martes, 18 de octubre de 2016

Vajilla francesa

Desde que es público que soy un jubilado a tiempo completo, se ha incrementado el número de mensajes de algunos seguidores proponiéndome nuevos temas para el blog. Es como si ya dieran por asumido que me voy a aburrir miserablemente y pretendan evitarlo. No prometo nada porque, como siempre, voy a hacer con este blog lo que me de la gana, que para eso es mío. Pero entre los temas que en las últimas semanas se me han propuesto, hay uno sobre el que si tengo algo que decir. Se hace eco de un decreto del Gobierno de la France, de fecha 30 de agosto de 2016, en el que se establece la prohibición, a partir del 1 de enero de 2020, de utilizar "tazas, vasos y platos desechables en materiales plásticos". Aunque los detalle que matizan esa aseveración los vamos a ver enseguida, antes de ello diré que esta prohibición me parece consustancial con la idiosincrasia francesa. ¡A dónde vamos a llegar!. Beber un Burdeos o un Borgoña en una copa de plástico. O saborear las delicias del pato o de la oca con platos y cubertería de algún polímero de los que han dado de comer al Búho....

El decreto establece en su articulado que estará permitido, por el contrario, la comercialización y uso de "vajillas de materiales plásticos que sean compostables en compostajes domésticos". Lo del compostaje doméstico son esas pequeñas instalaciones, más o menos rudimentarias o decorativas, que uno puede instalar en el jardín de su casa para depositar los residuos orgánicos de comida, restos de jardinería o materiales que puedan degradarse con ellos, dando lugar (en teoría) a un compost o mezcla utilizable, por ejemplo, como abono. El decreto también establece que, a partir de la mencionada fecha, se podrán utilizar "vajillas en plástico que provengan, al menos en un 50% de su composición, de materiales cuyo origen esté ligado a la biomasa". Esto es, plásticos que en su producción se deriven de componentes de la biomasa como el maíz, la caña de azúcar, productos derivados de la actividad de microorganismos, etc.

Los industriales franceses del ramo han puesto el grito en el cielo, denunciando la pérdida de puestos de trabajo y, lo que parece bastante obvio pero no sé en qué quedará, que el gobierno francés no tiene atribuciones para este tipo de prohibición, al afectar a fabricantes de otros países europeos. En esto, como comprenderéis, no me voy a meter que funcionarios tiene la UE para ventilarlo, pero si os voy a dar mi opinión sobre los asuntos derivados de las frases entrecomilladas de arriba.

Vayamos primero con lo de compostables en una instalación doméstica. Pocos materiales plásticos de los que están en el mercado son compostables "per se". Aunque recientes análisis parecen indicar que, de cara a futuro, su impacto en el mercado crecerá rápidamente en términos absolutos, en términos relativos no creo que lleguen, en el aludido 2020, al 1% de la producción total de plásticos. Entre los más vendidos, los derivados de almidón, el poliácido láctico (PLA) y algunos poliésteres y copoliésteres. En cualquier caso, lo que hay que dejar claro es que el que un plástico sea compostable solo implica que la vajilla plástica será eficientemente compostada en las bastante exigentes condiciones de un compostador industrial, que ajusta condiciones como la temperatura, humedad, oxigenación, etc. Y no en un barril metálico que uno haya puesto en la trasera de su casa. Y menos en un vertedero, donde un plástico compostable que vaya allí a parar, no se degrada ni desaparece a un ritmo superior a los plásticos convencionales. Y, como bien dicen los industriales franceses, ese adjetivo de biodegradable y/o compostable crea en la mente de los usuarios la sensación de que, haga lo que haga con él, el plástico acabará desapareciendo en la Naturaleza. Y nada más lejos de la realidad.

Un problema añadido, que ya originó una pequeña crisis en California la pasada década, es que, hoy por hoy, una parte importante de los residuos de plástico va a instalaciones de reciclado. Pues bien, los concienciados ciudadanos vertían en el contenedor destinado a plásticos productos a base de poliácido láctico (PLA), difíciles de distinguir de otros plásticos convencionales que se pretendía reciclar. Y esa pequeña parte de PLA complicaba la vida a los recicladores hasta el punto de que acabaron pidiendo tomar medidas a la Administración.

Y luego está el asuntos de los llamados bioplásticos que, en su totalidad o en una parte, provienen de fuentes renovables tipo biomasa. Sobre esto ya publiqué una entrada aclarando conceptos pero, por ejemplo, hay ya en el mercado un biopolietileno que lleva el prefijo bio porque se ha obtenido a partir de un gas llamado etileno que no proviene, en ese caso, de plantas petroquímicas (lo que es lo habitual), sino de procesos de fermentación en los que la materia prima es biomasa y, más concretamente en este caso, caña de azúcar. Así que, aunque no llego ni a leguleyo, me da el pálpito de que, de acuerdo con el decreto, ese biopolietileno podría emplearse para fabricar vajillas de plástico, aunque el material plástico con el que se fabrica sea el mismo que el del polietileno de siempre. Lo que cambia entre tener o no el prefijo bio es el origen del gas etileno empleado para producirlo, no las propiedades intrínsecas del plástico final. Y por tanto, ni se biodegrada ni es susceptible de ser compostado.

Lo que no deja de ser una inconsistencia si lo que se pretende es luchar contra esa sensación de que los plásticos lo están contaminando todo, particularmente el mar con el asunto de los microplásticos, otro tema que también han propuesto a este jubilado ocioso. Aunque yo diría que el problema, que puede aliviarse con un uso más responsable de los plásticos, también tiene mucho que ver con un control más exhaustivo de los que no echan sus desechos plásticos donde los deben echar. Y es fácil constatar que cada vez hay más guarros por nuestras ciudades. Y al que lo dude, le invito a los alrededores de mi portal un viernes a la noche.

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miércoles, 5 de octubre de 2016

Cuestión de unidades

Casi todos mis lectores habrán oído hablar alguna vez de la revisión por pares como uno de los pilares de los avances de la Ciencia. Pero no es oro todo lo que reluce en ese concepto. Cada vez más, las revistas (y particularmente las relacionadas con lo bio) tienen que retirar determinados artículos porque, tras su publicación, alguien detecta errores graves en el mismo o no ha podido reproducir los resultados que en el artículo se presentan como verdaderos. Lo cual quiere decir que los autores habían metido un gol, consciente o inconscientemente, tanto a los que revisaron el artículo, para ver si era publicable o no, como al propio editor de la revista. Esa constancia proporciona una imagen bastante pobre de la fiabilidad de unos y otro en el desempeño de su trabajo. Hay que decir, en descargo de los primeros, que las revistas no pagan a los investigadores por realizar revisiones de sus pares, con lo que, en muchos casos, puede que los revisores se quiten de encima el artículo sin considerar todos los detalles ni, por supuesto, tratar de reproducir los experimentos o cálculos.

Internet está lleno de ejemplos de este tipo de problemas (por ejemplo, aquí). En algunos casos se trata de flagrantes fraudes que, sin embargo, no nos sorprenden a los que hemos estado dentro del sistema. Tramposos hay en todo el mundo pero es que, además, hay otras razones, como la progresión geométrica del número de artículos que se publican o el creciente empuje de la máxima "publica o muere" que tanto agobia a los jóvenes investigadores. Y entre los últimos ejemplos de estas malas prácticas o errores de bulto que han pasado desapercibidos a los revisores, hay uno que ha llamado mi atención. Publicado en el Chemical Engineering News (CEN) a principios de agosto, de la mano de Deirdre Lockwood, no se trata de un fraude porque los investigadores han reconocido su error, pero las circunstancias y la temática del artículo tienen jugosas consecuencias (al menos para mi).

Resulta que un grupo de la Universidad de Oregon retiró recientemente un artículo publicado en 2015 en la revista Environmental Science and Technology en el que establecía altos niveles de contaminación por Hidrocarburos Aromáticos Policíclicos (PAHs, su acrónimo en inglés) en las proximidades de una explotación en la que se extrae gas natural mediante esa técnica denominada fracking, que tan mala prensa tiene, particularmente en Europa. Los PAHs constituyen una cohorte de sustancias químicas, algunas altamente cancerígenas. Casi simultáneamente a la retirada, ya en 2016 y en la misma revista, el grupo publicó un nuevo artículo en el que explicaba que los datos del artículo anterior eran erróneos y que la verdadera exposición de los vecinos en las proximidades de la instalación de fracking a los mencionados PAHs, era del orden de 275 veces inferior a la originalmente publicada, con lo que la peligrosidad para esos vecinos pasaba de importante a prácticamente nula, de acuerdo con los estándares de la EPA, la agencia medioambiental americana.

El origen del fallo, reconocido por ellos mismos en el segundo artículo, es que, en sus cálculos, utilizaron mal la famosa constante de los gases R, al elegir su valor en unas unidades que eran inconsistentes con las unidades de otras magnitudes empleadas en sus ecuaciones. O, lo que es lo mismo, mezclaron en sus cálculos peras con manzanas. También reconocen en el segundo artículo que, originalmente, había errores en el manejo de las hojas Excel empleadas para llegar a los resultados finales. Increíble pero cierto. Error que ya venían arrastrando desde antes, porque también tuvieron que retirar, por idénticos motivos, otro artículo en el que medían concentraciones de PAHs en el aire y en el agua del Golfo de México, despues de la explosión e incendio de la plataforma petrolífera Deepwater Horizon.

El mal uso de las unidades por parte de mis estudiantes me ha traído de cabeza a lo largo de mi ya finiquitada carrera académica. Tengo que decir, en su descargo, que la laxa aplicación del Sistema Internacional de Unidades hace que se produzca un maremagnum de las mismas, del que a veces es muy complicado salir. Y no menos complicados son los vericuetos a los que, a veces, nos conducen las hojas de cálculo si no se tiene cuidado. Yo siempre he hecho, y he procurado mandar hacer, los cálculos a mano, como fase previa a "encomendar" a las hojas Excel que trabajen por nosotros.

Pero hay una segunda reflexión que al menos yo me he hecho. Si los autores hubieron realizado bien los cálculos, obteniendo los resultados que han obtenido en el segundo artículo, ¿los habría publicado la revista?, ¿hubieran merecido el impacto mediático que, al menos en la zona de esas explotaciones gasísticas, han merecido?. Estoy seguro de que los revisores no hubieran considerando importante publicar un artículo que establece que no pasa nada de nada. Es incluso probable que los propios autores no hubieran considerado la posibilidad de publicarlos.

Y, finalmente, una postdata a nivel local. Ya me gustaría a mi ver medidas similares con sensores colocados en diferentes puntos de Getaria o cualquier otra localidad en la que abunden las parrillas de pescado al aire libre. Creo que más de un responsable de Medio Ambiente local, provincial o autonómico se iba a llevar una sorpresa.

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lunes, 19 de septiembre de 2016

Vainilla natural y artificial

Leo un excelente artículo de Melody M. Bomgardver en el Chemical and Engineering News (CEN) del pasado día 12 sobre los problemas que afrontan los fabricantes de diversos productos que emplean vainilla para aromatizarlos. El dato más importante, para entrar en materia, es que solo el 1% del aroma de vainilla que se emplea en el mundo proviene de las vainas de una orquídea llamada Vanilla planifolia, polinizada a mano por agricultores de pequeñas plantaciones radicadas fundamentalmente en Madagascar. El resto se aromatiza con vainillina, la molécula química que proporciona a la vainilla natural su característico sabor. Esa molécula se sintetiza por vía química a partir de un precursor (el guayacol) o a partir de la lignina que, como subproducto, obtienen las industrias papeleras.

Pero mira por donde, a un gigante de la alimentación como Nestlé (y a otros parecidos) se les ha ocurrido comprometerse a que, en breve plazo, todos sus productos con aroma de vainilla contengan, exclusivamente, vainilla proveniente de las vainas de la orquídea en cuestión. O, en términos del marketing reinante, todos los productos de Nestlé contendrán solo vainilla "natural". Lo que ha desencadenado un auténtico terremoto en el mercado del aroma en cuestión, porque otros fabricantes van a tratar de seguir la senda del gigante. Aunque, como podréis entender, con los números que he dado en el primer párrafo, y en las propias palabras de la autora del artículo del CEN, "intentar eso es como tratar de meter un elefante en un Volkswagen".

Las vainas de la orquídea no son la única fuente para que un fabricante pueda poner en las etiquetas que emplea vainilla "natural". Las legislaciones de agencias alimentarias gubernamentales, como la FDA americana o la EFSA europea, contienen definiciones prolijas y diferentes de lo que debe ser un aroma para que se conceptúe como natural. Y, a partir de aquí, el jardín sin flores al que fabricantes y consumidores estamos abocados a caer.

Simplificando mucho diríamos que un aroma de vainilla (distinto del que se obtiene de las vainas) puede considerarse como "natural" cuando se deriva de algún proceso físico o biológico que, a partir de una materia prima también existente en la naturaleza, genera la molécula vainillina que es la que nos da ese aroma distintivo. Ningún proceso de síntesis química está permitido. Es más, si en algún proceso puramente físico, como la extracción, se emplean disolventes, estos no pueden provenir del petróleo ni ser sintéticos. Por ejemplo, muchos procesos extractivos emplean alcohol etílico o etanol, el mismo de las bebidas alcohólicas y conocida sustancia neurotóxica, como bien sabéis pero no queréis reconocer. Pues bien, si utilizamos etanol para extraer la vainillina, ese etanol tiene que haber sido producido por vía no química, por ejemplo, por destilación de restos de vino, procesos fermentativos de otras plantas como el maíz, etc.

En esa situación son varias las empresas que se las han ingeniadp para obtener vainillina por procedimientos que permitan que, finalmente, las agencias autoricen su denominación de aroma natural. Los procesos mejor implantados, a día de hoy, implican tomar como materias primas el ácido ferúlico o el eugenol. Las cáscaras de los granos de arroz (o salvado de arroz) son ricas en la primera de esas sustancias. La segunda es un componente mayoritario en el aceite esencial del clavo y es usado, en estado puro, como aroma o fragancia, por ejemplo en el mundo de la perfumería y la cosmética. En ambos casos, la transformación de esas sustancias en la vainillina implica el empleo de bacterias o levaduras.

Yo me moriré sin entender este tipo de cosas. Para mí, el alcohol etílico es alcohol etílico, provenga de una síntesis química o de una fermentación (proceso biológico) con posterior destilación (proceso físico). La vitamina C es vitamina C (ácido ascórbico) provenga de una naranja o de la síntesis que Roche inició en los años 30. Y la vainillina, el componente fundamental del aroma de la vainilla natural, es la misma vainillina si proviene de la vaina de la orquídea, del ferúlico, del eugenol o del proceso de síntesis, hoy mayoritario, que emplea el guayacol como materia prima.

Y no me enreden con que el empleo de sustancias químicas hace que, al final, la vainillina sintética pueda contener pequeñas cantidades de otras sustancias, ya sean empleadas en la síntesis, ya obtenidas como subproductos. En el caso de los procesos fermentativos, la vainillina tampoco es 100% vainillina y el resto de cosas pueden ser perjudiciales o no para la salud, como ocurre con las impurezas de la sintética. O como es el caso de la propia vainillina, a la que algunas personas son alérgicas.

Evidentemente, todo es una guerra comercial en la que el grande aspira a comerse a los pequeños pretendiendo ser los exclusivos comercializadores de la vainilla natural de Madagascar. El consumidor va a tener que pagar la diferencia de precio entre la barata vainillina sintética y las carísimas vainillinas "naturales" de uno u otro origen (y menos mal que se adicionan pequeñas cantidades). Pero eso marca una diferencia que rodea a Nestlé y similares de un halo de defensores de lo "natural", adjetivo éste que marca hoy en día las tendencias de la alimentación en los países ricos. Luego quedan argumentos adicionales como las diferentes propiedades organolépticas de una y otra vainillina (de nuevo cosas que solo interesan a los ricos) o argumentos más sofisticados como que Nestlé se está empeñando en mejorar el nivel de vida de los lugareños de Madagascar que producen las vainas de vainilla y la sostenibilidad del producto. Ideas muy interesantes pero que, en realidad, se usan de cara al consumidor como valor añadido (y a pagar) del producto en cuestión.

Que hagan lo que quieran. La vainilla, en cualquiera de los productos que la contenga, no ha sido nunca plato de gusto de este Búho...Y mira que soy golmajero.

Fuente: M.M. Bomgardver, CEN, September 12, 2016, 38-42.

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martes, 13 de septiembre de 2016

Jubilado a tiempo completo

Así estoy desde el pasado primero de setiembre. Y despues de tomarme unos días de asueto con mi comadrona por tierras del Sur para celebrarlo, he vuelto a la vida cotidiana, aunque ahora sin obligaciones académicas. No tengo muchos planes para este nuevo tiempo que se abre ante mí. Aunque uno de ellos es seguir con mi habitual dinámica de leer todo lo relacionado con la Química y su implicación en nuestra vida diaria que me caiga cerca. El otro es mejorar mi nivel de golf, cosa harto complicada, dada mi ya provecta edad y la posibilidad, más que segura, de que algún día de estos alguna de mis articulaciones empiece a decir que no. Pero esa es una historia que a los lectores de este Blog no les tiene por qué importar.

En cuanto a lo del Blog, pues ya veremos. Hasta ahora, mis obligaciones me impedían seguir el hilo de muchas noticias susceptibles de constituir una entrada y mis cuadernos de notas contienen mucho picoteo de temas sin concretar. Quizás ahora eso se arregle. O quizás empeore porque me vuelva un vago redomado que prefiera ver la tele y reenviar emails o retuitear todo lo que me interese en Twitter. Ver venir, que dicen los casheros de por aquí...

Ah y no me cuelguen comentarios de felicitación (o condolencia) que para esta entrada no voy a permitir ni una cosa ni otra.

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jueves, 18 de agosto de 2016

Me fastidian los profetas

Por no decir algo más fuerte, no vaya a ser que mis lectores piensen que con la edad me estoy volviendo mal hablado. Pero el caso es que, para mi, es ya casi una muletilla la frase del laureado Niels Bohr (Premio Nobel de Física en 1922, el del átomo de Bohr) que dijo en su día "Es difícil predecir, sobre todo si es sobre el futuro". Y es que, históricamente, son incontables las predicciones que se han vuelto contra su autor dejándole en ridículo, agravado muchas veces por el hecho de que el futurólogo sea además un experto en el tema. Pedro Miguel Etxenike suele poner en sus charlas unas cuantas perlas de predicciones fallidas. Una de las que más me gusta es la de un alto ejecutivo de IBM, Thomas Watson, quien, en 1943, estimaba que "el mercado mundial de los ordenadores no pasaría de las cinco unidades". O la de mi admirado William Thompson (también conocido como Lord Kelvin) quien en 1883 dijo que "pronto se demostrará que los Rayos X son un bulo sin fundamento".

En mi vida académica y en relación con los polímeros o plásticos que me han tenido entretenido hasta ahora, se han producido también predicciones que han resultado ofensivamente falsas. En los 80 se predijo que en el año 2000 los plásticos convencionales, como el polietileno o el PVC, habrían desaparecido del mercado a manos de los llamados plásticos ingenieriles o de altas prestaciones. Y ha resultado justo lo contrario, los primeros han crecido a tasas aún mayores y muchos de los últimos están solo en el recuerdo de los que ya nos hemos hecho mayores. O cuando a finales de los setenta me contaron las excelencias de los plásticos biodegradables y empecé a interesarme por los polihidroxialcanoatos. Hace unos días, el Chemical Engineering News me hacía saber que el enésimo intento industrial por producir estos materiales de forma competitiva, esta vez a través de ingeniería genética, había también fracasado.

Pero, a nivel personal, la profecía que más me marcó en mis años estudiantiles fue una que oí a un profesor ayudante en la Facultad de Ciencias de la Universidad de Zaragoza (y cuyo nombre no diré, que ahora es un afamado catedrático retirado). Según él, el mundo se encaminaba a un desastre humanitario sin precedentes (que se produciría, como muy tarde, en 1985) debido al desmesurado crecimiento de la población y a la falta de alimentos para sustentar ese crecimiento. Creo que aún no tenía yo veinte años y me hizo dormir mucho tiempo con sobresaltos.

Años más tarde aprendí que lo que el docente nos trasladó no eran sino las profecías de un tal Paul R. Ehrlich, un entomólogo especializado en mariposas que, en 1968, había publicado esas profecías en un libro titulado "The population bomb". Ehrlich no es sino la versión moderna de Thomas Malthus quien, a finales del siglo XVIII, hacía predicciones dantescas para la mitad del siglo XIX sobre las mismas bases de falta de recursos para alimentar tanta gente. Unas y otras profecías no se han cumplido. Antes bien, merced a "mutaciones tecnológicas", como la síntesis del amoníaco de Haber-Bosch o la revolución verde de Norman Borlaug han quedado a la altura del ridículo.

En uno y otro planteamiento subyace el mismo error, cual es el suponer que los datos de los que se disponía en su momento podían extrapolarse linealmente hasta el infinito. Ejemplos similares se dan hoy en día en muchos ámbitos. Hay, incluso, una nueva maltusiana (Lauren Hutton) que predice catástrofes alimentarias similares si no nos volvemos, todos y ya, veganos.

Por eso no se si carcajearme o cabrearme cuando en una reciente página del Diario Vasco Verano, una periodista se hacía eco de una noticia del National Geographic según la cual, "si todo sigue así, dentro de 5000 años Barcelona, Londres o Venecia serán un recuerdo, cubiertas por el imparable ascenso del agua de mar, como consecuencia del calentamiento global". Y en el "si todo sigue así" lineal vuelve a estar la clave.

Ya sé también que parece que hay un consenso generalizado, más del 97% dicen, sobre el calentamiento global y sus orígenes antropogénicos aunque, solo por incordiar un poco (que ya sabéis que me priva), una reciente encuesta de la Sociedad Meteorológica Americana sobre sus poco más de cuatro mil miembros (que son los que parece que deben saber de estas cosas) deja el consenso reducido al 67% y con matices (véase la página 8 del documento). Ya sé que es verano y algo hay que escribir pero, ¿de verdad se cree alguien que podemos estimar de forma fiable, a 5000 años vista, el comportamiento de un sistema caótico como el clima?. Yo desde luego no. Y esta vez no pienso preocuparme por la profecía ni un solo minuto de mi ya maltrecho sueño..

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