jueves, 19 de enero de 2017

Aguas de diseño. Versión 2017

Sidcup es un reputado suburbio londinense situado al este de la capital del Imperio. Nada especial en su historia, si eliminamos el hecho de que en su estación ferroviaria parece que Mick Jagger y Keith Richards llegaron al acuerdo de constituir una banda musical que, con el devenir de los tiempos, se concretó en los famosos Rolling Stones. Pero en marzo de 2004, Sidcup saltó a los titulares cuando el diario The Independent publicaba un artículo en el que denunciaba el hecho de que el agua embotellada que Coca-Cola estaba distribuyendo en el Reino Unido bajo el nombre comercial de Dasani, no era sino agua de grifo, tomada en el mencionado distrito de Sidcup, tratada y embotellada.

La cosa todavía se puso peor, un par de semanas más tarde, cuando las autoridades londinenses hicieron público un estudio, según el cual, las botellas de Dasani contenían cantidades poco significativas de bromato, un tipo de sal que se ha conceptuado como potencialmente cancerígena. Estudios posteriores parecieron demostrar que dichos bromatos provenían de la transformación de parte de los bromuros existentes en el agua de Sidcup, como consecuencia de los procesos de tratamiento a los que Coca-Cola sometía al agua de grifo.

El escándalo saltó a otros países de Europa y América, con lo que Coca-Cola tuvo que retirar cientos de miles de botellas, incluso en países donde, como en Canadá, el agua vendida como Dasani se obtenía y creo que se sigue obteniendo de un manantial natural y se comercializa con variados sabores. El caso es que, en Estados Unidos, Dasani se llevaba vendiendo ya varios años, obteniéndose a partir de aguas de grifo de diferentes Estados, filtradas y sometidas a un procesos de ósmosis inversa (el mismo que usan las plantas desaladoras). Con ese proceso se eliminan de forma mayoritaria las sales que dichas aguas contienen para, posteriormente, adicionar cantidades controladas de sulfato magnésico, fosfato potásico y cloruro sódico. Vamos, aguas de diseño, con un contenido absolutamente reproducible.

Esto que acabáis de leer es el inicio de una entrada que publicaba vuestro Búho en los albores de este Blog (diciembre de 2006) y, probablemente por ello, no la haya leído nadie o muy poca gente pero informados estabais. Dasani se sigue vendiendo y ya ha aparecido en alguna otra entrada en el Blog, no a propósito del agua sino de los envases de plástico, obtenidos de fuentes renovables, en los que se comercializa. Pero ahora Coca-Cola está atacando de nuevo con un producto que, intrínsecamente, no se diferencia mucho del agua Dasani. La llamada Smartwater es, como explica su etiqueta (que podéis ver mejor picando en la imagen), agua destilada con electrolitos añadidos para darle un determinado sabor.

La página web del producto explica que se obtiene tras un controlado proceso en el que se toma agua de la que los servicios municipales de las localidades ponen en el grifo de los domicilios o, en algunos casos, como el de UK y por aquello del lío de 2004, de un manantial situado en Morpeth, Northumberland, curiosamente el mismo origen de otra agua comercializada por la compañía bajo el nombre de Abbey Well, bajo el reclamo publicitario de "un agua filtrada naturalmente a través de arena blanca durante al menos tres mil años".

Sea cual sea su origen, el agua es sometida a una serie de procesos consecutivos que voy a resumir. Primero se eliminan los posibles volátiles orgánicos o clorados mediante filtrado sobre carbón activo. Después se destila, eliminando así los minerales y otras impurezas que en ella se encuentren. Se trata con luz ultravioleta para eliminar todo tipo de agentes patógenos. A continuación se remineraliza, adicionando cantidades controladas de unas sales que no son exactamente las que originalmente se encontraban en la Dasani. Aquí lo que se adiciona es cloruro cálcico, cloruro magnésico y bicarbonato potásico. Finalmente se le vuelve a someter a un proceso desinfectante a base de ozono que se hace pasar por el agua, no dejando rastro ni sabor alguno.

A muchos nos resulta increíble este grado de refinamiento, yo diría que obsceno tratándose de algo tan fundamental para la vida y tan escaso en muchos lugares, pero ahí está. Se supone que el nicho de negocio en el que Coca-Cola insiste con estos productos es una especie de agua sin "sorpresas" y alta pureza, aunque desde otra óptica (maligna) se podría hablar de agua pura con aditivos químicos. Pero es cierto que, venga de donde venga, una vez tratada y remineralizada con esas sales, el resultado final es siempre el mismo, con un sabor específico que la casa denomina como "fresco".

Estoy deseando que se venda en mi súper para ver a cuánto sale el litro y compararla con lo que me cuesta el agua de grifo de mi casa que, como no hace mucho os conté, no tiene nada que envidiar a las aguas embotelladas que normalmente adquirimos. Pero creo que esta nueva propuesta de Coca-Cola va a resultar carísima para mis finanzas de jubileta.

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viernes, 30 de diciembre de 2016

El chicle de los mayas (con un poco de marketing)

Me escribe una vieja amiga, fiel seguidora del Blog desde sus más tiernos balbuceos. Además de felicitarme las Navidades y el Año Nuevo, me pregunta que qué ha sido de aquel chicle que no se pegaba al pavimento, cuya irrupción inminente en el mercado adelantaba yo nada menos que en octubre de 2010. Pues la respuesta es contundente, amiga: creo que nos podemos olvidar de él. Como otros muchos inventos que, en principio, parecen tener un prometedor futuro, lo cierto es que la cosa no ha debido ser comercialmente muy jugosa porque, si uno entra en la página web donde hace seis años anunciaban el famoso chicle, lo más parecido que encuentra es una goma de mascar con nicotina, bajo el reclamo de que la goma en cuestión tiene unas excelentes propiedades a la hora de ir suministrando poco a poco los chutes de nicotina. Pero del chicle que podía resolver el problema planteado por la tienda de chuches que campa debajo de mi casa, nada de nada.

Sobre la goma base del chicle (el resto son azúcares o edulcorantes, colorantes, etc.) he escrito un par de entradas hace ya casi diez años. Para no que no tengáis que andar clicando mucho en enlaces, voy a hacer un pequeño resumen para situaros. Chicle es la castellanización de una palabra en lengua náhuatl (que se habla en Méjico) aplicada por los pueblos originales de esa zona a un árbol de la familia de las sapotáceas, el Manilkare zapota, también denominado Sapota zapotilla o Achras zapota. Se trata de una planta que, en realidad, crece de Méjico para abajo y que ya numerosos pueblos amerindios utilizaban como goma para mascar antes de que Colón y sus muchachos se dedicaran al noble arte de colonizar aborígenes. Para ello, realizaban incisiones en la corteza de esos árboles, que reaccionan ante la incisión o herida supurando un látex que los primitivos mascadores recogían y hervían, dejándolo después enfriar. El que la Historia conceptúa como introductor del chicle en EEUU, Thomas Adams, pensó en usar ese látex como alternativa al caucho natural que ya se usaba en las ruedas de automóviles, pero acabó utilizándolo (en 1871) en una mezcla con regaliz, a la que daba forma de bloques en una máquina similar a la que entonces se estaba introduciendo para fabricar las tabletas de chocolate, vendiéndola asi como goma de mascar (literalmente, chewing gum) bajo el nombre de Black Jack. Desde entonces, el nombre de Adams se ha perpetuado en los envoltorios de nuestros chicles. A lo largo de los años cuarenta y cincuenta del siglo pasado, diversos laboratorios y empresas fueron capaces de producir cauchos sintéticos que son los que, hoy en día, se emplean en la mayoría de las formulaciones de las gomas de mascar.

Haciendo una búsqueda tras el requerimiento de mi amiga con el que he iniciado el post, he encontrado una página de un chicle que retoma la vieja idea de los chicles originales. En el Gran Petén, la segunda selva tropical más grande del continente americano (tras el Amazonas) y, más concretamente, en la parte de esa selva que está en el Yucatán mejicano, una serie de chicleros o recolectores de chicle a la antigua usanza, han constituido un consorcio de 52 cooperativas para vender una marca de chicle, Chicza. Su recolección se centra en el árbol que arriba os mencionaba y que ellos denominan con el nombre popular de Chicozapote. Evidentemente, el Búho no tiene nada que objetar a esa iniciativa, que da trabajo a bastante gente con un tipo de actividad en principio respetuosa con el medio ambiente y que controla y preserva la población de esos árboles tropicales de indudable valor paisajístico y ecológico.

La cosa empieza a mosquear a este vuestro autor cuando en la página web destinada a vendernos el chicle Chicza lee una serie de conceptos que provienen de un hábil profesional del marketing. Voy a enumerar los que no estoy dispuesto a pasar ni siquiera pensando en los amigos chicleros. Nos venden que el chicle solo contiene "goma natural"mientras que los habituales "llevan sobre todo, polímeros hechos a partir de petróleo, que no son otra cosa que plásticos". Después establecen que puesto que el Chicza solo contiene goma natural, "tiene todas las virtudes de una materia prima biodegradable: inocua, hidrosoluble y no adhesiva. Se descompone fácilmente al combinarse la biodegradación enzimática y la bacterial, con el tiempo se hace polvo y regresa a la tierra, igual que la madera podrida, las hojas caídas y muchos otros elementos que enriquecen los suelos". Por el contrario las gomas fabricadas con polímeros derivados del petróleo "tienden a integrarse para siempre en el asfalto".

Pues oiga, va a ser que no. La composición química de la goma que se extrae del chicozapote es bien conocida desde hace años. En un artículo del año 1951, cuya referencia podéis ver abajo (1), Schlesinger y Leeper, mediante extracción con disolventes, demostraron que la goma de los chicleros es una mezcla física de cis-poliisoreno (34%) y trans-polisopreno (66%), dos polímeros o largas cadenas de unidades de isopreno pero que, al unirse para formar la cadena, se enganchan de manera distinta (dicho así para no asustar a los que dicen que en cuanto me pongo técnico abandonan la lectura). Vamos, que son dos polímeros distintos aunque de formula química idéntica. El que el chicle era una mezcla física fue corroborado posteriormente en un artículo de tres investigadores japoneses (2), usando Resonancia Magnética Nuclear de Carbono-13.

Nuestros amigos cis-poliisopreno y trans-polisopreno son dos polímeros que pueden extraerse de árboles muy similares al Chicozapote y por procedimientos idénticos (incisiones y demás). No deja de ser fascinante que árboles de la misma familia sean peculiares "laboratorios" en los que obtener materiales distintos con diferentes propiedades y aplicaciones. Por ejemplo, el árbol llamado Hevea brasilensis produce un tipo de látex que es el que hoy se vende todavía como caucho natural y que se sigue empleando en la formulación de neumáticos. El caucho Hevea es, básicamente, un cis-poliisopreno. Pero no muy lejos de las plantaciones de Hevea brasilensis, uno puede encontrar plantaciones de árboles como la Balata o la Isonandra gutta, que producen látex que dan lugar a cauchos o polímeros que son, fundamentalmente, trans-poliisopreno, con un uso más reducido que el caucho natural. El caucho de la Isonandra o gutapercha (del malayo getah, goma y percha, árbol) se ha empleado antiguamente por los dentistas, como rellenos de las caries una vez saneadas. El caucho proveniente de la balata se empleaba (ahora en menor escala) como corazón de las bolas más exclusivas de golf.

Y lo que es más importante, desde los años cuarenta, los químicos han sintetizado esos polímeros a escala industrial (sobre todo el cis-), consiguiendo materiales poliméricos idénticos a los de los árboles y mucho más puros. El caucho natural, por ejemplo, lleva algunas proteínas que son las causantes de las reacciones alérgicas que algunos experimentan cuando se ponen unos guantes fabricados con ese látex. El cis-poliisopreno sintético se emplea, junto con otros componentes poliméricos como el poliisobutileno, en la formulación de las gomas de mascar modernas.

Así que, volviendo ya a la propaganda del Chicza, las gomas naturales contienen polisoprenos cis- y trans- y, por muy natural que sea su origen, no son hidrofílicas, como no lo son el caucho natural, la gutapercha o los cauchos sintéticos derivados del petróleo. Ni unos ni otros se disuelven lo más mínimo en agua, lo que favorecería su biodegradación, que no ocurre. En lo tocante a la pretensión de que desaparezca y se integre en la tierra como las hojas o la madera también carece de fundamento. La goma de los chicleros desaparecen de forma muy parecida a como lo hacen los cauchos naturales o sintéticos. Cuando alguien los deja caer sobre el pavimento, la acción del calor y, sobre todo, de los rayos ultravioleta del sol y el oxígeno del aire, los va degradando progresivamente, haciéndolos más duros, favoreciendo así una desintegración lenta pero continua por la acción mecánica. Gracias a eso, y a las barredoras que pasan por mi portal casi todos los días, el pavimento al que salgo cuando me marcho de mi casa no tiene varios metros de altura a base de goma de mascar. Y ese polvo que la acción mecánica produce no vuelve a la tierra, integrándose en ella como lo hacen los desechos vegetales. Seguirá ahí, como los microplásticos de los que tanto se habla hoy en día.

El marketing también nos vende que el Chicza no lleva ni azúcar refinado ni edulcorantes como el aspartamo (faltaría plus). A cambio, se endulza con jarabe de agave natural, rico en fructosa y con bajo índice glucémico. Pero no es una solución ni para los dientes ni para prevenir la diabetes y otros problemas ligados al consumo de carbohidratos.

Así que larga vida a los chicleros, a sus árboles y a su Consorcio, pero no se me apunten a lo orgánico y natural. El solo hecho de que Uds. lo produzcan y comercialicen, en un mundo controlado por grandes multinacionales, ya tiene su valor añadido que no necesita de otros "aditamentos".

Referencias:
(1) W. Schlesinger and H.M. Leeper, Ind. Eng. Chem. 43, 398 (1951).
(2) Y. Tanaka, H. Sato and T. Seimiya, Polymer J., 7, 264 (1975).

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viernes, 9 de diciembre de 2016

Las larvas que comen poliestireno expandido

Desde que hace ya años leí un interesante libro del que es autor, vengo siguiendo en Twitter a una persona que, bajo el seudónimo de @paleofreak, es un prolífico generador de esos mensajes en 140 caracteres que llamamos tuits. Con muchos de ellos me identifico y, en todo caso, comparta o no sus contenidos, me hace reír. Y, gracias a seguirle, hace pocos días, uno de sus tuits fue la fuente de información para la entrada de hoy. Una información que, como "experto" en polímeros, preocupado además por el impacto ambiental de los plásticos, no se me tendría que haber escapado. Pero uno no puede estar a todo. Así que sólo gracias a @paleofreak he podido localizar la mencionada información y leérmela.

En el tuit en cuestión, @paleofreak escribía:

- Los gusanos de la harina (larvas de Tenebrio molitor) se comen el poliestireno sin problema alguno.

haciendo referencia a un artículo publicado el año pasado [Environ. Sci. Technol. 2015, 49,12080-12086]. Eso provocó un intercambio de tuits entre él y uno de sus seguidores:

- ¿Y qué cagan?.
- Caca.
- Quiero decir que si el subproducto es igual de contaminante que el poliestireno, no le veo mucha utilidad.
- No lo parece. Hay una biodegradación bastante efectiva según entiendo, aunque no controlo el tema.


A partir de ahí, ya tenía el Búho el tema servido.

Los gusanos de la harina son la fase larva de un tipo de escarabajo que, obviamente, vive de las harinas. De acuerdo con la Wikipedia (donde podéis ver la pinta que tienen), las larvas son bastante grandes (25 milímetros) y se utilizan normalmente como cebo de pesca o en la alimentación de mascotas como reptiles y aves. Se suelen comercializar en recipientes llenos de salvado y, en algunos sitios exóticos, se venden brochetas de estas larvas asadas para consumo humano. Su bien experimentada crianza en cautividad, las hace idóneas para el tipo de experimento descrito en el artículo en cuestión.

El poliestireno expandido (EPS en jerga técnica) es esa especie de corcho blanco, constituido por agregación de bolitas del material, que se usa para envasar, por ejemplo, aparatos electrónicos como impresoras y ordenadores y así protegerlos de los golpes en el transporte. También se emplea en las bandejas de supermercado que contienen carne o frutas envasadas y es el mismo material que constituye esa especie de gusanitos blancos, que podéis ver en la foto que ilustra esta entrada, con los que se protegen objetos con formas más complicadas.

Gracias a un proceso de expansión que se lleva a cabo con ayuda de gases, el poliestireno original se transforma en el poliestireno expandido (EPS), que pesa entre 20 y 100 veces menos que lo que pesa el mismo volumen del poliestireno original, porque una parte importante de él es solo aire. Esa baja densidad del EPS hace que vuele con gran facilidad por acción del viento. Si tenemos además en cuenta que pequeñas fricciones hacen que su estructura se desintegre en las minúsculas bolitas blancas que lo constituyen, es entendible la facilidad con la que puede aparecer por todas partes, aunque también hay que mencionar que esa baja densidad hace que sea muy difícil que pueda hundirse en el agua de los ríos o en el agua de mar. En cualquier caso el EPS es un material con no muy buena fama a nivel ambiental y en los Garbigunes (estaciones de recogida selectiva de basura de mi pueblo), el EPS se recoge en contenedores específicos para su posterior reciclado.

Pues bien, el artículo que llegó a mis manos, gracias al tuit de @paleofreak, explica que las larvas del escarabajo de la harina son capaces, literalmente, de comerse el poliestireno. Los autores son un grupo de investigadores chinos (uno de ellos radicado en la Universidad de Stanford, en los USA) a los que yo ya había leído en un trabajo similar sobre el polietileno (el plástico de las bolsas de basura) y la posibilidad de que otros conocidos bichitos, los gusanos de seda, pudieran comérselo. Pero sus resultados eran sustancialmente menos interesantes que los de las larvas de la harina que ahora consideramos.

En el trabajo en cuestión, un grupo de larvas de harina es "alimentado" exclusivamente con poliestireno expandido y, pese a ello, los bichos son capaces de vivir el mismo tiempo (antes de dar lugar a las pupas y al escarabajo final) que otro grupo de hermanas alimentadas con el salvado habitual. El análisis del artículo revela que, en un período tan corto como 16 días, las larvas ingieren EPS y son capaces de convertir casi la mitad de él en CO2 que es expelido a la atmósfera. Una cantidad muy pequeña (menos del 1%) es incorporada al cuerpo de las larvas pero, sorprendentemente, es suficiente como para que no adelgacen tanto como un tercer grupo de control al que se ha mantenido en una estricta y obligatoria "huelga" de hambre. Ello quiere decir que del metabolismo del EPS, que da lugar al CO2, las larvas del primer grupo son capaces de sacar la energía suficiente para mantener su peso sin comer nada más.

La otra mitad del EPS que las larvas mastican e ingieren pasa a convertirse en las "cacas" que preocupaban al interlocutor de @paleofreak. Los chinos han analizado también esas heces y han comprobado que aunque, básicamente, están constituidas por poliestireno, el paso por el tracto intestinal de nuestras amigas ha hecho que las largas cadenas de átomos que constituyen el poliestireno original sean algo más cortas (no mucho) en las heces, lo que quiere decir que esas cadenas se han roto por la acción intestinal.

Los autores terminan el artículo dirigiendo al lector a un segundo artículo en la misma revista [Environ. Sci. Technol., 2015, 49, 12087–12093] en el que dan cuenta del importante papel que en la degradación del EPS juega la microflora intestinal de las larvas, proponiendo la interesante idea de tratar al intestino de esas larvas como un biorreactor en el que diversas condiciones físicas y bioquímicas puedan tener un papel crítico en los resultados obtenidos en el primero de los dos artículos. Ello, según los autores, puede ser importante a la hora de que la larva de la harina pueda cambiar su "menú" y acabar comiendo otros plásticos omnipresentes en nuestro mundo como el polietileno, el polipropileno o el PVC.

Como dice un colega en estas actividades divulgativas, ¡permanezcan atentos a sus pantallas!.

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martes, 29 de noviembre de 2016

La tortuosa vía de la Quimiofobia

Hasta hace unos pocos días, yo pensaba que el Flan Chino Mandarín era una cosa del pasado, solo en la memoria de sesentones que, como yo, recuerdan los flanes de nuestras madres, hechos con unos sobres cuyo contenido se ponía a hervir con leche y que los niños de la época nos comíamos con deleite en un santiamén. Pero una historia que he leído en la revista alemana Chemie in Unserer Zeit (La Química en Nuestro Tiempo) me ha hecho rebuscar un poco y encontrarme con la sorpresa de que el Mandarín sigue vivito y coleando, aunque ahora bajo el pastoreo de la marca alemana Dr. Oetker, que comercializa muchas cosas en España. Una alucinante historia que, por cierto, tiene que ver con el asunto de la vainilla natural o artificial que vimos hace poco.

El Prof. Klaus Roth, de la Universidad Libre de Berlín, es un químico al que sigo la pista desde hace tiempo. Conocido por un par de libros sobre el uso de la Resonancia Magnética Nuclear en Medicina, es también (y por eso me interesa) un divulgador cuyos temas preferidos tienen que ver con la gastronomía. De hecho, ha publicado recientemente un libro sobre Delicatessen. No le sigo tanto como quisiera porque publica en alemán y mi alemán se debió esconder en las aulas de la Facultad de Ciencias de Zaragoza, tras pasar un examen en el que había que traducir (con ayuda de diccionario) un texto de la lengua de Goethe. Pero los resúmenes de sus artículos en la revista arriba mencionada suelen estar en inglés y cuando, como es el caso de hoy, veo algo que me interesa, me busco la vida para poder tener una versión al castellano del artículo. Esta vez, mi colega y amigo Thomas Schäfer ha sido el traductor, entre cerveza y cerveza en un bar de mi barrio.

La última contribución del Prof. Roth [Chem. Unserer Zeit 2016, 50, 226-232] lleva por título "¿Es el pudding con sabor a vainilla mutagénico?", título que podría trasladarse al mercado español, sin más que cambiar pudding por flan Chino Mandarin. Y el Dr. Roth se plantea esa inquietante pregunta después de leer en un libro de texto, publicado en 2015 bajo el título de Bioquímica Técnica, que  "la vainillina sintética, de acuerdo con el BUA (acrónimo alemán del Comité Consultivo de Sustancias de Relevancia Ambiental) es cancerígena, mutagénica, puede causar daños en el ADN y en los cromosomas". La cosa mosqueó a nuestro profe berlinés porque estaba al corriente de diversos dictámenes de la FDA americana, la EFSA europea u otros organismos como la FAO o la OMS, que no han planteado, a lo largo de los últimos 50 años, problema alguno ligado a la vainillina sintética y que, incluso, han llegado a establecer límites seguros para la ingestión de esa sustancia. Y así, la Dieta Admisible Diaria está establecida en 10 mg/kg de peso y día, lo cual quiere decir que una persona de 70 kg de peso podría ingerir, todos los días de su vida, 700 mg de vainillina, casi un gramo, sin que pasara nada. Lo cual no es el caso para la mayoría de los mortales. ¿De dónde había salido entonces la cita en el libro de Bioquímica?.

La búsqueda le ha llevado su tiempo al Prof. Roth (andará jubilado, como yo), pero ha resuelto el misterio. La referencia que el libro de Bioquímica hace al BUA es correcta y data de mediados de los ochenta, cuando ese Comité Consultivo analizó los datos existentes en la literatura de unas 100.000 sustancias químicas presentes en el mercado. Y de esas 100.000, la BUA restringió un estudio posterior a 512, en principio más problemáticas, entre las que se encontraba nuestra vainillina (quizás por ser una sustancia muy vendida). No se encontraron estudios que indicaran la peligrosidad de esa sustancia, excepto que algunas pruebas realizadas con animales parecían apuntar a efectos cancerígenos o mutagénicos o dañinos para el ADN o para los cromosomas (y es importante que retengáis lo del repetido "o"). Pero esos indicios encontrados en la bibliografía no se han confirmado nunca con posterioridad.

Sin embargo, la literalidad de las conclusiones contenidas en el informe del BUA fue recogida en esos años en una web de un Centro dirigido por un tal Dr. Meiners, un químico y ecologista que recibió en herencia una maravillosa finca cerca de Bremen y la transformó en un Centro dedicado a cuestiones medioambientales. Y, desde entonces, allí sigue la referencia en los mismos términos en los que se publicaron hace treinta años.

Esa referencia fue tomada en el año 2010 por otra peculiar organización alemana, una especie de Centro de terapias alternativas, el Zentrum der Gesundheil (ZDG) que, sin embargo, alteró el texto de la web del centro del Dr. Mainers y cambió los sucesivas "o" de dicha web por una lista de los mismos conceptos con lo que, en ese nuevo sitio, la vainillina pasó a quedar definida, al mismo tiempo, como cancerígena, mutagénica, dañina para el ADN y para los cromosomas. Y ha sido este múltiple carácter dañino el que se ha recogido en el libro de Bioquímica de 2015.

Pero aún hay más. En la web del Dr. Meiners parece también una frase en la que, sin citar referencia alguna, se establece que estudios realizados en los ochenta en EEUU parecían haber apuntado la posibilidad de que la vainillina tuviera ciertos efectos sobre algunos niños, lo que se traducía en pérdidas de atención y nerviosismo. En la web del ZDG, y ya en 2010, esa posibilidad se convirtió en certeza, estableciendo categóricamente que el consumo de vainillina producía pérdidas de atención e incremento de nerviosismo en los niños. Y ya, puestos a modificar, el libro de Bioquímica de 2105 establece que la vainillina es una neurotoxina (para qué vamos a andar con rodeos).

No me digáis que la cosa no tiene guasa.

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domingo, 20 de noviembre de 2016

Agitación cuántica

El guionista, humorista y director de televisión José Antonio Pérez Ledó (Jose para los amigos y @mimesacojea en Twitter) nos hizo reír de lo lindo con una charla Naukas en el reciente Passion for Knowledge, organizado este setiembre en esta ciudad por las huestes amigas de Pedro Etxenike. La charla se titulaba Últimos Avances en Cuántica y nadie debiera perderse el vídeo de esa charla, enlace aquí, si no lo habéis visto todavía. Son menos de diez minutos hilarantes y más si pensamos que Jose tenía sentados en las primeras filas del Teatro Victoria Eugenia a cualificados investigadores, alguno con el Nobel de Física o Química en las alforjas, muchos de los cuales tiene que ver con la Cuántica.

Siguiendo con el hilo cuántico, este miércoles y en el Diario Vasco, mi gaceta local, en sus páginas de Al Día y, dentro de ellas, en el apartado Salud, se publicaba una entrevista con un conocido médico homeópata de mi ciudad, cuya consulta queda al otro lado de mi calle. La entrevista era la "fase de calentamiento" para una charla que, ese mismo día, se iba a dar en San Sebastián y que tenía como motivo el responder a los "ataques injustificados y agresivos que se habían dado contra los homeópatas" con ocasión del Congreso celebrado  en mayo en el Palacio Miramar de esta ciudad.

Ante una pregunta de la periodista sobre cómo podía explicar que los preparados homeopáticos funcionen después de las ultradiluciones a las que se someten durante su elaboración, el entrevistado recurre al nuevo mantra de la homeopatía: "existen evidencias de que las diluciones homeopáticas transmiten la información, a pesar de que no hay moléculas[.....]. Lo que se está obviando es el proceso por el cual se hace la dilución". La entrevistadora, bien mandada, le pregunta simplemente en qué consiste ese proceso. Y aquí el ciudadano se mete en un jardín sin flores: "Se hace en frascos separados y, en cada dilución, se provoca una agitación a través de unas máquinas. Lo que se ha demostrado ahora, gracias a la física cuántica, es que se forman nanoburbujas y, entre ellas, crean capas, estructuras nuevas, denominadas dominios de coherencia, que es donde se acumula esa información. Cuanto más diluyes más estructuras hay, más nanoburbujas y más capacidad de almacenar información". (Los subrayados son míos).

No voy a entrar a explicaros lo de las nanoburbujas y los dominios de coherencia porque, sobre todo en lo segundo, vamos a entrar en terrenos movedizos y, a la mayoría, le daría por abandonar la lectura antes de enterarse. Pero si voy a hablar de algo más prosaico, de las famosas máquinas y de la agitación, capaces de crear esas complejas estructuras cuánticas. El método establecido, hace casi dos siglos, por el padre de la homeopatía Samuel Hahnemann establece que, tras cada dilución en la preparación del "medicamento" homeopático, la nueva disolución debe ser vigorosamente agitada un número determinado de veces. Ello provoca la llamada potenciación de esa disolución, la madre de todas las propiedades de los preparados, la que da lugar a la "memoria del agua", las nanoburbujas, los dominios de coherencia o cualquier otro concepto que pueda explicar lo inexplicable.

El método original, propuesto por Hahnemann, suponía llevar a cabo esas agitaciones mediante golpes repetidos del frasco que contiene la nueva dilución contra una Biblia. Nada que objetar, dada la época. Hoy en día, muchas de las grandes empresas homeopáticas, como Boiron y otras, han racionalizado ese proceso y algunas alardean de que tras "largas investigaciones" han dado con las "máquinas" ideales para que el proceso de potenciación sea el adecuado. Ahora se atribuyen a esas sofisticadas máquinas (que no dejan de ser unos agitadores) la producción de esas estructuras cuánticas, celosas guardianas de la información del principio activo o sustancia que había en la disolución original de la que se parte para preparar las sucesivas diluciones. Diluciones que a partir de un punto, y como reconoce el entrevistado, hacen que la disolución no contenga molécula alguna del principio activo.

Pero lo que el homeópata no dice es que algunas de esas empresas se aferran a la tradición y siguen elaborando preparados homeopáticos mediante el estricto seguimiento de los dictámenes del Fundador. Así que, en el proceso, pasan de sofisticados artilugios y siguen empleando los golpes sobre la Biblia. Y si no os lo creéis porque pensáis que esto de la homeopatía es una cosa seria, podéis entrar en la página web de la empresa Helios Homeopathy, un referente en este campo, y ver este vídeo. Está en inglés (aunque parte de la web está en castellano) y no hace falta que lo veáis entero, aunque quizás a más de uno le abra los ojos. Pero, si no tenéis tiempo, basta con que vayáis al minuto 0:26 y aguantéis poco más de treinta segundos y veréis la parte de la preparación que implica la Biblia y, según ellos, la creación de las estructuras cuánticas que almacenan la información.

Después de esto podéis abrir de nuevo el vídeo de @mimesacojea y volver a reír. La risoterapia es una de las pocas medicinas alternativas en la que creo.

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Datos personales

Boredom is the highest mental state, según Einstein. Pero, a veces, aburrirse cansa. Y por eso ando en esto, persiguiendo quimiofóbicos.