miércoles, 8 de mayo de 2019

Los niños de Granada no mean plástico

Ni tampoco mean microplásticos, tan de moda esta temporada que hasta la Fundeu la ha elegido como Palabra del Año 2018. Pero de microplásticos hablaremos con mucho detalle dentro de poco. Hoy nos vamos a centrar en otra noticia sobre el inefable Profesor Olea, Catedrático del Departamento de Radiología de la Universidad de Granada que, últimamente, me da mucho trabajo. Hace unos meses, en otra entrada, ya manifesté mi sorpresa ante sus declaraciones a Discovery Salud en las que proclamaba que las embarazadas granaínas también orinaban plástico. Así que parece una característica de los habitantes de la ciudad de la Alhambra, porque no me consta referencia alguna a esa especie de cálculos renales que, en lugar de formarse a base de oxalato o ácido úrico, parecen hacerlo a base de pequeñas porciones de plástico. Pero vamos a contar la nueva noticia con algo de detalle.

El diario Ideal de Granada se hacía eco la semana pasada de una rueda de prensa del Prof. Olea y algunos de sus colaboradores, en la que presentaban recientes resultados del Grupo que acababan de traducirse en dos artículos en dos revistas científicas. El primero de ellos [Environment International 127, 592-600 (2019)] es un estudio realizado sobre 32 pares de calcetines para niños pequeños, adquiridos tanto en baratillos como en conocidas franquicias. Os preguntaréis qué importancia pueden tener unos calcetines para tan dilectos investigadores. Pues dado el interés secular del Grupo en los efectos del Bisfenol A (en adelante BPA), en este caso se trataba de comprobar si los calcetines de niños comprados en Granada tenían BPA y, dada la actividad estrogénica del compuesto, evaluar los posibles efectos para los enanos que vistan esos calcetines.

Pues bien, el BPA estaba presente en casi todos los calcetines y en mayor concentración en los calcetines baratos que en los caros. Paralela y consecuentemente evidenciaron también, gracias a sus sofisticadas técnicas, la actividad estrogénica de los calcetines. Con ambos resultados experimentales en la mano, la rueda de prensa se convirtió en otro acto de la estrategia del miedo a la que nos tiene acostumbrados el Prof. Olea, llegando a recomendar a los padres que vigilen a sus tiernos infantes no vaya a ser que se chupen los calcetines, ingieran BPA y padezcan en el futuro males sin cuento.

Pero este vuestro Búho tiene varias cosas que contar a propósito del artículo de los calcetines. Primero, y sobre todo, que los análisis se hicieron con los calcetines sin lavar. Cosa lógica porque es la manera de poder detectar lo que hay en esas prendas tal y como salen de la tienda. Pero hay un detalle casi oculto en el artículo que demuestra que el asunto del lavado no es cuestión baladí. En la página 598 en el apartado 4.5. Fortalezas y debilidades, los autores reconocen que los calcetines se usaron sin lavar y que ello, presumiblemente eliminaría algo de los residuos químicos. Pues algo no, casi todo diría yo. Tengo delante un artículo [J. Chem.Eng.Data 52, 2511-2513 (2007)] en el que se estudia la solubilidad del Bisfenol A en agua pura y en agua con diversos surfactantes, habituales en los detergentes convencionales. A 25ºC la solubilidad del BPA es 381 miligramos por litro en agua pura y esa solubilidad llega hasta casi 600 en agua a 40 ºC, temperatura bastante usada en las lavadoras. Usando agua con diferentes concentraciones de surfactantes podemos llegar hasta a multiplicar por 6 la solubilidad del BPA en agua pura, como es el caso de la solubilidad en agua jabonosa con el surfactante CTAB (bromuto de cetil trimetil amonio) a 40 ºC, que llega a ser 2261 miligramos por litro.

La concentración media de BPA en los calcetines más contaminados fue de 255 nanogramos por gramo de muestra de calcetín, aunque alguna muestra se fue hasta 3739 nanogramos por gramo. Vamos a ponernos en el escenario límite de esta última muestra, muy poco representativa de los resultados. Un par de calcetines pequeños de mi Búha (que ya no es una niña) pesa unos 40 gramos y, si tuvieran esa concentración extrema de BPA, contendrían unos 150.000 nanogramos de la sustancia o, lo que es igual, 150 microgramos o 0,15 miligramos de BPA. Teniendo en cuenta la solubilidad más baja (en agua pura a 25 ºC, 381 miligramos por litro) y que una lavadora usa por lavado unos 40 litros de agua, es evidente que, con un solo lavado, hubiéramos eliminado la práctica totalidad del BPA de las muestras. Así que más que recomendar a los padres que vigilen que los niños no se chupen los calcetines, la medida más drástica es que los laven antes de ponérselos a los infantes, algo que cualquier progenitor responsable hace, haya oído o no hablar del BPA.

Para enredar más la cosa, los autores reconocen que el chupado de calcetines es algo excepcional y que lo más preocupante es la absorción de BPA a través de la piel, por aquello de que los tienen mucho tiempo puestos. Y, a la hora de calcular esa absorción de BPA por la piel, utilizando una complicada fórmula con muchas variables, introducen como dato la concentración de BPA en los calcetines sin lavar. Aún y así, la exposición al BPA a través de la piel resulta realmente baja, del orden de los picogramos por kilo de niño y día, exposición que sería irrelevante si el calcetín estuviera lavado.

Y os preguntaréis, ¿y lo de mear plásticos?. Pues lo he dejado para el final porque, en la propia rueda de prensa, el grupo de la Universidad de Granada presentó los resultados de otro artículo también reciente [Environmental Research 173, 443-451 (2019)], en el que medían la concentración de BPA en la orina de casi 300 niños granaínos entre 9 y 11 años, además de una serie de parámetros ligados a la obesidad. Según la crónica del periódico de Granada, los autores del trabajo encontraron que en 9 de cada diez personas había BPA en la orina y que mayores niveles de BPA se relacionaban con mayor riesgo de obesidad, sobrepeso y, especialmente, grasa abdominal.

Pero (ay! los jodidos peros del Búho), el periodista se olvida de mencionar que las propias conclusiones del trabajo dicen que esos resultados deben tomarse con precaución. Por un lado por el modesto tamaño de la muestra investigada y, por otro, por la dificultad de evaluar separadamente el efecto de otros factores como la dieta y estilo de vida de los niños, que todos sabemos de qué van.

Y es en ese contexto de la crónica periodística donde Olea vuelve a pronunciar su ya reiterada frase "No es normal mear plástico", usándola como ariete contra las Administraciones europea y española por no hacerle el debido caso. Olea (yo creo que a sabiendas) está queriendo inducir a la población a creer que el Bisfenol A es un plástico. Y ya empiezo a tener dudas sobre si miente o no sabe una higa de plásticos.

Así que las embarazadas y los niños de Granada no mean plástico. Probablemente ni siquiera meen Bisfenol A, algo que, nuevamente muy escondido en el texto del segundo artículo, reconocen los autores. Cuando dicen que el Bisfenol A se metaboliza rápidamente, como ya documenté en otra entrada con variada bibliografía. Lo más probable es que meen el resultado de ese metabolismo, el glucurónido de Bisfenol A que, mal que les pese a los científicos de estos dos artículos, no es estrogénico.

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lunes, 29 de abril de 2019

Fluidos supercríticos y Aerogeles

Un pequeño detalle que se le suele escapar a mucha gente, y que tiene consecuencias en nuestra vida diaria, es que ese cielo que el jefe de Astérix temía que se desplomara sobre su cabeza y, más bien, el aire en él contenido, ejecuta (anticiclón arriba borrasca abajo) una presión prácticamente constante sobre nosotros (1016 milibares, una atmósfera para simplificar). En condiciones de presión más bajas, como las que puede haber en la cima de montañas de miles de metros de altitud, algunas cosas cambian. Por ejemplo, la temperatura a la que hierve el agua en las zonas altas del Everest puede ser 69 ºC, en lugar de los 100 habituales a nivel del mar. Consiguientemente, los tiempos necesarios para obtener un huevo pasado por agua o uno cocido se estiran bastante. Y si conseguimos presiones superiores a la atmosférica con artilugios domésticos como las ollas a presión, el agua hierve a más de cien grados y las cosas se cocinan más rápidamente. 

Si a una temperatura más o menos constante, sometemos a un gas a una presión superior a la atmosférica, lo normal es que se transforme en su homónimo líquido. Un ejemplo cotidiano nos los proporcionan nuestros encendedores o mecheros. Muchos de ellos, como los que nos venden en estancos, contienen butano en su interior, a presiones unas tres veces superiores a la atmosférica. Como consecuencia de ello, el butano, que es un gas a presión normal, está en el interior del mismo en forma líquida, lo que puede comprobarse en muchos mecheros transparentes. Y solo cuando abrimos la espita sale a la atmósfera, vaporizándose instantáneamente y quemándose con el oxígeno del aire si hacemos saltar una chispa al rascar la piedra.

Pero un comportamiento menos conocido de los gases es que, por encima de una temperatura llamada temperatura crítica, propia y característica de cada gas, por mucho que le subamos la presión, éste se resiste a ser licuado. Las sustancias que se encuentran por encima de esa temperatura crítica se dice que están en estado supercrítico, entendiendo por tal un estado muy particular en el que la sustancia participa de alguna forma de las características del líquido y el gas. Es una especie de situación frontera entre ambos estados, algo como tener los pies a uno y otro lado de la línea que separa dos países, sin poder decir que estés en uno u otro. Por esa razón, en esas circunstancias, se prefiere hablar de fluidos supercríticos, englobando en el término fluido tanto a los gases como a los líquidos.

El caso es que estos fluidos, en este estado tan particular, se han revelado desde hace algún tiempo como unos disolventes potentes. El ejemplo más relevante es el CO2, que tiene una temperatura crítica muy accesible (31ºC). Por encima de esa temperatura y de una presión de unas setenta y tres veces la atmosférica, el CO2 está en condiciones supercríticas en las que, por ejemplo, tiene sorprendentes capacidades de disolver a sustancias polares como el metanol o la cafeína. Aunque ya lo he contado con detalle en otra entrada, eliminar la cafeína del café implicaba, hasta los años 80, tratar a éste con disolventes orgánicos como el diclorometano. Los potenciales efectos adversos de los disolventes clorados en la salud de las personas, aunque nunca se hayan reportado problemas con el café descafeinado con diclorometano, hicieron que el uso del CO2 supercrítico se convirtiera en la nueva herramienta. También se emplea CO2 supercrítico para extraer aceites esenciales de plantas o para desengrasar alimentos fritos como las patatas de los snacks. O en los procesos de limpieza en seco de las tintorerías, reemplazando de nuevo a disolventes clorados que se utilizaron previamente.

Las condiciones supercríticas de determinadas sustancias fueron un elemento clave en la introducción de los llamados aerogeles, unos materiales que han resultado fundamentales en los viajes espaciales, puesto que acumulan una serie de características interesantes para esa experiencia tan crítica. La historia de los mismos arranca con una corta nota de media página, publicada el 16 de mayo de 1931 en Nature y firmada por S.S. Kistler, de la Universidad californiana de Stanford. Aunque los resultados resumidos en esa nota se ampliaron un año más tarde en un artículo de trece páginas [J. Phys.Chem 36, 52 (1932)], la verdad es que con la nota de Nature tenemos bastante para explicar lo que es un aerogel.

Comienza Kistler recordando a sus lectores lo que son los geles, esos peculiares productos de los que ya hablamos en otra vieja entrada. Para nuestros propósitos baste con recordar que si mezclamos polvo de gelatina con agua caliente y ponemos luego la mezcla en un molde que llevamos al frigorífico, obtendremos un semisólido tembloroso, cuya consistencia característica lo da una red constituida por las moléculas de las proteínas del colágeno de la gelatina y que atrapan agua en su interior. Kistler nos recuerda que, si sometemos este producto final al calor, el agua se acaba evaporando y la estructura colapsa recuperando el polvo original. Similares efectos se pueden conseguir con otras sustancias. Por ejemplo, los estudios más completos de Kissler se hicieron con gel de sílice, ese material que suele venir en bolsitas para prevenir la humedad en ciertos envases y que, si se pone en agua, se hincha albergando en su interior una cierta cantidad de agua, lo que a veces sirve para suministrarla de manera controlada a flores o plantas.

Si reemplazamos el agua de geles como los anteriores por un líquido de adecuada temperatura crítica (Kistler usó alcohol) e introducimos el gel en un autoclave u olla en el que podamos subir la presión y la temperatura hasta sobrepasar las condiciones críticas del líquido (240 ºC y 63 atmósferas en el caso del alcohol), éste deja de ser tal y se convierte en un fluido supercrítico sin mediar proceso de ebullición alguno, con lo que, en palabras de Kistler, "el gel no tiene forma de conocer que ahora está relleno de algo más parecido a un gas que a un líquido". Basta dejar escapar al fluido y la estructura original del gel no colapsará, teniendo al final una estructura porosa en la que el líquido ha sido reemplazado por aire. De ahí lo de aerogel. Con la importante consecuencia de que el material así obtenido es extraordinariamente liviano, casi imponderable, con densidades del orden de la décima del gramo por litro de volumen (recordad que un litro de agua pesa mil gramos).

La NASA ha jugado un papel fundamental en el desarrollo de nuevos aerogeles, fundamentalmente por sus extraordinarias propiedades como aislantes térmicos (como ejemplo, la foto que ilustra la entrada y que podéis ampliar clicando en ella) y su bajísimo peso. Han empleado fundamentalmente la sílice como material de partida y han preferido usar como fluido supercrítico el CO2. Han reforzado los nanogeles con polímeros, lo que les ha permitido obtener nanogeles compuestos, dos veces más fuertes que los originales. Y otras muchas innovaciones que sería largo de contar aquí pero que han jugado un papel importante en misiones y dispositivos como el Mars Rover.

Yo tenía a los aerogeles apuntados como tema para una entrada desde hace tiempo. Pero, lo que me hizo recordarlo y decidirme a escribir la que ahora os presento, fue esta espectacular foto de un aerogel a base de nitruro de boro, tan ligero que se sustenta sobre el estambre de una flor pero que resiste sin inmutarse hasta 1400 ºC.

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lunes, 8 de abril de 2019

Conexión asturiana

Cuando uno era bastante más joven, varios de mis veranos tuvieron que ver con los Picos de Europa. Con lo que, en esa época, la Búha y un servidor nos movíamos como peces en el agua a lo largo y ancho del Parque Nacional. Era una época en la que, a muchos sitios, no se podía llegar mas que a pinrel. Como a Caín. O a Bulnes, que ahora se puede llegar hasta en teleférico (¡manda huevos!). También fuimos seguidores compulsivos del Rallye Príncipe de Asturias, lo que nos permitió conocer las carreteras más recónditas del Principado. Luego empezamos a perseguir pelotas blancas y la cosa ya bajó de nivel. Alguna vez hemos visitado alguno de los campos de esa zona pero sin la intensidad de visitas de la época anterior.

A Oviedo se fueron muchos compañeros de mi promoción de Zaragoza, siguiendo la estela de profesores con futuro, como el entrañable (al menos para mí) Pepe Barluenga. Resumiendo, que tengo vivencias y vínculos con Asturias que no tengo con la mayoría de las provincias españolas. Así que, cuando el Colegio de Químicos de Asturias y León me pidió alguna colaboración para su Revista oficial (Alquímicos) no dudé en hacerlo. Publiqué una cosa en junio de 2018 sobre el descubrimiento del aluminio (ver 
este enlace) y ahora, en febrero de 2019, lo he vuelto a hacer con una especie de refrito de las entradas que he dedicado en el Blog a los descubrimientos por chiripa de algunos de los polímeros más conocidos. Si lo queréis leer, no tenéis más que seguir este otro.

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miércoles, 20 de marzo de 2019

Científicos y fama mediática

Si uno pone en el buscador de Google "Ballon fragments in the sea" o, lo que es lo mismo, fragmentos de globos en el mar, Google te devuelve la friolera de más de dos millones y medio de documentos, la mayoría de los cuales contienen textos y fotos, muchas de ellas impactantes, sobre el daño que la sencilla suelta de globos, en localidades más o menos próximas al mar, puede causar en el mundo marino. Algo normal por otro lado. Si estamos decididos a evitar que los plásticos acaben en el mar, de plástico a fin de cuentas son los infantiles globos que, al ir perdiendo el gas que los eleva hacia a la atmósfera, tarde o temprano acabarán cayéndose de ella. Y terminando, con mucha probabilidad, en los mares y océanos que, no en vano, ocupan la mayor parte del globo terráqueo. Aunque, todo hay que decirlo, el número de globos que pueden fabricarse en el mundo es una nimiedad con respecto al número de bolsas, botellas y envases de plástico que se producen.

La última noticia relativa al posible impacto de los globos en la vida marina se ha producido este mismo mes, después de que se publicara en los Scientific Reports (del grupo Nature Publishing) un artículo firmado por un grupo de investigadores, todos ellos radicados en Instituciones situadas en Hobart, la capital de Tasmania, en Australia. El artículo lleva por título (traduzco del inglés y un poco libremente) "Un análisis cuantitativo que liga la mortalidad de aves marinas con la ingestión de desechos existentes en el mar".

En el Abstract o Resumen del artículo se dice que los autores han analizado 1733 cadáveres de pájaros de 51 especies diferentes, demostrando que hay una relación entre los desechos marinos ingeridos y las causas de muerte debidas a esa ingestión. Que la causa principal de la muerte es la obstrucción del tracto gastrointestinal y que, en conjunto, los restos de globos son el desecho más peligroso, 32 veces más que ingerir un fragmento de un plástico duro (los ya famosos microplásticos). La publicación del artículo vino acompañada, como ya es habitual, por la correspondiente nota de prensa difundida por la Universidad de Tasmania el pasado 4 de marzo, que abundaba en los términos descritos en el Resumen. En poco menos de un par de semanas, las declaraciones a los medios del primer firmante del artículo se han sucedido a buen ritmo y es fácil constatar el impacto conseguido con otra simple búsqueda en internet, incluso a nivel de publicaciones escritas en castellano.

Pero yo ya no me fío un pelo de titulares tremendistas en general y de los que, en particular, versan sobre asuntos relacionados con los microplásticos en el mar. Hace casi dos años, la otra revista científica por excelencia, Science, retiraba de la circulación un extenso y muy difundido artículo de dos investigadores suecos, en el que venían a decir que la ingestión de microplásticos de poliestireno expandido (esa especie de corcho blanco de las bandejas de comida) producía males sin cuento en el desarrollo de las larvas de las percas de río. Esa retirada tuvo su origen en las denuncias que los propios compañeros del conocido Instituto en el que trabajaban los autores hicieron a la revista y a su Institución. En ellas les acusaban de haberse inventado datos y haber usado malas prácticas experimentales. Así que, leído el resumen del artículo de los tasmanos sobre los globos, mi escéptica y poderosa nariz de vasco intuyó que algo no cuadraba en el paper y decidí que había que emplear algo de tiempo en leerlo con cuidado.

Y no necesité concentrarme mucho para descubrir que los números que aparecen en el Abstract están más retorcidos que la masa de una pizza si se los compara con los datos que se aducen posteriormente en el trabajo. En la página 2, y en el primer párrafo del apartado Results, los autores declaran haber estudiado, como decía arriba, 1733 pájaros muertos y en sus autopsias encuentran que en el 32,1% de ellos (557 pájaros) había restos de diversos desechos marinos, el 92,4% de los cuales eran pequeños trozos de plástico duros, pero también había restos de plásticos más blandos como los usados en envases (2,1%), restos de globos (2%) así como de caucho, espumas de poliuretano o poliestireno, fibras de redes y cuerdas empleadas en los barcos y otros desechos no plásticos.

Pero, después de este recuento tan exhaustivo y en el siguiente párrafo, a uno le saltan inmediatamente las alarmas cuando lee que solo 13 de los 1733 pájaros habían muerto como consecuencia constatada de la ingestión de plásticos. En otros 9 casos esa parecía también ser la causa mas probable, aunque el lamentable estado en el que se encontraban los cadáveres dificultaba sacar conclusiones tan fiables como en los anteriores. La gran mayoría de los pájaros (1256) no habían muerto como consecuencia de la ingestión de residuos marinos (ni plásticos ni de otro tipo) y en los 446 restantes no pudo determinarse con claridad la causa de su muerte. Así que usando la hipótesis más favorable a los autores, solo 22 de los 1722 pájaros (un ínfimo 1,3%) habían muerto por ingestión de residuos marinos. De esos 22, casi todos (21) habían muerto por obstrucción o bloqueo total del tracto gastrointestinal. Y esa obstrucción o bloqueo había sido causado por plásticos duros en 11 pájaros, por globos en 5, por plásticos expandidos en 4 y solo 1 por restos de cuerda de las empleadas en amarres de barcos. A partir de ahí y con un análisis estadístico que tiene en cuenta los porcentajes de desechos encontrados en las autopsias (había muchos más plásticos duros que globos, por ejemplo), los autores llegan a la conclusión, difundida a todos los vientos, de que los globos son los plásticos más peligrosos que un ave marina puede ingerir.

Ni el Comité Editorial de la revista en cuestión, ni los revisores previos del artículo debieron leerse en su momento con detalle el artículo y apreciar las debilidades del análisis que os acabo de comentar. Tampoco lo hicieron la multitud de publicaciones que se han hecho eco, como loritos, de la nota de prensa pero que, en algunos casos, han exagerado los resultados hasta límites como el de este titular de la revista QUO: "Lo que más animales mata en los océanos son los globos". En cuanto a los autores, lo más suave que se me ocurre decir es que tendrían que volver a repasar sus conocimientos de estadística.

En cualquier caso, dado que estoy preparando un par de charlas sobre Plásticos y Microplásticos para las próximas semanas, me volveréis a leer en breve otra vez sobre el tema. Que en asuntos tan sensibles para la opinión pública hay mucho buscador de catástrofes con intereses espurios. Y que por cinco minutos de gloria mediática (y lo que ella puede acarrear posteriormente) son capaces de cualquier cosa.

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jueves, 7 de marzo de 2019

Tenemos nuevo Bisfenol en la oficina

Si pongo Bisfenol A en el buscador que hay arriba a la izquierda de la página que aparece al abrir el Blog, se muestran la friolera de 16 entradas en las que, de una manera u otra, ha salido aquí a escena ese compuesto químico. Así que me temo que mis lectores, en cuanto vean la palabra Bisfenol en el título de esta nueva entrada, me van a mandar al guano. Aunque, si su curiosidad sigue viva, no deberían tomar esa decisión, puesto que el protagonista no es hoy el Bisfenol A que tanto nos gusta al granadino Prof. Olea y a un servidor, sino un "primo" suyo, el Tetrametil bisfenol F que, si las cosas no se tuercen, puede resolver uno de los problemas inherentes a su denostado pariente. La noticia está aún calentita y se publicará el próximo lunes en el número 10 del volumen 97 del Chemical Engineering News (CEN), en un artículo debido a la ya otras veces citada aquí Melody M. Bomgardner.

Como ya he comentado otras veces, el Bisfenol A (A y no F) es una sustancia empleada en una serie de aplicaciones siempre envueltas en polémica. Por ejemplo, en el papel de las impresoras térmicas del que hemos hablado hace poco. Hay que volver a recordar que, en ese uso, el Bisfenol A se emplea en estado puro. También se emplea en fabricar el plástico conocido como policarbonato. Ahí, el Bisfenol A es un reactivo que va desapareciendo a medida que el plástico se genera aunque, al final, pueden quedar cantidades muy pequeñas de él atrapadas en el plástico, algo que los fabricantes de éste se cuidan de minimizar al máximo. Además de en otras aplicaciones (cascos de motos y polis, casquillos de intermitentes en coches, CDs y DVDs, láminas de seguridad en bancos), el policarbonato se empleó hace años en fabricar biberones resistentes al choque, ideal para que no se rompieran cuando se cayeran al suelo, de las manos de un dormido padre que trataba de administrar a su retoño la dosis sustitutiva de la divina teta.

Pero se argumentó que el Bisfenol A, aún en las cantidades realmente pequeñas presentes en el plástico, podía pasar del biberón a la leche y de ahí al infante. Y como, posteriormente, otros estudios mostraron que esa sustancia podía simular el comportamiento de ciertas hormonas (un disruptor endocrino, en jerga técnica), aún en dosis muy pequeñas, ello podría ser el origen de múltiples problemas sobre todo en un organismo tan sensible como el de un recién nacido (¡odio lo de bebé!). Los fabricantes de biberones reaccionaron enseguida y hoy se venden fabricados en otros materiales plásticos que no necesitan Bisfenol A para su síntesis. Son los llamados biberones sin Bisfenol A (o BPA free), aunque si aún os preocupa el que el biberón esté hecho de plástico, no tenéis más que usar los clásicos de vidrio. Aunque si luego os cortáis con los cristales cuando se rompan, este Búho no es culpable.

El Bisfenol A se sigue usando en la fabricación de otro polímero, las llamadas resinas epoxi que, entre otros usos, permiten recubrir con una fina lámina los interiores de las latas empleadas para envasar alimentos y bebidas. El papel de esa lámina es evitar oxidaciones de los metales empleados en las latas y permitir el almacenamiento de sus contenidos durante tiempos largos. De nuevo, el problema aducido es que esas resinas pueden contener, como el policarbonato de los biberones, restos del Bisfenol A empleado para prepararlas, éste puede pasar al alimento o la bebida y de ahí al consumidor, con idénticos problemas a los de los biberones.

Resolver este problema no ha resultado tan fácil como el de los biberones. Las latas suelen ser de acero (para envasar alimentos de todo tipo como espárragos, pimientos, tomate o incluso carne) mientras que para envasar bebidas como las carbonatadas, la cerveza u otras, se emplean latas de aluminio. En el caso de las primeras, hace tiempo ya que los fabricantes encontraron como posible solución emplear polímeros alternativos de tipo acrílico o de la familia de los poliésteres. Dice el artículo del CEN que hoy se estima que solo el 10% de las latas de acero que se venden como envases de alimentos están recubiertas de resina epoxi a base de Bisfenol A. Pero en el caso del aluminio, esos materiales alternativos parecen no haber resultado adecuados a los intereses de las empresas que envasan bebidas.

Desde el año 2008, una empresa llamada Valspar, integrada en el grupo de la multinacional de pinturas y recubrimientos Sherwin-Williams, ha empleado mucho tiempo y dinero en buscar otra resina epoxi fabricada a base un Bisfenol que no tuviera actividad hormonal como producto puro y que, al mismo tiempo, fuera capaz de dar lugar a una resina adecuada para tapizar el interior de las latas de forma tan eficiente como la que se ha venido usando tradicionalmente y de la que tan encantado está el sector.

Y buscando, buscando, con todo tipo de herramientas (incluidas las computacionales), dieron con un Bisfenol, el ya mencionado Tetrametil Bisfenol F (TMBPF), biológicamente inerte pero suficientemente reactivo para dar lugar a una resina epoxi. El siguiente problema, y no menor, fue encontrar a alguien que fabricara suficiente cantidad de TMBPF como para obtener cantidades adecuadas de resina para realizar los múltiples ensayos de propiedades requeridos, así como para poder suministrar muestras de la misma a los industriales interesados. Finalmente dieron con una industria india que se ha convertido en el principal proveedor de este material de partida.

Pero la gente de Valstar fue más lejos en su intento de prevenir sustos posteriores. En colaboración con Ana M. Soto de la Medicine School de la Universidad de Tufts, una Universidad privada radicada cerca de Boston, realizaron un completo estudio sobre la actividad estrogénica del TMBPF, así como de los fenómenos de migración de posibles restos de ese material de partida o de otros que pudieran haberse generado en la resina durante el proceso de la obtención de la misma. Los resultados fueron publicados hace ya dos años [Environ. Sci. Technol., 2017, 51 (3), pp 1718–1726] y sus conclusiones proclaman "la evidencia de la ausencia de actividad estrogénica del TMBPF", una frase que puede resultar un poco rebuscada pero que, en el fondo, ilustra que demostrar que una sustancia tiene actividad estrogénica se resuelve con ensayos relativamente sencillos, pero demostrar que no la tiene es algo mucho más complejo. Los ensayos del grupo de Tufts también demuestran que, probablemente por la estructura más compleja del TMBPF, éste tiene muchas mas dificultades para migrar desde la resina al producto envasado que las que encontraba el Bisfenol A. Y, como resultado, la migración del TMBPF estaba en el límite de su posible detección por parte de las técnicas analíticas empleadas.

Para cerrar el bucle de posibles problemas futuros, Valstar entró en contacto con una organización muy activa en contra del uso del Bisfenol A, que ha estado encima de todo el proceso y parece haber quedado satisfecha con lo que ha visto. La resina de TMBPF ya ha sido empleada como recubrimiento en 15 billones (americanos) de latas de bebidas, comercializadas especialmente en California, un estado particularmente sensible a estas cosas y que ha obligado a que las latas con revestimiento de Bisfenol A (el primo peligroso) lleven una etiqueta que alerte de los posibles riesgos del mismo. La empresa anda ahora buscando la aprobación de la Unión Europea para introducir sus resinas en este mercado.

Ver venir, que decía mi abuela paterna.. Pero no me digáis que no os pongo al día.

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