno de los montajes era un reactor para obtener cetenas, unos compuestos químicos de alta reactividad y toxicidad. Incidentalmente diré que la síntesis de cetenas constituyó los primeros pinitos como investigador de Hermann Staudinger (Premio Nobel de Química 1953), antes de pasarse a estudiar ciertas sustancias incomprendidas que él acabó por bautizar como polímeros o macromoléculas. El reactor de las cetenas de nuestro colega estaba al aire libre, bajo una simple uralita, para no tener muchos gastos en caso de explosión. Pero, en la conjunción de la uralita con el muro que la sustentaba, había unos nidos de pájaros. Nuestro anfitrión nos explicó que esos nidos eran el mejor sensor que tenían en la planta. Si los pájaros aparecían muertos es que había un escape en la instalación.
Este no es el único caso de "sensores biológicos" que yo conozco. En las minas de carbón, ya en el siglo XIX, los mineros bajaban a las mismas con canarios metidos en jaulas. Si los pajarillos empezaban a mostrar ciertos inquietantes síntomas, lo mejor era salir corriendo porque, casi con seguridad, en la mina había monóxido de carbono o metano y uno podía quedarse allí como un pajarito (y nunca mejor dicho) o volar por los aires.
Pero hoy las ciencias adelanta que es una barbaridad y un grupo de investigadores japoneses acaban de publicar [Environmental Health Perspectives 116, 349 (2008)] un artículo en el que demuestran que han sido capaces de producir unos ratones transgénicos que pueden servir como biosensores para la detección de dioxinas y otros cancerígenos relacionados, sin necesidad de que la alternativa para el ratón sea estar vivo o estar muerto.
Es verdad que, hoy en día, los químicos disponemos de técnicas analíticas para poder detectar cantidades de esas sustancias nocivas que rayan ya lo inconmensurable. Los niveles de detección son tan bajos que, como ya he reflexionado en otras entradas, la existencia de esas técnicas se ha convertido en una especie de boomerang contra la propia actividad de los químicos, al venir a demostrar que, en cualquier sitio, hay miles de sustancias peligrosas, aunque sean en cantidades las generaciones que nos han precedido no podrían ni siquiera imaginar ni, por supuesto, evaluar. Pero, en realidad, tan valiosas herramientas no nos pueden decir nada sobre el verdadero riesgo de esas sustancias en los humanos, al ser incapaces de orientarnos sobre su accesibilidad al ámbito biológico o sobre su metabolismo.
Los investigadores de ojos rasgados a los que se hace referencia arriba, han sido capaces de desarrollar ratones transgénicos que cuando el llamado receptor de las dioxinas (AhR en términos técnicos) se activa, en lo que constituye el primer paso en el mecanismo de actuación de estas sustancias tóxicas contra nuestra anatomía, ellos secretan un biomarcador fácilmente identificable, conocido como SEAP, que pasa a su corriente sanguínea y que puede evaluarse con un simple análisis de sangre. Usando esos roedores, los investigadores han llevado a cabo una serie de experiencias, en las que han sido capaces de demostrar que, al ser expuestos a ciertas dioxinas, la activación del AhR se produce a nivel del hígado, mientras que expuestos al humo del tabaco, la activación ocurre fundamentalmente a nivel del pulmón.
El redactor de la noticia que me ha alertado sobre esta publicación concluía su resumen diciendo que parece haberse demostrado que "la ingeniería genética ha sido capaz de crear el equivalente al canario de las minas en su versión siglo XXI" y que "en lugar de ofrecer un control de la contaminación ambiental basado en el binomio vivir/morir, este elegante biosensor permite completar las herramientas existentes, a la hora de evaluar el riesgo real de la salud humana en su exposición a los hidrocarburos aromáticos".
Si consigo enterarme, ya os contaré qué piensan al respecto los defensores de los derechos de los animales porque, morirse en el acto, los ratoncillos no se mueren pero a saber el futuro vital que les espera.
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Las entradas en las que he mencionado la presencia "natural" de acrilamida en patatas fritas, o benzopirenos en chuletas y pescados a la brasa, han levantado pasiones que he podido constatar entre mis amigos más próximos y los estudiantes que me siguen. ¡Coño, profe, no voy a poder comer nada de lo que pone mi madre!, me dijo uno de estos últimos. Seguro que las preclaras mentes que me leen no están tan inquietas como aparentan pero, en mi intento de dar argumentos contra la Quimifobia, demostrando que llevamos siglos y siglos ingiriendo (y durante mucho tiempo sin saberlo) cantidades importantes de productos químicos que la Naturaleza nos ha puesto delante, tengo que seguir dando ejemplos de peligrosas sustancias tóxicas que nos llevamos al coleto y por las que, sin embargo, nadie se va a morir si las ingiere en cantidades razonables. Y hoy le vamos a dedicar la entrada al cianuro de hidrógeno, tambien conocido como ácido cianhídrico o ácido prúsico (¡toma nombre!).
Los yankees se están volviendo muy civilizados en esto de pasaportar al otro mundo a convictos y confesos de horrendos crímenes (de vez en cuando, también a inocentes). Y, desde hace unos años, ya no se cepillan a casi nadie en la cámara de gas. Pero cuando era una práctica habitual, encerraban al condenado en una cámara sellada en la que habían puesto un recipiente con cianuro potásico. Desde fuera, el verdugo dejaba caer sobre la mencionada sal una cierta cantidad de ácido sulfúrico concentrado, y la reacción que instantáneamente se producía generaba cianuro de hidrógeno (HCN), un gas ligeramente azulado que el pobre condenado veía salir del recipiente. En unos teóricos pocos minutos, y si el reo seguía las instrucciones de aspirar con fruicción el gas, se iba para el otro barrio.
Pues bien, el olor y el sabor del cianuro de hidrógeno es muy fácil de identificar. Basta con masticar alguna almendra amarga (no tostada) o comerse la semilla encerrada en el hueso de algunas frutas como las cerezas, los albaricoques o las pequeñas semillas de las manzanas. Pero que no se me asuste el personal. Aunque el sabor y olor son casi idénticos, la mayor parte de esas sensaciones no la proporciona el cianuro de hidrógeno sino otra sustancia química, el benzaldehído, que, curiosamente, tiene sabor y olor muy similar. Ambas se producen en esas semillas, y simultáneamente, como consecuencia del ataque de una enzima, llamada emulsina, a un carbohidrato que ellas contienen, la amigdalina, una molécula muy parecida al azúcar corriente y moliente. De hecho, he encontrado una cita que dice que 100 gramos de semillas de manzana contienen 219 miligramos de amigdalina y que, convenientemente machacadas para que la emulsina haga su trabajo, pueden proporcionar 10 miligramos de HCN. Que no es una cantidad baladí. Así que, en lo que se refiere al HCN en todas estas semillas, su presencia no es una ficción y no debiéramos abusar de ellas. También es verdad que parece que donde la emulsina trabaja mejor es en el estómago de los rumiantes, más expuestos a una intoxicación por HCN que el chaval de Hernani que fui y que, en ocasiones sin cuento, mataba el aburrimiento abriendo huesos de albaricoque en una huerta próxima, habitual campo de batalla, por otro lado, de los enfrentamientos con los del barrio vecino. Y aunque sólo fuera por lo inhabitual del amargo sabor, alguna semilla con su benzaldehído y su cianuro se iba a mi tracto digestivo. Dada la práctica desaparición del chaval asilvestrado en aras del niño de buena familia, ningún infante ñoñostiarra se dedica en estos tiempos a romper huesos de albaricoque. Un videojuego tiene otros pelígros, pero al Búho no le consta que contenga cianuro.
La muerte, por tanto, no está muy alejada de los cianuros. Cuando en otra entrada, hace más de dos años, se contaba la triste historia de Wallace Carothers, el padre de los poliésteres y los nylons o poliamidas, se mencionaba allí que, convencido de su fracaso como científico, decidió acabar con su vida con un zumo de naranja en el que había disuelto cianuro potásico, el precursor del cianuro de hidrógeno que he mencionado más arriba. Y en casos muy recientes de eutanasia que han salido en los medios, los cianuros no andaban muy lejos. La vida, sin embargo, está llena de contrastes y una de las teorías propuestas sobre el inicio de nuestra existencia en el planeta Tierra, planteaba reacciones químicas en las que el cianuro de hidrógeno era una pieza esencial.
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Esto de tener suscriptores comprometidos tiene su morbo. Le halagan el ego a uno con sus comentarios (hasta ahora por correo electrónico, espero que los vayais colgando en el propio Blog), pero también le crean compromisos a los que es difícil resistirse. Hace unos días recibí un email de un fiel seguidor del Blog. Me reenviaba un correo basura, en el que se clamaba contra el uso de los condones. Nada nuevo bajo el sol, pensaba yo al empezar a leer el asunto. Algun católico radical o algún miembro de alguna secta para los que la procreación está en la base de sus creencias. Pero mi inteligente amigo y colega no me reenviaba un spam cualquiera. Si lo había hecho es porque, entre los argumentos que allí se esgrimían, se usaba el nombre de un supuesto (no lo he encontrado en base de datos alguna) experto en polímeros que proclamaba que los condones no son seguros por estar fabricados con látex de caucho o poliuretano. Y tales materiales, al igual que les pasa al resto de los polímeros, son permeables a los fluidos, debido a su inherente volumen libre. Y claro, mentar el volumen libre a un viejo profesor de Química Física Macromolecular es como ponerle un pincho el culo. Y aquí vamos.
Comenzaremos con un toque conceptual. Imaginemos un zulo de unos pocos metros cuadrados y un metro de altura en el que queremos meter a todos los vasquitos que podamos. Los empujamos a conciencia, cual cerrador de puertas del metro de Tokio. Los apretamos unos contra otros, hasta la promiscuidad más obscena. El resultado final es que, lo hagamos como lo hagamos, siempre quedarán huecos entre los cuerpos. Como consecuencia de ello, el volumen del zulo será siempre más grande que la suma de los volúmenes físicamente ocupados por las atribuladas humanidades de los vasquitos. La diferencia entre ambos es el volumen libre de ese sistema, volumen que corresponde precisamente a los espacios no ocupados por el "material" humano.
Cuando tenemos una membrana como la que constituye la pared de un condón, la idea es la misma. Las largas cadenas de átomos de carbono que constituyen al poliisopreno del látex de caucho, "empaquetadas" hasta formar esa membrana, no ocupan todo el volumen de la misma. Quedan huecos sin llenar por el volumen físico de las cadenas. Queda volumen libre. Y el argumento del científico promotor de familias numerosas es que, por esos huecos que dejan los polímeros, pueden pasar los fluidos. Y, dicho así, es verdad. Por esa precisa razón, cuando inflamos un globo con aire y lo cerramos con un buen nudo, el globo se acaba deshinchando al cabo de unos días. Por idéntico motivo, una botella de Coca Cola, fabricada con otro polímero, el polietilen tereftalato (PET), deja pasar por sus paredes, poco a poco, el anhídrico carbónico o CO2 que el brebaje contiene y, al cabo de un cierto tiempo, la famosa chispa de la vida desaparece. Pero, en el caso de los fluidos intervinientes en un affaire sexual, el argumento está cogido con alfileres y es preciso matizarlo debidamente.
Tengo datos suficientes sobre superficie y espesor de los condones, volumen libre de un caucho reticulado como el que en ellos se emplea, dimensiones de los espermatozoides, ecuaciones ligadas a los procesos de difusión de un fluido a través de un caucho y unas cuantas cosas más, como para poder calcular, de manera bastante fiable y en términos de probabilidad que, de los veinte millones de espermatozoides que hay por mililitro de un eyaculado, la cantidad de ellos que pueden pasar a través del látex, en unos diez minutos post-eyaculación (que ya es echarle tiempo al asunto), es sustancialmente inferior al número de ellos que muchos hombres, con graves problemas de infertilidad, colocan en cada relación sin conseguir diana fiable en su objetivo.
La razón de por qué pasan tan pocos bichitos a través de las paredes del condón es que, en términos del volumen libre arriba mencionado, la cabeza del espermatozoide es mucho más grande que los huecos disponibles en ese volumen libre. Para hacerse una idea, el volumen de la cabeza de un espermatozoide es nueve o diez órdenes de magnitud más grande que el volumen de moléculas como las del agua, el anhídrido carbónico de la Coca Cola o los gases del aire del globo, fluidos que, con mayor o menor dificultad, pueden atravesar las paredes del condón. Así que los cabezones no encuentran literalmente sitio por el que pasar. En cualquier caso, tampoco hay que darle muchas más vueltas al asunto. Hay una inconsistencia tan evidente entre los pretendidos peligros proclamados en el email que ha dado pie a esta entrada y los diez mil millones de condones que se fabrican anualmente.... Si fueran tan poco seguros, el negocio que se ha generado en torno a ellos estaría finiquitado hace tiempo.
Como complemento y reafirmación de la seguridad de tan simple e inocuo dispositivo, podeis ver una página de YouTube en la que aparece un vídeo en el que se explica todo el proceso de fabricación de un condón. Se muestran también los procesos de control que se llevan a cabo, llenándolos con aire hasta dimensiones espectaculares, o usando agua para demostrar que, cualquier pequeño defecto por el que ese agua pudiera escapar, es detectable gracias a un sistema electrónico.
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Los que conocen mi tradicional estado un tanto asténico, saben que se me alegra el ojillo si se me interpela sobre el golf, la Meteorología o la Bolsa. Sobre el golf mejor no hablo mucho, que bastante hay en mi web personal y en este Blog del Búho. En cuanto a la predicción del tiempo, durante muchos años he conservado mi digno nivel de francés gracias al Tele Journal de las ocho de la tarde de Antenne 2, la segunda cadena francesa y, sobre todo, al subsiguiente espacio Méteo, cuyas predicciones para sitios como Biarritz, a pocos kms en línea recta de donde vivo, siempre me han parecido muy fiables. Desde mi adicción a internet, tengo entre mis favoritos o bookmarks las páginas de Euskalmet, el INM español y la de Meteo France. Navegando en sus diferentes opciones he aprendido mucho y, de vez en cuando, hasta me arriesgo a enmendarles la plana, en virtud de mis experiencias vitales a nivel del microclima de ese ángulo especial del Atlántico donde está Donosti. En la Bolsa soy un novato con sólo tres años de experiencia, en los que he ido aprendiendo mucho de gentes mucho más experimentadas, que me han enseñado a entender lo básico de los análisis técnicos y fundamentales de un valor y, sobre todo, a tener paciencia. Gracias a ello, jugándome unos pocos de mis euritos, y a pesar de sobresaltos, turbulencias y subprimes, consigo por ahora batir (tampoco es tan difícil) al magro interés que me ofrecen Cajas y Bancos.
Pero tengo bien claro que, tanto en la Bolsa como en el tiempo (¡y no mentemos el golf!), estamos ante sistemas de funcionamiento caótico, dado el gran número de variables que intervienen. La predicción meteorológica, de la mano de los análisis de Edward Lorenz en los años sesenta, se ha convertido en el ejemplo por excelencia del caos, y casi todo el mundo ha oido hablar alguna vez del "efecto mariposa", según el cual, el aleteo de uno de estos lepidópteros en un cerezo de Japón provoca una tormenta en Argentina. Sin llegar a esos extremos tan literarios, esta misma semana las predicciones a corto plazo habían anunciado que el martes tendríamos una mejoría notable de la época de lluvias que hemos sufrido. El mismo lunes a la noche, las tres agencias meteorológicas arriba mencionadas cambiaron el pronóstico y el martes fue un día de sirimiri total y hasta los huesos. Y sólo porque al anticiclón que nos iba a traer el buen tiempo, y que efectivamente había entrado ya para el martes en nuestra zona, le dió por hacerlo con una componente noroeste mayor de la esperada. Y se fastidió la predicción y hubo que arreglarla a última hora ante el cariz que iba tomando el asunto.
El carácter caótico de la Bolsa, sobre todo para un pequeño inversor como yo, es aún más complicado y sutil. Basta con que unas cuantas manos fuertes (Botín, la Koplovitz, el Amancio de Zara) decidan intercambiar cromos (acciones) de un valor y su cotización sube o baja según les venga bien para sus intereses. Y el Búho a celebrarlo o a agarrarse un cabreo monumental.
Lo cual no quita para que, en uno y otro caso, se hayan desarrollado herramientas potentes de análisis y predicción. De las de la Bolsa prefiero no hablar para no complicar el post y porque, en el fondo, todo lo que tiene que ver con la economía siempre me ha parecido una ciencia a posteriori. Pero la meteorología basa sus predicciones en metodologías científicas y tecnológicas muy potentes, haciendo predicciones a base de complejos modelos de simulación manejados por ordenadores de última generación, en las que se usan como datos de entrada o inputs los resultados experimentales de sensores situados en barcos, boyas, satélites, etc. Gracias a todo ello, los pronósticos son cada vez más fiables aunque, eso sí, más allá de una semana, el porcentaje de acierto baja sustancialmente.
Esta pasada semana se ha celebrado el Día Meteorológico Mundial y, en ese marco, y organizada por el Centro que el INM tiene en el Pais Vasco, impartíó una conferencia un fraile franciscano que lleva años como observador para el INM en su convento de Aránzazu y que ha oficiado en otras épocas de metereólogo de una radio local. Me consta (porque se lo he escuchado a él) que, para ello, empleaba como fuentes las predicciones de los servicios meteorológicos como los arriba indicados, aunque convenientemente sazonadas de ciertas tradiciones populares como las témporas, un "modelo" en el que, por simplificar, uno mira el viento que hace durante tres noches especiales y extrae conclusiones sobre el tiempo que hará en los próximos tres meses. Ni sondas, ni satélite Meteosat, ni radares, ni otras vainas, que son muy caras y no está el convento para dispendios.
Es claro que quien le invitó como estrella a esa Jornada no anduvo muy fino. Y lo que es peor, nuestro insigne Diario Vasco le dedicó, con esa ocasión, una entrevista de página completa en la que el clérigo, además de contarnos sus últimos avances en la forma de observar las témporas, se queja de que no le den dinero para investigar, arremetiendo para ello contra otras investigaciones en las que "se gastan tanto dinero en saber cuántas alas tiene una mosca". Y aunque sólo sea por alusiones a mi amigo Ginés Morata, un laureado bioquímico que de moscas sabe un huevo y por eso, entre otros méritos, le dieron el pasado año el Principe de Asturias, no me ha quedado más remedio que sacar el tema a colación.
La verdad es que, aunque a algunos les parezca que no merece la pena emplear el tiempo en estas cosas, yo mantengo que hay que pelear contras estas acciones de los medios periodísticos que permiten que sigan en candelero prácticas que, como las témporas o la homeopatía, tienen más de magia que de ciencia. Pero no tengo que exprimirme mucho el magín para hacerlo. Como bien decían el viernes siete de mis colegas de la UPV/EHU en un artículo publicado en los diarios del Grupo Vocento, mientras quienes proponen el método de las témporas no pasen la criba cuantitativa que supone un proceso riguroso de comparación entre sus predicciones y los resultados reales, no nos convencerán. Y si yo fuera Director de Política Científica del GV, hasta les daría dinero para hacerlo. Bastaría que siguieran procesos similares a los de la meteorología científica en su pelea por realizar predicciones a más largo plazo que las actuales. Los resultados son todavía pobres, pero los métodos son razonables y en continuo progreso y los procesos de verificación de resultados, rigurosos y verificables por otros científicos. Adicionalmente, se obtiene un avance real en el conocimiento de cosas como las dinámicas de la atmósfera y el océano, avances consustanciales a cualquier actividad científica y de los que las témporas no pueden presumir, aferradas a la misma "metodología" de hace siglos.
En definitiva, los problemas que aún tenemos para entender las cosas no pueden ser sustituidos por la superstición. La medicina aún no puede curar el sida, pero a nadie sensato se le ocurriría pretender curarlo con gotas de agua convenientemente agitadas, según otro modelo que no ha sufrido cambios desde el siglo XIX. Tampoco la ciencia conseguirá nunca detener el que nos hagamos viejos. Pues a asumirlo y a vivir sin supercherías. Basta que haga buen tiempo, que seamos propietarios de un swing elegante y que la Bolsa retome con decisión la senda de las plusvalías.
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En estos tiempos, uno levanta una piedra y le sale enseguida un firme defensor de los alimentos no transgénicos, de la medicina alternativa o de los plásticos biodegradables y compostables. Así que encontrar airados paladines de todas estas cuestiones tiene poco mérito. Pero eso no ha pasado siempre y, a veces, es conveniente reivindicar la memoria de los pioneros. Y así, por ejemplo, al hilo de los ahora tan en moda bioplásticos (plásticos biodegradables cuyos componentes se derivan totalmente, o casi, de materias primas renovables), bien merece la pena contar una historia que tiene más de setenta años y en la que se demuestra que si alguien se empeña en una idea, y más si se es un magnate de la industria automovilística, la idea acaba materializándose. Aunque luego sea díficil de luchar contra los imponderables de la vida.
Este 7 de abril se cumplirán 61 años de la muerte de Henry Ford, el legendario creador del Ford T que veis en la foto, el inventor de las cadenas de producción para abaratar sus automóviles, el fino pagador del famoso salario de cinco dólares que tenía a sus obreretes más callados que la tumba en la que dormita desde 1947. Ford es un ejemplo de libro de los llamados self-made men o personas hechas así mismas. De origen campesino, llegó hasta donde llegó gracias a su visión de anticipación del futuro, sus ideas innovadoras y su manifiesta tozudez (vamos, lo de siempre, aunque la mayoría de los mortales nos enteramos a posteriori de que éstas son las condiciones para triunfar).
El caso es que Ford no olvidó nunca sus orígenes en la América agricultora profunda y en diferentes fases de su vida desarrolló iniciativas encaminadas a implicar a los agricultores en lo que él pensaba que era el futuro. Y así, por ejemplo, ya en 1907 experimentó con un tractor motorizado que el denominó "automóvil-arado", germen del primer tractor serio que Ford puso a la venta, el Fordson.
Pero a partir de 1928, Ford empezó a acuñar un término que no se muy bien cómo traducir, farm chemurgy, que Ford definía como poner a la Química y a otras ciencias aliadas a trabajar para los granjeros. La filosofía de Ford era encontrar nuevos usos para los productos agrícolas que no fueran meramente los de la alimentación de personas y animales (¿os suena la música?). En 1929 construyó un laboratorio para experimentar con diversas variedades vegetales y en 1931 decidió que lo que de verdad le hacía tilín era la soja, por la versatilidad de los aceites que contiene, su alto contenido en proteínas y su quizás algo más marginal contenido en fibra. A partir de 1932, se dedicó a plantar unas trescientas variedades de soja en unos ocho mil acres de sus fincas y sugirió a los granjeros de Michigan que fueran plantando soja que la Ford ya se encargaba de buscar usos para ella.
Despues de inyectar más de un millón de dólares de la época, en 1933, su Soy Laboratory ya le había proporcionado una serie de derivados del aceite soja con los que fabricar un esmalte de alta calidad para pintar coches, o un líquido para los amortiguadores, o una grasa para engrasar los moldes en los que se fabricaban algunas piezas de los mismos o, incluso, un derivado con el que sustituir algunos aditivos en la producción de cauchos. Estos descubrimientos del laboratorio excitaron el natural espíritu innovador de Ford que, enseguida, pudo disponer de una serie de materiales en los que la soja formaba parte y que fueron siendo utilizados en la fabricación de piezas pequeñas como manillas, tiradores, bocinas, etc. Todo parece indicar (muchas de las formulaciones se han perdido o no se conocen con precisión) que esas piezas, y las que siguieron, se fabricaron con una especie de resina fenólica obtenida a partir de formaldehido y harina de soja (lo que queda despues de prensar la soja original para obtener el aceite de soja, un "residuo" básicamente constituido por proteínas) y formaldehido.
Pero la apoteosis llegó en 1937 cuando el mismo laboratorio, liderado por un joven químico, Robert Boyer, llegó a producir una plancha curvada, de dimensiones mucho más grandes que las piezas anteriores, sobre la que Ford, muy espectacular en sus presentaciones, saltaba y saltaba ante la prensa asegurando que, algún día, ese material sustituiría al acero. Otro día colocó una plancha de ese material sobre la parte trasera de su propio Ford y se dedicó a darle con un hacha para demostrar su fortaleza. Y sobre esa idea siguió trabajando hasta que en agosto de 1941, presentó un prototipo de automóvil (que podeis ver en esta foto de la Fundación Ford) en el que, sobre una estructura tubular de acero, se había colocado una carrocería completa de este tipo de nuevos materiales a base de soja. Pero el pobre prototipo se quedó en eso. Enseguida llegó la Segunda Guerra Mundial, había que trabajar para América y el Gobierno, los plásticos derivados del petróleo aprovecharon el conflicto bélico para despegar de una manera espectacular y cuando en los cincuenta la cosa se estabilizó, había muchos más materiales entre los que elegir. Y ahí se quedó la cosa.
Pero, sin duda, a Henry Ford le encantaría hoy en día saber que su amada soja ataca de nuevo. Además de ser utilizada como una de las posibles materias primas para fabricar biodiésel, un enjambre de nuevos químicos e ingenieros de materiales están usando el aceite de soja para fabricar polioles a partir de una materia prima renovable. Los polioles son sustancias químicas imprescindibles en la fabricación de la gran familia de los poliuretanos y, hasta ahora, se obtenían del petróleo. Con esta nueva vía, que además es muy atractiva en términos tecnológicos por diversas razones, se están generando una importante familia de nuevos polioles y nuevos negocios en torno a ellos.
Así que Ford descansará tranquilo en lo que a la soja de Michigan se refiere.
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