martes, 16 de mayo de 2017

Un artículo en Campusa

Varias veces he dicho que este blog no deja de ser mi diario encubierto. A través de él, los que me leen habitualmente saben muchas cosas de mi vida cotidiana y personal, de mis fobias y filias, han seguido de alguna forma mi vida académica y, en ciertas ocasiones, hasta mi salud. Por eso, no es de extrañar que, en algunas entradas, haya reproducido colaboraciones con ciertos medios o participaciones en conferencias y Cursos. Y hoy toca con algo similar.

La revista Campusa es una publicación digital de la que ha sido mi Universidad hasta hace pocos meses. Institución de la que no reniego (aunque algunos de mis viejos colegas me lo hayan echado en cara) y, por eso, acepté la invitación de Pedro Ugarte, Responsable de Comunicación de la UPV/EHU, para escribir algo sobre mi visión personal de lo que actualmente se cuece en torno a los plásticos.

Los seguidores habituales de este Blog no se encontrarán con nada nuevo. No en vano, en la categoría Polímeros que puede elegirse en la Clasificación de las entradas por temas y que aparece a la derecha de la página, hay casi ciento veinte entradas dedicadas a los plásticos y similares. Es cierto que en el artículo para Campusa hablo sobre la contaminación por microplásticos del agua de mar, un tema del que he acumulado mucha información pero del que todavía no he escrito nada, fundamentalmente porque aún no tengo muy claro qué es real y qué es puro catastrofismo (que ahora mola mucho).

En cualquier caso, podéis leer el artículo en Campusa si picáis aquí. Y no dejéis de picar que os conozco.

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martes, 2 de mayo de 2017

Urea, vitalismo y homeopatía

Dice una amiga mía que tengo una cierta fijación con la orina. Que si la concentración de clembuterol en el pis de Contador, que si lo que pasa con los que mean en las piscinas, que si fabrico píldoras homeopáticas a partir de mi propia orina en algunas charlas y me las tomo. Pues si no quiere taza, taza y media. De nuevo, vamos a tomar como punto de referencia la orina y acabaremos....en la homeopatía.

El componente orgánico más importante de la orina de los mamíferos es la urea, resultado de la ruptura de las cadenas de aminoácidos que constituyen las proteínas. Un adulto humano excreta (en la orina) diariamente unos 35 gramos de urea que, a medida que se vuelve “añeja”, nos deleita con el penetrante olor a amoníaco de los váteres poco limpios, producto de la acción de microorganismos sobre dicha urea. La urea fue aislada en 1773 por Hilaire Rouelle, una época en la que se creía que sustancias como ella, generadas por los organismos vivos, nunca podrían ser obtenidas en un laboratorio al necesitar para su síntesis el concurso de un extra de carácter divino, la llamada fuerza o energía vital. El concepto, que data de la época anterior a la Revolución Francesa, se puede resumir de forma relativamente fácil. La naturaleza genera los compuestos orgánicos (entendidos en la acepción de aquella época como los que se daban en los seres vivos) a partir de materiales inorgánicos como el carbono, el oxígeno, etc. Los químicos no podrían hacerlo, sólo podrían degradarlos, diseccionarlos. Podrían comprobar, por ejemplo, que el azúcar tiene carbono, hidrógeno y oxígeno en ciertas proporciones pero ello no implica que pudieran obtener azúcar a partir de sus ingredientes. Necesitaríamos, inexcusablemente, el soplo de la fuerza vital. Ese tipo de conclusiones se derivan de los postulados de una doctrina filosófica, entonces imperante, denominada vitalismo. Cuando esa fuerza vital desaparece, el ser vivo se transforma en algo inanimado.

Friedrich Wöhler, fue uno de los químicos más distinguidos de las primeras décadas del siglo XIX. Han quedado para la historia de la Química sus trabajos sobre los cianatos, un grupo de sales de las que sintetizó, por primera vez, varias. En 1827 o 1828 Wöhler andaba tratando de sintetizar una más, el cianato amónico. Wöhler lo obtuvo haciendo reaccionar cianato de plata con cloruro amónico, dos sustancias que no se encuentran en los seres vivos. Pero, en las condiciones húmedas de la reacción, el cianato final se le transformó en urea, una sustancia que tiene exactamente la misma fórmula que el cianato amónico pero donde los átomos implicados se ordenan de forma diferente. Wöhler la identificó enseguida y envió un mensaje a Berzelius, otro químico representativo de la época y su mentor, en la que, con sorpresa no exenta de una cierta culpabilidad, le manifestaba que "No puedo dominar mi incontinencia química, y debo contarle que puedo fabricar (sintetizar) urea sin necesidad de riñones o de un animal, sea humano o perro..".

Considerada desde la óptica de hoy en día la síntesis de la urea por Wöhler es una reacción trivial y no hubiera pasado a la historia con tantos honores si no fuera por el hecho de implicar la ruptura total con algo que parecía intocable. Había preparado una sustancia, hasta entonces conocida como derivado de organismos vivos, a partir de sustancias inorgánicas, sin el concurso de la fuerza vital que, aparentemente, sólo estaba reservada a Dios. Dicen muchos textos que esa reacción química fue el inicio del fin del vitalismo como doctrina filosófica, aunque las resistencias de los partidarios del concepto de fuerza vital, como los de cualquier teoría, cuanto más si están ligadas a algún oscuro concepto religioso, fueron difíciles de vencer. El propio Berzelius, de mentalidad científica inusual para su época, no abandonó el concepto de fuerza vital mientras estuvo vivo (murió en 1848). Sin embargo, los siguientes años vieron la acumulación de más y más sustancias hasta entonces tenidas por puramente “orgánicas”, como fue el caso del ácido acético (vinagre) sintetizado por Kolbe.

Sin embargo, el concepto de fuerza o energía vital subsiste hoy en día en muchas medicinas alternativas (como el prana de la medicina ayurvédica o el propio reiki del japonés Mikao Usui) y, en lo que aquí interesa, en la homeopatía. Como bien se sabe y por aquí ya hemos contado, la homeopatía se basan en lo establecido por Samuel Hahnemann en los mismos años de los que estamos hablando. Hahnemann se adhirió a las ideas del vitalismo imperante cuando ya había desarrollado los dos principios básicos de su método de curar. Según el primero de ellos, el principio de la similitud, una sustancia que produce unos determinados síntomas en un paciente sano, debe de curar una enfermedad con los mismos síntomas en un paciente enfermo. El segundo de los principios o principio de la dosis mínima (o de los infinitesimales) surgió como consecuencia de que cuando Hahnemann empezó a experimentar con sustancias productoras de síntomas, enseguida sufrió las consecuencias de emplear concentraciones lo suficientemente altas como para producirle efectos indeseables. Aplicó pues la reducción progresiva de las dosis de los medicamentos mediante su dilución, buscando evitar así esos efectos. Pero como era lógico esperar desde nuestra perspectiva actual, esa reducción de dosis conllevaba, junto a la reducción de su toxicidad, una reducción de su poder medicinal.

Aquí, al genio creador de Hahnemann se le ocurrió utilizar otra técnica en la preparación de los medicamentos, la llamada dinamización por sacudimiento manual de cada dilución progresiva....El sorprendente resultado que pudo obtener fue que las sustancias medicinales así dinamizadas mantenían la reducción de su toxicidad (debido a la dilución) pero, en cambio, no solo no se reducía su poder medicinal, sino que, al contrario, este aumentaba ostensiblemente.

Cuando Hahnemann conoció el vitalismo, formuló una hipótesis que trataba de explicar sus dos sorprendentes principios. La hipótesis era que el poder medicinal desarrollado por las sustancias mediante los procedimientos de repetidas diluciones y dinamizaciones (potenciación) estaba en relación con un factor inmaterial, la energía o fuerza vital de la sustancia, que no respondía a las leyes de la química conocida hasta ese momento. A partir de esa hipótesis dedujo, de forma lógica, que si los medicamentos diluidos y dinamizados actuaban a ese nivel inmaterial, sutil, energético, no químico, y producían curaciones, el nivel de la enfermedad en el cual actúa el medicamento homeopático potenciado debía ser también de orden inmaterial, dinámico, energético. Y a este nivel de la estructura del organismo humano, que se puede modificar mediante medicamentos potenciados, no sujetos a las leyes químicas, le llamo energía o fuerza vital. Deduciendo que si el uso de unos medicamentos así preparados eran capaces de curar enfermedades de todo tipo, era porque el origen de la enfermedad se encontraba a ese nivel sutil.... Tanto la enfermedad como la curación debían seguir los mismos caminos. Si la curación empezaba por un efecto medicinal a nivel de la fuerza vital, era porque la enfermedad también debía haber empezado a ese mismo nivel, como una "desafinación" o desajuste de dicha fuerza vital.

Aviso para lectores despistados: Los párrafos precedentes en cursiva no son fruto del sesgo antihomeopatía de este vuestro Búho. Los he tomado de un artículo publicado por el médico homeópata mallorquín Isidre Lara en la Revista Médica de Homeopatía en el año 2009 [Rev Med Homeopat. 2009; 2(1): 25-30]. Y sólo haría una matización al último párrafo. De lo escrito parece claro que Hahnemann creía que sus preparaciones por dilución y repetidas sacudidas extraían del principio activo una fuerza o energía vital que no se perdía con las sucesivas diluciones, sino que se potenciaba y era capaz de interaccionar con la del enfermo y curarle. Hay en este argumento un "pequeño" problema: la mayoría de las sustancias que se emplean como punto de partida para los preparados homeopáticos son plantas muertas o sustancias inorgánicas como el arsénico o el fosfato cálcico. En tanto que inanimadas, su fuerza o energía vital debe andar perdida en el cosmos.

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miércoles, 26 de abril de 2017

Orugas que comen polietileno

A principios del pasado diciembre, os hablaba de ciertas larvas capaces de devorar poliestireno expandido, esa especie de corcho blanco y ligero que se usa en muchos envases para proteger el contenido de los mismos. Ahora y gracias a dos amigos y lectores del Blog, tengo material muy reciente (de ayer y anteayer) para poder contar otra historia sobre orugas que comen polietileno, el material que, entre otras cosas, se emplea para fabricar las bolsas de basura que aparecen a la izquierda y que están siendo objeto de una persecución que, en mi opinión, es un tanto desmesurada. Sobre ello ya hablé hace tiempo (2008) aquí y, por el momento, no veo muchas razones para retractarme de lo entonces escrito.

Federica Bertocchini es una investigadora de un Instituto de Investigación del CSIC radicado en Cantabria. Es una apicultora aficionada y de su pasión por la apicultura extrajo una idea que ha dado lugar a los resultados que voy a comentar, publicados el pasado lunes en una revista científica [Current Biology 27, R283, (2017)]. Las orugas de la polilla de la cera son un problema para apicultores como Federica porque, literalmente, atacan las colmenas para comerse la cera de las mismas (uno más de los muchos problemas de las pobres abejas). El caso es que un día andaba limpiando de orugas sus colmenas, metiéndolas en bolsas de plástico para deshacerse de ellas, y comprobó que se le escapaban de las mismas tras comerse el polietileno y llenarlas de agujeros.

Así que se puso manos a la obra con gentes de la Universidad de Cambridge y, en el trabajo antes mencionado, ella y dos colegas ingleses vienen a demostrar que, efectivamente, cien orugas mastican y digieren el polietileno a un ritmo de 92 miligramos por cada 12 horas. El trabajo explica el posible comportamiento de las orugas ante el polietileno sobre la base de que la cera y este plástico son muy parecidos en términos de estructura química: cadenas medianamente largas de grupos -CH2- en el caso de las ceras y cadenas mucho más largas de las mismas unidades en el caso del polietileno. Aunque, como dice mi amigo Sebastián (que de esto sabe un rato), en el segundo de los comentarios abajo, la cosa puede ser diferente dependiendo del tamaño de la cadena. En cualquier caso, parece que en ambas situaciones, las orugas parecen disponer de algún mecanismo por el que son capaces de romper los enlaces entre esos grupos y digerir uno y otro producto. No tienen claro los autores, sin embargo, si el tracto intestinal de las orugas contiene bacterias capaces de actuar contra el polietileno y/o si existen enzimas específicas que facilitan esa digestión. En una entrevista que he visto en YouTube, Federica dice que ese va a ser el siguiente paso en su investigación.

Como en esto de las noticias atractivas el que no corre vuela, hoy mismo, Philip Ball, un conocido divulgador científico británico se hacía eco en The Guardian sobre la publicación del trabajo arriba mencionado y ponía en contexto los fríos datos del mismo. Al ritmo de los miligramos consumidos por 100 orugas, la cantidad de ellas que necesitaríamos para librarnos de la ingente cantidad de residuos de polietileno sería también desmesurada y podríamos provocar un importante problema ambiental. Sería muy difícil controlar las orugas en espacios estrictamente cerrados y las abejas iban a sufrir las consecuencias. Como ejemplo de los males de este tipo de arma biológica, Ball recuerda los devastadores efectos en Australia del llamado sapo de caña que se introdujo para controlar algunas plagas en cosechas y ahora se ha convertido él mismo en una plaga, cargándose una parte importante de la fauna australiana.

Pero Ball no echa en saco roto los resultados del trabajo y propone como solución menos peligrosa el identificar las bacterias y enzimas responsables de la digestión (como también sugería la Bertocchini), mucho más manejables a la hora de conseguir la degradación del material. Algo que también sería posible en el caso de las larvas que comían poliestireno expandido de mi entrada de diciembre. Como allí se decía al final, sigan atentos al asunto en sus pantallas. La cosa promete.

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jueves, 20 de abril de 2017

Del parabrisas a una alfombra

La historia de los coches, con la morfología con la que hoy los conocemos, tiene menos de cien años. En los primeros artefactos que podemos llamar automóviles, las personas iban al aire libre, cual turista en calesa por Sevilla, tirada por caballos autóctonos. Sólo cuando las velocidades fueron siendo progresivamente más altas (¡angelicos!), fue necesario poner al menos un parabrisas delantero para proteger a los arriesgados automovilistas del impacto de cualquier objeto, mosquito o similar. Una posible alternativa, como habréis visto en el cine, era calzarse un casco y unas gafas. En 1910, Cadillac introdujo el habitáculo cerrado y, a partir de entonces, el uso de vidrio, tanto en la parte delantera como en la trasera o en las ventanillas, se fue imponiendo a lo largo de la segunda decena del siglo XX. Pero la historia del empleo del vidrio en el automóvil tiene un recorrido bastante más largo y, en su desarrollo, un plástico poco habitual ha jugado un papel fundamental y poco conocido.

Cuando el uso del automóvil se fue popularizando y el tráfico se fue incrementando, también lo fueron haciendo los accidentes. Y muchos de los heridos de aquella época lo eran como resultado de la rotura de las sencillas láminas de vidrio que entonces se empleaban en frontales y ventanas. Una lámina de vidrio templado de las de entonces se rompe ante cualquier impacto mediano. Y sus fragmentos son afilados cuchillos dispuestos a clavarse en los viajeros.

Se dice que un accidente de este tipo, ocurrido a un allegado de Henry Ford, fue el causante de que su ya boyante empresa comenzara a investigar la forma de evitar el problema. Hacia 1929, todos los productos de esa firma llevaban lo que ya entonces se denominó vidrio laminado, un concepto que surgió por chiripa (¡uno más!) cuando un científico francés, de nombre Edouard Benedictus, descubrió que un frasco de laboratorio, que se había caído accidentalmente al suelo, se había roto pero no se había hecho trizas. Y ello era así por contener en sus paredes interiores un depósito en forma de filme de un derivado de celulosa. Dicho filme se había depositado sobre ellas al evaporarse una disolución del mismo. El efecto en ese caso, ante un impacto, es similar a si forramos las paredes interiores de un vaso con cinta adhesiva y luego le damos un martillazo.

Con esa idea en mente, los primeros parabrisas laminados eran dos láminas de vídrio templado que formaban un sandwich en cuyo interior se albergaba un filme delgado y transparente de acetato de celulosa, un polímero semisintético que se obtiene por modificación química de las mismas fibras de celulosa que forman el papel. Pero enseguida se desecharon estos filmes porque amarilleaban muy pronto al estar expuestos de forma prologada a los rayos UV de la luz del sol. En los años treinta irrumpe el protagonista de esta historia, el polivinil butiral (PVB), un polímero obtenido a partir del poliacetato de vinilo, otro plástico muy conocido. Este nuevo invento no amarilleaba y además su índice de refracción es muy similar al del vidrio lo que hacía que no fueran visibles las superficies interiores de contacto entre el vidrio y el PVB. Por otro lado, el conjunto de las dos capas de vidrio (con el polímero en el interior) mostraba una extraordinaria resistencia a romperse y, en cualquier caso, la rotura no ocasionaba que los trozos de vidrio se convirtieran en acerados proyectiles para los pasajeros.

En años posteriores se ha avanzado bastante en los tratamientos térmicos de los vidrios para conferirles mejores propiedades mecánicas y mayor moldeabilidad para generar formas curvas. Pero en el interior de esos vidrios siempre está el invisible guardian de su integridad, confiriendo al conjunto unas prestaciones increíbles como puede verse en este vídeo.

El polivinil butiral (PVB) es un material relativamente caro por lo que, a los niveles de producción automovilística que nos encontramos, podría dar lugar a una floreciente industria de reciclado de este polímero, una vez que se eliminan las capas de vidrio que lo encierran, lo cual se hace rompiéndolas. Y así me pareció a mí cuando en 2008 escribí una primera entrada sobre este polímero. Pero han pasado muchos años y no parece que sea fácil eliminar la totalidad de los fragmentos de vidrio que se entrelazan con el plástico. Aunque he encontrado una multinacional inglesa que parece haberlo conseguido, reutilizándolo como adhesivo para una de las capas que conforman unas losetas de alfombra destinadas a todo tipo de revestimiento.

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lunes, 20 de marzo de 2017

Ollas de alta y baja temperatura

Durante muchos años he dado un curso completo de Termodinámica a alumnos de 2º Curso de Química. Una materia compleja, donde pueden aparecer conceptos abstractos difíciles de transmitir a gentes que comienzan la veintena, como la entropía. O con algo de aparato matemático que proporciona una cierta incomodidad a un estudiante medio. Pero también con temáticas muy próximas a la vida corriente de los ciudadanos, como es el caso de los cambios de estado de una sustancia pura. O dicho para que me entiendan hasta los de Letras, lo que ocurre cuando sacamos un pedazo de hielo del congelador y lo calentamos hasta que se convierte solo en agua líquida (fusión del hielo). Y lo que posteriormente pasa si seguimos calentando hasta que ese agua líquida se pone a hervir, proporcionando vapor de agua (ebullición del agua). Fusión y ebullición son dos cambios de estado de las sustancias químicas, incluida la que llamamos agua.

Y en la explicación de estos fenómenos (y otros), si es posible, siempre he procurado meter algún ejemplo relacionado con la cocina y el bien comer o beber. Porque, no en vano, cocinar es lo más parecido a hacer Química en un laboratorio que se puede ofrecer a un estudiante al que queremos atraer a esta Ciencia central de nuestras vidas. Igual que en un laboratorio, partimos de una serie de materias primas (o "reactivos") como el agua, la sal, alimentos ricos en proteínas, grasas, o carbohidratos amén de todo un rosario de pequeñas cantidades de otras cosas como colorantes, sustancias aromáticas, picantes... Usamos procedimientos físicos parecidos a los del laboratorio como calentar, agitar, extraer, filtrar, triturar.... Controlamos el tiempo de "reacción" y, dentro de ciertos límites, controlamos variables como la temperatura o la presión, de las que hablaremos en esta entrada. Finalmente, obtenemos unos productos de "reacción" (lo que nos vamos a comer) que son sustancialmente diferentes a los productos de partida, tanto químicamente como, y por ello, en propiedades ligadas a los sentidos implicados en el placer de comer.

Cuando un puchero cualquiera se llena de agua, se pone al fuego sin tapa y metemos un termómetro dentro del agua, observamos que la temperatura de esta va subiendo hasta alcanzar un valor singular que puede variar algo en función del agua utilizada, de la altura con respecto al nivel del mar a la que nos encontremos o de lo bien o mal calibrado que esté el termómetro. Pero, oficialmente, a una temperatura no muy lejos de los 100 ºC aquello rompe a hervir y del puchero sale vapor de agua de forma tumultuosa. Mientras quede agua en el puchero, el calor que suministra nuestro fuego se empleará, única y exclusivamente, en que más agua líquida se convierta en vapor de agua, pero el agua remanente en el puchero no cambiará de temperatura a pesar de los continuos aportes de calor que antes sirvieron para hacerle cambiar esa propiedad.

No se cuántos de los cocinillas que me leen han caído en la cuenta de que esa propiedad del agua, hervir a una temperatura constante, es la base de un eficiente control de los procesos de cocción de nuestros alimentos. Esa constancia en la temperatura, mientras el agua hierve, nos permite usar el tiempo de cocción como la única variable a controlar y dejar el puchero en el fuego durante el tiempo que la experiencia nos haya dictado como más conveniente para que unos garbanzos se vayan haciendo tranquilamente. Si la temperatura no fuera constante, la cosa sería más complicada de controlar.

El agua puede hervir a otras temperaturas más elevadas. Por ejemplo, aguas con sal añadida pueden hervir a temperaturas algo más altas pero si no queremos destrozar lo que cocinamos con demasiada sal, ello no redundará en la reducción del tiempo de cocción de los mencionados garbanzos. Si queremos acelerar el proceso por aquello de las prisas de la vida moderna, necesitamos una olla a presión como la de la foto de arriba. Ya sé que ahora hay más sofisticadas pero, cuando yo he explicado estas cosas en mis clases, siempre me ha parecido más didáctico referirme a la que yo llamo olla con pitorro. O, lo que es lo mismo, una cazuela que se cierra con una tapa bien anclada por aquello de la presión que finalmente va a soportar y que, en esa tapa, tiene un pitorro que puede taparse con un tapón cilíndrico relativamente pesado que, a su vez, tiene unos orificios laterales y, además, puede girar cual peonza en torno al pitorro.

Cuando con la olla cerrada empezamos a calentar el agua, la temperatura va subiendo hasta que se alcanza el punto de ebullición del agua, los famosos 100 ºC. Si el pitorro estuviera sin el tapón, veríamos salir vapor de agua por él de manera bastante violenta. Pero, con el tapón puesto, el vapor de agua se encuentra atrapado dentro y lo que ocurre es que la presión empieza a subir en el interior de la olla. Cuando esa presión sube, el agua ya no hierve a los cien grados de rigor sino a temperaturas tanto más altas cuanto más alta sea la presión que se alcance en el interior. En nuestra olla, llega un momento en el que esa presión hace la fuerza suficiente como para que el vapor que quiere salir sea capaz de mover el tapón y empezar a salir por los orificios laterales del mismo. En ese momento llegamos a una situación similar a hervir agua sin tapón. Mientras el tapón gira como loco y el vapor sale, la presión dentro se mantiene constante y entonces el agua hierve a una temperatura también constante pero más alta que cien grados. De hecho, muchas ollas convencionales trabajan a presiones internas iguales al doble de la presión atmosférica y, en ellas, el agua hierve a 120 grados. Lo que permite rebajar sustancialmente los tiempos de cocción.

Pero cocinar a altas temperaturas tiene sus inconvenientes. Por ejemplo, legumbres como las alubias, lentejas o garbanzos se acaban rompiendo (no os perdáis esta vieja entrada), algo que no gusta mucho a los que nos las venden en frascos de cristal, donde se busca que el producto aparezca en toda su integridad. La solución se conoce desde hace tiempo y no es sino bajar la temperatura de cocción hasta valores entre 80-90 ºC, aumentando, eso si, los tiempos de cocción. Pero, ¿cómo conseguimos tener un puchero en el que cuecen alubias a una temperatura inferior a 100 ºC de forma constante?. Podemos, por ejemplo, subirnos a una montaña. Por cada 150 metros que subamos, el agua hervirá a medio grado menos, con lo que a 3000 metros, nuestro puchero hervirá a 90 grados. Pero es una solución "incómoda". Si lo queremos conseguir en nuestra casa, hay una posible solución. El truco suele denominarse "asustar a las alubias" y consiste en pequeñas y continuas adiciones de agua fría al puchero para que la temperatura no suba de la que hayamos elegido como óptima para nuestro preparado. Pero mantener así la temperatura con la misma mínima variación que ocurre cuando el agua hierve normalmente, exige que la adición vaya acompañada de una continua atención y de un termómetro permanentemente introducido en el agua.

Hace poco me preguntaron si yo sabía lo que era una olla lenta. ¡Casi me rompen mis esquemas de profe de Termo!. Pero, cuando empecé a documentarme, no llegó la sangre al río. Aunque parece una cosa muy de modernos, el asunto viene de lejos. En EEUU ya se podían encontrar dispositivos de este tipo en los años cincuenta y, en mi entorno próximo, tengo una amiga de mi edad (y sabéis lo que eso significa) que siempre ha conocido una en su casa. Y es que, en este pueblo, siempre ha habido adelantados a su tiempo en lo referente a las tecnologías y más si tienen que ver con el yantar. Esas llamadas ollas lentas no son sino una versión de lo que los químicos llamamos un baño termostático. Se trata de un dispositivo que funciona con corriente eléctrica, no con fuego de gas, vitro o inducción. Consta de dos cuerpos, en uno de ellos va agua que se calienta con una resistencia eléctrica a cierta temperatura por debajo de la de ebullición del agua. En los modelos más baratos un selector (o termostato) permite elegir dos o tres posiciones distintas que aseguran dos o tres temperaturas distintas, generalmente en el intervalo entre 60 y 90 grados. En los más caros, se puede poner la temperatura que uno quiera y, generalmente, en intervalos aún más amplios. Encima de ese cuerpo donde va el agua termostatizada se coloca otro cuerpo en el que dispondremos lo que vayamos a cocinar y que va a permanecer a la temperatura constante que hayamos elegido. Muchos de los modelos incorporan también un dispositivo de autoapagado tras un cierto tiempo, elegido por quien cocina.

Estos cachivaches pueden ser utilizados para otro truco muy de cocinillas enterado: "la cocina a vacío (sous-vide) y baja temperatura". Ponéis agua en el recipiente de cocción y en ella metéis una bolsa de plástico en la que, tras introducir carne o pescado, habéis hecho el vacío (con otro aditamento que mucha gente también tiene en casa). Eso os lleva ya a un nivel de conocimiento culinario como para que paséis directamente, y sin examen, a la categoría de friki.

Ah, y no paséis por aquí sin leer el comentario, un poco más abajo, de mi amiga Gabriela, desde Chile, sobre otro tipo de olla: la olla "bruja".

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Datos personales

Boredom is the highest mental state, según Einstein. Pero, a veces, aburrirse cansa. Y por eso ando en esto, persiguiendo quimiofóbicos.