Céspeded artificiales y la percepción del riesgo
Varias veces he escrito en este Blog sobre el Estado de California y sus decisiones, en mi opinión un tanto exageradas, en materia de salud y medio ambiente, muchas de las cuales conllevan una importante carga quimiofóbica, derivada de la composición sociológica de su población. Quizás el caso más claro es su famosa Proposición 65, de la que hablamos en una entrada de 2024, entrada que me permitió explicar algo sobre lo que suelo volver de forma casi obsesiva: la necesaria distinción entre peligro (hazard) y riesgo (risk), a la hora de evaluar los temores de la población sobre las sustancias químicas. Sin embargo, como nada es blanco o negro, hace poco me he encontrado con un sorprendente informe de la californiana Oficina de Evaluación de Riesgos para la Salud Ambiental (OEHHA), relativo a los riesgos que supone el uso de céspedes artificiales en los deportistas que los frecuentan. El análisis tiene sobre todo que ver con el uso que en ellos se hace de partículas de caucho de neumáticos reciclados y constituye, para mí, un caso de libro de cómo se legisla en ocasiones sobre las sustancias químicas.
Durante años, el césped artificial fue promovido en California como una solución sostenible. En un contexto de sequía crónica, sobre todo entre 2012 y 2016, su principal ventaja era evidente, al eliminar la necesidad de riego intensivo. Municipios y particulares lo adoptaron como alternativa al césped natural, y la normativa de ese Estado incluso limitó la capacidad de los condados para prohibirlo. Como se ve en la figura que ilustra esta entrada, esos céspedes incluyen las mencionadas partículas de caucho (rubber granule en la figura), para hacer que la hierba artificial (también polimérica, plastic grass) se mantenga suficientemente firme.
Sin embargo, con el tiempo, surgieron otras preocupaciones sobre el empleo de estas superficies artificiales. El foco se desplazó desde el ahorro de agua hacia otros posibles impactos como la liberación de microplásticos (provenientes tanto de las fibras que simulan la hierba como, sobre todo, del caucho), la presencia y posible emisión de compuestos químicos peligrosos, la generación de calor urbano (que contribuyen a las islas de calor) o los problemas con su reciclaje una vez que ha terminado la vida útil de esos céspedes. Al final, pasaron de ser una solución ambiental a convertirse en un posible problema. Un cambio de narrativa como este es característico de sistemas complejos donde las soluciones a un problema generan otros nuevos (véase, por ejemplo, el caso de los fertilizantes sintéticos).
Ante estas preocupaciones, el Estado de California encargó a la OEHHA un estudio exhaustivo que es el que se ha hecho público este mes de marzo de 2025. El estudio no se limita a identificar sustancias potencialmente peligrosas en los componentes del césped artificial, sino que evalúa el riesgo real del mismo en las condiciones de uso por parte de diversos actores (deportistas, árbitros, espectadores, etc..), así como en diferentes franjas de edad.
El estudio se centró en decenas de campos de césped artificial, analizando múltiples sustancias químicas como metales, hidrocarburos aromáticos policíclicos (PAHs) o compuestos orgánicos volátiles, evaluando distintas vías de exposición (inhalación, ingestión y contacto dérmico) y modelizando escenarios realistas de esa exposición en diferentes grupos de edad. Este último punto es clave en cualquier análisis toxicológico. No es lo mismo analizar la composición química de un material que determinar qué cantidad de esas sustancias llega realmente al cuerpo humano. Y esa exposición depende de la edad. Por ejemplo, en el caso que estamos describiendo, los niños pequeños presentan una mayor ingestión accidental de partículas (comportamiento mano-boca) y tienen menor peso corporal, lo que aumenta la dosis relativa, además de que, cuando practican deportes, los niños inhalan más aire. Por ello, los modelos utilizan escenarios conservadores que tienden a sobrestimar la exposición. Si incluso en estas condiciones no se detecta riesgo significativo, los resultados adquieren mayor solidez.
La conclusión principal del estudio (sorprendente para mi, viniendo de californianos) es clara: No se identifican riesgos significativos para la salud humana derivados del uso de césped artificial con relleno de caucho reciclado. Esa conclusión se basa en la ausencia de riesgos cancerígenos relevantes, en que los niveles de exposición de los diferentes segmentos de edades están por debajo de valores toxicológicos de referencia y en la ausencia de efectos significativos por inhalación, ingestión o contacto dérmico. Este resultado no implica, por supuesto, que el material sea químicamente inerte, sino que las dosis reales de exposición son demasiado bajas para generar efectos medibles. Volviendo a los conceptos de peligro y riesgo, una sustancia o actividad puede ser potencialmente peligrosa en condiciones extremas, pero no representar un riesgo en condiciones reales de uso. Por ejemplo, conducir un coche (una actividad) es inherentemente peligroso pues causa muchos muertos anualmente, pero es posible evaluar una probabilidad de cuánto riesgo corremos por conducir habitualmente un coche.
Las partículas de caucho granulado, como las empleadas en los céspedes artificiales, entran, por su tamaño, en los llamados microplásticos primarios, microplásticos añadidos deliberadamente para que tengan un efecto determinado. En esa categoría, además del caucho granulado, entran productos como las microesferas de plástico en cosmética u otros productos de cuidado personal (exfoliantes, pastas de dientes) que suponen una fuente conocida de los microplásticos que van al mar y al medio ambiente en general. De hecho, la Unión Europea y otros países van introduciendo reglamentaciones restrictivas sobre el uso deliberado de estos microplásticos. Por otro lado, las partículas de caucho que se generan durante la abrasión de los neumáticos de los automóviles con el asfalto suponen otra fuente adicional de micropartículas, muchas de las cuales, en paises ribereños, también acaban en el mar.
La literatura científica ha abordado, desde hace unos años, el problema de que, una vez en el mar, esas partículas y otras que como ellas pueden definirse como microplásticos, puedan actuar como vectores (transmisores) de sustancias peligrosas a la fauna marina, tanto de aquellas que intrínsecamente les acompañan (restos de monómeros, plastificantes y otros aditivos) como de las que puedan absorber desde las que están disueltas en el propio agua de mar. Al confundir esos microplásticos con posibles presas, las aves acuáticas y peces pueden ingerirlos y provocar que esas sustancias químicas se bioacumulen en su organismo y, potencialmente, en otros seres vivos, incluidos los humanos, que las ingieran posteriormente.
Ese es un asunto que ya tratamos en esta entrada del Blog. En ella, y entre otra bibliografía, se mencionaba un artículo de 2016 de un grupo holandés que ponía en cuestión esa idea. Su argumento era que, en el mar, además de microplásticos de diversa procedencia (incluidas partículas de caucho) podemos encontrar numerosas partículas en suspensión (materia orgánica dispersa, fitoplacton, partículas de carbón, etc.) que abundan más que los microplásticos y que también adsorben contaminantes presentes en el agua de mar. Esto implicaría que el papel de los microplásticos como vectores químicos puede haber sido sobredimensionado en el discurso público. De hecho, con posterioridad a ese artículo y basándose en él, organismos como la Organización Mundial de Salud (OMS) llegaba a similares conclusiones en un estudio de 2022 (véase el penúltimo párrafo de la página 97).
Y ahora, a la luz de los resultados del informe californiano que estamos comentando, cabría preguntarse si no se refuerzan esas conclusiones, en lo relativo a las sustancias químicas que las partículas de caucho que van al mar puedan contener y las concentraciones que potencialmente puedan transferirse.
En cualquier caso, el asunto de los céspedes deportivos y sus componentes y riesgos es un buen ejemplo de cómo se construyen a menudo las políticas ambientales. Para quien siga este Blog, la secuencia es familiar: se identifica una sustancia potencialmente peligrosa, se amplifica la noticia mediática y socialmente, se genera una presión política y regulatoria, se realizan estudios más completos y, en muchos casos, se revisa, matiza o incluso se desacredita la narrativa. Este proceso no implica siempre mala fe por parte de sus diversos actores (que a veces la hay, especialmente en algunos), sino que es el resultado de la interacción entre ciencia, percepción social y toma de decisiones bajo incertidumbre. El debate sobre el césped artificial y las partículas de caucho en California no es un ejemplo de “problema inexistente”, típico de empresas con intereses, ni de “crisis ambiental ignorada”, típico de activistas, sino de algo más habitual en nuesta época: un problema complejo cuya percepción ha evolucionado más rápidamente que la evidencia científica.
El estudio de la OEHHA que hemos comentado no cierra todas las preguntas, pero sí establece la importante conclusión según la cual, en condiciones reales de uso, el riesgo para la salud humana es muy bajo. Esto no elimina la necesidad de seguir investigando, especialmente en el ámbito ambiental (por la presencia de microplásticos), pero sí invita a introducir un elemento de prudencia en un debate en el que la información ha sido y es incompleta, las percepciones son intensas y las consecuencias legislativas pueden ser significativas. Hay que pensar en términos de riesgo real y no de intuiciones. Pero, en esto, como en otras cosas, hay mucho dinero en juego.
Hoy acabamos con El Pelele de Enrique Granados, interpretado por la pianista Alba Ventura en un concierto en la Fundación March en 2022.



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