lunes, 5 de noviembre de 2018

Plásticos y futbolistas

Una de las cosas que no me gustan de las redes sociales es que ciertos colectivos de famosos, en virtud del número de seguidores que tienen, se aventuren a hablar de cosas que les exceden. Eso es lo que ocurrió con el comentario que el ciudadano de la foto colocó hace días en Twitter (clicando en ella podéis ver en grande la imagen y el comentario). Con una bolsa de plástico negro entre las manos, animaba a otros colegas suyos (tan afamados como él en el exquisito arte de golpear un balón) a hacer lo mismo y convertir el gesto en algo viral en las redes, en lo que pretendía ser una denuncia contra el uso abusivo de los plásticos (véase la etiqueta #PlanetaOPlastico de su mensaje). Recibió casi de inmediato un buen zasca de mi antiguo alumno y buen amigo Sufi Garmendia y esta entrada, que hemos escrito al alimón, pretende desarrollar con más detalle esa respuesta contundente de Sufi. Y que podríamos resumir diciéndole al Sr. Fàbregas (nótese mi dominio del acento catalán) que, sin los plásticos, tendría que salir al campo de fútbol en pelotas, no dispondría de balón al que pegarle patadas ni tampoco de red en la que alojar el mismo. Pero, vayamos por partes.

Las bolsas de basura pueden ser icónicas en la lucha contra la contaminación por residuos plásticos, pero no es la fuente más importante de los mismos ni de lejos, como ya se trató de poner de manifiesto en este Blog hace ya diez años. Pero vayamos a lo que nos ocupa. Si empezamos por lo que toca la piel de nuestro concienciado futbolista, cuando éste y sus colegas salen al campo, resulta que ocultan relativamente su desnudez gracias a las fibras sintéticas (plásticos), mucho más sofisticadas y por ende más confortables que la lana o el algodón usados en las camisolas de hace años. Y que les evita, por ejemplo, estar mucho más mojados que sus ancestros, porque una camiseta de algodón puede llegar a absorber hasta un 7% de su peso en agua, mientras que una de poliéster sólo lo hace en un 0,4%. Esas mismas camisetas llevan generalmente incorporados otros plásticos, como los poliuretanos que dan forma a la propaganda que les da dinerito o los que se añaden a las fibras para mejorar su capacidad aislante frente al frío.

En la edición del año 1986, el balón de la Copa del Mundo dejó de ser de cuero para pasar a ser de poliuretano y, hasta el día de hoy, la confección del balón oficial es un auténtico derroche de tecnología a la hora de elegir los materiales plásticos más adecuados. Por ejemplo, en el reciente mundial de Rusia, el balón oficial (denominado Telstar 2018) estaba compuesto en su parte externa por seis paneles de poliuretano, unidos entre sí por simple calentamiento. En la cara interna de esos paneles había una fina capa de poliamida (o nylon) en contacto, a su vez, con lo que se ha presentado como la auténtica revolución de ese balón. El globo hinchable que le da su forma, fabricado a partir de un caucho, un copolímero (conocido como EPDM) a base de etileno, propileno y un dieno y que han querido vendernos como ecológico por aquello de emplear gas etileno proveniente de caña de azúcar en su fabricación. Pero, como ya he explicado aquí, eso no resuelve qué hacer con el plástico (polietileno) resultante, que sigue teniendo las mismas dificultades como residuo plástico que el que lleva el Sr. Fàbregas en la boca.

Los guantes del portero son un componente fundamental del equipamiento de cualquier club. Tienen que amortiguar balones a velocidades que pueden llegar a 120 km/h y permitir cazarlos de forma eficaz, con todo lo que eso conlleva, por ejemplo, en ambientes húmedos. La variedad de guantes que hay en el mercado destinados a porteros aficionados y profesionales es muy extensa. Como también los materiales que en ellos se emplean y que, fundamentalmente, implican a plásticos como poliuretanos, poliésteres, poliamidas y elastómeros. La exacta composición de los elementos de un guante es celosamente guardada por los fabricantes, dada la feroz competencia existente.

Y, ¿qué me dicen del calzado?. Si elegir un guante de portero es complicado, la cosa raya ya lo imposible en el caso de las zapatillas. Botas ultraligeras para delanteros veloces, más protegidas para defensas contundentes o supertécnicas para los mediocentros que tienen que suministrar pases con precisión milimétrica. Es difícil imaginar toda la ciencia y tecnología implicada en una zapatilla de un jugador de élite como el que nos ocupa. Y que, a diferencia de las usadas en décadas pretéritas, no llevan casi nada del cuero con el que gentes como Pelé o mi amigo Carmelo Amas golpeaban balones también de cuero.

Una parte importante de una zapatilla de fútbol es la suela y sus tacos. Hasta el mundial de Brasil, ambos estaban hechos también de poliuretano y se moldeaban en una sola pieza. En algunos casos llevaban fibra de carbono como refuerzo. Pero, desde el Mundial de Brasil, casi todas las suelas se fabrican con un copolímero denominado PEBAX a base de poliamidas y poliésteres. Los tacos se siguen fabricando, por ahora y en su mayoría, con poliuretano y luego se pegan con un adhesivo (también polimérico) a la suela de PEBAX.

Y luego están los sitios donde los colegas del Sr. Fàbregas ofician o entrenan su distinguido arte. Campos con hierba artificial que, en un principio, estaban constituidos por fibras de poliamida embutidas en un suelo de poliuretano. Las poliamidas fueron luego reemplazadas como "hierba" por fibras de polietileno (el mismo que el de la bolsa negra de la foto) y de polipropileno (el mismo que muchos envases de alimentos o tapones de botellas), recubiertas de silicona (otro polímero) y embutidas en un "campo" a base de polipropileno expandido y gránulos de caucho provenientes del reciclado de neumáticos de automóviles. Y me cuenta mi amigo Domingo Merino (que de estas cosas sabe un montón) que, actualmente, la mayoría de los campos de primera división en España son a base de mezclas de hierba natural y artificial y lo mismo pasa en el reino de Su Majestad Británica. Me ha enseñado fotos de la instalación de tepes de la mezcla natural-artificial en el Bernabeu y me asegura que hay varios viveros que los preparan.

Esos estadios tiene cubiertas que protegen a los espectadores, fabricadas en sofisticados plásticos como el ETFE del que hablamos aquí hace poco. Y todo campo que se precie alberga porterías, cuyas redes vuelven a ser de fibras de polietileno o polipropileno.

Pero la inconsistencia intelectual del Sr. Fàbregas y sus colegas bolsa en boca va aún más lejos, si uno piensa en la procedencia de muchos de los equipamientos empleados en el fútbol y otros deportes de élite como el tenis, el golf (aquí no tiro para casa) o similares. Se trata de relevantes empresas que, en muchos casos, tienen factorías en países en desarrollo donde, en algunos casos todavía, se sigue empleando como mano de obra barata a niños de corta edad. Y en muchos de esos países, y en otros incluso más pobres, no es raro encontrar niños que no tiene agua saludable para beber pero llevan una camiseta como las usadas por nuestros "preocupados" futbolistas, que seguro que no han pensado donde acaban esas prendas cuando ya no están para que nadie las use.

Y, para terminar, sería bueno anotar que al Sr. Fàbregas le paga Yokohama, una compañía de neumáticos (muy difíciles de reciclar) y Nike que usa plásticos por un tubo en sus múltiples productos. El presidente de su club es uno de los mayores productores de petróleo, materia prima para la mayoría de estos materiales y para los combustibles de los potentes coches, yates y algunos casos hasta aviones que usan estos privilegiados y que nos ponen el ambiente perdido de CO2 y otros gases contaminantes. Y lo mismo pasa con otros colegas financiados por países del Golfo y empresas como Adidas o similares.

O sea que ¿qué me cuenta Sr. Fábregas...?. Su bien abultada cartera proviene de las mismas fuentes que las que dan origen a esa bolsa de plástico que se ha puesto en la boca. Si la usara para hablar menos de lo que no sabe...

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viernes, 26 de octubre de 2018

La memoria del hielo ártico

Hace muchos años y de cara a escribir la introducción de mi Tesis Doctoral (1979) tuve que informarme sobre el mundo de los cauchos, tanto los producidos por determinados árboles tropicales como los sintetizados por los humanos en el siglo XX. Un mundo, sobre todo el de los cauchos producidos por árboles, que me resultó fascinante y que, de alguna forma, resumí en esta entrada ya lejana. Para los químicos un caucho es un poliisopreno o, lo que es igual, un polímero con miles de unidades de una cosa que llamamos isopreno. Desde entonces, todo lo que tiene que ver con el isopreno me ha llamado la atención y alguna otra entrada en este Blog lo demuestra. Y esta de hoy no es sino una consecuencia más de ese interés.

Como bien cuenta estos días un apartado de la web del americano National Snow and Ice Data Center (Centro Nacional de Datos sobre Hielo y Nieve), este jueves 25 de octubre de 2018 se han cumplido cuarenta años del inicio de la misión de un aparato conocido por las siglas SMMR, alojado en el satélite Nimbus-7 y destinado a medir la extensión de hielo en zonas polares. Si revisáis un poco el enlace anterior podéis comprobar en la última de las cuatro figuras que se muestran que, desde el comienzo de esa misión y en lo que al Ártico se refiere (la Antártida es otra historia), el número de kilómetros cuadrados ocupados por hielo ha ido descendiendo de forma progresiva.

Sin embargo un período de cuarenta años, en términos del clima, no son nada y de cara a poder aventurar predicciones sobre lo que pueda ocurrir en el futuro, se necesitan series más largas de datos del pasado porque, como siempre he enseñado a mis alumnos, extrapolar puede inducir conclusiones muy arriesgadas (y más cuanto más nos alejemos de los datos fiablemente medidos). Pero tener una idea de lo que ocurrió en el pasado sobre estos asuntos no es fácil. Hasta el advenimiento de instrumentos alojados en satélites, las regiones polares eran unas perfectas desconocidas para los humanos que, como mucho, se aventuraban por esos lares y sus alrededores a pie, en barco o con medio aéreos para tener una idea de lo que allí ocurría. Y de eso tampoco hace mucho tiempo. Así que, como en otros casos ya explicados aquí (temperaturas y pH del agua de mar), ha habido que recurrir a indicadores paleoclimáticos, conocidos como proxies en terminología inglesa. Y también en este caso del hielo ártico, como en las dos entradas mencionadas, la Química tiene algo que ver con un reciente proxy, todavía no muy difundido en la literatura, que os voy a contar aquí.

Las diatomeas son un tipo de algas unicelulares que constituye uno de los grupos más importantes del fitoplancton. Pueden vivir en el mar pero también en hielo, tan es así que ciertas especies son endémicas en él. Algunas de esas diatomeas que viven en el hielo son capaces de sintetizar una serie de moléculas (biomarcadores) como consecuencia de su actividad biológica que, cuando mueren o el hielo desaparece, se depositan en forma de sedimentos en el fondo del mar. Son estables a lo largo de miles de años, de hecho son más estables que los propios esqueletos de las diatomeas, y se pueden detectar con facilidad en cantidades muy pequeñas con las modernas técnicas analíticas.

Además, y esto es fundamental, algunos de esos biomarcadores solo aparecen en sedimentos de lugares donde haya habido hielo en el pasado y no en otros que siempre han estado libres del mismo. Ese es el caso (y aquí aparece algo relacionado con el isopreno) de los llamados isoprenoides altamente ramificados (HBI en inglés), unos lípidos generados por diferentes diatomeas como las Haslea o las Rhizosolenia que viven en capas relativamente superficiales del hielo. Uno de ellos ha pasado a constituirse en una valiosa herramienta para estudiar la evolución del hielo en el pasado. Su fórmula la podéis ver en la figura que ilustra la entrada y nombrarlo es un buen ejercicio de nomenclatura química: 2,6,10,14-tetrametil-7-(3-metil-pent-4-enil) pentadecano. Pero se le conoce por su apodo, IP25, formado por la I que viene de Ice (hielo), la P de Proxy (indicador paleoclimático) y el 25 del número de carbonos que tiene el angelito. Visto de otra forma, el IP25 proviene de cinco moléculas de isopreno en lugar de las miles que constituían los cauchos de mi Tesis.

El procedimiento por el cual se sacan conclusiones sobre el hielo en el pasado es bastante fácil de explicar en plan divulgativo aunque, como todo, la cosa no es baladí. Se extraen testigos (cores) de sedimentos en el mar hasta determinadas profundidades y se establecen las fechas a las que se depositaron a diferentes alturas con las técnicas habituales de datación radiactiva. Y a cada altura del sedimento se mide de forma muy precisa la concentración de IP25 mediante lo que los químicos llamamos GC-MS. Cuanto más alta sea la concentración de ese marcador a una determinada altura en el testigo, más hielo hubo en el tiempo en el que esa capa del sedimento se formó. Desde su propuesta en 2007 [S.T. Belt y otros, Organic Geochemistry 38, 16 (2007)] este tipo de análisis se ha empleado, sobre todo, en varias zonas árticas en las que se sospecha han podido ocurrir en el pasado diferentes procesos de extensión y retracción del hielo.

Podría contaros algunos resultados interesantes que proporciona el uso de este indicador en lo relativo a cómo parece que ha evolucionado el hielo en los últimos milenios. Pero no lo voy a hacer, primero porque no soy versado en estas cosas y, en segundo lugar, porque la lectura de un importante artículo sobre el tema de uno de los grupos que ha trabajado más en la implantación de la técnica [S.T. Belt and J. Müller, Quaternary Science Reviews 79, 9 (2013)], me ha dejado la impresión de que aún hay muchos interrogantes por resolver antes de estar seguros de su fiabilidad. Aunque, todo hay que decirlo, algunos resultados parecen cuadrar bien con la evolución que hemos visto por satélite recientemente y con la alternancia de épocas más frías y más calientes en pasados milenios (como la Pequeña Edad del Hielo o el Óptimo Climático Romano) y sobre las que existen otras evidencias históricas.

Pero lo que si parece claro, tras leerme el capítulo 3, sección 3.3.8, del último informe "especial" del Panel Internacional del Cambio Climático (IPCC-SR15), es que estos ojitos de búho que se comerá la tierra más pronto que tarde, no verán un Ártico desprovisto de hielo en la temporada veraniega, algo que nos habían venido pronosticando unos cuantos desde hace treinta años, en algunos casos para fechas que ya pertenecen al pasado, extrapolando los datos que los satélites nos iban dando.

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domingo, 14 de octubre de 2018

El senador Delaney ataca de nuevo

Como pretendo poneros a la última de las cosas que atraen la atención de este vuestro Búho, os anticipo que es muy probable que, en los próximos días, aparezcan noticias relativas a la prohibición por parte de la FDA americana de una serie de siete sustancias sintéticas empleadas como aditivos alimentarios. De hecho, la Resolución de la FDA, la Agencia que regula y controla lo relativo a alimentación y medicamentos en EEUU, tiene fecha del pasado martes 9 de octubre, aunque la misma normativa establece un plazo de dos años para que las empresas que usan esos aditivos les vayan buscando alternativas. Pretendo demostrar aquí que, en la decisión de la FDA, ha resultado fundamental la vigencia de la llamada Cláusula Delaney, que toma su nombre del congresista americano John Delaney que la propuso hace ya sesenta años (1958) y sobre la que ya hablamos en detalle en una entrada sobre la sacarina. Para que no os la tengáis que leer, voy a resumir lo que allí decía y que aquí resulta relevante.

La Cláusula Delaney estableció que cualquier producto que se demostrara que produce cáncer en los humanos o, lo que suele ser mas habitual, mostrara ese carácter cancerígeno en pruebas con animales de laboratorio, debía ser prohibido para su consumo por humanos. En marzo de 1977 la FDA se vio forzada a aplicar esa Cláusula a la sacarina (un edulcorante muy querido por los americanos de la época), ya que estudios publicados desde los sesenta demostraban que la sacarina producía cáncer de vejiga en los ratones. Un par de semanas después de su entrada en vigor, más de 30.000 americanos manifestaron su oposición a la medida, escribiendo cartas a sus representantes en el Congreso. Para diciembre ya había más de un millón de cartas y manifestaciones por todo el país.

La cosa fue tan lejos en los medios políticos y periodísticos, que hubo que buscar un compromiso. El senador Ted Kennedy propuso, y consiguió, que se aprobara la ley llamada Saccharin Study and Labeling Acta, en la que se imponía una moratoria a la prohibición de la sacarina, pero se ordenaba que todos los productos que la contuvieran llevaran una etiqueta que avisara de que ese edulcorante había producido cáncer en animales. Es fácilmente comprobable que los americanos siguieron consumiendo sacarina a pesar de la etiqueta. Esa obligatoriedad en el empleo de la misma se eliminó en el año 2000, cuando se pudo comprobar, tras estudios ulteriores, que lo que era cierto para el cáncer de vejiga en ratones no se podía extrapolar a un organismo humano, algo que posteriormente ha ocurrido con otras sustancias.

La Cláusula Delaney sigue vigente hoy en día y, en virtud de ella, una serie de colectivos de diverso tipo instaron en 2016 a la FDA a prohibir los siete productos sintéticos mencionados, presentando para ello trabajos científicos según los cuales esas sustancias producían cáncer en experimentos llevados a cabo con animales. La propia Resolución de la FDA arriba mencionada, por la que se eliminan esas sustancias, es de una claridad meridiana sobre el papel de la Cláusula Delaney en su decisión: "Ya que los datos remitidos por los peticionarios demuestran que esas sustancias sintéticas han mostrado inducir cáncer en estudios con animales, la FDA no puede considerar a esas sustancias como seguras en el marco legal de la Cláusula Delaney y debe revocar la decisión de incluirlas en el listado de las que pueden emplearse como aditivos". Ello a pesar de que la propia Agencia reconoce que "los diferentes análisis científicos llevados a cabo por la FDA determinan que esas sustancias no tienen riesgo para la salud pública bajo las condiciones en las que su uso estaba establecido".

Uno podría invocar en este como en otros asuntos el famoso principio de precaución y argumentar que, si esas sustancias han provocado cáncer en animales, mejor las eliminamos de nuestra dieta. Aunque a ese argumento se le pueden contraponer otros que, para no aburrir, voy a ilustrar en el caso concreto de uno de los siete productos de síntesis que ha sido eliminado de la lista: el metil eugenol. En primer lugar, en los estudios con ratas de laboratorio que han mostrado que esa sustancia sintética produce cáncer, se atiborró a los animalitos durante dos años con dosis de metil eugenol que son entre 220.000 y 890.000 veces más altas que la exposición estimada a esa sustancia en humanos que consuman productos con ese aditivo.

Por otro lado, es pertinente recalcar los datos que la propia FDA da en la Resolución, según los cuales, la producción americana del metil eugenol sintético no llega 86 kilos/año, mientras que se evalúa en toneladas la cantidad de esa misma sustancia disponible en forma de multitud de productos vegetales que lo contienen (ver, por ejemplo, este artículo) y que los humanos consumen, entre los que se encuentra la conocida albahaca, que no falta en el huerto de cualquier cocinero serio que se precie. Pues bien, lo que la FDA suspende es el metil eugenol sintético. Pero no parece que le importe mucho que Ud se lo meta al coleto en forma de albahaca fresca o en polvo, un cóctel de muchas sustancias químicas, algunas también cancerígenas como el estragol (véase aquí una opinión mía al respecto en El Comidista). Y así, la resolución de la FDA dice literalmente que: "La eliminación de estas sustancias sintéticas de las listas de aditivos alimentarios no afecta el status legal de alimentos que contengan homólogos naturales o no sintéticos de esas sustancias, y no hay nada en los datos que la FDA ha revisado respondiendo a la presente petición que haga que la FDA se preocupe sobre la seguridad de alimentos que contengan dichos homólogos no sintéticos". Para los no muy versados en química, cuando la FDA habla de homólogos naturales o no sintéticos (en este caso del metil eugenol) se está refiriendo, exactamente y átomo a átomo, a la misma molécula de metil eugenol que un químico pueda sintetizar en el laboratorio.

La propia Agencia lo recalca en otro párrafo que pone en evidencia la inconsistencia de la decisión: "al considerar el potencial cancerígeno del metil eugenol sintético como aditivo en alimentos, también hemos considerado la exposición a metil eugenol a partir de alimentos que contienen esa sustancia en forma natural (albahaca y otras hierbas y especias), exposición que se puede valorar en unas 488 veces superior a la exposición que uno espera de aquellos alimentos en los que el metil eugenol sintético se ha empleado como aditivo". Añadiendo como coletilla que esas sustancias que contienen metil eugenol de forma natural "han sido consumidas por los humanos desde hace milenios sin daño aparente alguno".

En resumen y para que quede claro lo que se infiere con facilidad con solo leer la Resolución de la FDA, pero que no os contarán ni en los medios ni en internet al manejar la noticia. El metil eugenol entra en el organismo humano con mucha mayor profusión a partir de plantas y especias que de chuches y otras lindezas a las que se les haya añadido metil eugenol sintético. Pero como los estudios del carácter cancerígeno de esa molécula se han hecho con metil eugenol sintético puro (mas que nada por evitar el papel de las impurezas que puedan acompañar al metil eugenol obtenido a partir de plantas), la Cláusula Delaney obliga a la FDA a prohibir el uso de metil eugenol sintético y, de forma similar, de las otras seis sustancias que le acompañan al patíbulo.

Hace ya años que la Cláusula del congresista Delaney ha venido siendo cuestionada y como se dice, por ejemplo, en este artículo de 1996 "no ha servido para salvar vida alguna, es obsoleta y debe eliminarse".

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lunes, 1 de octubre de 2018

Pues no, los PCBs no son plásticos

Como se refleja en la parte superior de la página de acogida de este Blog, su apertura respondió a mi deseo de combatir la Quimiofobia rampante, algo que un servidor constataba allá por fecha tan lejana como febrero de 2006. Una de las consecuencias de la implantación de esa Quimiofobia ha sido su extensión posterior al mundo de los materiales plásticos. Y esta entrada tiene que ver con un reciente ejemplo de los efectos colaterales que dicha Plastifobia tiene incluso en medios de comunicación que se suponen serios y, para mas inri, en sus páginas dedicadas a la Ciencia, supuestamente llevadas por profesionales preparados. Pero antes de empezar me vais a permitir que deja algunas cosas claras desde el principio. Para que mi amigo Juanito E. no me eche la bronca otra vez como lo hizo esta pasada semana.

El prefijo poli es un elemento compositivo de algunas palabras, un prefijo que indica pluralidad, abundancia y términos similares como muchos y muchas, etc. Y ese es el sentido en palabras como polígono (muchos ángulos), polimorfo (muchas formas), polígamo (muchas esposas) y otras que así empiezan. No es nuevo para una parte de mis lectores que este vuestro Búho ha dedicado casi toda su vida académica al estudio y enseñanza de los polímeros. Esa palabra está compuesta por dos términos que se derivan del griego, el ya mencionado prefijo poli y la terminación mero que podemos traducir por parte. En el ámbito de la Química, un polímero es un material cuyas moléculas están constituidas por muchas partes iguales unidas entre sí, miles de veces más grandes que las de las sustancias químicas convencionales. La totalidad de los plásticos introducidos en el siglo XX (llamados así porque con la temperatura reblandecen y al enfriarlos solidifican), son polímeros. Sin excepción. Y eso se nota, entre otras cosas, en cómo los nombramos: polietileno, polipropileno, polietilen tereftalato, poliamida, poliéster, policarbonato...

Quizás por eso y por la plastifobia causada por las múltiples noticias en torno a la contaminación de plásticos en los océanos, al autor de la noticia publicada el pasado viernes en la sección de Ciencia de un conocido diario, se le fue la mano de forma espectacular. Si pincháis en la figura que ilustra esta entrada, veréis que el artículo hablaba de un plástico, prohibido desde hace años, que está matando a las orcas. El titular y el texto completo han aguantado en la red todo el fin de semana hasta ser corregidos este lunes después de que alguien les avisara (yo mismo publiqué en Twitter este tuit el mismo viernes). En la versión original se usaban hasta 11 veces los términos plástico o plásticos para referirse a la sustancia que está acabando con la vida de las orcas. Aun en la versión de hoy por la mañana (puede que la cambien si me leen) quedaba sin eliminar esa referencia a los plásticos en dos ocasiones, una como tal (penúltimo párrafo) y otra con la incorrecta denominación de los PCBs como policloruro de bifenilo, al final del artículo y que, ciertamente, suena a un plástico como los mencionados arriba. Aunque ninguna industria ha producido ni producirá jamás un plástico con ese nombre.

El error de bulto de considerar que PCB son las siglas de un plástico hubiera podido subsanarse sin mas que poner ese acrónimo en Google y abrir la página de Wikipedia que aparece enseguida. Las siglas PCB se refieren a "los policlorobifenilos (PCB) o bifenilos policlorados (en inglés: polychlorinated biphenyls), una serie de compuestos organoclorados, que constituyen una familia de hasta 209 miembros o congéneres". Lo de bifenilos policlorados quiere decir que son sustancias que tiene varios (de ahí lo de poli) átomos de cloro en su molécula (pero, en cualquier caso, no mas de diez). Pero ninguno de los 209 es un polímero (y, por tanto, no pueden considerarse plásticos) porque no hay una unidad repetitiva que se repita cientos o miles de veces en sus moléculas. Se trata de sustancias químicas convencionales (como el agua o la glicerina) que fueron usadas hace muchos años como aislantes en instalaciones eléctricas y otros usos. Y que fueron prohibidos a partir de los setenta por su carácter de cancerígenos y acumulables en el tejido adiposo de los mamíferos.

Establecido que los PCBs no son plásticos, el titular del periódico tampoco refleja la realidad del artículo científico al que hace referencia. Basta leerse su título y su resumen o abstract para darse cuenta de que en él no se presenta evidencia experimental alguna de que los PCBs estén "matando" a las orcas. El artículo es una recopilación de datos sobre la concentración de PCBs en 358 muestras de tejido adiposo de estos animales, tomadas en diferentes puntos del mundo. Y el uso de un modelo para predecir cómo puede ir evolucionando ese contenido en los próximos cien años, con conclusiones, según los autores, muy preocupantes. Y los que me leen ya saben de mi aversión por modelos a cien años vista.

Voy a terminar con una puntualización, creo que pertinente, dedicada al amigo arriba mencionado, que algo sabe de estadística. Un análisis de los datos (el material suplementario del artículo científico contiene una hoja Excel con todos los datos recopilados) permite deducir que la concentración media de PCBs en esas muestras es 22 miligramos por kilo de materia grasa de animal. Muy alejado de la cifra de 1,3 gramos (o 1300 miligramos) que se menciona en el artículo de El Pais como cifra mas preocupante, un valor que solo se alcanza en una de las 358 muestras investigadas, perteneciente a una orca capturada en el Pacífico Norte. Si elimináramos esa única muestra del análisis, la concentración media bajaría hasta los 19 miligramos, por debajo de los 50 que el propio artículo menciona como dañino para los mamíferos. Pero no voy a ocultar que hay zonas del globo donde, ciertamente, esa cifra se excede de forma bastante significativa.

Y es que, demasiadas veces, hay que leerse el artículo original para sacar conclusiones bastante diferentes de las que difunden notas de prensa de Universidades y revistas científicas, destinadas a cautivar la atención de los medios de comunicación y las redes sociales, siempre ávidos de atractivos titulares.

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jueves, 20 de septiembre de 2018

La energía a base de biomasa no es lo que te cuentan

Las empresas periodísticas publican sus periódicos para venderlos. Ese objetivo implica que sus noticias tienen que atraer a sus posibles compradores y, en ciudades como la que yo vivo, eso tiene algunas derivadas poco deseables. Por solo poner algún ejemplo, muchas portadas se dedican a los resultados del equipo de fútbol que concita las pasiones de unos pocos miles de mis conciudadanos. En otros casos, es habitual  que se insista en lo referentes que son a nivel casi planetario algunos Centros de Investigación guipuzcoanos o algunas iniciativas medioambientales que se generan en nuestro entorno más próximo. Y de esto último va esta entrada.

En la perifería de Donosti, entre los cuarteles donde uno hizo la mili y una cárcel a punto de pasar a mejor vida, se está generando un nuevo barrio, cuyas viviendas dicen que se han vendido como rosquillas a gente fundamentalmente joven. Y entre las virtudes que adornan a esa nueva urbanización está el hecho de que la energía necesaria para calefacción y agua caliente se va a generar en una planta diseñada específicamente para ese fin y para esos usuarios, bautizada un poco pomposamente como Heating District. El Diario Vasco ha dedicado varios reportajes a esa iniciativa, pionera según ellos, el último de los cuales se publicó el pasado 29 de agosto.

En el título se bautizaba el Heating District como "el mayor sistema de calefacción centralizada de biomasa de Euskadi" y se recalcaba su inclusión en un programa europeo bautizado como Replicate (que ha financiado parte de la instalación), en el que participan otras ciudades europeas como Florencia o Bristol. Por tanto, una iniciativa moderna y ecológica, según propugnaba el concejal de turno en el reportaje y a la que en principio no se pueden poner pegas. Pero las alarmas de este Búho saltaron cuando, en las dos primeras líneas del reportaje, su autor escribe que el sistema es "tan limpio que si alguna vez sale algo de sus chimeneas, será vapor de agua". Y unas cuantas líneas más adelante se dice que la "emisión de gases será casi cero".

El Heating District va a obtener la energía de la quema de briquetas de madera como las que veis en la foto que ilustra esta entrada, también llamadas pélets o pellas, biomasa en términos genéricos, una opción de combustible muy de moda, sobre todo en Europa, como alternativa a combustibles fósiles como el carbón. Ese tipo de combustible puede que aún se haga más popular después de su declaración como neutro en carbono por parte de la Agencia de Protección Ambiental america (EPA). El cambio supone equipararlo a energías renovables como la energía solar o la eólica, una decisión que desde que se hizo pública a finales de abril de este año ha tenido más de una crítica en el ámbito académico y entre las organizaciones medioambientales. Algo similar a lo ocurrido con la Directiva aprobada por la Union Europea en enero de 2018, que establecía el duplicar las energías renovables para 2030 pero incluía entre ellas a las famosas briquetas.

Pero nada es lo que parece a primera vista. Y para mostrarlo, empezaremos por las frases que he mencionado del artículo del DV. La madera, al quemarse, produce (igual que el carbón) CO2 y vapor de agua, así que si solo va a salir vapor de agua por la chimenea como propugna el artículo (vapor de agua que también es un gas de efecto invernadero), es que han eliminado totalmente el CO2 y, si lo han hecho, estaríamos ante una instalación ciertamente notable, por las dificultades inherentes a la captura y almacenamiento de ese gas (la llamada tecnología CAC o CCS en inglés, que todavía está en mantillas). Me he leído la memoria técnica del proyecto y no he encontrado ni palabra al respecto. Es probable, eso si y como ocurre en las instalaciones a base de carbón, que las chimeneas tengan filtros para eliminar otros productos indeseables de la combustión como las partículas en suspensión (el principal problema en este caso) o determinados gases que se formen además de los dos principales (probablemente algún nitrogenado). Pero este humilde cronista piensa que CO2 va a salir por la chimenea aunque no se vea. Nada grave creo yo dado el tamaño de la instalación, pero puede que si lo sea para los que entienden la emisión de ese gas como absolutamente determinante en el calentamiento global. Y de esta cuestión el reportaje no dice ni palabra.

Pero es que hay más. La idea de que la quema de biomasa de este tipo es mejor que la quema de carbón o gas natural es, en principio, correcta. Los árboles absorben carbono a partir del CO2 contenido en la atmósfera y lo utilizan para hacer crecer sus estructuras. Y si un árbol se quema como combustible, liberando ese carbón en forma de CO2, otro puede plantarse, remplazando al anterior en esa labor de actuar como sumideros del CO2. Y si, como se propugna por las empresas que fabrican las briquetas, estas se obtienen a partir de restos de poda y otros desechos forestales pues miel sobre hojuelas en lo que a energías renovables se refiere. Pero este análisis es puramente ideal.

Lo cierto es que, en la actualidad, algunos grupos ecologistas americanos han emprendido una campaña contra esta forma de combustible a base de biomasa.  Piensan que las industrias que se han establecido en EEUU desde principios de este siglo para generar pélets y vendérselos a los europeos más concienciados con el problema de los combustibles fósiles, se están cargando grandes bosques de las zonas de Carolina del Norte y Florida, sin que exista seguridad en su reposición. Hay que pensar que la producción de estas briquetas en EEUU ha pasado de prácticamente cero, al inicio de este siglo, a millones de toneladas en la actualidad, casi todas destinadas a su exportación a Europa. Incluso hay una empresa alemana (German Pellets) que se radicó en Texas para beneficiarse del tirón alemán en lo tocante al consumo de biomasa y hacer caja. Y algo similar parece estar ocurriendo en Europa en los Montes Cárpatos de Rumania o los parques nacionales de Eslovaquia.

Los problemas que esos grupos ven como preocupantes se centran en dos aspectos. Por un lado, parece estar establecido que incluso aunque plantemos un árbol en sustitución de otro quemado, se necesita un cierto tiempo para que ese nuevo árbol actúe como sumidero del COambiental con la misma eficacia que el eliminado. Y los tiempos que se dan a los árboles nuevos en los sistemas de explotación forestal intensiva antes de eliminarlos (20 años) parecen insuficientes para mantener constante o incrementar esa capacidad como sumideros. Por otro lado, el carbono que captan los bosques no está solo en la estructura de los árboles. Una gran cantidad se acumula en el suelo circundante y su capacidad como sumidero depende mucho del tipo de hojas y otros desechos forestales que en él se acumulen. Si como consecuencia de labores de clareo del bosque eliminamos ramas o árboles enteros, el material del suelo va a estar expuesto a más luz y temperaturas más elevadas, lo que conlleva una mayor actividad de determinados microorganismos que se alimentan de ese suelo, lo que resulta en una mayor liberación del carbono atrapado en él, en forma de CO2. Y para terminar de amargar un poco el día a los decididos partidarios de este tipo de combustible, y esto es tan obvio que no habría ni que decirlo, no os quiero contar las megatoneladas adicionales de CO2 que se emiten como consecuencia del transporte de este combustible ecológico de un lado al otro del Atlántico.

Las críticas a nivel europeo son del mismo tenor. Casi 800 científicos publicaron en enero de 2018 una carta dirigida al Parlamento Europeo contra la Directiva arriba mencionada y ocho significados firmantes de esa colectiva misiva, entre los que se encuentra Jean-Pascal van Ypersele, antiguo vicepresidente del IPCC, han publicado un Comment la semana pasada en la revista Nature Communications, que ha sido el verdadero detonante de la publicación de esta entrada, que tenía medio escrita desde finales de agosto, desde un hotel en Oporto.

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