Tomates en el balcón
Seguro que algunos de mis sufridos lectores han optado por convertir sus balcones y terrazas en pequeñas huertas. O, como es mi caso, tienen amigos o parientes que andan implicados en esta suerte de autoabastecimiento. Es una tendencia bastante creciente en el mundo de los "ricos" y parece estar admitido que proporciona alimentos más saludables que los que nos venden en el comercio, por aquello de los plaguicidas (que no pesticidas, una mala traducción del inglés), la menor posibilidad de contaminación microbiana, ausencia de transporte entre el productor y el consumidor y otra serie de parámetros que permiten adjudicar a esa actividad, un tanto zen, el adjetivo de "sostenible".
Science for Environmental Policy es un boletín de alertas en temas ligados al medio ambiente, patrocinado por la Unión Europea. En un número publicado este martes, resumían los diez artículos más descargados de su web entre todos los referenciados en sus boletines a lo largo de 2012. Y el top es un artículo titulado: ¿Es saludable la horticultura desarrollada en áreas de tráfico intenso?. En él se analizan las concentraciones en metales pesados de diversos productos agrícolas cultivados en balcones y terrazas del centro de Berlín.
Los niveles detectados dependen mucho del metal investigado y de la especie que crezca en el balcón. Por ejemplo, el tomate tiene niveles mucho más bajos de plomo que la acelga, la menta acumula mucho más cromo que las judías verdes o las zanahorias y así podíamos seguir con resultados del mismo tenor. Pero, como conclusión general, las diferentes hortalizas y similares investigadas tienen niveles mucho más altos de cadmio, cromo, plomo, zinc, niquel y cobre que sus parientes vendidas en supermercados de la zona. Así que de saludables nada. Pero que no cunda el pánico, que no voy a hacer sangre con el dato.
Porque a pesar del interés que el tema parece suscitar en 2012, asuntos de este tipo son más viejos que mear en pared (frase con copyright de El Búho). Y los guipuzcoanos, que estamos siempre en la avanzadilla de todo lo que se cuece, lo sabemos desde hace más de veinte años. Por ejemplo, a finales de los años 80, amigos del que suscribe se recorrieron la autopista Bilbao/Behovia, en su tramo guipuzcoano, recolectando todo tipo de hortalizas y muestras de suelo de las innumerables huertas furtivas que, en aquella época (y ahora también, pero menos), poblaban los márgenes de dicha autopista. Como es obvio, encontraron plomo en casi todas ellas y a niveles elevados. Probablemente ahora habrán bajado esos niveles, por aquello de las gasolinas sin plomo, pero como se ve en los datos de Berlín el citado elemento sigue estando presente.
Otro estudio de los mismos amigos tampoco tiene desperdicio para la consideración de lo que comemos y comíamos. En los años noventa la emprendieron con la contaminación por metales pesados en los ríos Oiartzun y Urumea. Ambos tienen en sus cabeceras explotaciones mineras de larga historia. En el caso del Oiartzun, se trata de las minas de Arditurri, que datan de tiempos de los romanos. En el caso del Urumea está el llamado Coto Ollín. En época de crecidas, como las de estas últimas semanas, los terrenos próximos a los ríos se inundan con agua que transporta los estériles acumulados, en forma inadecuada, en las antiguas explotaciones mineras a las que he hecho mención. Como consecuencia de ello, en los huertos situados cerca del cauce de ambos ríos, se detectaron niveles importantes de zinc, plomo, cadmio y manganeso, que iban decayendo a medida que el huerto se alejaba del cauce del río. Ahí estaban, queridos, y ahí habrán estado desde tiempos pretéritos.
En toda esos estudios de contaminación por metales pesados, realizados antes de que a ningún berlinés se le ocurriera poner tomates en su balcón, mis amigos también comprobaron que la absorción de esos metales por parte de la planta depende mucho del pH del suelo. Por encima de un valor aproximado de 6.5, los contaminantes permanecen insolubles en el agua del susodicho suelo y la planta no los puede absorber. Pero, por debajo, la absorción se produce y, aparte del peligro intrínseco si se consumen esas hortalizas, su crecimiento, en algunos casos, se ve afectado por su presencia. Los casheros de esas zonas (gente lista) ya habían llegado a la conclusión, por prueba y error y desde tiempos inmemoriales, que la adición de cal a esos terrenos que empezaban a funcionar mal solventaba el problema. Hoy sabemos que gracias a la cal, el pH sube y la planta, libre de los metales pesados, crece mucho mejor. Y es más saludable para el que la consume.
Ya solo queda por desvelar la identidad de los amigos del Búho, adelantados a su tiempo. Se trata de gentes del Laboratorio Agroambiental de la Diputación Foral de Gipuzkoa, liderados por el Dr. Javier Ansorena, quien en los años 80 tomó el germen de un pequeño laboratorio existente en la finca Fraisoro y lo elevó a cotas competitivas a nivel europeo. Dice otro de mis amigos, Pedro Etxenike, que para hacer bien Ciencia hay que aprenderla trabajando con los mejores. Y ahí Javier es difícil de batir. Su historial como especialista en estos temas, y la propia infraestructura del Laboratorio Agroambiental de Fraisoro, tienen sus cimientos en el magisterio de Phil Brookes, perteneciente al Centro de investigación agrícola más veterano del mundo, la Rothamsted Research Station inglesa. Phil es un tipo cuyo historial científico hace palidecer a cualquiera que sepa de qué va esto de la producción científica. Sólo dos datos para los amantes de la bibliometría. Uno de sus artículos acumula ya 3.500 citas. Y su índice h es 49.
MI amigo Javi ha tenido la suerte de poder recalar otra vez en su querido Fraisoro este pasado otoño, tras ser apartado de su puesto de Jefe de Servicio de Medio Ambiente de la Diputación, honradamente ganado en concurso. Una vergonzante decisión de las huestes de Bildu que ahora gobiernan a los guipuzcoanos. Ellos se lo pierden. Con exabruptos antológicos como el de "ekologia ala hil" (ecología o muerte), que parecen gustarles tanto, espero que no vayamos a ningún sitio.
Science for Environmental Policy es un boletín de alertas en temas ligados al medio ambiente, patrocinado por la Unión Europea. En un número publicado este martes, resumían los diez artículos más descargados de su web entre todos los referenciados en sus boletines a lo largo de 2012. Y el top es un artículo titulado: ¿Es saludable la horticultura desarrollada en áreas de tráfico intenso?. En él se analizan las concentraciones en metales pesados de diversos productos agrícolas cultivados en balcones y terrazas del centro de Berlín.
Los niveles detectados dependen mucho del metal investigado y de la especie que crezca en el balcón. Por ejemplo, el tomate tiene niveles mucho más bajos de plomo que la acelga, la menta acumula mucho más cromo que las judías verdes o las zanahorias y así podíamos seguir con resultados del mismo tenor. Pero, como conclusión general, las diferentes hortalizas y similares investigadas tienen niveles mucho más altos de cadmio, cromo, plomo, zinc, niquel y cobre que sus parientes vendidas en supermercados de la zona. Así que de saludables nada. Pero que no cunda el pánico, que no voy a hacer sangre con el dato.
Porque a pesar del interés que el tema parece suscitar en 2012, asuntos de este tipo son más viejos que mear en pared (frase con copyright de El Búho). Y los guipuzcoanos, que estamos siempre en la avanzadilla de todo lo que se cuece, lo sabemos desde hace más de veinte años. Por ejemplo, a finales de los años 80, amigos del que suscribe se recorrieron la autopista Bilbao/Behovia, en su tramo guipuzcoano, recolectando todo tipo de hortalizas y muestras de suelo de las innumerables huertas furtivas que, en aquella época (y ahora también, pero menos), poblaban los márgenes de dicha autopista. Como es obvio, encontraron plomo en casi todas ellas y a niveles elevados. Probablemente ahora habrán bajado esos niveles, por aquello de las gasolinas sin plomo, pero como se ve en los datos de Berlín el citado elemento sigue estando presente.
Otro estudio de los mismos amigos tampoco tiene desperdicio para la consideración de lo que comemos y comíamos. En los años noventa la emprendieron con la contaminación por metales pesados en los ríos Oiartzun y Urumea. Ambos tienen en sus cabeceras explotaciones mineras de larga historia. En el caso del Oiartzun, se trata de las minas de Arditurri, que datan de tiempos de los romanos. En el caso del Urumea está el llamado Coto Ollín. En época de crecidas, como las de estas últimas semanas, los terrenos próximos a los ríos se inundan con agua que transporta los estériles acumulados, en forma inadecuada, en las antiguas explotaciones mineras a las que he hecho mención. Como consecuencia de ello, en los huertos situados cerca del cauce de ambos ríos, se detectaron niveles importantes de zinc, plomo, cadmio y manganeso, que iban decayendo a medida que el huerto se alejaba del cauce del río. Ahí estaban, queridos, y ahí habrán estado desde tiempos pretéritos.
En toda esos estudios de contaminación por metales pesados, realizados antes de que a ningún berlinés se le ocurriera poner tomates en su balcón, mis amigos también comprobaron que la absorción de esos metales por parte de la planta depende mucho del pH del suelo. Por encima de un valor aproximado de 6.5, los contaminantes permanecen insolubles en el agua del susodicho suelo y la planta no los puede absorber. Pero, por debajo, la absorción se produce y, aparte del peligro intrínseco si se consumen esas hortalizas, su crecimiento, en algunos casos, se ve afectado por su presencia. Los casheros de esas zonas (gente lista) ya habían llegado a la conclusión, por prueba y error y desde tiempos inmemoriales, que la adición de cal a esos terrenos que empezaban a funcionar mal solventaba el problema. Hoy sabemos que gracias a la cal, el pH sube y la planta, libre de los metales pesados, crece mucho mejor. Y es más saludable para el que la consume.
Ya solo queda por desvelar la identidad de los amigos del Búho, adelantados a su tiempo. Se trata de gentes del Laboratorio Agroambiental de la Diputación Foral de Gipuzkoa, liderados por el Dr. Javier Ansorena, quien en los años 80 tomó el germen de un pequeño laboratorio existente en la finca Fraisoro y lo elevó a cotas competitivas a nivel europeo. Dice otro de mis amigos, Pedro Etxenike, que para hacer bien Ciencia hay que aprenderla trabajando con los mejores. Y ahí Javier es difícil de batir. Su historial como especialista en estos temas, y la propia infraestructura del Laboratorio Agroambiental de Fraisoro, tienen sus cimientos en el magisterio de Phil Brookes, perteneciente al Centro de investigación agrícola más veterano del mundo, la Rothamsted Research Station inglesa. Phil es un tipo cuyo historial científico hace palidecer a cualquiera que sepa de qué va esto de la producción científica. Sólo dos datos para los amantes de la bibliometría. Uno de sus artículos acumula ya 3.500 citas. Y su índice h es 49.
MI amigo Javi ha tenido la suerte de poder recalar otra vez en su querido Fraisoro este pasado otoño, tras ser apartado de su puesto de Jefe de Servicio de Medio Ambiente de la Diputación, honradamente ganado en concurso. Una vergonzante decisión de las huestes de Bildu que ahora gobiernan a los guipuzcoanos. Ellos se lo pierden. Con exabruptos antológicos como el de "ekologia ala hil" (ecología o muerte), que parecen gustarles tanto, espero que no vayamos a ningún sitio.






