jueves, 31 de octubre de 2019

Ostras y un esquivo colorante azul

Llevo un año que no dejo de meterme en "líos" que alteran la que se supone tranquila vida de un jubilata. Pero disfruto con ellos, sobre todo por la variedad de cosas que aprendo. Andaba yo el pasado setiembre preparando una estancia con la Búha en la zona de La Toja, en Galicia, cuando recibí una llamada de un conocido cocinero donostiarra (Pedro Subijana de Akelarre) que me pedía que echara un ojo a una presentación sobre ostras que iba a hacer, semanas mas tarde, en el San Sebastián Gastronomika de este 2019. Le advertí desde el principio que un servidor de ostras sabe poco, por no decir nada, ya que después de un susto con almejas crudas hace años, huyo de los bivalvos en estado puro como de la peste. Y que, además, desde el punto de vista de mi formación académica poco podía aportar. Pero que era un honor que me confiara el borrador y que trataría de contribuir en algo. Y así me metí en un atractivo lío que me tuvo muy entretenido durante mi estancia en La Toja y días después.

El borrador que me hizo llegar Pedro Subijana contenía, evidentemente, aspectos gastronómicos relacionados con las ostras en los que, obviamente, había poco que discutir. Pero había un apartado relacionado con las diversas causas por las que consumir ostras crudas puede resultar peligroso, apartado que había sido elaborado por alguien del Centro Tecnológico AZTI, un referente cercano en todo lo que tenga que ver con el mar. Así que había información más que suficiente para los propósitos de una ponencia dirigida básicamente a cocineros. Pero aún y así, algo le hice llegar, tras buscar y leer literatura científica, en relación con las biotoxinas químicas generadas por las llamadas floraciones nocivas de algas, un tema que bien merecería una entrada en el Blog por aquello de lo "naturales" que son aunque nos puedan producir serios problemas si las ingerimos entre la carne de las ostras que las han filtrado. También profundicé y aporté algo en temas que me son más próximos, como los relacionados con la posible presencia en las ostras de metales pesados o contaminantes orgánicos persistentes (como el DDT, las dioxinas o los bifenilos policlorados) que los humanos hemos puesto en el mar. Pero lo que más me llamó la atención en mis lecturas (y a ello voy a dedicar la entrada) tiene que ver con un particular colorante azul que hace que un tipo de ostra francesa se haya puesto de moda entre los mejores gastrónomos.

Porque, como no podía ser de otra manera, las ostras de las que Pedro iba a hablar no son unas ostras cualquiera. Son las únicas ostras francesas (y mira que hay donde elegir) que tienen la llamada Indicación Geográfica Protegida (IGP) bajo la denominación Huîtres Marennes Oléron. La peculiaridad de estas ostras es que, tras ser criadas de la manera habitual, ya sea en parques de otras regiones francesas o en la propia región del Marennes, los bivalvos son sometidos a un proceso de refino (la palabra francesa es affinage), en una especie de piscinas arcillosas situadas en terrenos de unas antiguas marismas saladas reconvertidas. Esas piscinas se llaman en francés claires y tienen la peculiaridad de que se llenan con agua de mar en cada marea y, cuando esta se retira, el lugar (y las ostras allí depositadas) se quedan en contacto con el agua remanente. En esas condiciones y bajo la acción de la luz solar, se produce un rápido desarrollo de fitoplacton del que las ostras se alimentan, lo que les confiere unas peculiaridades organolépticas y un aspecto físico que las hacen únicas.

De las cuatro variedades de ostras que se producen gracias a ese proceso de refino en las claires, la que me interesa para esta entrada es la que se conoce bajo la denominación fine de claire verte. Estas ostras se alimentan durante su estancia en las claires de una microalga conocida como Haslea ostrearia, lo que les confiere el espectacular color verdoso que se muestra en la fotografía que ilustra esta entrada y que, como siempre, podéis ampliar clicando en ella. Y todo gracias a que las Haslea ostrearia son capaces de generar un colorante de color azul que se bautizó con el nombre de Marennina. No hace falta ser muy listo ni de Ciencias para relacionar el origen del nombre con la zona de producción de las ostras que nos ocupan.

A pesar del color azul de los océanos que llenan nuestro planeta, ese color no es causado porque en el agua del mar se encuentren disueltas sustancias de color azul. De hecho los organismos y las sustancias de color azul existentes en ese mismo medio marino son bastante raros si se los compara con los de otros colores. Todo ello por una serie de razones que implican electrones, orbitales moleculares y otras cosas con las que no os voy a aburrir. Dejémoslo, simplemente, en que el color azul es raro en la Naturaleza en general y en el mar en particular y que, cualquier fuente que nos lo proporcione, debe considerarse en detalle ante las perspectivas de hacer un buen negocio, pues facilitaría su uso en productos demandados en ámbitos como la cosmética o los colorantes alimentarios, donde los azules que se emplean son pocos y algunos con no buena fama. Así que la marennina, una fuente natural de color azul, generada por un tipo de alga, ha interesado desde hace tiempo y sigue interesando, como lo demuestra un proyecto europeo que bajo el nombre GHaNA se está desarrollando en el marco del Programa Horizonte 2020.

Gracias al proyecto y a otro anterior (BIOVADIA), en el que se han integrado equipos de diferentes países, se han identificado, en diversas localizaciones geográficas, otras algas de la familia de las diatomeas que, además de la Haslea ostrearia, también generan marennina. Por otro lado, en el marco de ambos proyectos, se ha demostrado también que la marennina tiene propiedades antiinflamatorias, antibacteriales y antivirales, lo cual podría tener potenciales usos en el ámbito de la medicina. Pero esas mismas propiedades también resultan de interés en el cultivo de ostras y podrían tener algo que ver en que las originarias de Marennes-Oléron mantengan una cierta resistencia a virus y bacterias. Lo que serviría para prevenir en cierta medida (que hoy por hoy no sabemos valorar) algunas de las intoxicaciones provocadas por ingestión de los bivalvos crudos. Por ejemplo, este mismo año se ha publicado un artículo que estudia la posible acción de la marennina contra bacterias del género Vibrio, unos microorganismos que están en el origen de algunas de las intoxicaciones más graves que pueden producirse por ingestión de ostras crudas.

Pero para poder ser utilizada como sustancia pura en formulaciones médicas y cosméticas, e incluso para emplearse como medida sanitaria en criaderos de ostras, el primer paso necesario es el aislamiento de la marennina pura y su completa caracterización desde el punto de vista químico y toxicológico. Y ahí es donde la sustancia en cuestión se está mostrando particularmente esquiva a los investigadores. A pesar de las sofisticadas técnicas instrumentales empleadas en los mencionados proyectos, los investigadores no han llegado más allá de atribuir a la marennina una compleja estructura química en la que se han identificado ciertos grupos glucosídicos unidos a uno o varios anillos aromáticos. Y mientras esa estructura no se resuelva (ni siquiera sabemos si es una sola molécula o una mezcla), no vamos a poder asegurar que extraemos marennina pura de las algas, para que se puedan hacer con ella las pruebas requeridas por las autoridades sanitarias competentes, de cara a su empleo ya sea como aditivo alimentario, como componente de cosmética o como bactericida en el cultivo de ostras.

Así que, por el momento, el colorante amigo de las ostras de Marennes-Olerón va a encontrarse con muchas dificultades para poder ser comercializado con esos fines, por mucho que provenga de algas presentes en la Naturaleza y sea soluble en agua, lo que evita el uso de disolventes en su aislamiento.

Y a los que os gusten las ostras, este vuestro Búho no os va a asustar desde esta tribuna para que no las consumáis pero, después de haber leído lo que he leído, conmigo no contéis.

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miércoles, 16 de octubre de 2019

Popeye, espinacas y músculos

No es la primera vez que hablamos de Popeye. En una entrada de 2015 y a propósito de mis repetidos cálculos renales, se contaba aquí que el que las espinacas de nuestro personaje se vendan como una excelente fuente de hierro era un auténtico bulo. Os contaba además que, aparte de que el origen de dicho bulo estaba en un error de unos investigadores al colocar la coma de un dato analítico en lugar indebido, está el hecho de que las espinacas contienen mucho ácido oxálico, que actúa como secuestrante del hierro y hace que el contenido real del mismo en nuestro organismo sea poco relevante. Y tirando del oxálico llegábamos a sus sales, los oxalatos, que son los que nos han hecho ver las estrellas a los que hemos generado alguna vez cristales de los mismos en nuestro riñón, al quererlos expulsar a través de nuestro uréter.

Pero relacionado con las bondades de las espinacas en el aspecto físico de Popeye, parece evidente que las imágenes de sus comics asocian consumo de espinacas con unos potentes biceps en sus brazos. No en vano, cada vez que Popeye tenía que dar un contundente puñetazo para rescatar a su chica de los malos, abría una lata de espinacas y se la echaba al coleto sin necesidad siquiera de quitarse la pipa de la boca. Parece ya claro con mi entrada anterior que las protuberancias de sus brazos no eran debidas al hierro. Pero esta misma semana, leyendo el Chemical Engineering News (CEN), me he enterado de que igual hay otra posible explicación para el asunto.

Tengo que reconocer, antes de contaros la historia, lo que me asombra la capacidad de los redactores de noticias cortas del CEN (como la autora de la sección Newscripts en el número de esta semana, Marsha Ann Watson) para descubrir, enterrados en la maraña de sofisticados artículos científicos, detalles que, convenientemente explicados, llamen la atención de químicos ociosos como un servidor.

Resulta que investigadores alemanes, italianos y australianos han publicado recientemente un artículo en la revista Archives of Toxicology, [Arch. Toxicol. 93, 1807-1816 (2019); DOI:10.1007/s00204-019-02490-x] que trata sobre Ecdiesteroides como agentes anabolizantes no convencionales y, más concretamente, sobre la mejora del rendimiento muscular mediante el consumo de un miembro de esa familia, la ecdiesterona. Aunque es verdad que con lo de esteroides uno empieza a tener una pista que conduzca a los biceps de Popeye, lo cierto es que la cosa queda más clara cuando los autores, en el procedimiento experimental, nos hacen saber que, en su estudio, se ha utilizado un suplemento alimenticio comercial cuya etiqueta reconoce que contiene 100 miligramos de ecdiesterona, "obtenida a partir de un extracto de espinacas".

Trabajando con una serie de atletas voluntarios, los investigadores encontraron que el grupo al que se le había administrado el suplemento derivado del extracto de espinacas, mostraban un incremento apreciable tanto en su masa como en su potencia muscular en comparación con otro grupo al que se le administraba un placebo. Como consecuencia de ello, los autores han propuesto a la Agencia Mundial contra el Dopaje que incluyan la ecdisterona en la lista de sustancias prohibidas.

Me lo tengo que estudiar más despacio. Dice la Búha que ando mal de tono muscular y quizás con ese suplemento lo arreglaría. Sin miedo al oxálico y sus oxalatos, que se habría eliminado, supongo, en el proceso de extracción.

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lunes, 30 de septiembre de 2019

Agua y campos de golf

Hace ya demasiado tiempo (nada menos que en marzo de 2007) publiqué en el Blog una entrada sobre el impacto ecológico de los campos de golf. Era una época en la que por toda España y, particularmente, en ciertas regiones y provincias mediterráneas, los campos de golf aparecían como setas, siempre acompañados de urbanizaciones, cada una de las cuales podía dar albergue a cientos de personas. Desde entonces, y tras la crisis económica, decenas de esos desarrollos se han quedado sin terminar o sin vender. Cuando releo la entrada, veo que la mayor parte de los argumentos se mantienen bien con el tiempo y no necesitan revisiones de relieve pero hete aquí que las circunstancias hacen que "necesite" escribir una nueva sobre el tema, por razones que vais a entender inmediatamente.

Esta entrada se la "debo" a una persona a la que no conozco de nada y que, recientemente, publicó en Twitter los dos tuits que veis en la cabecera (he borrado el nombre de la autora). Ya el primero y el texto que lo acompaña en el recuadro en blanco encendieron todas mis alarmas. Poco después llegó el segundo, que todavía era más "atractivo" en su conclusión: Los campos de golf en España consumen más agua que todos los españoles juntos. Así que investigué sobre la autora y descubrí que parece ser una buena seguidora y consumidora de la divulgación científica que se hace en España (se ha forrado a ver, por ejemplo, los vídeos de las intervenciones en el reciente Naukas Bilbao 2019). Pero aquí no ha usado buena información.

En su bio, y aparte de otros términos, se define como "ex-matemática" y, quizás, en ese abandono de las matemáticas debe estar el origen de lo mal que ha hecho las cuentas que han dado lugar a su dislate. En el que no habría incurrido si hubiera considerado seriamente el texto de la nota que aparece bajo su primer tuit, del que no cita la fuente y que os transcribo, porque creo que no se va a leer bien clicando en la figura que ilustra esta entrada. Dice allí que "el consumo de un campo de golf de 18 hoyos y 60 hectáreas es de 10.000 metros cúbicos por hectárea, es decir, 18 hectómetros cúbicos cada año". O sea, que quien haya escrito eso ha multiplicado el consumo de agua por hectárea por.... el numero de hoyos (!!!) y no por el de hectáreas, como correspondería. Además, 18 por 10.000 metros cúbicos son 180.000 metros cúbicos o, lo que es igual, 0,18 hectómetros cúbicos y no 18 (¡cien veces más!), como dice la nota.

Para refutar las conclusiones de sus tuits, me voy a basar, en primer lugar, en la información que recibo regularmente, y desde hace muchos años, de mis amigos Javier Ansorena y Domingo Merino, dos personas que, a partir de los años ochenta y tomando como referencia los usos y prácticas de la estación inglesa de Rothamsted, revolucionaron el agro guipuzcoano. Pero ambos han tenido otra pasión: los céspedes deportivos, ámbito en el que Domingo Merino, ya jubilado, sigue colaborando con clubes de fútbol y golf en el mantenimiento e innovación de sus cubiertas verdes. La entrada de 2007 era, en realidad, un condensado de las ideas de ambos amigos, plasmadas en un artículo que menciono abajo en primer lugar. También emplearé datos del Instituto Nacional de Estadística (INE), de la Real Federación Española de Golf (RFEG) y de un informe que la consultora PwC España realizó para la empresa Acciona hace poco. Esas y otras fuentes aparecen más detalladas al final de la entrada.

El consumo de agua en España, según el estudio de PwC, ha oscilado en los últimos años en torno a los 35.000 hectómetros cúbicos anuales. El sector que más agua consume en España es la agricultura con un 67%, seguido de los grandes grupos industriales con un 19% y el 14% restante, esto es 4.900 hectómetros cúbicos anuales, se destina a diversos usos que podemos llamar urbanos.

Esos 4.900 hectómetros cúbicos anuales que corresponden al sector urbano se distribuyen, de nuevo según PwC, en una serie de subsectores. El llamado Hogares supone el 71% de ese consumo (3.480 hectómetros cúbicos). La pequeña industria y la construcción se llevan el 11%, los consumos municipales el 9%, las prácticas de corte agrícola en esos municipios un 1% y el 8% restante (392) es atribuible a Actividades y Servicios de tipo turístico, como gestión de Hoteles, Balnearios y, por supuesto, los alrededor de 420 campos de golf federados de diverso tamaño existentes en España, la mayor parte de ellos radicados en la Comunidad Valenciana, Murcia y Andalucía.

El consumo de agua de un campo de golf de 18 hoyos (que son la mayoría, aunque el segundo tuit parezca indicar lo contrario) es muy variable en función de muchos factores, como la pluviometría del lugar (no es lo mismo un campo en Almería que mi Basozábal en Donosti), del tipo de hierba que se haya plantado, de la extensión y gestión del campo, etc. Pero, creo haber llegado a unos valores medios razonables, usando las fuentes abajo citadas y las consideraciones que os enumero a continuación:

1. Un campo de golf se asienta en fincas de variado tamaño, dependiendo del entorno geográfico de cada campo y de que tenga 9, 18 o más hoyos. Garcia Ircio, en su libro abajo citado, establece un valor medio en torno a unas 45 hectáreas. Pero, para empezar, hay que dejar claro que, de ellas, solo se riegan, cuando es necesario, las áreas realmente de juego, es decir, las calles, por las que vamos avanzando desde la salida hasta el hoyo, y los greenes, territorios reducidos en los que se localiza el pequeño agujero en el que hay que meter la bolita.

2. Según puede verse en la reciente evaluación (2019) de la Real Federación Española de Golf (RFEG), cuyo enlace aparece abajo, los campos del Norte de España, como el mío, pueden utilizar entre 50.000 y 75.000 metros cúbicos de agua de riego por año, mientras que los de la España seca pueden llegar a 300.000 o más. Tirando por alto para favorecer las tesis de la tuitera, usaremos, como media de riego anual, esos 300.000 metros cúbicos o 0,3 hectómetros cúbicos. Con ese dato en la mano, podríamos estimar el consumo global por año de los campos de golf españoles en unos 126 hectómetros cúbicos (300.000 por 420 campos y dividido por un millón), un 0,36% de la totalidad de agua consumida anualmente en España por todos los sectores (agrícola, industria y urbano).

3. A la hora de comparar consumo de agua en campos de golf con consumo de agua potable en nuestras ciudades, la misma evaluación de la RFEG indica que más de la mitad del agua empleada para regar campos de golf, concretamente el 57%, es agua reciclada, obtenida a partir del tratamiento de aguas residuales y no apta para consumo humano. Así que el agua potable que los campos de golf emplearían se quedaría en unos 54 hectómetros cúbicos (el 43% de los 126 del párrafo anterior), un 0,15% total del consumo de agua en España y un 1,55% del agua consumida anualmente por los hogares españoles. Y esto sin tener en cuenta otras posibles fuentes de agua de riego de la que puedan disponer los campos, como el agua de lluvia que puedan recoger en los lagos artificiales, estratégicamente situados para incordiar al golfista, el agua de acuíferos propios, etc. Pero volvamos a dar números que favorezcan a la tuitera y estimemos que los campos de golf pudieran llegar a consumir hasta 54 hectómetros cúbicos de agua tan potable como la de nuestro grifo.

4. Según el Instituto Nacional de Estadística, un español medio consumía en 2018 en torno a los 137 litros diarios de agua. Lo que se traduce en unos 50.000 litros anuales (50 metros cúbicos). Así que para llegar a los 54 hectómetros cúbicos que puedan consumir TODOS los campos de golf españoles necesitamos una población de algo más del millón de habitantes. Es decir, la totalidad de los campos de golf NO consumen tanta agua como todos los españoles juntos, como dice el segundo tuit, sino que consumen el equivalente a un colectivo de UN millón de españoles. Y, desde luego, si habéis seguido mis cuentas, UN campo de golf NO consume más agua que todos los habitantes de Burgos, con una población en torno a los 180.000 habitantes. Necesitaríamos juntar el consumo de unos 80 campos de golf de 18 hoyos para igualar las cifras.

Terminaba yo la entrada de 2007 recomendando a mis lectores que se dieran una vuelta por campos de golf como los mencionados en ella (sin urbanizaciones adyacentes o, en su caso, pequeñas) o por la veintena de ellos que la Búha y este vuestro autor tenemos en un radio de una hora de coche al otro lado de la frontera con Francia. En casi todos los casos, y en otros de otras regiones, hay ejemplos de campos situados en entornos idílicos y sostenibles (algunos datan de principios del siglo XX), donde la naturaleza se preserva en toda su variedad y esplendor. Si alguno de los lectores de esta nueva entrada necesita información sobre dónde encontrar alguno cerca de su domicilio, no tiene más que preguntarlo. Y si la autora de los tuits se da una vuelta por Donosti estaré encantado en invitarle a comer y mostrarle mi campo.

Fuentes:

Javier Ansorena y Domingo Merino, Golf y desarrollo sostenible, Federación Vasca de Golf (2007). Enlace.

Césped deportivo. Diego J. Peñapareja, Domingo Merino y Javier Ansorena. Mundi-Prensa (2017) y comunicaciones privadas de D. Merino.

El swing del agua. Francisco J. Garcia Ircio. Federación de Golf de Castilla-La Mancha (2008).

Estadística sobre el Suministro y Saneamiento del Agua (2016). Instituto Nacional de Estadística. Noviembre de 2018. Enlace.

La gestión del agua en España. Análisis y Retos del Ciclo Urbano del agua. PwC (2018). Enlace.

El uso del agua en los campos de golf de España. Real Federación Española de Golf (2019).
Enlace.

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lunes, 23 de septiembre de 2019

Vapeando peligrosamente

En este Blog y desde 2008 ya hemos hablado varias veces sobre los cigarrillos electrónicos, en un intento de ir siguiendo la evolución de este producto emergente de interesante Química en su concepción. Cada vez que he publicado algo al respecto, he recibido serias críticas de fieles seguidores de este Blog, a los que quiero y respeto mucho. Para muestra la última entrada al respecto en 2014. Pero la cosa vuelve cíclicamente a mi escritorio y, esta pasada semana, he leído un artículo en Chemistry World, firmado por Rebecca Trager, excelente como siempre y que podéis leer aquí en su versión original. Y que creo que es bueno extender entre los que no sigáis a Chemistry World.

He explicado en otras ocasiones que los dispositivos que se comercializan contienen, básicamente, una disolución de nicotina en propilenglicol, disolución que se coloca en un cartucho que recuerda el filtro de un cigarro convencional. Ese cartucho, reemplazable, se rosca en el cuerpo principal del cigarrillo de pega. Cuando el fumador inhala, se activa un sensor que ordena que se caliente la disolución de nicotina en propilenglicol, que se vaporiza y acaba en el fumador. Lo del propilenglicol es uno de los trucos fundamentales del cigarrillo electrónico porque permite que su vapor se vea, reproduciendo así el humo de un cigarro normal, algo que no ocurre si en lugar de propilenglicol empleamos sólo agua (si funcionara solo con agua hubiera sido la bomba). Además de la nicotina, las marcas comerciales colocan en la disolución algunos saborizantes, en un intento de reproducir lo más fielmente posible el sabor de un cigarrillo convencional. Y aquí es donde empezaron los problemas desde el principio, como se puede ver en la entrada de 2014 arriba mencionada.

Pero, desde hace unos meses, ha surgido un problema más y serio. En un corto período de tiempo, las autoridades sanitarias americanas han detectado 380 casos de afecciones pulmonares severas y seis fallecimientos entre vapeadores (así se llama a los "fumadores" electrónicos) habituales. Los Centros de Control y Prevención de Enfermedades (CDCs) y la propia Administración americana de Alimentos y Medicamentos (FDA) están trabajando en el asunto y parecen haber llegado a la conclusión de que un posible causante del problema es un suplemento nutricional que, químicamente, responde al nombre de acetato de tocoferilo o, lo que es lo mismo, acetato de vitamina E.

Explica Rebecca que, cuando las autoridades sanitarias comenzaron la investigación, el primer punto en común de muchas de las muestras investigadas, proporcionadas por los propios enfermos, contenían un componente psicoactivo del cannabis, el tetrahidrocannabiol al que, en un principio, se echaron las culpas. Pero ahora se sabe que muchos de los líquidos de vapeo que contenían ese cannabinoide también contenían acetato de vitamina E, que se comenzó a usar en esas mezclas como una forma de incrementar su viscosidad y facilitar así su empleo. Es lo que en otros ámbitos como la cosmética (y también en cocina) se conoce como un espesante.

Aunque el mencionado acetato es una sustancia que no parece tener efectos dañinos cuando se ingiere oralmente o se aplica en la piel, no se tienen muchos datos en lo relativo a sus efectos por inhalación. En el artículo de Chemistry World, un experto le cuenta a Rebecca que la temperatura de vaporización del acetato en cuestión está en el intervalo de las temperaturas que se alcanzan en los dispositivos de vapeo, con lo que puede llegar a los pulmones en forma gaseosa y depositarse posteriormente en ellos en forma líquida, provocando respuestas del sistema inmunológico y dando lugar a procesos inflamatorios que pueden ir a peor.

Parece ser también que la mayoría de estos líquidos con tetrahidrocannabiol están en mercados alternativos, mal controlados, de los líquidos de vapeo, ya que esa sustancia, aprobada para su uso recientemente en Canadá, no lo está en los EEUU. Llama la atención también que la alerta producida en EEUU no se haya reproducido en otros países como, por ejemplo, el Reino Unido. El artículo de Chemistry World achaca la diferencia a los mucho más estrictos controles que las autoridades inglesas tienen sobre todo lo que tiene que ver con los cigarrillos electrónicos.

Como consecuencia de toda esta problemática, el gobierno Trump manifestó hace pocas semanas su pretensión de prohibir los dispositivos de vapeo, algo a lo que se ha sumado el de India esta misma semana. Veremos en qué queda.

Mientras tanto, y como actualización posterior, no se pierdan el comentario de uno de mis antiguos estudiantes (y, sobre todo, amigo) que aparece debajo.

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martes, 27 de agosto de 2019

Globos y la crisis del helio

Para que un globo de los usados en cumpleaños y otros festejos se eleve sobre la superficie de la Tierra, se necesita llenarlo con un gas que sea menos denso que el aire, cuya densidad es 1,27 g/L. Cuando uno busca gases que cumplan esa condición, los posibles candidatos no son muchos y, además, algunos pueden resultar peligrosos, como el hidrógeno, cuya densidad anda en torno a 0,09 g/L. Cuando yo era jovencito, en las dependencias de Bomberos de mi pueblo, ocurrió un grave accidente que dejó muertos y quemados. Mientras llenaban globos con hidrógeno para una cuestación benéfica, alguien fumaba en los alrededores y provocó la catástrofe.

El helio es un buen candidato para los menesteres que nos ocupan, al menos en principio. Se trata de un gas incoloro, inodoro, muy estable y cuya densidad es 0,18 g/L, lo suficientemente pequeña como para que los globos que llenemos con él se vayan hacia las nubes en cuanto los dejemos libres. Pero los átomos de helio difunden fácilmente a través de las paredes del caucho que constituye el globo así que, poco a poco, el gas se escapa del interior del globo, que pierde presión y se va haciendo cada vez de menor tamaño hasta que, finalmente, se queda prácticamente sin helio y vuelve a caer por gravedad hacia la tierra.

Cuando hace unos meses escribí una entrada sobre un artículo publicado en una revista del grupo Nature en el que parecía concluirse, según la sorprendente interpretación de algunos medios de comunicación, que el plástico que más animales mataba en el mar era precisamente el material constitutivo de los globos, el censor ortográfico más puntilloso que tengo entre los lectores de este Blog, Alexforo, me mandó un vídeo de una escuela italiana en la que se adoctrinaba a los tiernos infantes para que no soltaran globos a la atmósfera, como una forma de evitar la contaminación por plásticos y microplásticos existente en los océanos. Y no son los únicos con tales iniciativas. Hace poco se publicó en el New York Times un artículo en el que se contaba que Gibraltar había prohibido la suelta de globos en una ceremonia que se venía celebrando desde 1992, cuando se conmemoró el vigésimo quinto aniversario del referéndum en el que los llanitos decidieron permanecer bajo las faldas de Su Majestad Británica. Desde esa conmemoración, cada setiembre se han soltado 30.000 globos desde Gibraltar, hasta que este año se ha prohibido la suelta como consecuencia de que el Gobierno del Peñón "reitera su compromiso con un mar limpio, libre de plásticos y otros materiales no biodegradables que causan mucho daño a la vida marina".

No me parecen mal, ni mucho menos, este tipo de gestos aunque, si habéis leído mi serie sobre los microplásticos (por ejemplo aquí), estaréis conmigo en que no dejan de ser brindis al sol. A fin de cuentas, la posible contribución de los globos al flujo de plásticos que acaba todos los años en el mar, a través de ríos bien localizados en el mundo, es ridícula. Más o menos como la posible contribución de esas mismas sueltas de globos a la crisis del helio que actualmente estamos padeciendo y que es, en el fondo y después de todo este rollo, lo que yo quería contar en esta entrada que ya se me está haciendo demasiado larga.

El helio es el único elemento, entre todos los de la Tabla Periódica, que permite alcanzar temperaturas extraordinariamente próximas al llamado cero absoluto de temperaturas, establecido en -273,15 ºC. El helio líquido hierve unos cuatro grados por encima de esa temperatura, así que lo mismo que cocemos a una temperatura constante de 100 ºC cuando el agua hierve, podemos mantener muchas cosas a esa temperatura tan baja, a la que el helio hierve.

Un descubrimiento inicial posibilitado por manejar cosas en helio líquido es que algunos materiales, cuando se enfrían a temperaturas muy bajas, pierden su resistencia eléctrica y se convierten en superconductores. Gracias a ellos, por ejemplo, tenemos los trenes de levitación magnética o los equipos de Tomografía por Resonancia Magnética, miles de los cuales funcionan en los hospitales del mundo. El helio es fundamental también en instalaciones de física de partículas como el Gran Colisionador de Hadrones (LHC) del CERN, cerca de Ginebra, y ha posibilitado descubrimientos merecedores del Premio Nobel como el efecto Josephson, la superfluidez (ausencia de viscosidad) o el efecto Hall cuántico. Y los químicos tenemos en los equipos de Resonancia Magnética Nuclear (RMN) una herramienta muy poderosa que ha revolucionado la síntesis química y farmacológica.

Todos esos equipos necesitan un aporte continuo de helio líquido, sin el que no pueden funcionar. Y mientras están en funcionamiento, lo pierden continuamente y para siempre en las inmensidades del Universo. Aunque en ese Universo el helio es el segundo elemento más abundante (tras el hidrógeno), su presencia en la Tierra es una rareza que se origina como consecuencia de la descomposición radiactiva de otros elementos localizados en la corteza terrestre, un proceso que tarda millones de años y para el que no hay alternativa a la hora de producir helio.

Una pequeña fracción del helio que se produce mediante el proceso arriba mencionado puede quedar atrapado en lugares protegidos por rocas impermeables, acompañando a otros gases como el gas natural. Solo si en ese gas natural el helio está por encima del 0,3% el proceso de recuperación del helio puro es viable económicamente, algo que la mayoría de los yacimientos de gas natural no cumplen, por lo que no pueden ser fuente del helio que necesitamos.

Con todos estos problemas y la cada vez mayor necesidad de helio en experimentación científica y en instrumentos que se han vuelto esenciales en laboratorios y hospitales, resulta lógico que su precio haya ido subiendo de forma alarmante en los últimos años y se hayan producido cortes puntuales de suministro en algunos lugares, lo que puede causar daños irreversibles a algunos de los equipos mencionados. Y para poner aún peor las cosas, una fuente estratégica de helio, la Federal Helium Reserve del Gobierno americano, que lleva funcionando desde 1960 en Amarillo, Texas, amenaza con cerrar sus puertas en el otoño de 2021.

Así que, aunque solo sea testimonial, mejor no compráis globos llenos de helio para los chavales.

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