miércoles, 2 de mayo de 2018

Un curso de verano en Donosti

Los Cursos de Verano de la UPV/EHU, que se celebran en el precioso marco del Palacio de Miramar de Donosti, llegan este año 2018 a su trigésima séptima edición. Como cada año, desde hace unos cuantos y dentro del apartado Ciencia y Tecnología, los amigos Juan Ignacio Pérez Iglesias (Director de la Cátedra de Cultura Científica) y Fernando Cossío (Director Científico de Ikerbasque) organizan un Curso para elque, este año, han elegido el título Historia Natural de la Cocina, que versará sobre "las relaciones de nuestra especie con lo que le ha servido de alimento". Y en el que este vuestro Búho va a tener el honor de impartir una charla. Ya lo hice en la edición de 2010 y, desde entonces, no he fallado a ninguno de los cursos posteriores, aunque como alumno más o menos disciplinado. Para que tengáis todos los detalles del Curso, os dejo aquí el enlace adecuado.

Como véis en la información, voy a compartir programa con un interesante elenco de personas, entre los que tengo buenos conocidos y amigos. A la vista de esta "nómina" no tuve muy claro qué temática elegir para la charla, al haber otros ponentes con más predicamento en algunas de las cosas sobre las que suelo hablar. Pero al final, y como no quería perderme la oportunidad de compartir cartel con tanto ilustre, propuse a los Directores que me dejaran contar la historia de ese movimiento mal llamado Gastronomía Molecular en el que, por pura chiripa, pude en su momento hacer alguna modestísima aportación. Los que me habéis seguido en el Blog, sabéis que la cosa me ha interesado desde que caí en el entorno de Juanmari Arzak y su gente, allá por el 2003. Como consecuencia de ese interés, tengo alguna bibliografía interesante, y de buena fuente, sobre los primeros pasos del citado movimiento y cuento además con más de un amigo que me echará una mano para concretar algunos detalles que puedan habérseme escapado. A ver cómo queda el resultado final.

Asistir al evento cuesta unos eurillos pero qué mejor plan (para el que disponga de tiempo) que pasar tres mañanas en el entorno del Miramar. Y, encima, con la diversión asegurada viniendo algunos que yo me sé.

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lunes, 23 de abril de 2018

Películas y bolas de billar con peligro: nitrato de celulosa

Uno de los jóvenes amigos que el uso de las redes sociales me ha permitido conocer es Oskar González Mendía, un químico analítico especializado en cuestiones que tienen que ver con las implicaciones de la Química en el mundo del arte. Desde principios de este año está publicando en Twitter un tuit diario, con interesantes ejemplos de esa relación que acabo de mencionar. Y este domingo, el publicado tenía que ver con el papel que un polímero (plástico) semisintético, el nitrato de celulosa, ha jugado en el mundo del cine del siglo XX, haciendo referencia, además, a los peligros que ello conllevaba por su carácter altamente inflamable. Lo que me recordó un post que escribí en los albores de este Blog y que, como otros publicados en 2006 y por razones que ya he mencionado en otros casos similares, ha pasado sin pena ni gloria a pesar de lo que me lo trabajé. Así que he decidido reescribirlo, actualizarlo y aligerarlo un poco porque anda que no me enrollaba yo hace doce años.

Hacia la mitad del siglo XIX, el uso extendido del marfil en las empuñaduras de cubiertos de todo tipo, en los teclados de los pianos, en joyería y, sobre todo, en las bolas de billar, hizo empezar a temer por las poblaciones de elefantes. El caso de las bolas de billar era particularmente importante, pues su consumo se estaba incrementando y posibles materiales sustitutivos, como la madera maciza de procedencia arbórea diversa, no tenían las propiedades adecuadas para el choque cuasielástico requerido por profesionales cualificados en tal disciplina. Así que el más importante fabricante americano de bolas de billar, Phelan and Collander, instituyó, en la década de los sesenta de ese siglo XIX, un preciado premio de 10.000 $, destinado al inventor que pudiera proporcionar un material que sustituyera al marfil de sus bien amadas bolas (de billar). Un inventor de Albany, en el Estado de Nueva York, J.W. Hyatt Jr., decidió que el premio merecía un esfuerzo más que razonable y se puso a trabajar. No está del todo claro claro de dónde le llegó la información que cristalizó en su inventó, pero el caso es que para 1869 había conseguido unas bolas de billar elaboradas casi exclusivamente con un material que, por aquel entonces, era conocido entre los iniciados como colodión.

Pero el colodión tenía ya, para entonces, su pequeña historia que merece ser contada con cierto detalle. Veinticinco años antes, un profesor de Química de Basilea, C.F. Schönbein, había escrito una carta a Faraday en la que le comunicaba que, siguiendo trabajos previos de unos químicos franceses, Pelouze y Braconnet, había conseguido hacer reaccionar papel con una mezcla de ácidos nítrico y sulfúrico, obteniendo una nueva sustancia de propiedades bastante curiosas y que hoy denominamos nitrato de celulosa porque, como ya sabemos, el papel está básicamente constituido por fibras de celulosa, un polisacárido que ya nos hemos encontrado previamente (véase esta entrada). Las fibras de celulosa son también las que forman parte de los tejidos de algodón, una precisión que debo hacer para que la historia que sigue debajo tenga una cierta consistencia. El hecho de hacer reaccionar a una sustancia de origen natural (celulosa) con productos químicos, para dar lugar al nitrato de celulosa, es lo que confiere a este polímero la etiqueta de semisintético.

Dependiendo del grado de nitración de la celulosa o, lo que es lo mismo, de la intensidad del ataque del acido nítrico sobre ella, el producto resultante podía ser desde una plastilina semisólida, capaz de ser moldeada en diversas formas y objetos, hasta un líquido muy viscoso. Schönbein también avisaba de sus propiedades explosivas y de hecho, en años sucesivos, ese material se utilizó con fines bélicos, con denominaciones como algodón de cañón o nitrocelulosa.

En cuanto los detalles de la carta de Schönbein cayeron en manos del looby parisino de la Química, Louis Ménard, un estudiante de Pelouze, se puso a investigar en el tema y pronto descubrió que el nitrato de celulosa podía disolverse muy bien en una mezcla de etanol y éter, disolución que fueron los primeros en bautizar como colodión. Cuando la disolución, cual un barniz cualquiera, se aplicaba sobre una superficie y se dejaba que el disolvente se evaporara, se generaba un filme sólido, elástico, dúctil y a prueba de agua.

Pero, en aquella época, los sabios franceses andaban muy atareados en disputas internas de su Académie y no investigaron lo suficiente como para que se les ocurriera aplicación alguna para el citado material, aunque algunos años más tarde, y ya en otros países como Gran Bretaña o Estados Unidos, la gente usaba las disoluciones de colodión como pegamento. De hecho, si uno investiga los precedentes del famoso pegamento Imedio que nos acompañó en nuestra infancia a los hoy ya sesentones, los primeros preparados de esa marca no andaban muy lejos del colodión. En una aplicación más pedestre (y nunca mejor aplicado el adjetivo) las disoluciones de colodión también se aplicaban como un remedio que ayudaba a eliminar los callos de los pies.

Aunque no sabemos casi nada sobre la relación entre Schönbein, los franceses y otros colegas de la pérfida Albión, lo cierto es que en la Exposición Internacional celebrada en Londres en 1862, un inventor del país llamado Alexander Parkes, exhibió en su stand una serie de objetos moldeados a partir de disoluciones más o menos concentradas de nitrato de celulosa. Se incluían allí cajas para guardar joyas, dientes artificiales, botones, empuñaduras de navajas y otros objetos, algunos de los cuales podéis ver en el Museo de la Ciencia de la capital londinense, si buscáis adecuadamente.

Parkes, que denominaba a su material parkesina (modesto que era el hombre), fue uno de los triunfadores de la Exposición, ya que ganó una medalla de bronce y, casi inmediatamente, se metió en la aventura de comercializar sus productos. A finales de los sesenta de ese siglo XIX el catálogo había ido creciendo e incluía brazaletes, pendientes, mangos de paraguas y hasta alguna bola de billar. Sin embargo, la aventura parkesiana duró poco y el negocio se fue a pique. Dicen los historiadores que la causa fundamental fue el empleo paulatino de algodones (la fuente de celulosa de la industria de Parkes) de cada vez peor calidad a medida que los pedidos iban creciendo, aunque otros lo atribuyen a problemas con el carácter inflamable de la parkesina o a complicaciones en la gestión empresarial.

Como parte de la liquidación de la sociedad entre los acreedores, la patente de la parkesina fue asignada a un antiguo asociado de Parkes, Daniel Spill, que decidió volverlo a intentar creando dos compañías, una en Inglaterra y otra en USA. Y, en este punto temporal, la historia se encuentra con el concurso convocado para buscar nuevas bolas de billar y las propuestas del neoyorquino Mr. Hyatt. Este es también el momento en el que empieza el que, probablemente, es el primero de los litigios que, a lo largo de la historia, han jalonado la historia de los polímeros.

Las bolas no marfileñas que Mr. Hyatt había patentado no pasaron las primeras pruebas de su uso en los salones de billar. Se inflamaban rápidamente si alguien las tocaba con un cigarro y hay una curiosa carta a Hyatt del propietario de un salón de billar de Colorado en el que le describe que, a veces, un golpe un tanto desmesurado sobre la bola provocaba una explosión de la misma, con un ruido parecido a un disparo. La cosa no era para tomársela en broma porque ya se sabe que, en aquella época, a todo el mundo los dedos se les volvían huéspedes a la hora de desenfundar las armas que llevaban al cinto, con lo que se podía montar la mundial en pocos segundos. En 1870, Hyatt consiguió avanzar un paso más en sus investigaciones y presentó una patente en la que propugnaba que si en la cubierta final de las bolas se empleaba una mezcla de nitrato de celulosa y alcanfor, el asunto de los disparos súbitos se controlaba mucho mejor. A esa mezcla, Hyatt lo bautizó como celuloide y su aceptación por el mercado bajó sustancialmente el precio de las bolas y contribuyó a la popularización del billar. Hoy sabemos que el papel fundamental del alcanfor es hacer de plastificante del nitrato de celulosa o, dicho en otras palabras, convierte a éste en un material más blandito, algo similar al empleo de los ftalatos en el PVC que se usa para fabricar cortinas de baño o balones de playa.

Además de las bolas de billar, otros muchos objetos empezaron a producirse con el mencionado celuloide. Me quedo con los cuellos duros que llevaban los frailes corazonistas que me martirizaron en mis años mozos. O con los famosos dickies, esas rígidas falsas pecheras de camisas que hemos visto en muchas películas de cine mudo. Pero el nuevo propietario de la patente de la parkesina, Spill, estaba al loro de lo que se cocía en torno a las bolas de billar y, enseguida, presentó una demanda contra la patente de Hyatt, argumentando que el uso del alcanfor había sido ya introducido por su antigua empresa en algunos de los preparados a base de parkesina. El caso fue largo, caro y complicado y duró hasta 1887, cuando Spill murió sin conseguir su propósito y la Corte Suprema de EEUU archivó la querella. El asunto curioso es que Parkes testificó en el juicio a favor de Hyatt y en contra de Spill, su antiguo socio. Dicen las malas lenguas que se la tenía guardada, porque pensaba que una parte de la quiebra de la empresa se debía a una mala gestión interesada de Spill.

El celuloide, entendido como nitrato de celulosa con algunos aditivos que lo hacían más blandito, flexible y manejable, se empleó posteriormente como material para la impresión fotográfica y, algo más tarde, como soporte para registrar y reproducir las primeras películas. En esa aplicación hubo también más de un susto, pues si bien se había controlado el carácter explosivo del material allí empleado, el celuloide no deja de ser un material de llama fácil y más de un archivo de películas antiguas ha ardido, como la Roma de Nerón, sin poderse hacer nada para remediarlo. En los años posteriores, el nitrato de celulosa fue sustituido por el acetato de celulosa, un pariente próximo que resulta de tratar las fibras de celulosa con otro ácido, el acético (el ácido del vinagre). Ambas celulosas modificadas son igualmente parientes del celofán que vimos en otra entrada. De nuevo, como en el caso del nitrato de celulosa, pueden conseguirse diferentes grados de acetilación de la celulosa, obteniéndose materiales muy variados.

El acetato de celulosa ha sido hasta los años 60 del siglo XX el soporte fundamental del material de fotos y películas, al permitir que sobre él se realizara una correcta dispersión de sales de plata sobre una capa de gelatina depositada sobre el acetato. A partir de 1960/70, el acetato de celulosa ha sido reemplazado como tal soporte por un plástico de origen puramente sintético, el polietilen tereftalato, PET, el mismo que empleamos hoy en día en la mayoría de las botellas de agua y bebidas carbonatadas y el mismo que ha constituido la mayor parte de las fibras que aparecen como poliéster en las etiquetas de nuestra vestimenta.

Luego ha llegado la era digital y todo eso ha pasado a la historia. Al pobre celuloide le han quedado nichos de mercado como las bolas de ping-pong y también se sigue empleando nitrato de celulosa en algunas lacas de uñas. Pero tranquilas, chicas, que no van a explotar.

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jueves, 5 de abril de 2018

Agua de manantial

Creo haber manifestado en este Blog que, en lo tocante a la televisión, soy bastante parco. A pesar de disponer de televisión de pago, el uso que hago de ella cotidianamente oscila, por lo general, entre un canal de golf y otro de música clásica. Además, por definición, la dueña del mando es la Búha, así que si un torneo importante de golf (como el de Augusta esta semana) coincide con otras preferencias de mi Santa, no me queda más remedio que tirar de tableta y buscarme la vida. Pero ello no quita para que contemple a veces, de manera no buscada, ciertos canales que ella visita. Y cada día estoy más sorprendido con las cosas que la gente parece creerse por el mero hecho de aparecer en sus pantallas.

Ayer, en una opción televisiva llamada Canal de Casa, seguí a una ciudadana que, por lo que pude intuir, dedica su espacio a dar consejos más o menos "naturales" para cosas de cosmética. Y en el programa que acabé viendo, estaba preparando un mejunje contra los molestos granos faciales, a base de arcilla verde, aceite esencial de ciprés y, apriétense los cinturones, "agua de manantial". Después de dejar claro que si el acceso a ese tipo de agua resultaba complicado para los que le escuchaban, podía emplearse igualmente agua embotellada o de grifo, proclamó a los cuatro vientos que, sin embargo, lo mejor era el agua de manantial.

Tras la preparación del potingue, de cuya eficacia no tengo por qué dudar, un pequeño reportaje adicional explicaba las peculiaridades del agua de manantial. Como aún me queda algo de ingenuidad, pensé que nos iba a dar un listado de manantiales adecuados a su preparación, tanto por la composición química del agua de los mismos como en lo relativo a su seguridad sanitaria, adecuadamente controlada por las autoridades responsables en los territorios en los que los manantiales estuvieran localizados. Pero ni palabra al respecto. En el reportaje se limitó a cantar las excelencias del agua de manantial sobre la base del hecho de provenir de acuíferos muy profundas o de haber sido repetidamente filtrada previamente en entornos naturales, exentos de todo tipo de contaminación. Supongo que, por tanto, nuestra "experta" entiende que todas las aguas de manantial de la Península Ibérica son intrínsecamente puras, libres de contaminantes y de cualquier tipo de microorganismo que puedan hacer que el molesto grano, objeto de su tratamiento, empeore más que mejore.

Y mientras estaba viendo lo que contaba, me acordaba de una reciente alerta sanitaria en el siempre alegre y combativo municipio guipuzcoano de Usúrbil, donde una gran parte de sus habitantes tuvo una relación intensa con los productos sanitarios del Sr. Roca, gracias al agua de grifo de la localidad. Nada especialmente grave, que se pasaba en un par de días después de dejar de ingerirla, pero que puso a trabajar a los responsables de la Dirección de Salud Pública y Adicciones del Gobierno Vasco, quienes enseguida tuvieron claro el origen del problema. Aunque la mayor parte del agua de Usúrbil proviene de la presa de Añarbe, como la que llega a mi grifo, un agua excelente y bien controlada, los ediles del lugar habían seguido manteniendo, como complemento "autóctono", agua proveniente de manantiales de toda la vida situados en su entorno. Pues bien, uno de ellos, situado en el monte Andatza, contaminó con Nanovirus o virus de Norwalk el depósito conocido como Erroizpe, lo que tuvo como consecuencia el que acabaran apareciendo en los grifos de los usurbildarras e hicieran de las suyas en su tracto intestinal.

Voy a tener que considerar seriamente la posibilidad de ver más tele en mi día a día. Podría ser una fuente inagotable de temas para este Blog. Sobre todo porque parece bastante claro que cosas como las de la partidaria del agua de manantial van en aumento.

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sábado, 31 de marzo de 2018

Divagando sobre el cobre en la cocina

La ola californiana (esto es, quimiofóbica) que nos invade, hace cada vez más complicada la toma de decisiones de la buena gente. Una amiga me escribe contándome que se ha comprado una sartén "de cobre" que anuncian en la tele y que no sabe si devolverla, porque alguien de su familia le ha contado que usar utensilios de cobre para cocinar es una barbaridad. Que el cobre es muy tóxico y que cocinando en él cosas que sean ácidas o alcalinas (algo tendrán que ser las pobres, digo yo), el cobre reacciona con ellas, sobre todo a temperaturas elevadas, y acabamos metiéndonos el cobre al coleto, lo cual es muy peligroso para nuestro hígado. Así que le he prometido contarle algo por esta vía.

El cobre es un material que se ha usado tradicionalmente en la cocina. Contaba el amigo Harold McGee, el conocido autor de "La Cocina y los Alimentos" en una entrevista que le hacía Jeff Potter en su libro "Cooking for Geeks" que, cuando a finales de los 70, estaba escribiendo la primera versión de su libro oyó a Julia Child, una chef, autora y presentadora de televisión americana ya fallecida, hablar sobre las bondades de batir claras de huevo a punto de nieve en un recipiente de cobre. Según ella, el cobre acidificaba las claras lo que permitía obtener una mejor textura en la espuma resultante. Harold sabía que el cobre no cambia el pH de las disoluciones, así que pensó que lo que decía su colega no podía ser cierto.

Pero un par de años más tarde, cuando andaba buscando ilustraciones para las pruebas finales de la primera edición del libro, encontró una imagen que le devolvió al tema, imagen que se puede ver en la página 110 de la versión en castellano de la segunda edición. Se trata de un grabado publicado en 1771, en el que un aprendiz está utilizando lo que en el texto que acompañaba originalmente al grabado se definía como "un cuenco de cobre para batir claras de huevo y mezclarlas con la masa con la que se hacen los bizcochos". Así que, siguiendo su tradicional modo de operar, Harold decidió investigar si los cuencos de cobre tenían alguna secreta propiedad frente a las claras de huevo, para lo que probó a montarlas en uno de esos recipientes y, al mismo tiempo, en otro de similares características pero de vidrio. Los resultados le dejaron perplejo. Le costó casi el doble montarlas en el recipiente de cobre pero el color, la textura y la estabilidad de la espuma eran claramente diferentes.

Hoy sabemos que eso es así porque algunos grupos con azufre e hidrógeno (S-H), existentes en las proteínas de la clara del huevo, forman enlaces bastante estables con el cobre del recipiente. Eso impide que esos grupos azufre puedan unirse a los de otras moléculas de proteínas mediante enlaces fuertes S-S, lo que haría que la estabilidad de la espuma fuera menor. De época similar al grabado arriba mencionado, Harold también cita un tratado inglés de cocina en el que se recomienda el empleo de recipientes de cobre para hervir verduras, porque mantienen mejor su color original. O, alternativamente, añadir al agua una moneda de cobre si las estamos cocinando en un recipiente que no sea de cobre. Pero, y aquí vuelvo a la cuestión inicial de mi amiga, durante esa cocción no estamos a la temperatura ambiente a la que montamos las claras sino a 100 ºC, una temperatura a la que el riesgo de que algo de cobre pase a los alimentos se vuelve más elevado. El mismo Harold recoge que el ejercito sueco prohibió en el siglo XVIII los recipientes de cobre como consecuencia de algunas intoxicaciones derivadas de su uso extendido en cocina. Pero todavía hoy sigue habiendo instrumentos de cobre en las cocinas.

Así que hay que decir muy claro que el contacto del cobre "desnudo" con los alimentos no es una opción muy deseable (sobre todo a altas temperaturas) y, por ello, los fabricantes actuales suelen recubrir su superficie con acero inoxidable o, mas tradicionalmente, con estaño, aunque éste también tiene sus problemas derivados de su bajo punto de fusión. Y se sigue usando cobre en estos recipientes porque, en comparación con otros metales, el cobre tiene una conductividad térmica muy alta, lo que asegura una transmisión rápida del calor desde el "fuego" que estemos usando al interior de nuestro cazo o sartén.

Dicho lo cual, he andado trasteando a la búsqueda de la estructura de la sartén de mi amiga. He visto que, en este momento, pululan por internet y por teles de distintos países varias sartenes que, al menos aparentemente, tanto por su color como por el hecho de que contengan la palabra Copper (cobre) en su nombre comercial, parecen estar hechas de ese metal. Pero que, al menos en algunos casos, no lo están. Por ejemplo, en la web oficial de una que se vende con el nombre Copper Chef, en el apartado de preguntas frecuentes (FAQs), queda claro que la citada sartén es de aluminio, con un recubrimiento antiadherente denominado comercialmente Cerami Tech, coloreado de cobre. El marketing del producto no deja pasar la ocasión para mencionar que dicho recubrimiento no contiene Teflon, un material habitual desde hace años en la mayoría de las sartenes. Sobre el Teflón y las sartenes tengo yo más de una entrada al respecto en este Blog, que podéis ver aquí y, mas recientemente, aquí, casi al final de la larga entrada que me trabajé para desmontar las afirmaciones de un dilecto académico.

Mi búsqueda posterior sobre el mencionado recubrimiento antiadherente de la falsa sartén de cobre no ha sido tarea fácil. Lo único que he podido encontrar es un revestimiento de igual nombre a base de resinas epoxi. Como la cosa está bastante oscura en los sitios consultados, quiero por ahora dejar abierta la duda al respecto pero, si el revestimiento fuera una epoxi coloreada de cobre, podría ponerme en plan quimiofóbico y contaros que para fabricar recubrimientos a base de resinas epoxi se emplea...... Bisfenol A.

La mencionada sartén no sale muy bien parada en esta revisión en inglés. Y tampoco una sartén alternativa que aparece en anuncios en teles españolas (no os perdáis sobre ella los comentarios de esta revisión sacada de la revista Elle y que está en castellano). En definitiva, que creo que a mi amiga no le queda más remedio que usar la sartén y ver qué pasa. Lo de envenenarse con cobre no llega ni a posibilidad remota, ya sea porque no hay cobre o, si lo hubiera y de acuerdo con los comentarios mencionados, la sartén le va a durar tan poco en buenas condiciones que no habrá tiempo para acumular suficiente cobre en su hígado. Además, como esta amiga mía es algo dada a la agricultura ecológica, pudiera ser que el cobre entre en su cocina por otra vía. No hay más que leer al amigo Mulet a propósito de la autorización, en ese ámbito agrícola, de toda una gama de bactericidas y fungicidas a base de cobre.

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miércoles, 7 de marzo de 2018

Otra fragancia de extraño origen: el ámbar gris

Hace unos cuantos meses, a finales de mayo del pasado año, hablábamos de ciertos aromas impresentables, tanto por su origen (glándulas de animales) como por su repelente olor (mercaptanos), que parecerían poco apropiados para formar parte de la paleta con la que los afamados perfumistas componen sus delicias olfativas. Al escribir esa entrada, dejé deliberadamente sin mencionar otro producto de origen poco confesable y que, sin embargo, ha tenido y tiene (como los otros mencionados arriba) un importante nicho en el mundo de la perfumería. Estamos hablando del ámbar gris (o ambré gris en français).

El ámbar gris es el fruto de una segregación intestinal del cachalote. Parece ser que ello es debido a la reacción que se produce en su tracto gastro-intestinal como consecuencia de los daños que allí se generan al ingerir sepias y calamares de gran tamaño, con picos córneos hirientes. Al final, el animal expulsa el resultado de esa reacción de su organismo, una sustancia negra y viscosa, con restos de sepia y calamar incluidos y con aromas fecales como nota olfatoria distintiva. Ese excremento animal flota en el agua y va sufriendo un proceso de oxidación debido al oxígeno del aire, el sol, al agua de mar y la temperatura, que lo va convirtiendo progresivamente en algo más blanquecino y duro. Cuanto más tiempo haya pasado en el mar más atractivo resulta a los intereses de la perfumería y, por eso, cuando uno lo encuentra en la playa, como el niño de la foto, le toca la lotería. El pedrusco que Charlie, de 8 años, encontró en una playa inglesa le proporcionó la bonita cantidad de 60.000 eurazos.

En terminología de los perfumistas, un ámbar gris "maduro" (tanto más cuanto más blanco) tiene un aroma semidulce y seco, con notas marinas, de tabaco, de cuero y ligeramente almizclado (esto es un resumen de las notas más citadas en varios artículos que he revisado, que mi nariz de vasco no da para tanto). Estas características han atraído desde el pasado el interés por el citado excremento. Además, los trozos de ámbar gris tienen la curiosa característica de que se pueden quemar, como el incienso, con un olor bastante placentero. Incluso hay gentes que se lo comen, al atribuirle propiedades afrodisíacas en el hombre y de remedio contra la infertilidad en las mujeres (seguro que infundadas, pero es lo que tienen las tradiciones). En Marruecos se suelen añadir pequeños trozos de ámbar gris al té.

Uno puede comprar hoy en día en internet tinturas más o menos concentradas de ámbar gris, obtenidas tras machacar finamente el producto original y dejarlo reposar en alcohol durante un par de meses. Pero esas tinturas circulan, generalmente, en ámbitos privados. Ya dije en la entrada arriba mencionada que, hoy en día, hay mucha gente interesada en prepararse sus propios perfumes caseros a bases de tinturas, aceites esenciales de plantas y productos similares. Pero el ámbar gris es caro (muy caro), su localización es completamente errática, está sometido a legislaciones restrictivas severas (en USA está prohibido incluso poseer ámbar gris a título personal) y las grandes empresas del perfume hace tiempo que, salvo raras excepciones, no usan tinturas del ámbar "natural" y han recurrido a otros sustitutos que recrean el aroma original.

En los años treinta, uno de los actuales gigantes del mercado de los componentes de perfumería, Firmenich, inició una concienzuda investigación sobre el ámbar gris y sus aromas, descubriendo que el origen de los componentes volátiles que le dan su exclusivo olor, es una sustancia química conocida bajo el nombre de ambreína que, aunque no tiene olor, es finalmente la causante de que, como consecuencia de los procesos que sufre durante su vagabundeo por el mar, acabe convirtiéndose en otra sustancia química relacionada, el ambroxan o ambróxido, un terpenoide que proporciona al ámbar su característico olor dulce.

Así que el camino estaba listo para que los químicos de Firmenich (y otras empresas) se pusieran a la búsqueda de la vía de síntesis más interesante para obtener ambroxan a nivel industrial. Y no tardaron en descubrir varias posibilidades, que han dado lugar a diferentes ambróxidos sintéticos (no voy a entrar en detalles, pero los químicos tienen ahí una interesante temática). Esas sustancias se venden con nombres comerciales como Ambrox, una marca de Firmenich, o Ambrofix, comercializado por Givaudan, otro gigante del mercado de esencias.

Hay muchas marcas conocidas que introducen ambróxidos sintéticos en las complejas fragancias de sus perfumes y aguas de perfume, toilette o colonia. Una muy conocida es el Light Blue para hombre de Dolce Gabbana, pero este vuestro Búho, por pura casualidad derivada de curiosear en una perfumería próxima a casa, descubrió no hace mucho una fragancia conocida como Molecule 02, de la serie Escentric Molecule, constituida exclusivamente por la molécula de Ambroxan, disuelta en alcohol hasta una concentración del 13,5%.

Toda una rareza, en un mundo en el que lo normal, al analizar una determinada fragancia, es que te encuentres con varias decenas de sustancias químicas distintas.

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