jueves, 5 de abril de 2018

Agua de manantial

Creo haber manifestado en este Blog que, en lo tocante a la televisión, soy bastante parco. A pesar de disponer de televisión de pago, el uso que hago de ella cotidianamente oscila, por lo general, entre un canal de golf y otro de música clásica. Además, por definición, la dueña del mando es la Búha, así que si un torneo importante de golf (como el de Augusta esta semana) coincide con otras preferencias de mi Santa, no me queda más remedio que tirar de tableta y buscarme la vida. Pero ello no quita para que contemple a veces, de manera no buscada, ciertos canales que ella visita. Y cada día estoy más sorprendido con las cosas que la gente parece creerse por el mero hecho de aparecer en sus pantallas.

Ayer, en una opción televisiva llamada Canal de Casa, seguí a una ciudadana que, por lo que pude intuir, dedica su espacio a dar consejos más o menos "naturales" para cosas de cosmética. Y en el programa que acabé viendo, estaba preparando un mejunje contra los molestos granos faciales, a base de arcilla verde, aceite esencial de ciprés y, apriétense los cinturones, "agua de manantial". Después de dejar claro que si el acceso a ese tipo de agua resultaba complicado para los que le escuchaban, podía emplearse igualmente agua embotellada o de grifo, proclamó a los cuatro vientos que, sin embargo, lo mejor era el agua de manantial.

Tras la preparación del potingue, de cuya eficacia no tengo por qué dudar, un pequeño reportaje adicional explicaba las peculiaridades del agua de manantial. Como aún me queda algo de ingenuidad, pensé que nos iba a dar un listado de manantiales adecuados a su preparación, tanto por la composición química del agua de los mismos como en lo relativo a su seguridad sanitaria, adecuadamente controlada por las autoridades responsables en los territorios en los que los manantiales estuvieran localizados. Pero ni palabra al respecto. En el reportaje se limitó a cantar las excelencias del agua de manantial sobre la base del hecho de provenir de acuíferos muy profundas o de haber sido repetidamente filtrada previamente en entornos naturales, exentos de todo tipo de contaminación. Supongo que, por tanto, nuestra "experta" entiende que todas las aguas de manantial de la Península Ibérica son intrínsecamente puras, libres de contaminantes y de cualquier tipo de microorganismo que puedan hacer que el molesto grano, objeto de su tratamiento, empeore más que mejore.

Y mientras estaba viendo lo que contaba, me acordaba de una reciente alerta sanitaria en el siempre alegre y combativo municipio guipuzcoano de Usúrbil, donde una gran parte de sus habitantes tuvo una relación intensa con los productos sanitarios del Sr. Roca, gracias al agua de grifo de la localidad. Nada especialmente grave, que se pasaba en un par de días después de dejar de ingerirla, pero que puso a trabajar a los responsables de la Dirección de Salud Pública y Adicciones del Gobierno Vasco, quienes enseguida tuvieron claro el origen del problema. Aunque la mayor parte del agua de Usúrbil proviene de la presa de Añarbe, como la que llega a mi grifo, un agua excelente y bien controlada, los ediles del lugar habían seguido manteniendo, como complemento "autóctono", agua proveniente de manantiales de toda la vida situados en su entorno. Pues bien, uno de ellos, situado en el monte Andatza, contaminó con Nanovirus o virus de Norwalk el depósito conocido como Erroizpe, lo que tuvo como consecuencia el que acabaran apareciendo en los grifos de los usurbildarras e hicieran de las suyas en su tracto intestinal.

Voy a tener que considerar seriamente la posibilidad de ver más tele en mi día a día. Podría ser una fuente inagotable de temas para este Blog. Sobre todo porque parece bastante claro que cosas como las de la partidaria del agua de manantial van en aumento.

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sábado, 31 de marzo de 2018

Divagando sobre el cobre en la cocina

La ola californiana (esto es, quimiofóbica) que nos invade, hace cada vez más complicada la toma de decisiones de la buena gente. Una amiga me escribe contándome que se ha comprado una sartén "de cobre" que anuncian en la tele y que no sabe si devolverla, porque alguien de su familia le ha contado que usar utensilios de cobre para cocinar es una barbaridad. Que el cobre es muy tóxico y que cocinando en él cosas que sean ácidas o alcalinas (algo tendrán que ser las pobres, digo yo), el cobre reacciona con ellas, sobre todo a temperaturas elevadas, y acabamos metiéndonos el cobre al coleto, lo cual es muy peligroso para nuestro hígado. Así que le he prometido contarle algo por esta vía.

El cobre es un material que se ha usado tradicionalmente en la cocina. Contaba el amigo Harold McGee, el conocido autor de "La Cocina y los Alimentos" en una entrevista que le hacía Jeff Potter en su libro "Cooking for Geeks" que, cuando a finales de los 70, estaba escribiendo la primera versión de su libro oyó a Julia Child, una chef, autora y presentadora de televisión americana ya fallecida, hablar sobre las bondades de batir claras de huevo a punto de nieve en un recipiente de cobre. Según ella, el cobre acidificaba las claras lo que permitía obtener una mejor textura en la espuma resultante. Harold sabía que el cobre no cambia el pH de las disoluciones, así que pensó que lo que decía su colega no podía ser cierto.

Pero un par de años más tarde, cuando andaba buscando ilustraciones para las pruebas finales de la primera edición del libro, encontró una imagen que le devolvió al tema, imagen que se puede ver en la página 110 de la versión en castellano de la segunda edición. Se trata de un grabado publicado en 1771, en el que un aprendiz está utilizando lo que en el texto que acompañaba originalmente al grabado se definía como "un cuenco de cobre para batir claras de huevo y mezclarlas con la masa con la que se hacen los bizcochos". Así que, siguiendo su tradicional modo de operar, Harold decidió investigar si los cuencos de cobre tenían alguna secreta propiedad frente a las claras de huevo, para lo que probó a montarlas en uno de esos recipientes y, al mismo tiempo, en otro de similares características pero de vidrio. Los resultados le dejaron perplejo. Le costó casi el doble montarlas en el recipiente de cobre pero el color, la textura y la estabilidad de la espuma eran claramente diferentes.

Hoy sabemos que eso es así porque algunos grupos con azufre e hidrógeno (S-H), existentes en las proteínas de la clara del huevo, forman enlaces bastante estables con el cobre del recipiente. Eso impide que esos grupos azufre puedan unirse a los de otras moléculas de proteínas mediante enlaces fuertes S-S, lo que haría que la estabilidad de la espuma fuera menor. De época similar al grabado arriba mencionado, Harold también cita un tratado inglés de cocina en el que se recomienda el empleo de recipientes de cobre para hervir verduras, porque mantienen mejor su color original. O, alternativamente, añadir al agua una moneda de cobre si las estamos cocinando en un recipiente que no sea de cobre. Pero, y aquí vuelvo a la cuestión inicial de mi amiga, durante esa cocción no estamos a la temperatura ambiente a la que montamos las claras sino a 100 ºC, una temperatura a la que el riesgo de que algo de cobre pase a los alimentos se vuelve más elevado. El mismo Harold recoge que el ejercito sueco prohibió en el siglo XVIII los recipientes de cobre como consecuencia de algunas intoxicaciones derivadas de su uso extendido en cocina. Pero todavía hoy sigue habiendo instrumentos de cobre en las cocinas.

Así que hay que decir muy claro que el contacto del cobre "desnudo" con los alimentos no es una opción muy deseable (sobre todo a altas temperaturas) y, por ello, los fabricantes actuales suelen recubrir su superficie con acero inoxidable o, mas tradicionalmente, con estaño, aunque éste también tiene sus problemas derivados de su bajo punto de fusión. Y se sigue usando cobre en estos recipientes porque, en comparación con otros metales, el cobre tiene una conductividad térmica muy alta, lo que asegura una transmisión rápida del calor desde el "fuego" que estemos usando al interior de nuestro cazo o sartén.

Dicho lo cual, he andado trasteando a la búsqueda de la estructura de la sartén de mi amiga. He visto que, en este momento, pululan por internet y por teles de distintos países varias sartenes que, al menos aparentemente, tanto por su color como por el hecho de que contengan la palabra Copper (cobre) en su nombre comercial, parecen estar hechas de ese metal. Pero que, al menos en algunos casos, no lo están. Por ejemplo, en la web oficial de una que se vende con el nombre Copper Chef, en el apartado de preguntas frecuentes (FAQs), queda claro que la citada sartén es de aluminio, con un recubrimiento antiadherente denominado comercialmente Cerami Tech, coloreado de cobre. El marketing del producto no deja pasar la ocasión para mencionar que dicho recubrimiento no contiene Teflon, un material habitual desde hace años en la mayoría de las sartenes. Sobre el Teflón y las sartenes tengo yo más de una entrada al respecto en este Blog, que podéis ver aquí y, mas recientemente, aquí, casi al final de la larga entrada que me trabajé para desmontar las afirmaciones de un dilecto académico.

Mi búsqueda posterior sobre el mencionado recubrimiento antiadherente de la falsa sartén de cobre no ha sido tarea fácil. Lo único que he podido encontrar es un revestimiento de igual nombre a base de resinas epoxi. Como la cosa está bastante oscura en los sitios consultados, quiero por ahora dejar abierta la duda al respecto pero, si el revestimiento fuera una epoxi coloreada de cobre, podría ponerme en plan quimiofóbico y contaros que para fabricar recubrimientos a base de resinas epoxi se emplea...... Bisfenol A.

La mencionada sartén no sale muy bien parada en esta revisión en inglés. Y tampoco una sartén alternativa que aparece en anuncios en teles españolas (no os perdáis sobre ella los comentarios de esta revisión sacada de la revista Elle y que está en castellano). En definitiva, que creo que a mi amiga no le queda más remedio que usar la sartén y ver qué pasa. Lo de envenenarse con cobre no llega ni a posibilidad remota, ya sea porque no hay cobre o, si lo hubiera y de acuerdo con los comentarios mencionados, la sartén le va a durar tan poco en buenas condiciones que no habrá tiempo para acumular suficiente cobre en su hígado. Además, como esta amiga mía es algo dada a la agricultura ecológica, pudiera ser que el cobre entre en su cocina por otra vía. No hay más que leer al amigo Mulet a propósito de la autorización, en ese ámbito agrícola, de toda una gama de bactericidas y fungicidas a base de cobre.

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miércoles, 7 de marzo de 2018

Otra fragancia de extraño origen: el ámbar gris

Esta entrada fue actualizada el 24 de agosto de 2024. Si algún enlace os manda a ella, podéis leer la versión actualizada picando aquí.

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lunes, 26 de febrero de 2018

El boro y la acidificación de los océanos

Desde que Charles D. Keeling, a mediados de los cincuenta, proporcionó un método para medir la concentración de CO2 en el aire, la misma se ha estado midiendo ininterrumpidamente en muchos lugares pero, el que sirve como referencia, es el observatorio de Mauna Loa en Hawai, donde en 1958 el propio Keeling inició este tipo de medidas de forma sistemática. La gráfica que podéis ver aquí ilustra la totalidad de los resultados mes a mes y nadie puede poner en duda el crecimiento sostenido de la concentración de CO2, inusual desde hace mucho tiempo. Las estimaciones llevadas a cabo a partir de testigos de hielo tomados en la Antártica, muestran que, desde hace al menos 800.000 años, la concentración de CO2 se ha mantenido estable en torno a unas 280 ppm. El inicio del crecimiento, hasta los niveles actuales (408 ppm a mediados de este febrero), coincide, más o menos, con el inicio de la etapa claramente industrial de la Humanidad y la puesta en la atmósfera de cantidades importantes de CO2 derivadas de la quema de combustibles fósiles y de procesos de deforestación.

Derivado del incremento en la concentración de ese gas antropogénico, existe una creciente preocupación sobre las consecuencias que ello pueda tener en una sutil variable del estado de los océanos: el pH del mismo. En los últimos años, se ha acumulado una creciente información sobre un tema que suele denominarse acidificación de los océanos, entendiendo por tal la disminución del pH de los mismos hacia valores más ácidos. En realidad, el pH del mar ha sido y sigue siendo básico o alcalino, con valores, según los sitios, que se sitúan entre 7.8 y 8.4 (un pH es ácido solo por debajo de 7), pero la creciente concentración del CO2 en la atmósfera parece conducir a que sus valores vayan decreciendo progresivamente a medida que aquella vaya aumentando.

La Química Física de este efecto puede, en principio, plantearse en términos relativamente sencillos gracias a la ley de Henry, que regula la solubilidad de los gases en cualquier masa de líquido (en este caso, agua). Esa ley establece que la concentración de un gas en el agua de los océanos, lagos y ríos es directamente proporcional a la presión que ese gas ejecuta sobre la superficie líquida. En el caso que nos ocupa, cuanto más CO2 se acumule en la atmósfera, más presión hará sobre las superficies acuosas y más cantidad de él se solubilizará en ellas. Lo cosa no es, en realidad, tan sencilla y, por ejemplo, a una determinada cantidad de gas en la atmósfera, su solubilidad en el agua depende también de cosas como la temperatura o la salinidad, dos variables que pueden cambiar de forma apreciable dependiendo de la localización de las aguas cuyo pH estemos midiendo. Y todo lo que acabamos de decir se aplica a las aguas superficiales. Lo que ocurre a grandes profundidades es más difícil de explicar.

Ese COdisuelto provoca una serie de equilibrios que afectan al pH y a las concentraciones de los iones carbonato y bicarbonato existentes en el agua de mar, algo sobre lo que no profundizaré mucho para que no me abandonen ya mismo los que dicen que a veces escribo cosas muy "técnicas". Lo que importa es que si se disuelve más CO2 en el agua de mar porque en el aire hay más cantidad de ese gas, el pH se va a valores más ácidos y la cantidad de carbonato disuelto disminuye. La bajada en la concentración de carbonato disuelto desencadenaría una disolución de los diferentes tipos de carbonato existentes en forma sólida en el mar y, en particular, del carbonato cálcico con el que muchos seres vivos (moluscos, corales) elaboran sus esqueletos o conchas. Se han realizado experimentos de colocar pterópodos, un tipo de zooplacton, en aguas con pH más ácidos y concentraciones más bajas de carbonatos y se ha observado que, en cuestión de poco tiempo, su esqueleto empieza a disolverse.

Por el momento, a los niveles actuales de pH, el agua de mar contiene suficiente carbonato disuelto, pero existen estimaciones que indican que, a partir de una concentración de CO2 algo superior a los 500 ppm, estaríamos en el llamado límite de solubilidad del carbonato y, a partir de ahí, el existente en los corales y las conchas de los moluscos empezaría a disolverse. En esa situación, el pH debería situarse en un valor en torno a 7.80 si este planteamiento, relativamente simplificado, se cumpliera.

Una primera consecuencia que se desprende de estas preocupaciones es medir el pH de los océanos de forma fiable y continua. El pH se ha estado midiendo desde principios del siglo XX, cuando aparecieron los llamados electrodos de vidrio pero, por una serie de razones que sería difícil de explicar para los profanos en estas cosas, la National Oceanic and Atmospheric Administration (NOAA) americana, desconfía de la precisión de esos datos y ha recomendado el uso alternativo de métodos espectrofotométricos (de reciente introducción), que han sido adoptados por diferentes grupos internacionales dedicados al seguimiento de esa magnitud. Eso es lo que se está haciendo en la Estación Aloha de la Universidad de Hawai donde, desde fechas recientes (1989), se están midiendo los valores del pH del mar de una forma sistemática, tal y como se hace en Mauna Loa con el CO2. Solo un poco más antiguos (1983) y concordantes con los anteriores son los datos tomados en Bermudas y contenidos en las Bermuda Atlantic Time Series (BATS).

Sin embargo, estas series temporales de datos de pH (Aloha y BATS) se extienden en un intervalo todavía demasiado corto como para saber si son representativas de las variaciones de pH que se dieron en el pasado, por lo que, por el momento, no permiten extraer conclusiones relativamente fiables sobre el comportamiento futuro o el verdadero impacto que cambios de pH hayan podido tener en el pasado en la vida marina. Para tratar de echar esa vista atrás, y como ya expliqué en una entrada anterior, puede recurrirse a la llamada Paleoclimatología, que adopta métodos para deducir valores de ciertas variables climáticas de las que se carece de datos experimentales en el pasado, ya sea próximo o remoto. Se recurre así a medidas indirectas, los llamados indicadores paleoclimáticos (o proxies en terminología inglesa). Este tipo de medidas son fundamentales a la hora de una validación previa de los modelos climáticos que pretendan predecir escenarios futuros a los que podamos enfrentarnos.

En el caso del pH, el indicador empleado es la concentración, en esqueletos y conchas de ciertas especies marinas, de uno de los isótopos del boro, el boro-11. El método descansa en el hecho de que los organismos que generan sus esqueletos en el mar incorporan, además del carbonato cálcico arriba mencionado, pequeñas cantidades de boratos, en los que la composición de los distintos isótopos de boro depende del pH del medio en el que está viviendo ese ser vivo. Diferentes calibrados entre composiciones en boro-11 y el pH han demostrado la utilidad del método. En particular, ciertos estudios que detallaremos a continuación y que han sido realizados con los corales de la especie Porita, han mostrado una excelente correlación entre ambas variables. El método permite así determinar el pH del océano en épocas tan pretéritas como 10 o 20 millones de años atrás, con precisiones del orden de 0.03 unidades de pH.

La técnica se empezó a utilizar a principios de este siglo [P.N. Pearson and M.R. Palmer, Nature 406, 695 (2000); M.R. Palmer and P.N. Pearson, Science 300, 480 (2003)] y, desde entonces, se han ido acumulando diversas evidencias. Entre los artículos pioneros, es particularmente relevante para esta discusión el que contiene las medidas realizadas por Pelejero y otros [Science 309, 2204 (2005)] sobre corales del Arrecife Flinders en el Mar de Coral, frente a la costa nororiental de Australia y que abarca el periodo entre los años 1700 y 1982. Esos paleodatos de pH muestran una periodicidad multidécada muy similar a la que muestran los datos de medidas de pH con electrodos de vidrio que se guardan en los archivos de la NOAA. Además, los mínimos alcanzados a lo largo del intervalo estudiando por Pelejero y otros están, por ahora, lejos de los niveles actuales y no parece haber una clara relación entre la evolución del CO2 a lo largo de esos 300 años y la propia evolución del pH.

Además de las habituales oscilaciones del clima a escala diaria o estacional, este tipo de ciclos a más largo plazo se han observado en otros comportamientos climáticos. Los más conocidos, relacionados con los océanos, incluyen fenómenos como El Niño (ENSO), la Oscilación Atlántica Multidécada (AMO) y la Oscilación decenal del Pacífico (PDO). De ellas, la PDO no solo tiene una interesante correspondencia con los períodos de más o menos treinta años que parecen observarse en la evolución del pH, sino que también parece tener que ver con el clima en el Suroeste de EEUU y otras partes del mundo, incluyendo prácticamente todo el hemisferio Norte y parte del Sur.

El mismo Pelejero y otros así lo reconocieron en otro artículo posterior [Trends in Ecology and Evolution 25, 332 (2010)] en el que, aun reconociendo además las importantes variaciones que se dan en el pH de los arrecifes, enfatizaban la rapidez y consiguiente peligrosidad de los cambios que pueden producirse en el futuro, aunque esa aseveración solo se basa en simulaciones. Por el momento, las medidas de la Estación Aloha muestran un descenso que va desde 8,11 en 1998 a 8,06 a finales de 2015 (último data disponible en la red), es decir un descenso por década de algo más de -0.02 unidades, sustancialmente inferior a las velocidades por década que se observan en varios episodios de la reconstrucción de Pelejero y colaboradores. Similares resultados se han encontrado en la Gran Barrera de Arrecifes por Wei y colab. y publicados en 2009 [Geochim. and Cosmochim. Acta 73, 2332 (2009)] y, más recientemente, en el este de la isla de Hainan en China [ J. Geophys. Res. Oceans 120, 7166 (2015)].

Sin embargo, estas reconstrucciones del pH de los océanos a base de indicadores climáticos no ha sido recogida en los sucesivos informes del Panel Internacional del Cambio Climático (IPCC) y, particularmente, en el último (AR5, 2013), cuando ya existían evidencias sobradas de la fiabilidad de la técnica basada en isótopos de boro-11.Y cuando, en otros temas, como en el de las temperaturas a nivel global, se ha dado mucha importancia a las reconstrucciones paleoclimáticas. Y así, un ejemplo clásico de indicador paleoclimático empleado en la reconstrucción de las temperaturas del pasado, se basa en medir el grosor de los anillos que anualmente se han generado en troncos de árboles centenarios.

Pues bien, el citado AR5 solo dedica dos páginas (en el Working Group I: The Physical Science Basis, Chapter 3: Observations) al apartado de la Acidificación antropogénica de los océanos, donde únicamente se hace mención a las medidas de pH de las estaciones Aloha y BATS antes mencionadas. Con esos datos, el Working Group II (Impact, Adaptation and Vulnerability. Chapter 30: The Ocean) dedica tres páginas, con poco texto y abundantes gráficas, a predicciones en las que, como es de esperar pues los modelos están validados en el comportamiento reciente del pH en las estaciones Aloha y BATS, el pH seguiría cayendo de forma monótona hasta 2100.

Habrá que esperar al próximo informe del IPCC, AR6, para ver qué ocurre. El asunto está abierto a aportaciones y discusión entre los diferentes Grupos de trabajo hasta mayo de este año y el informe final está previsto para octubre. Y si no se hace referencia a estos indicadores climáticos del pH tampoco pasa nada. Como dice un amigo mío, hay Ciencia sobre el clima fuera de los informes del IPCC.

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jueves, 22 de febrero de 2018

Homeopatía a bajas diluciones

A finales de enero del pasado año 2017 la agencia gubernamental americana que controla los asuntos de seguridad en lo relativo a alimentos y fármacos (conocida bajo las siglas FDA), alertaba sobre la presencia de elevados niveles de belladona (una de las plantas más tóxicas del Hemisferio Norte) en un producto homeopático comercializado por la empresa Hyland's, destinado a paliar las molestias de los tiernos infantes cuando les están saliendo los primeros dientes. Como podéis comprobar en este enlace a la propia empresa, el producto ya no se comercializa en USA pero, ya que estamos en esa página, vamos a ver algunos interesantes puntos relativos a la composición de ese preparado, considerados en términos de la ortodoxia homeopática.

El producto contiene cuatro preparados de homeopatía: Calcarea fosforica 12X (una sal, el fosfato cálcico), Chamomilla 6X (manzanilla), Coffea Cruda 6X (café) y Belladonna 6X, a partir de las bayas de esa planta donde se contienen unos potentes alcaloides, origen de la alerta de la FDA y que la empresa deja claro en su página que están en una concentración al 0,0000003%. Los términos 12X o 6X hacen referencia a que esos remedios se han preparado por el clásico método de las diluciones sucesivas con agitación entre cada una de ellas, siendo la X el número romano indicativo de que las diluciones realizadas son decimales (en otros preparados en lugar de X se pone una D). Ello implica que, partiendo de una tintura madre, por ejemplo una infusión de manzanilla en agua y alcohol, se toma una gota de ella y se diluye con 9 partes de la mezcla agua y alcohol. Se agita y se va repitiendo el proceso. Así que la Chamomilla 6X es el resultado de haber repetido ese proceso seis veces o, lo que es igual, la concentración de la 6X es la millonésima parte de la concentración de la Tintura Madre o infusión original.

Como casi todo el mundo sabe, otra alternativa de preparación son las diluciones centesimales donde, en cada proceso, una gota de la tintura madre (o de la dilución precedente) se diluye con 99 partes del disolvente. Y así, un remedio 30C preparado de esa manera y muy habitual en homeopatía, quiere decir que el proceso de dilución sucesiva y agitación se ha realizado treinta veces. El método, propuesto a principios del XIX por Hahnemann, el padre de la homeopatía, llegaba hasta diluciones mucho más altas (por ejemplo, 200C no es inusual) porque, según él, esas altas diluciones aseguraban (como es lógico) la inocuidad del preparado pero, sorprendentemente y no tan intuitivo como lo anterior, conseguían al mismo tiempo que el preparado fuera tanto más eficaz en su labor terapéutica cuanto más diluido estaba.

El problema con esta ultima pretensión es que, en algún momento del siglo XX, tropezó con un obstáculo importante, el llamado Número de Avogadro, un concepto que se explica (generalmente mal) a los estudiantes de Química ya en el Bachillerato y que implica lo que el Dr. Paolo Bellavite, un Profesor de Patología General en la Facultad de Medicina de la Universidad de Verona y firme partidario de la homeopatía, muestra en un trabajo publicado en 2014 [Homeopathy 103, 4-21 (2014)], donde escribe: "Los efectos de las altas diluciones nos llevan fuera del reino de la farmacología clásica, para enfrentarnos a fenómenos que pueden parecer inexplicables. Merced a las teorías de Amedeo Avogadro, publicadas originalmente en 1811,.....y verificadas experimentalmente en 1909,.....un simple cálculo muestra que, a diluciones más altas que la 24 decimal o la 12 centesimal, será cada vez más difícil encontrar una sola molécula o átomo de la sustancia original".

Así que ante esa constancia, que fue cada vez más evidente a medida que transcurría el siglo XX, hay que buscar alternativas. Una de ellas es creer a Hahnemann y pensar que el secreto está en la vigorosa agitación tras cada dilución, que infunde a las diluciones una energía o fuerza vital, que dota al preparado de unas propiedades que le sacan de la Ciencia clásica. En años más recientes, los homeópatas parecen ir abandonando el concepto fuerza vital, en beneficio de cosas más sofisticadas, como los llamados Dominios Cuánticos Coherentes, la explicación más reciente de la famosa memoria del agua. Pero, de eso, hoy no toca hablar.

La otra alternativa sería olvidarse de las enseñanzas de Hahnemann y diluir menos, quedándose dentro del límite del número de Avogadro, y pensar que con concentraciones de ese tipo siempre restará algo del producto de la tintura madre, al que poder atribuir los posibles efectos beneficiosos del preparado. El problema, como ilustra el caso de la Belladonna 6X en el preparado para los dientes de los niños denunciado por la FDA, es que muchas sustancias usadas por la homeopatía contienen, en sus tinturas madre, sustancias tóxicas (alcaloides, mercurio, venenos naturales como la apitoxina de las abejas,...) y si no las diluimos mucho puede que nos quedemos en un intervalo peligroso de su concentración.

Cuando recibí ese aviso de la FDA, recordé una entrada que había leído previamente en un Blog llamado Bebés y Mas, entrada firmada por Armando Bastida, en la que se mostraban una serie de preparados que uno puede comprar en las farmacias españolas, preparados que llevan, casi al límite, lo de hacer pocas diluciones. Me voy a fijar en un producto comercializado por DHU Ibérica como Munostim, definido como medicamento homeopático y vendido en forma de gránulos "para estimular el sistema inmunitario de niños a partir del año de vida". En su web podéis ver su composición, a base de cuatro plantas o derivados de las mismas: Echinacea angustifolia TM (Equinacea en castellano), Thuja D2 (Tuya), Propolis D3 (o Propóleo) y Eleutherococcus D1 (Eleuterococo o ginseng siberiano). Los términos D1, D2 y D3 se refieren a diluciones decimales llevadas a cabo una, dos o tres veces a partir de sus tinturas madres respectivas, es decir, son disoluciones poco diluidas (bajas diluciones). El térmico TM que acompaña a la Equinacea se refiere a que se ha utilizado directamente la propia Tintura Madre.

Este no es un caso aislado. Muy conocido es también el preparado denominado Stodal, comercializado por Boiron, un jarabe contra la tos que contiene hasta diez diluciones homeopáticas. Una de ellas se emplea como tintura madre y las nueve restantes son diluciones homeopáticas relativamente poco diluidas aunque, en este caso, son centesimales (cuatro de ellas 6C y las cinco restantes 3C).

Dando por sentada la posible toxicidad de las preparaciones a estos bajos niveles de dilución y que viene condicionada por la toxicidad inherente de los productos de partida, estos remedios plantean otras cuestiones muy interesantes desde el punto de vista de la filosofía homeopática. Cabe, por ejemplo, preguntarse si estos preparados entrarían más en el ámbito de la fitoterapia (sobre todo las Tinturas madres) que de la homeopatía. Por otro lado, debemos recordar que Hahnemann era partidario de usar remedios de un único componente para cada problema de un paciente. Y eso sigue vigente entre los practicantes más puros de la homeopatía (los llamados unicistas), que ven en productos como los anteriores, con varios principios activos, una traición a los fundamentos de su práctica. Además, en su día a día, se encuentran con el problema de que, en el mercado, no pueden adquirirse más que los productos que se venden bien (en el caso de Boiron, los Oscillococcinum, Sedatif o el propio Stodal y unos pocos más) y no otros muchos descritos en la farmacopea homeopática y que ellos quieren usar con sus clientes. Su cabreo contra Boiron, a la que acusan de ser el McDonal's de la homeopatía, puede verse en este interesante artículo de la revista Lyon Capital (lo de Lyon no es casual porque, no en vano, es la sede de Boiron).

La alternativa (los pluralistas), dicen que promocionados por empresas como Boiron, abogan por tener varios principios activos en un mismo preparado. En el fondo, es una estrategia comercial ya que, de esa manera, las empresas dejan de fabricar otros preparados que se venden raramente y que, sin embargo, tienen que pagar por mantenerse en el registro de medicamentos de cada país. Un problema que no tienen en España, donde no hay ni un solo preparado homeopático registrado en la web CIMA de la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios (AEMPS), en parte por esos mismos argumentos económicos y en parte porque el Ministerio español competente anda mirando para otro lado desde hace casi 25 años. Y ello a pesar de tener normativas, como el Real Decreto 1345/2007, que abren una puerta de privilegio (la llamada vía simplificada) para el registro de los preparados de homeopatía. Y que no es otra que la de poderse registrar sin demostrar eficacia terapéutica alguna, cosa que no se aplica a los medicamentos convencionales que uno encuentra en la farmacia, que tiene que ir a través de una vía mucho más complicada, en la que se les exige, entre otras cosas, la necesidad de demostrar la eficacia de sus medicamentos para una dolencia concreta. Pero ese es un hilo que podéis seguir en el documentado Blog de Fernando Frías, un abogado que lo sabe todo sobre la legislación de estos productos.

En cualquier caso, remedios como el Munostim arriba indicado (que no aparece en la web CIMA) no podrían registrarse por la exclusiva vía simplificada. El artículo 56 apartado c) del Decreto 1345/2007 establece entre las condiciones para que un preparado homeopático se acoja a esa vía "Que su grado de dilución garantice la inocuidad del medicamento, en particular, el preparado no deberá contener más de una parte por 10.000 de tintura madre...". Y eso es una dilución D4 como mínimo. Así que las diluciones de los componentes del Munostim, que son TM, D1, D2 y D3, no entran en esas condiciones.

Pero, mientras se arreglan estas minucias legales, se sigue vendiendo en farmacias y parafarmacias.

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