lunes, 29 de agosto de 2022

Turbinas eólicas y su reciclado

He procurado trasmitir siempre a mis estudiantes la idea de que, en lo relativo a la evidencia científica sobre cualquier tema, y como pasa en otros aspectos de la vida, casi nada es blanco o negro sino que su color anda en la gama de grises. Y en el asunto de las energías alternativas o "verdes" pasa lo mismo. Ni la energía generada por las turbinas eólicas es la solución maravillosa desde el punto de vista ambiental ni la proveniente del gas natural es una caca. Y de turbinas y de los problemas que nos están ya generando con el final de la vida activa de sus palas va esta entrada. Motivada porque, en muy poco tiempo, he dado con dos interesantes artículos sobre el tema, uno centrado en el caso americano, proveniente de mi sempiterno Chemical and Engineering News, y otro que aborda las estrategias europeas al respecto.

Símbolo preclaro de la generación de electricidad verde (a nivel global generaron en 2020 el 6% de la electricidad consumida), estas grandes turbinas eólicas son enormes acumulaciones de acero, cemento y plástico, tres de los cuatro pilares (el cuarto son los fertilizantes) que Vaclav Smil define en su libro How the World Really Works como fundamentales para nuestra vida actual. Y, al mismo tiempo, cuatro procesos industriales que nos va a costar mucho desengancharlos del consumo de combustibles fósiles. Porque como decía hace poco mi antiguo estudiante y amigo, Josu Jon Imaz, Consejero Delegado de Repsol, "electrificar no es descarbonizar".

Los cimientos de esas enormes turbinas son de hormigón armado, sus torres y rotores son de acero y sus enormes palas son principalmente resinas poliméricas (alrededor de 15 toneladas para una turbina de tamaño mediano). Por no hablar de que todas estas piezas gigantes deben ser llevadas al sitio de instalación por camiones de gran tamaño propulsados por gasoil y montadas por grandes grúas de acero. O de la cantidad de lubricantes que deben emplearse para que el rotor rote, generalmente provenientes del petróleo. Pero en esta entrada, como decía antes, nos vamos a centrar en las palas porque son de naturaleza polimérica en gran parte de su estructura y porque un servidor tiene alguna experiencia profesional al respecto que me ayudará a contaros una historia.

Como nada es eterno, las palas de las turbinas eólicas tienen también una vida limitada y acaban por no cumplir la labor para la que se las fabricó y, por tanto, hay que cambiarlas en periodos de tiempo que, se estima, van entre los 15 y 25 años. Y hacer algo con ellas. Solo en Estados Unidos se estima que en 2021 se desmontaron del orden de 8000 palas que equivalen a unas trescientas cincuenta mil toneladas. Y en Europa podemos ya andar por el medio millón de toneladas. En un estudio de 2017, se estimaba que para 2050 y a nivel global, se nos podrían acumular sobre la faz de la Tierra del orden de cuarenta y tres millones de toneladas. Y si queréis leer algo sobre la situación española podéis acudir a este enlace que me ha pasado un lector.

En el momento presente, la gran mayoría de esas palas, sobre todo las americanas, van a parar a vertederos y la principal razón para esa solución poco sostenible es que reciclarlas es harto complicado. En su composición, más del 80% de la masa de la pala es un material compuesto (o composite). Entre el sesenta y el 70 % de la masa de ese material compuesto consiste en fibras de refuerzo, principalmente fibra de vidrio, aunque también algo de fibra de carbono. El resto es una resina polimérica (generalmente epoxi) que aglutina esas fibras largas y rígidas en una matriz sólida, relativamente ligera, en la que fibras y resina están íntimamente mezcladas. Con lo que, para reciclarlas, hay que separarlas.

Esas resinas  son lo que los poliméricos llamamos polímeros termoestables. Para que no os enredéis en estos tecnicismos, usaremos el ejemplo de ese adhesivo que casi todo el mundo conoce y que desde hace años se ha vendido bajo el nombre comercial de Araldit. Se presenta en dos tubos, uno con una resina epoxi propiamente dicha y otro con agentes que van a provocar su endurecimiento (curado) cuando el contenido de ambos tubos se mezcla. Y una vez endurecida, esa resina no puede reciclarse a la manera que hacemos con los termoplásticos o plásticos convencionales, que podemos calentar, fundir y moldear dando vida a un nuevo objeto. De ahí lo de termoestables y de ahí la dificultad de separar la resina de las fibras de vidrio o carbono que une íntimamente.

Del papel de las resinas en las palas algo sabe el Búho. No en vano, a finales de los noventa, nos enseñaron la planta denominada Fiberblade, en Alsasua, donde se empezaron a fabricar, casi de forma manual, las primeras palas de turbina que Gamesa empezó a montar en España. Luego, un amigo fue el artífice del montaje de la primera planta de Gamesa en China y, más tarde, desde el Instituto Polymat tuvimos años de colaboración con Gamesa, a la hora de controlar los procesos de endurecimiento de los preimpregnados de resinas epoxi y fibras (prepegs), de cara a buscar las condiciones idóneas para llevar a cabo el proceso de curado.

Planteado el problema del reciclado de las palas y tratando de que todo no vaya a los enormes vertederos que se necesitan al efecto, la gente del ramo eólico anda ya buscando alternativas a ese desecho. La que parece que ha calado en algunos países como Alemania, consiste en cortar las palas en trozos pequeños y después triturarlos y utilizarlos tal cual en los hornos de las cementeras. Allí se quema la resina (un compuestos de carbono) produciendo parte de la energía necesaria en el funcionamiento del horno, sustituyendo a los combustibles fósiles. Eso, además, deja las fibras libres de resina que, posteriormente, se usan en la preparación de unos cementos especiales, con acomodo en el mercado.

En la fabricación estándar de cemento, se calienta una mezcla de piedra caliza molida y arcilla en un horno rotatorio para producir un material conocido como clínker. Luego se mezcla el clínker con yeso. El proceso convierte el carbonato de calcio, el componente principal de la piedra caliza, en óxido de calcio liberando dióxido de carbono. Una forma bien conocida de reducir las emisiones de CO2 de las cementeras es sustituir una parte de la piedra caliza por materiales ricos en sílice para fabricar tipos alternativos de cemento. La fibra de vidrio de las palas de las turbinas eólicas proporciona ese material rico en sílice.

Otra vía implica no quemar sino pirolizar los trozos en los que se han cortado las palas, esto es, someter al material a altas temperaturas pero sin llama, para conseguir que la resina se acabe descomponiendo en gases y vapores que puedan ser utilizados en procesos químicos de síntesis de nuevos materiales, reemplazando a los derivados de las plantas petroquímicas. Y dejándonos libres las fibras para ulteriores usos. Finalmente, hay también soluciones un tanto esotéricas, como usar trozos relativamente grandes de las palas en el diseño de parques infantiles. O pensar que podemos volver a los viejos molinos de viento y hacer que esas palas, que cada vez tienden a ser más grandes, se puedan fabricar a partir de biomasa, como madera de bambú. O, como me ha escrito un lector en los comentarios, usar resinas de polímeros biodegradables y luego, cuando las palas se retiran, emplear la resina para fabricar....gominolas.

Ya veremos. O ya veréis, porque para cuando esto se aclare me da que yo ya seré polvo de carbono, venteado por las innumerables turbinas que se supone que va a haber.

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lunes, 15 de agosto de 2022

Microplásticos y otras micropartículas en el mar


Uno puede pensar que los microplásticos son unos recién llegados a los océanos y que, antes de ellos, todo era limpio y natural: agua salada, peces y otros organismos vivos que viven en el mar. Y, por tanto, la irrupción de las partículas microscópicas de plásticos, a mediados del siglo XX, es un desastre en si mismo, con implicaciones visuales, ecológicas e incluso morales para los ciudadanos que vemos su crecimiento continuado en las últimas décadas. Siendo todo ello verdad, lo cierto es que en el mar se encuentran dispersas muchas otras micropartículas, algunas naturales y otras antropogénicas (derivadas de la actividad humana) que tienen una ubicuidad similar o mayor a la de los microplásticos y unos efectos adversos en los seres vivos que compiten con los tradicionalmente atribuidos a los microplásticos.

Eso es al menos lo que se deriva de un reciente artículo publicado este febrero en la revista Nature en su sección Reviews. Los autores identifican primero micropartículas omnipresentes en el mar, en el aire o en el suelo que no son lo que entendemos por microplásticos. Como las micropartículas de tipo inorgánico o mineral, como  la arena, el limo, la sílice o las arcillas. Materia orgánica, constituida fundamentalmente por compuestos de carbono y que se deriva de la descomposición de algas, detritus producidos por el fitoplancton y el zooplancton (como pretende ilustrar la figura que ilustra esta entrada) y microfibras naturales ( como el algodón, la lana, la seda, etc.) que, como ya vimos en otra entrada, parecen predominar en el mar sobre las de origen sintético. Finalmente, materia constituida casi exclusivamente por carbón, como los hollines o el carbón orgánico, derivados de la combustión incompleta de combustibles fósiles o de biomasa.

Los riesgos derivados de la presencia de los microplásticos en el mar, que se suelen leer en los medios, se pueden resumir en unas pocas lineas. Primero, se les atribuye una persistencia en el medio ambiente de decenas, centenares o miles de años. Si tenemos en cuenta que la mayoría de los plásticos llevan solo unas decenas de años en la faz de la Tierra, es preciso extrapolar ensayos de laboratorio para poderles atribuir esas largas persistencias, algo que conlleva una gran incertidumbre. Otro riesgo ya comprobado, sobre todo en experimentos de laboratorio y muchas veces en condiciones lejanas a las que se dan en el mar, es que pueden causar todo tipo de problemas a los organismos que los ingieren, sobre todo si el tamaño que presentan puede generar obstrucciones a nivel del tracto digestivo. 

Pero los riesgos más publicitados sobre los microplásticos tienen una faceta indiscutiblemente química. Aunque intrínsecamente son inertes, esos microplásticos pueden lixiviar (soltar al mar) sustancias no poliméricas en ellos contenidas, como restos de los monómeros empleados en su fabricación, plastificantes como los ftalatos para hacerlos más moldeables u otras sustancias añadidas (colorantes, protectores contra el fuego, etc.). El otro riesgo "químico" de los microplásticos es que, como ya contamos aquí,  puedan actuar como vectores químicos de sustancias peligrosas ya existentes en el mar, derivadas de pasadas actividades humanas, como el DDT, los PCBs, PBDEs y otros. Esas sustancias, denominadas de manera global Compuestos Orgánicos Persistentes (COPs), disueltas en pequeña cantidad en el agua de mar, tienen una alta tendencia a absorberse en los microplásticos. Si luego un pez, confundiéndolos con una presa, se los come, pudiera ocurrir que en el intervalo de tiempo que los microplásticos permanecen en el cuerpo del animal, esas sustancias químicas se absorbieran en la materia grasa del mismo y acabaran en nuestro organismo si consumimos ese pescado.
Pues bien, todas las micropartículas arriba mencionadas y que se encuentran en el mar, compartiendo espacio con las partículas de microplásticos, tienen características muy similares a ellas, como puede verse en la tabla de la derecha, que podéis ampliar clicando en ella y que proviene del artículo mencionado arriba. Y así, su tamaño medio está en el orden de las micras, su permanencia en el mar es de centenares o miles de años, sus densidades son similares a las de los plásticos, entre 1 y 2 gramos por centímetro cúbico, lo que les permite ocupar igual que ellos la totalidad de la columna de agua. Y, finalmente, las concentraciones en las que se encuentran en el agua son similares o superiores a las de los propios microplásticos. Es decir, esas micropartículas no son muy distintas de los microplásticos ni lo son sus potenciales riesgos para los habitantes del mar.

Y así, la sola presencia de micropartículas inorgánicas en el interior de los organismos vivos pueden causar similares problemas a los causados por los microplásticos. Para entenderlo basta con considerar los problemas causados en los humanos por el polvo de amianto o la silicosis causada por el polvo de carbón. O, fuera de exposiciones ligadas a ámbitos de trabajo u ocupacionales, la preocupación se manifiesta en el seguimiento que hacemos en las ciudades de las micropartículas existentes en el aire, las famosas PM10 y PM2,5, como forma de prevenir ciertas enfermedades respiratorias o el propio cáncer.

Pero es que, además, las partículas de materia carbonosa, como los hollines, contienen y pueden soltar en el agua del mar (lixiviar) cantidades sustanciales de hidrocarburos aromáticos policíclicos (HAPs), sustancias peligrosas que, fuera del mar, causaron los cánceres infantiles en niños dedicados a deshollinar chimeneas y están presentes en la combustión del tabaco. Y, para terminar, todas las micropartículas de naturaleza orgánica y carbonosa arriba descritas pueden absorber y actuar como vectores de los mismos Contaminantes Orgánicos Persistentes (COPs) que los microplásticos.

Así que los autores del artículo arriba mencionado concluyen que el estudio de los riesgos de los microplásticos en los océanos no se pueden estudiar por separado, sino que es preciso un enfoque conjunto con la totalidad de micropartículas existentes en los mares y que pueden afectar igualmente a la vida marina.

Solo así podremos evaluar adecuadamente los verdaderos riesgos de los microplásticos.

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viernes, 29 de julio de 2022

En la muerte de James Lovelock

El pasado martes, 26 de julio, el mismo día que cumplía 103 años, James (Jim) Lovelock falleció en su casa del pequeño pueblo inglés de Abbotsbury como consecuencia de complicaciones derivadas de una reciente caída. Dice la Wikipedia que Lovelock fue un médico, meteorólogo, escritor, inventor, químico atmosférico y ambientalista inglés. Todo eso es cierto, y si se me permite un añadido, diré también que ha sido un personaje polémico en la mayoría de los temas en los que se vio implicado a lo largo de su vida científica. Si queréis constatarlo con sus propias palabras, podéis leer su libro en castellano de 2007, titulado "La venganza de la Tierra" con opiniones que han levantado ampollas en temas como el cambio climático, la lluvia ácida, el agujero de ozono, los movimientos ecologistas o su apuesta por la energía nuclear como única forma de revertir a la Tierra (que Lovelock denominaba muchas veces por el nombre de Gaia), a su estado de equilibrio autorregulador.

Sobre la hipótesis Gaia, tan famosa en el ámbito ecologista, nada diré. Primero porque no me considero ni mediano conocedor del tema y, segundo, porque ya lo leeréis en los muchos obituarios que se están escribiendo sobre el fallecido. Este vuestro Búho, seguidor de Lovelock desde hace muchos años, ha preferido hoy, como pequeño homenaje a su figura, actualizar una de las primeras entradas en este Blog, escrita solo tres semanas después de haberlo inaugurado (2006), y que estuvo dedicada a un invento suyo que revolucionó el análisis químico de la época.

Ese invento, el llamado detector de captura electrónica (ECD), supuso mejorar en gran medida los niveles de detección de sustancias químicas, al utilizarlo en una técnica que se estaba implantando en los laboratorios de análisis químico de los años cincuenta, la cromatografía de gases, aún hoy una de las herramientas más versátiles para cualquier laboratorio químico. En la foto que ilustra esta entrada (se puede ampliar clicando sobre ella) podéis ver a Lovelock en el Museo de la Ciencia de Londres junto a uno de los primeros montajes en los que utilizó su detector.

Lovelock entró en contacto con la cromatografía de gases en el verano de 1951 cuando dos de sus colegas en el Instituto Nacional de Investigación Médica (NIMR), A. Martin y T. James, introdujeron dicha técnica en sus laboratorios, como consecuencia de las expectativas que la misma estaba levantando. La técnica había interesado no solo a la incipiente industria petroquímica que necesitaba un método rápido de separación, identificación y cuantificación de los componentes de las complejas mezclas existentes en sus líneas de producción. También había interesado a bioquímicos y analíticos como posibilidad de separar productos muy similares y que se encontraban mezclados en cantidades muy pequeñas.

Y de hecho, en ese problema estaba Lovelock, que andaba interesado en ver los efectos de las bajas temperaturas (criogenización) en la evolución de los ácidos grasos de los lípidos constitutivos de las membranas celulares. Ello implicaba medir concentraciones muy pequeñas, dado el tamaño de las muestras de tejido de animales empleados en el laboratorio. Aunque desde los colegas del NIMR le dieron el clásico consejo que muchas veces hemos dado los que nos hemos dedicado a caracterizar sustancias y materiales (”no me vengas con muestras tan pequeñas, procura producir más cantidad acumulando experimentos y luego vuelves"), alguien le sugirió que quizás tuviera que desarrollar un detector más sensible que el hasta entonces empleado en los equipos de cromatografía.

Y nuestro Lovelock lo consiguió. Y, lo que es más importante, lo hizo en el momento oportuno. Hasta esos años cincuenta, los toxicólogos estaban acostumbrados a tener que analizar insecticidas y plaguicidas inorgánicos como el arsénico blanco que, con técnicas analíticas clásicas, podían detectarse hasta niveles de 0.2 partes por millón (ppm), o lo que es lo mismo, en la proporción de 0.2 gramos del contaminante por cada tonelada de masa analizada. Pero cuando los biólogos que estudiaban la vida marina empezaron a evidenciar que insecticidas organoclorados como el DDT o el Dieldrin se habían acumulado en pequeñas cantidades en crustáceos y peces con resultados fatales, fue evidente que para detectar esos problemas adecuadamente había que llegar a niveles de detección cientos o miles de veces inferiores, del orden de las partes por billón (ppb). En el curso de esa década de los cincuenta la sociedad americana estuvo además particularmente alarmada por la detección de otros productos químicos en alimentos, como el famoso caso de los arándanos y el aminotriazol de 1959.

En 1962, la bióloga marina Rachel Carson publicó su famoso libro “La primavera silenciosa”, que puso la diana en los efectos del uso desmesurado y no regulado del DDT, un insecticida cuya producción se triplicó entre los años 1953 y 1959. Para el establecimiento de cómo se había introduciendo el DDT en diversas especies con efectos perjudiciales, resultaron claves las medidas analíticas que se pudieron hacer con el detector de Lovelock. Bien es verdad, y Lovelock lo dice claramente en el capítulo sexto de su libro de 2007, que la prohibición del uso del mismo en USA por parte de la Agencia de Protección del Medio Ambiente (EPA) en 1972 y que imitaron muchos otros países, "fue un acto egoísta y erróneo llevado a cabo por radicales del primer mundo. Los habitantes de países tropicales han pagado un alto precio en muertes y enfermedades por no poder utilizar el DDT para controlar la malaria". De esto ya hablamos en otra entrada de este Blog.

Desde esos años sesenta, los detectores que han seguido al invento de Lovelock han llegado a alcanzar sensibilidades a los plaguicidas cien millones de veces mayores que las que tenían las primeras técnicas empleadas en su análisis. El progreso alcanzado es tan grande que ni siquiera las personas más implicadas en ello podían predecirlo. Francis Gunther, una figura señera en el análisis del DDT durante los años 50 y 60 decía, todavía a principios de los setenta, que llegar a detectar 1 parte por trillón (ppt), 1 gramo de DDT en un millón de toneladas de muestra contaminada, era como "creer en las hadas".

Bien, y aquí estamos, con técnicas que nos permitirían detectar minúsculas cantidades de un contaminante en millones de toneladas de muestra. Todo un logro de la Ciencia, en un plazo de tiempo increíble, motivada por resolver un problema que alteraba el clima social y presionada por las instituciones. Analizado así parece un ejemplo prototípico del papel de la Ciencia en la sociedad actual. Y sin duda alguna lo es, pero algunos pensamos que la actual ansiedad sobre los productos químicos, eso que llamamos Quimiofobia, hubiera tardado mucho tiempo en penetrar en el tejido social si no se hubieran dado desarrollos tan vertiginosos como el del detector de Lovelock. Llegamos así a un punto en el que el problema analítico está básicamente resuelto pero el sociológico permanece irresoluble, dadas las controversias sobre la ubicuidad de las sustancias químicas en todo lo que comemos, bebemos o respiramos y sobre los umbrales a partir de los que una sustancia debe considerarse perjudicial.

Porque, extrapolando, podemos llegar a la opinión de la propia Carson que abogaba por una tolerancia “cero” frente a sustancias producidas por el hombre. El problema es identificar qué se considera "cero", algo que depende evidentemente de la sensibilidad que tengan las técnicas de detección que empleemos en el laboratorio. En el libro de 2007 arriba mencionado, Lovelock deja claro que el no es partidario de esa filosofía de la Carson y hace suya la frase de Paracelso tantas veces citada en este blog: “es la dosis la que hace el veneno”. Como consecuencia de nuestra alimentación, nuestro propio organismo está plagado de sustancias que son tóxicas a partir de un cierto nivel y, sin embargo, las toleramos perfectamente en los niveles que habitualmente alcanzan. Y la mayoría son de origen natural o incluso producidas por nuestro propio organismo.

El detector de Lovelock fue también clave en la detección de los compuestos clorados causantes del agujero en la capa de ozono. En ese asunto, Lovelock mostró también su espíritu escéptico y peleón, pero sobre eso hablaremos en otra entrada en la que actualizaré la escrita, también hace años, sobre el citado agujero.

Que su Gaia le sea leve al amigo Jim. Seguro que no le parecería mal que le cite aquí como un ejemplo más de la longevidad de los químicos, a pesar de su dilatado contacto con sustancias químicas. Siempre y cuando una mísera caída no se cruce en su camino.

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domingo, 17 de julio de 2022

Regulando la homeopatía

Mi última entrada sobre homeopatía data de enero de 2019. Al final de la misma decía que creía que no volvería a publicar más sobre el asunto y aproveché la ocasión para agrupar todas mis entradas al respecto (14) bajo la categoría Homeopatía que podéis seleccionar a la derecha de la página. Desde 2018, tampoco he dado charla alguna sobre el tema y, cuando preparé la última, había muchos medios hablaban de una inminente regulación de los productos homeopáticos en España. He seguido las noticias posteriores, casi siempre polémicas, sobre los pasos que se han ido dando para esa regulación y creo que ahora es buen momento para contar el estado de la cuestión.

Viviendo en un limbo legal desde 1994, el toque de corneta para regular los productos homeopáticos en España se produce con una Directiva europea que data de 2001. Tras nada menos que seis años, y en el Real Decreto 1345/2007, de 11 de octubre, que regulaba el procedimiento de autorización, registro y condiciones de dispensación de los medicamentos de uso humano fabricados industrialmente, se incluía una Sección de varios artículos dedicada a los medicamentos homeopáticos vendidos en farmacias con formato convencional. El artículo 55 de ese Decreto establece una singularidad para los productos homeopáticos que ha sido duramente criticada por científicos, Instituciones médicas y hasta Gobiernos autonómicos.

Esa singularidad establece que a la hora de autorizar la venta de un producto homeopático, que ya pasaría así a la categoría de medicamento homeopático, existen dos vías. Una, la habitual para cualquier medicamento con indicación terapéutica demostrada y dos, y aquí viene la bomba, un procedimiento simplificado especial de medicamentos homeopáticos para el que no se necesita demostrar su eficacia terapéutica. El Gobierno español ha tratado de eliminar esa vía en Bruselas pero ya a finales de 2018 parecía estar claro que habían perdido la batalla y que la Unión Europea pensaba que su Directiva de 2001 estaba bien.

Por muy increíble que parezca que un producto pueda denominarse medicamento (y venderse como tal) sin necesidad de probar su eficacia terapéutica, lo cierto es que llovía sobre mojado. Fernando García Alonso, que era Director de la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios (AEMPS) cuando se preparó la ya mencionada Directiva de 2001, recordaba en una entrevista con El País en el año 2003 los entresijos de las arduas negociaciones que tuvieron lugar antes de que esta viera la luz:

"Cuando estábamos discutiendo en Bruselas la nueva directiva, nosotros mismos nos dábamos cuenta de que estábamos haciendo algo en contra de nuestros principios. Los representantes de los países nórdicos, que eran los más puristas, se plantaron y dijeron que ellos no podían aceptar una directiva que aceptaba atribuir la condición de medicamentos a productos cuya eficacia clínica no está demostrada científicamente. Por contra, los países que tienen una industria próspera en este terreno los defendían fervientemente. ¿Cuál es la conclusión?. Que privan las razones económicas. Aunque, como todos tenemos nuestra alma, acordamos que estos medicamentos llevarán una leyenda que dijera: "La eficacia de este medicamento no se ha demostrado mediante métodos científicos". Me parece que con la fórmula no se engaña a nadie. Lo que ocurre con los medicamentos no es, al fin y al cabo, más que el reflejo de lo que ocurre en otras parcelas de la realidad".

Así que a pesar de su pataleta ante Europa, al Gobierno español de 2018 no le quedó otro remedio que usar la legislación europea vigente y, con el Real Decreto de 2007 en la mano, empezar a regular la venta de los preparados homeopáticos como medicamentos. Para ello, instó a la AEMPS a poner en marcha el citado procedimiento simplificado y en abril de 2018 habilitó un plazo para que los fabricantes de todos los productos homeopáticos que se vendían en las farmacias de España le comunicaran su intención de adecuarse a la Directiva europea y al Decreto español (diecisiete y once años después de sus respectivas promulgaciones).

Finalizado ese plazo, la AEMPS publicó a finales de octubre de 2018 una resolución que daba cuenta de los productos homeopáticos que se le habían comunicado y fijó un calendario para que las empresas titulares solicitaran la correspondiente autorización de comercialización. Solo los productos homeopáticos que se encontraban en esa resolución, en una lista de más de dos mil preparaciones, podían seguirse comercializando hasta que la AEMPS evaluara la documentación y tomara una decisión que les autorizara a venderse como medicamentos homeopáticos de acuerdo con la normativa que os he explicado arriba.

Los que no comunicaron a la AEMPS su intención de adecuarse a la normativa no podían seguirse comercializando y los que estuvieran ya en las farmacias tendrían que ser retirados. Y de hecho, en el momento de redactar estas líneas se puede ver una lista de 1093 preparados que, según la AEMPS, han sido retirados del mercado.

En el tiempo transcurrido desde octubre de 2018, la AEMPS ha ido evaluando la documentación recibida por parte de los fabricantes y, hasta el 23 de junio de 2022 había autorizado, ya como medicamentos, 757 preparados homeopáticos. Todos ellos parecen haber optado por la vía simplificada ya que, si entráis en la ficha técnica o en el prospecto aprobado que pueden verse en esa lista, veréis que en ambos sitios figura la frase "Medicamento homeopático sin indicación terapéutica aprobada (Directiva 2001/83/CE)". Se supone que esa lista de 757 se seguirá ampliando a medida que se vaya considerando la documentación aportada por los fabricantes del resto de preparados que se manifestaron interesados en seguir la normativa.

Pero hay todavía cosas que este vuestro Búho va a seguir vigilando porque anda con la mosca detrás de la oreja. La AEMPS mantiene una página online denominada Centro de Información de Medicamentos (CIMA) en la que los profesionales pueden consultar diversos aspectos sobre los medicamentos autorizados por la AEMPS. Si en esa página se pica en el enlace denominado Buscador para profesionales sanitarios, uno puede localizar medicamentos por el principio activo que contienen, la empresa que lo fabrica o el llamado Código Nacional, una especie de matrícula de cada medicamento.

Pues bien, podéis intentar localizar, por ejemplo, uno de los medicamentos autorizados por la AEMPS: el llamado Apis Mellifica glóbulos, un medicamento homeopático a partir del veneno de las abejas, comercializado en España por Boiron, la multinacional francesa, con el Código Nacional 733309. Y comprobaréis que, usando cualquiera de esos datos, no aparece. Y lo mismo os pasará probando con otros homeopáticos autorizados...

No sé si pensar que la web del CIMA no está debidamente actualizada en lo que a homeopáticos se refiere o es una forma encubierta de protesta de la AEMPS por haberles obligado a tragar con algo que no comparten. Pero si alguien conoce otra razón, no tiene más que escribirlo en los comentarios.

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domingo, 26 de junio de 2022

Hogueras y dioxinas

Las hogueras de San Juan de este pasado jueves en Donosti acabaron pasadas por agua merced a una bonita tormenta veraniega. Aún y así, se encendieron 18 fogatas legales y supongo que unas cuantas ilegales. Estos mismos días, ando documentándome sobre la toxicidad de las dioxinas para poder dar una charla al respecto. Hace ya seis años que os hice una revisión histórica y una puesta al día sobre ellas pero necesito mas datos para una charla de hora y pico. Entre la documentación que ahora estoy manejando está la del derrumbe y posterior incendio del vertedero de Zaldíbar el 6 de febrero de 2020. Junto con mi amiga Ainara Sangróniz, que es de Elgeta (no muy lejos de Zaldíbar), hicimos un seguimiento muy detallado de los niveles de dioxinas generados por un accidente en el que fallecieron dos trabajadores, uno de los cuales ha quedado enterrado para siempre en el sellado que ha clausurado el vertedero.

Al hilo de la abundante documentación publicada sobre Zaldíbar y de las distintas polémicas que se suscitaron en los medios a propósito de los recomendaciones emitidas por el Gobierno Vasco así como de los datos publicados por el mismo, hay un asunto muy interesante que tiene que ver con las hogueras de San Juan y que voy a usar de hilo conductor en esta entrada para aclarar algunos extremos sobre la toxicidad de las dioxinas.

En las proximidades de la localidad guipuzcoana de Usúrbil hay un captador de muestras de aire que posteriormente se analizan para comprobar la calidad del mismo. Entre noviembre de 2017 y junio de 2019 en esa estación se recogieron 45 muestras. Entre ellas, la muestra recogida entre las 00.00 horas del día 23 de junio de 2018 y las 23.59 horas del día siguiente exhibía unos niveles de dioxinas treinta y dos veces mas altos que la media que se había venido recogiendo en esa estación hasta entonces. El Instituto de Investigación Sanitaria Biodonostia, que cuelga del Servicio Vasco de Salud (Osakidetza) emitió en su día un extenso informe al respecto.

El término dioxinas (que suele englobar también a sus primos los furanos) hace referencia a una muy numerosa familia de 210 compuestos químicos diferentes (75 son dioxinas y 135 furanos). Algunos (unos 17) son verdaderamente tóxicos aún en dosis muy pequeñas y así, por ejemplo, una de las dioxinas, la 2,3,7,8-tetraclorodibenzo-p-dioxina, conocida por el acrónimo 2378-TCDD, suele citarse como la sustancia más tóxica del mundo mundial, aunque sobre eso podríamos hablar más en detalle aunque no es el sitio ni el momento. Las concentraciones de dioxinas en el aire (que es el medio que aquí nos interesa) se dan habitualmente en femtogramos por metro cúbico de aire (1000 litros de aire). Un femtogramo es una cantidad casi ridícula (0.000000000000001 gramos) pero esa aparente ridiculez sirve también para valorar que estamos tratando con sustancias harto peligrosas. Y para ilustrar a que niveles estamos los químicos detectando y midiendo los peligros a los que nos enfrentamos.

Pues bien, el 19 de febrero de 2020, cuando el vertedero de Zaldíbar estaba aún a medio apagar, el Diario Vasco publicó un artículo a página completa cuyo titular decía "Una hoguera en Usúrbil con 10 veces más de dioxinas" en el que se explicaba que el estudio de Biodonostia antes citado mostraba que la noche de San Juan de 2018 se había medido un pico de casi 6800 femtogramos por metro cúbico de dioxinas en el aire de la localidad guipuzcoana, cuando en el vertedero de Zaldíbar se habían medido tres días antes de la noticia una cifra en torno a 700. Algo ciertamente sorprendente a la vista de las imágenes que se estaban publicando sobre las labores de extinción del vertedero y las medidas que se habían ido tomando (cierre de escuelas, recomendación de no salir a la calle.... hasta suspensión de un partido de fútbol del Eibar). La noticia tenía también implicaciones políticas dadas las malas relaciones entre el periódico y la izquierda abertzale, tradicional gobernante en Usúrbil.

En realidad, se trató de un error garrafal que aún recordará el periodista que escribió la página. Y que el Diario Vasco tuvo que corregir a la carrera al día siguiente, aunque lo hizo con una críptica frase que demostraba que seguían sin entender del todo el fallo: "....los 6797 femtogramos por metro cúbico de aire es un dato puntual y no refleja la concentración de dioxinas real, que es la que debe ser comparada con las mediciones anunciadas en Zaldíbar. El valor correcto en Usurbil fue 304 femtogramos por metro cúbico". Esta corrección, que seguro que tampoco habrán entendido muchos de mis perspicaces lectores, no explicaba para nada el fallo cometido por la redacción del Diario Vasco, aunque sea fácil hacerlo.

Los 6797 femtogramos por metro cúbico, una cifra que ciertamente aparecía en el informe de Biodonostia sobre las hogueras de Usúrbil, era la concentración del conjunto de dioxinas y furanos presentes en la muestra de aire de esa localidad, pero no nos da una idea de cuánto tóxica es esa concentración. En ella puede haber todo tipo de dioxinas y furanos. La 2378-TCDD es ciertamente tóxica, pero otros miembros de la familia pueden no tener toxicidad alguna o tenerla cientos o miles de veces más pequeña que la más peligrosa. Por eso, y en lo tocante a la toxicidad de una muestra concreta se suele hablar de la toxicidad equivalente (TEQ) que sería la cantidad de 2378-TCDD pura que tuviera la misma toxicidad que la muestra que estamos considerando. Una vez hecho ese cálculo los 6797 femtogramos por metro cúbico se convierten en 304 femtogramos de 2378-TCDD por metro cúbico. Y los 700 femtogramos del vertedero ardiendo el día 16 de febrero con el que el Diario Vasco estaba comparando ya tenían hecha esa corrección en cuanto a toxicidad. Así que la toxicidad de las dioxinas de las hogueras de Usúrbil en la noche de San Juan fue la mitad de la de las dioxinas que el vertedero estaba generado en la fase crítica del derrumbe y posterior incendio. Una cifra excepcional la de Usúrbil, pero desde luego no diez veces más que la del vertedero.

El episodio de Usúrbil remitió para el día siguiente y Biodonostia argumentaba en su informe que el valor significativamente mas alto aalí encontrado frente a los de otras localidades que también celebraron esa noche hogueras de San Juan, parece que se debió a que, en la primera, sopló una componente de viento que enviaba directamente el aire de la hoguera al medidor, cosa que no pasó en las otras localidades. En el caso del vertedero de Zaldíbar, el incendio estuvo activo desde el 6 al 19 de febrero, aunque desde el 15 había labores de extinción en activo. Una vez iniciadas esas labores de extinción, las concentraciones fueron progresivamente bajando y para el día 26 los niveles de toxicidad de las dioxinas estaban ya en niveles prácticamente normales.

Está por tanto claro que incendios, hogueras y otros procesos de combustión como la incineración son una fuente importante de emisión de dioxinas y furanos. De hecho, cuando la Agencia de Protección del Medio Ambiente americana (EPA) llevó a cabo, en 1987, el primer inventario de fuentes de dioxinas en los Estados Unidos, la incineración de residuos urbanos representaba más del 80 % de las fuentes de dioxinas conocidas. Como resultado, la EPA implementó nuevos requisitos de emisiones. Estas regulaciones lograron reducir drásticamente las emisiones de dioxinas de esos incineradores. La incineración de residuos sólidos municipales, residuos médicos, lodos de aguas residuales y residuos peligrosos juntos ahora producen menos del 3% de todas las emisiones de dioxinas.Algo similar ha pasado en Francia, donde las emisiones totales de dioxinas por incineradoras han pasado del equivalente a 450 gramos de 2378-TCDD en 1997 a prácticamente cero en unos doce años.

Sin embargo, desde la evaluación inicial de la EPA en 1987, las emisiones de dioxinas derivadas de la combustión incontrolada de residuos domésticos (hogueras, barriles en los jardines, barbacoas, etc.) han seguido permaneciendo prácticamente constantes y ya en el informe de 2006 aparecieron como la primera fuente emisora de dioxinas en USA.

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