lunes, 28 de febrero de 2022

Alcohol: riesgos y un cierto escepticismo de viejo

Estas últimas semanas, ha habido una cierta polémica en los medios cuando el Parlamento Europeo tenía que votar un informe encargado sobre el cáncer en el que, en uno de sus párrafos, abogaba por imponer una serie de medidas drásticas para ir intentando que las bebidas alcohólicas quedarán proscritas de nuestras vidas. Finalmente, y tras una propuesta del Grupo Popular Europeo, el informe acaba matizando que solo una ingesta abusiva o dañina es perjudicial. Previamente el Comité Europeo de Empresas del Vino (CEEV, parte interesada donde las haya) sostuvo en su labor de lobby que la propuesta original era “engañosa y está basada en un único estudio duramente criticado por la comunidad científica debido a sus fallos de metodología y análisis”. El mencionado estudio es el famoso meta análisis publicado en la revista The Lancet en 2018 y que generó unos encendidos debates en los medios y las redes sociales. En esa época no quise entrar al trapo, aunque me sirvió para aclarar un poco mi lista de Twitter.

Ya desde el principio del artículo, en el apartado interpretación de resultados, los autores entienden que "el riesgo de mortalidad por todas las causas, y de cánceres en particular, aumenta con el aumento de los niveles de consumo, y el nivel de consumo que minimiza la pérdida de salud es cero. Estos resultados sugieren que las políticas de control del alcohol podrían necesitar ser revisadas en todo el mundo, reorientándose en los esfuerzos para reducir el consumo general a nivel de población".

Como ya he dicho, el artículo es un meta análisis, lo que significa que en él se analizaba una amplia información contenida en otros artículos, fuentes estadísticas y datos gubernamentales de muchos países. Con ella se estudiaba la influencia del alcohol en un total de veintitres enfermedades diferentes, analizando el riesgo de consumirlo en cantidades que ellos evaluaban en forma de lo que denominaban standard drink, equivalente a beber una cantidad de una bebida alcohólica que contenga 10 gramos de alcohol puro y que, a partir de ahora, yo llamaré Unidad de alcohol puro. De forma y manera que una botella de 750 mililitros de un vino con 13,5% de alcohol contiene algo más de ocho de esas unidades, una botella de vodka 24 y una cerveza de 330 mililitros, con un bastante habitual 5,5% de alcohol, suponen un poco menos de 1,5 unidades de alcohol puro.

Los resultados globales del estudio se traducen en la Figura 5 del mismo, que yo he utilizado como ilustración de esta entrada y que podéis ver mejor clicando en ella. Se representa ahí el llamado riesgo relativo frente al número de unidades de alcohol puro consumidas diariamente. El riesgo relativo es el cociente entre el número de personas bebedoras de alcohol que pueden sufrir una cierta enfermedad y el número de personas que pueden sufrirla siendo abstemios. O dicho de otra forma, un riesgo relativo de 2 quiere decir que los bebedores tienen el doble de posibilidades que los abstemios de sufrir una de esas 23 enfermedades.

Para explicar algo más los datos, en un resumen realizado por la propia revista The Lancet, se puede leer que "Al comparar los que no toman bebida alguna con los que ingieren una Unidad de alcohol al día, el riesgo de desarrollar uno de los 23 problemas de salud relacionados con el alcohol fue un 0,5% mayor en los que bebían, lo que significa que 918 de cada 100.000 personas de 15 a 95 años que bebieron una unidad de alcohol al día desarrollarían una afección, pero 914 de cada 100.000 personas que no beben la desarrollarían igualmente". Es decir, matizo yo, una diferencia de 4 personas por cada 100.000. El riesgo relativo, resultado de dividir 918 entre 914 es prácticamente 1 (1,004).

Usando esa misma fuente indicada arriba, el número de personas que desarrollarían un problema de salud bebiendo dos unidades de alcohol diarias serían 977 personas por cada 100.000, 63 más que los abstemios (914), con un riesgo relativo de 1,07 (977/914). En el caso de las cinco unidades diarias de alcohol nos iríamos a 1252 por cada 100000 frente a los 914 por 100000 de los abstemios, un 37% más y un riesgo relativo de 1,37 (1252/914). Finalmente para tener un riesgo relativo de 2, habría que irse casi a las 9 unidades de alcohol, más de una botella diaria de vino.

En el estudio queda también claro que, en enfermedades como las cardíacas isquémicas o la diabetes, el riesgo relativo es inferior a uno (es decir, los bebedores tendrían menos probabilidades que los abstemios de sufrir ese tipo de enfermedades) hasta valores de tres o cuatro unidades de alcohol diarias, lo que indicaría un cierto efecto protector de beber en ese tipo de dolencias. Cosa que no pasa en la mayoría de las enfermedades ligadas al cáncer. El que esté interesado en esos resultados puede consultar la figura 4 del trabajo original mencionado al principio.

Y esto es lo que hay y que cada uno eche sus cuentas y haga su análisis de riesgos. Conducir un coche tiene riesgos clarísimos de sufrir percances (incluida la muerte) y muchos conducimos todos los días y no solo por necesidad. El Búho ha tenido varios casos cercanos de abuso de bebidas alcohólicas con resultados desastrosos y, por tanto, lo considera a menudo cuando tiene una copa de vino en la mano. Tampoco quiero decir con este análisis que haya que recomendar el beber sobre la base de que puedan prevenirse ciertas enfermedades. Pero uno está ya en edad de no creerse todo lo que le cuentan, sobre todo si tiene posibilidad de leer las fuentes con un poco de atención y sacar sus propias conclusiones.

No quiero terminar sin apuntar que hoy hace 16 años comencé a escribir este Blog.

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domingo, 20 de febrero de 2022

Microplásticos y tarjetas de crédito


Hace ya años que no veo informativos de la TV por una serie de razones que no vienen al caso. Eso hace que no me entere de algunas de las cosas que publicitan. Como pasó la pasada semana, con una noticia relativa a un estudio del CSIC en el que se analizaban los posibles peligros en nuestra flora intestinal de los microplásticos que ingerimos en nuestra dieta. Un amigo, Javier Ansorena, ocasional autor en este Blog y fiel seguidor, me alertó de que en el Telediario de TVE, ilustrando la noticia, se habló de que nos metemos al coleto TODAS LAS SEMANAS una cantidad de microplásticos que equivale al peso de una tarjeta de crédito (cinco gramos más o menos). Algo que es un poco viejuno y de lo que ya hablamos en este Blog hace casi tres años. Pero que ahora vuelve a aflorar merced al estudio arriba mencionado.

Firmado por una serie de investigadores del Instituto en Ciencias de los Alimentos, CIAL, un Centro Mixto entre el CSIC y la Autónoma de Madrid, su objetivo declarado es "evaluar los riesgos potenciales de los microplásticos a nivel digestivo", para lo que se simuló el paso de una dosis de polietilentereftalato (PET, el plástico de las botellas de agua) a través del tracto gastrointestinal. Los autores utilizaron para esa simulación estudios in vitro y una especie de reactores que "recrean las diferentes regiones del tracto digestivo en condiciones fisiológicas". Debe quedar claro, por tanto, que no se usan humanos, excepto para extraer de las heces de dos voluntarios los microorganismos a los que se somete a una dosis de microplásticos a base de PET.

No pretendo analizar el artículo en cuestión, que para eso ha sido sometido a una revisión por pares antes de su publicación y yo tengo poco de par en estas cosas de los bichos intestinales. Solo diré que, de lo que se pueda concluir de esos ensayos a lo que ocurre en mi tracto gastrointestinal, hay buen trecho. Y, sobre todo, que tengo un problema serio con la dosis de PET elegida para realizar los ensayos en cuestión, a la vista de la más reciente (y para mi fiable) bibliografía. Los autores seleccionan esa dosis tomando como base lo establecido en un artículo publicado en octubre de 2020.

Dicho artículo está firmado por cuatro investigadores de las australianas Universidades de Newcastle y Macquary. Un quinto autor es Simon Attwood que, desde hace años, ha sido el Director de la filial en Singapur del Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF, la que conocíamos antes como Adena en España), una de las más importantes ONGs del mundo, con un claro activismo contra los plásticos. De hecho, en los agradecimientos del artículo, se dice expresamente que el proyecto fue encargado por el Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF) - Singapur, que proporcionó financiación parcial para la investigación. Resultados similares pero con mucho menos detalle se presentaron antes en un folleto elaborado por WWF en el que, en uno de los titulares resaltados desde el principio, aparecía algo que desde entonces se ha difundido en muchos medios y redes sociales: nos comemos el equivalente al plástico de una tarjeta de crédito (5 gramos) cada semana. Y esa misma mítica cifra vuelve a aparecer en el artículo de octubre de 2020 arriba mencionado y es la que ha usado el Grupo del CSIC/UAM en sus simulaciones.

Son varias las entradas que he publicado en este Blog sobre microplásticos, que se pueden ver escribiendo esa palabra, con acento, en el buscador de arriba a la izquierda. En las publicadas en el verano de 2019 hice referencia a la figura del Profesor Albert A. Koelmans de la Universidad de Wageningen en Holanda, quien además de haber publicado muchas contribuciones científicas sobre el tema, coordinó un informe publicado en 2019, encargado por la Unión Europea a la denominada SAPEA (Science Advice Policy from European Academies), en el que se abordaban los aspectos estrictamente científicos del tema que nos ocupa, de cara a la toma de decisiones políticas para paliar el problema. Pues bien, ese mismo Koelmans es el autor de un nuevo trabajo publicado en marzo de 2021, en el que, entre otras cosas, se trata de evaluar la masa de microplásticos ingerida per cápita y día por niños y adultos.

Los resultados de ese trabajo están muy lejos de la pretensión de que nos podamos comer una tarjeta de crédito semanalmente (lo que supondría unos 700 miligramos por persona y día) que, todo hay que decirlo, es la cantidad que ingeriríamos en el peor de los escenarios posibles considerados por el grupo financiado por la WWF. La incertidumbre en este tipo de evaluaciones es muy alta, dada su dificultad. Para daros una idea, la conclusión de Koelmans y colaboradores, en el caso de los niños, es que pueden ingerir (por persona y día) desde 7.5 miligramos hasta menos de una millonésima de miligramo, con un valor medio estimado de 0.0002 miligramos. Incluso seleccionando en estos datos el peor escenario de los posibles (7.5 miligramos por persona y día) eso es casi cien veces menos que los 700 que corresponderían a la tarjeta semanal. O, lo que es lo mismo, no comeríamos una tarjeta por semana sino una tarjeta cada dos años.

Y no debemos olvidar que tanto en el artículo financiado por la WWF como en el de Koelmans y colaboradores, estamos hablando del peor de los escenarios y con una gran incertidumbre en la ingesta real. Por ejemplo, en el caso del trabajo de Koelmans si, en lugar del peor escenario posible, cogiéramos la media del valor estimado para la ingesta en niños (0.0002 miligramos por persona y día), necesitaríamos toda una vida de 68 años para ingerir una cantidad de microplásticos que pesen como la tarjeta de marras.

Voy a pensar que a los investigadores del CSIC se les había escapado el reciente artículo de Koelmans antes de aparecer la nota de prensa que anunciaba el suyo. Pero incluso en este caso, recurrir al icono de la tarjeta de crédito como reclamo para publicitar su artículo, cuando ellos saben que ese no es el dato más representativo del estudio de la WWF que ellos usan, me parece un ejemplo más de la creciente tendencia entre científicos y Universidades de usar un alarmismo sin fundamento para promocionarse en los medios y redes.

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lunes, 31 de enero de 2022

PCR y RCP

Cada uno de los dos acrónimos que aparecen en el título dan lugar al otro si se leen al revés. Es lo que en términos lingüísticos se conoce como semipalíndromos o bifrontes. El primero de ellos (PCR) está muy de moda con la pandemia que nos asola. No voy a entrar en muchos detalles sobre él porque, entre otras cosas, cuando yo estudiaba Química, la Bioquímica no estaba en el Plan de Estudios y siempre ha sido una de mis carencias. Pero sí puedo decir que PCR hace referencia a una técnica por la que el genoma del malvado virus, en forma de ADN, se amplifica mediante la Reacción en Cadena de la Polimerasa (de ahí el acrónimo PCR en inglés). Cuando una célula cualquiera se divide duplica su ADN gracias a una enzima, la ADN polimerasa. La PCR es un proceso diseñado para repetir esta síntesis cíclicamente en un tubo de ensayo hasta conseguir multiplicar (o amplificar) millones de veces el ADN que hemos extraído del contagiado, lo que permite detectar la presencia del virus rápida y eficazmente.

Lo de RPC es una cosa bien distinta, que tiene que ver con las cosas del clima. Este acrónimo toma sus iniciales del término en inglés Representative Concentration Pathway o, en castellano, Trayectoria de Concentración Representativa, un nombre ciertamente oscuro en primera instancia pero que espero poder aclarar debidamente.

Los dos últimos informes (el Quinto y el Sexto) del Panel Intergubernamental del Cambio Climático (IPCC) contienen proyecciones a futuro, realizadas mediante modelos climáticos, sobre el impacto del calentamiento global que se viene observando en una serie de variables del clima de aquí a 2100. Para establecer esas proyecciones, los modelos necesitan definir la posible evolución de las emisiones a la atmósfera del CO2 y otros gases de efecto invernadero hasta esa fecha y, consiguientemente, el progresivo aumento de la concentración de esos gases en la misma. Para ello plantean diferentes escenarios posibles, cada uno de ellos con una evolución determinada de las concentraciones de CO2 en la atmósfera hasta el final de este siglo.

En el Quinto Informe del IPCC (publicado en 2014) se introdujeron así cuatro posibles escenarios (o posibles trayectorias de la concentración de gases de efecto invernadero) denominados RCP 2.6, RCP 4.5, RCP 6 y RCP 8.5, donde el número tras el acrónimo viene a dar una idea del previsible calentamiento de la Tierra en el 2100 en vatios por metro cuadrado. La gráfica que ilustra esta entrada (y que podéis ampliar clicando en ella) presenta esos escenarios. Los números 2.6, 4.5, 6 y 8.5 están escogidos un poco arbitrariamente para representar así diferentes grados de calentamiento en función de las concentraciones de gases de efecto invernadero que se vayan acumulando. De hecho, en la literatura más reciente se han usado otros como los RCP 1.9, RCP 3.4 y RCP 7.0.

Desde ese año 2014, muchas de las proyecciones a futuro que hayáis ido leyendo en los medios y las redes están basados en el escenario RCP 8.5 que, básicamente, asume que las emisiones van a seguir al ritmo actual (escenario BAU o business as usual, suelen decir los expertos). Pero a medida que se fue aproximando la fecha de la aparición del Sexto Informe del IPCC (agosto de 2021), empezó a estar claro que los científicos implicados se estaban replanteando el asunto de los diferentes escenarios posibles. Por solo poner un ejemplo, en este artículo publicado en Nature hace ahora casi dos años exactos, firmado por dos científicos (Hausfather y Peters) que han tenido un papel significado en la elaboración del Sexto Informe, queda claro que los escenarios RCP 8.5 y el RCP 7.0 son considerados "altamente improbable" o "improbable", respectivamente. Mientras, otros como el RCP 6.0 o el RCP 4.5 se consideran más probables. Este cambio de opinión no ha pasado desapercibido para otras grandes revistas científicas, como es el caso de Science.

Todo esto tiene su repercusión en las proyecciones que los modelos hagan para 2100 en cosas como las temperaturas de la Tierra o los océanos, el nivel del mar, etc. Por ejemplo, el escenario 8.5 proyecta una subida de temperatura de cinco grados centígrados de aquí a fin de siglo, mientras el 4.5 deja esa subida en la mitad. El RCP 1.9, por otro lado, sería el escenario deseable para alcanzar los objetivos de los Acuerdos de París. Y algo similar ocurre con la subida del nivel del mar, previsible en una situación en la que los hielos sobre los continentes (glaciares, Groenlandia y la Antártida) se van fundiendo al subir la temperatura y, además, esa temperatura más alta dilata el agua líquida resultante. Para los mismos escenarios que acabo de mencionar en el caso de la temperatura, la Tabla 9.9 del capítulo 9 del Sexto Informe del IPCC recoge subidas del nivel del mar (en 2100) de 38 cm en el escenario RCP 1.9, 44 cm en el RCP 4.5 y poco más de un metro en el caso del RCP 8.5.

El asunto del aumento del nivel del mar siempre me ha resultado interesante. No en vano vivo a escasos 400 metros de La Concha y cuando hay mareas vivas el arenal desaparece. Si se tienen en cuenta las medidas registradas en los mareógrafos más próximos a Donosti, localizados en Santander, en San Juan de Luz y en Brest, Bretaña (aunque algo más lejano es el que más datos tiene, desde 1805), el nivel del mar en mi pueblo ha subido en el último siglo unos 20 centímetros, a una velocidad prácticamente constante de 2 mm/año aunque, a nivel global, las últimas medidas con satélites parecen indicar un valor superior (3.7 mm/año). Es decir, que de aquí a 2100, el agua en La Concha puede subir en una horquilla entre 16 y 30 centímetros.

El pasado 26 de octubre, el Diario Vasco informaba que "Euskadi se prepara para una subida del nivel del mar de hasta un metro". Algo que no era sino el fiel reflejo de la presentación pública, unos días antes, del Plan de Transición Energética y Cambio Climático del Gobierno Vasco. En la página 19 de ese Plan se establecen índices de riesgo para cuatro amenazas climáticas, entre ellas las inundaciones debidas a la subida del nivel del mar en ciertas zonas de Euskadi. Pero en el título de la gráfica ilustrativa de esos índices de riesgo, se dice expresamente que están obtenidos “a partir de proyecciones del escenario RCP 8.5".

Uno podría pensar que nuestro Gobierno se quiere poner en plan muy previsor y prefiere el peor y más improbable de los escenarios (también el más costoso de remediar). O, pensando mal, que no les ha dado tiempo o no han querido adecuar el Plan a lo que en agosto ya aparecía en el Sexto Informe del IPCC.

A uno ya no le quedan muchos años para comprobar qué escenario va a funcionar mejor, pero mientras mis neuronas me dejen seguir el asunto voy a estar atento al tema.

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lunes, 17 de enero de 2022

Impresoras 3D en la cocina

Hace poco, en un episodio de esos que llaman obsolescencia programada, un mando de la secadora de mi suegra se rompió. Tenía veinte años, así que tampoco está tan mal, pero era solo un mando. Y fue imposible encontrar en los almacenes de repuestos más conocidos de la ciudad un mando de recambio. En esas estábamos, abocados a cambiar la lavadora, cuando se nos ocurrió recurrir a un amigo que, desde que se jubiló, ha dedicado una parte importante de su tiempo a fabricar todo tipo de objetos con una impresora 3D. Y, dicho y hecho, en pocas horas teníamos una pieza idéntica a la fenecida y ahí sigue la lavadora funcionando como antes. Pero mi sorpresa fue grande cuando, al contar la anécdota a gente de nuestro entorno más próximo, constaté que muchos de ellos no sabían qué eran ni para qué servían las impresoras 3D.

Según una adaptación algo libre de la página en inglés de Wikipedia sobre la impresión 3D, el proceso lleva a cabo la construcción de un objeto tridimensional, partiendo de un modelo digital del mismo almacenado en un ordenador. El término "impresión 3D" se refiere, en realidad, a diferentes procesos en los que un material se deposita, une o solidifica bajo el control de un software informático para crear una pieza. En el proceso mas extendido en el mercado, el material (que puede ser un plástico, un líquido o granos de polvo fusionados) se va sumando capa por capa. Un ejemplo sencillo de impresora 3D es la que se ve en la foto que ilustra esta entrada, en el que un hilo de plástico rosa que se ve a la izquierda, se pasa por la boquilla del centro, donde el plástico se funde, y se va depositando de abajo arriba, con movimientos controlados de esa boquilla hasta dar forma a la Torre Eiffel. A medida que el plástico fundido se deposita, se enfría y solidifica. Si después de mis nunca bien ponderadas explicaciones no lo habéis entendido del todo, podéis ver este video.

Todo esto viene como preámbulo porque, a mediados de diciembre, la revista de la American Chemical Society ACS Central Science publicaba un artículo de Alla Katsnelson titulado "Las impresoras 3D entran en la cocina", que me voy a permitir resumir para los más cocinillas de mis seguidores. La autora comienza su relato contando que los militares americanos están recurriendo a las impresoras 3D para preparar raciones específicas para sus soldados. Al mismo tiempo, sus laboratorios especializados están investigando los desafíos a los que enfrentarse para hacer de esta herramienta algo más versátil en usos gastronómicos. Cosa que, como todos intuiréis, no es fácil, sin más que comparar las diferencias entre usar un plástico para fabricar objetos (como hace la impresora del vídeo arriba citado) y usar alimentos para fabricar raciones para un soldado o un cliente de un restaurante.

Y eso es lo que fue constatando desde principios de este siglo un tal Hod Lipson, ingeniero de robótica de la Universidad de Columbia, que la autora del artículo señala como "uno de los primeros en explorar la impresión 3D con alimentos". Al principio, la mayoría de las impresoras solo podían fabricar objetos tridimensionales con un solo material pero Lipson y su grupo necesitaban imprimir piezas constituidas por varios materiales. Y para calibrar el funcionamiento de su impresora, usaron algunos "materiales" baratos y accesibles con los que la máquina trabajaba razonablemente bien, como chocolate, algunos tipos de queso o masa para galletas. Y a partir de los resultados que fueron obteniendo, la linea de impresión de alimentos tomó su propio cuerpo en el laboratorio de Lipson que, en 2006, lanzó una impresora de código abierto para permitir que académicos y profesionales exploraran las posibilidades de la técnica.

Una de las principales diferencias entre usar como material de partida un plástico o sustancias que vayamos a comer está en que el primero es fácil de fundir al entrar en la boquilla para luego salir, cual churro viscoso pero líquido, de una forma controlable. Ajustar la viscosidad del churro emergente (y por tanto su velocidad de salida) no es un problema grave para expertos en Reología de plásticos como los que siempre ha habido en mi Departamento. Pero el churro de plástico solidifica al enfriarse y proporciona estabilidad dimensional a la figura que se ha fabricado con él. Conseguir eso mismo con un puré de zanahorias, como el que se usa en la foto que ilustra el artículo de la Katsnelson, es ya otro asunto. Me imagino que implicará el uso de aditivos que le den, al menos, una cierta consistencia de gel, pero no tengo ni idea.


Aún y así, sorprenden algunos de los resultados que se están consiguiendo. En esta moda de reproducir hamburguesas y bistecs (hasta en Donosti tenemos una empresa que lo hace a partir de células madre de animales), Alla Katsnelson cita a una compañía israelí cuyo nombre lo dice todo, Redifine Meat, que está explorando como reproducir con una impresora 3D las fibras musculares, las inclusiones de grasa y el tejido conectivo de una pieza de carne, usando solo fibras vegetales. Y el resultado que aparece en la foto de arriba parece convincente.

Como siempre digo en estas cosas ultranovedosas, ver venir...

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lunes, 27 de diciembre de 2021

Los polímeros de Elena Ceausescu


El día de Navidad de 1989 nos despertamos con las impactantes imágenes de la ejecución, tras un peculiar "juicio", del dictador rumano Nicolae Ceausescu y su esposa Elena. Ahora, treinta y dos años más tarde y también en fecha parecida, he podido leer un interesante artículo de Melissa Davey, en el periódico británico The Guardian, que se hace eco de los intentos de una serie de investigadores rumanos para hacer desaparecer como autora a Elena Ceausescu de unas decenas de artículos científicos. Entienden que dicha autoría es fraudulenta, consecuencia de la presión ejercida por el Régimen sobre sus verdaderos autores para construir así una falsa reputación científica de la esposa del Líder.

Tras una búsqueda bibliográfica en la Web of Science, seleccionando como autora a Elena Ceausescu, he podido comprobar que aparecen 47 documentos directamente atribuibles a ella, de los cuales 13 son patentes, 29 son artículos científicos convencionales y el resto son de otra índole. Muchos están publicados en revistas rumanas de poca relevancia internacional pero otros lo están en revistas conocidas de polímeros o de catálisis, editadas por reputados Grupos editoriales, de cuyas webs es todavía posible descargarse los documentos en cuestión.

Elena Ceausescu se graduó en Química en el Instituto Politécnico de Bucarest y tras su graduación empezó trabajando, parece que como técnico de laboratorio, en el Instituto Nacional de Investigación y Desarrollo en Química y Petroquímica (ICECHIM), en su Departamento de Elastómeros (cauchos) que, como mis sagaces lectores saben, es un tipo de polímero. Uno de los investigadores implicados en la reivindicación de los verdaderos autores de la bibliografía de la Ceausescu dice que, probablemente, esos comienzos fueron la razón por la que optó por "especializarse" en polímeros, después de que su marido ascendiera al poder y ella decidiera que era conveniente aparecer como una reputada científica.

La elaboración de su Tesis Doctoral y su posterior defensa estuvo también trufada de todo tipo de irregularidades. Titulada "Polimerizarea stereoespecifica a izoprenului" (polimerización esterereoespecífica de isopreno) se leyó a puerta cerrada (cosa inusual) tras una serie de trifulcas con académicos que se negaron a avalarla. Un ejemplar, editado posteriormente, puede verse en la foto que ilustra esta entrada. Durante años se corrió el bulo de que la Tesis la había escrito el Prof. Cristofor Simionescu, una figura relevante en el mundo académico relacionado con la celulosa (otro polímero). Hoy sabemos (tras agradecer al traductor de Google el permitirnos leer rumano) los nombres de los cuatro investigadores que escribieron la Tesis y que aparecen como coautores en algunos de los artículos de la Ceausescu. Y sabemos también que Simionescu se escabulló de la lectura de Tesis, argumentando que estaba enfermo.

A estas alturas de la película habrá más de un lector mosqueado conmigo por haberme metido en este jardín, pero es fácil de explicar por qué el artículo de The Guardian llamó inmediatamente mi atención. Resulta que mi Director de Tesis, el Prof. Gonzalo M. Guzmán, era amigo de Simionescu porque ambos estaban implicados en campos muy próximos del mundo de los polímeros de celulosa y almidón y se habían encontrado en reuniones y congresos. Y Simionescu, en los años 80, era el editor de una revista que todavía existe, Cellullose Chemistry and Technology. Nunca ha sido una revista de las más afamadas, pero mi jefe nos insistió durante aquellos años para que algo de lo que entonces hacíamos los incipientes poliméricos de la cochambrosa Facultad del barrio donostiarra de Alza, lo enviáramos a la revista de su amigo Cristofor, que seguro que lo consideraría con cariño. Así que el CV de este vuestro Búho contiene dos artículos publicados en esa revista, uno del año 1981 y otro del año 1985.

Pero las implicaciones de los poliméricos donostiarras en la historia que os estoy contando va todavía más lejos. Como consecuencia del creciente renombre de la Ceausescu (varias Universidades extranjeras le nombraron Doctor Honoris Causa), la rumana pudo maniobrar suficientemente en el ámbito internacional de los polímeros y, más concretamente, en la IUPAC (Unión Internacional de la Química Pura y Aplicada), consiguiendo que la edición de 1983 de los renombrados International Symposia on Macromolecules se celebrara en setiembre de ese año en Bucarest. Y allí se fueron dos colegas, vecinas del despacho contiguo al mío durante años. Aunque se perdieron la apertura del Congreso por parte de la Simionescu, porque no llegaron a tiempo al ser retenidas en Hungría por no llevar visado para ese país. Todavía se acuerdan de las vicisitudes.

El título del artículo de The Guardian habla de "la larga cola del fraudulento trabajo científico de Elena Ceausescu". Buscando documentación para esta entrada he podido comprobar que el asunto de los fraudes en las publicaciones científicas rumanas no murió con los Ceausescu, llegando incluso a afectar a Victor Ponta que fue Primer Ministro del país entre 2012 y 2015.

Y esto es todo amigos por este año. Sed lo más prudentes que podáis.

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