sábado, 10 de enero de 2026

Dos años del vertido de granza en la costa gallega. Una revisión (casi) definitiva

Hace hoy exactamente dos años, publiqué una entrada (que podéis leer aquí para recordar el asunto) sobre un vertido de granza de plástico en Galicia, en forma de esas bolitas que veis en la mano de un voluntario que las recogía. Provenían de un buque llamado Taconao que, cargado de contenedores, perdió uno de ellos frente a las costas portuguesas como consecuencia del mal tiempo. El contenedor vertió al mar parte de su carga, en forma de bolsas de 25 kilos de plástico. Algunas de esas bolsas se rompieron y dejaron escapar la granza que, al flotar en el agua y al albur de las corrientes, acabaron en muchos lugares de la tortuosa costa gallega. Antes y después de la publicación de la entrada y ayudado por mi colega y amiga Ainara Sangróniz, seguimos buscando y almacenando información al respecto. De hecho, pocos días después de la publicación de la entrada, encontramos información que confirmaba las especulaciones en ella realizadas, pero no quise volver sobre el tema en tan corto plazo. Y así se quedó la cosa. Pero estas Navidades, repasando las estadísticas del Blog, he caído en la cuenta de que esa entrada del 10 de enero de 2024 es una de las más visitadas y se me ocurrió volver a buscar información sobre el tema para actualizarlo.

Para empezar, entre los datos con los que nos hicimos casi inmediatamente a la publicación de la entrada, estaban dos informes encargados por la Xunta de Galicia. El primero de ellos, redactado por el Centro Tecnológico CETIM, era en realidad un resumen de la documentación que el armador proporcionó a la Xunta, relativa a las fichas de seguridad del producto que el buque transportaba. El otro informe, mucho más interesante, era el análisis químico llevado a cabo sobre granza recogida en la coruñesa playa de Muxía y realizado por el Grupo de Investigación de Química Analítica Aplicada (QAnAp), dirigido por la Catedrática Soledad Muniategui Lorenzo y perteneciente al Instituto Universitario de Medio Ambiente de la Universidade da Coruña. No existen discrepancias notables entre ambos informes pero, al estar el segundo fundamentado en un análisis químico real, llevado a cabo por expertos y ser más detallado en lo que aquí nos importa, voy a hacer solo referencia a él.

Según ese análisis, la granza vertida estaba constituida fundamentalmente por polietileno que llevaba un aditivo usado para proteger a ese plástico de los rayos UV cuando se emplea como cubierta de invernaderos. Ese aditivo, conocido como UV622 o Tinuvin 622, es un compuesto químico de la familia de los HALS (Hindered Amine Light Stabilizers o Estabilizantes de Luz de Aminas Impedidas), sustancias con una larga tradición como aditivos poliméricos. El análisis identificaba, en proporción mucho menor, otros tres miembros de la misma familia de los HALS y detectaba, en cantidades muy pequeñas, hasta otras 11 sustancias químicas. Es posible que todos ellos fueran impurezas derivadas de una incompleta limpieza de las máquinas empleadas para preparar la granza.

En el resto de cosas que han ido apareciendo durante estos dos años, lo cierto es que hay poco que actualizar, quizás porque no ha aparecido más granza en cantidades significativas ni en las playas del Cantábrico español ni en las portuguesas. O quizás porque, una vez que se llevaron a cabo las elecciones gallegas que coincidieron con el vertido, el asunto no interesa a nivel político o periodístico.

Aún y así, se puede citar un artículo publicado en febrero de 2025 en la revista Marine Pollution Bulletin por investigadores italianos. Los autores analizaban 31 playas a lo largo de unos 633 km de costas gallegas, asturianas y portuguesas. Recolectaron y clasificaron 7263 partículas de granza por tamaño, color y degradación, analizándolas por espectroscopía FT-IR para confirmar su composición. Encontraron granza en el 94 % de los sitios muestreados, con concentraciones que van desde 0 hasta  casi 40 partículas/kg de arena seca, estimando que alrededor del 48% de esas partículas podían vincularse fehacientemente con el vertido del Taconao. El artículo finalizaba expresando la preocupación por la extensión del vertido y solicitando medidas regulatorias para prevenir estos accidentes. Un artículo similar, en la misma revista, se había publicado unos meses antes (junio de 2024) por un colectivo de jóvenes investigadores gallegos (Colectivo VIEIRA), con parecidos objetivos de caracterización y similares conclusiones en cuanto a preocupación y exigencia de medidas.

Estas últimas semanas también he vuelto a visitar un Blog del Grupo de Investigación Ecotox de la Universidade de Vigo, del que me había guardado una entrada que localicé unos días después de publicar la mía. En ella, el autor se hacía eco de los datos que ambos conocíamos en esa fecha, en torno a que se trataba de un polietileno al que se había añadido el UV622. Y si me la guardé fue porque, al describir a este último, introducía un matiz que me llamó la atención. Según decía, “el aditivo denominado UV622 es un polímero no biodegradable con dos componentes, ácido succínico, un ácido orgánico sin problemas toxicológicos, y una sustancia sintética de la familia de las aminas aromáticas que le confiere su carácter antioxidante. Esta sustancia está clasificada por la Agencia Europea de Sustancias Químicas como una sustancia con toxicidad crónica e irritante para los ojos (por lo que se debe tomar esta precaución en las actividades de limpieza)”.

La verdad es que no entiendo esa precisión sobre los dos componentes del UV622, porque esas dos sustancias empleadas en la fabricación del aditivo desaparecen como tales en la propia síntesis. Así que, solo si el aditivo se hidroliza (se rompe) en el agua de mar, volverían a aparecer como tales. Algo que no ocurre excepto en condiciones muy especiales (elevado pH, en presencia de ácidos fuertes, bases fuertes, microorganismos específicos), condiciones que no se dan en el agua de mar.

Al volver a revisar ahora las entradas del Blog de Ecotox me he encontrado una segunda entrada en la que se hacían eco de las diferentes sustancias encontrada en el análisis realizado por el Grupo de Profesora Muniategui, arriba mencionado, y hablaban de estar recopilando información ecotoxicológica de las sustancias minoritarias. En una tercera entrada posterior, mostraban los resultados de exponer larvas de erizo de mar en extractos acuosos de granza del vertido del Taconao. Según los resultados, que ilustraban con fotos, las larvas expuestas a esos extractos eran casi tan grandes como las incubadas en agua limpia. Según ellos, se trataba de buenas noticias para sus costas y anunciaban el inicio de pruebas con otros organismos, porque necesitaban comprobar los efectos de la granza en otros grupos importantes como crustáceos, algas y peces. Pero desde ese post han transcurrido casi dos años y, por ahora, no han publicado nada nuevo ni en el Blog ni en ninguna revista científica.

Aparte de estas publicaciones de corte científico o similares, hay varias reseñas en medios de comunicación de todo tipo, aunque ninguna alcanza la falta de seriedad del titular de un artículo en El País que comparaba el vertido del Taconao con el del Prestige en 2002. En el desastre del Prestige se vertieron en torno a 70.000 toneladas de petróleo crudo, una compleja mezcla de hidrocarburos aromáticos, alifáticos y asfaltenos. Algunos volátiles y otros muy viscosos, en los que los animales resultaban atrapados. Y muchos de ellos tóxicos o altamente tóxicos (como los hidrocarburos aromáticos) para la fauna marina e incluso para los humanos (las afecciones entre las brigadas de limpieza están bien documentadas). En el caso del Taconao, estamos hablando de menos de 30 toneladas de un material cuya composición química es muy concreta y poco peligrosa, como hemos mencionado arriba, por lo que es difícil que los que se empeñaron en su recogida (incluida la Vicepresidenta Yolanda Díaz) resultaran afectados, como así ha ocurrido.

Así que, en lo que a mi respecta, creo que esto está visto para sentencia. Pero, por si acaso, seguiré atento a cualquier cosa que pueda producirse.

La primera música de 2026. El Laudate dominum de las “Vesperae Solennes de Confessore" de W.A. Mozart, en la preciosa voz de la soprano Nikola Hillebrand.

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lunes, 29 de diciembre de 2025

Formaldehído: Formol y vacunas


Hay muchos ejemplos en la historia del siglo XX que demuestran que bastan unas pocas palabras para apartar a la población de una sustancia química. En el caso que hoy nos ocupa, el formaldehído, basta decir que es un “químico” (término usado inadecuadamente, diga lo que diga la Fundéu), sintético y cancerígeno para que pase de ser una herramienta útil, con una excelente hoja de servicios, a convertirse, en manos de desalmados como los que veremos al final, en una herramienta propagandística cargada de sospechas. Durante décadas, los estudiantes de Medicina aprendieron anatomía entre cadáveres conservados en formol (que es como se llama a una disolución acuosa del citado formaldehído). Era, y sigue siendo en muchos lugares, la forma más fiable de disponer de “material” que resista meses o años sin descomponerse. Esa escena romántica que a veces imaginamos, el estudiante asombrado ante la complejidad del cuerpo humano, ha convivido con algo mucho más prosaico: ojos que pican, garganta que se irrita, manos que huelen a formol incluso tras lavarse. Durante años, ello se ha asumido como parte del aprendizaje o el oficio.

Las personas que han trabajado y trabajan en servicios hospitalarios de Anatomía Patológica también conocen bien el olor y los problemas del formol. Se usa, todavía hoy, para “fijar” biopsias y piezas quirúrgicas. Fijar significa “detener el tiempo”: el formaldehído contenido en el formol reacciona con las proteínas y estabiliza el tejido, de manera que el patólogo puede luego cortarlo en láminas finísimas, teñirlo y mirarlo al microscopio. Sin eso, la muestra comenzaría a degradarse, estructuras delicadas desaparecerían y diagnósticos clave, incluidos muchos cánceres, serían mucho más difíciles o imposibles. El formol, por tanto, es una parte muy importante de la cadena que lleva del quirófano a un diagnóstico fiable.

Como hemos explicado al principio el uso del formol no es inocuo. El formaldehído que contiene es irritante, puede causar dermatitis y existen evidencias de que, cuando se inhala en determinadas condiciones de exposición prolongada y/o concentraciones relativamente altas, puede dar lugar a ciertos cánceres de las vías respiratorias superiores. Por esa razón, la Agencia Internacional para la Investigación en el Cáncer (IARC), perteneciente a la Organización Mundial de la Salud (OMS), que evalúa el carácter cancerígeno de las sustancia y las actividades, lo clasifica como cancerígeno para humanos dentro del llamado Grupo 1. Pero cuando esa clasificación llega a la gente a través de medios y redes parece que cualquier exposición, en cualquier dosis provoca cáncer. Y en esa errónea conclusión tiene una parte de culpa la propia IARC, como ya discutimos en profundidad en una entrada reciente. La IARC advierte del peligro de una sustancia como cancerígena cuando tiene evidencias de que causa cáncer en animales y/o humanos, aunque eso ocurra bajo unas determinadas condiciones de exposición que, muchas veces, son concentraciones mucho más altas que a las que está normalmente expuesta la población general.

Para obviar ese problema, otros centros de referencia como el Instituto Federal Alemán de Evaluación del Riesgo (BfR) evalúan, además del potencial peligro de una sustancia, el riesgo de estar expuestos a ella, es decir, la probabilidad de que una sustancia sea cancerígena bajo determinadas condiciones. O dicho de otra manera, bajo mayores o menores exposiciones, tenemos una mayor o menor probabilidad (eso es precisamente el riesgo)de contraer cáncer. Y así, con esa perspectiva, diferente a la de la IARC que simplemente nos dice que el formaldehído es peligroso en términos de cáncer, el BfR tiene establecido un valor de 0,1 ppm (≈124 µg/m³) como nivel seguro para la población general respecto a la exposición crónica por inhalación ya que, por debajo de ese umbral, no se han observado efectos de irritación ni se espera un riesgo apreciable de cáncer en vías respiratorias superiores.

Merced a esa adecuada estimación del riesgo, hoy en día, en muchas Facultades de Medicina y en muchos hospitales se emplean concentraciones menores en la disolución de formaldehído en agua, se instalan mesas de disección o laboratorios con campanas de extracción para facilitar la evacuación del formaldehído, se monitoriza la concentración ambiental, se usa una protección adecuada (guantes, mascarillas) y, cuando se puede, se buscan alternativas. Aunque, por ahora, no existe el sustituto perfecto al formol de toda la vida. Cada opción tiene costos, limitaciones y efectos en la calidad del aprendizaje o del manejo de muestras. Pero el objetivo debe estar claro: usar menos, usarlo mejor, y no negar la utilidad ni ignorar el riesgo. La ciencia, cuando funciona, suele parecerse a esto: ajustes, matices, revisiones, mejoras graduales.

Y, hablando de formaldehído y en estos tiempos que corren, la otra pata del titular de esta entrada es inevitable y no es otra que las vacunas. En el variopinto entorno del actual Secretario de Estado de Sanidad americano, Robert F. Kennedy Jr.y en su propia larga historia de activista antivacunas, es habitual la afirmación de que “las vacunas llevan formaldehído”. Con la coletilla automática de que si es cancerígeno como dice la IARC, ¿cómo puede estar en algo que ponemos a niños pequeños?. La respuesta corta es porque la dosis importa, porque se usa con un propósito muy concreto y, sobre todo, por aquello de “dato mata relato”. La siguiente gráfica (que podéis ampliar clicando en ella) muestra la espectacular caída de los casos de poliomielitis en EEUU, tras la introducción en 1955 de la vacuna Salk, un descubrimiento conseguido gracias a un programa nacional promovido por el presidente Franklin Roosevelt, al que le diagnosticaron la enfermedad con 39 años y que pasó por ello gran parte de su vida en una silla de ruedas. Y la vacunación contra esa enfermedad ha sido fundamental en su progresiva erradicación en el resto del mundo.

Pues bien, en algunos procesos de fabricación de las mismas se emplea formaldehído para desactivar toxinas bacterianas y eliminar su capacidad de causar daño, pero conservando su propiedad de estimular una respuesta inmune. Una vez finalizado el proceso de fabricación, lo que puede quedar en el producto comercializado (la vacuna) son trazas, en concentraciones muy inferiores al formaldehído que nuestro propio metabolismo (incluido el de un niño) produce cada día de manera natural, ya que el formaldehído se genera, por ejemplo, cuando metabolizamos ciertos alimentos. Y ya que hablamos de alimentos, el proceso de ahumado de pescados como el salmón solo es posible gracias al formaldehído contenido en el humo. Y el bacalao puede contener, de forma natural, hasta 200 mg/kg de formaldehído.

Si reunimos estas historias —hospitales, salas de disección, vacunas— vemos un mismo patrón: Una molécula útil entra en nuestra vida tecnológica y médica. Aprendemos, con el tiempo, que tiene efectos adversos posibles. Se estudian dosis, contextos, vías de exposición. Se establecen límites, controles, sustituciones parciales. Pero, paralelamente, aparece el discurso alarmista que borra todos los matices. Y aquí es donde la divulgación tiene un papel incómodo, cual es el de defender dos ideas a la vez: , hay riesgos reales que no debemos minimizar. Pero, también, hay beneficios importantes que justifican seguir usando la herramienta, pero de manera más segura. Así que dejaros de tonterías y vacunaros. Y vacunad a vuestros pequeños. Y cuando os vayan a hacer una biopsia, acordaos de los sanitarios que todos los días trabajan con formol. El riesgo de que contraigan un cáncer por su empleo es muy pequeño pero, gracias a su labor, se salvan muchas vidas.

Itzhak Perlman, el famoso violinista, que acaba de cumplir 80 años, fue diagnosticado de polio en 1949, cuando solo tenía cuatro años. En la foto le veis con el aparato ortopédico que llevaba de niño como consecuencia de su enfermedad. Por desgracia para él la vacuna Salk apareció unos pocos años más tarde, cuando el daño ya estaba hecho. Eso no le ha impedido una carrera portentosa como músico. En este enlace interpreta el tema de la película La lista de Schindler, con la Filarmónica de Los Angeles bajo la batuta de Gustavo Dudamel.

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martes, 9 de diciembre de 2025

Algo que antes no estaba en mi vino: el ácido trifluoroacético (TFA)

Como ya he comentado otras veces, el vino es una compleja mezcla constituida por un 85% de agua, un 13% de alcohol y un parco 2% más, donde hay cientos de sustancias químicas que dependen de cosas como la región en la que se han criado las uvas, el proceso de maduración, el envejecimiento o no en barricas e incluso el tiempo de almacenamiento en botellas. Algunas de esas sustancias son potencialmente peligrosas, lo que ocurre es que están en concentraciones muy bajas como para alarmarse. Pues a partir de ahora, deberéis considerar que hay una más. A finales de abril de este año, una publicación de la organización Pesticide Action Network Europe (PAN), una red de ONGs cuyo objetivo es “trabajar para reducir el uso de plaguicidas peligrosos y reemplazarlos por otros ecológicos” alertaba de que, en las cosechas de los últimos años, se están detectando contenidos crecientes de una sustancia conocida como ácido trifluoroacético (TFA en su acrónimo en inglés). El TFA aparece en el medio ambiente como consecuencia de la degradación de los múltiples compuestos con flúor que usamos hoy en día aunque, en el caso del vino, parecen provenir de algunos plaguicidas que llevan flúor en su molécula. Los del PAN, en tono algo tremendista, hablaban del TFA como una amenaza a nivel planetario y proponían la inmediata eliminación de todos los plaguicidas que contengan flúor.

En el informe de la red Pesticide Action Network se han medido concentraciones de TFA en una serie de vinos tintos y blancos provenientes de 10 países europeos. Treinta y nueve de ellos eran de cosechas recientes, a partir de 2021, mientras otras diez muestras provenían de añadas antiguas que empezaban en 1975. Mientras que en los vinos de esas añadas antiguas el TFA estaba en cantidades muy bajas o eran incluso indetectables, la concentración parece haber ido aumentando en los de cosechas más recientes. Y así, en los treinta y nueve vinos más jóvenes, el nivel más alto de TFA medido fue de 320 microgramos por litro (µg/L) en un vino blanco austriaco de 2024 y el más bajo 21 µg/L en un vino tinto croata, siendo la concentración media de 122 µg/L.

Esa conclusión, ilustrada como foto de portada en el informe del PAN arriba enlazado, en forma de una gráfica bastante impactante, a este vuestro Búho le parece cogida con alfileres. Basta con considerar con un cierto espíritu crítico la figura que aparece debajo y que proviene del propio informe de la PAN. El punto con estrella (el más alto) es el valor promedio (122 µg/L) del contenido en TFA de los 39 vinos arriba mencionados, correspondientes a cosechas entre 2021 y 2023, mientras que los puntos denotados con un rombo son medidas sobre un único vino de varias añadas más viejas. Al menos para mi, la comparación lógica sería tener muestras de más vinos de cada añada y ver qué promedio sale en cada una de ellas para poder hacer una gráfica más consistente y, a partir de ahí, empezar a sacar conclusiones.


La alarma suscitada por la publicación anterior, provocó una casi inmediata contestación del Instituto Federal Alemán de Evaluación de Riesgos (BfR) una prestigiosa Institución que, recientemente, mencioné en la entrada sobre microplásticos derivados de las bolsas de té. El BfR elaboró en junio otro documento sobre preguntas y respuestas en torno a la presencia del TFA en el vino. El que esté interesado puede picar en alguno de los dos enlaces que son bastante parecidos, pero el segundo tiene algo más de información. El BfR, aparte de fallos metodológicos como el indicado, pone el énfasis en que, en lo tocante al vino, es mucho más peligroso el alcohol (casi 81 gramos de alcohol por botella de vino) que los parcos 0,1 miligramos de TFA, dado que, cuando el alcohol se metaboliza en nuestro organismo, se convierte en acetaldehido, un reconocido cancerígeno.

Y para explicarlo de forma más contundente, hace lo que a mi me encanta hacer en muchas entradas: unas pocas cuentas. La llamada Dosis de Ingesta Admisible (ADI, otro acrónimo en inglés), un concepto muy manejado en Toxicología, es la cantidad de una sustancia que podemos ingerir todos los días de nuestra vida durante una vida media de 70 años sin que ello suponga un problema de salud. El BfR usó en su contestación la ADI admitida por la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA) para el TFA en la fecha que redactó su nota, 0.05 miligramos (50 µg) de TFA por kilo de peso y día. Lo que para una persona de 60 kilos se convierte en 3 miligramos (3000 µg) de TFA por día. Si tomamos el valor más alto (el peor escenario, 320 µg/L) de TFA de los vinos más jóvenes que se midieron en el informe del PAN, una persona de 60 kilos de peso tendría que beber más de 9 litros diarios de ese vino contaminado por TFA para pasarnos de la Dosis de Ingesta Admisible.

Para redondear el argumento, el pasado setiembre la mencionada EFSA sometió a debate público un borrador que revisa la ADI del TFA. Ese borrador (1), cuya fase de consulta pública expiró el 25 de setiembre y ahora está pendiente de su aprobación final, propone rebajar la ADI desde 50 µg/L por kilo de peso y día a 30. Con esa rebaja, los 9 litros diarios del cálculo anterior se quedarían en cinco litros y medio. En ese mismo borrador, la EFSA también propone, por primera vez, una dosis aguda de referencia o ARfD de 0.6 mg (600 µg)/kilo de peso. La ARfd establece la máxima cantidad diaria que se puede ingerir en una única exposición sin que haya efectos adversos. Para una persona de 60 kilos eso supone 36 miligramos (36000 µg) de TFA (100 veces más grande que el contenido de TFA en un litro de vino del caso más extremo reportado por la PAN). O, lo que es igual, nos tendríamos que beber 100 litros de ese vino en 24 horas y aún no tendríamos efectos adversos debidos al TFA.

El TFA en estado puro no es una hermanita de la caridad. Los que hemos trabajado con plásticos los sabemos bien. Es un buen disolvente para plásticos recalcitrantes a disolverse en disolventes convencionales. Como ocurre con poliamidas como el Nylon 6 o poliésteres como el PET de las botellas, lo que facilita su análisis. Se trata, sin embargo, de una sustancia altamente corrosiva que causa quemaduras graves en piel y ojos, irritación severa del tracto respiratorio, y puede provocar hasta edemas pulmonares si se inhala. Por tanto hay que tomar precauciones cuando se maneja, requiriendo un uso bajo campana extractora y equipo de protección adecuado.

Los estudios recientes parecen indicar, como ya hemos comentado arriba, que la aparición del TFA en el medio ambiente es una consecuencia de la degradación en el mismo de cosas como los plaguicidas fluorados ya mencionados o de los llamados gases refrigerantes de tercera generación, las hidrofluoroolefinas (HFO), adoptados a partir de 2010 como substitutivos de los refrigerantes y propelentes prohibidos por el protocolo de Montreal sobre el agujero de ozono. Las HFO tienen un impacto mucho menor, pero se degradan rápida y casi completamente en TFA. Debido a la alta solubilidad del TFA en agua y a su persistencia (como otros compuestos fluorados), ello le confiere una alta movilidad, lo que provoca su ubicuidad en el agua, el suelo e incluso las plantas que, poco a poco, estamos detectando.

En el borrador de la EFSA, se confirma también la exposición generalizada de los humanos al TFA. Y así, un estudio en adultos informaba de concentraciones séricas de TFA con una tasa de detección del 97 % y un valor medio de 8,46 nanogramos por mililitro (ng/mL). También se detectó TFA en el suero del cordón umbilical, proporcionando evidencia de exposición fetal durante el embarazo. Pero la EFSA también dice en su borrador que el TFA no es genotóxico, que en algunos estudios con animales en los que se han detectado efectos reproductivos tóxicos, las concentraciones de TFA son significativamente más altas que las que se dan en el medio ambiente y, finalmente, que dada la alta solubilidad en agua y baja solubilidad en grasas, el TFA no tiende a “bioacumularse” en tejidos humanos de forma significativa o persistente. Su eliminación a través de orina y bilis sugiere que la mayoría del TFA ingerido no permanece en nuestro cuerpo a largo plazo.

En definitiva, está bien que estemos alerta sobre la posible acumulación creciente del TFA en el medio ambiente y en los humanos. No queremos que se repita la historia de la contaminación por plomo derivada de las gasolinas con plomo, en la que se llegó demasiado lejos. Pero, por ahora, las proclamas apocalípticas de la PAN, no parecen corresponderse con las más recientes evaluaciones de la EFSA o el BfR. A las que un servidor prefiere como referencias en estos temas.

Y para terminar, el Coro de Mujeres de la obra de Beethoven El Rey Esteban, con la orquesta y coro de la Filarmónica de Berlin, dirigidos por Hans Hubert Schoenzeler.

PD. El borrador de la EFSA lo podéis bajar de esta dirección aunque no sé lo que durará alojado ahí. En la página que aparece, abajo del todo, hay que picar en el último apartado: Draft statement on consumer health-based guidance values on TFA_for public consultation.

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lunes, 24 de noviembre de 2025

Vivir sin plásticos y la EHU

El pasado viernes 14 de noviembre celebramos a lo grande, en el Kursaal donostiarra, una especie de fin de fiesta de las múltiples actividades organizadas con ocasión del 50º aniversario de la creación de la Facultad de Química (la mía). Entre las diversas intervenciones en el acto, estuvo la de mi amigo y colega de muchas batallas, el Profesor José María Asua, que explicó a la audiencia los logros de Polymat, el Instituto que unos pocos pirados pusimos en marcha hace más de un cuarto de siglo y que él ha dirigido con mano firme y con éxito hasta su reciente jubilación. El Profesor Asua no dejó pasar la ocasión para denunciar que dentro de la llamada Zientzia Astea (Semana de la Ciencia) 2025, organizada por la Universidad del País Vasco (EHU), un conjunto de sus muchas actividades giraba en torno al título Ciencia para un planeta sin plásticos. La denuncia arrancó un encendido aplauso por parte de las más de 600 personas que llenábamos el recinto y que, todo hay que decirlo, llevamos los polímeros y los plásticos en el ADN académico y/o profesional. Espero que las autoridades de la EHU, presentes en el acto, tomaran buena nota de la denuncia y la trasladaran a la Directora de la Zientzia Astea y a la Vicerrectora de la que depende. Aunque no soy muy optimista. Apuesto a que justificarán el título sobre la base de lograr un mayor impacto en la sociedad. Vamos, lo que yo suele llamar en este Blog marketing perverso.

Si uno repasa las múltiples actividades que se desarrollaron del 5 al 9 de noviembre en las tres capitales vascas y Barakaldo, es difícil encontrar alguna que justifique un titular tan explícito. La mayoría de los talleres, conferencias, exposiciones, concursos, monólogos, visitas guiadas y otras actividades que tenían que ver con los plásticos, trataban de concienciar a la ciudadanía sobre los problemas ligados al uso de los mismos y las posibles soluciones para mitigarlos. Solo un taller que se celebró en Bilbao el 7 de noviembre tenía un título que cuadraba con el anuncio que os he colgado arriba. Se titulaba ¿Podemos vivir sin plásticos? pero, si repasamos sus objetivos, uno de los párrafos dice que “a través de una visión basada en la economía circular, reflexionaremos sobre cómo podemos reducir su impacto negativo sin renunciar a sus beneficios”. O sea, que del “sin” nada. La EHU podría haber puesto en el cartel “Ciencia para gestionar mejor los plásticos” o cosas similares, más ajustadas a ese taller y al resto de los contenidos. Pero, claro, eso vende menos.

Lo de un planeta sin plásticos o, alternativamente, una vida sin plásticos, es una idea que reaparece cada cierto tiempo con fuerza renovada. La expresión suena poderosa y sugiere una especie de retorno a una vida más sencilla, más natural, menos contaminante. Es un eslogan quizás cargado de buenas intenciones (aunque mis dudas tengo), fácil de recordar y perfecto para un cartel. Sin embargo, precisamente por eso, es también engañoso. La frase sugiere que renunciar a los plásticos sería un gesto ético y ecológico incuestionable cuando, en realidad, parte de un conjunto de conceptos científicos erróneos y de una persistente Quimiofobia que conviene desmontar, elevando el nivel de la conversación.

Cuando quiero indicar a alguien la inconsistencia de mensajes similares a los del cartel de la Zientzia Astea, suelo recomendar la lectura del libro Plásticos: Un idilio tóxico de Susan Freinkel, publicado en su versión en castellano en 2012 y que contiene una de las aproximaciones más lúcidas que he leído a la idea de un mundo sin plásticos, proveniente de alguien que se acercó a ellos con una mirada mayormente crítica, como corresponde a una californiana de pro. Aunque el tono general del libro analiza problemas reales como aditivos cuestionables, residuos mal gestionados o abusos en el empleo de esos materiales, Freinkel no defiende en ningún caso una vida “sin plásticos”.

De hecho, antes de escribir el libro, se planteó un experimento personal: pasar un año entero sin usar plástico. Le atraía la idea de demostrar que era posible reducir drásticamente su dependencia, quizá incluso mostrar que prescindir de los plásticos era una opción realista. El resultado fue esclarecedor: el experimento fracasó casi inmediatamente. Y no porque Freinkel careciera de voluntad, sino porque descubrió que el plástico estaba integrado en cada rincón de la vida moderna: envases de alimentos, ropa, electrodomésticos, dispositivos electrónicos, transporte, herramientas, utensilios domésticos… Incluso actividades triviales se volvían imposibles sin algún componente plástico. Concluyó que “No podemos seguir por un camino pavimentado con plástico. Ni tenemos por qué hacerlo. El libro pretende mostrar el camino hacia una nueva colaboración creativa con el material que nos encanta odiar, pero sin el que parece que no podemos vivir”.

Freinkel lo comprobó además entrevistando a expertos de todo tipo y con la dura experiencia personal (véase el capítulo 4 del libro) de que su hija naciera prematura y pasara un largo periodo de tiempo en una unidad de cuidados intensivos neonatales. Allí, rodeada de incubadoras, tubos, jeringuillas, bolsas de nutrición, respiradores, sondas y todo tipo de dispositivos médicos, Freinkel entendió lo evidente. En el ámbito médico, los plásticos no son un inconveniente de la vida moderna. Son una infraestructura de supervivencia. La medicina actual, con su capacidad de salvar vidas extremadamente vulnerables, sería inviable sin ellos. Querer “vivir sin plásticos” es, en este contexto, un lujo retórico que la realidad clínica desmonta con contundencia.

Los plásticos son además, en muchas aplicaciones, la opción ambientalmente óptima. En una entrada del año 2024, que hablaba sobre plásticos y gases de efecto invernadero, os explicaba dos relevantes estudios que utilizaban el llamado Análisis de Ciclo de Vida (LCA) para evaluar el impacto ambiental de los plásticos. En el más reciente, se usaba el LCA para evaluar la generación de Gases de Efecto Invernadero (GEI) en el ciclo de vida de los plásticos. Ciclo que va desde su producción como tales en las plantas petroquímicas, su transformación en objetos utilizables por el consumidor, el uso o aplicación que éste hace de los mismos, para acabar con la recogida y tratamiento de las basuras plásticas que inevitablemente se producen. Y algo similar se hacía con otros materiales considerados como posible alternativa al plástico en un total de dieciséis aplicaciones. Resumiendo para quien no quiere volverse a leer la entrada, los autores encontraban que, en 15 de las 16 aplicaciones mencionadas, un producto de plástico incurre en menos emisiones de GEI que sus alternativas. En estas aplicaciones, los productos de plástico liberan entre un 10 % y un 90 % menos de emisiones a lo largo del citado ciclo de vida del producto.

También mencioné en esa entrada un informe publicado en febrero de 2018 por la Agencia de Protección Ambiental danesa titulado “Análisis del Ciclo de Vida de las bolsas de compra” en el que, de forma similar al estudio anterior, se evaluaba su impacto ambiental aunque en términos más amplios que la mera emisión de Gases de Efecto Invernadero. De acuerdo con ese informe gubernamental danés, habría que usar, antes de desecharlas, 35 veces una bolsa de compra de poliéster, 43 una de papel, 7.100 una de algodón convencional y 20.000 una de algodón orgánico para que el impacto fuera similar al de usar una de polietileno una sola vez. Y hay un artículo más reciente que mi entrada que aborda el análisis del ciclo de vida de los envases de polietileno en USA comparados con otros materiales, con resultados igualmente contundentes.

Por otro lado y paradójicamente, muchos de los avances que nos permiten avanzar hacia un mundo más sostenible dependen de los polímeros en general y de los plásticos en particular. Las palas de los aerogeneradores, el encapsulado de los paneles solares, los componentes plásticos que aligeran el peso de los vehículos eléctricos, los aislamientos de plásticos que reducen los consumos energéticos de nuestras casas o los equipos y las tuberías de plástico con las que estamos mejorando la eficiencia en la distribución de un bien cada vez más escaso, el agua, son solo algunos ejemplos de materiales de los que va a ser difícil prescindir si las cosas van como se pretende que vayan.

Y podría seguir con la agricultura, aunque esto se está alargando un poco. Plásticos como los usados en las cubiertas de los invernaderos, el acolchado de los retoños de plantas o las instalaciones de riego eficiente han jugado un papel silencioso, pero fundamental, en la llamada Revolución Verde que Norman Borlaug comenzó en los años 60, junto con los fertilizantes derivados de la síntesis del amoníaco de Haber-Bosch o los plaguicidas. Sin todos ellos, alimentar hoy a más de ocho mil millones de almas sería casi imposible.

El rechazo social al plástico no surge del plástico en sí, sino de su gestión inadecuada. Las imágenes de mares llenos de basura o animales atrapados son el resultado de fallos en sistemas de recogida, reciclaje y responsabilidad del productor. En los países donde estas infraestructuras funcionan, los plásticos no son un problema ambiental relevante. Allí donde la gestión falla, por razones económicas, políticas o logísticas, los plásticos aparecen en el paisaje. Lo responsable no es “vivir sin plásticos”, sino “vivir sin tirar plásticos donde no se debe”.

Hoy toca piano. De la mano de Lang Lang, el pianista chino, poco más de dos minutos de Brejeiro (Tango Brasileiro) del compositor Ernesto Nazareth.

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miércoles, 12 de noviembre de 2025

Liberación de microplásticos desde materiales en contacto con alimentos. El nuevo (2025) informe de la EFSA y el caso de las bolsitas de té

Encima de mi mesa se acumulan bastantes artículos científicos y de los medios de comunicación sobre la presencia de microplásticos y nanoplásticos (MNP) en el medio ambiente (particularmente en los océanos), en los humanos y los animales. Muchos de ellos tienen que ver con la ingestión de esos MNP a través de la comida y la bebida con la que nos alimentamos diariamente. El pasado 25 de octubre, la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA) publicó una revisión bibliográfica de artículos sobre la migración de microplásticos y nanoplásticos desde materiales en contacto con alimentos (MCA). No he visto que se haya mencionado mucho el asunto en los medios y en las redes. Y eso que, a mi parecer, las conclusiones son contundentes e indican que la mayoría de esos estudios eran deficientes y poco fiables, las metodologías empleadas dejaban bastante que desear y, sobre todo, los resultados se han exagerado. Pero como pensareis que tengo un cierto sesgo con el tema (razón no os falta), voy a daros más detalles después de leer el sesudo informe, amén de otro más, pero tratando de no aburrir.

De los 1711 documentos publicados entre 2015 y enero de 2025, los autores de la revisión seleccionaron, como más relevantes, 122 de ellos. La mayoría se centran en microplásticos, mientras que los datos sobre nanoplásticos tienen poco interés, al ser prácticamente inexistentes. Vayamos, para empezar, con lo que dice literalmente el Abstract o Resumen del informe EFSA, aunque los subrayados son míos.

A pesar del gran número de publicaciones que investigan la liberación de microplásticos y nanoplásticos (MNP) desde los materiales en contacto con alimentos (MCA), las pruebas disponibles sobre las características y cantidades de MNP liberadas por los MCA siguen siendo limitadas. Muchas publicaciones se ven afectadas por deficiencias metodológicas en las condiciones de ensayo, en la preparación de las muestras y por deficiencias en la fiabilidad de los datos analíticos, lo que da lugar a frecuentes errores de identificación y recuento de las partículas. Sobre la base de las conclusiones relativas a los mecanismos de liberación, las posibles contaminaciones, otras sustancias que pueden dar lugar a errores o el número de partículas y las masas generadas durante el uso de los MCA, se concluye que (i) hay pruebas de que se liberan microplásticos durante el uso de los MCA, (ii) esta liberación se debe al estrés mecánico, como la abrasión o la fricción, o a materiales con estructuras abiertas o fibrosas, (iii) a pesar de las incertidumbres, la liberación real es mucho menor que los resultados presentados en muchas publicaciones. En vista de todo ello, y por ahora,no hay bases suficientes para estimar la exposición a los microplásticos procedentes de materiales en contacto con los alimentos durante su uso. Esta revisión identifica deficiencias metodológicas y lagunas en los datos, y formula recomendaciones sobre las necesidades de investigación futuras en este ámbito.

Como dice el final del párrafo anterior, el informe concluye con (seis) recomendaciones para tratar de evitar esos fiascos. Quizás la recomendación más interesante de los autores es justamente la sexta: Los investigadores deberían estimar la exposición dietética a los microplásticos procedentes de los materiales en contacto con alimentos y contextualizarla con otras fuentes de exposición a productos tóxicos. Para ponerlo en mis propias palabras y como veremos en los siguientes párrafos, el informe considera que el riesgo derivado de la exposición a microplásticos y nanoplásticos, procedentes de materiales en contacto con alimentos, es mucho menor que el de otros riesgos cotidianos (incluidos los derivados de los propios alimentos envasados). O dicho en román paladino, aplíquense correctamente al problema, sigan investigando en la dirección correcta y no alarmen innecesariamente a la población con datos poco fiables.

Para aclarar algunas de las cuestiones claves que afectan a la calidad de los resultados considerados, he optado por contaros el caso de microplásticos y nanoplásticos que aparecen como consecuencia de la preparación de infusiones de té a partir de las clásicas bolsitas que se sumergen en agua hirviendo durante un corto espacio de tiempo. En el año 2019, un estudio de científicos canadienses de la McGill University fue ampliamente difundido en medios y redes sociales, bajo la impactante noticia de que prepararse una taza convencional de té (unos 200 mL) implicaba transferir a la infusión miles de millones de partículas de plástico. Posteriormente, en 2023 y 2024, dos artículos de la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB) hablaban de millones o miles de millones de partículas por mililitro durante la preparación de la misma infusión, dependiendo el número del material plástico que constituyera las bolsitas (en su caso, poliamida, polipropileno o poli(ácido láctico)).

Un servidor ya empezó a arquear sus pobladas cejas con el artículo de los canadienses, pero lo dejé reposar como una rareza de las que a veces me encuentro. Pero resultó ya difícil mirar para otro lado con la aparición de los dos artículos de la UAB. Desde entonces, he dado muchas vueltas a los tres. He ido sacando conclusiones, he hecho (como a mi me gusta) unos cuantos números, pero la cosa no la tenía suficientemente madura como para decidirme a publicarla (me cuesta mucho publicar algo). Finalmente, no ha hecho falta seguir trabajando en ello porque, los últimos tres meses, Instituciones infinitamente más relevantes que este humilde Búho me lo han servido en bandeja y han confirmado mis propias conclusiones. Y así, a finales de agosto, el Instituto Federal Alemán de Evaluación de Riesgos (BfR) publicó una evaluación muy crítica con los resultados del artículo de la McGill University de setiembre de 2019.

De acuerdo con esa evaluación del BfR, iniciada en 2020 y contrastada con sus propios experimentos, la principal crítica del estudio canadiense arriba mencionado es la preparación de las muestras y la posterior evaluación de resultados. Las bolsitas de té se introducían en agua caliente a 95 ºC y el extracto así obtenido se evaporaba sobre un portamuestras utilizado en una técnica denominada microscopía electrónica de barrido (SEM) para contar el número de partículas presentes. Pero el BfR matizaba que, de acuerdo a sus propios resultados, otras sustancias no volátiles y poco solubles en agua, incluidos aditivos del propio plástico de las bolsitas, como agentes deslizantes, ácidos grasos, antioxidantes, pigmentos orgánicos u oligómeros, que previamente se disolvían en el extracto, precipitaban como sólidos durante el proceso de secado y podían identificarse incorrectamente y contarse como partículas de microplástico, cuando no lo eran. Sus propios análisis revelaban que los números de partículas de microplásticos reportados en el artículo de 2019 eran, probablemente, de dos a tres órdenes de magnitud más altos que los que ellos han obtenido.

El informe de la EFSA de este octubre de 2025 corrobora esas conclusiones y las hace extensibles a los dos estudios de la UAB de 2023 y 2024. En estos últimos, la EFSA detecta un problema metodológico adicional en la preparación de las muestras. En ambos estudios, se introdujeron 300 bolsitas de té vacías en 600 mL de agua a 95 °C con agitación constante a 750 rpm. El extracto se dejó enfriar manteniendo constante la agitación y posteriormente se ultracentrifugó (más agitación) para concentrar el contenido extraído en forma de un sólido que se usó para posteriores análisis. Supongo que es fácil de entender que un té no se prepara a 750 rpm ni posteriormente se ultracentrifuga. En ambos casos, se trata de agitaciones importantes que, sobre todo en el primer caso, pueden hacer que se desprendan partículas de las bolsitas como se desprenden fibras de nuestros jerséis, algo que no ocurre en la preparación convencional de un té. Por otro lado, al dejar enfriar el extracto posteriormente tenemos idéntico problema al que hemos visto al depositarlo y evaporarlo sobre el portamuestras de un microscopio. Sustancias no poliméricas, no volátiles y poco solubles pueden precipitar y acumularse en el sólido final y las acabamos contando como microplásticos.

Y luego está el asunto de la insistencia en muchos artículos de contar el número de partículas. Con independencia de que, en los que estamos aquí considerando (y en las notas de prensa posteriores), se hable de decenas o centenares de millones de partículas liberadas por cada bolsita de té, esas partículas son muy pequeñas, del orden de la micra o incluso inferior y, por tanto, pesan muy poco. Y, desde el punto de vista toxicológico, es mucho más habitual tener en cuenta el peso de las partículas y su concentración que su número. Considerando, por ejemplo, que la masa promedio de las partículas extraídas de las 300 bolsitas de diferentes materiales usados en los experimentos de la UAB fue de 5000 microgramos (µg), una sola bolsita de té produciría unos 16,6 µg de partículas (y no todas son microplásticos, como hemos visto). Teniendo en cuenta que esa cantidad se disuelve en una taza de unos 200 mL, la concentración de esa infusión en microplásticos y en otras sustancias, sería del orden de 83 µg/L. Para contextualizar el resultado, el límite global de migración para sustancias químicas provenientes de plásticos (Reglamento (CE) n.º 10/2011) es de 60 mg/L (más de 700 veces superior). Esta conclusión también se desprende de los resultados del ya citado Instituto alemán BdF, que evaluó el riesgo para la salud de las sustancias extraídas desde las bolsitas de té y concluyó que no representan riesgo alguno en las cantidades (muy pequeñas) encontradas.

Un post algo denso que merece una música un poco relajante. Bill Evans y su grupo tocando Waltz for Debby. Y, por adelantado, ¡feliz día de San Alberto Magno!.

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