martes, 16 de agosto de 2016

Abordaje a la donostiarra

El Búho está que no cabe en sí de gozo. A los no incluidos bajo el epígrafe de ñoñostiarras debo hacerles saber que estamos en plena Semana Grande Donostiarra o, lo que es igual, la semana de fiestas de este pueblo. Nunca hemos sido un sitio de excesos como los de Pamplona en Sanfermines o la Batalla del Vino en Haro (por citar algunas próximas) y los referentes festivos de toda la vida en este lugar han sido los fuegos artificiales en el "marco incomparable" de La Concha y poco más.

Pero en los últimos años y, particularmente, durante el pasado cuatrienio legislativo municipal bajo el gobierno de los alegres y combativos (léase Bildu para los no iniciados), se ha consolidado en el programa de fiestas una versión "alternativa", cuyo evento más sonoro es el abordaje de una turba de "piratas" que, partiendo del pequeño puerto donostiarra (se supone que un ámbito popular), acaba desembarcando en la Playa de La Concha (se supone que un marco elitista, lo cual es mucho suponer hoy en día). Los "piratas" realizan la toma de la playa sobre una serie de "embarcaciones" construidas al efecto y que, como se puede ver en la foto que ilustra esta entrada y que podéis ampliar picando en ella, están construidas fundamentalmente por plásticos, mal que les pese a los organizadores, cuyo sesgo es evidente para todos los que aquí vivimos.

Plásticos como el polietileno con el que se fabrican los "globos" blancos que se ven en la parte alta de la foto y que, si uno busca en internet con un poco de habilidad, le dirán que es un plástico que contiene aditivos, catalizadores y productos derivados de las altas temperaturas necesarios para convertirlo en los susodichos globos. Todos esos productos son cancerígenos o sospechosos de serlo.

En la foto hay otros plásticos amarillos o de otros colores, que no puedo precisar si estarán fabricados con PVC o con polietileno pero, en cualquier caso, con colorantes añadidos, que ya se sabe que pueden migrar al agua y causar efectos sin cuento. Algunos de los "piratas" visten trajes de neopreno, una forma comercial o eufemística de denominar al plástico que, desde los años cincuenta, se llama realmente cloropreno y que, como su nombre indica, contiene el mismo cloro del PVC, un elemento químico "favorito" de las campañas de Greenpeace. Otros sustentan sus "naves" en neumáticos de caucho vulcanizado, vulcanización conseguida gracias a compuestos de azufre que tampoco son angelitos y que también pueden migrar al agua de la bahía. Además, una vez vulcanizados esos neumáticos son casi indestructibles, a no ser que uno los queme de forma controlada, en incineradoras o cementeras, o de forma incontrolada, como en el incendio que el pasado junio ocurrió en el vertedero de Seseña. Es cierto que si uno mira la mencionada foto con detalle, o lupa, de vez en cuando se ve algún trozo de madera, el material natural que debería ser el único constituyente de semejante abordaje, a tenor de la filosofía de los convocantes del evento. Pero claro, luego se montan un par de vasc@s comme il faut en esa balsa de madera y la misma se va al garete.

Por no hablar de las cremas protectoras que algun@s se darán para no quemarse en un día como el de ayer, un tanto caluroso. Repletos de productos químicos de todo tipo (parabenos, disruptores endocrino, nanopartículas, etc.). O, para terminar, habría que tener en cuenta lo que habrán miccionado los "piratas" durante el evento que, combinado con los derivados de cloro que las almadías habrán soltado al agua, pueden generar todo tipo de organoclorados.

En fin, no tengo duda alguna (aunque no lo verá este Búho) de que el Abordaje de la Semana Grande será "algo tradicional" en pocos años. Pero creo que deberán reinventarlo si quieren estar al loro de lo que se cuece medioambientalmente.

Y me perdonen Uds. por tanta comilla introducida y por exagerar en grado superlativo los posibles efectos perniciosos de la jornada festiva, efectos que mis sufridos lectores habituales seguro que no se han creido. Pero es lo que se lleva.

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domingo, 7 de agosto de 2016

Trabajar duro para nada. O quizás no.

En una de las primeras entradas de este Blog os contaba la historia de uno de los medicamentos contra el cáncer más exitosos en ventas del mercado farmacéutico, el Paclitaxel, más conocido por Taxol, el nombre con el que compañía Bristol-Myers Squibb lo comercializó en 1993 para hacerse de oro con él. El que esté interesado en la historia puede leerla aquí pero voy a resumir, para los más vagos, los aspectos más relevantes de esa entrada que, como todas las que escribí en 2006, no han sido muy visitadas.

La historia del Taxol arranca con un proyecto iniciado en 1958 por el National Cancer Institute, cuyos objetivos culminaron con la recogida de unas 35.000 plantas diferentes, en un intento de buscar en ellas componentes que pudieran tener actividad anticancérigena. Uno de los resultados más prometedores se obtuvo con la corteza del llamado tejo del Pacífico (Taxus brebifolia), cuyos extractos parecían tener un efecto beneficioso en ciertos procesos cancerosos. Hicieron falta más de diez años para identificar, en la compleja mezcla que constituye un extracto, la molécula causante de tales efectos beneficiosos, el mencionado Paclitaxel o Taxol, una molécula de aúpa, como yo la denominé en la entrada original, con nada menos que 112 átomos y 12 carbonos asimétricos. Y además, para obtener 300 miligramos (0.3 gramos) de ella en estado puro se necesitaba usar la corteza entera de un árbol adulto que tarda casi 200 años en crecer hasta el tamaño adecuado.

Así que para no cargarse la población mundial del tejo del Pacífico, hubo que sintetizar en el laboratorio la molécula, poniendo cada átomo en su sitio, a través de una serie complicada de pasos, como si de un mecano se tratara. Todo un reto para los químicos orgánicos. Que finalmente lo consiguieron, usando una vía química con truco, que no partía de cero sino de otra molécula algo más sencilla y extraíble de bayas y agujas de otro tejo. Lo que no implicaba cargarse el árbol sino recoger de él componentes que, como las bayas y agujas, se regeneran año tras año.

A finales de julio de este año, el Journal of the American Chemical Society (JACS) publicaba un artículo [J. Am. Chem. Soc. 2016, 138, 9425−9428] que tenía que ver con un asunto que recordaba la historia precedente del Taxol, aunque, en este caso, el resultado final se puede calificar, sin ambajes, como de auténtico chasco para los investigadores implicados.

La molécula bautizada como Maoecrystal V (la V es una letra y no un número romano) es también una compleja molécula orgánica que, en el año 2004, se aisló de una planta usada en la medicina tradicional china, la Isodon eriocalyx. Los primeros resultados parecían indicar que esa molécula tenía unas interesantes propiedades antitumorales en diversos tipos de cánceres. De nuevo, los químicos se pusieron manos a la obra, a la búsqueda de las rutas de síntesis más adecuadas para obtener cantidades suficientes de esa molécula, cantidades necesarias para los ensayos clínicos pertinentes. La cosa de nuevo ha llevado su tiempo y el artículo mencionado recoge los detalles de una complicada vía de síntesis (al menos para mí) que permitió preparar unos 80 miligramos (una minucia me diréis) del citado compuesto.

Los experimentos posteriores, destinados a evaluar los efectos de esa molécula sobre diferentes tipos de cánceres (se seleccionaron hasta 30 de ellos), han sido un auténtico desastre y la "moleculita" en cuestión parece tener poco, si algún, efecto en todos esos cánceres.

Así que los autores han quedado como unos reputados químicos orgánicos pero, al menos por el momento, no van a tener a la puerta del laboratorio multinacionales farmacéuticas esperándoles con un talonario de muchos ceros.

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miércoles, 6 de julio de 2016

Lo que da de sí una cafetera Express

Hace unos pocos años, en ese evento gastronómico anual que se llama Madrid Fusión, los amigos del Restaurante Arzak presentaron uno de esos platos con ideas rompedoras que suele ser habitual en ellos y que sólo son posibles gracias a su innata curiosidad. Se llamaba Carabineros a la cafetera, aunque también lo he encontrado como Carabineros Express, y si queréis hacer el cocinillas y repetir la receta la podéis ver aquí, explicada por el mismísimo Juanmari. La gracieta del asunto es que tanto lo de la cafetera como lo de Express venía a cuento porque los citados carabineros se cocinaban utilizando una de esas cafeteras modernas que ahora usamos para el café en cápsulas (como la de la figura), provista además de un vaporizador de los que ayudan a calentar la leche y darle ese toque de espuma de los capuccinos.

No parece que el asunto tenga mucho que ver con este Blog pero el caso es que este finde me he encontrado con una noticia de corte científico que me ha hecho recordar la receta arriba mencionada. En la revista Analytical Chemistry, una de las revistas más prestigiosas del campo de la Química Analítica, se publicaba a finales de mayo un artículo [Anal. Chem. 2016, 88, 6570-6576] de un grupo de esa disciplina perteneciente a la Universidad de Valencia. Su título estaba cuidadosamente seleccionado: "Hard Cap Espresso Machines in Analytical Chemistry, What else?", con ese guiño final a la frase con la que George Clooney suele cerrar los anuncios de Nespresso.

En el trabajo, los autores demuestran que puede utilizarse una cafetera, como la de los carabineros, para extraer diversas sustancias químicas de muestras de suelo contaminado. Como forma de ilustrar las potencialidades de la propuesta seleccionaron la familia de los hidrocarburos aromáticos policíclicos (PAHs), sobre los que hemos hablado ya en este Blog, a propósito de su incidencia, entre otras cosas, en los alimentos asados en barbacoas y similares.

En once segundos y tras haber liofilizado una muestra de cinco gramos de un suelo, deliberadamente contaminado con toda una familia de PAHs, los autores demuestran que el método de la cafetera es tan eficiente como otros métodos empleados hasta ahora para extraer esas sustancias del suelo y poder así identificarlas y cuantificarlas. Además de rápido y "verde". Al final del artículo, dejan ver que ya están probando el invento con otras sustancias a analizar, como plaguicidas o productos farmaceúticos.

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miércoles, 29 de junio de 2016

La memoria del Muro de Berlín (y del agua de Lourdes)

Los días siguientes a la caída del Muro de Berlín en noviembre de 1989 fueron de actividad frenética por parte de los habitantes de uno y otro lado del mismo, en un intento de demoler, con cualquier herramienta que tuvieran a mano, esa barrera que había marcado una parte importante de sus vidas. Pero los trozos del Muro acabaron siendo un icono de nuevos tiempos y, quien más quien menos, se quedó con algún pedazo mientras otros empezaron a negociar con ellos. Pero lo que era difícil de imaginar entonces es que a algunas empresas dedicadas a la comercialización de preparados homeopáticos se les ocurriera la feliz idea de utilizar trozos de ese Muro como "medicina".

Ya se que muchos no habréis oído hablar de ello y estaréis pensando que es una inocentada a destiempo del Búho. Yo tampoco lo sabía, hasta que el combativo Fer Frías y su Lista de la Vergüenza me lo hicieron saber hace pocas semanas con ocasión de la Semana de la Homeopatía que también "celebramos" en este Blog. Los motivos para usar trozos de Muro para un preparado homeopático y las enfermedades para las que sirve, siguiendo los principios generales del fundador del asunto, se pueden ver en esta entrada de Fer, al final, y en esta otra de un blog homeopático. Y si queréis comprarlo en cualquiera de sus formas (gotas, gránulos, etc.) podéis seguir la recomendación final del Frías y, por ejemplo, entrar en la página de una de las empresas más tradicionales de la homeopatía, Helios, y hacer vuestro pedido. Yo ya he hecho el ejercicio y 50 pildoritas 30CH me costarían la friolera de 11 libras (algo hemos ganado con el Brexit).

El caso es que yo me había olvidado del asunto hasta que hace pocos días, otro de mis referentes en estos asuntos, Edzard Ernst, publicaba una entrada en su Blog en el que describía que los preparados a base de Muro de Berlín no se fabrican a la manera tradicional, es decir, diluyendo con agua varias veces una disolución de la sustancia que nos va a curar. Y eso es así porque el muro de Berlin, de hormigón en su mayor parte, no se disuelve en agua. Así que, en este caso, la preparación se hace en fase sólida. Se tritura el pedazo de Muro y se mezcla con lactosa. Se coge una cantidad (por ejemplo, 1 gramo) de ese preparado y se mezcla con 100 veces más de lactosa. Y así sucesivamente hasta llegar a la dilución (o "potenciación" en el lenguaje homeopático) adecuada (por ejemplo 30 veces para llegar a la 30CH que yo quería comprar en Helios).

Y se plantea Ernst (como otros muchos): aquí no hay agua que forme estructuras, agregados o clusters en torno a la molécula del principio activo, estructuras que recuerdan y almacenan las propiedades de ese principio activo y permiten a esa disolución "curar", aunque todos (los homeópatas también) sepamos que tras muchas diluciones no hay nada del "principio activo" original. Y si eso es así, ¿cómo explicamos el modo de acción de este preparado?. ¿El hormigón también tiene memoria?. ¿Cómo se reordena en torno al "principio activo" si es un sólido?.

Interesante pregunta para mis charlas al respecto. Que se suma a otra que ya vengo usando y que también Ernst usaba en su entrada. Si la mayoría de los preparados homeopáticos se venden en forma de bolitas de azúcar o de azúcar y lactosa, sobre las que se han echado una gotas de la disolución preparada por sucesivas diluciones y luego se evapora el agua, ¿se transmite la información del agua al azúcar mientras aquella se evapora?. Porque, para ser fieles a lo que ocurre, no parece lógico hablar de la memoria del agua en lo tocante a las pildoritas sino de la memoria del azúcar.

Y ya, aprovechando, os cuento otro de mis recientes descubrimientos en torno a estos temas, descubrimiento que debo a mi amigo Josu López-Gazpio. Todos conocéis el agua de Lourdes y que, con ella, en el entorno del Santuario mariano de esa ciudad francesa se comercializan muchos productos. Uno de ellos son los jabones de Lourdes, cuya página os dejo aquí. Os la dejo en castellano, aunque aviso que la traducción es tan mala que, a veces, no se corresponde con el original francés. Si manejáis razonablemente la lengua de Molière, os enterareis mejor en ese idioma.

Pues bien, podéis comprobar que también ha andado por Lourdes el inefable Luc Montagnier, usando más o menos o menos los mismos planteamientos que utilizó aquí en Donosti durante el Congreso de Homeopatía (ver esta interesante entrevista de Javier Guillenea). Se deja querer por todo el mundo, pero cuando se le pregunta por cómo relaciona sus experimentos con la homeopatía o el agua de Lourdes, se sale por la tangente. Y hacer notar también que en la página de los jabones comparte afirmaciones muy interesantes para la empresa con el conocido Masaru Emoto, otro crack en lo relativo a las propiedades curativas del agua, en base a su capacidad para guardar energía en forma de sensaciones, plegarias, etc.

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lunes, 20 de junio de 2016

Algo diferente sobre las dioxinas

Cualquiera de los seguidores de este Blog con sensibilidad ambiental seguro que ha oído hablar de las dioxinas. Y, probablemente, su percepción será de que hablamos de algo extraordinariamente tóxico. En términos generales esa percepción es la correcta pero, como en otras ocasiones en este Blog, esta entrada pretende contar una historia distinta sobre las dioxinas y permitir así que mis lectores dispongan de información adicional, que les permita contrastar la que habitualmente se suministra en los medios y, en tanto que lectores inteligentes que son, ello les permita sacar conclusiones "algo" diferentes.

Las dioxinas y sus primos los furanos forman una familia de 210 compuestos químicos diferentes que, en la literatura científica, se suelen denominar "congéneres". Algunos son verdaderamente tóxicos aún en dosis muy pequeñas y así, por ejemplo, una de las dioxinas conocida por el acrónimo 2378-TCDD suele citarse como la sustancia más tóxica del mundo mundial, aunque sobre eso podríamos hablar más en detalle. De hecho, yo me inclino para ese podio por la toxina botulínica, tan usada en tratamientos de estética. Aún y así, es cierto que la 2378-TCDD es capaz de cargarse un conejillo de indias, de los empleados en las pruebas de laboratorio, con solo administrarle por vía oral unos pocos microgramos (o millonésimas de gramo) por kilogramo de peso del bicho. Aunque, sin embargo, se necesitan dosis bastante más altas (unas cien veces en las mismas unidades) para cargarse, en idénticas condiciones, a un desdichado conejo. Y esos datos parecen aplicarse malamente a los humanos y, si no, véase el caso del expresidente de Ukrania, cuya historia os conté en detalle en esta entrada relativamente reciente. Ciudadano que, hasta lo que yo he visto, sigue vivo a pesar de la barbaridad de 2378-TCDD que le metieron en el cuerpo los servicios secretos de su país, untados por los rusos.

Otra peculiaridad de las dioxinas y furanos es que nunca se han producido con fines comerciales. En realidad son sustancias que aparecen como subproductos no deseados durante la síntesis de otras sustancias empleadas como herbicidas, insecticidas, etc. También se generan como consecuencia de actividades humanas (industria, incineradoras, quemas incontroladas) o fenómenos naturales (como en la actividad volcánica o incendios no provocados).

En el año 1957, miles de pollitos morían en amplias zonas del territorio americano como consecuencia de edemas pulmonares. Hoy sabemos que el origen del problema estaba en que esos pollos estaban siendo alimentados por un tipo de pienso obtenido a partir de los desechos de las pieles de vacuno de las empresas dedicadas a la producción de cuero. Antes de curtir esas pieles es necesario eliminar de ellas la parte interior de las mismas, la pegada al cuerpo del animal. Yo tengo recuerdos infantiles de este tipo de actividades como podéis ver aquí y, en esos recuerdos, veo todavía llegar a la industria que mi padre gestionaba pilas de pieles conservadas con grandes cantidades de sal entre ellas, una manera de inhibir la actividad de microorganismos que pueden dañar la estructura de las pieles y generar defectos en la piel curtida. Pero, en los años 50, los vendedores de pieles americanos empezaron a cambiar la sal por otros inhibidores bacterianos como los clorofenoles. Y en la síntesis de algunos de ellos (obviaremos detalles químicos), el producto comercial resultaba contaminado por cantidades, ciertamente pequeñas, de dioxinas diferentes que el 2378-TCDD, menos tóxicas que ella pero lo suficiente como para provocar la muerte de los pollitos.

Llevó tiempo entender el asunto y solventar el problema pero, mientras tanto, los americanos ya andaban bombardeando Vietnam con un herbicida llamado Agente Naranja, con el que pretendían deforestar grandes zonas del país para impedir los movimientos de los vietcongs. Este herbicida se obtenía a partir de otro fenol clorado y, en esa síntesis, el Agente Naranja resultaba contaminado de pequeñas cantidades de, esta vez si, la mismísima 2378-TCDD. Millones de litros del Agente Naranja se vertieron en las selvas y bosques vietnamitas y los cálculos permiten aventurar que al menos 150 kilos de 2378-TCDD puro fueron a parar a esos mismos entornos.

El Agente Naranja fue una de las "armas" estratégicas del naciente movimiento ecologista de los sesenta y setenta en los EEUU. Los veteranos que habían manejado el Agente Naranja empezaron a denunciar problemas físicos de diversa magnitud y, tras un tortuoso proceso, los datos más recientes parecen indicar que los veteranos más expuestos en el manejo del herbicida tienen una mayor incidencia que los no expuestos a diversos tipos de linfoma, además del cloracné tan visible en las fotos de la cara del presidente ucraniano.

El problema final que llevó a las dioxinas a la primera plana de los periódicos de todo el mundo, y que las convirtió en el contaminante químico por excelencia, fue el escape ocurrido en un reactor de una pequeña planta química situada en las proximidades del pueblo italiano de Seveso, ahora hace casi 40 años, el 10 de julio de 1976. De nuevo, la reacción que ocurría en el interior del reactor implicaba a un triclofenol y la 2378-TCDD aparecía como impureza del proceso pero, dada su toxicidad, originó un incidente de dimensiones muy importantes. Hubo que desalojar y descontaminar un número importante de hectáreas y, desde esas fechas, se ha realizado un importante seguimiento de la salud de las personas afectadas. Aunque, por supuesto, hay muchos trabajos al respecto, los efectos más relevantes, por el momento, han sido un importante número de casos de cloracné, que remite en el tiempo, algunas evidencias de enfermedades ligadas al tiroides y, curiosamente, una mayor tendencia a engendrar hembras entre las personas expuestas a dosis por encima de 118 ppt en sangre despues del accidente.

Dado el impacto del accidente, muchos grupos de investigación empezaron a estudiar las fuentes y los efectos de las dioxinas y furanos. A finales de los setenta una serie de trabajos mostraron que las dioxinas no sólo entran en nuestro ambiente de la mano de procesos químicos, como los descritos arriba, sino también a partir de otro tipo de procesos muy habituales, como los incendios o la quema de residuos, ya sea a nivel de incineradoras o en simples hogueras tan habituales en la gente que vivía en el campo. Incluso en esa época se llegó a propugnar que las dioxinas "han estado con nosotros desde que el hombre aprendió a manejar el fuego".

Pero no es así en términos cuantitativos. Estudios muy detallados llevados a cabo a finales de los ochenta y principios de los noventa, utilizando muestras de lodos extraídos de lagos americanos situados en zonas recónditas y no sujetos, por tanto, a emisiones locales de carácter industrial, vinieron a demostrar que el contenido en la dioxina 2378-TCDD de esos lodos, a diferentes profundidades (reflejo de los depósitos a diferentes años), mostraban un crecimiento importante desde mediados de los años 30, hasta un máximo situado en torno a 1970, año a partir del cual el contenido en esa dioxina decrece de forma dramática. Así que el fuego no parecía ser el causante exclusivo ni destacado de ese comportamiento derivado del análisis de los lodos.

La razón es más sencilla y tiene que ver con el crecimiento de la industria química entre las dos grandes guerras europeas y el empleo en ella de sustancias y procesos que, como impureza, hacen aparecer la 2378-TCDD y otros primos. Una vez que se identificaron los problemas ligados a los pollitos, al Agente Naranja y a Seveso, la industria no tuvo más remedio que evitar procesos que dieran lugar a la 2378-TCDD y similares y el problema empezó a remitir.

Y ese proceso ha continuado de manera ininterrumpida en las sucesivas décadas y ha sido monitorizado en múltiples países. Seguro que habéis leído más de una vez noticias que hablan de personas "relevantes" (políticos, actores, etc.) que se han sometido a análisis de sangre y cuyos resultados han mostrado contenidos en dioxinas. Es verdad. Pero lo que no se cuenta es que amplios estudios poblacionales han mostrado que el contenido en dioxinas en sangre y tejidos humanos ha caído de forma dramática desde los años 70 hasta ahora, como puede verse en la figura que ilustra esta entrada. Es probable que sigan aún bajando más, pero tenemos que ser conscientes de que algo de dioxinas siempre nos vamos a meter al coleto como consecuencia, fundamentalmente, de la existencia de las mismas en muchos alimentos, debido a contaminación ambiental, y de que en algunos casos (barbacoas privadas, asadores) las generamos nosotros mismos en el alimento que ingerimos.

Pero, en mi opinión, el asunto está maduro y preocupa mucho menos que hace unos años a quien tiene que preocuparse de oficio por el tema. Agencias como la EPA americana no publican estudios observaciones sobre las dioxinas desde principios de este siglo. Y en lo tocante a la incineración de residuos, un tema tan candente en Gipuzkoa en estos últimos años, está ya fuera de duda que una incineradora actual, cuyas entradas y salidas de materiales tóxicos se analizan hasta la extenuación, pueden conceptuarse más como "sumideros" o eliminadoras de dioxinas que generadoras de las mismas. Aunque haya gente que no se lo crea y siga haciendo, mientras tanto, fueguitos y barbacoas en su casa o en su jardín que organismo alguno controla.

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