lunes, 29 de diciembre de 2025

Formaldehído: Formol y vacunas


Hay muchos ejemplos en la historia del siglo XX que demuestran que bastan unas pocas palabras para apartar a la población de una sustancia química. En el caso que hoy nos ocupa, el formaldehído, basta decir que es un “químico” (término usado inadecuadamente, diga lo que diga la Fundéu), sintético y cancerígeno para que pase de ser una herramienta útil, con una excelente hoja de servicios, a convertirse, en manos de desalmados como los que veremos al final, en una herramienta propagandística cargada de sospechas. Durante décadas, los estudiantes de Medicina aprendieron anatomía entre cadáveres conservados en formol (que es como se llama a una disolución acuosa del citado formaldehído). Era, y sigue siendo en muchos lugares, la forma más fiable de disponer de “material” que resista meses o años sin descomponerse. Esa escena romántica que a veces imaginamos, el estudiante asombrado ante la complejidad del cuerpo humano, ha convivido con algo mucho más prosaico: ojos que pican, garganta que se irrita, manos que huelen a formol incluso tras lavarse. Durante años, ello se ha asumido como parte del aprendizaje o el oficio.

Las personas que han trabajado y trabajan en servicios hospitalarios de Anatomía Patológica también conocen bien el olor y los problemas del formol. Se usa, todavía hoy, para “fijar” biopsias y piezas quirúrgicas. Fijar significa “detener el tiempo”: el formaldehído contenido en el formol reacciona con las proteínas y estabiliza el tejido, de manera que el patólogo puede luego cortarlo en láminas finísimas, teñirlo y mirarlo al microscopio. Sin eso, la muestra comenzaría a degradarse, estructuras delicadas desaparecerían y diagnósticos clave, incluidos muchos cánceres, serían mucho más difíciles o imposibles. El formol, por tanto, es una parte muy importante de la cadena que lleva del quirófano a un diagnóstico fiable.

Como hemos explicado al principio el uso del formol no es inocuo. El formaldehído que contiene es irritante, puede causar dermatitis y existen evidencias de que, cuando se inhala en determinadas condiciones de exposición prolongada y/o concentraciones relativamente altas, puede dar lugar a ciertos cánceres de las vías respiratorias superiores. Por esa razón, la Agencia Internacional para la Investigación en el Cáncer (IARC), perteneciente a la Organización Mundial de la Salud (OMS), que evalúa el carácter cancerígeno de las sustancia y las actividades, lo clasifica como cancerígeno para humanos dentro del llamado Grupo 1. Pero cuando esa clasificación llega a la gente a través de medios y redes parece que cualquier exposición, en cualquier dosis provoca cáncer. Y en esa errónea conclusión tiene una parte de culpa la propia IARC, como ya discutimos en profundidad en una entrada reciente. La IARC advierte del peligro de una sustancia como cancerígena cuando tiene evidencias de que causa cáncer en animales y/o humanos, aunque eso ocurra bajo unas determinadas condiciones de exposición que, muchas veces, son concentraciones mucho más altas que a las que está normalmente expuesta la población general.

Para obviar ese problema, otros centros de referencia como el Instituto Federal Alemán de Evaluación del Riesgo (BfR) evalúan, además del potencial peligro de una sustancia, el riesgo de estar expuestos a ella, es decir, la probabilidad de que una sustancia sea cancerígena bajo determinadas condiciones. O dicho de otra manera, bajo mayores o menores exposiciones, tenemos una mayor o menor probabilidad (eso es precisamente el riesgo)de contraer cáncer. Y así, con esa perspectiva, diferente a la de la IARC que simplemente nos dice que el formaldehído es peligroso en términos de cáncer, el BfR tiene establecido un valor de 0,1 ppm (≈124 µg/m³) como nivel seguro para la población general respecto a la exposición crónica por inhalación ya que, por debajo de ese umbral, no se han observado efectos de irritación ni se espera un riesgo apreciable de cáncer en vías respiratorias superiores.

Merced a esa adecuada estimación del riesgo, hoy en día, en muchas Facultades de Medicina y en muchos hospitales se emplean concentraciones menores en la disolución de formaldehído en agua, se instalan mesas de disección o laboratorios con campanas de extracción para facilitar la evacuación del formaldehído, se monitoriza la concentración ambiental, se usa una protección adecuada (guantes, mascarillas) y, cuando se puede, se buscan alternativas. Aunque, por ahora, no existe el sustituto perfecto al formol de toda la vida. Cada opción tiene costos, limitaciones y efectos en la calidad del aprendizaje o del manejo de muestras. Pero el objetivo debe estar claro: usar menos, usarlo mejor, y no negar la utilidad ni ignorar el riesgo. La ciencia, cuando funciona, suele parecerse a esto: ajustes, matices, revisiones, mejoras graduales.

Y, hablando de formaldehído y en estos tiempos que corren, la otra pata del titular de esta entrada es inevitable y no es otra que las vacunas. En el variopinto entorno del actual Secretario de Estado de Sanidad americano, Robert F. Kennedy Jr.y en su propia larga historia de activista antivacunas, es habitual la afirmación de que “las vacunas llevan formaldehído”. Con la coletilla automática de que si es cancerígeno como dice la IARC, ¿cómo puede estar en algo que ponemos a niños pequeños?. La respuesta corta es porque la dosis importa, porque se usa con un propósito muy concreto y, sobre todo, por aquello de “dato mata relato”. La siguiente gráfica (que podéis ampliar clicando en ella) muestra la espectacular caída de los casos de poliomielitis en EEUU, tras la introducción en 1955 de la vacuna Salk, un descubrimiento conseguido gracias a un programa nacional promovido por el presidente Franklin Roosevelt, al que le diagnosticaron la enfermedad con 39 años y que pasó por ello gran parte de su vida en una silla de ruedas. Y la vacunación contra esa enfermedad ha sido fundamental en su progresiva erradicación en el resto del mundo.

Pues bien, en algunos procesos de fabricación de las mismas se emplea formaldehído para desactivar toxinas bacterianas y eliminar su capacidad de causar daño, pero conservando su propiedad de estimular una respuesta inmune. Una vez finalizado el proceso de fabricación, lo que puede quedar en el producto comercializado (la vacuna) son trazas, en concentraciones muy inferiores al formaldehído que nuestro propio metabolismo (incluido el de un niño) produce cada día de manera natural, ya que el formaldehído se genera, por ejemplo, cuando metabolizamos ciertos alimentos. Y ya que hablamos de alimentos, el proceso de ahumado de pescados como el salmón solo es posible gracias al formaldehído contenido en el humo. Y el bacalao puede contener, de forma natural, hasta 200 mg/kg de formaldehído.

Si reunimos estas historias —hospitales, salas de disección, vacunas— vemos un mismo patrón: Una molécula útil entra en nuestra vida tecnológica y médica. Aprendemos, con el tiempo, que tiene efectos adversos posibles. Se estudian dosis, contextos, vías de exposición. Se establecen límites, controles, sustituciones parciales. Pero, paralelamente, aparece el discurso alarmista que borra todos los matices. Y aquí es donde la divulgación tiene un papel incómodo, cual es el de defender dos ideas a la vez: , hay riesgos reales que no debemos minimizar. Pero, también, hay beneficios importantes que justifican seguir usando la herramienta, pero de manera más segura. Así que dejaros de tonterías y vacunaros. Y vacunad a vuestros pequeños. Y cuando os vayan a hacer una biopsia, acordaos de los sanitarios que todos los días trabajan con formol. El riesgo de que contraigan un cáncer por su empleo es muy pequeño pero, gracias a su labor, se salvan muchas vidas.

Itzhak Perlman, el famoso violinista, que acaba de cumplir 80 años, fue diagnosticado de polio en 1949, cuando solo tenía cuatro años. En la foto le veis con el aparato ortopédico que llevaba de niño como consecuencia de su enfermedad. Por desgracia para él la vacuna Salk apareció unos pocos años más tarde, cuando el daño ya estaba hecho. Eso no le ha impedido una carrera portentosa como músico. En este enlace interpreta el tema de la película La lista de Schindler, con la Filarmónica de Los Angeles bajo la batuta de Gustavo Dudamel.

Leer mas...

martes, 9 de diciembre de 2025

Algo que antes no estaba en mi vino: el ácido trifluoroacético (TFA)

Como ya he comentado otras veces, el vino es una compleja mezcla constituida por un 85% de agua, un 13% de alcohol y un parco 2% más, donde hay cientos de sustancias químicas que dependen de cosas como la región en la que se han criado las uvas, el proceso de maduración, el envejecimiento o no en barricas e incluso el tiempo de almacenamiento en botellas. Algunas de esas sustancias son potencialmente peligrosas, lo que ocurre es que están en concentraciones muy bajas como para alarmarse. Pues a partir de ahora, deberéis considerar que hay una más. A finales de abril de este año, una publicación de la organización Pesticide Action Network Europe (PAN), una red de ONGs cuyo objetivo es “trabajar para reducir el uso de plaguicidas peligrosos y reemplazarlos por otros ecológicos” alertaba de que, en las cosechas de los últimos años, se están detectando contenidos crecientes de una sustancia conocida como ácido trifluoroacético (TFA en su acrónimo en inglés). El TFA aparece en el medio ambiente como consecuencia de la degradación de los múltiples compuestos con flúor que usamos hoy en día aunque, en el caso del vino, parecen provenir de algunos plaguicidas que llevan flúor en su molécula. Los del PAN, en tono algo tremendista, hablaban del TFA como una amenaza a nivel planetario y proponían la inmediata eliminación de todos los plaguicidas que contengan flúor.

En el informe de la red Pesticide Action Network se han medido concentraciones de TFA en una serie de vinos tintos y blancos provenientes de 10 países europeos. Treinta y nueve de ellos eran de cosechas recientes, a partir de 2021, mientras otras diez muestras provenían de añadas antiguas que empezaban en 1975. Mientras que en los vinos de esas añadas antiguas el TFA estaba en cantidades muy bajas o eran incluso indetectables, la concentración parece haber ido aumentando en los de cosechas más recientes. Y así, en los treinta y nueve vinos más jóvenes, el nivel más alto de TFA medido fue de 320 microgramos por litro (µg/L) en un vino blanco austriaco de 2024 y el más bajo 21 µg/L en un vino tinto croata, siendo la concentración media de 122 µg/L.

Esa conclusión, ilustrada como foto de portada en el informe del PAN arriba enlazado, en forma de una gráfica bastante impactante, a este vuestro Búho le parece cogida con alfileres. Basta con considerar con un cierto espíritu crítico la figura que aparece debajo y que proviene del propio informe de la PAN. El punto con estrella (el más alto) es el valor promedio (122 µg/L) del contenido en TFA de los 39 vinos arriba mencionados, correspondientes a cosechas entre 2021 y 2023, mientras que los puntos denotados con un rombo son medidas sobre un único vino de varias añadas más viejas. Al menos para mi, la comparación lógica sería tener muestras de más vinos de cada añada y ver qué promedio sale en cada una de ellas para poder hacer una gráfica más consistente y, a partir de ahí, empezar a sacar conclusiones.


La alarma suscitada por la publicación anterior, provocó una casi inmediata contestación del Instituto Federal Alemán de Evaluación de Riesgos (BfR) una prestigiosa Institución que, recientemente, mencioné en la entrada sobre microplásticos derivados de las bolsas de té. El BfR elaboró en junio otro documento sobre preguntas y respuestas en torno a la presencia del TFA en el vino. El que esté interesado puede picar en alguno de los dos enlaces que son bastante parecidos, pero el segundo tiene algo más de información. El BfR, aparte de fallos metodológicos como el indicado, pone el énfasis en que, en lo tocante al vino, es mucho más peligroso el alcohol (casi 81 gramos de alcohol por botella de vino) que los parcos 0,1 miligramos de TFA, dado que, cuando el alcohol se metaboliza en nuestro organismo, se convierte en acetaldehido, un reconocido cancerígeno.

Y para explicarlo de forma más contundente, hace lo que a mi me encanta hacer en muchas entradas: unas pocas cuentas. La llamada Dosis de Ingesta Admisible (ADI, otro acrónimo en inglés), un concepto muy manejado en Toxicología, es la cantidad de una sustancia que podemos ingerir todos los días de nuestra vida durante una vida media de 70 años sin que ello suponga un problema de salud. El BfR usó en su contestación la ADI admitida por la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA) para el TFA en la fecha que redactó su nota, 0.05 miligramos (50 µg) de TFA por kilo de peso y día. Lo que para una persona de 60 kilos se convierte en 3 miligramos (3000 µg) de TFA por día. Si tomamos el valor más alto (el peor escenario, 320 µg/L) de TFA de los vinos más jóvenes que se midieron en el informe del PAN, una persona de 60 kilos de peso tendría que beber más de 9 litros diarios de ese vino contaminado por TFA para pasarnos de la Dosis de Ingesta Admisible.

Para redondear el argumento, el pasado setiembre la mencionada EFSA sometió a debate público un borrador que revisa la ADI del TFA. Ese borrador (1), cuya fase de consulta pública expiró el 25 de setiembre y ahora está pendiente de su aprobación final, propone rebajar la ADI desde 50 µg/L por kilo de peso y día a 30. Con esa rebaja, los 9 litros diarios del cálculo anterior se quedarían en cinco litros y medio. En ese mismo borrador, la EFSA también propone, por primera vez, una dosis aguda de referencia o ARfD de 0.6 mg (600 µg)/kilo de peso. La ARfd establece la máxima cantidad diaria que se puede ingerir en una única exposición sin que haya efectos adversos. Para una persona de 60 kilos eso supone 36 miligramos (36000 µg) de TFA (100 veces más grande que el contenido de TFA en un litro de vino del caso más extremo reportado por la PAN). O, lo que es igual, nos tendríamos que beber 100 litros de ese vino en 24 horas y aún no tendríamos efectos adversos debidos al TFA.

El TFA en estado puro no es una hermanita de la caridad. Los que hemos trabajado con plásticos los sabemos bien. Es un buen disolvente para plásticos recalcitrantes a disolverse en disolventes convencionales. Como ocurre con poliamidas como el Nylon 6 o poliésteres como el PET de las botellas, lo que facilita su análisis. Se trata, sin embargo, de una sustancia altamente corrosiva que causa quemaduras graves en piel y ojos, irritación severa del tracto respiratorio, y puede provocar hasta edemas pulmonares si se inhala. Por tanto hay que tomar precauciones cuando se maneja, requiriendo un uso bajo campana extractora y equipo de protección adecuado.

Los estudios recientes parecen indicar, como ya hemos comentado arriba, que la aparición del TFA en el medio ambiente es una consecuencia de la degradación en el mismo de cosas como los plaguicidas fluorados ya mencionados o de los llamados gases refrigerantes de tercera generación, las hidrofluoroolefinas (HFO), adoptados a partir de 2010 como substitutivos de los refrigerantes y propelentes prohibidos por el protocolo de Montreal sobre el agujero de ozono. Las HFO tienen un impacto mucho menor, pero se degradan rápida y casi completamente en TFA. Debido a la alta solubilidad del TFA en agua y a su persistencia (como otros compuestos fluorados), ello le confiere una alta movilidad, lo que provoca su ubicuidad en el agua, el suelo e incluso las plantas que, poco a poco, estamos detectando.

En el borrador de la EFSA, se confirma también la exposición generalizada de los humanos al TFA. Y así, un estudio en adultos informaba de concentraciones séricas de TFA con una tasa de detección del 97 % y un valor medio de 8,46 nanogramos por mililitro (ng/mL). También se detectó TFA en el suero del cordón umbilical, proporcionando evidencia de exposición fetal durante el embarazo. Pero la EFSA también dice en su borrador que el TFA no es genotóxico, que en algunos estudios con animales en los que se han detectado efectos reproductivos tóxicos, las concentraciones de TFA son significativamente más altas que las que se dan en el medio ambiente y, finalmente, que dada la alta solubilidad en agua y baja solubilidad en grasas, el TFA no tiende a “bioacumularse” en tejidos humanos de forma significativa o persistente. Su eliminación a través de orina y bilis sugiere que la mayoría del TFA ingerido no permanece en nuestro cuerpo a largo plazo.

En definitiva, está bien que estemos alerta sobre la posible acumulación creciente del TFA en el medio ambiente y en los humanos. No queremos que se repita la historia de la contaminación por plomo derivada de las gasolinas con plomo, en la que se llegó demasiado lejos. Pero, por ahora, las proclamas apocalípticas de la PAN, no parecen corresponderse con las más recientes evaluaciones de la EFSA o el BfR. A las que un servidor prefiere como referencias en estos temas.

Y para terminar, el Coro de Mujeres de la obra de Beethoven El Rey Esteban, con la orquesta y coro de la Filarmónica de Berlin, dirigidos por Hans Hubert Schoenzeler.

PD. El borrador de la EFSA lo podéis bajar de esta dirección aunque no sé lo que durará alojado ahí. En la página que aparece, abajo del todo, hay que picar en el último apartado: Draft statement on consumer health-based guidance values on TFA_for public consultation.

Leer mas...

Powered By Blogger