lunes, 29 de junio de 2020

Anchoas, sardinas y microplásticos

Cuando la anchoa que pesca la flota artesanal de bajura de los puertos vascos está en temporada (ahora acaba de terminarse), soy un consumidor bastante compulsivo de esos peces. Me da igual que las anchoas estén simplemente fritas en aceite muy caliente, rebozadas o, si sobran de unas y otras, desmenuzadas para hacer con ellas un revuelto. Cuando la temporada está cerrada y tengo mono de anchoas suelo comprar anchoa del Mediterráneo, aunque eso pasa pocas veces a lo largo del año porque, al menos para mí, hay diferencias notables entre las anchoas de ambas procedencias. Lo cual no ha sido óbice para que este finde me saltaran las alarmas cuando varios medios de comunicación se hicieron eco de un artículo publicado en la web de la revista Marine Pollution Bulletin. Un artículo que, por lo que veo, fue inmediata y eficazmente trasmitido por los investigadores implicados a los medios que, en grandes trazos, lo resumieron en titulares diciendo que, aproximadamente, el 60% de las sardinas y anchoas de Mediterráneo Occidental llevan microplásticos en sus intestinos.

Dice en El País una de las investigadoras implicadas en el trabajo que todo empezó cuando el grupo investigador (del que forman parte españoles, brasileños y franceses) buscaba potenciales causas del descenso poblacional de sardinas y anchoas, las dos especies más comercializadas en el Noroeste del Mediterráneo, representando el 39% de las capturas. Y entre las posibles causas llegaron a la conclusión de que los microplásticos podrían jugar un cierto papel, algo que se trata de documentar en el artículo. Para ello, los investigadores capturaron anchoas y sardinas en diversas zonas del Mediterráneo próximas a la frontera entre España y Francia. Y básicamente, y en lo que a mis comentarios se refiere, contabilizaron los microplásticos presentes en los intestinos de los peces tras extraerlos del cuerpo de los mismos. Para llevar a cabo esas determinaciones numéricas han utilizado un estereomicroscopio que les ha permitido la identificación de los posibles microplásticos. La Tabla 1, en la cuarta página cuarta del pdf que me he bajado del sitio de la revista, es el resumen total de los datos que sirven para la discusión del trabajo (el artículo es de pago, pero el que lo quiera tener puede pedírmelo).

Centrándome en el caso de las anchoas (el de las sardinas difiere poco), la primera columna de esa Tabla recoge las tres áreas geográficas en la que se han recolectado especímenes de Engraulis encrasicolus (el nombre científico de la anchoa). La segunda columna divide los ejemplares de cada zona en juveniles y adultos. La tercera muestra el número de peces considerados en cada caso. En lo relativo a las anchoas se han estudiado un total de 103 anchoas, de las cuales 70 son ejemplares juveniles y el resto adultas. La cuarta columna da las longitudes de los ejemplares, mientras la quinta es un parámetro estadístico que no me voy a entretener en describir.

La sexta columna es la que proporciona el dato que la mayoría de los titulares de los medios que yo he consultado han resaltado. En el caso de las anchoas, el porcentaje de ellas que contiene microplásticos en los intestinos oscila entre un 31% y un 73 % dependiendo de la zona de captura y de la condición de adultas o juveniles. Resumiendo, 60 de las 103 anchoas investigadas (un 62%) contenía algún genérico microplástico en sus intestinos. Las siguientes tres columnas evidencian que lo que se ha encontrado fundamentalmente en esos intestinos pueden clasificarse como fibras, la casi totalidad de las cuales han sido conceptuadas por los investigadores como microfibras, con tamaños inferiores a 5 milímetros, mientras que fibras más largas que ese valor (mesofibras) o microplásticos de otras morfologías son prácticamente inexistentes. Eso corrobora, una vez más, lo que en los últimos tiempos están evidenciando muchos estudios llevados a cabo en ríos y océanos de países occidentales con estrategias adecuadas de recogida de basura plástica, en los que son las fibras y no los trozos de recipientes plásticos los principales componentes de la basura marina. Fibras que provienen, en primer lugar, de los tejidos que vestimos (ya sean fibras naturales, semisintéticas o sintéticas), que se encuentran en suspensión en el aire y son transportadas por las corrientes de aire hasta sitios inhóspitos (sobre las fibras prometo una entrada en breve). También son fibras las provenientes de las artes de pesca (redes, sedales) que las flotas abandonan en el mar.

La séptima columna da el número medio de microfibras encontradas en cada anchoa investigada y es la que a mí me ha llamado la atención. Ese parámetro solo ha merecido una corta referencia en el artículo original y, que yo sepa, no ha sido mencionado en los artículos difundidos en los medios. Ahí se puede constatar que ese número no va más allá de una o dos microfibras por intestino (los valores oscilan entre 1.55 y 2.00, dependiendo de las zonas de captura y la edad de las anchoas). La captura es un episodio aleatorio en la vida de una anchoa concreta, lo que vendría a decir que esas anchoas, en ese momento, tenían una o dos fibras en su intestino y, probablemente, las tendrían varias horas o días después. Mi conclusión es que esas dos fibras estaban ahí como consecuencia de procesos digestivos cortos en los que las anchoas están digiriendo cosas y defecando los restos. Y en promedio, en cada instante, solo tienen dos fibras en su intestino. En caso contrario, si las fibras se acumularan en la anchoa, tendría que haber muchas más. Eso también está de acuerdo con la mayoría de la bibliografía existente sobre el efecto de los microplásticos en peces y aves marinas. En la mayoría de los casos, los microplásticos se comen y se devuelven al mar en forma de heces. Algo parecido a lo que hacemos nosotros con muchas de las fibras y otras partículas que ingerimos o inhalamos cada día como consecuencia de la contaminación atmosférica o la comida que comemos y bebemos. Y eso mismo pasará cuando el bonito o el atún se coma la anchoa (su presa favorita).

En el artículo de El País arriba mencionado, la investigadora implicada habla de que una próxima etapa en sus investigaciones es estudiar el impacto que esos microplásticos detectados en estos peces puedan tener en las personas que se alimentan de ellos. Yo tengo claro (aunque puedo equivocarme) que un impacto mínimo, por no decir inexistente. Cuando yo compro anchoas, mi pescatero, un auténtico cirujano eviscerando los cuerpos de cualquiera de los pescados que le compro, se preocupa de que no me coma las tripas de las anchoas. Así que difícilmente me voy a comer la una o dos fibras que, en promedio, pudieran almacenar los pescados investigados. Las posibles fuentes de preocupación podrían ser dos. Una proveniente de la duda (razonable) de que si las fibras fueran suficientemente pequeñas (nanofibras) pudieran pasar las paredes celulares e incorporarse a la musculatura del pez. La otra fuente de preocupación estaría motivada por el hecho de que esas fibras se constituyeran en "almacenes" de sustancias tóxicas existentes en el mar y que pudieran transferirse a la grasa o la musculatura del pez, entrando así en una cadena que pudiera alcanzarnos. Pero ninguna respuesta a esas preocupaciones pueden desprenderse de los datos proporcionados por los autores, así que, en su caso, los comentarios al respecto recogidos en los medios, son simples especulaciones. Y, además, en este Blog ya se ha documentado que, en el caso de los nanoplásticos, estamos muy lejos de tener datos al respecto y que en lo relativo a los microplásticos como vectores de sustancias tóxicas, los últimos trabajos de grupos relevantes consideran que esa es una conclusión poco fundamentada. Véase, por ejemplo, esta entrada o esta otra.

En definitiva, que no tengo nada contra artículos como el mencionado, que tiene su interés de cara a monitorizar el efecto de la contaminación por plásticos u otros contaminantes en las poblaciones de peces en el Mediterráneo. Pero lo que me molesta (y sobremanera) es que de los datos reales expuestos en el mismo y que tienen su mérito, solo se publiciten las conclusiones más fácilmente vendibles a los medios de comunicación, se escondan otras (como la aquí comentada) y se difundan opiniones que los datos del trabajo concreto no avalan.

Y ahora a convencer a los amigos que, cuando se pueda, sigan comiendo anchoas.

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jueves, 11 de junio de 2020

Aromas confinados (entrada invitada*)

Entre los múltiples estudios y encuestas sobre el comportamiento de los ciudadanos durante el reciente confinamiento, no ha podido faltar un estudio que determina un posible aumento del consumo de alcohol en Europa, durante este tiempo tan inusual. Sin entrar en muchos detalles, algo menos de la mitad de la población ha mantenido sus costumbres, lo que deja abierta la esperanza de que, en este país, todavía reina la serenidad pase lo que pase. Entre la otra parte de los entrevistados parece haber habido un aumento en el consumo de vino durante el confinamiento mientras que, curiosamente, el consumo de los destilados y de la cerveza ha bajado. Si la razón que se esconde detrás de este aumento en el consumo de vino se debiera a una necesidad de ahogar penas, resulta muy llamativo que la ciudadanía no haya recurrido a bebidas más económicas, como puede ser la cerveza, o más potentes, como los destilados. Por ello, el hecho de que haya aumentado solo el consumo de vino y además en la totalidad de los cuatro países en los que se ha hecho la encuesta (Portugal, España, Francia e Italia), me confirma, como alemán del Norte, que he aterrizado en una zona civilizada del planeta.

Desde siempre, el vino (bueno) se ha asociado más que cualquier otra bebida alcohólica, con una cierta delicadeza que reside en sus aromas. Pero no hay que olvidar que mientras que un vino tinto contiene un 86% en volumen de agua, un 13% de alcohol etílico o etanol y un 1% (v/v) de otros compuestos (glicerol, polisacáridos, etc.), su contenido en aromas es casi despreciable en términos de concentración, pues la suma de todos los aromas no alcanza, en general, más de un 0,1% en volumen o, lo que es igual, unas 1000 ppm. Si esto ya parece poco, aún es mas sorprendente todavía que algunos aromas muy notables de esos mismos vinos no alcancen ni las 10 ppm (una concentración diez mil veces menor que la del etanol).

En alguna de las muchas versiones de la famosa y muy lograda “rueda de los aromas” que se ve arriba (y que podéis ampliar clicando en ella) encontramos, por ejemplo, que lo que en el vino blanco se llaman aromas de “frutos tropicales”, como el plátano o la piña corresponden, respectivamente, a moléculas como el acetato de isoamilo y el hexanoato de etilo. En algunos vinos estas sustancias no llegan a estar presentes en concentraciones mayores a 1-5 ppm. Estas moléculas se han hecho famosas en los yogures y dulces aromatizados porque recuerdan claramente a las frutas de las que provienen. No obstante, realmente son solo los componentes principales de los aromas de estas frutas, los llamados aromas “clave”, mientras hay otros compuestos que contribuyen también a lo que se llama el “perfil de aroma” de una fruta concreta. En el plátano, por ejemplo, además del acetato de isoamilo, existen entre 5-10 compuestos adicionales que completan el aroma. La industria de la alimentación se suele limitar a añadir generalmente el aroma clave a ciertos productos y a compensar la falta del resto con unas etiquetas apetitosas y coloridas. Como me decía hace muchos años un reconocido investigador de aromas (el Prof. Ralf Berger, autor del libro Aroma Biotechnology): “nuestros hijos ya no sabrán cuál es el aroma verdadero de una fruta porque se habrán acostumbrado al aroma, bastante más rudimentario, de los yogures de fruta que consumen”.

Mientras en la fruta los aromas claves no superan la decena, en el caso del vino es completamente diferente. Se estima que hay hasta cientos de compuestos que completan su perfil aromático, lo que explica esa cierta sutilidad y complejidad en su aroma. Pero, además, esto tiene unas consecuencias muy interesantes.

Para empezar, no han faltado intentos de producir vinos sin alcohol, supuestamente por razones de salud, pero seguramente también con la vista puesta en un mercado significativo de países donde el consumo de alcohol no está permitido. La osadía de extraer el etanol del vino parece tarea fácil, ya que un 13% en volumen es una cantidad considerable y no es precisamente como buscar una aguja en un pajar. Pero el etanol no solo está en el vino como producto de la bioconversión del azúcar en la que, además, surge el dióxido de carbono (CO2). El etanol tiene también la importante función de mantener los aromas en el vino. Esto se debe al hecho de que la mayoría de los aromas son casi insolubles en agua, lo que se conoce como “hidrofobicidad”. Como decía uno de mis profesores, un gentleman y una eminencia en tecnología de membranas, esto es así porque si fuesen solubles en agua (hidrófilos), los aromas de las plantas se perderían instantáneamente con una lluvia o durante el regadío. Como esto no sucede, la reineta vasca mantiene su aroma a pesar de sus frecuentes encuentros con el agua inherente a nuestro "envidiable" clima. Es por ello que los aromas requieren de un entorno adecuado para mantenerse en su sitio dada su hidrofobicidad.

Y, volviendo al vino, precisamente este es el papel del etanol. El etanol tiene una particularidad: se disuelve bien en el agua (hasta mejor que en si mismo) pero tiene también una parte hidrófoba debido a los carbonos de su estructura química. De este modo, el etanol sirve de mediador entre el agua hidrófila y los aromas hidrófobos para los cuales actúa como “co-disolvente”, con la consecuencia de que, si intentamos separar el etanol del vino, una buena parte de los aromas, y además de los más relevantes, se irán con él. Es por eso por lo que se encuentran muy pocos vinos sin o con bajo porcentaje de alcohol, y si alguien un día termina bebiendo uno, probablemente desearía no haberlo encontrado. En este contexto, surge naturalmente la siguiente duda: ¿cómo entonces es posible que haya tanta cerveza sin alcohol? La razón se debe a que el perfil aromático de una cerveza es bastante mas simple que el de un vino y, además, el dióxido de carbono enmascara, por la sensación de frescor que ofrece, la falta de cuerpo aromático. Por ello, la cerveza permite una manipulación bastante más fácil.

Otro aspecto muy interesante del vino es el precio de algunas cosechas con un perfil organoléptico particularmente apreciado, muchas veces asociadas a una garantía de su zona de origen, como es, por ejemplo, el caso del Barolo italiano. Siendo también el vino un negocio, es de esperar que haya intentos de fraude, vendiendo vinos de fuera de estas zonas como si pertenecieran a ellas. El problema de comprobar la autenticidad de los vinos reside en el hecho de que su análisis químico es laborioso, debido a la multitud de compuestos que contiene. Utilizar paneles organolépticos, constituidos por humanos, para estas tareas rutinarias tampoco es eficiente ya que nuestra nariz tiende a saturarse rápidamente. Por ello, hace ya mas de 30 años, varios investigadores empleaban lo que parecía el Santo Grial de la olfactometría, la llamada “nariz electrónica”. Una publicación pionera [K Persaud and G Dodd, Nature 299, 352-355 (1982). doi: 10.1038/299352a0] provocó que muchos investigadores buscaran imitar la función de una nariz humana, utilizando sensores basados en conceptos relativamente básicos. Sobre narices electrónicas ya se habló en este Blog en fechas tan lejanas como 2006.

El concepto principal era utilizar materiales muy distintos, desde polímeros hasta óxidos metálicos, para desarrollar una serie de sensores que se exponían al aroma de los vinos (en este caso a la parte volátil). La idea era que cada uno de estos materiales interaccionara de una manera distinta con los aromas y, al mismo tiempo, cada aroma interaccionara de una manera distinta con cada sensor, dando lugar a un “perfil” de respuesta del conjunto de sensores que, supuestamente, era específico para cada compuesto y/o aroma. Con tanta ciencia poco definida, uno ya se imagina que la manera de extraer alguna información útil de este tipo de medidas era la estadística, y en concreto, el llamado análisis de los componentes principales. En términos muy sencillos, este método busca encontrar los dos parámetros (los componentes principales) que mejor describen un conjunto de datos. Representando estos dos componentes en un gráfico x-y, los datos similares se agrupan mientras los datos distintos se mantienen distanciados, como se ilustra en la figura. Las narices electrónicas parecían hacer maravillas, lograban diferenciar los aromas entre vinos de cosechas diferentes (como en la figura) o diferenciar entre las regiones de origen de los vinos. Parecía que se había conseguido emular una obra maestra, nuestra nariz, con unos sensores químico-físicos y un procesamiento de datos estadístico relativamente estándar.

Pero como tantas veces ocurre, cuando la ciencia se entusiasma demasiado con algo se olvida de los detalles. Se habrán fijado que el contenido de etanol indicado en las etiquetas de las botellas no es una ciencia exacta. Donde dice “13%” pueden ser tanto 13,0 % como también 12,8% o 13,2%. Para un vino, este 0,2% de etanol arriba o abajo no supone mucha diferencia y cambia fácilmente entre cosechas. Así que si recuerdan que mencioné al principio que la concentración de aromas está precisamente en este intervalo, en el 0,1 % en volumen o incluso por debajo, entonces pueden fácilmente imaginar cuál ha sido el verdadero origen de la discriminación entre vinos de cosechas y zonas diferentes en muchos trabajos publicados en aquella época. Acompañar las medidas por unos análisis convencionales de toda la vida, empezando por el contenido de etanol, hubiera evitado probablemente una ola de publicaciones que, al final, no servían para mucho más que para engordar el currículum vitae de algunos… pero igual precisamente por eso no se había hecho el esfuerzo.

Mientras estaba escribiendo esta entrada, me llamó la atención un reciente trabajo [J. Han y otros, Chem, 2(6), 817–824 (2017). doi:10.1016/j.chempr.2017.04.008] que habla de la clasificación entre distintas variedades de whisky escocés, utilizando algo similar a la “nariz electrónica”. Un trabajo científico ciertamente fantástico, con muchos datos, y en el que se logra diferenciar entre diferentes tipos de whiskys, supuestamente basándose en su composición. Sin embargo, cabe resaltar que en la primera tabla, en la que se encuentra el listado de los whiskys estudiados, se hace también mención del contenido de etanol de las muestras analizadas, resultando que el contenido de las mismas varía entre un 40 y un 48% en volumen. El trabajo se vende reivindicando un impacto inmediato y significativo en la sociedad. Algo que ya hemos escuchado desde hace 30 años en la comunidad científica tras la publicación del trabajo de Persaud y Dodd antes mencionado. Al fin y al cabo, como muy sabiamente me advertía otra eminencia científica y buen amigo, en Ciencia, la rueda se reinventa de 20 en 20 años.

(*) El autor de esta entrada es mi colega y amigo Thomas Schäfer, con un historial científico relevante y variado. En mi actual situación de jubilata, sin embargo, la parte de historial que más me interesa de mi "amigo alemán" es todo lo que aprendió sobre el vino durante su estancia en Portugal.

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viernes, 29 de mayo de 2020

El denostado cloro

En 1906, en la reunión anual de la American Water Woks Association (AWWA), una asociación sin ánimo de lucro, creada en 1881 "para mejorar la calidad y la distribución de agua", uno de sus miembros más destacados, el ingeniero y botánico George Whipple, se manifestó en torno a la polémica desatada en Estados Unidos por los primeros intentos de emplear compuestos químicos para eliminar del agua de grifos y fuentes una serie de microorganismos. Que entonces ya se sabía que eran los responsables de las epidemias de diverso tipo (cólera, fiebres tifoideas, gastroenteritis y un largo etcétera) que, repetidamente, asolaban las cada vez más pobladas ciudades americanas. Decía allí Whipple que "es difícil contemplar un futuro escenario en el que productos químicos venenosos se añadan al agua potable para eliminar bacterias". Pero en muy poco tiempo, la terquedad de los datos que se fueron acumulando en ciudades que, como Jersey City o Filadelfia, fueron implantando la cloración del agua, acompañada de la filtración de la misma a través de lechos de arena (algo que se sigue haciendo hoy en la mayor parte de los sitios), hicieron cambiar de criterio a nuestro ingeniero, que pasó a colaborar activamente en los planes de cloración de otras ciudades americanas.

Para la cloración del agua y la eliminación de patógenos se emplean cantidades relativamente pequeñas de unas sales llamadas hipocloritos, la más habitual de las cuales es el hipoclorito sódico. La disolución de esa sal en agua es la popular lejía, uno de cuyos anuncios vintage adorna el inicio de esta entrada. La misma humilde lejía que también está jugando un papel fundamental en el control de la pandemia que nos ha hecho la pascua en este inicio del infausto 2020. Está suficientemente probado en la literatura científica, y en la práctica sanitaria, que el uso en la limpieza de superficies de disoluciones tan diluidas como la preparada con 20 mL de lejía convencional, diluidos hasta un litro con agua, hace que el Coronavirus sucumba en menos de 5 minutos.

A pesar de este potencial defensivo que nos proporcionan estos compuestos que contienen cloro en su molécula, el elemento químico de ese nombre no ha estado nunca muy bien visto. Es muy probable que todo arranque con el libro de Rachel Carson, publicado en 1962 bajo el título Silent Spring (Primavera Silenciosa), un alegato contra los insecticidas en general y contra el DDT en particular que, a falta de un cloro, tiene hasta cinco en su molécula. También hay cloro (y abundante) en moléculas como las dioxinas (que recuerdo que el hombre nunca ha fabricado intencionadamente), en los bifenilos clorados (PCBs), en los CFCs y, sin alejarnos mucho de la cloración del agua, en los famosos Trihalometanos (THMs), compuestos que se forman merced a la reacción del cloro empleado en la cloración con restos de materia orgánica (ácidos húmicos y fúlvicos) proveniente de hojas y troncos de plantas que pueda haber en el agua de los manantiales que nutren nuestros grifos. De los THMs, descubiertos en los setenta, y de su carácter cancerígeno, ya os hablé con detalle en una entrada de 2014.

Así que, con todos estos antecedentes, podría entenderse que, en 1991, Greenpeace abogara por la prohibición total "del uso, la exportación e importación de compuestos orgánicos clorados (DDT, PCBs,...), cloro elemental (es decir el gas cloro) o agentes oxidantes clorados (como el dióxido de cloro o los hipocloritos)". Nota: los paréntesis son míos. Concluyendo que "no existen usos del cloro que podamos considerar como seguros". Esa petición de prohibición y los comentarios que acabo de mencionar aparecen en numerosos artículos y libros, siempre con la misma referencia [J. Thornton, The Product is the Poison: The Case for a Chlorine Phase-Out (Washington, D.C.: Greenpeace, 1991)] pero, por más que lo he intentado, ese documento, que suena como un documento interno de Greenpeace, no aparece por ningún lado.

La hipótesis más probable que manejo es que Greenpeace haya retirado de la circulación ese documento, aunque si lo encontráis y me lo pasáis me retractaré de lo dicho. Porque la radicalidad de esa petición fue desmesurada y la organización ha tenido que desdecirse en muchos de los frentes que, de una u otra forma, están implicados en ella. No hay que olvidar que cloro hay en la sal común o en el ácido clorhídrico de nuestro estómago. Cloro hay en muchos medicamentos, como en la cloroquina o la hidroxicloroquina que, aunque no parecen tan eficaces contra la Covid-19 como Trump pretende, lo han sido en el tratamiento de la malaria o de enfermedades autoinmunitarias como el lupus eritomatoso o la artritis reumatoide. Y cloro hay en el PVC, otro de los objetivos de Greenpeace en el pasado, pero esa es una historia que quedara para otro día.

Prefiero, para terminar, centrarme en el asunto con el que se ha iniciado esta entrada. Desde principios del siglo XX, millones y millones de humanos se han beneficiado y se siguen beneficiando de poder abrir un grifo y beberse, con total seguridad, el agua que sale de él, gracias a la acción biocida de las disoluciones de hipoclorito. Y cuando, por alguna razón, se ha descuidado esa cloración, las consecuencias han sido graves. Un ejemplo esclarecedor es la epidemia de cólera que asoló Perú en febrero de 1991, el mismo año del documento de Greenpeace arriba mencionado. Fue la primera epidemia de cólera conocida en ese país desde principios del siglo pasado, con mas de trescientos mil casos registrados y casi 3000 muertes.

Las causas del inicio de la epidemia no están claras. Hubo sectores que se la imputaron a Greenpeace y a su activa política contra el cloro en aquellos momentos. Hay otros que culparon a la Agencia Medioambiental Americana (EPA), que había prevenido a algunos países en vías de desarrollo de la relación entre concentración de cloro empleada en la cloración y generación de trihalometanos, lo que habría hecho que los funcionarios peruanos aflojaran la mano, empleando dosis tan bajas de hipoclorito que no resultaron eficaces para acabar con la bacteria causante del cólera. Fuera lo que fuera, no parece que hoy en día Greenpeace esté contra la cloración de agua, como puede comprobarse en este documento, en el que años más tarde, explicaban su versión del brote peruano.

Y algo parecido, aunque mucho menos grave, ocurrió en 2018 cerca de aquí, en Usúrbil, cuando uno de los depósitos que almacenaba agua proveniente de manantiales "de toda la vida" pero no controlados (y por tanto no clorados) por la Mancomunidad del Añarbe, se contaminaron con un virus. Como ese agua se mezclaba con la proveniente de la citada Comunidad, el virus acabó finalmente en el agua de los hogares del lugar, enviando a gran parte de sus habitantes a visitar con frecuencia el WC.

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lunes, 11 de mayo de 2020

Polímeros transparentes para una pandemia

Es muy probable que a muchos el nombre Plexiglas no les suene de nada. Es una marca registrada y espero que la empresa que tiene la propiedad del nombre no se meta conmigo, porque lo cierto es que les voy a hacer propaganda gratis. En lo que a mi respecta, esa palabra forma parte de mi memoria histórica. La aprendí cuando era un niño un tanto salvaje, jugando en un barrio que, en los cincuenta y principios de los sesenta, estaba en las afueras de Hernani, aunque hoy es casi el centro del pueblo donde viví hasta los diecisiete años. Y la aprendí cuando aún no sabía que iba a estudiar Química ni que, años más tarde, me iba a encontrar con el material que responde a ese nombre comercial siendo ya un incipiente investigador en polímeros.

En una entrada que escribí en un Blog mantenido por mis amigos de la Asociación de Divulgación Científica de la Región de Murcia (ADCMurcia), os contaba que mis primeros recuerdos del Plexiglas contienen imágenes de ese barrio, con tendederos de ropa en ventanas y balcones que, los días de pronóstico incierto, se protegían con unos trozos de plástico bastante cutres que, a pesar de su presencia poco gratificante y su dificultad para ser doblados, la gente conservaba como oro en paño. No sólo para esos menesteres sino para otros igualmente importantes en la época de penurias de la que hablamos como, por ejemplo, para conseguir que cunas y camas no se mojaran con incontinencias infantiles o seniles. Pues ese mismo material, aunque en un formato diferente, es el que está irrumpiendo en estos últimos días en muchos comercios, en forma de una barrera de protección transparente y segura (como la de la foto) frente a la pandemia que nos acosa. Y quién sabe si no nos aislarán pronto en cajitas de ese material cuando estemos en terrazas y playas. Hasta la propietaria de la tienda de chuches, debajo de mi casa y que sabéis que no es santa de mi devoción, ha instalado una de esas mamparas. Voy a tener que cambiar mi opinión sobre ella.

Aunque hay varios nombres comerciales para denominar a ese material, Plexiglas es el que tradicionalmente se asocia con el polímero que los químicos llamamos poli (metacrilato de metilo), PMMA en su acrónimo en inglés, perteneciente a la familia de los plásticos acrílicos, cuyos numerosos miembros sirven para multitud de cosas. El propio PMMA, por si solo, tiene también una gran variedad de aplicaciones. Por ejemplo, en la entrada mencionada de la ADCMurcia, dediqué buena parte de ella al papel que jugó este plástico en el desarrollo de las lentillas oculares. Pero hoy nos vamos a centrar en el Plexiglas y en las personas que lo desarrollaron.

Otto Röhm nació en 1876 en la localidad alemana de Öhringen. Con quince años empezó a trabajar como auxiliar de Farmacia para, posteriormente, seguir estudios sobre esta materia y obtener el título de farmacéutico en 1899. Pero, tras conseguirlo, decidió estudiar Química en la Universidad de Tubinga. O era un tío muy listo o el tránsito de farmacéutico a químico era entonces muy fácil, porque para 1901 ya tenía hasta el Doctorado, con una tesis sobre los productos de polimerización del ácido acrílico, un asunto este, el de la polimerización, que si habéis leído mi reciente entrada sobre "la Química mugrienta" no parecía tener un futuro muy halagüeño en ese momento. Precisamente por ello, cuando decidió ponerse a trabajar, empezó en el negocio de los curtidos, desarrollando una gama de productos que resultaron revolucionarios en los procesos de curtición. El hombre hizo un buen dinerito y creó su propia empresa con su colega y tocayo Otto Haas, la hoy famosa Röhm und Haas (lo siento pero Blogger no me deja escribir el símbolo habitual entre los dos nombres). Durante un tiempo se siguieron dedicando a los curtidos y a los textiles pero, en 1912, la cosa ya estaba bastante madura en el asunto de los plásticos como para que decidieran dar un vuelco a su empresa y centrarse en ese emergente mundo.

Donde, tras muchos problemas e incertidumbres, la gloria llegó de forma un tanto inesperada. Röhm und Haas había iniciado su andadura polimérica sintetizando varios poliacrilatos, unos parientes de los polimetacrilatos. Pero un día (¡Ay la chiripa!) una botella de un líquido oleoso que llevaba una temporada cerca de una ventana donde daba el sol, se partió en pedazos, dejando al descubierto un bloque de un sólido transparente que, enseguida, todo el mundo atribuyó a que el líquido que estaba en la botella (metacrilato de metilo) había polimerizado para dar lugar al sólido poli (metacrilato de metilo) (PMMA) que acabó rompiéndola. En sucesivos trabajos posteriores se pudo buscar una vía reproducible y económica para llevar a cabo la polimerización y se fueron, poco a poco, conociendo las excelentes propiedades del material. El producto se patentó en 1933 y el nombre Plexiglas se formó a partir de Plexigum, con el que se denominaba la gama de resinas acrílicas que hasta entonces vendía la empresa, y el final glas, vidrio, porque dadas sus propiedades, estaba claro para ellos que lo que habían descubierto era un vidrio artificial u orgánico, esto último por tratarse de un producto derivado de la Química del carbono, la Química Orgánica, y no, como en el caso del vidrio, de la Química del silicio, la Química Inorgánica.

El poli (metacrilato de metilo) es el más transparente de todos los plásticos convencionales, es varias veces más resistente al impacto que el propio vidrio a igualdad de grosor, siendo como es mucho más ligero que él. No se decolora apreciablemente por la acción de los rayos UV durante varios años y es un buen aislante térmico y acústico. Aunque se raya con facilidad por objetos punzantes es fácil de reparar y, finalmente y en lo que tiene que ver con las mamparas de protección y otros usos, se puede moldear en planchas bidimensionales o en formas mucho más complicadas aplicando calor.... En fin, un chollo de material y encima a buen precio, hasta ahora... Porque el problema, a día de hoy, es que el COVID-19 ha generado semejante demanda de esas mamparas que ha alterado por completo el mercado global de su materia prima y anda todo el mundo peleándose, y pagando bastante más, por tener acceso a este material.

Y ya que hablamos de polímeros transparentes y COVID-19, os diré que otro material, con un nombre que resuena al de Plexiglas, EuroPlex PPSU, es una poli (fenilensulfona) que la misma Röhm und Haas está vendiendo para los frontales de esas viseras protectoras que usan los sanitarios, pero que también se ven en comercios y en la calle. Así que, puestos a reconocer protagonistas de la pandemia, los plásticos tendrían que tener su huequecito. Pero ya sé que diréis que es una opinión sesgada de vuestro Búho.

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miércoles, 22 de abril de 2020

Flatología

Uno de los comentaristas habituales de este Blog es un amigo que responde al seudónimo de Flatólogo. Nos conocimos virtualmente haciendo comentarios en el delicioso Blog lamargaritaseagita que mantiene Jorge Ruiz-Carrascal sobre gastronomía y alimentos. Aunque ahora lleva parado desde finales de 2016 y muchos lo echamos de menos y esperamos que se reactive. Tanto a Flatólogo (Manuel Romera) como a Jorge, a los que considero amigos (si ellos me dejan), los he conocido después personalmente, compartiendo mesa y mantel y aprendiendo de lo que saben. Es una de las ventajas de las Redes Sociales, que conoces gente estupenda (y sabia) que, de otra manera, no hubieras conocido nunca.

El caso es que en las ocasiones en las que he hablado o me he escrito con Flatólogo, nunca se me ha ocurrido preguntarle por qué ha elegido ese seudónimo. Flatólogo quiere decir experto en flatos (o pedos, o cuescos, que diría Cela) y resulta que Manuel ejerce la Medicina pero como oftalmólogo (lo de experto en cuestiones gastronómicas es su vicio). Igual nos aclara el asunto cuando este post se publique. Viene a cuento tal escatológica entradilla porque otro amigo, el ilustre palentino Néstor Núñez, me mandaba ya hace tiempo un interesante email en el que me preguntaba cosas sobre la composición química de las flatulencias, por qué arden y otras interesantes cuestiones ligadas a sus recuerdos juveniles y sus preocupaciones actuales. Quise contestarle enseguida pero luego me lié con un par de charlas que tenía que dar y que llevaba mal preparadas. Y mas tarde me empecé a agobiar con el asunto del COVID-19, semanas antes de que el Gobierno se dignara hacer lo mismo, y no tenía el cuerpo para estas cosas. Pero ya ando algo mejor de ánimo y vamos a contarle algo de lo que preguntaba, antes de que sea muy tarde.

La composición de una flatulencia es una compleja combinación de una serie de factores que varían mucho de una persona a otra y que tienen que ver con la comida que uno ingiere, la colección de bacterias que pueblan su colon además de un largo etcétera que podríamos denominar la bioquímica de cada uno. Pero, al final, los mayores componentes de un pedo son gases que no huelen, como el nitrógeno y el oxígeno del aire, que ingerimos continuamente, u otros como el hidrógeno, el metano o el dióxido de carbono (CO2) que provienen bien de la digestión o de la actividad de las bacterias en el intestino.

Los gases que huelen (y algunos francamente mal, como es obvio) son otros, generalmente sustancias en cuya molécula hay algún átomo de azufre (metanotiol, dimetil sulfuro o ácido sulfhídrico) o nitrógeno (indol, escatol). Pueden estar en cantidades pequeñas, a veces hasta ridículas pero, como ya hablamos aquí en el caso de los perfumes o los vinos, nuestra nariz en un sensor particularmente eficaz para detectar algunas moléculas y estas están entre ellas. La mayor o menor presencia de estos gases pestilentes depende de nuestra dieta (de ahí la foto que ilustra la entrada, el brócoli contiene mucho azufre) o de nuestra salud (de hecho, hay estudios tratando de correlacionar niveles de algunos de los gases presentes en flatulencias y heces, con ciertas enfermedades del tracto intestinal).

Internet está lleno de vídeos en los que la gente prende fuego a sus pedos. Y ello se debe, sobre todo, a la presencia en los mismos del hidrógeno y del metano (altamente inflamables). Además, la cantidad de hidrógeno que se produce en nuestras digestiones en un día puede llegar a ser de varios litros, merced a la acción de ciertas bacterias sobre los carbohidratos que ingerimos. Afortunadamente para los que acercan cerillas y mecheros a su culo mientras se pean (del verbo peer, ver RAE), otras bacterias hacen reaccionar el hidrógeno con los sulfatos para producir ácido sulfhídrico (el del clásico olor a huevos podridos), mientras que unos microorganismos (las arqueas) ayudan a convertir ese hidrogeno en metano y agua al reaccionar con el anhídrido carbónico. Porque si así no fuera, y evacuáramos todo el hidrógeno producido, el porcentaje de quemados por estas prácticas sería más alto del que actualmente es.

Otra de las dudas de mi amigo palentino está relacionada con sus experiencias juveniles, según las cuales las flatulencias quemadas no olían como el pedo original. La Química también tiene explicación para ese extremo. Cuando aplicamos la cerilla o el mechero a nuestro trasero, lo que fundamentalmente quemamos es hidrógeno y metano en las clásicas reacciones de combustión de ambos, reacciones que solo producen agua en el primer caso y CO2 y agua en el segundo. Ni los gases originales ni los que se producen en esas reacciones huelen, así que el cambio tiene que provenir de la combustión de algunos gases odoríferos que, al quemarse, desaparecen como tales.

En las combustiones mas relevantes (las del hidrógeno y el metano), otro matiz es el color de la llama generada en estas divertidas (y peligrosas) prácticas. En vídeos grabados en la oscuridad usualmente se ve una llamarada azul, debida a la combustión del metano. Pero no todo el mundo produce la misma cantidad de metano en sus cañerías y muchos ni siquiera lo producen en cantidades adecuadas para el efecto, debido a la ausencia de los microorganismos que he mencionado en el párrafo anterior. En ese caso, uno puede seguir quemando pedos gracias al hidrogeno pero, en ausencia de metano, la llama producida es más bien amarilla o anaranjada.

Finalmente, Néstor me preguntaba sobre los niveles de flatulencia en veganos y carnívoros convictos y las repercusiones que eso pueda tener sobre los gases de efecto invernadero y el cambio climático. Una cuestión harto complicada sobre la que este vuestro Búho sabe poco o nada. Una revisión bibliográfica rápida en estos días de cocinamiento (como dice una amiga), me ha revelado que el tipo de investigación más habitual en estas cuestiones se centra en evaluar el impacto ambiental, en términos de producción equivalente de CO2, de las emisiones de gases de efecto invernadero derivadas de la totalidad de los procesos (uso de terreno, energía empleada, agua, etc.) implicados en la producción de dietas más o menos representativas de las posibles opciones alimenticias de los consumidores. Y parece desprenderse que la dieta vegana es la más sostenible. Aunque a mí, y creo que a Néstor, nos coge un poco mayores para un cambio radical.

Actualización (23/04, 9:17). Flatólogo ha respondido enseguida a mi requerimiento. Está en el primer comentario, aquí debajo. Y la infografía que menciona en él está aquí.

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martes, 14 de abril de 2020

Mascarillas, polímeros y tejidos no tejidos

Dicen las miríadas de expertos que estos días pueblan los medios de comunicación y las RRSS que, después de esta pandemia, nada será lo que era. Sin que sirva de precedente, estoy bastante de acuerdo con estos "analistos" pero como cada uno arrima el ascua a su sardina, yo espero y deseo que también haya un antes y un después en la percepción que mucha gente había adoptado en el pasado en torno a los plásticos. La simple imagen que nos mandó hace poco nuestra amiga intensivista (va por ti, Merche Z.), preparada para la faena en su UCI, es una buena muestra de la contribución de los materiales plásticos a la complicada gestión de esta crisis. Hasta mis queridos "californianos" parecen haberse dado cuenta y en la icónica ciudad de San Francisco han dejado en suspenso la normativa que prohibía las bolsas de plástico de un solo uso. Algo que también ha hecho Nueva York, solo unos días después de aprobar tal prohibición. Así que tomen nota. Si un californiano lo hace...

Pero, en realidad, yo he venido aquí a hablar de una derivada de las muchas que la pandemia nos está dejando y que pertenece a mi Negociado de los polímeros o plásticos: las mascarillas. Que se han convertido en el producto mas buscado estos últimos días, una vez que todo el mundo ha comprobado que el papel higiénico acumulado no se le ha terminado ni, probablemente, se le terminará hasta el fin del confinamiento. A día de hoy, basta darse una vuelta por internet para darse cuenta de la que se ha montado en torno a las mascarillas. Desde los que buscan el modelo más sofisticado, que en esta urgencia solo tendrían que llevar los sanitarios, hasta los millones de páginas que incitan a fabricarse una usando los tejidos más variados. Hasta el influyente Centro para el Control y Prevención de Enfermedades americano (CDC) ha colgado en internet un vídeo en el que el llamado US Surgeon General explica cómo se puede fabricar una mascarilla casera con una camiseta.

No voy a entrar en el asunto sobre la mayor o menor eficacia de las diferentes mascarillas que uno encuentra en el mercado o se fabrica en casa porque no soy muy competente. Pero voy a dedicar la entrada a algo de lo que sí conozco un poco. Se trata de los llamados tejidos no tejidos (TNTs), constituyentes muy importantes de la mayoría de las mascarillas comercializadas. Como dice Wikipedia en español (muy bien explicado por cierto), un tejido no tejido "es un tipo de textil producido al formar una red con fibras unidas por procedimientos mecánicos, térmicos o químicos, pero sin ser tejidas y sin que sea necesario convertir las fibras en hilo. En este sentido, estos materiales se definen por su negativo (es decir, por lo que no son). Estos materiales textiles no se deshilachan; por eso, son apreciados para la confección de prendas y accesorios de alto rendimiento".

Y ejemplos para entender lo que es un tejido no tejido hay muchos en vuestras casas sin necesidad de curiosear en la UCI de mi amiga. Basta con mirar un Scotch Brite para ilustrarse al respecto. O mirar una de las partes de un Velcro, del que ya hablamos hace algún tiempo. Las tres primeras letras de ese peculiar "adhesivo" vienen del francés Velours (terciopelo) y las tres últimas de Crochets (ganchos). Pues bien, la parte del velours es otro buen ejemplo de tejido no tejido, a base de una poliamida o nylon.

En el asunto de las mascarillas, los tejidos no tejidos juegan un papel esencial en el filtrado del aire que podemos inspirar o espirar. Dependiendo de lo más o menos tupidos que sean y de su espesor (que, finalmente, se suele expresar en lo que pesan por metro cuadrado) pueden retener mas o menos partículas (ya sean de contaminación atmosférica o de microorganismos). Por ejemplo, las mascarillas N95 homologadas en USA se llaman así porque sus elementos filtrantes se quedan con más del 95% de los partículas en suspensión. Y algo similar pasa con las europeas FFP2. En las menos eficientes mascarillas quirúrgicas, que son las que están más implantadas en las calles de los países asiáticos y que ahora vamos a ver por aquí con profusión, esos porcentajes son algo inferiores.

Pero en todas ellas, para profesionales o para ciudadanos normales, confeccionadas por 3M o por alguien en casa, tener un tejido no tejido en la mascarilla final es una excelente opción. Por ejemplo, en las mascarillas profesionales, muchos de los elementos filtrantes están hechos a base de fibras de polipropileno que, bajo un microscopio electrónico, se ven como en la imagen que ilustra esta entrada*, mostrando a las claras su naturaleza no tejida. Pero hay otros materiales que se suelen utilizar en mascarillas y que son también tejidos no tejidos. El Ministerio español de Industria, Comercio y Turismo ha editado una serie de documentos (bastante prolijos por cierto) sobre cómo elaborar mascarillas higiénicas y entre los materiales que pueden usarse (además del mencionado polipropileno) están TNTs constituidos a base de un 80% de poliéster y un 20% de viscosa (un polímero semisintético obtenido tratando celulosa con hidróxido sódico y disulfuro de carbono). U otros con un 65% de poliéster y un 35% de algodón (un polímero natural, con fibras de celulosa y otras cosas).

Tejidos no tejidos, como los mencionados, se han vendido tradicionalmente en tiendas de telas, ahora cerradas, pero se siguen vendiendo en internet para los usos más variados (desde trapos de cocina a filtros para equipos de aire acondicionado) y en los últimos días se detecta que la gente los está adquiriendo por esa vía para hacerse sus propias mascarillas. Tejidos no tejidos son también las compresas empleadas en los hospitales aunque, en este caso, las mas habituales llevan más viscosa que poliéster (70/30) o están hechas a base de  puras fibras no tejidas de celulosa.

Pero si conseguís una mascarilla y salís a la calle con ella, no os pongáis el mundo (o la mascarilla) por montera. Dicen los expertos que calzarse una proporciona una falsa sensación de seguridad que nos hace relajarnos y ser menos rigurosos en otras cosas importantes, como mantener la distancia de seguridad o conservar las manos en perfecto estado de revista.

Y para terminar, un punto de orgullo local. Bexen Medical, en el barrio de Zikuñaga de mi pueblo, pasará a ser, a finales de este mes, el mayor fabricante de mascarillas del Estado (ver aquí). Hernani y yo somos así, amigos.

(*) la foto que ilustra la entrada corresponde a fibras usadas por la empresa 4C Air, una start-up de la Universidad de Stanford, en la fabricación de mascarillas.

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domingo, 29 de marzo de 2020

Antimonio para un confinamiento

Cuando a finales de diciembre os relataba la elaboración de lo que finalmente llamamos Kimikoteka, una Tabla Periódica confeccionada sobre la base de marcas de vinos, de cuyos nombres se pudieran extraer los símbolos de los 118 elementos químicos que componen dicha Tabla Periódica, dejé apuntado que, en el caso algunos símbolos concretos, la cosa fue más que complicada y hubo que saltarse alguna de las normas que en 1813 dio Berzelius, el primero que propuso usar una o dos letras derivadas del nombre en latín de los elementos, como forma de hacer universal la manera de denominar a esos elementos y sus compuestos. Y el elemento que más dolores de cabeza me proporcionó fue un viejo conocido de este Blog, el antimonio, cuyo símbolo químico hoy aceptado es Sb.

Localizar un vino cuyas primeras letras contuvieran una "S" y una "b", y además en ese orden, fue una tarea casi heroica. Al final, optamos por un vino de una pequeña bodega situada en Villamor de los Escuderos (Zamora), comercializado bajo el nombre de Señorío de Bocos. Es cierto que, en ese nombre, encontramos la "b" bastante retrasada con respecto a la "S" pero, para justificarnos, usamos como disculpa las tribulaciones (o, más bien, despistes) del propio Berzelius con el antimonio. Caímos en la cuenta de que a pesar de que el nombre en latín del antimonio es Stibium y Berzelius podía haber utilizado como símbolo simplemente las dos primeras letras (St), por alguna razón eligió el símbolo Sb que ha quedado como definitivo.

Con la urgencia de acabar la Kimikoteka la cosa no fue más allá. Vendimos la moto diciendo que si el propio Berzelius se había ido hasta la cuarta letra de Stibium para buscar la "b" en el nombre latino del antimonio, nosotros podíamos hacer algo similar con el Señorío de Bocos. Pero este Búho se quedó con la mosca detrás de la oreja y ahora, aprovechando el confinamiento, no he parado de dar vueltas al asunto hasta descubrir algo más sobre el origen del mismo.

En un largo artículo sobre las reacciones químicas y su nomenclatura titulado "Essay on the cause of chemical proportions, and on some circumstances relating to them: together with a short and easy method of expressing them", que Berzelius publicó en varias entregas en la revista Annals of Philosophy en sus volúmenes 2 y 3 [vol. 2, páginas 443–454 (1813) y vol. 3, páginas 51–62, 93–106, 244–255, 353–364 (1814)], el antimonio aparece por primera vez en una lista de la página 52 del volumen 3, donde Berzelius lo denota como St. Pero, a partir de la página 249, Berzelius, y sin explicación alguna, empezó a utilizar el símbolo Sb y así se quedó la cosa. Y, por más vueltas que le he dado, no he conseguido encontrar a nadie que proporcione una explicación a ese cambio. Aunque dos días después de publicar esta entrada, el último día de marzo, el amigo Paco de Caravaca ha publicado un jugoso comentario, que podéis ver abajo, y que podría explicar algunas claves sobre el baile de la "t" y la "b" del símbolo que nos ocupa.

Pero mi aventura por viejos textos ha ido muy lejos. No en vano el antimonio es uno de los primeros elementos aislados como tales por nuestros ancestros alquimistas, que lo representaban con el sugerente símbolo que ilustra esta entrada. De hecho, en el Louvre parisino, se guarda un viejo vaso caldeo de hace más de 6.000 años, hecho de antimonio puro. Y desde esos lejanos tiempos, este elemento ha resultado fascinante para muchos de los que han experimentado con él. Sobre todo por el papel jugado por su principal mena, la estibina (un sulfuro de antimonio), en la separación del oro de la plata, así como a la hora de eliminar del primero ciertas impurezas metálicas.

Así que si el antimonio y sus compuestos podían ser tan efectivos para "purgar" ciertas impurezas del oro, ¿no podría servir también como purgante en el organismo humano para eliminar ciertas enfermedades?. Nuestro viejo amigo Paracelso (el de la máxima "el veneno está la dosis") y el enigmático Basilio Valentín parecen estar en el origen de recetar antimonio como purgante o emético, arrancando así un debate con los partidarios de la medicina galénica tradicional, según la cual había que usar como medicinas preparados con propiedades contrarias a los síntomas de la enfermedad. Por el contrario, Paracelso había introducido el concepto de similitud (pelear contra un veneno con otro veneno), un claro antecedente (muchos años antes) de la primera ley de la homeopatía, según la cual un producto que cause efectos similares a los síntomas de una enfermedad debe (aunque sea un veneno para el organismo) curar esa enfermedad. Y como siguiendo esa idea de Paracelso, un médico francés, Nicholas Le Févre, curó a su rey Luis XIV en 1658 con un llamado vin émétique, a base de un compuesto de antimonio, la buena fama de estos preparados se extendió a lo largo de bastantes años después, por mucho que tuvieran efectos secundarios evidentes.

Llegando hasta tiempos de Mozart. Tal y como ya conté en una ya casi antediluviana entrada de este Blog, entre las diferentes teorías sobre su temprana muerte (en 1791) hay una, recogida por John Emsley en uno de sus libros, según la cual es probable que muriera intoxicado por antimonio, suministrado por su médico. Recordaba en aquella entrada que, en esa época, ningún maletín de médico serio dejaba todavía de contener el emético tartárico, un preparado para inducir el vómito, práctica de curar entonces muy popular. La sustancia empleada era un tartrato de potasio y antimonio. La gente lo tomaba de forma regular para librarse, entre otras cosas, de resacas matinales tras una copiosa cena. Aunque había que tener cuidado porque la dosis médica de ese emético no está muy lejos de la dosis considerada fatal.

Como todos disponemos de mucho tiempo estos días, aprovecho para recomendaros la lectura de la entrada mencionada que, en realidad, iba sobre la presencia de antimonio en el agua vendida en botellas de plástico. A ver si así subo un poco las estadísticas que también están "infectadas".

¡Sed formales y a cuidarse mucho!.

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jueves, 19 de marzo de 2020

Sobre el jabón en tiempos difíciles

Como dice un amigo mío, no tengo la cabeza para muchas tonterías. Y entre esas tonterías está el redactar entradas en el Blog. Pero tengo que ir recomponiendo mi día a día y como esto no deja de ser un diario muy personal, no queda más remedio que dedicar una entrada al tema que estos días nos asola (y nos va asolar), para que quede constancia posterior. Eso si, desde la óptica de un químico en confinamiento. O eso espero...

Entre las labores que me distraen estos días está la de fregar todo lo que se me ponga por delante. Algo que viene de lejos, porque siempre he sido muy fregón ya que, en muchas ocasiones, me sirve de terapia contra el tedio. Y ahora más. Para ello me armo, además de con un Spontex, con pequeñas dosis de Fairy diluido, que me ayudan a acabar con prontitud con los restos de grasa y aceite, probablemente los más engorrosos de eliminar. Es verdad que no hace falta sofisticarse tanto para fregar. Una pastilla de un jabón antiguo y popular como Lagarto, Chimbo o similares produce efectos parecidos en lo que a eliminación de grasas se refiere.

El aceite y otras grasas, debido a sus estructuras químicas, son casi incompatibles con una molécula de estructura radicalmente distinta como es el agua. Lo cual se ilustra fácilmente tratando de limpiar el culo de una sartén, llena de aceite u otras grasas, sólo con agua. Pero algo muy distinto es añadir a ese agua un poco de detergente. Y la diferencia radica en que los detergentes son moléculas conocidas como anfifílicas, que es algo así como moléculas de doble alma. Moléculas que, en las representaciones más simplificadas, se suelen presentar con una cierta apariencia de espermatozoides. Con una cola larga constituida por repetidos grupos CH2, los mismos que están en los componentes la gasolina y, por tanto, de carácter hidrófobo (que repelen el agua). Y, en un extremo, una cabeza que contiene un grupo iónico hidrofílico (al que le gusta estar rodeado de moléculas de agua). En ese doble carácter radican las potencialidades de los detergentes para ayudar al agua a llevarse la grasa.

El mecanismo puede resultar interesante para quien lo oye contar por primera vez (o eso espero). Cuando ponemos jabón en agua, los “espermatozoides” jabonosos se encuentran ante una disyuntiva complicada. La parte de la cola huiría del agua cual gato persa. Y la cabeza iónica perdería el culo por la misma. Pero están indisolublemente unidos y hay que resolver el dilema. Y, para hacerlo, varias moléculas de ese tipo se asocian en estructuras supramoleculares conocidas como micelas, una de las cuales se muestra en la figura adjunta.

En ellas, las cabezas de cada molécula de jabón se colocan en el exterior, facilitando así su contacto con las moléculas de agua que rodean la micela (esas cosas pequeñas que se ven en la Figura). Por el contrario, la "atmósfera" interior está llena de las colas, que así están juntas en un ambiente exento de agua. Y ese interior, en tanto que un ambiente constituido por grupos CH2, es un sitio adecuado para albergar moléculas de aceites y grasas que huyen del agua y que, una vez ahí albergadas, pueden ser arrastradas con más agua en el proceso de limpieza. Esa doble acción de confinar la grasa en el interior de las micelas formadas por el jabón y el posterior arrastre de ellas con el agua de grifo es lo que se suele llamar acción detersiva del jabón. Quizás una excesiva vulgarización del tema pero creo que se entiende.

Pues bien, en estos días en los que, con más miedo que otra cosa, entro a leer artículos de la pandemia en sitios que considero serios, he encontrado varios de ellos en los que se explica por qué funciona el lavado de manos con simple jabón a la hora de protegernos del virus de marras. Por citar alguno, mencionaré un hilo en Twitter que leí, hace casi dos semanas, al periodista y físico Alberto Sicilia (@pmarsupia en Twitter). Si queréis leeros el hilo completo os dejo aquí el enlace. Pero si no andáis muy duchos en lo de las redes sociales, os lo resumo muy fácil.

Si observáis la imagen que encabeza esta entrada (podéis aumentar el tamaño clicando en ella), la parte derecha es un corte del coronavirus de la izquierda. Ahí se ven las proteínas que, como una coronita, decoran la esfera y que son los puntos de enganche que usa el virus en nuestro organismo para colonizarnos. Dentro queda el material genético del propio virus, en forma de esa espiral interior, bien protegido por una envuelta de color rojo que lo aísla. Pues bien, esa envuelta tiene, básicamente, un carácter de grasa y es ahí donde el jabón puede atacar y destruir el coronavirus al llevarse esa grasa, y también algunas proteínas, para albergarlas dentro de micelas como las que acabo de enseñar en el párrafo anterior, micelas que arrastramos cuando nos enjuagamos las manos debajo del grifo despues de lavarlas concienzudamente. Si queréis ver un infograma resumen de lo dicho, publicado en el New York Times el pasado viernes, podéis picar aquí. Pero no sé cuanto tiempo estará disponible sin pagar.

Y ya, cuando tenía esta entrada preparada para publicarla, me encuentro con este artículo de ayer de mi amiga Deborah García Bello, con mucha más información sobre la acción de diferentes productos de limpieza en el coronavirus. Puede que sea hablar de lo mismo, pero dado que no tenemos exactamente la misma "clientela", no creo que sea reiterativo comunicar estas cosas por varias vías.

Hoy, más que nunca, os quiero agradecer que, leyéndome, seáis la razón que me impulsa a seguir escribiendo.

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viernes, 28 de febrero de 2020

Cien años de "Química mugrienta"

Hace poco más de un año, os avisaba en este mismo sitio que los químicos íbamos a dar mucho la tabarra con el asunto del aniversario de la primera propuesta de la Tabla Periódica de los Elementos Químicos. Este año 2020, es muy posible que una parte de esos químicos, los que nos hemos dedicado y se dedican a los polímeros, acabemos por daros la lata (iniciativas hay, aunque quizás menos) con los cien años transcurridos desde la publicación del artículo escrito por Hermann Staudinger, un químico alemán, en la revista Berichte der Deutschen Chemischen Gesellschafts, artículo que se considera como inicio del interés de la Química por esos materiales. Podéis ver la cabecera original del artículo en la captura de su primera página que preside esta entrada, en la que puede comprobarse que el artículo se titulaba Sobre la Polimerización y que se recibió en la revista el 13 de marzo de 1920. Para ver mejor esa cabecera podéis clicar sobre la propia imagen.

Sobre la importancia de esa contribución de Hermann Staudinger publiqué, ya hace algún tiempo, un artículo en el Cuaderno de Cultura Científica (CCC) que podéis encontrar en este enlace. Desde entonces, han pasado casi seis años, el Búho se ha jubilado pero sigue siendo un fiel y curioso devoto de Staudinger, particularmente del cambio brusco que imprimió a su vida cuando se trasladó a la Universidad de Friburgo en 1926 y empezó a considerar seriamente el dedicarse solo a los polímeros. O de los diferentes detalles de su azarosa vida académica entre las dos grandes guerras y de las presiones que sufrió por parte del régimen nazi, ya en los años treinta. Y entre las cosas que he leído estos últimos tiempos, y que no conté en el artículo mencionado, hay tres detalles que voy a utilizar para vestir un poco el anuncio del Centenario que nos ocupa.

En el último párrafo del artículo en el CCC, cuento las presiones del filósofo Martin Heidegger, el decano de Staudinger, que culminaron en 1933 con un intento de destitución por considerarle muy frío con el régimen nazi (aunque parece que no del todo contrario). Al hilo de esto, hace poco leí una entrevista con uno de los estrechos colaboradores de Staudinger en los últimos años de su vida, Helmut Ringsdorf, en la que daba más detalles sobre esos duros meses bajo la vigilancia del decano filósofo. Parece que alguien más alto en la nomenclatura nazi que Heidegger, hizo desistir a éste de sus peores intenciones sobre Staudinger pero, aún y así, se tomaron medidas muy serias para restringir sus actividades y, sobre todo, sus viajes. Cuenta Ringsdorf que, para tratar de soslayar esto último, Staudinger argumentó que sus viajes eran una forma de representar a la ciencia alemana en el exterior y defender sus "Macromoléculas alemanas", una idea no muy lejana a la Medicina Germánica implantada por los nazis y de la que ya hemos hablado alguna vez por su relación con la homeopatía.

Heidegger fue también el causante de que Hans Adolf Krebs, un joven bioquímico que, ese 1932, acababa de obtener su Venia Docendi en el Clínico de la misma Universidad de Friburgo en la que Staudinger trabajaba, fuera destituido fulminantemente. Aquí no hubo dudas porque Krebs era judío. Así que al hombre no le quedó más remedio que, gracias a la brillantez de su carrera investigadora, dejar Alemania en 1933 y buscar refugio en Inglaterra, donde siguió con sus trabajos sobre el Ciclo de Krebs que todo estudiante de Bachillerato hoy conoce, trabajos que contribuyeron a que le dieran el Premio Nobel de Medicina y Fisiología en 1953, compartiendo la ceremonia de entrega con su viejo colega Hermann Staudinger, a quien ese mismo año habían dado el Premio Nobel de Química por su decisiva contribución a la introducción del concepto macromolecular. Hay fotos en los que se les ve juntos, mirando los documentos que les acreditaban como laureados o mostrando divertidos sus respectivos relojes (que desconozco si eran un regalo incluido en el premio o no). Imágenes a las que no puedo enlazar porque son de pago, pero si ponéis en Google los nombres completos de los dos y la palabra photos, tarde o temprano las encontraréis.

Y, para terminar, expliquemos el extraño título de esta entrada. En el artículo del CCC que he enlazado al empezar, se mencionaba el consejo que un reputado químico orgánico, H. Wieland, hizo llegar a Staudinger para tratar de desviarle de su empecinamiento en la existencia de moléculas muy largas o macromoléculas: “Mi querido colega, abandone su idea de las largas moléculas. Las moléculas orgánicas con peso molecular superior a 5000 no existen. Purifique bien sus productos, como el caucho, y así cristalizarán debidamente y le harán ver su carácter de moléculas de bajo peso molecular”. Pero en sus Memorias, redactadas en 1961, Staudinger recuerda también que muchos colegas le preguntaban por qué había decidido dejar los productivos campos de investigación en Química Orgánica que había seguido hasta entonces, en beneficio de unos compuestos "asquerosos y mal definidos", como el caucho o algunos polímeros sintéticos (como el poliestireno ya conocido en ese tiempo). Una Química que, a la vista de las dificultades de manejo que presentaban esas sustancias en el laboratorio y de sus inusuales propiedades, era bautizada despectivamente por esos colegas, en la lengua materna de Staudinger, como Schmierenchemie. Que no se si corresponde al término que he empleado en el título porque no me ha quedado del todo claro tras discutirlo con dos nativos alemanes de mi entorno próximo. Pero visto el contexto, a mi me gusta.

Por cierto, hablando de cumpleaños, este Blog cumple hoy catorce años. Un adolescente, oiga. Con 560 entradas.

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martes, 18 de febrero de 2020

Patatas estresadas

De las cosas que peor me sentaron cuando me jubilé, hace mas de tres años, fue la rapidez con la que mi Uni, a la que dediqué mi vida durante muchos años, me dejó sin posibilidad de entrar en su Biblioteca virtual y poder buscar, leer y descargarme artículos científicos, algo que había hecho en los últimos años de mi vida en activo. Por el contrario, aún me mantienen la cuenta de correo electrónico, que no sirve más que para que se llene de pura basura. Pero el Búho siempre ha tenido, y sigue teniendo, acceso ilimitado a todo lo que se publica en los ámbitos que me interesan, gracias a unos pocos amigos y amigas en diferentes Universidades (lectores de este Blog), que me dejan sus claves para entrar en esos servicios que la EHU me niega. Además de la inestimable posibilidad de usar SCI HUB.

Viene todo esto a cuento porque una amiga que me dejó hace un tiempo sus claves, me escribía el otro día para decirme que había leído una vieja entrada de este Blog sobre el contenido de solanina de las patatas y que le parecía que la tenía que actualizar porque ella, que investiga en una rama de la Medicina, había leído recientemente que la solanina, y algunos otros alcaloides como ella, parece que empiezan a ser estudiados por sus efectos beneficiosos en una serie de dolencias. Y, como no podía ser menos, me puse enseguida a hacer las búsquedas bibliográficas oportunas y pensé que, aprovechando esta entrada y dado que ya ha pasado mucho tiempo desde mi jubilación, podría usarla para agradecer a esta amiga y a otros colegas, cuyo nombre y filiación no mencionaré, su desinteresada (y algo arriesgada) aportación a este tirar del hilito que tanto me divierte y ocupa.

En la vieja entrada que mencionaba mi amiga y que data de 2006, os contaba que me había leído un documento conjunto de la FAO y de la Organización Mundial de la Salud, publicado en 1992 y preparado por dos científicos canadienses, relacionado con los problemas que puede causar la ingesta de solanina, un glucoalcaloide que se genera en las patatas (y en otras cosas como los pimientos), particularmente en situaciones de estrés. Lo de hablar del estrés de las patatas resulta muy efectivo en mis charlas de divulgación porque la gente se mosquea. Y les tengo que explicar que una patata se estresa cuando está mucho tiempo expuesta a la luz, ha sufrido golpes, las condiciones de almacenamiento han variado mucho en el tiempo, etc. Aunque parece que la luz es el estresante más importante. En condiciones no oscuras las patatas generan solanina adicional a la que ya de por sí contienen, que se almacena en la piel o en el propio cuerpo de la patata más próximo a esa piel, particularmente en los llamados "ojos", como los que se ven en la foto que ilustra esta entrada y que no son mas que brotes nuevos de plantas de patata. Además, la luz desencadena la formación de clorofila, que es inofensiva en sí misma pero hace que las patatas se pongan verdes en los mismos lugares donde se concentra la solanina, actuando como una pista visual de las partes que se deben evitar.

A pesar de que han pasado casi treinta años desde su publicación, el estudio arriba mencionado sigue siendo muy interesante porque, por ejemplo, contiene un detallado resumen histórico sobre intoxicaciones contrastadas que han ocurrido por ingestión de patatas desde finales del siglo XIX. Desde soldados alemanes a adultos y escolares ingleses. El caso es que en todo ese historial hay varios muertos y los que han sobrevivido lo han hecho después de episodios más o menos largos de vómitos, diarreas, fiebre, tensión alta y otros síntomas. En los casos mas recientes en la historia, la toxicología fue capaz de establecer que esos episodios se relacionaban con la identificación de altas concentraciones de solanina en los afectados. El informe repasaba también los estudios toxicológicos llevados a cabo con animales de laboratorio para conocer las consecuencias de dosis excesivas de solanina, ilustrando que una dosis de 42 mg por kilo de ratón, administrada de una sola vez, es capaz de cargarse a la mitad de una población de roedores (la llamada Dosis Letal al 50%). De estudios epidemiológicos con humanos venían a concluir que patatas conteniendo entre 20-100 mg de solanina por kilogramo de patatas no parecían causar problemas en humanos, en las cantidades que las solemos consumir como acompañamiento de nuestras comidas.

¿Y qué ha cambiado desde entonces?. Pues bastantes cosas. Después de mi búsqueda bibliográfica más o menos "ilegal" y entre la variada documentación que he manejado, me he quedado con la producción científica de Mendel Friedman, un veterano científico del Departamento de Agricultura americano (USDA), con un amplio historial en todo lo que tenga que ver con las sustancias químicas que uno puede encontrar en las patatas y sus posibles efectos y aplicaciones. Y voy a usar esa bibliografía para actualizar la entrada de 2006.

Curiosamente, entre la bibliografía de Friedman hay una interesante revisión, fechada en el mismo año (2006) en el que yo escribí la entrada del Blog y que se me debió escapar en su momento. En esa revisión se confirman muchos de los extremos expuestos en el artículo de 1992 arriba mencionado relativos a la solanina, extendiéndose la revisión a otro glucoalcaloide presente en las patatas, la chaconina. Ambas sustancias se encuentran, en su mayor parte, en el primer milímetro bajo la piel de las patatas, aunque el dato puede variar de unas variedades de patata a otras. Considerando las especies más comunes, los autores establecen que si eliminamos los primeros 3/4 milímetros de patata bajo la piel, dejamos a esta, sea de la variedad que sea, prácticamente libre de los glucoalcaloides mencionados.

Ambos glucoalcaloides son usados por el tubérculo como una forma de defenderse de determinados patógenos. Curiosamente parece que la chaconina se ha ido generando a medida que, en las variedades mas cultivadas, esos patógenos se fueron haciendo resistentes a la solanina. En línea con esta idea, la revisión contiene otros datos muy interesantes, al menos para mí, como el que las patatas derivadas de agricultura orgánica contienen más glucoalcaloides que las cultivadas convencionalmente, probablemente porque al no emplearse (casi) plaguicidas en el cultivo orgánico, la patata reacciona generando más glucoalcaloides como defensa. O que los tubérculos atacados por plagas del escarabajo de la patata producen más glucoalcaloides que los usados como control y libres de los escarabajos en cuestión.

Al final de artículo, y en la línea de lo que me decía mi amiga, aparece un apartado sobre los posibles efectos beneficiosos de la solanina y la chaconina, apuntando su potencial carácter antialérgico, antipirético, antiinflamatorio y su posible acción antibiótica frente a bacterias, virus y hongos. Otro apartado describe la habilidad de estas moléculas en la destrucción de células cancerosas ligadas al cáncer de colon en humanos. Datos que se han ido confirmando en posteriores estudios firmados, entre otros, por el propio Friedman (ver por ejemplo, aquí).

La cuestión de las dietas seguras de los glucoalcaloides de las patatas sigue abierta, aunque parece que la ingestión media diaria de patatas por parte de un europeo hace que este rara vez ingiera más de unos 15 miligramos de solanina y chaconina, mas de diez veces por debajo del límite a partir del cual pueden aparecer efectos adversos. Pero, por si las moscas, y en lo que al consumo habitual de patatas en vuestra casa se refiere, mejor las conserváis en sitio fresco y con poca luz y os las vais comiendo con relativa rapidez. Y en cuanto observéis un "ojo" o que la patata está verde bajo la piel, peladlas en mayor profundidad, eliminando sin duelo lo que adorne su superficie. Porque cocinarlas, ya sea cociéndolas o friéndolas a alta temperatura, no elimina esos compuestos de vuestro amado tubérculo.

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martes, 28 de enero de 2020

¿Polietileno en el café?

Desconozco si estáis al loro de la reciente publicación por parte del Catedrático de la Facultad de Medicina de la Universidad de Granada, Nicolás Olea, de un libro que, bajo el atractivo título "Libérate de tóxicos", se debe estar vendiendo como rosquillas. Yo ya me lo he leído dos veces y, por ahora, no voy a hablar de él porque quiero hacer una síntesis adecuada para contarlo aquí con todo detalle. Lo que quizás me lleve el resto de vida que me queda. Pero como todo autor de libro que se precie, una vez publicado hay que promocionarlo y uno de los hitos de esa promoción fue una entrevista en El País aparecida el pasado 19 de noviembre.

Como suele pasar siempre que el Prof. Olea sale en los medios tras publicar algo relacionado con el uso de los plásticos, también en esa entrevista utiliza expresiones que no se corresponden con la realidad. Quería haber escrito algo al respecto mucho antes pero he tenido que hacer, como veréis a continuación, una serie de averiguaciones en lo que constituía mi Negociado antes de la jubilación y así poder contaros una historia documentada.

En la entrevista, el Prof. Olea vuelve con el mantra de que los niños orinan plástico, algo de lo que ya hemos hablado en este Blog ["Todos niños españoles orinan plástico, que viene del consumo alimentario. Principalmente, bisfenol A. ¿Cuándo se va a prohibir? ¿En 10 años? Cuando lo publicamos nos dijeron que los niveles eran bajos. No admitimos que nos digan que es normal orinar plástico"]. Pero esta vez introduce un nuevo bulo para captar la atención de los lectores que, al menos yo, no se lo había oído ni leído antes: ["Cuando bebes café de la máquina estás bebiendo también polietileno del vaso"]. Casi todos los que me seguís sabéis que el polietileno es uno de los plásticos más fabricados desde que los humanos pusimos plástico en la faz de la Tierra. Y que se utiliza en muchas aplicaciones, que van desde las humildes bolsas de basura a determinadas partes de una cadera artificial.

Y también está, en forma de un delgado filme, en la cara interna de uno de esos vasos de café o té con los que la gente pulula ahora por las calles, donde cumple el papel de impedir que la bebida caliente humedezca el papel con el que se fabrica el cuerpo del vaso. Vasos como los que se ven en la portada de la entrada y que comercializa la compañía de café más grande del mundo, con establecimiento en una de las calles importantes de Donosti y en el que no había entrado hasta que decidí hacerme con uno de esos recipientes para componer esta entrada.

Después de que la Búha se bebiera el café calentito, al que previamente y de forma discreta habíamos medido la temperatura cuando nos lo entregaron, 78ºC, nos llevamos el vaso vacío a casa y lo puse durante una noche en un cubo con agua. A la mañana siguiente y con un poco de trabajo, conseguí separar adecuadamente un filme delgado de plástico del resto del vaso y con él me encaminé a los laboratorios de la Facultad de mis amores y se lo confié a dos compañeras que llevan media vida analizando todo tipo de cuestiones relacionadas con plásticos industriales. Y, de manera resumida, os voy a comunicar los resultados.

El plástico constitutivo del filme del vaso de Starbucks es polietileno (el mismo del que habla Olea), el llamado de baja densidad. Eso se puede precisar sin discusión después de los adecuados análisis realizados por mis amigas usando la Espectroscopia Infrarroja de Transformada de Fourier (FTIR). El resultado se corrobora con la determinación de la temperatura a la que se produce la fusión de ese plástico (108 ºC), mediante otra técnica denominada Calorimetría Diferencial de Barrido (DSC). Ese dato es fundamental para rebatir, en primera instancia, la afirmación de D. Nicolás. Ese polietileno no fundiría en contacto con el café caliente a una temperatura inferior a su punto de fusión, sino que seguiría en estado sólido y bien pegado al papel del vaso. Aunque, todo hay que decirlo, si fundiera tampoco pasaría nada porque el polietileno es un material de marcado carácter hidrófobo (que repele el agua, vamos) y, si fundiera, formaría una especie de chicle en el agua que lo haría palpable en boca. Ese mismo carácter hidrófobo, sumado a su condición de material polimérico cristalino, impide la solubilización del polietileno en agua, otra posible vía para pasar al café.

Hay otro posible origen en la aseveración del Prof. Olea. En el asunto de mear plástico, y no se sabe si interesadamente o porque es un aficionado en el mundo de los plásticos, identifica la materia prima empleada para fabricar algunos de ellos (el Bisfenol A) con los plásticos en cuestión (como, por ejemplo, el policarbonato). Por tanto, podríamos esperarnos que, en este caso y con una lógica similar, identificara también el polietileno con alguna sustancia que pudiera quedar ocluida en él como consecuencia de su síntesis o posterior procesado para formar el filme. Para investigar ese posible evento, mis amigas han sometido al filme a otra técnica habitual en nuestro campo, la Termogravimetría (TGA), muy utilizada en el estudio de procesos de degradación de plástico a altas temperaturas.

Tras pesar algo menos de un miligramo del filme de polietileno despegado del vaso, lo mantuvieron a una temperatura de 100 ºC durante una hora y en presencia de aire. Esa temperatura está bastante por encima de la que razonablemente tiene el café en el vaso cuando nos lo sirven y, por tanto, el experimento con nuestra termobalanza reproduce un caso bastante extremo de las condiciones en las que consumimos nuestro brebaje. Si el filme de polietileno desprendiera cualquier tipo de sustancia que pudiera pasar al agua, eso se reflejaría en la termogravimetría en una perdida de peso del filme, que nuestro instrumento detectaría hasta niveles de unos pocos microgramos. Nada de eso ha ocurrido en el experimento, lo que razonablemente demuestra que desde el filme plástico del interior de nuestro vaso de café no ha migrado sustancia alguna a la bebida a consumir.

Y en el hipotético caso de que cantidades extremadamente pequeñas de sustancias migraran desde el polietileno (que no el propio polietileno) al café, allí se unirían a los centenares de sustancias constitutivas de ese café, alguna de carácter cancerígeno como la acrilamida y muchas con carácter estrogénico. Un trabajo muy reciente [R. Kiyama, Nutrients 11, 1401 (2019)] revisa ese último carácter de los casi innumerables componentes del café. Si bien en algunos casos su presencia en el café tiene efectos beneficiosos, hay otros componentes que pueden actuar como disruptores endocrino, un tema en el que el Prof. Olea es un investigador de reconocido prestigio.

Pero, resumiendo lo fundamental, "Cuando bebes café de la máquina NO te estás bebiendo también el polietileno del vaso". Y punto.

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miércoles, 22 de enero de 2020

Los perfumes se hacen sostenibles

Según Melody M. Bomgardner, una articulista habitual en el Chemical Engineering News (CEN) que sigo devotamente, cuando en 1921 el perfumista Ernest Beaux produjo una serie de esencias para Gabrielle "Coco" Chanel y ella eligió la que se convertiría en el famoso Chanel n. 5, se abrió la veda a la democratización del perfume. Beaux introdujo en la fórmula original una mezcla de aldehídos, unos compuestos aromáticos de síntesis, rompiendo así la tradición de emplear solo extractos provenientes de todo tipo de sustancias naturales, generalmente flores pero también semillas, extractos de animales, etc.

Ello condujo al interés de muchos químicos y empresas en aislar e identificar una gran parte de los aromas hasta entonces imperantes y, posteriormente, a tratar de sintetizarlos en el laboratorio. Pero no se quedaron ahí y sus investigaciones dieron lugar a nuevas moléculas aromáticas que no se habían encontrado en la Naturaleza. Algunas se obtuvieron por pura chiripa, otras como subproductos de intentos de sintetizar moléculas naturales y, en otros casos, la pura curiosidad de los químicos hizo que se buscaran (y encontraran) moléculas químicamente muy parecidas a algunas de los aromas tradicionales. Toda esta actividad, que dio lugar también a la consolidación de las grandes empresas que hoy controlan el mercado de los aromas de perfumería, generó una amplia paleta de los  mismos con la que los grandes perfumistas introducen matices o "notas" para cautivar al consumidor.

En el momento actual, el mercado de la perfumería mueve miles de millones de euros cada año, en gran parte por la incorporación al mercado de las jóvenes generaciones urbanas, que no salen a la calle sin su esencia preferida puesta. Y, si eso es así, es porque la inclusión de productos de síntesis en las fragancias ha abaratado las mismas, haciéndolas accesibles a capas sociales para las que antes un buen perfume era algo prohibitivo. Sin embargo, esas mismas generaciones jóvenes son las que reclaman hoy en día la vuelta al empleo de aromas naturales, haciendo que los grandes suministradores de fragancias (que son cuatro y el del tambor a día de hoy) tengan que devanarse los sesos para poder acercarse a esa petición mayoritaria.

Porque las complicaciones surgen de variados frentes. Por ejemplo, la actual versión del Chanel n.5 está sujeta a revisión. Resulta que, entre sus componentes, están algunos derivados de musgos naturales que proporcionan notas a madera. Pero la UE los ha conceptuado como alérgenos y parece que incluso los va a prohibir. En otros casos, aromas muy solicitados como el sándalo, la vainilla o el pachuli se producen en cantidades muy pequeñas para la actual demanda. Si elimináramos sus homólogos de síntesis que se están usando y tendiéramos a emplear solo los que surgen de la Naturaleza, necesitaríamos semejante cantidad de terreno para producirlos, en muchos casos en países pobres o en vías de desarrollo, que alteraríamos por completo el equilibrio ecológico de esas zonas. Por explicarlo más clarito. El sándalo proveniente de India del que, para obtener su fragancia, solo se utiliza la madera de la parte central del tallo (que se ve en la foto de la entrada), tiene el problema que ese tallo tarda decenios en crecer, por lo que su tala ha tenido que ser restringida por las autoridades porque se estaba llevando a cabo una extinción casi total de la especie.

Así que, según Bomgardner, se empieza a apreciar una tendencia en los fabricantes a sustituir en el marketing la palabra "natural" por la palabra "sostenible", con la esperanza de que los consumidores educados entiendan que la segunda palabra tiene mucho más contenido ecológico y les faciliten a ellos la labor. La estrategia tiene algunos "trucos" que ya he explicado en otra entrada. Por ejemplo, algunas empresas del ámbito biotecnológico han desarrollado microorganismos que producen aromas (por ejemplo, el más distintivo del citado sándalo) a partir de procesos fermentativos a base de productos derivados de la biomasa. Ciertamente se elimina el problema de la extinción de árboles y se adorna el proceso con el uso de microorganismos y biomasa de origen natural pero, al final, la molécula obtenida es la misma que se puede generar mediante síntesis química convencional.

Otras, como Chanel, han llegado a un acuerdo con el gobierno de Nueva Caledonia para plantar y explotar sándalo, comprometiéndose a mantener una población estable de árboles. Y, finalmente, otras como el gigante Givaudan han optado por el llamado Five-Carbon Path que, básicamente, trata de incrementar el número de compuestos renovables usados en la síntesis, incrementar la eficiencia de esos procesos, conseguir la máxima biodegradación de sus compuestos finales, incrementar la potencia aromática de cada uno de ellos y utilizar, en lo posible, materias primas provenientes del reciclado de otras.

Si uno pone en Google perfumes sostenibles, ya empiezan a menudear marcas que utilizan ese reclamo para vender sus productos. Veremos en qué queda la cosa...

Fuente: M.M. Bomgardner, Chemical Engineering News, 22 de abril 2019, pag. 31.

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