martes, 14 de abril de 2020

Mascarillas, polímeros y tejidos no tejidos

Dicen las miríadas de expertos que estos días pueblan los medios de comunicación y las RRSS que, después de esta pandemia, nada será lo que era. Sin que sirva de precedente, estoy bastante de acuerdo con estos "analistos" pero como cada uno arrima el ascua a su sardina, yo espero y deseo que también haya un antes y un después en la percepción que mucha gente había adoptado en el pasado en torno a los plásticos. La simple imagen que nos mandó hace poco nuestra amiga intensivista (va por ti, Merche Z.), preparada para la faena en su UCI, es una buena muestra de la contribución de los materiales plásticos a la complicada gestión de esta crisis. Hasta mis queridos "californianos" parecen haberse dado cuenta y en la icónica ciudad de San Francisco han dejado en suspenso la normativa que prohibía las bolsas de plástico de un solo uso. Algo que también ha hecho Nueva York, solo unos días después de aprobar tal prohibición. Así que tomen nota. Si un californiano lo hace...

Pero, en realidad, yo he venido aquí a hablar de una derivada de las muchas que la pandemia nos está dejando y que pertenece a mi Negociado de los polímeros o plásticos: las mascarillas. Que se han convertido en el producto mas buscado estos últimos días, una vez que todo el mundo ha comprobado que el papel higiénico acumulado no se le ha terminado ni, probablemente, se le terminará hasta el fin del confinamiento. A día de hoy, basta darse una vuelta por internet para darse cuenta de la que se ha montado en torno a las mascarillas. Desde los que buscan el modelo más sofisticado, que en esta urgencia solo tendrían que llevar los sanitarios, hasta los millones de páginas que incitan a fabricarse una usando los tejidos más variados. Hasta el influyente Centro para el Control y Prevención de Enfermedades americano (CDC) ha colgado en internet un vídeo en el que el llamado US Surgeon General explica cómo se puede fabricar una mascarilla casera con una camiseta.

No voy a entrar en el asunto sobre la mayor o menor eficacia de las diferentes mascarillas que uno encuentra en el mercado o se fabrica en casa porque no soy muy competente. Pero voy a dedicar la entrada a algo de lo que sí conozco un poco. Se trata de los llamados tejidos no tejidos (TNTs), constituyentes muy importantes de la mayoría de las mascarillas comercializadas. Como dice Wikipedia en español (muy bien explicado por cierto), un tejido no tejido "es un tipo de textil producido al formar una red con fibras unidas por procedimientos mecánicos, térmicos o químicos, pero sin ser tejidas y sin que sea necesario convertir las fibras en hilo. En este sentido, estos materiales se definen por su negativo (es decir, por lo que no son). Estos materiales textiles no se deshilachan; por eso, son apreciados para la confección de prendas y accesorios de alto rendimiento".

Y ejemplos para entender lo que es un tejido no tejido hay muchos en vuestras casas sin necesidad de curiosear en la UCI de mi amiga. Basta con mirar un Scotch Brite para ilustrarse al respecto. O mirar una de las partes de un Velcro, del que ya hablamos hace algún tiempo. Las tres primeras letras de ese peculiar "adhesivo" vienen del francés Velours (terciopelo) y las tres últimas de Crochets (ganchos). Pues bien, la parte del velours es otro buen ejemplo de tejido no tejido, a base de una poliamida o nylon.

En el asunto de las mascarillas, los tejidos no tejidos juegan un papel esencial en el filtrado del aire que podemos inspirar o espirar. Dependiendo de lo más o menos tupidos que sean y de su espesor (que, finalmente, se suele expresar en lo que pesan por metro cuadrado) pueden retener mas o menos partículas (ya sean de contaminación atmosférica o de microorganismos). Por ejemplo, las mascarillas N95 homologadas en USA se llaman así porque sus elementos filtrantes se quedan con más del 95% de los partículas en suspensión. Y algo similar pasa con las europeas FFP2. En las menos eficientes mascarillas quirúrgicas, que son las que están más implantadas en las calles de los países asiáticos y que ahora vamos a ver por aquí con profusión, esos porcentajes son algo inferiores.

Pero en todas ellas, para profesionales o para ciudadanos normales, confeccionadas por 3M o por alguien en casa, tener un tejido no tejido en la mascarilla final es una excelente opción. Por ejemplo, en las mascarillas profesionales, muchos de los elementos filtrantes están hechos a base de fibras de polipropileno que, bajo un microscopio electrónico, se ven como en la imagen que ilustra esta entrada*, mostrando a las claras su naturaleza no tejida. Pero hay otros materiales que se suelen utilizar en mascarillas y que son también tejidos no tejidos. El Ministerio español de Industria, Comercio y Turismo ha editado una serie de documentos (bastante prolijos por cierto) sobre cómo elaborar mascarillas higiénicas y entre los materiales que pueden usarse (además del mencionado polipropileno) están TNTs constituidos a base de un 80% de poliéster y un 20% de viscosa (un polímero semisintético obtenido tratando celulosa con hidróxido sódico y disulfuro de carbono). U otros con un 65% de poliéster y un 35% de algodón (un polímero natural, con fibras de celulosa y otras cosas).

Tejidos no tejidos, como los mencionados, se han vendido tradicionalmente en tiendas de telas, ahora cerradas, pero se siguen vendiendo en internet para los usos más variados (desde trapos de cocina a filtros para equipos de aire acondicionado) y en los últimos días se detecta que la gente los está adquiriendo por esa vía para hacerse sus propias mascarillas. Tejidos no tejidos son también las compresas empleadas en los hospitales aunque, en este caso, las mas habituales llevan más viscosa que poliéster (70/30) o están hechas a base de  puras fibras no tejidas de celulosa.

Pero si conseguís una mascarilla y salís a la calle con ella, no os pongáis el mundo (o la mascarilla) por montera. Dicen los expertos que calzarse una proporciona una falsa sensación de seguridad que nos hace relajarnos y ser menos rigurosos en otras cosas importantes, como mantener la distancia de seguridad o conservar las manos en perfecto estado de revista.

Y para terminar, un punto de orgullo local. Bexen Medical, en el barrio de Zikuñaga de mi pueblo, pasará a ser, a finales de este mes, el mayor fabricante de mascarillas del Estado (ver aquí). Hernani y yo somos así, amigos.

(*) la foto que ilustra la entrada corresponde a fibras usadas por la empresa 4C Air, una start-up de la Universidad de Stanford, en la fabricación de mascarillas.

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domingo, 29 de marzo de 2020

Antimonio para un confinamiento

Cuando a finales de diciembre os relataba la elaboración de lo que finalmente llamamos Kimikoteka, una Tabla Periódica confeccionada sobre la base de marcas de vinos, de cuyos nombres se pudieran extraer los símbolos de los 118 elementos químicos que componen dicha Tabla Periódica, dejé apuntado que, en el caso algunos símbolos concretos, la cosa fue más que complicada y hubo que saltarse alguna de las normas que en 1813 dio Berzelius, el primero que propuso usar una o dos letras derivadas del nombre en latín de los elementos, como forma de hacer universal la manera de denominar a esos elementos y sus compuestos. Y el elemento que más dolores de cabeza me proporcionó fue un viejo conocido de este Blog, el antimonio, cuyo símbolo químico hoy aceptado es Sb.

Localizar un vino cuyas primeras letras contuvieran una "S" y una "b", y además en ese orden, fue una tarea casi heroica. Al final, optamos por un vino de una pequeña bodega situada en Villamor de los Escuderos (Zamora), comercializado bajo el nombre de Señorío de Bocos. Es cierto que, en ese nombre, encontramos la "b" bastante retrasada con respecto a la "S" pero, para justificarnos, usamos como disculpa las tribulaciones (o, más bien, despistes) del propio Berzelius con el antimonio. Caímos en la cuenta de que a pesar de que el nombre en latín del antimonio es Stibium y Berzelius podía haber utilizado como símbolo simplemente las dos primeras letras (St), por alguna razón eligió el símbolo Sb que ha quedado como definitivo.

Con la urgencia de acabar la Kimikoteka la cosa no fue más allá. Vendimos la moto diciendo que si el propio Berzelius se había ido hasta la cuarta letra de Stibium para buscar la "b" en el nombre latino del antimonio, nosotros podíamos hacer algo similar con el Señorío de Bocos. Pero este Búho se quedó con la mosca detrás de la oreja y ahora, aprovechando el confinamiento, no he parado de dar vueltas al asunto hasta descubrir algo más sobre el origen del mismo.

En un largo artículo sobre las reacciones químicas y su nomenclatura titulado "Essay on the cause of chemical proportions, and on some circumstances relating to them: together with a short and easy method of expressing them", que Berzelius publicó en varias entregas en la revista Annals of Philosophy en sus volúmenes 2 y 3 [vol. 2, páginas 443–454 (1813) y vol. 3, páginas 51–62, 93–106, 244–255, 353–364 (1814)], el antimonio aparece por primera vez en una lista de la página 52 del volumen 3, donde Berzelius lo denota como St. Pero, a partir de la página 249, Berzelius, y sin explicación alguna, empezó a utilizar el símbolo Sb y así se quedó la cosa. Y, por más vueltas que le he dado, no he conseguido encontrar a nadie que proporcione una explicación a ese cambio. Aunque dos días después de publicar esta entrada, el último día de marzo, el amigo Paco de Caravaca ha publicado un jugoso comentario, que podéis ver abajo, y que podría explicar algunas claves sobre el baile de la "t" y la "b" del símbolo que nos ocupa.

Pero mi aventura por viejos textos ha ido muy lejos. No en vano el antimonio es uno de los primeros elementos aislados como tales por nuestros ancestros alquimistas, que lo representaban con el sugerente símbolo que ilustra esta entrada. De hecho, en el Louvre parisino, se guarda un viejo vaso caldeo de hace más de 6.000 años, hecho de antimonio puro. Y desde esos lejanos tiempos, este elemento ha resultado fascinante para muchos de los que han experimentado con él. Sobre todo por el papel jugado por su principal mena, la estibina (un sulfuro de antimonio), en la separación del oro de la plata, así como a la hora de eliminar del primero ciertas impurezas metálicas.

Así que si el antimonio y sus compuestos podían ser tan efectivos para "purgar" ciertas impurezas del oro, ¿no podría servir también como purgante en el organismo humano para eliminar ciertas enfermedades?. Nuestro viejo amigo Paracelso (el de la máxima "el veneno está la dosis") y el enigmático Basilio Valentín parecen estar en el origen de recetar antimonio como purgante o emético, arrancando así un debate con los partidarios de la medicina galénica tradicional, según la cual había que usar como medicinas preparados con propiedades contrarias a los síntomas de la enfermedad. Por el contrario, Paracelso había introducido el concepto de similitud (pelear contra un veneno con otro veneno), un claro antecedente (muchos años antes) de la primera ley de la homeopatía, según la cual un producto que cause efectos similares a los síntomas de una enfermedad debe (aunque sea un veneno para el organismo) curar esa enfermedad. Y como siguiendo esa idea de Paracelso, un médico francés, Nicholas Le Févre, curó a su rey Luis XIV en 1658 con un llamado vin émétique, a base de un compuesto de antimonio, la buena fama de estos preparados se extendió a lo largo de bastantes años después, por mucho que tuvieran efectos secundarios evidentes.

Llegando hasta tiempos de Mozart. Tal y como ya conté en una ya casi antediluviana entrada de este Blog, entre las diferentes teorías sobre su temprana muerte (en 1791) hay una, recogida por John Emsley en uno de sus libros, según la cual es probable que muriera intoxicado por antimonio, suministrado por su médico. Recordaba en aquella entrada que, en esa época, ningún maletín de médico serio dejaba todavía de contener el emético tartárico, un preparado para inducir el vómito, práctica de curar entonces muy popular. La sustancia empleada era un tartrato de potasio y antimonio. La gente lo tomaba de forma regular para librarse, entre otras cosas, de resacas matinales tras una copiosa cena. Aunque había que tener cuidado porque la dosis médica de ese emético no está muy lejos de la dosis considerada fatal.

Como todos disponemos de mucho tiempo estos días, aprovecho para recomendaros la lectura de la entrada mencionada que, en realidad, iba sobre la presencia de antimonio en el agua vendida en botellas de plástico. A ver si así subo un poco las estadísticas que también están "infectadas".

¡Sed formales y a cuidarse mucho!.

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jueves, 19 de marzo de 2020

Sobre el jabón en tiempos difíciles

Como dice un amigo mío, no tengo la cabeza para muchas tonterías. Y entre esas tonterías está el redactar entradas en el Blog. Pero tengo que ir recomponiendo mi día a día y como esto no deja de ser un diario muy personal, no queda más remedio que dedicar una entrada al tema que estos días nos asola (y nos va asolar), para que quede constancia posterior. Eso si, desde la óptica de un químico en confinamiento. O eso espero...

Entre las labores que me distraen estos días está la de fregar todo lo que se me ponga por delante. Algo que viene de lejos, porque siempre he sido muy fregón ya que, en muchas ocasiones, me sirve de terapia contra el tedio. Y ahora más. Para ello me armo, además de con un Spontex, con pequeñas dosis de Fairy diluido, que me ayudan a acabar con prontitud con los restos de grasa y aceite, probablemente los más engorrosos de eliminar. Es verdad que no hace falta sofisticarse tanto para fregar. Una pastilla de un jabón antiguo y popular como Lagarto, Chimbo o similares produce efectos parecidos en lo que a eliminación de grasas se refiere.

El aceite y otras grasas, debido a sus estructuras químicas, son casi incompatibles con una molécula de estructura radicalmente distinta como es el agua. Lo cual se ilustra fácilmente tratando de limpiar el culo de una sartén, llena de aceite u otras grasas, sólo con agua. Pero algo muy distinto es añadir a ese agua un poco de detergente. Y la diferencia radica en que los detergentes son moléculas conocidas como anfifílicas, que es algo así como moléculas de doble alma. Moléculas que, en las representaciones más simplificadas, se suelen presentar con una cierta apariencia de espermatozoides. Con una cola larga constituida por repetidos grupos CH2, los mismos que están en los componentes la gasolina y, por tanto, de carácter hidrófobo (que repelen el agua). Y, en un extremo, una cabeza que contiene un grupo iónico hidrofílico (al que le gusta estar rodeado de moléculas de agua). En ese doble carácter radican las potencialidades de los detergentes para ayudar al agua a llevarse la grasa.

El mecanismo puede resultar interesante para quien lo oye contar por primera vez (o eso espero). Cuando ponemos jabón en agua, los “espermatozoides” jabonosos se encuentran ante una disyuntiva complicada. La parte de la cola huiría del agua cual gato persa. Y la cabeza iónica perdería el culo por la misma. Pero están indisolublemente unidos y hay que resolver el dilema. Y, para hacerlo, varias moléculas de ese tipo se asocian en estructuras supramoleculares conocidas como micelas, una de las cuales se muestra en la figura adjunta.

En ellas, las cabezas de cada molécula de jabón se colocan en el exterior, facilitando así su contacto con las moléculas de agua que rodean la micela (esas cosas pequeñas que se ven en la Figura). Por el contrario, la "atmósfera" interior está llena de las colas, que así están juntas en un ambiente exento de agua. Y ese interior, en tanto que un ambiente constituido por grupos CH2, es un sitio adecuado para albergar moléculas de aceites y grasas que huyen del agua y que, una vez ahí albergadas, pueden ser arrastradas con más agua en el proceso de limpieza. Esa doble acción de confinar la grasa en el interior de las micelas formadas por el jabón y el posterior arrastre de ellas con el agua de grifo es lo que se suele llamar acción detersiva del jabón. Quizás una excesiva vulgarización del tema pero creo que se entiende.

Pues bien, en estos días en los que, con más miedo que otra cosa, entro a leer artículos de la pandemia en sitios que considero serios, he encontrado varios de ellos en los que se explica por qué funciona el lavado de manos con simple jabón a la hora de protegernos del virus de marras. Por citar alguno, mencionaré un hilo en Twitter que leí, hace casi dos semanas, al periodista y físico Alberto Sicilia (@pmarsupia en Twitter). Si queréis leeros el hilo completo os dejo aquí el enlace. Pero si no andáis muy duchos en lo de las redes sociales, os lo resumo muy fácil.

Si observáis la imagen que encabeza esta entrada (podéis aumentar el tamaño clicando en ella), la parte derecha es un corte del coronavirus de la izquierda. Ahí se ven las proteínas que, como una coronita, decoran la esfera y que son los puntos de enganche que usa el virus en nuestro organismo para colonizarnos. Dentro queda el material genético del propio virus, en forma de esa espiral interior, bien protegido por una envuelta de color rojo que lo aísla. Pues bien, esa envuelta tiene, básicamente, un carácter de grasa y es ahí donde el jabón puede atacar y destruir el coronavirus al llevarse esa grasa, y también algunas proteínas, para albergarlas dentro de micelas como las que acabo de enseñar en el párrafo anterior, micelas que arrastramos cuando nos enjuagamos las manos debajo del grifo despues de lavarlas concienzudamente. Si queréis ver un infograma resumen de lo dicho, publicado en el New York Times el pasado viernes, podéis picar aquí. Pero no sé cuanto tiempo estará disponible sin pagar.

Y ya, cuando tenía esta entrada preparada para publicarla, me encuentro con este artículo de ayer de mi amiga Deborah García Bello, con mucha más información sobre la acción de diferentes productos de limpieza en el coronavirus. Puede que sea hablar de lo mismo, pero dado que no tenemos exactamente la misma "clientela", no creo que sea reiterativo comunicar estas cosas por varias vías.

Hoy, más que nunca, os quiero agradecer que, leyéndome, seáis la razón que me impulsa a seguir escribiendo.

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viernes, 28 de febrero de 2020

Cien años de "Química mugrienta"

Hace poco más de un año, os avisaba en este mismo sitio que los químicos íbamos a dar mucho la tabarra con el asunto del aniversario de la primera propuesta de la Tabla Periódica de los Elementos Químicos. Este año 2020, es muy posible que una parte de esos químicos, los que nos hemos dedicado y se dedican a los polímeros, acabemos por daros la lata (iniciativas hay, aunque quizás menos) con los cien años transcurridos desde la publicación del artículo escrito por Hermann Staudinger, un químico alemán, en la revista Berichte der Deutschen Chemischen Gesellschafts, artículo que se considera como inicio del interés de la Química por esos materiales. Podéis ver la cabecera original del artículo en la captura de su primera página que preside esta entrada, en la que puede comprobarse que el artículo se titulaba Sobre la Polimerización y que se recibió en la revista el 13 de marzo de 1920. Para ver mejor esa cabecera podéis clicar sobre la propia imagen.

Sobre la importancia de esa contribución de Hermann Staudinger publiqué, ya hace algún tiempo, un artículo en el Cuaderno de Cultura Científica (CCC) que podéis encontrar en este enlace. Desde entonces, han pasado casi seis años, el Búho se ha jubilado pero sigue siendo un fiel y curioso devoto de Staudinger, particularmente del cambio brusco que imprimió a su vida cuando se trasladó a la Universidad de Friburgo en 1926 y empezó a considerar seriamente el dedicarse solo a los polímeros. O de los diferentes detalles de su azarosa vida académica entre las dos grandes guerras y de las presiones que sufrió por parte del régimen nazi, ya en los años treinta. Y entre las cosas que he leído estos últimos tiempos, y que no conté en el artículo mencionado, hay tres detalles que voy a utilizar para vestir un poco el anuncio del Centenario que nos ocupa.

En el último párrafo del artículo en el CCC, cuento las presiones del filósofo Martin Heidegger, el decano de Staudinger, que culminaron en 1933 con un intento de destitución por considerarle muy frío con el régimen nazi (aunque parece que no del todo contrario). Al hilo de esto, hace poco leí una entrevista con uno de los estrechos colaboradores de Staudinger en los últimos años de su vida, Helmut Ringsdorf, en la que daba más detalles sobre esos duros meses bajo la vigilancia del decano filósofo. Parece que alguien más alto en la nomenclatura nazi que Heidegger, hizo desistir a éste de sus peores intenciones sobre Staudinger pero, aún y así, se tomaron medidas muy serias para restringir sus actividades y, sobre todo, sus viajes. Cuenta Ringsdorf que, para tratar de soslayar esto último, Staudinger argumentó que sus viajes eran una forma de representar a la ciencia alemana en el exterior y defender sus "Macromoléculas alemanas", una idea no muy lejana a la Medicina Germánica implantada por los nazis y de la que ya hemos hablado alguna vez por su relación con la homeopatía.

Heidegger fue también el causante de que Hans Adolf Krebs, un joven bioquímico que, ese 1932, acababa de obtener su Venia Docendi en el Clínico de la misma Universidad de Friburgo en la que Staudinger trabajaba, fuera destituido fulminantemente. Aquí no hubo dudas porque Krebs era judío. Así que al hombre no le quedó más remedio que, gracias a la brillantez de su carrera investigadora, dejar Alemania en 1933 y buscar refugio en Inglaterra, donde siguió con sus trabajos sobre el Ciclo de Krebs que todo estudiante de Bachillerato hoy conoce, trabajos que contribuyeron a que le dieran el Premio Nobel de Medicina y Fisiología en 1953, compartiendo la ceremonia de entrega con su viejo colega Hermann Staudinger, a quien ese mismo año habían dado el Premio Nobel de Química por su decisiva contribución a la introducción del concepto macromolecular. Hay fotos en los que se les ve juntos, mirando los documentos que les acreditaban como laureados o mostrando divertidos sus respectivos relojes (que desconozco si eran un regalo incluido en el premio o no). Imágenes a las que no puedo enlazar porque son de pago, pero si ponéis en Google los nombres completos de los dos y la palabra photos, tarde o temprano las encontraréis.

Y, para terminar, expliquemos el extraño título de esta entrada. En el artículo del CCC que he enlazado al empezar, se mencionaba el consejo que un reputado químico orgánico, H. Wieland, hizo llegar a Staudinger para tratar de desviarle de su empecinamiento en la existencia de moléculas muy largas o macromoléculas: “Mi querido colega, abandone su idea de las largas moléculas. Las moléculas orgánicas con peso molecular superior a 5000 no existen. Purifique bien sus productos, como el caucho, y así cristalizarán debidamente y le harán ver su carácter de moléculas de bajo peso molecular”. Pero en sus Memorias, redactadas en 1961, Staudinger recuerda también que muchos colegas le preguntaban por qué había decidido dejar los productivos campos de investigación en Química Orgánica que había seguido hasta entonces, en beneficio de unos compuestos "asquerosos y mal definidos", como el caucho o algunos polímeros sintéticos (como el poliestireno ya conocido en ese tiempo). Una Química que, a la vista de las dificultades de manejo que presentaban esas sustancias en el laboratorio y de sus inusuales propiedades, era bautizada despectivamente por esos colegas, en la lengua materna de Staudinger, como Schmierenchemie. Que no se si corresponde al término que he empleado en el título porque no me ha quedado del todo claro tras discutirlo con dos nativos alemanes de mi entorno próximo. Pero visto el contexto, a mi me gusta.

Por cierto, hablando de cumpleaños, este Blog cumple hoy catorce años. Un adolescente, oiga. Con 560 entradas.

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martes, 18 de febrero de 2020

Patatas estresadas

De las cosas que peor me sentaron cuando me jubilé, hace mas de tres años, fue la rapidez con la que mi Uni, a la que dediqué mi vida durante muchos años, me dejó sin posibilidad de entrar en su Biblioteca virtual y poder buscar, leer y descargarme artículos científicos, algo que había hecho en los últimos años de mi vida en activo. Por el contrario, aún me mantienen la cuenta de correo electrónico, que no sirve más que para que se llene de pura basura. Pero el Búho siempre ha tenido, y sigue teniendo, acceso ilimitado a todo lo que se publica en los ámbitos que me interesan, gracias a unos pocos amigos y amigas en diferentes Universidades (lectores de este Blog), que me dejan sus claves para entrar en esos servicios que la EHU me niega. Además de la inestimable posibilidad de usar SCI HUB.

Viene todo esto a cuento porque una amiga que me dejó hace un tiempo sus claves, me escribía el otro día para decirme que había leído una vieja entrada de este Blog sobre el contenido de solanina de las patatas y que le parecía que la tenía que actualizar porque ella, que investiga en una rama de la Medicina, había leído recientemente que la solanina, y algunos otros alcaloides como ella, parece que empiezan a ser estudiados por sus efectos beneficiosos en una serie de dolencias. Y, como no podía ser menos, me puse enseguida a hacer las búsquedas bibliográficas oportunas y pensé que, aprovechando esta entrada y dado que ya ha pasado mucho tiempo desde mi jubilación, podría usarla para agradecer a esta amiga y a otros colegas, cuyo nombre y filiación no mencionaré, su desinteresada (y algo arriesgada) aportación a este tirar del hilito que tanto me divierte y ocupa.

En la vieja entrada que mencionaba mi amiga y que data de 2006, os contaba que me había leído un documento conjunto de la FAO y de la Organización Mundial de la Salud, publicado en 1992 y preparado por dos científicos canadienses, relacionado con los problemas que puede causar la ingesta de solanina, un glucoalcaloide que se genera en las patatas (y en otras cosas como los pimientos), particularmente en situaciones de estrés. Lo de hablar del estrés de las patatas resulta muy efectivo en mis charlas de divulgación porque la gente se mosquea. Y les tengo que explicar que una patata se estresa cuando está mucho tiempo expuesta a la luz, ha sufrido golpes, las condiciones de almacenamiento han variado mucho en el tiempo, etc. Aunque parece que la luz es el estresante más importante. En condiciones no oscuras las patatas generan solanina adicional a la que ya de por sí contienen, que se almacena en la piel o en el propio cuerpo de la patata más próximo a esa piel, particularmente en los llamados "ojos", como los que se ven en la foto que ilustra esta entrada y que no son mas que brotes nuevos de plantas de patata. Además, la luz desencadena la formación de clorofila, que es inofensiva en sí misma pero hace que las patatas se pongan verdes en los mismos lugares donde se concentra la solanina, actuando como una pista visual de las partes que se deben evitar.

A pesar de que han pasado casi treinta años desde su publicación, el estudio arriba mencionado sigue siendo muy interesante porque, por ejemplo, contiene un detallado resumen histórico sobre intoxicaciones contrastadas que han ocurrido por ingestión de patatas desde finales del siglo XIX. Desde soldados alemanes a adultos y escolares ingleses. El caso es que en todo ese historial hay varios muertos y los que han sobrevivido lo han hecho después de episodios más o menos largos de vómitos, diarreas, fiebre, tensión alta y otros síntomas. En los casos mas recientes en la historia, la toxicología fue capaz de establecer que esos episodios se relacionaban con la identificación de altas concentraciones de solanina en los afectados. El informe repasaba también los estudios toxicológicos llevados a cabo con animales de laboratorio para conocer las consecuencias de dosis excesivas de solanina, ilustrando que una dosis de 42 mg por kilo de ratón, administrada de una sola vez, es capaz de cargarse a la mitad de una población de roedores (la llamada Dosis Letal al 50%). De estudios epidemiológicos con humanos venían a concluir que patatas conteniendo entre 20-100 mg de solanina por kilogramo de patatas no parecían causar problemas en humanos, en las cantidades que las solemos consumir como acompañamiento de nuestras comidas.

¿Y qué ha cambiado desde entonces?. Pues bastantes cosas. Después de mi búsqueda bibliográfica más o menos "ilegal" y entre la variada documentación que he manejado, me he quedado con la producción científica de Mendel Friedman, un veterano científico del Departamento de Agricultura americano (USDA), con un amplio historial en todo lo que tenga que ver con las sustancias químicas que uno puede encontrar en las patatas y sus posibles efectos y aplicaciones. Y voy a usar esa bibliografía para actualizar la entrada de 2006.

Curiosamente, entre la bibliografía de Friedman hay una interesante revisión, fechada en el mismo año (2006) en el que yo escribí la entrada del Blog y que se me debió escapar en su momento. En esa revisión se confirman muchos de los extremos expuestos en el artículo de 1992 arriba mencionado relativos a la solanina, extendiéndose la revisión a otro glucoalcaloide presente en las patatas, la chaconina. Ambas sustancias se encuentran, en su mayor parte, en el primer milímetro bajo la piel de las patatas, aunque el dato puede variar de unas variedades de patata a otras. Considerando las especies más comunes, los autores establecen que si eliminamos los primeros 3/4 milímetros de patata bajo la piel, dejamos a esta, sea de la variedad que sea, prácticamente libre de los glucoalcaloides mencionados.

Ambos glucoalcaloides son usados por el tubérculo como una forma de defenderse de determinados patógenos. Curiosamente parece que la chaconina se ha ido generando a medida que, en las variedades mas cultivadas, esos patógenos se fueron haciendo resistentes a la solanina. En línea con esta idea, la revisión contiene otros datos muy interesantes, al menos para mí, como el que las patatas derivadas de agricultura orgánica contienen más glucoalcaloides que las cultivadas convencionalmente, probablemente porque al no emplearse (casi) plaguicidas en el cultivo orgánico, la patata reacciona generando más glucoalcaloides como defensa. O que los tubérculos atacados por plagas del escarabajo de la patata producen más glucoalcaloides que los usados como control y libres de los escarabajos en cuestión.

Al final de artículo, y en la línea de lo que me decía mi amiga, aparece un apartado sobre los posibles efectos beneficiosos de la solanina y la chaconina, apuntando su potencial carácter antialérgico, antipirético, antiinflamatorio y su posible acción antibiótica frente a bacterias, virus y hongos. Otro apartado describe la habilidad de estas moléculas en la destrucción de células cancerosas ligadas al cáncer de colon en humanos. Datos que se han ido confirmando en posteriores estudios firmados, entre otros, por el propio Friedman (ver por ejemplo, aquí).

La cuestión de las dietas seguras de los glucoalcaloides de las patatas sigue abierta, aunque parece que la ingestión media diaria de patatas por parte de un europeo hace que este rara vez ingiera más de unos 15 miligramos de solanina y chaconina, mas de diez veces por debajo del límite a partir del cual pueden aparecer efectos adversos. Pero, por si las moscas, y en lo que al consumo habitual de patatas en vuestra casa se refiere, mejor las conserváis en sitio fresco y con poca luz y os las vais comiendo con relativa rapidez. Y en cuanto observéis un "ojo" o que la patata está verde bajo la piel, peladlas en mayor profundidad, eliminando sin duelo lo que adorne su superficie. Porque cocinarlas, ya sea cociéndolas o friéndolas a alta temperatura, no elimina esos compuestos de vuestro amado tubérculo.

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