viernes, 29 de mayo de 2020

El denostado cloro

En 1906, en la reunión anual de la American Water Woks Association (AWWA), una asociación sin ánimo de lucro, creada en 1881 "para mejorar la calidad y la distribución de agua", uno de sus miembros más destacados, el ingeniero y botánico George Whipple, se manifestó en torno a la polémica desatada en Estados Unidos por los primeros intentos de emplear compuestos químicos para eliminar del agua de grifos y fuentes una serie de microorganismos. Que entonces ya se sabía que eran los responsables de las epidemias de diverso tipo (cólera, fiebres tifoideas, gastroenteritis y un largo etcétera) que, repetidamente, asolaban las cada vez más pobladas ciudades americanas. Decía allí Whipple que "es difícil contemplar un futuro escenario en el que productos químicos venenosos se añadan al agua potable para eliminar bacterias". Pero en muy poco tiempo, la terquedad de los datos que se fueron acumulando en ciudades que, como Jersey City o Filadelfia, fueron implantando la cloración del agua, acompañada de la filtración de la misma a través de lechos de arena (algo que se sigue haciendo hoy en la mayor parte de los sitios), hicieron cambiar de criterio a nuestro ingeniero, que pasó a colaborar activamente en los planes de cloración de otras ciudades americanas.

Para la cloración del agua y la eliminación de patógenos se emplean cantidades relativamente pequeñas de unas sales llamadas hipocloritos, la más habitual de las cuales es el hipoclorito sódico. La disolución de esa sal en agua es la popular lejía, uno de cuyos anuncios vintage adorna el inicio de esta entrada. La misma humilde lejía que también está jugando un papel fundamental en el control de la pandemia que nos ha hecho la pascua en este inicio del infausto 2020. Está suficientemente probado en la literatura científica, y en la práctica sanitaria, que el uso en la limpieza de superficies de disoluciones tan diluidas como la preparada con 20 mL de lejía convencional, diluidos hasta un litro con agua, hace que el Coronavirus sucumba en menos de 5 minutos.

A pesar de este potencial defensivo que nos proporcionan estos compuestos que contienen cloro en su molécula, el elemento químico de ese nombre no ha estado nunca muy bien visto. Es muy probable que todo arranque con el libro de Rachel Carson, publicado en 1962 bajo el título Silent Spring (Primavera Silenciosa), un alegato contra los insecticidas en general y contra el DDT en particular que, a falta de un cloro, tiene hasta cinco en su molécula. También hay cloro (y abundante) en moléculas como las dioxinas (que recuerdo que el hombre nunca ha fabricado intencionadamente), en los bifenilos clorados (PCBs), en los CFCs y, sin alejarnos mucho de la cloración del agua, en los famosos Trihalometanos (THMs), compuestos que se forman merced a la reacción del cloro empleado en la cloración con restos de materia orgánica (ácidos húmicos y fúlvicos) proveniente de hojas y troncos de plantas que pueda haber en el agua de los manantiales que nutren nuestros grifos. De los THMs, descubiertos en los setenta, y de su carácter cancerígeno, ya os hablé con detalle en una entrada de 2014.

Así que, con todos estos antecedentes, podría entenderse que, en 1991, Greenpeace abogara por la prohibición total "del uso, la exportación e importación de compuestos orgánicos clorados (DDT, PCBs,...), cloro elemental (es decir el gas cloro) o agentes oxidantes clorados (como el dióxido de cloro o los hipocloritos)". Nota: los paréntesis son míos. Concluyendo que "no existen usos del cloro que podamos considerar como seguros". Esa petición de prohibición y los comentarios que acabo de mencionar aparecen en numerosos artículos y libros, siempre con la misma referencia [J. Thornton, The Product is the Poison: The Case for a Chlorine Phase-Out (Washington, D.C.: Greenpeace, 1991)] pero, por más que lo he intentado, ese documento, que suena como un documento interno de Greenpeace, no aparece por ningún lado.

La hipótesis más probable que manejo es que Greenpeace haya retirado de la circulación ese documento, aunque si lo encontráis y me lo pasáis me retractaré de lo dicho. Porque la radicalidad de esa petición fue desmesurada y la organización ha tenido que desdecirse en muchos de los frentes que, de una u otra forma, están implicados en ella. No hay que olvidar que cloro hay en la sal común o en el ácido clorhídrico de nuestro estómago. Cloro hay en muchos medicamentos, como en la cloroquina o la hidroxicloroquina que, aunque no parecen tan eficaces contra la Covid-19 como Trump pretende, lo han sido en el tratamiento de la malaria o de enfermedades autoinmunitarias como el lupus eritomatoso o la artritis reumatoide. Y cloro hay en el PVC, otro de los objetivos de Greenpeace en el pasado, pero esa es una historia que quedara para otro día.

Prefiero, para terminar, centrarme en el asunto con el que se ha iniciado esta entrada. Desde principios del siglo XX, millones y millones de humanos se han beneficiado y se siguen beneficiando de poder abrir un grifo y beberse, con total seguridad, el agua que sale de él, gracias a la acción biocida de las disoluciones de hipoclorito. Y cuando, por alguna razón, se ha descuidado esa cloración, las consecuencias han sido graves. Un ejemplo esclarecedor es la epidemia de cólera que asoló Perú en febrero de 1991, el mismo año del documento de Greenpeace arriba mencionado. Fue la primera epidemia de cólera conocida en ese país desde principios del siglo pasado, con mas de trescientos mil casos registrados y casi 3000 muertes.

Las causas del inicio de la epidemia no están claras. Hubo sectores que se la imputaron a Greenpeace y a su activa política contra el cloro en aquellos momentos. Hay otros que culparon a la Agencia Medioambiental Americana (EPA), que había prevenido a algunos países en vías de desarrollo de la relación entre concentración de cloro empleada en la cloración y generación de trihalometanos, lo que habría hecho que los funcionarios peruanos aflojaran la mano, empleando dosis tan bajas de hipoclorito que no resultaron eficaces para acabar con la bacteria causante del cólera. Fuera lo que fuera, no parece que hoy en día Greenpeace esté contra la cloración de agua, como puede comprobarse en este documento, en el que años más tarde, explicaban su versión del brote peruano.

Y algo parecido, aunque mucho menos grave, ocurrió en 2018 cerca de aquí, en Usúrbil, cuando uno de los depósitos que almacenaba agua proveniente de manantiales "de toda la vida" pero no controlados (y por tanto no clorados) por la Mancomunidad del Añarbe, se contaminaron con un virus. Como ese agua se mezclaba con la proveniente de la citada Comunidad, el virus acabó finalmente en el agua de los hogares del lugar, enviando a gran parte de sus habitantes a visitar con frecuencia el WC.

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lunes, 11 de mayo de 2020

Polímeros transparentes para una pandemia

Es muy probable que a muchos el nombre Plexiglas no les suene de nada. Es una marca registrada y espero que la empresa que tiene la propiedad del nombre no se meta conmigo, porque lo cierto es que les voy a hacer propaganda gratis. En lo que a mi respecta, esa palabra forma parte de mi memoria histórica. La aprendí cuando era un niño un tanto salvaje, jugando en un barrio que, en los cincuenta y principios de los sesenta, estaba en las afueras de Hernani, aunque hoy es casi el centro del pueblo donde viví hasta los diecisiete años. Y la aprendí cuando aún no sabía que iba a estudiar Química ni que, años más tarde, me iba a encontrar con el material que responde a ese nombre comercial siendo ya un incipiente investigador en polímeros.

En una entrada que escribí en un Blog mantenido por mis amigos de la Asociación de Divulgación Científica de la Región de Murcia (ADCMurcia), os contaba que mis primeros recuerdos del Plexiglas contienen imágenes de ese barrio, con tendederos de ropa en ventanas y balcones que, los días de pronóstico incierto, se protegían con unos trozos de plástico bastante cutres que, a pesar de su presencia poco gratificante y su dificultad para ser doblados, la gente conservaba como oro en paño. No sólo para esos menesteres sino para otros igualmente importantes en la época de penurias de la que hablamos como, por ejemplo, para conseguir que cunas y camas no se mojaran con incontinencias infantiles o seniles. Pues ese mismo material, aunque en un formato diferente, es el que está irrumpiendo en estos últimos días en muchos comercios, en forma de una barrera de protección transparente y segura (como la de la foto) frente a la pandemia que nos acosa. Y quién sabe si no nos aislarán pronto en cajitas de ese material cuando estemos en terrazas y playas. Hasta la propietaria de la tienda de chuches, debajo de mi casa y que sabéis que no es santa de mi devoción, ha instalado una de esas mamparas. Voy a tener que cambiar mi opinión sobre ella.

Aunque hay varios nombres comerciales para denominar a ese material, Plexiglas es el que tradicionalmente se asocia con el polímero que los químicos llamamos poli (metacrilato de metilo), PMMA en su acrónimo en inglés, perteneciente a la familia de los plásticos acrílicos, cuyos numerosos miembros sirven para multitud de cosas. El propio PMMA, por si solo, tiene también una gran variedad de aplicaciones. Por ejemplo, en la entrada mencionada de la ADCMurcia, dediqué buena parte de ella al papel que jugó este plástico en el desarrollo de las lentillas oculares. Pero hoy nos vamos a centrar en el Plexiglas y en las personas que lo desarrollaron.

Otto Röhm nació en 1876 en la localidad alemana de Öhringen. Con quince años empezó a trabajar como auxiliar de Farmacia para, posteriormente, seguir estudios sobre esta materia y obtener el título de farmacéutico en 1899. Pero, tras conseguirlo, decidió estudiar Química en la Universidad de Tubinga. O era un tío muy listo o el tránsito de farmacéutico a químico era entonces muy fácil, porque para 1901 ya tenía hasta el Doctorado, con una tesis sobre los productos de polimerización del ácido acrílico, un asunto este, el de la polimerización, que si habéis leído mi reciente entrada sobre "la Química mugrienta" no parecía tener un futuro muy halagüeño en ese momento. Precisamente por ello, cuando decidió ponerse a trabajar, empezó en el negocio de los curtidos, desarrollando una gama de productos que resultaron revolucionarios en los procesos de curtición. El hombre hizo un buen dinerito y creó su propia empresa con su colega y tocayo Otto Haas, la hoy famosa Röhm und Haas (lo siento pero Blogger no me deja escribir el símbolo habitual entre los dos nombres). Durante un tiempo se siguieron dedicando a los curtidos y a los textiles pero, en 1912, la cosa ya estaba bastante madura en el asunto de los plásticos como para que decidieran dar un vuelco a su empresa y centrarse en ese emergente mundo.

Donde, tras muchos problemas e incertidumbres, la gloria llegó de forma un tanto inesperada. Röhm und Haas había iniciado su andadura polimérica sintetizando varios poliacrilatos, unos parientes de los polimetacrilatos. Pero un día (¡Ay la chiripa!) una botella de un líquido oleoso que llevaba una temporada cerca de una ventana donde daba el sol, se partió en pedazos, dejando al descubierto un bloque de un sólido transparente que, enseguida, todo el mundo atribuyó a que el líquido que estaba en la botella (metacrilato de metilo) había polimerizado para dar lugar al sólido poli (metacrilato de metilo) (PMMA) que acabó rompiéndola. En sucesivos trabajos posteriores se pudo buscar una vía reproducible y económica para llevar a cabo la polimerización y se fueron, poco a poco, conociendo las excelentes propiedades del material. El producto se patentó en 1933 y el nombre Plexiglas se formó a partir de Plexigum, con el que se denominaba la gama de resinas acrílicas que hasta entonces vendía la empresa, y el final glas, vidrio, porque dadas sus propiedades, estaba claro para ellos que lo que habían descubierto era un vidrio artificial u orgánico, esto último por tratarse de un producto derivado de la Química del carbono, la Química Orgánica, y no, como en el caso del vidrio, de la Química del silicio, la Química Inorgánica.

El poli (metacrilato de metilo) es el más transparente de todos los plásticos convencionales, es varias veces más resistente al impacto que el propio vidrio a igualdad de grosor, siendo como es mucho más ligero que él. No se decolora apreciablemente por la acción de los rayos UV durante varios años y es un buen aislante térmico y acústico. Aunque se raya con facilidad por objetos punzantes es fácil de reparar y, finalmente y en lo que tiene que ver con las mamparas de protección y otros usos, se puede moldear en planchas bidimensionales o en formas mucho más complicadas aplicando calor.... En fin, un chollo de material y encima a buen precio, hasta ahora... Porque el problema, a día de hoy, es que el COVID-19 ha generado semejante demanda de esas mamparas que ha alterado por completo el mercado global de su materia prima y anda todo el mundo peleándose, y pagando bastante más, por tener acceso a este material.

Y ya que hablamos de polímeros transparentes y COVID-19, os diré que otro material, con un nombre que resuena al de Plexiglas, EuroPlex PPSU, es una poli (fenilensulfona) que la misma Röhm und Haas está vendiendo para los frontales de esas viseras protectoras que usan los sanitarios, pero que también se ven en comercios y en la calle. Así que, puestos a reconocer protagonistas de la pandemia, los plásticos tendrían que tener su huequecito. Pero ya sé que diréis que es una opinión sesgada de vuestro Búho.

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miércoles, 22 de abril de 2020

Flatología

Uno de los comentaristas habituales de este Blog es un amigo que responde al seudónimo de Flatólogo. Nos conocimos virtualmente haciendo comentarios en el delicioso Blog lamargaritaseagita que mantiene Jorge Ruiz-Carrascal sobre gastronomía y alimentos. Aunque ahora lleva parado desde finales de 2016 y muchos lo echamos de menos y esperamos que se reactive. Tanto a Flatólogo (Manuel Romera) como a Jorge, a los que considero amigos (si ellos me dejan), los he conocido después personalmente, compartiendo mesa y mantel y aprendiendo de lo que saben. Es una de las ventajas de las Redes Sociales, que conoces gente estupenda (y sabia) que, de otra manera, no hubieras conocido nunca.

El caso es que en las ocasiones en las que he hablado o me he escrito con Flatólogo, nunca se me ha ocurrido preguntarle por qué ha elegido ese seudónimo. Flatólogo quiere decir experto en flatos (o pedos, o cuescos, que diría Cela) y resulta que Manuel ejerce la Medicina pero como oftalmólogo (lo de experto en cuestiones gastronómicas es su vicio). Igual nos aclara el asunto cuando este post se publique. Viene a cuento tal escatológica entradilla porque otro amigo, el ilustre palentino Néstor Núñez, me mandaba ya hace tiempo un interesante email en el que me preguntaba cosas sobre la composición química de las flatulencias, por qué arden y otras interesantes cuestiones ligadas a sus recuerdos juveniles y sus preocupaciones actuales. Quise contestarle enseguida pero luego me lié con un par de charlas que tenía que dar y que llevaba mal preparadas. Y mas tarde me empecé a agobiar con el asunto del COVID-19, semanas antes de que el Gobierno se dignara hacer lo mismo, y no tenía el cuerpo para estas cosas. Pero ya ando algo mejor de ánimo y vamos a contarle algo de lo que preguntaba, antes de que sea muy tarde.

La composición de una flatulencia es una compleja combinación de una serie de factores que varían mucho de una persona a otra y que tienen que ver con la comida que uno ingiere, la colección de bacterias que pueblan su colon además de un largo etcétera que podríamos denominar la bioquímica de cada uno. Pero, al final, los mayores componentes de un pedo son gases que no huelen, como el nitrógeno y el oxígeno del aire, que ingerimos continuamente, u otros como el hidrógeno, el metano o el dióxido de carbono (CO2) que provienen bien de la digestión o de la actividad de las bacterias en el intestino.

Los gases que huelen (y algunos francamente mal, como es obvio) son otros, generalmente sustancias en cuya molécula hay algún átomo de azufre (metanotiol, dimetil sulfuro o ácido sulfhídrico) o nitrógeno (indol, escatol). Pueden estar en cantidades pequeñas, a veces hasta ridículas pero, como ya hablamos aquí en el caso de los perfumes o los vinos, nuestra nariz en un sensor particularmente eficaz para detectar algunas moléculas y estas están entre ellas. La mayor o menor presencia de estos gases pestilentes depende de nuestra dieta (de ahí la foto que ilustra la entrada, el brócoli contiene mucho azufre) o de nuestra salud (de hecho, hay estudios tratando de correlacionar niveles de algunos de los gases presentes en flatulencias y heces, con ciertas enfermedades del tracto intestinal).

Internet está lleno de vídeos en los que la gente prende fuego a sus pedos. Y ello se debe, sobre todo, a la presencia en los mismos del hidrógeno y del metano (altamente inflamables). Además, la cantidad de hidrógeno que se produce en nuestras digestiones en un día puede llegar a ser de varios litros, merced a la acción de ciertas bacterias sobre los carbohidratos que ingerimos. Afortunadamente para los que acercan cerillas y mecheros a su culo mientras se pean (del verbo peer, ver RAE), otras bacterias hacen reaccionar el hidrógeno con los sulfatos para producir ácido sulfhídrico (el del clásico olor a huevos podridos), mientras que unos microorganismos (las arqueas) ayudan a convertir ese hidrogeno en metano y agua al reaccionar con el anhídrido carbónico. Porque si así no fuera, y evacuáramos todo el hidrógeno producido, el porcentaje de quemados por estas prácticas sería más alto del que actualmente es.

Otra de las dudas de mi amigo palentino está relacionada con sus experiencias juveniles, según las cuales las flatulencias quemadas no olían como el pedo original. La Química también tiene explicación para ese extremo. Cuando aplicamos la cerilla o el mechero a nuestro trasero, lo que fundamentalmente quemamos es hidrógeno y metano en las clásicas reacciones de combustión de ambos, reacciones que solo producen agua en el primer caso y CO2 y agua en el segundo. Ni los gases originales ni los que se producen en esas reacciones huelen, así que el cambio tiene que provenir de la combustión de algunos gases odoríferos que, al quemarse, desaparecen como tales.

En las combustiones mas relevantes (las del hidrógeno y el metano), otro matiz es el color de la llama generada en estas divertidas (y peligrosas) prácticas. En vídeos grabados en la oscuridad usualmente se ve una llamarada azul, debida a la combustión del metano. Pero no todo el mundo produce la misma cantidad de metano en sus cañerías y muchos ni siquiera lo producen en cantidades adecuadas para el efecto, debido a la ausencia de los microorganismos que he mencionado en el párrafo anterior. En ese caso, uno puede seguir quemando pedos gracias al hidrogeno pero, en ausencia de metano, la llama producida es más bien amarilla o anaranjada.

Finalmente, Néstor me preguntaba sobre los niveles de flatulencia en veganos y carnívoros convictos y las repercusiones que eso pueda tener sobre los gases de efecto invernadero y el cambio climático. Una cuestión harto complicada sobre la que este vuestro Búho sabe poco o nada. Una revisión bibliográfica rápida en estos días de cocinamiento (como dice una amiga), me ha revelado que el tipo de investigación más habitual en estas cuestiones se centra en evaluar el impacto ambiental, en términos de producción equivalente de CO2, de las emisiones de gases de efecto invernadero derivadas de la totalidad de los procesos (uso de terreno, energía empleada, agua, etc.) implicados en la producción de dietas más o menos representativas de las posibles opciones alimenticias de los consumidores. Y parece desprenderse que la dieta vegana es la más sostenible. Aunque a mí, y creo que a Néstor, nos coge un poco mayores para un cambio radical.

Actualización (23/04, 9:17). Flatólogo ha respondido enseguida a mi requerimiento. Está en el primer comentario, aquí debajo. Y la infografía que menciona en él está aquí.

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martes, 14 de abril de 2020

Mascarillas, polímeros y tejidos no tejidos

Dicen las miríadas de expertos que estos días pueblan los medios de comunicación y las RRSS que, después de esta pandemia, nada será lo que era. Sin que sirva de precedente, estoy bastante de acuerdo con estos "analistos" pero como cada uno arrima el ascua a su sardina, yo espero y deseo que también haya un antes y un después en la percepción que mucha gente había adoptado en el pasado en torno a los plásticos. La simple imagen que nos mandó hace poco nuestra amiga intensivista (va por ti, Merche Z.), preparada para la faena en su UCI, es una buena muestra de la contribución de los materiales plásticos a la complicada gestión de esta crisis. Hasta mis queridos "californianos" parecen haberse dado cuenta y en la icónica ciudad de San Francisco han dejado en suspenso la normativa que prohibía las bolsas de plástico de un solo uso. Algo que también ha hecho Nueva York, solo unos días después de aprobar tal prohibición. Así que tomen nota. Si un californiano lo hace...

Pero, en realidad, yo he venido aquí a hablar de una derivada de las muchas que la pandemia nos está dejando y que pertenece a mi Negociado de los polímeros o plásticos: las mascarillas. Que se han convertido en el producto mas buscado estos últimos días, una vez que todo el mundo ha comprobado que el papel higiénico acumulado no se le ha terminado ni, probablemente, se le terminará hasta el fin del confinamiento. A día de hoy, basta darse una vuelta por internet para darse cuenta de la que se ha montado en torno a las mascarillas. Desde los que buscan el modelo más sofisticado, que en esta urgencia solo tendrían que llevar los sanitarios, hasta los millones de páginas que incitan a fabricarse una usando los tejidos más variados. Hasta el influyente Centro para el Control y Prevención de Enfermedades americano (CDC) ha colgado en internet un vídeo en el que el llamado US Surgeon General explica cómo se puede fabricar una mascarilla casera con una camiseta.

No voy a entrar en el asunto sobre la mayor o menor eficacia de las diferentes mascarillas que uno encuentra en el mercado o se fabrica en casa porque no soy muy competente. Pero voy a dedicar la entrada a algo de lo que sí conozco un poco. Se trata de los llamados tejidos no tejidos (TNTs), constituyentes muy importantes de la mayoría de las mascarillas comercializadas. Como dice Wikipedia en español (muy bien explicado por cierto), un tejido no tejido "es un tipo de textil producido al formar una red con fibras unidas por procedimientos mecánicos, térmicos o químicos, pero sin ser tejidas y sin que sea necesario convertir las fibras en hilo. En este sentido, estos materiales se definen por su negativo (es decir, por lo que no son). Estos materiales textiles no se deshilachan; por eso, son apreciados para la confección de prendas y accesorios de alto rendimiento".

Y ejemplos para entender lo que es un tejido no tejido hay muchos en vuestras casas sin necesidad de curiosear en la UCI de mi amiga. Basta con mirar un Scotch Brite para ilustrarse al respecto. O mirar una de las partes de un Velcro, del que ya hablamos hace algún tiempo. Las tres primeras letras de ese peculiar "adhesivo" vienen del francés Velours (terciopelo) y las tres últimas de Crochets (ganchos). Pues bien, la parte del velours es otro buen ejemplo de tejido no tejido, a base de una poliamida o nylon.

En el asunto de las mascarillas, los tejidos no tejidos juegan un papel esencial en el filtrado del aire que podemos inspirar o espirar. Dependiendo de lo más o menos tupidos que sean y de su espesor (que, finalmente, se suele expresar en lo que pesan por metro cuadrado) pueden retener mas o menos partículas (ya sean de contaminación atmosférica o de microorganismos). Por ejemplo, las mascarillas N95 homologadas en USA se llaman así porque sus elementos filtrantes se quedan con más del 95% de los partículas en suspensión. Y algo similar pasa con las europeas FFP2. En las menos eficientes mascarillas quirúrgicas, que son las que están más implantadas en las calles de los países asiáticos y que ahora vamos a ver por aquí con profusión, esos porcentajes son algo inferiores.

Pero en todas ellas, para profesionales o para ciudadanos normales, confeccionadas por 3M o por alguien en casa, tener un tejido no tejido en la mascarilla final es una excelente opción. Por ejemplo, en las mascarillas profesionales, muchos de los elementos filtrantes están hechos a base de fibras de polipropileno que, bajo un microscopio electrónico, se ven como en la imagen que ilustra esta entrada*, mostrando a las claras su naturaleza no tejida. Pero hay otros materiales que se suelen utilizar en mascarillas y que son también tejidos no tejidos. El Ministerio español de Industria, Comercio y Turismo ha editado una serie de documentos (bastante prolijos por cierto) sobre cómo elaborar mascarillas higiénicas y entre los materiales que pueden usarse (además del mencionado polipropileno) están TNTs constituidos a base de un 80% de poliéster y un 20% de viscosa (un polímero semisintético obtenido tratando celulosa con hidróxido sódico y disulfuro de carbono). U otros con un 65% de poliéster y un 35% de algodón (un polímero natural, con fibras de celulosa y otras cosas).

Tejidos no tejidos, como los mencionados, se han vendido tradicionalmente en tiendas de telas, ahora cerradas, pero se siguen vendiendo en internet para los usos más variados (desde trapos de cocina a filtros para equipos de aire acondicionado) y en los últimos días se detecta que la gente los está adquiriendo por esa vía para hacerse sus propias mascarillas. Tejidos no tejidos son también las compresas empleadas en los hospitales aunque, en este caso, las mas habituales llevan más viscosa que poliéster (70/30) o están hechas a base de  puras fibras no tejidas de celulosa.

Pero si conseguís una mascarilla y salís a la calle con ella, no os pongáis el mundo (o la mascarilla) por montera. Dicen los expertos que calzarse una proporciona una falsa sensación de seguridad que nos hace relajarnos y ser menos rigurosos en otras cosas importantes, como mantener la distancia de seguridad o conservar las manos en perfecto estado de revista.

Y para terminar, un punto de orgullo local. Bexen Medical, en el barrio de Zikuñaga de mi pueblo, pasará a ser, a finales de este mes, el mayor fabricante de mascarillas del Estado (ver aquí). Hernani y yo somos así, amigos.

(*) la foto que ilustra la entrada corresponde a fibras usadas por la empresa 4C Air, una start-up de la Universidad de Stanford, en la fabricación de mascarillas.

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domingo, 29 de marzo de 2020

Antimonio para un confinamiento

Cuando a finales de diciembre os relataba la elaboración de lo que finalmente llamamos Kimikoteka, una Tabla Periódica confeccionada sobre la base de marcas de vinos, de cuyos nombres se pudieran extraer los símbolos de los 118 elementos químicos que componen dicha Tabla Periódica, dejé apuntado que, en el caso algunos símbolos concretos, la cosa fue más que complicada y hubo que saltarse alguna de las normas que en 1813 dio Berzelius, el primero que propuso usar una o dos letras derivadas del nombre en latín de los elementos, como forma de hacer universal la manera de denominar a esos elementos y sus compuestos. Y el elemento que más dolores de cabeza me proporcionó fue un viejo conocido de este Blog, el antimonio, cuyo símbolo químico hoy aceptado es Sb.

Localizar un vino cuyas primeras letras contuvieran una "S" y una "b", y además en ese orden, fue una tarea casi heroica. Al final, optamos por un vino de una pequeña bodega situada en Villamor de los Escuderos (Zamora), comercializado bajo el nombre de Señorío de Bocos. Es cierto que, en ese nombre, encontramos la "b" bastante retrasada con respecto a la "S" pero, para justificarnos, usamos como disculpa las tribulaciones (o, más bien, despistes) del propio Berzelius con el antimonio. Caímos en la cuenta de que a pesar de que el nombre en latín del antimonio es Stibium y Berzelius podía haber utilizado como símbolo simplemente las dos primeras letras (St), por alguna razón eligió el símbolo Sb que ha quedado como definitivo.

Con la urgencia de acabar la Kimikoteka la cosa no fue más allá. Vendimos la moto diciendo que si el propio Berzelius se había ido hasta la cuarta letra de Stibium para buscar la "b" en el nombre latino del antimonio, nosotros podíamos hacer algo similar con el Señorío de Bocos. Pero este Búho se quedó con la mosca detrás de la oreja y ahora, aprovechando el confinamiento, no he parado de dar vueltas al asunto hasta descubrir algo más sobre el origen del mismo.

En un largo artículo sobre las reacciones químicas y su nomenclatura titulado "Essay on the cause of chemical proportions, and on some circumstances relating to them: together with a short and easy method of expressing them", que Berzelius publicó en varias entregas en la revista Annals of Philosophy en sus volúmenes 2 y 3 [vol. 2, páginas 443–454 (1813) y vol. 3, páginas 51–62, 93–106, 244–255, 353–364 (1814)], el antimonio aparece por primera vez en una lista de la página 52 del volumen 3, donde Berzelius lo denota como St. Pero, a partir de la página 249, Berzelius, y sin explicación alguna, empezó a utilizar el símbolo Sb y así se quedó la cosa. Y, por más vueltas que le he dado, no he conseguido encontrar a nadie que proporcione una explicación a ese cambio. Aunque dos días después de publicar esta entrada, el último día de marzo, el amigo Paco de Caravaca ha publicado un jugoso comentario, que podéis ver abajo, y que podría explicar algunas claves sobre el baile de la "t" y la "b" del símbolo que nos ocupa.

Pero mi aventura por viejos textos ha ido muy lejos. No en vano el antimonio es uno de los primeros elementos aislados como tales por nuestros ancestros alquimistas, que lo representaban con el sugerente símbolo que ilustra esta entrada. De hecho, en el Louvre parisino, se guarda un viejo vaso caldeo de hace más de 6.000 años, hecho de antimonio puro. Y desde esos lejanos tiempos, este elemento ha resultado fascinante para muchos de los que han experimentado con él. Sobre todo por el papel jugado por su principal mena, la estibina (un sulfuro de antimonio), en la separación del oro de la plata, así como a la hora de eliminar del primero ciertas impurezas metálicas.

Así que si el antimonio y sus compuestos podían ser tan efectivos para "purgar" ciertas impurezas del oro, ¿no podría servir también como purgante en el organismo humano para eliminar ciertas enfermedades?. Nuestro viejo amigo Paracelso (el de la máxima "el veneno está la dosis") y el enigmático Basilio Valentín parecen estar en el origen de recetar antimonio como purgante o emético, arrancando así un debate con los partidarios de la medicina galénica tradicional, según la cual había que usar como medicinas preparados con propiedades contrarias a los síntomas de la enfermedad. Por el contrario, Paracelso había introducido el concepto de similitud (pelear contra un veneno con otro veneno), un claro antecedente (muchos años antes) de la primera ley de la homeopatía, según la cual un producto que cause efectos similares a los síntomas de una enfermedad debe (aunque sea un veneno para el organismo) curar esa enfermedad. Y como siguiendo esa idea de Paracelso, un médico francés, Nicholas Le Févre, curó a su rey Luis XIV en 1658 con un llamado vin émétique, a base de un compuesto de antimonio, la buena fama de estos preparados se extendió a lo largo de bastantes años después, por mucho que tuvieran efectos secundarios evidentes.

Llegando hasta tiempos de Mozart. Tal y como ya conté en una ya casi antediluviana entrada de este Blog, entre las diferentes teorías sobre su temprana muerte (en 1791) hay una, recogida por John Emsley en uno de sus libros, según la cual es probable que muriera intoxicado por antimonio, suministrado por su médico. Recordaba en aquella entrada que, en esa época, ningún maletín de médico serio dejaba todavía de contener el emético tartárico, un preparado para inducir el vómito, práctica de curar entonces muy popular. La sustancia empleada era un tartrato de potasio y antimonio. La gente lo tomaba de forma regular para librarse, entre otras cosas, de resacas matinales tras una copiosa cena. Aunque había que tener cuidado porque la dosis médica de ese emético no está muy lejos de la dosis considerada fatal.

Como todos disponemos de mucho tiempo estos días, aprovecho para recomendaros la lectura de la entrada mencionada que, en realidad, iba sobre la presencia de antimonio en el agua vendida en botellas de plástico. A ver si así subo un poco las estadísticas que también están "infectadas".

¡Sed formales y a cuidarse mucho!.

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