domingo, 22 de febrero de 2026

Sucralosa: otro edulcorante por chiripa.

En este Blog hemos hablado en repetidas ocasiones sobre diferentes edulcorantes, esas sustancias que son más dulces (mucho más dulces) y menos energéticas que el azúcar de mesa y que, por tanto, se utilizan como sustitutos de él, como una forma de evitar sus peligros. Su descubrimiento fue, en varios casos, por pura chiripa. El caso de la sacarina está documentado en una entrada anterior cuando conté que, un día de junio de 1878, el químico Constantin Fahlberg volvió a casa del laboratorio y se percató de que a pesar de haberse lavado las manos, éstas estaban impregnadas de algo sorprendentemente dulce. Volvió al laboratorio y a base de dar lengüetazos a los productos con los que estaba trabajando (los químicos del pasado eran así de lanzados) descubrió lo que hoy conocemos como sacarina.

En el caso del aspartamo, del que he escrito mucho, no he contado sin embargo que fue descubierto en diciembre 1965 en los laboratorios de la farmacéutica G.D. Searle que, en la época, andaban buscando medicamentos contra la úlcera gástrica. En una de las reacciones de purificación de uno de los productos investigados, parte de lo que había en el reactor salió del mismo y salpicó a uno de los investigadores (James M. Schlatter). Poco después, al humedecer el dedo para separar dos hojas de papel, descubrió el intenso dulzor de lo que le había caído a la mano. El caso de hoy, la sucralosa, es otro ejemplo más de chiripa (o serendipia), donde la lengua vuelve a jugar su papel.

El descubrimiento de la sucralosa en 1976 fue motivado por un sorprendente error lingüístico. La empresa azucarera británica Tate & Lyle, la misma que introdujo el terrón de azúcar en el Reino Unido en 1875, estaba investigando derivados de la sacarosa (el azúcar de mesa convencional) en colaboración con científicos del Queen Elizabeth College (hoy parte del King’s College de Londres). Querían modificar químicamente el azúcar para estudiar nuevas propiedades. En uno de los intentos, sustituyeron, como véis en la figura, tres grupos –OH de su molécula (en verde) por tres átomos de cloro (en rojo) y así nació la molécula que hoy conocemos como sucralosa.

Aunque en lo que ahora voy a relatar puede que haya algo de mito, cuentan las crónicas (e incluso documentos corporativos de Tate & Lyle) que Leslie Hough (un químico de carbohidratos) pidió a su estudiante de doctorado Shashikant Phadnis, de nacionalidad india, que analizara el nuevo compuesto. Analizar en inglés es “test”, pero quizás porque el inglés no era su lengua materna, Phadnis entendió “taste”, probar en inglés. Y sin pensárselo dos veces, siguiendo la tradición de los viejos alquimistas y de químicos como Fahlberg, Phadnis probó el polvo blanco que habían obtenido (sin considerar que fuera tóxico) y descubrió que era extremadamente dulce. De hecho más de 600 veces más dulce que la sacarosa del azúcar normal.

El descubrimiento fue algo inesperado porque, normalmente, al clorar una molécula orgánica se suele reducir su solubilidad y cambiar radicalmente sus propiedades biológicas pero, en este caso, la modificación conservó la interacción con los receptores del dulzor e impidió que el cuerpo la metabolizara como azúcar. Tras pruebas de seguridad y desarrollo industrial, se lanzó al mercado en los años 90 bajo la marca Splenda, con su famoso eslogan “Hecho a partir del azúcar, así que sabe como el azúcar”. Es más habitual en USA que en Europa, donde ha tenido que competir con el ya mencionado aspartamo, el acesulfamo K y, más recientemente, con la estevia.

Pero como buen edulcorante sintético, la sucralosa ha estado desde sus inicios en el objetivo de los quimiofóbicos que aquí lo tenían a huevo: la sucralosa tiene en su unidad estructural tres átomos de cloro, un maligno donde los haya, aunque el cloro forme parte de miles de moléculas orgánicas perfectamente estables y seguras. Y también ha estado y sigue estando (como no podía ser de otra manera) bajo la revisión, junto con otros edulcorantes, de Agencias que cuidan de nuestra salud. Y así, en 2023, la Organización Mundial de la Salud publicó un extenso informe titulado “Uso de edulcorantes sin azúcar: directrices de la OMS” en el que manifiesta su opinión sobre esta familia de aditivos, entre los que se encuentra la sucralosa. Sobre la base de recientes revisiones, la OMS propone que no se utilicen edulcorantes sin azúcar como medio para controlar el peso o reducir el riesgo de enfermedades cardiovasculares, por entender que no son eficaces a largo plazo y porque, en ese largo plazo, pudieran causar otros problemas de salud. El informe me ha resultado sorprendente porque mucha de su argumentación sobre esos posibles efectos en la salud se basa en evidencias científicas que ellos mismos califican de baja o muy baja certidumbre (véase el Anexo 6).

Habrá que seguir el tema, pero dado que el informe mete en un mismo saco a todos los edulcorantes, sin particularizar al caso de la sucralosa que nos ocupa, he preferido mostraros lo que sobre ella dicen otras agencias regulatorias, como la Food and Drug Administration (FDA) americana y la European Food Safety Authority (EFSA). Ambas consideran a la sucralosa como una sustancias segura, dentro de la ingesta diaria admisible (IDA) que, de acuerdo con la estimación de la FDA, es 5 mg por kilo de peso corporal y día, mientras que en el caso de la EFSA es 3 veces más (15 mg por kilo de peso corporal y día). Establecido lo cual, podemos hacer algunas cuentas de las que tanto gustan a vuestro Búho.

Tomemos una persona media de peso corporal 70 kg. Multiplicando ese peso por la IDA, resultan 350 mg al día en el caso de usar la de la FDA. Un sobre típico de Splenda contiene aproximadamente 12 mg de sucralosa pura, aunque el peso total del sobre suele ser mayor porque lleva maltodextrina para que la pobre sucralosa no se nos pierda al abrir el sobre. Si ahora dividimos los 350 mg al día por los 12 mg de sucralosa en cada sobre, resultan aproximadamente 29 sobres al día. Es decir, una persona de 70 kg tendría que consumir casi 30 sobres diarios, todos los días, para llegar al límite de seguridad. Mucho más interesante es que consideremos el hecho de que la mayor parte de la sucralosa se suele ingerir no en los sobrecitos con los que endulzamos un café, sino en las bebidas “light”. Las latas convencionales de esas bebidas suele contener entre 40–70 mg de sucralosa (según formulación). Para alcanzar la IDA habría que consumir entre 5 y 9 latas diarias de ese refresco, todos los días de una vida, de forma crónica. Si usáramos la IDA de la EFSA, el número de sobres y latas se multiplicaría por tres. Y no se debe olvidar (muy importante) que las IDAs suelen calcularse con márgenes de seguridad muy conservadores, dividiendo en muchos casos por 100 las dosis a partir de las cuales se observan efectos en animales de laboratorio.

La cosa se puso más seria para la sucralosa cuando, en 2016, se publicó un artículo del italiano Instituto Ramazzini en el que se concluía, tras estudios con ratones de laboratorio, que la sucralosa era cancerígena. Para llegar a esos resultados, los investigadores habían alimentado a los pobres ratones con dosis diarias de sucralosa que eran entre 4 y 133 veces la IDA de la EFSA (o, alternativamente, entre 12 y 399 veces la IDA de la FDA). El Ramazzini es, probablemente, el laboratorio toxicológico más conocido, y también más controvertido, en estudios de carcinogenicidad ambiental y alimentaria. El Instituto utiliza diseños poco habituales en toxicología regulatoria como el seguimiento de animales hasta su muerte natural (no sacrificio estándar), el empleo de grandes cohortes (poblaciones) de roedores o la exposición durante casi toda la vida, con la idea de detectar tumores tardíos.

Algo que suena bien, pero que introduce problemas como los que suelen señalar las principales agencias mundiales. Sin entrar en muchos detalles, los ratones de avanzada edad, como los humanos, tienen muchas más posibilidades de tener cáncer. Así que linfomas y leucemias en roedores envejecidos, como los que se detectaban en el estudio, constituyen una señal particularmente difícil de interpretar, ya que pueden reflejar procesos inflamatorios asociados al envejecimiento más que un efecto carcinogénico directo. Usando este tipo de argumentos, el artículo del Instituto Ramazzini tuvo una inmediata contestación de la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA), en forma de una revisión crítica, que concluyó que los datos no apoyaban una relación causal con tumores y que estudios adecuados en roedores no mostraban efecto cancerígeno.

Otro estudio relevante que no apoya el carácter cancerígeno de la sucralosa es un estudio observacional francés de 2021 sobre 102865 adultos de la llamada cohorte NutriNet-Santé. Si observáis la Tabla 2, en el caso de la sucralosa, los llamados HR o Hazard Ratio (Cociente de Riesgos Instantáneos), que miden el riesgo relativo entre grupos expuestos a la sucralosa y los no expuestos, son números muy próximos a 1 (sin diferencias significativas) o incluso menores a uno, lo que indicaría que los consumidores de sucralosa tienen menos riesgo de ciertos cánceres.

Más complicadas de debatir, por relativamente recientes, son otras problemáticas que se han achacado al uso de los edulcorantes en general y a la sucralosa en particular. Y que tienen que ver, por ejemplo, con la posibilidad de que la sucralosa puede modificar la microbiota intestinal, la respuesta o la sensibilidad a la insulina o la respuesta a una inmunoterapia oncológica. De todo esto yo puedo decir poco o nada, así que mejor no me meto mucho donde nadie me llama. De la microbiota algo he leído a Ignacio López-Goñi en su magnífico Blog microBIO y, más recientemente, en su libro Microbiota y Salud Mental.

En ese libro y en el capítulo dedicado a la Microbiota y la interacción con los alimentos, hay una breve referencia a los ultraprocesados y, dentro de él se menciona que “Muchos informes han demostrado que el consumo continuado de edulcorantes artificiales no calóricos (como aspartamo, sacarina, sucralosa, ciclamato, sorbitol…) puede alterar la microbiota intestinal, con un aumento de Bacteroides y Lactobacillus y una disminución de Clostridiales, entre otros. Se ha sugerido también que estas variaciones de la microbiota podrían causar intolerancia a la glucosa”. Pero, por lo que yo he podido entender en el libro sobre esas variaciones de los microorganismos citados, no es fácil sacar conclusiones sobre si son buenas o malas. Y habría que ver si esos cambios son reproducibles, clínicamente relevantes y asociados a desenlaces adversos. Así que voy a estar más atento a estas cosas para seguir viendo como evolucionan los posibles nuevos efectos de los edulcorantes y de otros aditivos.

Musica clásica con marcha, como la que a mi me gusta. El final de Los Preludios de Franz Liszt, con la Filarmónica de Berlin con Christian Thielemann a la batuta. Yo creo que los lleva un poco acelerados…..

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