jueves, 28 de mayo de 2015

De percebes, mejillones y adhesivos

Hace ahora más de nueve años  escribí una entrada sobre el SuperGlue. Entrada que podría reeditar ahora ya que casi nadie se la habrá leído, dados los pocos lectores que entonces tenía. Al inicio de esa entrada, y dado que iba de adhesivos, me hacía eco de un artículo  de un Grupo americano [Angew. Chem. Int. Ed. 2004, 43, 448]  en el que parecían haber puesto al descubierto parte de los secretos de mejillones, percebes y otras especies a la hora de adherirse con su característica firmeza a las rocas bañadas por el mar. Desde entonces he seguido con interés el asunto y hace unas semanas, el amigo Fernando Cossío (que no sé cómo saca tiempo para acordarse de mi) me mandaba un artículo de Nature en el que se hacían eco de los últimos avances en la comprensión de este adhesivo natural que muchos tratar de imitar.

De bivalvos como los mejillones sabe mucho mi ex-Rector, Iñako Pérez-Iglesias, aunque creo que su especialidad como fisiólogo animal son los berberechos. Así que al hilo de la mención a ambos colegas, y amigos, aprovecho la ocasión para recomendaros el Curso de Verano que, como todos los años, organizan ambos desde sus puestos directivos en Ikerbasque y en la Cátedra de Cultura Científica de la Universidad del País Vasco. Este año las fechas son entre el 8 y el 10 de julio.

En la entrada arriba mencionada, yo hacía referencia a que el mencionado grupo americano parecía tener ya claro, en aquel entonces, que estas especies deben su pertinaz adherencia a todo tipo de superficies a un proceso en el que que se ven envueltas proteínas que tienen insertados en su estructura grupos de 3,4 dihidroxifenil alanina (DOPA). También habían descubierto ya el concurso en el proceso de iones de algunos metales como el hierro, el zinc o el cobre, una participación que avalaba el hecho de que las concentraciones de estos iones en las zonas que actúan como adhesivo pueden ser hasta 100000 veces más altas que las que se dan en el medio marino circundante. Estudios posteriores del mismo grupo han mostrado que es el Fe (III) el que tiene un papel fundamental en el proceso que transforma la proteína modificada con DOPA en lo que los químicos llamamos un polímero reticulado, algo parecido a lo que ocurre cuando el SuperGlue se saca de su tubo y se pone duro en contacto con la humedad ambiental o de nuestro dedo.

Desde entonces, mucha gente ha tratado de reproducir la estructura del material que constituye la base del potente adhesivo de estos bichos. Obtenerlo directamente de ellos no es operativo porque implicaría tratar con muchos especímenes. Por otro lado, no es posible extraerlo de las zonas en las que el propio adhesivo está ya en contacto con una superficie, porque el término reticulado que he empleado anteriormente implica que ese material no se puede disolver con disolventes para así extraerlo.

Así que otros Grupos han tratado de sintetizar estructuras parecidas a las de la proteína modificada con DOPA, aunque los resultados no han sido excesivamente prometedores hasta el momento, al no poder reproducir las excelentes propiedades de adhesión y resistencia mecánica de los adhesivos de nuestros amigos los percebes y mejillones. Pero en el artículo que me mandaba Cossío, se hacía mención a que el propio Grupo al que vengo citando en este post, ha conseguido un adhesivo basado en un copolímero de estireno y 3,4 dihidroxi estireno que, además de tener resonancias de la estructura de la DOPA, da lugar a un material reticulable, gracias al concurso de diversas sales inorgánicas, con excelentes propiedades de adhesión, material que los autores han corrido a patentar.

Pero la lectura de otros artículos del mismo Grupo, más técnicos que el de Nature arriba citado, me han hecho apreciar que hay una diferencia sustancial con el adhesivo de los mejillones. En ningún caso se menciona en esos artículos que el proceso de adhesión pueda llevarse a cabo en presencia de agua, como ocurre en las rocas a las que nuestros amigos se adhieren. Y si no se menciona es casi seguro que no funciona en esas condiciones drásticas. Así que todavía no hemos desentrañado del todo el secreto de percebes y mejillones. Continuará...

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lunes, 11 de mayo de 2015

Cosas de Pepsi y más..

¡Que no cunda el pánico!. Que por ahora no me he muerto. Tengo en mi buzon de entrada del email varios mensajes de amigos y seguidores del Blog preocupados porque parece que ando missing las últimas semanas, tanto en esta bitácora como en mi cuenta de Twitter. Pero es que tengo razones diversas para esta ausencia. El Curso anda dando los últimos estertores y hay mucho que evaluar cuando uno está metido en las "nuevas" tecnologías docentes, con un toque de espíritu boloñés. Y también tengo que mejorar mi swing golfístico, ahora que parece que la lluvia nos da una tregua y los días son largos. Y, lo que es más importante, tengo una auténtica duda filosófica sobre lo que hacer con estas entradas. No estoy pensando en dejar de escribir, porque me gusta, pero medito sobre hacer algunos cambios. Que lo de batallar con la Quimiofobia ya me cansa.

Y a los hechos me remito. Las últimas semanas han sido pródigas en noticias que demuestran que estamos perdiendo claramente la batalla. Algo parece no funcionar. Organizaciones de corte europeo que regulan (ver página 13) que en la ganadería "ecológica" vale más dar homeopatía a los bichos que preparados con todas las bendiciones veterinarias. Al amigo JM Mulet casi lo fostian en la Universidad de Córdoba en La Argentina por decir lo que tiene que decir desde su óptica de investigador contrastado y Pepsi ha decidido que los clientes parecen abandonarle porque usa aspartamo en sus preparados sin azúcar. Y opta por sacudirse de encima el aspartamo y se pasa a la sucralosa.

Sus angelitos del marketing no tienen ni repajolera idea de lo que les espera. La sucralosa tiene CLORO y ya se sabe que el cloro es malo (PVC, capa de ozono, etc.). Aunque sea el mismo cloro que viene consiguiendo, desde hace más de un siglo, que nuestra agua potable sea eso, potable, y no contenga todo tipo de bichos que se afanen contra nuestra salud intestinal. El mismo cloro del cloruro sódico (la sal de común), un potenciador de sabor, pero que nos puede matar si nos pasamos, y que ahora nos venden con todo tipo de marketings decorados: sal en láminas o Maldom, sal de Añana (muy del país ella), sal del Himalaya antes del terremoto, sal con flores mediterráneas. El mismo cloruro que está en el agua de mar y que algunos abogan por beber tal cual para remediar los cánceres más recalcitrantes (ni se os ocurra probar).

Abandona Pepsi así el aspartamo, cuyo único problema es el metanol que se genera cuando lo metabolizamos, el mismo metanol que contiene, en cantidades similares, la sidra que se bebe por mis lares, en cantidades tales que la gente va a las sidrerías en autobús para que no les pillen los controles de alcoholemia. ¡Todo sea por la kultura (el metanol y los autobuses)!.

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lunes, 30 de marzo de 2015

Mujeres con Ciencia y Frances Kelsey

En este Blog ya hemos hablado varias veces de la talidomida y otras moléculas quirales, moléculas que son prácticamente idénticas, excepto en el sutil detalle de ser una la imagen en un espejo de la otra y, por tanto, no superponibles. Esa pequeña diferencia no se tuvo en cuenta cuando se comercializó la talidomida en los años 50 y la consecuencia fue una verdadera tragedia para miles de familias europeas. Hoy, en el Blog denominado Mujeres con Ciencia, coordinado por la profesora del Departamento de Matemáticas de mi Universidad Marta Macho Stadler, me han publicado una entrada sobre la mujer que evitó que esa tragedia se propagara también a Estados Unidos.  No es una figura muy conocida en estos tiempos y creo que merece la pena resaltarla ahora que, aunque centenaria, sigue vivita y dando guerra.  Así que hoy toca leer al Búho picando este enlace.

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lunes, 23 de marzo de 2015

Aguarrás, colofonia y botas de vino

La comadrona que comparte de forma poco paritaria mis cuentas corrientes (además de otros aspectos de mi vida) forma parte de un aguerrido grupo de mujeres, de todo tipo de edad, condición social e ideas políticas que, durante los últimos años, han dedicado varias tardes a la semana a pintar (sobre todo óleo) en vetustos pisos céntricos de mi ciudad. Esta semana he estado de visita en su enésimo "nuevo" piso, para dar mi "entendida" opinión sobre su producción más reciente. Y como siempre, flanquear la puerta de entrada me pone en contacto con una atmósfera rica en aguarrás que me lleva muchos años hacia atrás, cuando ese "disolvente" y el benceno (al que los drogueros entonces llamaban bencina) formaba parte del arsenal de elementos de limpieza de mi madre.

Esa visita se ha juntado con el hecho de que estos días he andado repasando libros de cocina publicados por la "Factoría Arzak", en un intento de recordar platos que nos pudieran servir para la siguiente temporada de Ciencia en la Cocina en Órbita Laika. Y me encontré con un plato llamado Lengua en resina, publicado en el libro de Xabi Gutiérrez Arena y Harina, Everest (2009). Lo que me trajo a la memoria que, con ese motivo, anduve yo investigando cosas de la resina (pez) con la que se impregnan las botas de vino. Y la pez y el aguarrás tienen bastantes cosas en común, como vais a ver en esta entrada.

El aguarrás es un líquido que se obtiene por destilación por arrastre de vapor de agua de la resina oleosa (también llamada miera) que se extrae de diversas especies de coníferas como el pinus larix o el pinus silvestris, entre otros muchos tipos de pinos y coníferas varias. El aguarrás también se conoce como esencia de trementina y, en inglés, como turpentine. Aunque todavía se sigue manteniendo en algunas regiones del mundo un procedimiento artesanal de obtención de la resina sobre la base de ir pelando los pinos en bandas practicadas en su tronco cada ocho días y recogiendo la resina que mana de ellas, lo cierto es que una gran parte de la producción de aguarrás se origina a partir de la industria papelera, que usa grandes cantidades de celulosa extraída de muchas especies vegetales, incluido el pino. Dado el carácter de monocultivo que éste tiene en muchas regiones del País Vasco o España, muchos de los subproductos de las papeleras tiene origen casi exclusivamente pinícola.

El aguarrás o destilado de esa resina es un líquido generalmente incoloro, relativamente inflamable y que hierve entre 150 y 160ºC. Desde un punto de vista químico es una mezcla compleja en la que son mayoritarios dos monoterpenos, el alfa y el beta pineno, cuya fórmula química es C10H16. Hay terpenos de mayor número de carbonos pero, en todos ellos, se cumple la llamada regla del isopreno, esto es, su fórmula es varias veces la del isopreno (C5H8), la unidad repetitiva de los polímeros que llamamos cauchos y que ya han salido varias veces en estas entradas. Aunque en la resina de los pinos nunca se detecta isopreno puro. También es interesante mencionar que modificaciones de estos monoterpenos mediante la introducción de átomos de oxígeno conduce a moléculas tan interesantes como el mentol o el 1,8-Cineol (esencia de eucalipto).

Si uno se dedica a buscar los peligros inherentes al uso del aguarrás, la literatura contiene prevenciones diversas ligadas a su inhalación, ingestión o contacto con la piel. Inhalarlo puede generar cefaleas y problemas con la visión, bebiéndolo uno puede literalmente morirse y aplicándolo a la piel se han descrito diferentes alergias. Pero la cosa no debe ser tan grave. Generaciones de pintores de brocha gorda, y no tan gorda, se han quitado la pintura de las manos, brazos o cara con aguarrás. Se ha usado durante mucho tiempo en el tratamiento de piojos. Hace años se administraba aguarrás diluido oralmente para el tratamiento de parásitos intestinales (no sé quien moría antes, si el parásito o el enfermo) y la famosa crema Vicks Vaporub lleva aguarrás entre sus componentes declarados. Pero el caso es que su principal empleo, como disolvente de pinturas de todo tipo, está cayendo en desuso y en beneficio de otros disolventes extraídos fundamentalmente del petróleo.

Cuando uno produce la destilación que da lugar al aguarrás, el residuo que queda tras eliminación de las sustancias más volátiles se conoce como colofonia, un nombre que deriva de Colophon, una antigua ciudad jónica. Durante el proceso de extracción del aguarras, la temperatura a la que se verifica el proceso hace que una parte de la resina menos volátil, caliente y en forma de líquido viscoso, se recoja por la parte inferior de la instalación. Al enfriarla sobre agua fría se produce un sólido de variados colores (desde lechoso a algo muy marrón) dependiendo del sustrato arbóreo empleado y de la temperatura del proceso.

La colofonia (rosin, en inglés, también se suele hablar de rosina en castellano) consiste fundamental en ácido abiético, un diterpeno, con veinte átomos de carbono, y que se ha empleado para fabricar barnices de forma extensa, aunque también se ha empleado en tintas de impresión, adhesivos, chicle, ceras. Aplicaciones interesantes de mencionar son su uso como capa externa de los hilos de soldadura, para facilitar una mejor conexión y como ceras a aplicar a los arcos de instrumentos de cuerda y a las zapatillas de bailarines de ballet. En ambos casos se usa su capacidad para incrementar los procesos de fricción.

Y finalmente, la pez. No fue fácil aclararse sobre este término. Cuando uno busca y rebusca para obtener información al respecto, la mayor parte de las referencias se refieren a la fabricación de botas de vino. De hecho, uno de los primeros sitios que aparece metiendo pez en Google es una página del famoso fabricante navarro de botas, las ZZZ (ver foto que ilustra la entrada), en el que se explica en detalle el tipo de cuero empleado, su curtición y el tratamiento superficial interior con la pez. En la llamada Revista de Folklore de la Fundación Joaquin Diaz (el conocido cantautor) hay muchos artículos sobre las botas, los boteros y sus procedimientos para fabricarlas.  Y en uno de ellos, he encontrado muchos detalles sobre la forma en la que esos viejos boteros obtenían la pez.

En la parte superior de un arenal en talud, surcado por canaletas y conocido como perguera, se queman tocones de pino, esto es, la parte del tronco que ha quedado unido a las raices una vez cortado el árbol. Como resultado del calor generado se produce el derramamiento de la pez que cae por las canaletas hasta un recipiente en el que se recoge. Dice el texto que para quitarle la arena, los “humos” y los “gustos”, los boteros cuecen la pez en un recipiente con aceite de oliva, ajo, cebolla, limón, naranja, etc. Cuando está fría la masilla, el botero mastica un pedazo para probar su calidad. Si resulta amarga no sirve y hay que volver a cocerla.

Es evidente que el calor producido en la combustión de los tocones y el propio vapor de agua que con ella se desprende realiza, en este caso, la eliminación de las partes más volátiles de la resina, generando algo similar a lo que ocurre en la destilación del aguarrás, aunque ciertamente diferente por el escaso control de temperatura que se realiza en estas prácticas artesanales. Intuyo que tiene que haber otros tipos de pez más sofisticadas, probablemente resíduos de la propia destilación para obtener el aguarrás, dependiendo de la resina de origen. Pero lo cierto es que no he encontrado una información convincente al respecto. Pero creo que esa pez será generalmente, una mezcla de terpenos de alto peso molecular.

¿Puede resultar tóxico el empleo de esta pez como revestimiento interior de las botas, teniendo en cuenta que es seguro que muchos de los productos que la componen acabarán migrando al vino?. Pues casi seguro aunque, como siempre, el asunto está en la dosis. Y parece que los tratamientos recomendados por los boteros, fruto de la experiencia de muchos años, hacen que haya una migración lenta y no peligrosa de productos terpénicos al vino embotado. Algunos consejos que se suelen dar para una mejor conservación de botas son ilustrativos. Por ejemplo, se recomienda no introducir alcoholes de más de 30º, probablemente porque a partir de ese valor, la solubilidad de los componentes de la pez en la bebida sea ya importante. Por debajo de ese valor hay mucha agua en el producto alcohólico y la solubilidad es menor. También se recomienda, durante los primeros días, cambiar el vino con frecuencia. De nuevo, la regla que ha dictado la experiencia de siglos estaría fundamentada en que durante esos primeros “lavados” con vino se produce una extracción de la mayor parte de las sustancias que pueden migrar al mismo, con lo que eliminamos ese riesgo.

Pero después de todo lo que os he contado en este Blog sobre las modernas técnicas analíticas que permiten detectar partes por billón en cualquier análisis más o menos sencillo, no me digáis que no sería un excelente trabajo de investigación comprobar qué sustancias, en qué cantidades y con qué nivel de toxicidad han estado tradicionalmente pasando al vino que han trasegado nuestros progenitores (y nuestros coetáneos) con el saludable ejercicio de empinar el codo. No sé el resultado de esos análisis pero estarían muy en la onda de los ensayos de migración que hoy en día se hacen para ver si compuestos químicos que hay en los envases de plástico u otros materiales son capaces de migrar a los alimentos en ellos contenidos. Y lo que también estoy seguro es que, al contrario de lo que ocurre con estos últimos, la gente se pasaría el resultado de esos análisis por la entrepierna y seguiría dándole a la bota. Como se hizo con las chuletas durante la crisis de las vacas locas. ¡Hay que respetar las tradiciones!. ¡Vas a comparar un buen trago de vino desde una bota con la guarrada de beberlo desde una botella de poli (etilentereftalato).....!.

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miércoles, 25 de febrero de 2015

Vidrio veneciano

Hace tiempo que no vuelvo a Venecia y bien que me pesa. La foto que ilustra esta entrada es de junio de 2006, hace casi nueve años. Y ahí estoy, mochila en ristre cual turista, con el Palazzio da Mula detrás, en uno de los fundamente o muelles de Murano, una isla de la laguna de Venecia, famosa en el mundo por la alta concentración de hornos artesanos en los que se trabaja el vidrio desde el siglo XIV. En aquella corta excursión de fin de semana largo, yo tenía dos objetivos no confesados a mi chica antes de partir. Uno era volver a Murano, donde habíamos estado antes pero sin poder disfrutar del placer de perderse por sus calles y, sobre todo, de ver un horno y a unos vidrieros en funcionamiento. El otro era ir al cementerio de Venecia, en otra isla llamada Isola de San Michelle, para visitar la tumba de Igor Stravinsky. En ese viaje ambos objetivos se cumplieron, aunque el último un poco in extremis, con el guarda que cerraba el cementerio siguiendo nuestros pasos. Porque encontrar la modesta tumba de Stravinsky junto a la de su segunda mujer, Vera, no es cuestión baladí.

SI he recordado ese viaje es porque estoy estos días leyendo un libro titulado How Glass Changed the World, escrito por Scoth C. Rasmussen, subtitulado The History and Chemistry of Glass from Antiquity to 13th Century y publicado en 2012 por Springer. El libro es muy interesante y me ha hecho recordar muchas de las cosas que repasé y preparé sobre el vidrio de Murano antes y durante ese viaje de hace 9 años, detalles que conservo guardados en uno de mis cuadernos.

La materia prima principal usada por los vidrieros es básicamente sílice (aproximadamente un 70%), una molécula sencilla (SiO2) que se obtiene de la arena y que resulta un material muy adecuado porque no absorbe ninguna de las frecuencias de la luz visible, con lo que los productos acabados son altamente transparentes. De hecho, los cables de fibra óptica, que son 100% sílice, se aprovechan de esa alta transparencia para facilitar la transmisión de la señal. La sílice funde a unos 2000ºC, proceso para el que se necesitan grandes cantidades de energía e instalaciones algo complejas. Pero ya desde la prehistoria de la artesanía vidriera se conoce que mezclando sílice con un 18% de carbonato sódico y un 10% de carbonato cálcico se rebaja considerablemente la temperatura de fusión y, al calentarlos juntos, se obtiene una mezcla de silicatos cálcico y sódico que da lugar al primer vidrio utilizado con una cierta profusión.

En este punto tengo que decir que los físicos y químicos que trabajamos con materiales nos sentimos un poco incómodos con las denominaciones vidrio y cristal que, indistintamente, se emplean para denominar al producto de los hornos de Murano y otros similares. En el lenguaje científico, vidrio y cristal son justamente lo contrario. Un material cristalino (cristal) es aquel que, al solidificar desde el fundido, da lugar a ordenaciones de los átomos en redes cristalinas bien definidas (cubos, prismas, pirámides). En este Blog ya he puesto diferentes ejemplos de materiales cristalinos como el cloruro sódico (sal común) o las fibras de celulosa. Y ese no es el caso del material que se emplea para el vidrio de ventana o para las artísticas creaciones de mis amigos de Murano. Por el contrario, cuando el material que sacamos de los hornos se enfría bruscamente, las moléculas de los silicatos no se ordenan en absoluto, formando un material que se denomina sólido amorfo o sólido vítreo (de vidrio). Están tan desordenadas como lo estaban en el fundido, sólo que en éste la cosa se movía y al solidificar se queda quieta. Este Blog contiene entradas sobre otros materiales amorfos como la plastilina o el almidón, que podéis leer usando el buscador que aparece arriba a la izquierda.


En el lenguaje popular, ciertamente, la cosa está algo más enrevesada. El propio Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española entiende por cristalino "lo relativo o parecido al cristal". Y si uno va a la voz cristal, la primera acepción se refiere a "los sólidos cuyos átomos o moléculas están regular y repetidamente distribuidos en el espacio". Aunque también, cristal es sinónimo de vidrio de ventana. Así que se entiende la polémica. Pero hecha esta aclaración tiquismiquis de profesor en desuso, sigamos con la historia y la química de los vidrieros.

Parece que fueron los mesopotamios los primeros en ser capaces de ingeniárselas para conseguir vidrios “artificiales” según una mezcla parecida a la arriba mencionada. En la naturaleza, los vidrios se producen cuando rocas y arenas son fundidos, por ejemplo en forma de lava de un volcán, y esa lava se enfría bruscamente (por ejemplo, al entrar en contacto con agua). Así se forman vidrios como la obsidiana u otras gemas que han sido usadas en civilizaciones anteriores como elementos de corte y otros usos. Pero aquí hablamos de un vidrio hecho por el hombre que, por tanto, en la terminología de los que en este Blog trato de rebatir, habría que denominar “artificial” o “sintético”. Desde Mesopotamia, la manufactura y el arte del vidrio pasó a Egipto. En ambos casos, eran objetos de lujo, que pronto se aprendió a colorear con óxidos de cobre y cobalto (azules), manganeso (púrpura), antimonio o plomo (amarillos), etc.

El soplado del vidrio, el proceso por el que un soplador introduce aire en una masa fundida de silicatos y le va dando forma a medida que lo va enfriando y calentando, parece que data del primer siglo antes de Cristo y se ha localizado geográficamente en Siria, desde donde los romanos expandieron la técnica por todo su Imperio. Tras la caída del imperio romano, hay que esperar casi hasta el siglo X para ver la reintroducción de los objetos de vidrio, precisamente por parte de los venecianos que comerciaban con Oriente. El negocio del vidrio se convirtió en algo tan importante que los hornos proliferaron, llegando a ser un auténtico peligro para la Ciudad Serenísima, debido a los múltiples incendios que dichos hornos generaban. Así que, a partir de finales del siglo XIII, parece que la industria del vidrio fue obligada a trasladarse a la cercana isla de Murano. Otros dicen que ese traslado fue una forma de mantener el secreto de la fórmula que los vidrieros utilizaban.

La decadencia de este mercado se inició cuando en Europa se empezó a obtener vidrio sobre la base de mezclar y fundir cuarzo (básicamente sílice) con óxido potásico obtenido de cenizas de árboles autóctonos. Este vidrio es el que se utilizó preferentemente en los ventanales de las catedrales de la Edad Media. Posteriormente, ya en el siglo XVII, alemanes e ingleses incorporaron óxido de plomo para dar lugar a un vidrio con un índice de refracción más elevado, más claro, más pesado y más fácil de grabar sin peligro de rotura. Y, finalmente, ya en la modernidad, tenemos el vidrio borosilicatado (Pyrex) que resulta de la sustitución del óxido potásico antes mencionado
por óxido bórico. Es el vidrio por excelencia en los laboratorios, pero también en otras muchas aplicaciones domésticas que más de uno tenéis al alcance de la mano.

En su libro "Molecules at An Exhibition" John Emsley mantiene una curiosa hipótesis, según la cual el vidrio borosilicatado fue descubierto en tiempos de los romanos, más concretamente en tiempos del pedófilo Tiberio, el cafre que ejecutaba esclavos echándolos desde los acantilados de Capri, muy cerca de un Hotel en el que mis huesos han reposado en un par de ocasiones. Cuentan Plinio y Petronio que apareció por la corte un vidriero que fabricaba objetos que no se rompían al dejarlos caer. Al preguntarle el emperador de qué estaban hechos, el vidriero sólo quiso comentar que de martiolum, jactándose de que sólo él conocía la fórmula y no pensaba compartirla. El emperador le dejó fabricar variados objetos pero acabó por ordenar ejecutarlo, no se sabe si cabreado por que no le contaba el secreto o como una forma de proteger su exclusiva colección de objetos irrompibles. La hipótesis de Emsley es que ese pobre desdichado manejaba vidrio borosilicatado.

Igual os cuento algo más cuando progrese con el libro. O cuando vuelva a Venecia y Murano, algo que no puedo retrasar mucho más, no me vaya a dar un yuyu.

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Datos personales

Boredom is the highest mental state, según Einstein. Pero, a veces, aburrirse cansa. Y por eso ando en esto, persiguiendo quimiofóbicos.