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Este fin de semana, diversos medios de comunicación se han hecho eco, en mayor o menor medida, de una noticia según la cual los gigantes Coca-Cola y Pepsi-Cola iban a eliminar de sus conocidos productos unos colorantes que se aglutinan bajo la denominación E-150, aditivos que proporcionan a las bebidas mencionadas su tono caramelo característico. El Estado de California, un conocido adalid contra todo lo que huela a Química, ha conseguido, una vez más, que los fabricantes se la cojan con papel de fumar y, ante el hecho de tener, quizás, que añadir en sus latas y botellas una advertencia contra los peligros ligados a beberse una refrescante cola, han preferido eliminar los mencionados colorantes de sus formulaciones en USA.
Los colorantes de caramelo (E-150) tienen cuatro variantes dependiendo del tratamiento que se da al azúcar para convertirlo en caramelo. En algunos casos es simple calentamiento, como en casa, pero en la mayor parte de los casos implica el concurso de sustancias químicas como ácidos, bases, sales tipo sulfato o fosfato, sulfitos, etc. En el llamado Caramelo tipo IV (E-150d) el azúcar es calentado con sulfito amónico o con una mezcla de anhídrido sulfuroso y amoníaco. Es el que se viene usando en bebidas de cola, en el whisky y en la industria alimentaria.
La reacción anteriormente mencionada es una variante de las conocidas reacciones de Maillard, de las que hemos hablado muchas veces en entradas clasificadas en el Blog como Química y Gastronomía. En el caso de este colorante, el azúcar reacciona a alta temperatura con el amoníaco, dando numerosos subproductos, entre los que se encuentran el 2-metil imidazol y el 4-metil imidazol. Este último es el origen de la polémica descrita en la introducción.
Tengo delante de mi el documento presentado el 16 de febrero de 2011 por el Center for Science in the Public Interest, solicitando a la Food and Drug Administration (FDA) la prohibición de los colorantes mencionados en bebidas de cola, por el contenido en los dos imidazoles arriba descritos. Y como en la prensa se han manejado diferentes cantidades de cola ingerida para llegar a niveles peligrosos, voy a usar los datos del mencionado informe para clarificar la situación.
La Tabla de datos a la que se saca mayor partido en el informe, es una que proviene de un estudio llevado a cabo en 2008 y que contiene la incidencia en diversos cánceres en pobres ratas a las que, durante dos largos años, se les hizo ingerir 4-metil imidazol en dosis de 40, 80 y hasta 170 miligramos por kilo de peso y día, para constatar, al final, males sin cuento en pulmones, corazón, páncreas y glándula tiroides, lo cual tampoco es de extrañar.
Sobre la base de ese y otros estudios parecidos, el Estado de California entiende que el 4-metilimidazol es cancerígeno y establece una tasa NSRL (No Significant Risk Level) de 16 microgramos por día en una persona media que pese 70 kilos y viva 70 años. Dos precisiones para ir avanzando. El microgramo empleado como unidad en la tasa NSRL es la milésima parte del miligramo empleado como unidad en la maligna dosis de los ratones. Y la tasa NSRL se define como el nivel de exposición a un producto químico que resulta en no más de un caso en exceso de cáncer sobre una población de 100.000 personas expuesta a dicho producto.
Así que ahora hagamos cuentas. 16 microgramos al día (tasa NSRL) dividido por 70 kilos de peso da una dosis de 0.23 microgramos por kilo y día, 180.000 veces más baja que la menor (40 miligramos por kilo y día) de las suministradas a los sacrificados ratones. Dice el informe al que estamos haciendo referencia que una lata de cola contiene 130 microgramos de metilimidazol, 8 veces más alta que la tasa NSRL que, como veis arriba, implica un riesgo adicional de cáncer casi imposible de medir. Pero mirémoslo por otro lado. Si de nuevo nos fijamos en la dosis de 40 miligramos por kilo y día, la más "suave" de las suministrada a los ratones, podemos calcular que eso supone, en una persona de 70 kilos, meterse 2800 miligramos de metilimidazol al día (¡¡¡casi tres gramos de producto puro!!!!), lo que a base de latas de cola con 130 microgramos en cada lata, implica tener que beberse diariamente más de 21000 latas. En fín, que uno puede morir mucho más fácil de tsunami cocacolero que del imidazol de marras.
Y este tipo de comportamiento está siendo ya demasiado habitual. En 2008, y como consecuencia de la alerta que se produjo en torno a la aparición de acrilamida en ciertos alimentos como las patatas fritas envasadas y otros snacks, el fiscal general de California (¡cómo no!) promovió una ley que obligó, finalmente, a fabricantes como Heinz, Lay y otros a reducir a la mitad el contenido en acrilamida de sus productos. De nuevo, las cantidades de acrilamida de las que estaban hablando no tenían nada que ver con las empleadas con ratas de laboratorio. Y, sobre todo y lo que es más importante, significativas cantidades de acrilamida, derivadas de nuevo de reacciones de Maillard, se producen cuando freímos patatas en casa y tanto más cuanto más doraditas las dejemos (como ya he dicho repetidas veces en este Blog). Pero claro, las patatas fritas caseras, que acompañan los deliciosos huevos de cada quisque, no llevan etiqueta alguna a la que echarle el muerto.
En definitiva, que aunque en términos generales los considero imprescindibles para nuestro bienestar sanitario, estoy un poco harto de estudios epidemiológicos, ligados a productos químicos, que fuerzan el martirio de los ratones hasta límites increíbles, con tal de que salga un cáncer que llevarse al paper en revista de prestigio. Y de neurasténicos californianos que no tienen otra cosa mejor que hacer. Podrían dedicarse a eliminar el vino californiano del mapa americano. Contiene alcohol (etanol) que el cuerpo humano convierte en acetaldehído, un peligroso producto ligado a la cirrosis, la pancreatitis y otros males. Los partidarios de Riojas, Riberas y otras delicias aplaudiríamos el gesto.
Y que quede claro que yo no bebo guarradas color caramelo, como las arriba descritas, más que cuando mi comadrona me las prescribe para solventar algún problema digestivo. Y no estoy muy convencido de que sirva para algo, pero por la paz conyugal un avemaría de cola merece siempre la pena.
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Enrique Gómez Bengoa (entrada invitada)
Breg estaba concentrado en arrancar las últimas moras, las que quedaban escondidas entre las espinas del arbusto. De repente, una rama caída chascó a su espalda, un chasquido fuerte seguido de un gruñido más fuerte aún. Quedó paralizado, sabía perfectamente qué es lo que había detrás, no debía moverse ni hacer el mínimo gesto. Sintió cómo los riñones, mejor dicho, esas glándulas que tenía encima de los riñones, habían empezado a segregar la molécula que, con un poco de suerte, le podría salvar la vida; esa molécula que sus descendientes, 15000 años más tarde, llamarían adrenalina o epinefrina. Notó cómo se inyectaba la adrenalina en su sangre, y empezó a sentir sus efectos, los conocía perfectamente.
El hígado había empezado a movilizar grandes cantidades de glucógeno para disponer de energía rápida; las pupilas se le habían dilatado para tener una mejor visión; se le había parado el sistema digestivo, no iba a sentir el estómago ni las tripas durante un rato; las arterias que regaban los músculos de brazos y piernas se habían ensanchado, ya sentía calor en las manos, le empezaban a sudar; los bronquios se habían abierto, sentía una necesidad imperiosa de respirar fuerte. Por otro lado, el sistema nervioso simpático había tomado el control de su cuerpo, varias neuronas simpáticas a lo largo de su espalda estaban segregando noradrenalina, que le hacía subir la tensión arterial, la sangre golpeaba en sus oídos y en su garganta. La acción violenta de la adrenalina y la noradrenalina había acelerado su corazón, que estaba cogiendo un ritmo imparable, lo podía oír y ese sonido le asustaba aún más. La noradrenalina había entrado en la amígdala cerebral, algunas sinapsis cerebrales habían dejado de producirse. Solo habían pasado unos instantes, pero ya no era capaz de razonar, el pánico se había enganchado en su pecho.
Se oyó gritar a sí mismo y sus piernas empezaron a moverse muy rápido, involuntariamente, por suerte las dos en la misma dirección. Giró la cabeza y vio que el oso, un oso enorme, también había empezado a correr hacia él. Breq corrió, corrió, saltó troncos caídos, esquivó ramas, resbaló y siguió corriendo como solo se puede correr tras una descarga de adrenalina. En condiciones normales no habría corrido tan rápido y habría tenido que parar mucho antes, pero es lo bueno que tienen determinadas moléculas, que te hacen rendir más. En otras circunstancias, 15.000 años más tarde, algún comité de competición habría dado por nula su huída. Volvió de nuevo la cabeza y esta vez no vio nada, en alguno de sus quiebros el animal había desistido. Sin embargo, no podía parar de correr. Se giró de nuevo y solo había árboles, paisaje, nada más. Paró un momento, volvió a correr, volvió a parar, jadeó, miró en todas direcciones. Nada.
Entonces sintió como los niveles de adrenalina descendían, mientras sus neuronas se inundaban de dopamina y serotonina. Empezaban a funcionar de nuevo las sinapsis cerebrales, empezaba a pensar conscientemente, se sentía eufórico. Además, en el interior de su cerebro estaba ocurriendo algo fascinante, gracias a la acción de la dopamina, adrenalina, y noradrenalina millones de nuevas conexiones neuronales se estaban estableciendo instantáneamente, millones de neuronas estaban quedándose definitivamente pegadas entre sí en una nueva red; el recuerdo de lo que acababa de ocurrir se estaba fijando para siempre en su memoria. Ya más tranquilo, pensó en las moras que había estado recogiendo y que, en algún momento de la carrera, había perdido sin darse cuenta. Ya no podía volver a por ellas. Mala suerte, porque pensaba que era un día importante para regalárselas a Lada. A él le gustaba esa chica y a ella le gustaban las moras, qué cosas. Lo tenía todo planeado, iba a ser una bonita tarde de final de verano, y entre el atardecer rojizo y las moras su plan era conseguir encharcarle el cerebro de oxitocina, y feniletilamina y serotonina. Si además acertaba con un roce de pieles en el momento oportuno, ella segregaría encefalinas y endorfinas, y todo ese festival de moléculas no podía fallar, no fallaba nunca.….. Ahora ya no tenía moras, pero volvía con unos cuantos rasguños, y quizá el relato de lo sucedido, o mejor, de lo que no había sucedido le podía dar una segunda oportunidad.
Mientras seguía caminando hacia la cueva pensó de nuevo en la adrenalina. Su hermano Skag había muerto tontamente el año anterior tras picarle unas abejas. Se hinchó y dejó de respirar, anafilaxis. Se habría solucionado con una simple inyección de adrenalina sintética. Pero en el Magdaleniense no existía esa opción. Sin embargo, no todo eran desventajas en aquella época, la adrenalina le había salvado la vida. En el futuro, desprovista de sus funciones de supervivencia, la adrenalina será más una molestia, muy natural, pero molestia al fin y al cabo, ataques de ansiedad, pánico, estrés, una pesada carga que los humanos modernos intentarán aliviar tirándose por barrancos, o en parapente, convirtiéndose en el único animal que pone su vida en peligro voluntariamente, por placer.
A Breg le gustaba pensar en moléculas, era un Illuminati desterrado en el Magdaleniense. Se sentó en una gran piedra, y pensó en la dopamina, una de sus preferidas, y en su precursor sintético, la L-Dopa. Su madre tenía deficiencia de dopamina, lo que le provocaba unos temblores cada vez más evidentes y algo peor, rigidez muscular. Ya no podía viajar más con ellos. Se habría solucionado con dosis de L-Dopa sintética.
En ese momento, una imagen se formó en su mente. Cogió una piedra y dibujó un fragmento de molécula en el suelo, aromático-carbono-carbono-nitrógeno. Había encontrado la clave, la estructura común que comparten la dopamina, adrenalina, serotonina, feniletilamina, encefalina…. y que hace que tengan efectos tan potentes en nuestro organismo. También la psilocibina, sustancia natural, psicoactiva, que se encuentra en las setas de las brujas, esas setas alucinógenas que se pasaba el día comiendo el tonto de su sobrino. Eso era, parecidas estructuras, mismos receptores.
De repente, algo empezó a ir mal, el cielo se oscureció muy rápidamente, o ¿eran sus ojos que se cerraban?.
Cuando el Profesor Alexei Tomarov abrió los ojos y volvió en sí, no entendió nada de lo que estaba ocurriendo. Su corazón se aceleraba y se frenaba, le sudaban las manos. Se miró en un espejo, sus pupilas estaban totalmente dilatadas, sintió miedo. ¿Qué hacía dormido en el laboratorio?. ¿Por qué le perseguía un oso?. Imágenes reales se mezclaban con otras irreales. Entonces vio el vidrio con el polvo blanco que había sintetizado hacía un rato, una molécula llamada anfetamina, y que quizá no debía haber probado. Una estructura molecular se formó en su cabeza, la pintó rápidamente en un papel. Como en una revelación, acababa de encontrar la estructura básica que hace que adrenalina, anfetamina, dopamina, y muchas moléculas más sean capaces de convulsionar el cuerpo humano.
El Profesor Alexei Tomarov nunca existió. Sin embargo, una serie de científicos reales, con historias en algunos casos alucinantes, ha conseguido a lo largo de muchos años desenmascarar la estructura orgánica aromático-carbono-carbono-amina, como una de las estructuras moleculares con efectos más potentes en nuestro organismo; las sustancias que contienen dicha estructura afectan en general a nuestro sistema nervioso central, se unen a los receptores adrenérgicos (adrenalina) y dopaminérgicos (dopamina) y en muchos casos son psicoactivas. Algunos de estos científicos con historias reales fueron el polaco Napoleon Cybulski que en 1895 consiguió los primeros extractos suprarrenales que contenían adrenalina. Stolz y Dakin, que de forma independiente sintetizaron adrenalina por primera vez en 1904. Barger y Ewens, que sintetizaron dopamina por primera vez en 1910. El sueco Arvid Carlsson, que obtuvo el Premio Nobel al identificar la dopamina como el neurotransmisor implicado en la enfermedad de Parkinson. William Knowles, premio Nobel por sus trabajos en la síntesis de la L-Dopa, fármaco que atenúa los síntomas del Parkinson. Gregorio Marañón, médico que inyectó adrenalina a sus pacientes para medir la ansiedad que experimentaban… y muchos cientos de científicos más.
Quizá la historia del Profesor Tomarov se parezca a las historias reales de dos científicos: La del químico suizo Albert Hofmann, que el 16 de abril de 1943 descubrió accidentalmente las propiedades alucinógenas y psicodélicas del LSD. Hofmann acababa de sintetizarlo, y cuando lo estaba recristalizando, se vio obligado a interrumpir su trabajo, según escribió en su cuaderno “afectado por un estado parecido al sueño, mientras percibía con los ojos cerrados un flujo ininterrumpido de dibujos fantásticos y de intensas formas caleidoscópicas”.
Y la del polémico químico y farmacéutico de origen ruso Alexander Shulgin que popularizó el éxtasis (MDMA, metilendioxianfetamina) en los años setenta. El éxtasis había sido sintetizado accidentalmente en 1912 en la farmacéutica alemana Merck, pero se consideró inservible. Shulgin hizo durante los años setenta un inventario de sustancias psicotrópicas, probando una a una todas las moléculas con posibles efectos alucinógenos. Entre ellas había muchos derivados sintéticos de la anfetamina, y otros productos naturales como la mescalina del cactus peyote (derivada de la dopamina), la psilocibina de los hongos (derivada de la triptamina) o el DMT, el alucinógeno más potente que existe, producto natural presente en la Ayahuasca de los indígenas peruanos. Todos ellos, así como el LSD, contienen la estructura mágica objeto de este relato.
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Es ya tiempo de difundir uno de los secretos mejor guardados del titular de este Blog, sólo conocido por los más íntimos. Desde hace más de dos años, he pasado de vivir en pareja a vivir en trío. Además de la comadrona que me acompaña desde hace décadas, comparto ahora techo con una perrita de poco más de dos kilos y medio. A veces también comparto cama, pero es una situación excepcional porque a pesar de sus genes, originarios del más estricto Neguri, el animalito tiene otros, de tipo contestatario e independentista, que le inducen a buscar sus propios sitios de reposo en los lugares más recónditos de nuestra casa.
Lo cierto es que ya nada ha sido como era desde que la perrita, con rimbonbante nombre de estrella de cine, ha recalado en nuestro nido. Aunque tampoco voy a dar muchos más detalles íntimos, fuera de los conocidos por todos los propietarios de perros en cuanto a obligaciones que uno se adjudica (o le adjudican), una vez que decide tener un can por compañero. Por ejemplo, el tener que darle de comer a sus horas. En nuestro caso, su dueña es firme partidaria de mantener una dieta estricta, basada en esos preparados secos en forma de bolitas que constituyen un pingüe negocio para sus fabricantes. El Búho, que como sabeis es partidario de la cocina de temporada, procura suavizar lo aburrido de un tipo de dieta como la que le imponen al pobre bicho, compartiendo su comida con ella aunque, eso si, en las dosis adecuadas a su menguado tamaño. Y en esa dieta se incluía, de cuando en cuando, el chocolate que me priva.
Hasta el pasado jueves, cuando se produjo una situación que muchos pensarán que es un recurso literario inventado para llenar una entrada más. Pero juro por mis muertos, cuya nómina se incrementó la semana pasada con el indómito Pacorro (mi tío), que la cosa fué como la voy a contar.
Ese día Enrique G. Bengoa, un colega de la Facul, había estado incordiando a sus estudiantes de Química Orgánica proponiéndoles, a través de esa red social que se llama Twitter, una serie de características de una molécula orgánica que debían adivinar para llevarse así algún premio en especie académica (¡toma Bolonia!). Bajo la denominación de "molécula lobo con piel de cordero", @HenryBengoaweb (su nick en Twitter) introducía una serie de pistas, como que nuestras papilas gustativas la conocen bien, aunque es bastante tóxica, particularmente para animales como los perros o caballos, que se encuentra en el chocolate....
La respuesta correcta es la teobromina, una de las sustancias que se encuentra en el cacao y, por ende, en el chocolate. Un alcaloide, de la familia de las xantinas, de sabor amargo y que puede llegar a constituir hasta el 4% del cacao. Una molécula casi idéntica, excepto en detalles sólo propios de químicos, a la de la cafeína que, igualmente, se encuentra en el cacao. En un trozo de unos 50 gramos (las tabletas normales pueden tener entre 100 y 150 gramos) de ese chocolate negro (99% de cacao) que ahora se ha puesto de moda, hay unos 210 miligramos de teobromina y 22 de cafeína, mientras que en un clásico chocolate con leche las cantidades son del orden de 70 y 8 miligramos, respectivamente. Teobromina y cafeína estimulan el sistema nervioso central, siendo la cafeína diez veces más potente en ese sentido, aunque, claro está, ese efecto se ve compensado, en el caso del chocolate, por la mayor concentración de la primera.
No parece que se hayan dado muertes por teobromina en adictos al chocolate aunque, si uno revisa la Tabla de Dosis Letales, LD50, lo que significa la dosis que mataría al 50% de un colectivo de ratones, se encuentra con que la teobromina tiene un valor de 1 gramo por kilogramo de peso del finado. Lo cual implica que una persona de 70 kilos tendría que ingerir el equivalente a 70 gramos de teobromina o, lo que es igual, unos 1800 gramos del chocolate negro arriba mencionado (unas 15 o 18 tabletas), para tener un 50% de posibilidades de morirse del atracón chocolatero. Una barbaridad, como es obvio, pero ahí está la linea roja para chocolateadictos. Sin embargo, algunos animales, como los perros, metabolizan muy lentamente la teobromina, lo que puede causar que el equivalente a solo media tableta sea suficiente para matar a un pequeño perro como el nuestro.
Y todo esto se acumulaba mientras yo seguía online los tuits de @HenryBengoaweb y la dueña de la perrita leía un libro titulado "100 ideas falsas sobre los perros" y me preguntaba si sabía lo peligroso que es darles chocolate a los perros de pequeño tamaño.
Me parece que el pobre bicho se ha quedado sin una de sus delikatessen..
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En una entrada fechada en julio del pasado verano, dejé clara mi opinión sobre la mayoría de los productos que pueblan los escaparates de las farmacias que, como dice mi hermana (una boticaria de Hospital), al final será imposible distinguirlas de las parafarmacias o, lo que es peor, de las tiendas de productos naturistas. Para redondear el trabajo, en uno de los comentarios de esa misma entrada, el amigo Orges, autor de la colosal lamargaritaseagita, remachaba mis asertos, viniendo a decir que el único efecto de estos productos "milagro" es hacernos "mear caro".
En la foto que decora esta entrada podeis ver un envase del famoso Revidox. Una capsulita roja diaria y, en poco tiempo, volvemos a la infancia y, si seguimos con el tratamiento, tendremos la eterna juventud a nuestro alcance. La base del producto (que no medicamento) es el conocido resveratrol, un antioxidante contenido en las uvas del vino. Si pinchais en la foto vereis un pomposo anuncio, según el cual el resveratrol del Revidox es el "único obtenido bajo exclusivo procedimiento patentado por el CSIC" (Consejo Superior de Investigaciones Científicas). Puro marketing de nuevo, que podría explicar en más detalle gracias a lo que aprendí en su día en una entrada del Blog Fuente de la Eterna Juventud que escribe Manuel Collado, un investigador del CNIO que sabe lo suyo sobre esto de envejecer y las formas de paliarlo. Así que sobran los comentarios de un advenedizo al campo como el Búho.
A lo que yo voy a referirme en esta entrada es a lo revueltas que andan estos días las redes sociales anglosajonas, al haberse descubierto un nuevo episodio de Bad Science. Yo he sabido de ello, una vez más, gracias a las alertas del Blog del Dave Bradley cuyo link veis a la derecha. Resulta que la Universidad de Connecticut publicó, a mediados de enero, una nota de prensa en la que denunciaba los turbios manejos de uno de los miembros de la Institución, un tal D.H. Das, Director del Centro de Investigaciones Cardiovasculares de la UConn. Despues de andar con la mosca detrás de la oreja durante un tiempo y revisar la labor del personaje durante los últimos siete años, la comisión designada al efecto llegó a la conclusión de que muchos de los artículos científicos publicados por Dr. Das eran pura patraña. La propia Universidad ha trasladado sus pesquisas a once prestigiosas revistas que habían publicado los resultados del mencionado investigador y su equipo, para que procedan a eliminar esos artículos de sus publicaciones.
La UConn, como no podía ser de otra manera, es críptica en su comunicado y no da muchos más detalles sobre el campo de investigación del sospechoso. Pero el propio Dave Bradley nos redirige al blog In the Pipeline de Derek Lowe, que ha seguido la pista al asunto con más intensidad. Y ha llegado a conocer que el Dr. Das tenía una larga tradición de pingües negocios con una empresa dedicada a suplementos dietéticos a base de resveratrol. Y, qué casualidad, muchos de los papers en cuestión tratan sobre supuestos buenos resultados de esos preparados.
Voy a contar todo esto a la farmaceútica de debajo de casa, que tenía hasta hace poco un anuncio como el de arriba. Por si no me lee...
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Las cosas no están para tirar cohetes en ningún ámbito. Y tampoco en el que yo me muevo. Congelaciones salariales hasta para las becas más modestas, recortes en fondos destinados a la investigación.... Todo predispone a un clima de desaliento que parece ahondarse en el día a día. En el caso concreto de la Química, hemos pasado (y seguiremos pasando) años oscuros, en los que han confluido un creciente desapego por estudios complicados, como los relacionados con la Ciencia y la Tecnología, con una percepción social de que los que nos dedicamos a la Química estamos vendidos a los intereses de las grandes empresas y que, fundamentalmente, nos dedicamos a envenenar a nuestros conciudadanos con malignas moléculas sin cuento.
Pero todo en esta vida tiene algo de comportamiento parecido al de la Bolsa. Y no hay bajada brusca (con soporte) sin subida descarada (con resistencia), ni al revés. Aunque ahora parece que a químicos y otros locos similares nos toca lo primero y a algunas "estrellas" rimbombantes del espectro universitario de los últimos años les han llegado las horas bajas.
La gráfica que veis al principio de la entrada se refiere a los estudiantes de Química en la Gran Bretaña en los últimos años. Como veis, ha habido una subida evidente en los dos últimos años, años "negros" por otro lado, en términos generales. Y aunque las solicitudes previas para cursar Química en el curso 2012/13 han caído un 0,4% con relación al año anterior (han sido casi 24.000 solicitudes que incluyen a la Química en diferente orden de prelación), todo parece indicar que los que, finalmente, comiencen en setiembre andarán en torno a los 4.500 estudiantes, más o menos los mismos que el pasado curso.
El dato es francamente interesante, sobre todo si se tiene en cuenta que el Gobierno inglés ya ha anunciado un incremento brutal en las tasas (tuition fees), que va desde las 3000 libras/año del presente curso a las 9000 del próximo. Ante ese anuncio, las autoridades académicas se temían lo peor y, de hecho, así ha sido en la mayoría de los estudios universitarios, cuyas solicitudes previas han caído una media del 9% y, en algunos casos, como el de los estudios relacionados con algunas ciencias sociales, el agujero se ha profundizado hasta un 15%.
Comentando la noticia, que hoy publica la Royal Society of Chemistry inglesa en su boletín digital Chemistry World, uno de sus portavoces ha comentado que estas cifras de la Química "muestran la aceptación que entre los estudiantes parecen tener las propuestas rigurosas y prometedoras que se les están haciendo desde las Ciencias en general y desde la Química en particular".
Pues nada, que cunda el ejemplo. Nosotros también llevamos dos años de crecimiento incipiente. Esperemos que siga... Aunque mientras redactaba esta entrada me ha llegado un tuit de mi admirado Dave Bradley con la noticia de que el gigante farmaceútico Astra Zeneca ha decidido prescindir de casi 8000 de sus trabajadores de aquí a 2014, de los que 2200 pertenecen al area de investigación y desarrollo.
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