martes, 16 de julio de 2019

Sobre los efectos perjudiciales de los microplásticos en la fauna marina

Los plásticos y microplásticos, que acaban en los océanos por cualquiera de las vías que hemos visto en las dos entradas anteriores, pueden tener efectos perjudiciales en los seres vivos que viven en el mar (peces, mamíferos, etc.) o cerca de él (como es el caso de las aves marinas). Los macroplásticos como los grandes filmes o las redes y cuerdas proveniente de los barcos, de los que no se habla tanto como de los envases pero que son bastante abundantes, pueden causar la muerte de pájaros, mamíferos marinos o tortugas al resultar atrapados por ellos, lo que les impide moverse, alimentarse o incluso respirar. Y también por ingestión y bloqueo u obstrucción del tracto gastrointestinal. Este también puede ser el caso de la ingestión de los mucho más abundantes microplásticos, que los animales pueden confundir con sus presas habituales.

Aunque las imágenes y vídeos que circulan por internet al respecto resultan preocupantes, el efecto real en la salud de los organismos está lejos de ser conocido con exactitud. Y para apoyar esta afirmación voy a usar en los párrafos siguientes una reciente monografía colectiva sobre la basura marina de origen antropogénico. Si os interesa el tema, esa monografía se puede descargar gratuitamente en ese mismo enlace. Es un pdf de casi 500 páginas y más de un millar de referencias. En uno de sus capítulos queda claro que una gran parte de las especies marinas se han visto afectadas progresivamente por alguno de los problemas mencionados en el párrafo anterior (atrapamientos, ingestión, etc.). Y así, en el resumen de ese capítulo se dice que "el número de especies que se conoce que han sido afectadas ya sea por ingestión o por resultar atrapadas en plásticos se ha doblado desde 1997, desde 267 a 557 especies. Por ejemplo, en las especies de tortugas marinas las afectadas han pasado del 86 al 100% ( 7 de 7 especies), en el caso de mamíferos marinos del 43 al 66% (81 de 123 especies) y en el de las aves marinas del 44 to 50% (203 de 406 especies)". Esas cifras provienen de un meticuloso trabajo de búsqueda en bibliografía que han llevado a cabo los autores y que muestra que los macro o microplásticos han causado algún efecto no deseado en algún miembro de esas especies.

Pero mucho más complicado que establecer la afectación o no en un tipo de especie es cuantificar el número de individuos afectados y las consecuencias últimas de esa afección en términos, por ejemplo, de la mortalidad causada por esos problemas. No en vano, la extensión y profundidad de mares y océanos y la población de fauna marina son inmensas. En otro de los capítulos de la monografía arriba citada, la autora estudia los efectos de los microplásticos en esa fauna y concluye en el resumen que "A pesar de la preocupación causada por la ingestión de microplásticos en poblaciones naturales, sus efectos y las implicaciones en las cadenas alimentarias no están bien entendidas por el momento. Sin un conocimiento de las velocidades de ingestión y expulsión de los microplásticos en las poblaciones, es difícil deducir sus consecuencias ecológicas". En el apartado dedicado a los peces puede leerse literalmente que "todos los estudios citados sugieren que la ingestión de microplásticos es la ruta principal de exposición de los peces a la basura plástica, al ser identificados equivocadamente como presas o comida. Pero no se han observado efectos adversos de manera significativa". Y en el dedicado a los efectos de los microplásticos en aves marinas se dice que "la mayoría de las aves marinas examinadas en la bibliografía no mueren como consecuencia directa de la ingestión de microplásticos", al entender que la mayor parte de ellos son ingeridos y posteriormente expulsados en forma de heces.

Esa misma idea se desprendía de un reciente estudio realizado por investigadores de la Universidad de Tasmania sobre la incidencia de los microplásticos en la mortalidad de las aves marinas que vimos en una entrada anterior. Es evidente que los resultados que se concluyen de ese estudio particular no son comparables con revisiones bibliográficas como las mencionadas en los párrafos anteriores. De hecho, yo no hice mucha incidencia en los resultados como tales sino que utilicé el estudio para denunciar el mal uso que muchas veces se hace, en las notas de prensa de las Universidades y en los medios de comunicación, de los datos reales de un artículo. Pero no deja de ser un ejemplo de lo que aquí nos interesa. El artículo evidenciaba que el 32% de los 1733 cadáveres de aves marinas a los que se hicieron las autopsias tenía algún microplástico en el tracto gastro-intestinal. Pero solo 13 (el 0,75%) habían muerto fehacientemente como consecuencia de esa ingestión.

Consideraremos ahora un tema mucho más recurrente en las introducciones de muchos artículos científicos en este área, así como en los medios de comunicación. Y que es el argumento de que los microplásticos pueden acumular, una vez presentes en el mar, los llamados Contaminantes Orgánicos Persistentes, COPs o POPs en inglés. Sustancias como el DDT, los bifenilos policlorados (PCBs) usados como aislantes en instalaciones de alto voltaje o los polibromodifenil éteres (PBDEs), usados como aditivos retardantes de la llama. Han ido a parar al mar como consecuencia de su producción y empleo industrial en el pasado, aunque llevan años prohibidas. Pero, como su nombre genérico indica, es complicado que se degraden en el medio ambiente y, por tanto, siguen ahí, ya sea depositados en los sedimentos o disueltos en el agua en concentraciones muy por debajo de los nanogramos/gramo de agua.

Esos compuestos tienen una solubilidad muy baja en agua (podemos llamarlos hidrófobos) pero tienen una afinidad mucho más alta por medios no acuosos (orgánicos), como resultan ser los microplásticos. Así que prefieren adsorberse o absorberse en el plástico antes que estar disueltos en el agua de mar. Los químicos cuantificamos eso en forma del llamado coeficiente de reparto, que no es más que un número que mide la preferencia de una sustancia a estar disuelta en un medio u otro. En el caso de la pareja plástico/agua ese número puede llegar a ser tan alto como un millón o más. La principal alarma que de ello se deriva es que los microplásticos se carguen de forma importante con POPs y puedan ser ingeridos por los pájaros o los peces. Los POPs podrían pasar a los organismos de estos, acumulándose progresivamente (bioacumulación) en sus músculos y, sobre todo, en la grasa. Y, a través de la cadena de alimentación, llegarían hasta nosotros. Es lo que resume la figura que ilustra esta entrada, tomada de un trabajo de P. Wardrop y otros.

La contaminación de organismos marinos por POPs y su bioacumulación está bien documentada, incluso en organismos que viven en lugares como la Fosa de las Marianas a 10.000 metros de profundidad como demuestra este artículo. Pero el que ello haya sido producido de forma importante por la ingestión de microplásticos es una hipótesis que está lejos de haberse probado a nivel científico. Por ejemplo, los petreles y otras aves marinas se suelen considerar como "chivatos" del estado de la contaminación en el mar. Aunque hay artículos más antiguos que detectan simultáneamente la presencia de POPs en los tejidos de algunas aves marinas y de microplásticos en sus estómagos, el primer estudio que trata de correlacionar unos y otros (en realidad un informe del Instituto Polar Noruego) data de fecha tan reciente como 2104. Estudiando un número reducido de petreles se encontró que, en general, la concentración de los diferentes POPs en sus organismos era básicamente la misma en petreles con microplásticos en su estómago que en los que tenían el estómago libre de los mismos.

Un artículo posterior (2016), mucho más riguroso en cuanto al número de muestras investigadas y a las técnicas utilizadas, viene a llegar a esa misma conclusión. Hay POPs en cantidades parecidas en petreles con plástico en sus estómagos o sin ellos. De donde los autores hipotetizan que esa intoxicación por POPs tiene que provenir de fuentes diferentes a los microplásticos, probablemente de las presas de las que se alimentan y que estarían contaminadas con los POPs presentes en el agua y los sedimentos de los océanos.

Ya os he presentado a Albert Koelmans en una reciente entrada, como Coordinador de un estudio para la Union Europea sobre los riesgos de los microplásticos para la salud y el medio ambiente. Se trata de un científico especializado en la presencia de los POPs en el mar, con bibliografía sobre los diferentes materiales que pueden actuar como "acumuladores" de esos contaminantes, incluidos los microplásticos. Un artículo en el que figura como primer firmante, publicado en 2016, es una de las más recientes (e interesantes, en mi humilde opinión) revisiones críticas sobre el estado del asunto de los microplásticos como vectores de la bioacumulación de los Compuestos Orgánicos Persistentes.

La primera conclusión importante que se desprende de ese artículo es que aunque es cierto que hemos vertido mucho plástico al océano, la cantidad es aún pequeña (unos 2 nanogramos por litro de agua) en comparación con otras cosas existentes en el mar que, y esto es importante, pueden llegar a contener o almacenar esos contaminantes y, por lo tanto, actuar como vectores compitiendo con los microplásticos. Por supuesto, hay mucha más agua (unas 10.000 millones de veces más que plástico) donde esas sustancias están disueltas. Pero también hay un millón de veces más de materia órganica dispersa, y cientos de miles de veces de cosas como el fitoplacton, los coloides o incluso casi la misma cantidad de partículas de carbón. Todas pueden absorber los POPs contenidos en el agua, aunque con diferentes intensidades en virtud de los coeficientes de reparto de los que hemos hablado arriba.

Los autores del artículo se ponen en un escenario extremo en el que eligen los coeficientes de reparto más altos para los microplásticos y los más bajos para el resto de sustancias dispersas en el mar. Y con esa premisa estiman que la cantidad de POPs absorbida por los plásticos representa, en ese peor escenario, un porcentaje del 0,0002% de los POPs que están en el agua de los océanos. Ese porcentaje iría creciendo si los microplásticos siguen aumentando (algo que esperemos solucionar) pero, por el momento, parece que el papel de los microplásticos como vectores de esos contaminantes es muy poco relevante.

En ese mismo artículo, Koelmans y sus colegas se manifiestan bastante críticos con los experimentos de laboratorio, muy abundantes en el campo que estamos considerando, en los que peces u otros organismos marinos son encerrados en acuarios y alimentados con comida convencional mezclada con microplásticos que, previamente, se han contaminado con cantidades, en muchos casos exageradas, de POPs, estudiando así los potenciales efectos en los seres vivos. Los autores entienden que ese tipo de experimentos no reproducen las condiciones reales de los océanos y, por tanto, son poco relevantes al estimar los riesgos reales. Una opinión que también mantienen otros autores conocidos en el campo que nos ocupa, como Rainer Lohmann, en este artículo.

Y con esto vamos a dejar, por ahora, el asunto de los microplásticos en el mar. Que no el de los microplásticos en general......Pero estas cosas tienen su trabajo y ahora hace buen tiempo.

Leer mas...

jueves, 4 de julio de 2019

A la búsqueda del plástico perdido en el mar

Acabábamos la entrada anterior con una figura que ilustraba las grandes vías fluviales que contribuyen significativamente a la entrada de residuos plásticos en los océanos. Decíamos también que esos residuos provienen, en gran parte, de países emergentes que tienen costa y que no manejan adecuadamente esos residuos. Una vez en el mar, los plásticos son arrastrado por el viento, las mareas y las corrientes marinas, lo que puede hacer que aparezcan incluso en las zonas mas recónditas del globo, como es el caso de la región Ártica. Además, en algunos puntos significativos del océano, las corrientes se mueven en forma de los llamados giros. Uno de esos giros, situado al Norte del Océano Pacífico, ha contribuido a acumular en esa zona concentraciones más grandes de residuos plásticos que las que se dan en otros puntos de los océanos. Es el ejemplo más citado de las llamadas islas o parches de basura, un concepto introducido por el oceanógrafo y marino Charles J. Moore en los años 90 cuando, volviendo de una regata entre Los Angeles y Hawai, se encontró con una acumulación importante de basura en esa zona, la mayor parte en forma de residuos de plástico. Desde entonces, el concepto es un icono sobre la contaminación marina por esos materiales, ampliamente citado en los medios de información y en internet.

Pero habría que dejar claro que no son tales islas (he visto comentarios en internet en el sentido de que hasta se puede caminar por ellas) y que lo que se puede ver en esa zona no se corresponde con las fotos con las que los medios y las redes sociales suelen ilustrar sus reportajes sobre el tema, fotos que suelen provenir de acumulaciones de basura en bahías cerradas como la de Manila o en estuarios de ríos como el Motagua, en Honduras, casi siempre después de episodios meteorológicos significativos como tifones o lluvias torrenciales. Y quien necesite una fuente más respetada sobre el asunto que la humilde opinión de este vuestro Búho, puede recurrir a la NOAA (National Oceanic and Atmospheric Administration) americana, una de las agencias más citadas en el ámbito medioambiental. En su sitio web y en una de sus páginas, lo explica de forma meridiana: "El nombre “Isla de Basura del Pacífico" ha llevado a muchos a creer que se trata de un área grande y continua de elementos de desechos marinos fácilmente visibles, como botellas, bolsas, etc., similar a una isla real y que debería ser visible con fotografías desde satélite o “in situ” desde barcos. Este no es el caso. Si bien se pueden encontrar mayores concentraciones de elementos de basura en este área, gran parte de los desechos son en realidad pequeñas piezas de plástico flotante que no son evidentes a simple vista".

Este contundente comentario de la NOAA nos da pie para entrar un poco más en detalle en el tema de los Microplásticos, residuos plásticos de pequeñas dimensiones. Como ya vimos en otra entrada reciente el tamaño de estos residuos importa, así que es conveniente distinguir entre las diversas dimensiones de los mismos. En un muy reciente artículo de N. Hartmann y otros [Environ. Sci. Technol. 53, 1039-1047 (2019)] y como forma de que todos empleemos un lenguaje similar, los autores proponen que cuando hablemos de Microplásticos nos refiramos a trozos de estos materiales cuya dimensión más significativa vaya entre 1 y 1000 micras, reservando el de Nanoplásticos a los que midan entre 1 y 1000 nanómetros. Residuos plásticos más grandes deberían denominarse Macroplásticos (mayores de 1 centímetro) o Mesoplásticos (entre 1 y 10 milímetros). Veremos si esto acaba por imponerse porque lo cierto es que hay por ahí varias definiciones de Microplástico.

En la imagen que ilustra esta entrada (y que se puede ver mas grande clicando en ella) aparecen las diferentes fuentes de esos Microplásticos. En primer lugar, los diversos productos acabados de plástico que todos utilizamos y que, una vez que los desechamos y acaban en el medio ambiente (vamos a fijarnos en el marino), sufren un progresivo efecto de degradación provocado, sobre todo, por la acción de la luz UV y el oxígeno. Eso hace que su naturaleza química vaya cambiando, lo que provoca, en muchos casos, una mayor fragilidad del material con ulteriores procesos de fragmentación que, en el caso del mar, pueden verse favorecidos por la acción mecánica del oleaje. Esos mismos procesos ocurren con lo que los poliméricos llamamos granza, pequeñas esferas o cilindros vendidos por los grandes fabricantes de plástico a las industrias transformadoras, para que éstas los fundan y moldeen en los diversos objetos que el consumidor emplea. Estas granzas, sin embargo, han ido disminuyendo su presencia en el mar desde los años 90, como consecuencia de normativas como la MARPOL, que se han ido imponiendo tanto a los productores como a los transformadores de plástico.

La bibliografía reciente hace cada vez más incidencia en la importante presencia de las fibras textiles en los muestreos de Microplásticos realizados tanto en el mar como en la tierra o el aire. En el caso del mar, se había extendido la idea de que la fuente fundamental de fibras (no solo sintéticas sino también naturales como el algodón) es el lavado de nuestras prendas ya sea a mano o, sobre todo, en las lavadoras de los occidentales. Sin embargo, hoy parece cada vez más claro que, al menos en el caso de los países occidentales, las plantas de tratamiento de agua atrapan un porcentaje muy elevado de esas fibras. Y se va imponiendo la idea [S.A Carr, Integr Environ Asses Manag 13, 466 (2017)] de que, como consecuencia del uso que hacemos de diferentes materiales textiles (las alfombras son otra importante fuente de fibras), la mayoría de esas fibras pasan al aire y de ahí al mar. Finalmente, otra fuente mas reciente de los Microplásticos en el mar son las microesferas o microcápsulas de productos de belleza, pastas de dientes, etc., utilizadas en esos productos como agentes abrasivos y que, aunque no han llegado a ser un componente importante en el total de los Microplásticos en el mar (la producción global ha alcanzado como mucho unas 1700 toneladas/año en los pocos años que se han venido usando), están siendo ya prohibidas en USA y EU a partir de 2015 y sustituidas por sustancias inorgánicas como la sílice.

El concepto de Microplástico se introdujo en un artículo de la revista Science en 2004. En su título se planteaba una intrigante pregunta: "Perdido en el mar. ¿Dónde está todo el plástico?". Esa misma pregunta se volvió a plantear unos años más tarde cuando se conocieron los resultados [A. Cózar y otros, PNAS 111, 10239 (2014)] de una expedición científica llevada a cabo durante los años 2010 y 2011 por dos buques oceanográficos españoles (el Hespérides y el Sarmiento de Gamboa). Esa expedición emuló otra llevada a cabo por el italiano Alessandro Malaspina, al servicio de la Corona española, a finales del siglo XVIII. La nueva expedición Malaspina tenía diversos objetivos científicos, uno de los cuales era evaluar la cantidad de plástico que había en la superficie de los mares. Los resultados fueron sorprendentes ya que, aunque era cierto que en la zona superficial del océano había mucho residuo plástico (casi todo en forma de Microplásticos acumulados especialmente en el centro de los giros que ya hemos visto), los investigadores calcularon que los océanos acumulaban en su superficie entre 7.000 y 35.000 toneladas de estos residuos, solo un 1% del plástico que se estimaba debía haber ido al mar.

En el artículo que acabo de mencionar, los autores atribuyen esa discordancia a la transferencia de plástico desde la superficie del mar hacia el fondo del océano. Una hipótesis que tropieza, de entrada, con una realidad evidente, cual es el que una parte muy importante de los plásticos que utilizamos (polietileno, polipropileno y algunos tipos de poliestireno) tienen densidades más pequeñas que la del agua salada que llena los mares (1.02 gramos /c.c.) y, por tanto, tendrían que flotar. Los autores especulaban que quizás una parte de esos residuos flotantes, al irse degradando por la acción combinada de la luz y los rayos UV, pueden cambiar su estructura química lo suficiente como para cambiar su densidad y hundirse. Otra posible causa de su inmersión hacia el fondo podría tener como origen la conocida colonización de la superficie de los Microplásticos por microorganismos, creando sobre ella una especie de biofilme que podría aumentar la densidad. Y, finalmente y como veremos en la siguiente entrada, está comprobado que el plástico ingerido por peces y aves marinas es, en su gran parte, defecado y podría hundirse convenientemente "envuelto" en las heces.

Pero enseguida comprendimos que la pequeña fracción detectada por la gente del Malaspina se debía, al menos en parte, a ciertos problemas metodológicos. Otro trabajo, publicado a finales de ese mismo año 2014 [M. Eriksen y otros, PLOS ONE DOI:10.1371/journal.pone0111913] y resultado de otra expedición en la que participó el ya mencionado Charles J. Moore, estimó en casi diez veces más la cantidad de plástico que flotaba en la superficie. La diferencia fundamental entre ambos trabajos estribaba en que, en este último caso, se utilizaron redes de captura de residuos con tamaños de luz inferiores a los de la expedición Malaspina, lo que les permitió recoger partículas más pequeñas que se escapaban a las redes de la expedición española. Aún y así, en sus conclusiones, Eriksen y sus colegas establecen que sus nuevas cantidades siguen siendo sustancialmente inferiores a las esperadas y que la pregunta ¿Dónde está todo el plástico? del artículo de Science de 2004 arriba mencionado, permanecía sin respuesta.

Este pasado mes de mayo de 2019 se publicaba lo que puede conceptuarse como primer metanálisis sobre la distribución de residuos plásticos en el mar [G. Erni-Cassola y otros, J. Hazard. Mater. 369, 691 (2019)]. Os recordaré que, en un metanálisis, los autores revisan de forma exhaustiva la bibliografía sobre un tema, tratando de extraer conclusiones fiables sobre el estado del mismo, a la vista del mayor o menor consenso que se pueda desprender de la bibliografía consultada.

No os voy a detallar, a estas alturas de la entrada, el artículo en cuestión. Pero una de las conclusiones más importantes de ese metanálisis es que en los fondos marinos investigados, a profundidades mayores de 200 metros, los plásticos significativamente predominantes son, como cabría esperar en principio, los de densidad superior a la del agua de mar, como poliésteres, poliamidas y poliuretanos. Sin que pueda demostrarse que, en virtud de procesos como los arriba descritos, hayan ido también cayendo a esa zona los menos densos. Así que los autores proponen en el último párrafo de su artículo que "se necesitan más investigaciones para determinar el destino final de plásticos que tendrían que flotar, como el polietileno o el polipropileno, un requisito fundamental para evaluar el riesgo real que la contaminación por plásticos representa para la vida acuática".

Lo que nos da pie para una ulterior entrada que hable sobre lo que conocemos, por ahora, de esos riesgos.

Leer mas...

jueves, 27 de junio de 2019

Sobre residuos plásticos y su gestión

La reciente entrada sobre el informe de la CE, relativo a los Riesgos para el Medio Ambiente y la Salud de los llamados Microplásticos, puede que haya planteado a más de uno de mis lectores la pregunta de cómo hemos podido llegar a esa situación. Así que, en una serie de entradas, voy a tratar de contestar a esa lógica inquietud avisando, antes de empezar, que, en este tema, uno puede tener sesgos importantes en sus opiniones al respecto porque, no en vano, toda su vida académica, tanto docente como investigadora, ha estado centrada en los materiales poliméricos, una parte importante de los cuales son termoplásticos o plásticos a secas. A pesar de haber irrumpido en nuestras vidas en el siglo XX, han crecido de forma tan apabullante que nos están planteando los preocupantes problemas, derivados del manejo de sus residuos, que todos conocemos. Así que, en esta entrada y en las que le seguirán, para evitar en lo posible esos sesgos, voy a procurar fundamentarlas en datos de revistas científicas o Instituciones fiables y fácilmente comprobables por quién tenga interés sobre el tema.

Parece razonable, para empezar, proporcionar datos contrastables sobre producción de materiales plásticos y sobre la gestión de sus residuos, para poner poner en contexto el origen de los problemas que iremos afrontando en esas siguientes entradas. Como decía antes, los plásticos sintetizados por el hombre empiezan a aparecer en nuestro mundo a finales de los años veinte y, de forma más significativa, después de la segunda guerra mundial, donde algunos como el polietileno o los cauchos sintéticos habían jugado papeles estratégicos. Ello que da reflejado en la primera de las gráficas que os voy a proponer y que está extraída de la organización Our World in Data, una fuente que recomiendo vivamente porque, en ella, se pueden encontrar infinidad de datos fiables sobre casi todo lo que ocurre en nuestro mundo. Los datos que han servido para realizar la figura están tomados de un artículo de R. Geyer y otros [Science Advances 3, e1700782 (2017)].


Esa gráfica (que como todas las que van a ir en esta entrada podéis ampliar clicando en ella) muestra la evolución de la producción anual de plásticos en el mundo desde el año 50 hasta nuestros días. Puede apreciarse el crecimiento sostenido (mas bien acelerado) de esa producción, con pequeños retrocesos muy puntuales durante la crisis del petróleo de los setenta y la reciente recesión financiera, ya en el siglo XXI. Los últimos datos apuntan una producción anual de casi 400 millones de toneladas, a las que habría que sumar otras 75 mas, correspondientes a la producción de fibras sintéticas (poliésteres y poliamidas) que suelen contabilizarse separadamente. Y aún habría que añadir otros materiales poliméricos que, sin ser estrictamente plásticos (no se ponen blanditos al calentar), tienen problemas similares en cuanto a residuos. El ejemplo más importante son los cauchos vulcanizados empleados en los neumáticos de automóviles.

Siendo unos materiales tan jóvenes y que, salvo excepciones como el caucho natural, no se dan en la Naturaleza, es relativamente fácil hacer una estimación fiable de la cantidad total de ellos que los humanos hemos puesto sobre la Tierra. La siguiente figura, también accesible en la web de Our World in Data y derivada del mismo artículo científico mencionado arriba, muestra esa cantidad global acumulada de plásticos en el mundo, hasta un total de unos 7.500 millones de toneladas (ojo, los billones de la gráfica son americanos, es decir, mil millones).


Una cantidad ciertamente impactante pero que no proviene en su totalidad de los envases de todo tipo que nos parecen omnipresentes. Por ejemplo, en Europa y en 2016, los fabricantes de objetos en plástico emplearon 50 millones de toneladas de diferentes materiales plásticos. El 39,9% fueron a envases, pero también acabaron en la construcción (19,7%), en automoción (10%), en material eléctrico y electrónico (6,2%), en objetos de hogar, ocio y deporte (4,2%), en agricultura (3,3%) y en un largo etcétera de otros (16,7%) en el que se engloba el uso de plástico en cosas como muebles, medicina,...

La siguiente cuestión a tener clara es qué hemos ido haciendo los humanos con los residuos plásticos provenientes de los usos, tanto de larga como corta duración, que hemos ido haciendo con esos materiales. De nuevo, Our World in Data y el artículo de Geyer y colaboradores nos proporciona otra interesante gráfica que podéis ver a continuación.


Puede apreciarse que, prácticamente hasta el inicio de los ochenta, nuestro único "tratamiento" de los residuos plásticos era dejarlos donde mejor nos viniera. Posteriormente, y poco a poco, hemos comenzado a reciclarlos y también a incinerarlos, esto último como estrategia destinada a recuperar la energía implícita en ellos. Pero, a nivel global y aún hoy, la cantidad que acaba en vertederos, controlados o no, es superior a la mitad del total de los residuos plásticos generados.

En La Europa de los 28 (más Noruega y Suiza), y según datos de la organización Plastics Europe, la situación es algo mejor. En 2016, por primera vez, el porcentaje de toneladas recicladas de residuos plásticos (31,1%) superó a las depositadas en vertederos (27,3%) pero, y esto es algo que mucha gente no sabe, esos porcentajes fueron superados por los procesos de recuperación de energía (incineración) que nos ayudaron a deshacernos del 41,6% de esos residuos y producir al mismo tiempo electricidad o calor. No en vano, la combustión de los plásticos más usados proporciona una energía comparable o superior a muchos de los combustibles tradicionales.

No os voy a negar que la gráfica siguiente (proviene también de Plastics Europe) es una de mis favoritas cuando quiero sorprender a eventuales interlocutores sobre el tema. Particulariza los porcentajes anteriores a lo que ocurre en cada uno de esos treinta países europeos que acabo de mencionar. Los tramos verdes que aparecen para cada país (y que corresponden a porcentajes de reciclado) oscilan entre el 20% y como mucho el 40%, lo que proporciona el 31,1% promedio antes mencionado.


Pero la diferencia importante entre países aparece cuando consideramos qué hacemos los europeos con el 69% que no reciclamos. La progresiva desaparición de vertederos en países muy relevantes, tanto en lo financiero como en la concienciación medio ambiental, se ha resuelto mediante la implantación de plantas incineradoras (tramos azules). Y para muestra, la pulcra y recogida Suiza o la potente Alemania. En otras naciones, con menos recursos económicos para construir (y mantener) plantas de incineración y/o mas terreno baldío sin utilización relevante, los vertederos (tramos rojos) siguen siendo todavía una opción (hasta llegar al caso extremo de Malta), aunque la tendencia general es a disminuir el uso de esos vertidos.

En los datos globales que se han estado manejando para Europa sobre residuos plásticos y su gestión, los porcentajes atribuidos en los últimos años a los residuos reciclados tienen, sin embargo, una considerable trampa. Por ejemplo, en 2016 se recogieron en el ámbito europeo 27,1 millones de toneladas de plásticos post-consumo, de los que, como hemos dichos arriba, un 31,1% fueron oficialmente reciclados. Pero deberíamos matizar esa cifra, aclarando que mas de la tercera parte (un 37%) de los declarados como residuos plásticos reciclados, lo han sido fuera del ámbito de la UE. Algo que ha venido ocurriendo desde hace años, en los que los países europeos han estado "exportando" basura de todo tipo y condición a países emergentes y en vías de desarrollo, fundamentalmente a China.

Y, entre esa basura, han estado los residuos plásticos que, no hace falta decirlo, en muchos casos no se sabe ni en qué condiciones se han reciclado ni si, tan siquiera, se han reciclado o han acabado en el mar o en los vertederos incontrolados que habréis visto en la prensa. Hasta que China se plantó a primeros del 2018, devolviendo la pelota a los países ricos que, cínicamente, habían ido cumpliendo sus objetivos de reciclado a base de una salida por la puerta de atrás de un buen porcentaje de sus residuos. Desde entonces, otros se han sumado a la idea, y esta semana leía que Malasia nos anda devolviendo a los españoles toneladas de residuos plásticos. Lo cual está planteando un problema serio a los planes de reciclado de plástico de muchas economías occidentales (para muestra este botón).

Por otro lado, muchos de esos países emergentes, además de aceptar residuos plásticos extranjeros, se están incorporando a nuestro modo de vida y están produciendo sus propios plásticos y generando los residuos correspondientes. Por ejemplo, China importó en 2016 7,4 millones de toneladas de residuos plásticos pero ha generado por ella misma otros casi 61 millones. Además, China y otros países del área tienen costa y sus estrategias de recogida y gestión de residuos plásticos adolecen de deficiencias, lo que tiene como resultado que una parte importante de esos residuos acaben en el mar. La gráfica siguiente está construida con datos extraídos de un artículo de Jenna R. Jambeck y otros [Science 347, 768-771 (2015)] y da cuenta de los 20 países que más contaminan los océanos. Europa no aparece por no ser un país como tal, pero estaría situada en los niveles de EEUU, el último del gráfico.


Y la mayor parte de esos residuos entra en el mar a través de las redes fluviales de esas mismas zonas, como lo corrobora esta otra gráfica que aparece en Our World in Data, construida con datos de un trabajo de L.C.M. Lebreton y otros [Nature Communications 8, 15611 (2017)].


Es razonable pensar que una parte de esos residuos provengan también del tráfico de importación desde los países occidentales, pero los números de China que he mencionado antes indican que hay una importante contribución derivada de la producción interna de estos países. Un reciente acuerdo entre los países firmantes del llamado tratado de Basilea, buscaba evitar ese trasiego de residuos como forma de evitar una parte del problema. Pero mientras tanto, sería bueno que algunos activistas dejen de martirizarnos a los occidentales con el asunto de los plásticos de un solo uso. Que no parece que los estemos gestionando tan mal.

Pero esta entrada ya se ha hecho muy larga como para seguir con qué ocurre con esos residuos una vez acaban en el mar. Pero tranquilos, que esto continuará....

Leer mas...

domingo, 16 de junio de 2019

Un informe europeo sobre microplásticos

Solo en las últimas dos semanas he visto que los medios y las redes sociales se hacían eco de noticias (en mi opinión alarmistas) relacionadas con dos artículos científicos publicados sobre el tema de los microplásticos. Uno de ellos, titulado Human Consumption of Microplastics, está publicado a día de hoy solo de forma electrónica (DOI:10.1021/acs.est.9b01517) y se debe a científicos canadienses que establecen que, anualmente, podemos ingerir hasta doscientas mil partículas de estos materiales. El otro no es un estudio científico al uso, sino un informe encargado por el Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF, la que conocíamos antes como Adena en España) y ha sido realizado por científicos de la australiana Universidad de Newcastle. En este segundo caso parece evidente que hay un cierto conflicto de intereses porque la Universidad habrá cobrado de WWF y ésta ha usado los resultados en forma de un folleto, cuyas primeras frases han dado lugar a lo que luego se ha difundido en muchos medios y redes sociales: nos comemos el equivalente al plástico de una tarjeta de crédito (5 gramos) cada semana. Lo que seguro que proporciona a WWF algún que otro asociado más a sus campañas.

No voy a entrar, por falta de espacio en esta entrada, a detallar las incertidumbres que me suscitan ambas publicaciones (ya lo abordaremos en otro post, si me acuerdo). Simplemente diré que la metodología es muy parecida y que se basa en repasar la literatura científica en la que se hayan presentado evidencias de microplásticos en el aire, en el agua que bebemos o en los alimentos que ingerimos y, a partir de ahí, tomando una dieta más o menos estándar de los humanos en diferentes partes del mundo, estimar la cantidad de microplásticos que se ingieren. Las "bases de datos" usadas en los dos artículos son muy restringidas y ambos estudios parecen indicar que un componente importante de los microplásticos que podemos ingerir puede provenir del agua que bebemos. Y que está constituido, en un alto porcentaje, por fibras textiles, ya sean naturales (algodón fundamentalmente) o artificiales (poliamidas y poliésteres). En las conclusiones, ambos se curan en salud diciendo que se trata solo de estimaciones, que deberían confirmarse por futuros estudios para los que se necesitarían muchos más datos. Algo que no suele aparecer en los titulares. Y, en cualquier caso, ni unos ni otros cuantifican cuántas de esas partículas salen poco después, y tal cual, de nuestro organismo.

Pero mientras estoy seguro que muchos de vosotros habréis leído noticias al respecto de estos dos artículos, estoy también seguro de que pocos habréis visto, en esos mismos medios, noticia alguna relativa a lo que os voy a a contar en el resto de esta entrada. La Comunidad Europea dispone de un mecanismo de asesoramiento científico que le proporciona informes de alta calidad a la hora de tomar decisiones políticas sobre temas de relevancia en los que la CE es competente. El pasado 30 de abril se hizo público un informe de la CE sobre los riesgos para la salud y el medio ambiente derivados de la contaminación por Microplásticos junto con recomendaciones sobre políticas a seguir. Para llevar a cabo ese informe digamos "político", y entre otras fuentes, los expertos que lo elaboraron contaron con un informe previo, publicado en enero de 2019 y preparado por la denominada SAPEA (Science Advice Policy from European Academies), que abordaba los aspectos estrictamente científicos del tema que nos ocupa. El coordinador de este último informe fue el Profesor holandés (de la Universidad de Wageningen) Bart Koelmans al que, con ocasión de la publicación del informe del 30 de abril, entrevistaron en Horizon, una revista sobre Investigación e Innovación de la propia CE. Y aquí va mi traducción, un poco libre, de lo que Koelmans contaba a Horizon (los subrayados son míos y dan una idea de lo que, personalmente, considero relevante).

¿Cree que es mala la situación actual de los microplásticos?

Si nos fijamos en los hechos que conocemos, los microplásticos se detectan en muchos lugares de todo el mundo, incluidos los seres vivos, el agua, el suelo y el aire. Desde un razonamiento ético o estético, la gente podría argumentar: Bueno, esto no tiene por qué estar aquí, así que la consecuencia es que es malo. Sin embargo, otros podrían pensar que es más importante observar primero los riesgos ecológicos reales o los riesgos para la salud humana. Y, en ese caso, hay muchas cosas que no sabemos. El tema está rodeado de gran incertidumbre.

¿Qué riesgo representan los microplásticos para nuestra salud?

Hay solo unos pocos estudios relativos a la presencia de microplásticos en el agua potable. Se han detectado algunos microplásticos en componentes de nuestra dieta, pero sería deseable disponer de estudios similares repetidos por mas grupos para hacer que los resultados sean más rigurosos y confiables. Pero, ciertamente, sabemos que hay microplásticos en la dieta, por lo que las personas están expuestas a los microplásticos. Sin embargo, la sola presencia de estas partículas en nuestro medio ambiente, o en nuestros alimentos, no implica necesariamente un riesgo.

Para plásticos más pequeños, como los nanoplásticos (menos de 0.05 micras de ancho), sabemos incluso menos. No sabemos cuáles son las concentraciones de exposición y sabemos muy poco acerca de sus efectos. Sin embargo, sí sabemos que las partículas muy pequeñas de otros materiales, como el asbesto o las partículas muy pequeñas que afectan negativamente a la calidad del aire, pueden tener efectos negativos en la salud humana cuando se inhalan durante tiempos largos y en concentraciones más altas
.

¿Qué dice la nueva opinión científica sobre los riesgos?

Concluimos que, en este momento, no hay evidencia de un riesgo generalizado. Pero también vimos que si no se hace nada (y las tendencias continuaran), no es improbable que las posibilidades de riesgo aumenten en algún momento en el futuro. Y ese momento podría darse en 50 o 100 años .

¿Cuán extendidos están los microplásticos en los suministros de agua del mundo?

Muy a menudo es un par de partículas por litro o incluso un par de partículas por metro cúbico, que es bastante bajo si se considera que los organismos están acostumbrados a vivir en un entorno donde las partículas están presentes.

¿Cuáles son los problemas con respecto a los nanoplásticos?

El problema con los nanoplásticos es que son muy pequeños. Y, consiguientemente, la hipótesis que se maneja es que, debido a su pequeño tamaño, podría pasar las membranas celulares y, por lo tanto, acabar en las células. Dicho de otra forma, los microplásticos, que son más grandes, entrarían en su mayor parte en el intestino de un organismo para abandonarlo posteriormente mientras que los nanoplásticos podrían atravesar las membranas (y permanecerían en el organismo).

¿Diría que la preocupación pública por los microplásticos supera lo que realmente sabemos sobre ellos?

Estoy de acuerdo con la preocupación. Sin embargo, no siempre estoy de acuerdo con el razonamiento que apoya dicha preocupación. Creo que en los mensajes que se dan en los medios de comunicación, algunos de los matices se pierden (debido a la simplificación de los problemas).

¿Hay suficiente evidencia en este momento para apoyar la adopción de medidas contra los microplásticos?

Sí, porque la falta de evidencia también puede apoyar decisiones políticas. No tenemos datos sólidos sobre cuáles serán las concentraciones en el futuro, pero si hacemos una predicción razonable, usando modelos y datos podemos establecer que las concentraciones de microplásticos o nanoplásticos en el medio ambiente aumentarían a lo largo de las siguientes décadas, si no hacemos nada.

¿Qué debemos hacer para abordar este problema?

No hay remedios mágicos o, lo que es lo mismo, una única solución que pueda resumirse sin mas en un par de frases. Creo que la solución tiene que venir de una combinación de cosas. ¿Existen alternativas para algunos de los plásticos que usamos de forma que podamos usarlos menos? ¿Puede haber otros materiales que puedan usarse en los productos para que haya menos plásticos? ¿Podemos reemplazar algunos de los polímeros por otros que causen menos efectos? Y, finalmente, ¿cómo hacemos todo eso?. Y es ahí donde está el papel de la política para estimularlo.

¿Cuánto tiempo tenemos para abordar el problema de los microplásticos?

Creo que debería comenzar ya. Hay mucho interés por el tema actualmente, hay fondos disponibles para la investigación en el tema, hay mucho movimiento hacia las cosas que acabo de mencionar. Es comprobable que hay muchos grupos que se han dado cuenta del problema y comienzan a moverse para cambiar. Así que creo que eso es algo bueno.

El primer efecto generalizado que podría esperarse de los microplásticos se daría en décadas, quizás 50 años o 100 años.

La buena noticia sobre el plástico es que se puede revertir. Creo que es factible reducir en gran medida las fugas al medio ambiente, hasta el punto de que estos riesgos sean menores o estén ausentes o sean insignificantes. No hay un riesgo generalizado por ahora y al menos podemos hacer algo para que no se convierta en un riesgo generalizado en las próximas décadas.


#FIN DE LA ENTREVISTA#

Así que la próxima vez que algún activista os cuente algo (generalmente en tono alarmista) sobre los efectos de los microplásticos, recordad a Koelmans y el informe de la SAPEA. Y eso que en la entrevista el holandés no cuenta todo lo que sabe. Tendremos que volver sobre él y su producción científica en breve.

Leer mas...

martes, 11 de junio de 2019

La atareada vida del escéptico

Honeywell International ha liderado el mercado de los acondicionadores de aire desde hace muchos años. En los cuarenta, introdujo un termostato como el que veis en la foto, destinado a regular la temperatura a la que uno quería tener su casa en un día caluroso. Para cumplir con su no siempre bien entendida misión, contenía en el interior una ampolla con unos cuatro gramos de mercurio líquido, una cantidad unas ocho veces superior a la cantidad de mercurio contenida en los bulbos de los viejos termómetros que hemos venido usando (ahora cada vez menos) para medirnos la temperatura corporal y unas ochocientas veces superior al mercurio contenido en las bombillas compactas de iluminación.

En el año 2006, Honeywell anunció que dejaba de fabricar esos termostatos, dentro de la tendencia mundial existente para limitar la cantidad de mercurio que se vertía al medio ambiente y evitar así los daños que esa sustancia neurotóxica puede causar. Pero millones de esos termostatos, acompañando a millones de equipos de aire acondicionado, colgaban de las paredes de las casas. Equipos que al irse deteriorando ha sido preciso remplazar y deshacerse de ellos. Un estudio publicado en diciembre de 2011 por una ONG llamada New York Public Interest Research Group (NYPIRG) estimaba que, en esa época, unos 300.000 termostatos conteniendo mercurio estaban siendo retirados de servicio en Nueva York cada año y que más del 98% de ellos acababan en los vertederos o en las plantas incineradoras utilizadas por ese Estado para deshacerse de sus residuos urbanos.

En el caso de estas últimas, las excavadoras que manejan los residuos provocaban la ruptura de las ampollas, con lo que el mercurio se mezclaba con la basura a incinerar, provocando su emisión a la atmósfera. Aunque el estado era consciente del problema y en 2005 había prohibido los vertidos de mercurio, en la fecha en la que se redactó el informe del NYPIRG (2011) había un conflicto sostenido entre el Estado neoyorquino y Honeywell, que estaba boicoteando las iniciativas de los gobernantes a la hora de establecer recogidas selectivas de los termostatos de los equipos de aire acondicionado. Mientras tanto, otros Estados habían resuelto satisfactoriamente el problema y sus tasas de recogida de mercurio de esos equipos llevaban un adecuado ritmo.

Ese mismo año, febrero de 2011, la compañía Covanta Energy Corporation, que gestionaba unas cuantas de las plantas incineradoras del Estado de Nueva York, presentaba una solicitud (*) a la llamada Comisión de Servicio Público de dicho Estado, en la que pedía que sus incineradoras fueran consideradas como fuentes de energía renovable lo que, indudablemente, redundaría en su cuenta de resultados. Con fecha 19 de agosto de 2011, el Departamento de Conservación Ambiental (Department of Environmental Conservation) hacía llegar a la mencionada Comisión sus comentarios (*) al respecto de la petición de Covanta. En esos comentarios, el Departamento arriba citado, refutando algunos datos proporcionados por la empresa en su solicitud, argumentaba que el nivel de emisiones (por unidad de energía producida) de las incineradoras gestionadas por Covanta era, en la mayoría de los casos, superior a las de las plantas de carbón. Y se mencionaba particularmente el caso del mercurio, donde el nivel de emisiones llegaba a ser catorce veces superior (véase la figura 3 de la página 22 de esa contestación).

En enero de 2018, la misma cifra aparecía en la figura no numerada de la página 3 de este otro documento, publicado por GAIA que, a pesar de su nombre, no tiene nada que ver con la famosa hipótesis de James Lovelock, sino que es el acrónimo de una organización activista contra el uso de las incineradoras, de nombre Global Alliance for Incinerators Alternatives. En el pie de esa figura se cita como fuente y literalmente (aunque en inglés): Departamento de Conservación (sic) de Nueva York, Comentarios a la Comisión de Servicio Público del Estado de Nueva York en relación con la solicitud de Covanta Energy Corporation, 19 de agosto de 2011. Es decir, el documento que os he colgado en el párrafo anterior.

Y, finalmente, que alguno ya andará mosqueado sobre a qué huerto quiero llevaros, la semana previa a las recientes elecciones del 26M, un conocido activista contra la incineradora que se está construyendo cerca de mi pueblo, publicaba en nuestra gaceta provincial (Diario Vasco) otro artículo más contra la mencionada instalación donde, curiosamente, no mencionaba ni una sola vez la palabra dioxinas. Pero en uno de los párrafos, al relatarnos los males que nos acechan por la instalación de la misma, decía literalmente (el subrayado es mío): "Y además es más contaminante que una central eléctrica de carbón. Emite a la atmósfera más emisiones contaminantes e, incluso, 14 veces más mercurio por unidad de energía producida. Lo dice un estudio del Departamento de Medio Ambiente del Estado de Nueva York de 9 de agosto de 2011".

La frase en cuestión alertó mis alarmas y he tenido que buscar y leer mucha información, incluida la que vengo enlazando, antes de poder escribir este post y mostrar que eso es una verdad a medias, por no decir algo más fuerte. Pasemos por alto detalles tan insignificantes como el lío que se han traído los activistas de una y otra procedencia con el verdadero nombre del Departamento neoyorkino implicado (que puede comprobarse en su webo el empleo del término "estudio" que parece dar a entender que se trata de un estudio científico al uso, cuando en realidad no es sino una respuesta administrativa a la petición de Covanta. O el error de diez días en la fecha.

Lo importante aquí es que esos comentarios del Estado de Nueva York se están refiriendo, exclusivamente, a las cinco incineradoras gestionadas por Covanta en su territorio y no a cualquier incineradora del mundo mundial. Desde antes de 2011, está documentado que las incineradoras producían, más o menos, las mismas emisiones de mercurio que las plantas de carbón (y la indeterminación venía del tipo de carbón empleado). También está fuera de toda duda que las emisiones de mercurio de las diferentes fuentes, incluidas las incineradoras, están cayendo en EEUU, y sustancialmente, desde que en 1990 empezó a funcionar el llamado Inventario Nacional de Emisiones, como consecuencia de sucesivas regulaciones y controles. Y, para terminar, el Estado de Nueva York parece haber resuelto el asunto de los termostatos con mercurio a partir de una nueva normativamas exigente de fecha 18 de diciembre de 2013.

Como digo en el título esto está siendo cada vez más cansado. Las mentiras y medias verdades se acumulan encima de mi mesa y la vida de un jubilata da para lo que da.

NOTA: los dos documentos marcados como (*) se os descargarán como .pdf. No he conseguido que se abran en ventana separada.

Leer mas...