lunes, 20 de junio de 2016

Algo diferente sobre las dioxinas

Cualquiera de los seguidores de este Blog con sensibilidad ambiental seguro que ha oído hablar de las dioxinas. Y, probablemente, su percepción será de que hablamos de algo extraordinariamente tóxico. En términos generales esa percepción es la correcta pero, como en otras ocasiones en este Blog, esta entrada pretende contar una historia distinta sobre las dioxinas y permitir así que mis lectores dispongan de información adicional, que les permita contrastar la que habitualmente se suministra en los medios y, en tanto que lectores inteligentes que son, ello les permita sacar conclusiones "algo" diferentes.

Las dioxinas y sus primos los furanos forman una familia de 210 compuestos químicos diferentes que, en la literatura científica, se suelen denominar "congéneres". Algunos son verdaderamente tóxicos aún en dosis muy pequeñas y así, por ejemplo, una de las dioxinas conocida por el acrónimo 2378-TCDD suele citarse como la sustancia más tóxica del mundo mundial, aunque sobre eso podríamos hablar más en detalle. De hecho, yo me inclino para ese podio por la toxina botulínica, tan usada en tratamientos de estética. Aún y así, es cierto que la 2378-TCDD es capaz de cargarse un conejillo de indias, de los empleados en las pruebas de laboratorio, con solo administrarle por vía oral unos pocos microgramos (o millonésimas de gramo) por kilogramo de peso del bicho. Aunque, sin embargo, se necesitan dosis bastante más altas (unas cien veces en las mismas unidades) para cargarse, en idénticas condiciones, a un desdichado conejo. Y esos datos parecen aplicarse malamente a los humanos y, si no, véase el caso del expresidente de Ukrania, cuya historia os conté en detalle en esta entrada relativamente reciente. Ciudadano que, hasta lo que yo he visto, sigue vivo a pesar de la barbaridad de 2378-TCDD que le metieron en el cuerpo los servicios secretos de su país, untados por los rusos.

Otra peculiaridad de las dioxinas y furanos es que nunca se han producido con fines comerciales. En realidad son sustancias que aparecen como subproductos no deseados durante la síntesis de otras sustancias empleadas como herbicidas, insecticidas, etc. También se generan como consecuencia de actividades humanas (industria, incineradoras, quemas incontroladas) o fenómenos naturales (como en la actividad volcánica o incendios no provocados).

En el año 1957, miles de pollitos morían en amplias zonas del territorio americano como consecuencia de edemas pulmonares. Hoy sabemos que el origen del problema estaba en que esos pollos estaban siendo alimentados por un tipo de pienso obtenido a partir de los desechos de las pieles de vacuno de las empresas dedicadas a la producción de cuero. Antes de curtir esas pieles es necesario eliminar de ellas la parte interior de las mismas, la pegada al cuerpo del animal. Yo tengo recuerdos infantiles de este tipo de actividades como podéis ver aquí y, en esos recuerdos, veo todavía llegar a la industria que mi padre gestionaba pilas de pieles conservadas con grandes cantidades de sal entre ellas, una manera de inhibir la actividad de microorganismos que pueden dañar la estructura de las pieles y generar defectos en la piel curtida. Pero, en los años 50, los vendedores de pieles americanos empezaron a cambiar la sal por otros inhibidores bacterianos como los clorofenoles. Y en la síntesis de algunos de ellos (obviaremos detalles químicos), el producto comercial resultaba contaminado por cantidades, ciertamente pequeñas, de dioxinas diferentes que el 2378-TCDD, menos tóxicas que ella pero lo suficiente como para provocar la muerte de los pollitos.

Llevó tiempo entender el asunto y solventar el problema pero, mientras tanto, los americanos ya andaban bombardeando Vietnam con un herbicida llamado Agente Naranja, con el que pretendían deforestar grandes zonas del país para impedir los movimientos de los vietcongs. Este herbicida se obtenía a partir de otro fenol clorado y, en esa síntesis, el Agente Naranja resultaba contaminado de pequeñas cantidades de, esta vez si, la mismísima 2378-TCDD. Millones de litros del Agente Naranja se vertieron en las selvas y bosques vietnamitas y los cálculos permiten aventurar que al menos 150 kilos de 2378-TCDD puro fueron a parar a esos mismos entornos.

El Agente Naranja fue una de las "armas" estratégicas del naciente movimiento ecologista de los sesenta y setenta en los EEUU. Los veteranos que habían manejado el Agente Naranja empezaron a denunciar problemas físicos de diversa magnitud y, tras un tortuoso proceso, los datos más recientes parecen indicar que los veteranos más expuestos en el manejo del herbicida tienen una mayor incidencia que los no expuestos a diversos tipos de linfoma, además del cloracné tan visible en las fotos de la cara del presidente ucraniano.

El problema final que llevó a las dioxinas a la primera plana de los periódicos de todo el mundo, y que las convirtió en el contaminante químico por excelencia, fue el escape ocurrido en un reactor de una pequeña planta química situada en las proximidades del pueblo italiano de Seveso, ahora hace casi 40 años, el 10 de julio de 1976. De nuevo, la reacción que ocurría en el interior del reactor implicaba a un triclofenol y la 2378-TCDD aparecía como impureza del proceso pero, dada su toxicidad, originó un incidente de dimensiones muy importantes. Hubo que desalojar y descontaminar un número importante de hectáreas y, desde esas fechas, se ha realizado un importante seguimiento de la salud de las personas afectadas. Aunque, por supuesto, hay muchos trabajos al respecto, los efectos más relevantes, por el momento, han sido un importante número de casos de cloracné, que remite en el tiempo, algunas evidencias de enfermedades ligadas al tiroides y, curiosamente, una mayor tendencia a engendrar hembras entre las personas expuestas a dosis por encima de 118 ppt en sangre despues del accidente.

Dado el impacto del accidente, muchos grupos de investigación empezaron a estudiar las fuentes y los efectos de las dioxinas y furanos. A finales de los setenta una serie de trabajos mostraron que las dioxinas no sólo entran en nuestro ambiente de la mano de procesos químicos, como los descritos arriba, sino también a partir de otro tipo de procesos muy habituales, como los incendios o la quema de residuos, ya sea a nivel de incineradoras o en simples hogueras tan habituales en la gente que vivía en el campo. Incluso en esa época se llegó a propugnar que las dioxinas "han estado con nosotros desde que el hombre aprendió a manejar el fuego".

Pero no es así en términos cuantitativos. Estudios muy detallados llevados a cabo a finales de los ochenta y principios de los noventa, utilizando muestras de lodos extraídos de lagos americanos situados en zonas recónditas y no sujetos, por tanto, a emisiones locales de carácter industrial, vinieron a demostrar que el contenido en la dioxina 2378-TCDD de esos lodos, a diferentes profundidades (reflejo de los depósitos a diferentes años), mostraban un crecimiento importante desde mediados de los años 30, hasta un máximo situado en torno a 1970, año a partir del cual el contenido en esa dioxina decrece de forma dramática. Así que el fuego no parecía ser el causante exclusivo ni destacado de ese comportamiento derivado del análisis de los lodos.

La razón es más sencilla y tiene que ver con el crecimiento de la industria química entre las dos grandes guerras europeas y el empleo en ella de sustancias y procesos que, como impureza, hacen aparecer la 2378-TCDD y otros primos. Una vez que se identificaron los problemas ligados a los pollitos, al Agente Naranja y a Seveso, la industria no tuvo más remedio que evitar procesos que dieran lugar a la 2378-TCDD y similares y el problema empezó a remitir.

Y ese proceso ha continuado de manera ininterrumpida en las sucesivas décadas y ha sido monitorizado en múltiples países. Seguro que habéis leído más de una vez noticias que hablan de personas "relevantes" (políticos, actores, etc.) que se han sometido a análisis de sangre y cuyos resultados han mostrado contenidos en dioxinas. Es verdad. Pero lo que no se cuenta es que amplios estudios poblacionales han mostrado que el contenido en dioxinas en sangre y tejidos humanos ha caído de forma dramática desde los años 70 hasta ahora, como puede verse en la figura que ilustra esta entrada. Es probable que sigan aún bajando más, pero tenemos que ser conscientes de que algo de dioxinas siempre nos vamos a meter al coleto como consecuencia, fundamentalmente, de la existencia de las mismas en muchos alimentos, debido a contaminación ambiental, y de que en algunos casos (barbacoas privadas, asadores) las generamos nosotros mismos en el alimento que ingerimos.

Pero, en mi opinión, el asunto está maduro y preocupa mucho menos que hace unos años a quien tiene que preocuparse de oficio por el tema. Agencias como la EPA americana no publican estudios observaciones sobre las dioxinas desde principios de este siglo. Y en lo tocante a la incineración de residuos, un tema tan candente en Gipuzkoa en estos últimos años, está ya fuera de duda que una incineradora actual, cuyas entradas y salidas de materiales tóxicos se analizan hasta la extenuación, pueden conceptuarse más como "sumideros" o eliminadoras de dioxinas que generadoras de las mismas. Aunque haya gente que no se lo crea y siga haciendo, mientras tanto, fueguitos y barbacoas en su casa o en su jardín que organismo alguno controla.

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martes, 31 de mayo de 2016

La vamos a liar con estas pulseras

Cuando doy charlas en las que sale a relucir el concepto de Quimiofobia, suelo decir muchas veces que una parte importante de que esa fobia se esté implantando de forma creciente en nuestro entorno se debe a los propios químicos. Y no me refiero a negligencias que hayamos cometido, a los intereses bastardos de la industria química u otras retahílas habituales en lugares quimiofóbicos. La parte de culpa a la que me refiero tiene que ver con el hecho de que hayamos sido capaces de poner en el mercado potentes técnicas analíticas que parecen indicar, al que no conoce bien todos los parámetros, que un universo de sustancias químicas nocivas nos rodea y perjudica.

La pregunta pertinente es qué hubiera pasado si hubiéramos aplicado estas mismas técnicas a nuestros antepasados de las cavernas. Dado que se calentaban con fuego y comían muchas cosas "a la brasa" no es aventurado afirmar que algo de dioxina y algo de benzopireno seguro que aparecían.

La historia de esta ansiedad social provocada por avances en las técnicas analíticas empieza en los años 50, con la introducción del llamado detector de captura electrónica en la técnica conocida como cromatografía de gases por parte de uno de los padres del ecologismo, James Lovelock, y que coincidió en el tiempo con la denuncia por parte de Rachel Carson de los inconvenientes del uso masivo de insecticidas como el DDT. Esa historia y sus detalles está en este Blog desde hace más de diez años.

Desde entonces ha llovido un poco y las técnicas han mejorado tanto que, por ejemplo, en el caso de algunos conocidos insecticidas, podemos detectarlos y medirlos en concentraciones cien millones de veces más pequeñas que las que se podían detectar con las técnicas empleadas en los años sesenta.

Así que, aquí estamos ahora, con técnicas que nos permitirían detectar una gota de vermouth en un millón de litros de ginebra. Todo un logro de la Ciencia, en un plazo relativamente corto de tiempo, Ciencia que se sentía motivada por resolver un problema que alteraba el clima social (el DDT y similares), presionada por las instituciones,.... Así analizado parece un ejemplo prototípico del papel de los científicos en la sociedad actual.

Pues no está tan claro. Somos muchos los que pensamos que desarrollos tan vertiginosos como el del detector de captura electrónica de Lovelock (y su extremada sensibilidad) han incrementado la ansiedad de la sociedad ante la presencia detectable de muchos productos químicos. Algunos, ciertamente, los hemos puesto los químicos en el ambiente pero otros muchos, como los arriba mencionados, andan cerca del hombre desde que este empezó a jugar con el fuego.

Ahora, una nueva herramienta va a contribuir a esa ansiedad social de que todo está contaminado. Investigadores de la Oregon State University, financiados por el grupo ecologista Environmental Defense Fund, han desarrollado una pulsera de silicona, como la que veis en la foto, que es capaz de absorber las sustancias químicas a las que el portador de la misma está expuesto durante su vida cotidiana.

Aunque el método está todavía en desarrollo y, por el momento, solo proporciona información cualitativa (qué sustancias capta la pulsera) pero no cuantitativa (qué cantidad de esa sustancia hay en la pulsera), los investigadores son ya capaces de detectar hasta 1400 productos químicos diferentes entre los que, evidentemente, han introducido aquellos que están en boca de todos (insecticidas, disruptores endocrino, hidrocarburos aromáticos policíclicos, retardantes a la llama, fragancias, etc).

No creo necesario aclarar que estoy encantado de que se desarrollen nuevas herramientas como las pulseras en cuestión o cualquier nueva técnica instrumental como las que siguen apareciendo y que, seguramente, van a ser utilizadas en programas serios de control de la contaminación ambiental o de aquella a la que están expuestas ciertas profesiones (la pulsera ha servido para hacer un estudio con instaladores de telas asfálticas en tejados). En mi percepción personal eso ayudará a que todos vivamos en un mundo más seguro y podamos, además, detectar con mayor facilidad cualquier problema que pueda generarse. Pero mi percepción personal va por un lado y la de otros muchos va por otro.

Conociendo como me conozco el percal, estoy convencido de que cuando el precio de la pulsera baje a límites razonables para un americano medio (ahora vale 1000 dólares), ingentes cantidades de yankies (fundamentalmente californianos) andarán armados de la misma para comprobar qué "químicos" se cuelan en su vida y en la de sus hijos.

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domingo, 22 de mayo de 2016

Lo que vende la tienda de mi Uni

La empresa que me paga (ya por poco tiempo), la Universidad del País Vasco, UPV/EHU, tiene como toda Uni moderna que se precie su tienda real y virtual de objetos personalizados con el logotipo de la Institución (merchandising, lo llaman los finos del marketing). De vez en cuando nos manda un correo electrónico con las novedades que han entrado en la tienda y, esta semana, me han llamado la atención unas botellas de plástico, de diseño atractivo, plegables sobre si mismas en forma de acordeón y que, como reclamo publicitario, se venden como botellas fabricadas en “polipropileno, sin tóxicos (sin BPA)”. Dice una amiga mía que cuando empiezo a manejar jerga para químicos como la que antecede deja a veces de leerme porque tiene la sensación de que la entrada va a ser “un poco técnica”. Vamos a ver si en este caso llega hasta el final.

El polipropileno es un tipo de plástico. Para la gente normal el término plástico parece englobar un material concreto, como el vidrio. Pero dentro de ese término se esconden muy diferentes tipos de materiales. Para lo que hoy nos interesa, plástico es el polipropileno (o PP) arriba mencionado que se emplea en miles de cosas, desde maletas de viaje a sillas de jardín, desde elementos de pesca (redes, cables de amarres) a parachoques y carcasas de automóviles. Plástico es también el polietilentereftalato (PET) constitutivo de la mayoría de las botellas que hoy empleamos o el policarbonato (PC) con el que se fabrican los CDs y se fabricaban los biberones irrompibles que, hace años, hicieron furor como alternativa a los convencionales de vidrio. Pero ambos son muy distintos del polipropileno de las botellas de la tienda universitaria.

El último mencionado arriba, el policarbonato, necesita para su fabricación una materia prima que se conoce como bisfenol-A, una sustancia química que diversos estudios parecen indicar que puede ser un disruptor (o interruptor, para ser fieles al Diccionario) endocrino, es decir, una sustancia que afecta a algunos procesos hormonales durante el desarrollo de los seres vivos y que puede, consiguientemente, provocar efectos indeseados. En los últimos años, varios gobiernos e instituciones han prohibido el uso del policarbonato en los biberones, como una medida precautoria contra el riesgo de que las pequeñas cantidades de bisfenol A que pudieran quedar en el plástico (el resto se ha transformado en el propio plástico y no tiene riesgos) migraran al contenido del biberón. Lo mismo pasa con el bisfenol A que se emplea en la fabricación de los recubrimientos que tapizan el interior de la mayoría de las latas de bebidas y conservas. Podría argumentar mucho sobre estas prohibiciones pero no es el momento.

El caso es que fuera de las botellas, biberones u otros objetos que se fabriquen o hayan fabricado con ese plástico tan concreto como el policarbonato o los recubrimientos que tapizan las latas, es difícil entender cómo puede haber bisfenol A en cualquier otra botella u objeto fabricado con otros plásticos diferentes. Es decir, es difícil entender por qué va a tener bisfenol A la botella acordeón de la tienda de mi Uni si es de polipropileno. Es como, pongamos por caso, vender chuletas de buey gallego libres de carne de oso polar.

Pero la cosa no queda ahí. Tras ver el anuncio busqué en Google el nombre del fabricante de esas botellas. Se trata de una firma suiza con representación en la provincia de Barcelona (mal empezamos). Y navegando en la web de esta última me encuentro con una frase aún más explícita en lo tocante al bisfenol A: “botella de PP que, a diferencia del plástico PET, no contiene el componente tóxico bisfenol-A”. Con lo que ya metemos en el asunto al otro plástico, el PET, usado casi al 100% en las diferentes marcas de agua embotellada o de bebidas carbónicas como las colas.

Pues va a ser que no. Por las mismas razones que la carne de buey gallego no puede contener ni trazas de carne de oso polar, el PET no puede contener bisfenol A. Ni se usa para su fabricación ni se produce durante el proceso de transformarlo en botellas u otros objetos. Y como suelo acompañar rotundas afirmaciones con datos fiables que las avalen, voy a hacer referencia a un artículo publicado en enero de este año en una prestigiosa revista [Food Chemistry 202 (2016) 88-93], en el que se analizan con las mejores herramientas hoy en día disponibles un total de 122 botellas de vidrio, PET e incluso una de policarbonato a la búsqueda, en todas ellas, de metales pesados y bisfenol A. Os voy a resumir los resultados solo en lo tocante al bisfenol A.

El bisfenol A se detectó únicamente en la solitaria botella de policarbonato investigada. En el resto (de vidrio y PET) ni rastro de bisfenol A. Un resultado lógico con lo que os he comentado previamente, aunque es cierto que el bisfenol A podría provenir del agua, antes de ser embotellada, por algún problema en el manantial de origen, o en la propia planta de embotellado. Pero ni por esas.

Y, lo que también es importante, el bisfenol A detectado en la botella de policarbonato que daba positivo, estaba en una concentración de 1,7 microgramos /litro. La Agencia Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA) revaluó en 2015 la dosis segura de bisfenol A. En sus conclusiones se establece como dieta segura la de 4 microgramos por kilo de peso y día, lo que quiere decir que una persona de 70 kilos de peso se tendría que beber cada día, a lo largo de todos los días de su vida, casi 170 litros del agua contenida en esa botella de policarbonato para llegar al límite establecido por la EFSA. Potomanía asegurada.

En erresumidas cuentas, como dicen los de Bergara, que no me voy a comprar la botella acordeón por mucho que lleve el logo de la UPV/EHU. Y haría bien una Institución universitaria como la mía no dejándose engañar por reclamos publicitarios absolutamente falaces.

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viernes, 29 de abril de 2016

Y Carothers se volvería a suicidar...

Puede que a la mayoría de mis lectores el hecho les pasara inadvertido pero, el pasado 11 de diciembre, las dos compañías americanas más importantes del sector químico anunciaron su fusión bajo el "imaginativo" nombre de DowDuPont. Aunque no parece que vayan a ir muy lejos con ese nombre porque el plan es que, en menos de dos años, el conjunto se separará en tres compañías independientes, que un analista de bolsa bastante malaleche predecía que se llamarían Dow, Du y Pont. Cada una de ellas estaría dedicada a uno de estos tres campos estratégicos: Agricultura, Materiales y Productos diversos de alto valor añadido.

No había pasado ni un mes cuando, por Navidades, los investigadores pertenecientes a los Laboratorios Centrales de Desarrollo e Investigación de la DuPont, en Wilmington, recibieron como aguinaldo la orden de suspender sus actividades, etiquetar sus productos y dejar todo como estaba. Con lo que se temieron lo peor, que empezó a ocurrir el 4 de enero cuando la gente empezó a desfilar como en las películas americanas. Con sus cajas de cartón llenas de enseres personales.

El Centro de Investigación y Desarrollo de la DuPont no es un Centro Tecnológico cualquiera. Ese si que es un referente y no otros que yo me conozco. Su historia empieza cuando Francis I. DuPont crea la llamada Experimental Station para empezar a investigar en explosivos, un negocio que reportó pingües beneficios a la empresa durante la primera Gran Guerra. Una pequeña parte de la "caja" que hicieron en esos años decidieron dedicarla a la instauración de una unidad de investigación de corte más académico, a la manera de cómo lo habían hecho ya General Electric o ATT (este jodido Blogger no me deja escribir el símbolo que debo poner entre las dos T). Y así, en 1926, Charles Stine, Director del Departamento de Química de DuPont, inició un programa de "investigación fundamental" en el que la empresa buscaría "más que inventar nuevos productos, comprender la Ciencia básica que hubiera detrás de ellos". Ahí es nada. Y, para rematarlo, dijo al Comité ejecutivo que "buscaría investigadores de excepcional futuro científico aunque no tuvieran una reputación suficientemente establecida". Y, en esa búsqueda, en el otoño de 1927, fueron a ofrecer trabajo a Wallace H. Carothers, un profesor de Química de 31 años en la Universidad de Harvard, que tenía fama de creativo pero que no parecía muy interesado en eso de "publica o muere".

Carothers se resistió hasta febrero de 1928, argumentando su rara personalidad que quizás le impidiera adaptarse al entorno industrial y avisando que sufría de algunos episodios neuróticos que pudieran constituir un serio hándicap. Pero, en poco más de dos años, Carothers formó un grupo cuyo primer éxito, a primeros de abril de 1930, es lo que hoy conocemos como policloropreno (Neopreno lo llamaron y se sigue llamando comercialmente) un material sintético que constituyó un componente crítico de los Aliados en la Segunda Guerra Mundial, cuando el caucho natural no llegaba de Asia. Y, menos de un mes despues, el Grupo tenía entre sus manos las primeras fibras de poliéster que, cuatro años más tarde, se complementaron con las fibras de poliamida (Nylons) mucho más resistentes que las anteriores.

Desde entonces, los logros de la investigación fundamental han reportado a DuPont numerosos productos de alto valor añadido. Nombres comerciales que ya hemos explorado en este Blog como el Teflon, la Lycra, el Kevlar de nuestra vieja conocida Stephanie Kwolek, una fibra muy especial que llevó desarrollar más de veinte años de investigación básica y aplicada. O su prima, la fibra Nomex, tan usada en trajes ignífugos. Otros polímeros, como el polivinil butiral, que protege los parabrisas de nuestros coches, impidiendo roturas peligrosas al conductor. Materiales sólidos, como el Corian que viste mi cocina y muchos quirófanos. Los primeros polímeros a partir de biomasa como el Sorona. O el descubrimiento de los éteres corona que valieron a un empleado de DuPont, Charles J. Pedersen, el Nobel de Química de 1987. Resumiendo un poco, baste con decir que, en los años 60, los laboratorios de la DuPont publicaban más artículos en el prestigioso Journal of the American Chemical Society (JACS) que el MIT y el Caltech juntos.

Así que Carothers, que decidió suicidarse tal día como hoy, 29 de abril, pero de 1937, probablemente lo hubiera hecho otra vez al ver caer la Central Station de sus amores por los manejos de los buitres de Wall Street. Desde sus tiempos de joven profesor en la Universidad de Illinois, antes de irse a Harvard, corría el rumor de que Carothers siempre llevaba una cápsula de cianuro en el bolsillo. Ese día se la tomó con un zumo de naranja en una habitación del Philadelphia Hotel. Tenía 41 años y dos días. Este mismo miércoles, 27 de abril se cumplían 120 años de su nacimiento.

El pasado mes de marzo, dentro de la reunión de primavera de la American Chemical Society (ACS), su División de Historia de la Química dedicó algunas sesiones a estudiar los casos de algunos químicos merecedores del Premio Nobel y las razones que los historiadores dan del por qué no lo consiguieron. En el caso de Carothers hay algunos que piensan que podía haber ganado el Nobel de 1936 si hubiera tenido padrinos. Y entre los posibles apuntan a Irving Langmuir, Nobel 1932 y químico de otra gran empresa, General Electric, quien le podría haber nominado. Pero no lo hizo en esa ocasión y nuestro Wallace ya no dió más oportunidades.

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lunes, 25 de abril de 2016

Agua de Murcia

Hace hoy exactamente cuatro años no debía yo ver muy claro el futuro de este blog. Y, para sacudirme las incertidumbres, escribí un post que tomaba como base un libro de Ben Goldacre que estaba empezando a leer por encima. Goldacre es un conocido médico, académico y divulgador científico británico, conocido por sus libros Bad Science (2008), en el que se mete con la irracionalidad de determinadas formas de pseudociencia, y Bad Pharma (2012), en el que denuncia ciertas malas prácticas de la industria farmacéutica, a la hora de evaluar y promocionar algunos de sus medicamentos. El Búho prometía en esa entrada de abril de 2011 volver sobre algunos jugosos capítulos de la primera de esas obras pero, cosas de la vida, el día a día es muy complicado y lo prometido se ha quedado en nada. Aunque, mira por donde, cuatro años exactos después tengo un motivo.

Este Blog tiene devotos lectores en la Región de Murcia gracias a la propaganda que siempre me han hecho mis buenos amigos José M. López Nicolás y Dani Torregrosa. Uno de esos lectores impenitentes (Fran Méndez) me ha escrito recientemente para que le aclare dudas sobre un vídeo que ha circulado por la Región, en el que se cuestionaba la calidad del agua que se bebe tanto en Murcia capital como en otros muchos lugares de la Comunidad. El vídeo estaba aquí cuando publiqué la entrada (el lunes), pero al día siguiente desapareció. En el vídeo se proclamaba que a los murcianos les están dando a beber agua que contiene, literalmente, "restos orgánicos como heces o restos de animales, metales como plomo, mercurio, cobre...". Y, todo ello, supuestamente fundamentado sobre lo que se veía en el vídeo, en el que unos electrodos se introducían simultáneamente en agua de grifo de Murcia capital y en un agua embotellada de Nestlé. Ambas cambiaban de color pero la de Murcia se ponía mucho más oscura y con sustancias en suspensión.

Sólo con ver el vídeo y tener un poco de criterio químico era obvio el escaso conocimiento de sus autoras. Mezclan los conceptos de electrólisis y ósmosis. El magnesio les parece un metal pesado como el plomo cuando una visita a cualquier establecimiento naturista, a los que seguro que son adictas, les sacaría de su error de bulto. Se lían entre las cifras que dan del residuo seco en la etiqueta del agua embotellada y lo que leen en un medidor que emplean. Y todo así.

El “experimento” de estas ciudadanas tiene mucho que ver con unos “aparatos” que se venden para los llamados procesos de desintoxicación (détox), en los que la gente mete los pies en un baño con agua salada, agua a la que se aplican unos electrodos. El agua se va poniendo progresivamente oscura, tan oscura como su agua de Murcia aunque, en el vídeo, las autoras no hayan metido ni el pie ni la mano. La explicación que dan los timadores profesionales que venden el instrumento es que el agua se ha puesto oscura porque hemos eliminado las múltiples toxinas que los humanos acumulamos en nuestra deleznable vida cotidiana, toxinas que nos quitamos de encima, merced al invento, a través de los múltiples poros de la piel de nuestros pies. Si tenéis tiempo y os queréis divertir un rato (o quizás llorar), os puedo dejar un par de páginas web en las que se dan detalles sobre estos instrumentos de salud (ver aquí y aquí). No sé qué es más impactante si el texto promocional o los comentarios posteriores de los lectores.

El asunto de estas prácticas fraudulentas fue denunciado por Ben Goldacre en Bad Science. Si os hacéis con la versión en castellano [Mala Ciencia de Paidós (2011)], podéis encontrar el asunto en las páginas 18-21. Y ahí se explica que el color marrón no es sino consecuencia de que el hierro, constitutivo de los electrodos, se oxida a óxido de hierro (III) que, además de marrón, es insoluble en agua, lo que proporciona el depósito sólido. En su intento de desmontar el timo, Goldacre demostró que el agua se ponía igual de marrón tanto si un humano metía los pies para “desintoxicarse” como si se metían los pies una muñeca Barbie. En esas “máquinas” suelen poner agua con sal (cloruro sódico) o, lo que suena aún más “natural”, agua de mar. En el proceso de electrólisis que tiene lugar al aplicar los electrodos, además de la transformación de hierro en óxido de hierro (III), el cloruro de la sal pasa a cloro, que los usuarios detectan por su olor característico. Los timadores les convencen de que eso proviene del cloro de los plásticos (PVC) y otros productos clorados que absorbemos del aire o en la comida.

Pero, ¿por qué el agua de Murcia se ponía en el vídeo más oscura que la de la botella de marca en cuestión?. Pues he mirado un poco en la web de la empresa EMUASA, que es la que suministra agua a Murcia capital, y he encontrado los análisis realizados el pasado mes de marzo de este año que podéis ver aquí y que nos van a servir para una discusión posterior.

El llamado residuo seco, del que las autoras del vídeo no parecían estar muy enteradas, es el residuo que queda cuando eliminamos el agua que estamos analizando y que está constituido por las sustancias que, habitualmente, están disueltas en cualquier agua que en el mundo ha sido. Ese residuo seco puede variar mucho dependiendo del agua que analicemos. Un viejo análisis de la revista Consumer de Eroski, encontraba en España aguas como la de Bezoya con un residuo seco de 35 mg/L y otras como una habitual en cada de mis padres (Insalus) con valores como 816 mg/L, casi veinticinco veces mayor. Así que el hecho de que el agua de mesa del vídeo proporcione un valor de 24 o 42 (que las autoras no tienen claro) en su medidor y la de Murcia marque 280 tampoco tiene nada de particular. De hecho, esos medidores no miden directamente el residuo seco, sino una magnitud conocida como conductividad, que es otra forma de saber qué cantidad de sales tenemos disueltas en el agua analizada.

En la sexta fila del documento de EMUASA aparecen los valores de conductividad del agua de Murcia, dependiendo del punto geográfico en el que se ha realizado el muestreo. He cogido el punto P(01) porque la Avenida Príncipe de Asturias (el domicilio que se cita en el vídeo) está cerca de Espinardo (que conozco porque allí hay un Campus de la Universidad de Murcia y que aparece como receptor del agua analizada en ese punto de muestreo). Su conductividad que, repito, es debida a todos los iones disueltos en el agua, es casi 900 microSiemens/cm. Una conductividad muy elevada. Por ejemplo, el agua que llega a mi grifo en Donosti desde el embalse del Añarbe suele tener una conductividad de 60-70 microSiemens/cm. En cualquier caso, esos niveles de conductividad de Murcia están permitidos en el agua potable, como se puede ver en la última columna de la sexta fila del documento, donde se habla de un límite de 2500 microSiemens/cm. Otra cosa es quién se bebe un agua con ese contenido en sales o prefiera pasarse a una botella de agua de marca de baja mineralización aunque, eso sí, mil veces más cara.

Así que con ese más alto contenido en sales del agua de Murcia que, cuando se disuelven, se disocian en iones, esta conduce mejor la electricidad que la de mesa y, como consecuencia de ello, durante la electrólisis, se producen, de forma más abundante, procesos de oxidación/reducción de esos iones, dando lugar a toda una serie de otras sustancias químicas (elementos que se han reducido, compuestos oxidados, etc.) además del óxido de hierro (III) mayoritario, ya que el electrodo es de hierro puro. Ese proceso, en menor escala, también pasa en aguas de menor mineralización como la que se empleaba en el vídeo, que también se se coloreaba, aunque las autoras venían a decir que era normal. Y, lo que es más importante, esos procesos que dan lugar a la coloración y a la precipitación del óxido de hierro y otras sustancias, no tienen lugar si no llevamos a cabo un proceso un tanto bruto como es el de la electrólisis.

Así que mis amigos de Murcia pueden protestar por el sabor del agua de su grifo pero no se van a morir por ello y es lo que hay. A un servidor le llueve aquí un día sí y otro también y, gracias a ello, tiene el agua del Añarbe. Pero cada vez que decido ir a la playa o a jugar al golf tengo un número alto de posibilidades de mojarme. Y los murcianos no.

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Datos personales

Boredom is the highest mental state, según Einstein. Pero, a veces, aburrirse cansa. Y por eso ando en esto, persiguiendo quimiofóbicos.