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viernes, 24 de julio de 2026

La azarosa vida de un aprendiz de químico

Durante los últimos años, ha sido habitual encontrar en los medios noticias relativas a la retirada, por parte de la policía, de frascos antiguos guardados desde hace años en laboratorios de colegios públicos, conteniendo una sustancia denominada ácido pícrico. La más reciente se refiere a distintos colegios vascos, en los que la Ertzaintza ha retirado (y explosionado) ese tipo de recipientes. La razón no es otra que el ácido pícrico, después de décadas de falta de uso, puede explotar de forma espontánea. La noticia no ha tenido reflejo más allá de unas pocas líneas o unos pocos segundos en los informativos, pero a mi me ha hecho recordar (algo que me ocurre de vez en cuando) mis primeros contactos con la Química. No llego al nivel de lo que cuenta Oliver Sacks en el recomendable libro de sus recuerdos como químico precoz, pero hice mis pinitos desde tierna edad. Lo que me suele incitar a reflexionar sobre cómo ha cambiado la percepción del riesgo en el manejo de sustancias químicas, algunas ciertamente peligrosas (otra vez el binomio peligro/riesgo).

El ácido pícrico (o 2,4,6-trinitrofenol) fue un reactivo muy habitual en laboratorios docentes durante buena parte del siglo XX. Se empleaba en análisis químicos, tinciones histológicas y demostraciones de laboratorio. No es especialmente peligroso cuando está húmedo, que es como normalmente se almacenaba. De hecho, los envases comerciales solían contener entre un 10 y un 30 % de agua para mantenerlo estabilizado. El problema aparece cuando el agua se evapora durante décadas de almacenamiento. El sólido seco es muy sensible al impacto, la fricción y el calor, por lo que un bote antiguo no debe abrirse ni manipularse. Además, si el ácido entra en contacto durante años con tapas o estanterías metálicas, pueden formarse picratos metálicos (de hierro, cobre, plomo...), que son todavía más proclives a la explosión que el propio ácido pícrico.

Creo recordar, aunque no estoy seguro, que yo tenía ácido pícrico en mi primer juego de Química, que los Reyes me trajeron a principios de los 60. No recuerdo el año exacto pero, desde luego, no más tarde de 1963, cuando nos cambiamos de casa, porque estoy seguro de que, viviendo en ella, casi provoqué un incendio al derramarse el alcohol etílico contenido en un mechero como el que véis a la derecha de la figura, con el que calentábamos los tubos de ensayo para producir algunas reacciones. El alcohol ardiendo se desparramó por la mesa, cayendo a la alfombra. Menos mal que mi padre anduvo listo apagando el asunto con una toalla.

El incidente no me apartó de similares actividades peligrosas. En uno de los bajos de la casa del incidente con el mechero, había un garaje en el que se guardaban unas camionetas de la empresa Carburos Metálicos. De vez en cuando, los conductores limpiaban la caja de los vehículos y depositaban los restos en un descampado próximo que, con el tiempo, fue convirtiéndose en una montañita de color oscuro. Pronto descubrimos que rascando en su superficie y cogiendo el sólido más blanquecino del interior, metiéndolo en un bote, colocándolo boca abajo en un agujero y vertiendo agua en él, el bote se convertía en un proyectil. Nunca nos pasó nada, pero hoy sé con certeza que lo que ocurría es que el carburo (probablemente de calcio) reaccionaba con el agua produciendo acetileno, un gas que, en el bote boca abajo, cogía presión y…. Hay alguna otra anécdota de mis años de aprendiz de química en otras entradas del Blog. Como la que cuenta nuestro peregrinar por carbonerías, droguerías y farmacias de mi pueblo, a la búsqueda de los ingredientes para fabricar una variante de pólvora. Tengo muestras indelebles en mi mano, casi sesenta años después, de una explosión “incorrecta”.

Años después (menos de diez), siendo ya un estudiante de Química en Zaragoza, una gamberrada habitual era robar pequeños trozos de sodio durante las prácticas de laboratorio, irnos al exterior de la Facultad y lanzarlos a un estanque que había en los jardines próximos. La reacción del sodio con el agua era violenta y espectacular. Es evidente que eso es hoy imposible (o casi). Como lo son otras prácticas de entonces, como pipetear con la boca todo tipo de líquidos y disoluciones, evaporar disoluciones de benceno, cloroformo o tetracloruro de carbono, trabajar con mercurio y sus compuestos sin demasiadas precauciones, preparar, sin emplear vitrinas, cloro (con el que tuve un incidente desagradable), sulfuro de hidrógeno o dióxido de nitrógeno, o fumar en los laboratorios o aledaños. Hoy parece increíble, pero ocurría. Y quizás ahora nos hemos ido al otro extremo, como cuando, a punto de jubilarme, vi entrar a un laboratorio a un bedel (hoy PAS), con una de las máscaras de mayor nivel de seguridad. Ante mi extrañeza, me dijo que la llevaba porque iba a cambiar una bombilla en un laboratorio donde se trabajaba con monómeros vinílicos (algunos, pero no la mayoría, ciertamente cancerígenos). No pude contener una sonrisa entre malvada y melancólica.

Seguro que estos azarosos viejos tiempos los recuerda también mi amigo y colega Carlos Ubide quién, al hilo de la noticia del pícrico que ha dado origen a esta entrada, me contaba recientemente que, cuando él trabajaba en el Departamento de Química Analítica de la Facultad zaragozana arriba mencionada, los botes de ácido pícrico que se almacenaban en las baldas se usaban, sobre todo, para curar las clásicas quemaduras que siempre se producían en los laboratorios. Quizás esa sea la razón por la que, en muchos laboratorios de Química de Institutos de Secundaria, se estén recogiendo ahora viejos frascos de ese reactivo.

Hoy volvemos a los clásicos más clásicos. De Johann Sebastian Bach, un extracto de la Suite para orquesta nº 3. Con nuestra habitual Filarmónica de Berlín y Ton Koopman como director.

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martes, 30 de junio de 2026

Noticias que me han interesado en junio

Antes de nada, quiero dar las gracias a todos los que me han animado tras leer, en la última entrada, que el mes de junio estaba siendo un poco triste para mi. El día 2 falleció súbitamente un buen amigo. Que, además, era mi profesor de golf desde hace un par de años. Así que los primeros días de este mes, que andábamos por Galicia tomando el sol, comiendo bien y golfeando, cada vez que le pegaba a una bolita blanca recordaba sus consejos en la caseta de prácticas. Junio también ha sido un mes intenso en celebraciones familiares así que, aunque he leído muchas cosas interesantes, lo he hecho con poca intensidad y he decidido resumirlas en una única entrada porque, si no, esas lecturas acabarán perdidas en el laberinto de mis ya vetustas neuronas. A ver cómo sale, que es la primera vez que escribo una entrada como esta. Compuesta de cinco apartados que podéis ir leyendo separadamente.

El agua del grifo de Londres contiene PFAS, pero en niveles sorprendentemente bajos.

Ese es el título de una noticia publicada este mes en la revista Chemistry World, que hacía referencia a un artículo científico publicado en la revista de la Royal Society of Chemistry. El trabajo analizó la presencia de 38 sustancias perfluoroalquiladas y polifluoroalquiladas (PFAS) en el agua potable municipal de Londres, en 210 muestras procedentes de 92 hogares y 12 fuentes públicas y suministrada por cuatro compañías diferentes.

Como probablemente hayáis oído o leído, las PFAS constituyen una familia de varios miles de compuestos fluorados, utilizados desde la década de los cincuenta por su extraordinaria resistencia al calor, la grasa y el agua. Se han empleado y se emplean en numerosas aplicaciones, como espumas contra incendios, textiles impermeables, envases alimentarios, recubrimientos antiadherentes en sartenes y en otros ámbitos menos citados pero muy importantes, como el electrónico o el farmacéutico. Su gran estabilidad química hace que persistan durante mucho tiempo en el medio ambiente, lo que les ha valido el sobrenombre de "productos químicos eternos" (forever chemicals). Algunos PFAS, especialmente los de cadena larga, como los denotados con las siglas PFOS y PFOA, son bioacumulables y se han asociado en estudios epidemiológicos y toxicológicos con diversos efectos adversos para la salud, lo que ha llevado a restringir su uso. Sin embargo, la toxicidad varía considerablemente entre los distintos PFAS y el principal reto científico y regulatorio actual consiste en determinar qué niveles de exposición representan un riesgo real para la población.

Los autores detectaron hasta 10 PFAS diferentes de los 32 investigados. Ninguna de las muestras de agua superó el umbral de seguridad vigente en Inglaterra para ellos (10 ng/L para un PFAS individual y 100 ng/L para la suma de PFAS), lo que indica una elevada calidad del agua distribuida. Los autores realizaron además una evaluación del riesgo derivado de la ingesta diaria de agua por la población y concluyeron que la exposición a los cuatro PFAS considerados prioritarios por las agencias que velan por nuestra salud (PFOS, PFOA, PFNA y PFHxS), se mantiene por debajo de la ingesta diaria tolerable (TDI), establecida por la Agencia Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA), en el 100 % de las muestras analizadas. Un resultado que yo creo que casi nadie esperaba.

Finalmente, se ensayaron cinco jarras filtrantes comerciales (tipo la que en España se vende bajo la marca Brita). Todas eliminaron al menos el 85 % de los PFAS presentes en el agua y las más eficaces alcanzaron reducciones cercanas al 99 %. Aunque los autores consideraron que, dadas las bajas concentraciones observadas, el uso de estos filtros no resulta generalmente necesario en Londres. También adviertieron de que el estudio no incluyó PFAS ultracortos, como el ácido trifluoroacético (TFA), del que hablamos no hace mucho, cuya vigilancia requerirá investigaciones futuras.

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El brillo del agua con gas es un artículo de Joe Schwartz, director de la Oficina para la Ciencia y la Sociedad de la canadiense Universidad McGill, uno de mis divulgadores favoritos y antiquimiofóbico declarado. El artículo describe los primeros usos medicinales del agua con CO2 que emerge, de forma natural, en ciertas fuentes termales, así como de los primeros intentos de generar ese agua carbónica artificialmente.

El primer en considerarlo fue Joseph Priestley, más conocido por su papel en el descubrimiento del oxígeno en 1774. Priestley vivía junto a una cervecería y le intrigaban las burbujas de dióxido de carbono que veía ascender en la cerveza. Esto le dio la idea de carbonatar el agua (así se llama poner CO2 en ella). Priestley diseñó un aparato que conectaba un recipiente de vidrio, donde se mezclaban tiza y ácido sulfúrico para producir el gas, con una vejiga de cerdo conectada a un tubo que conducía a una botella llena de agua. El gas generado llenaba la vejiga, que luego se comprimía para bombear gas a presión a través del agua. Mediante este método, se disolvía suficiente gas en el agua como para producir una aceptable bebida con burbujas. Lo de la vejiga originó una agria polémica con el médico escocés John Nooth, quien se interesó por el invento y el uso medicinal de esa agua pero que aducía que el agua de Priestley sabía a orina. Finalmente, se llegó a un dispositivo solo de vidrio.

Con el tiempo, Jacob Schweppe, un inventor suizo, amplió el aparato, le añadió una bomba de presión y puso el agua carbonatada al alcance de todos. Lo que demostró en 1851, en la Gran Exposición de Londres, con una gigantesca fuente que arrojaba agua carbonatada bautizada como Schweppes. Ahora se comercializan dispositivos para añadir CO2 al agua, mediante el procedimiento de pasar CO2 proveniente de una bombona a presión a través del agua de una botella (sin enchufarlo a ningún sitio). Un agua con gas no muy diferentes a la que se vende en los supermercados que, si os fijáis en la etiqueta, en muchos casos se declara que contiene CO2 añadido. Pero la de ese dispositivo (yo tengo uno en casa) sale mucho más barata.

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El vino con sabor a colchoneta de playa
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Tengo siete sobrinos y solo uno proviene de la aportación de la Búha. Ha heredado de la familia de su madre (mi cuñadísima) la políticamente incorrecta costumbre (y ahora poco habitual en un treintañero) de apreciar el vino. Hace un par de semanas, me llamó para contarme que, en una comida con un amigo, habían bebido un blanco de Lanzarote y que había detectado un aroma como a “colchoneta de playa recién comprada”. Y que no era la primera vez que le pasaba.

Como tengo mucha bibliografía sobre la llamada cromatografía olfatométrica y contactos con gente que trabaja en ella, he hecho las pertinentes pesquisas y he llegado a la conclusión de que la nota descrita por mi sobri corresponda, probablemente, a la familia de aromas que los expertos catadores describen como plástico/vinilo/fenólico y que, en la literatura y merced a la cromatografía olfatométrica antes citada, se asocia a compuestos como el 4-vinilfenol, especialmente en vinos blancos. Este compuesto se forma por descarboxilación del ácido p-cumárico presente en la uva y no se considera necesariamente un defecto del vino. En tintos, aromas similares suelen deberse a un primo del anterior, el 4-etilfenol, producido por las bacterias Brettanomyces.

Igual tenemos un “nariz de oro” en la familia y no nos hemos enterado.

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La imagen de la IARC (Agencia Internacional para la Investigación sobre el Cáncer) se está desmoronando.


Así lo entendía el pasado 10 de junio una entrada del blog Firebreak, al que estoy suscrito. Gracias a él me enteraba de que el Departamento de Estado de Estados Unidos, junto con el Departamento de Salud y Servicios Humanos, dirigido por RF Kennedy Jr., con el que me he metido en varias recientes entradas, habían hecho público un comunicado de prensa que concluía que las evaluaciones de riesgo de la IARC eran inconsistentes, carecían de transparencia y no eran aplicables a ninguna situación real. David Zaruk, el propietario del Blog, manifestaba sus sentimientos encontrados ante la noticia, ya que se ha manifestado muchas veces contra RFK Jr. y sus decisiones, pero también ha sido un acérrimo crítico de la filosofía de la IARC. Al leer la nota yo he experimentado sensaciones parecidas a las de Zaruk.

Porque el Búho también se ha manifestado contrario a las decisiones de la IARC en algunas charlas y alguna entrada como esta, donde expliqué que las evaluaciones de esa agencia se basan fundamentalmente en el peligro o amenaza latente de determinadas sustancias, demostrado por estudios en animales y en humanos, pero esas evaluaciones no tienen en cuenta las dosis que nos pueden hacer daño o, lo que es lo mismo, el riesgo o probabilidad de que esa sustancia pueda ser dañina en las condiciones de exposición en las que vivimos la mayoría de los mortales. Así que bien por Departamento de Estado y RFK Jr.,…… sin que sirva de precedente.

A David Zaruk le parece casi increíble que le hayan colado ese comunicado a RFK Jr. desde el Departamento de Estado de su propio gobierno. Y basa esa incredulidad en que el bufete en el que ha trabajado el actual Secretario de Estado, especializado en litigios y ahora llamado Wisner Baum, se ha embolsado millones de dólares en demandas contra el glifosato, basadas únicamente en la corrupta (según Zaruk, que lo documenta adecuadamente) Monografía 112 de la IARC, publicada en 2015, el único documento de una agencia científica que afirmó que el glifosato era probablemente cancerígeno.

Al que le interesen los argumentos de la entrada de Firebreak puede picar en el enlace de arriba. Está en inglés, pero hoy en día, cualquier navegador de internet os ofrecerá traducirlo al castellano. Y no tiene desperdicio.

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¿Es seguro conservar el pescado en envases de plástico? Esto dice un nuevo estudio?Así titulaba The Conversation el pasado 11 de junio una noticia que hacía referencia a un reciente artículo de investigadoras catalanas e italianas que estudiaban la migración de aditivos desde envases de plástico a pescados refrigerados o congelados. El estudio ha tenido reflejo en otros medios como, por ejemplo, La Vanguardia. En el caso de The Conversation otras frases resaltadas eran: “Ni el congelador detiene la migración”, “Las bandejas compostables también suponen un riesgo” y “Bebés y niños: los más vulnerables”.

En el caso de La Vanguardia, el título era Detectado por primera vez en pescado congelado el plastificante bisfenol A, pese a la prohibición en España y, como subtítulos, “La investigación desvela niveles de este aditivo que suponen riesgo, según apunta Ethel Eljarrat, directora del IDAEA-CSIC y coautora del estudio” y “Los envases y envoltorios con aditivos plásticos transfieren al alimento estos contaminantes, incluso a temperaturas de 20 ºC bajo cero”.

Leer el artículo completo, prolijo como todos los que provienen del IDAEA-CSIC y estando de vacaciones, no ha sido fácil y la idea que quiero transmitir es que sus conclusiones distan de las versiones “divulgativas” de la Profesora Eljarrat en los medios arriba reseñados, de las que uno puede concluir que casi sería mejor dejar de comer pescado. Ese salto entre los datos del artículo y la forma de contarlos, es cada vez es más habitual por parte de las agencias de prensa de Universidades y Centros y de los propios científicos.

Hay algunas cuestiones que. si yo hubiera revisado el artículo. hubiera preguntado a los autores. Por ejemplo, ¿de dónde viene el Bisfenol A (BPA) que aparece en los diferentes envases y luego se transfiere al pescado?. Porque ni en los filmes ni en las bolsas de polietileno o polipropileno se usa ese compuesto para producirlos. Pudiera provenir, se me ocurre, de alguna tinta usada para rotular esos objetos. O de que sean materiales reciclados (generalmente poco usados en envases para alimentación). O que sean falsos positivos derivados de la contaminación durante los procedimientos de análisis. También me gustaría indagar cómo puede ser posible que en la Figura 2, en la columna del BPA, caso c), la concentración de BPA en el pescado sea muy superior a la que hay en la bolsa de plástico en la que se había envasado (linea de puntos).

Y alguna más. Pero puesto que los autores también resaltan el riesgo que esa migración supone para nuestra salud, hubiera sido bueno, al divulgar los resultados, dejar claro algo que los propios autores mencionan en el penúltimo párrafo. Y es que, en aquellos casos en los que el Índice de Peligrosidad no cancerígeno (Hazard Index, HI) supera el valor crítico (establecido en el valor 1), ello se debe exclusivamente al BPA “…que contribuyó a casi el 100% del índice de peligrosidad o HI. En contraste, la contribución combinada de todos los demás contaminantes detectados, fue insignificante, manteniéndose consistentemente varios órdenes de magnitud por debajo de la del BPA, y por lo tanto muy por debajo del valor crítico de 1”. O lo que es lo mismo, después de estudiar la migración de 49 aditivos, solo el Bisfenol A es el causante de valores de HI superiores al crítico. Eso se ve también en la Tabla S13, contenida en el material suplementario.

¿Migra mucho más el BPA que el resto de los aditivos?. Pues va a ser que no. Esa conclusión sobre el índice de peligrosidad es debida en realidad a la reevaluación de la ingesta diaria tolerable (TDI) del bisfenol A (BPA), realizada por la EFSA en 2023, que rebajó 20.000 veces su valor.  Como explicaba en una entrada de 2017, esta nueva cifra no se basó en evidencia epidemiológica alguna en humanos sino en un efecto observado en ratones, concretamente un aumento de un tipo de linfocitos T (células Th17) implicado en procesos inflamatorios y autoinmunes. Diversos organismos y expertos han cuestionado la interpretación de EFSA. En particular, el Instituto Federal Alemán de Evaluación de Riesgos (BfR) considera que la evidencia disponible no justifica una reducción tan extrema y mantiene discrepancias con la EFSA, como puede verse en este documento conjunto de ambos organismos. Así que el peligro no está en la concentración del BPA en el envase ni en lo que el BPA migra, sino que nace de un umbral toxicológico extraordinariamente bajo y discutible.

Como está haciendo calor, me ha dado por leer cosas más refrescantes como el libro “Nature's Mutiny: How the Little Ice Age of the Long Seventeenth Century Transformed the West and Shaped the Present” de Philipp Blom. Y entre los documentos que reflejaron la crudeza del clima en esa época (La pequeña Edad del Hielo), el autor menciona este lamento del Cold Genius de Henry Purcell.

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martes, 17 de marzo de 2026

Un fin de semana por tierras salmantinas

Siendo golfista viejo y viviendo donde vivo, es fundamental estar pendiente de la meteorología local (el tiempo). Además, por razones que no vienen a cuento, desde finales de la primera década de este siglo y, sobre todo, desde mi jubilación en 2016, el tiempo a largo plazo (el clima) me ha ido interesando progresivamente como disciplina. Durante estos años, me he llevado unas cuantas decepciones con la web de AEMET al tratar de obtener datos sobre la temperatura del agua de mar, que se mide cada día en el Aquarium donostiarra, sobre series climáticas largas acumuladas desde 1928 en el observatorio de Igeldo o en otros lugares. Así que tuve que buscarme la vida en otros pagos. Y acabé cayendo en la página web de Javier Sevillano, un ingeniero de telecomunicaciones jubilado, natural de El Villar de Argañán, una localidad salmantina a escasos kilómetros de la frontera portuguesa. Esa web contiene innumerables datos sobre la meteorología de las capitales españolas, además de unas historias increíbles sobre los pueblos cercanos a El Villar, entre los que se encuentra La Alameda de Gardón, a escasos tres kilómetros. En La Alameda pasamos hace poco unos días en casa de una pareja de amigos (ella es natural del pueblo) a los que conocemos desde hace más de cincuenta años y que han vivido toda su vida laboral entre Hernani y Donosti. Lo que ellos nos han ido contando a lo largo de los años y lo que yo he leído en la web de Sevillano sobre la zona, se hizo realidad en cierta medida durante esos días, aunque espero volver pronto para profundizar en algunas de las cosas que os voy a contar en esta entrada.

El territorio del que estamos hablando, en el suroeste de la provincia de Salamanca, forma parte del sector occidental del Macizo Ibérico, una de las regiones geológicamente más antiguas de la península. Hace unos 300 millones de años, grandes masas de magma granítico se abrieron paso a través de rocas más antiguas, solidificando y generando diversos minerales. Como consecuencia de ello, en un radio relativamente pequeño alrededor de La Alameda han ido apareciendo, a lo largo de la historia reciente, explotaciones de varios minerales que dan lugar a elementos que hoy consideramos estratégicos, como es el caso del wolframio, el uranio, el estaño y las llamadas tierras raras. Aunque la comarca nunca llegó a convertirse en un gran distrito minero industrial, sí ha dado lugar a diferentes episodios de actividad minera que reflejan los cambios económicos y tecnológicos del pasado siglo XX.

El wolframio, un elemento químico del que ya hemos hablado en este Blog, descubierto en el Real Seminario de Bergara por los hermanos Elhuyar, ha sido probablemente el mineral más importante explotado en el entorno de La Alameda de Gardón durante el pasado siglo. Este metal, de propiedades físicas muy valiosas para la industria militar, se convirtió, durante la Segunda Guerra Mundial, en un recurso estratégico de primer orden. La interrupción del comercio internacional, derivada de la guerra, hizo que Europa dependiera en gran medida de los yacimientos de wolframio de la Península Ibérica y, más concretamente, de la zona lindante entre España y Portugal. La demanda creciente provocó una intensa competencia por el wolframio ibérico. Durante varios años, comerciantes vinculados tanto a Alemania como a los aliados, especialmente Reino Unido y Estados Unidos, compraban grandes cantidades del mineral. Hay teorías que dicen que las compras de estos últimos iban destinadas a minar el suministro que pudiera llegar a los nazis. El precio alcanzó niveles extraordinarios, generando un breve periodo de prosperidad en algunas zonas rurales.

Aún hoy, quedan muchos vestigios de numerosas pequeñas explotaciones en filones de cuarzo asociados a granitos. Estos filones contenían principalmente wolframita y, en menor medida, scheelita, los dos minerales principales de wolframio. La minería en esta zona fue generalmente de pequeña escala. Las explotaciones consistían en galerías cortas o trincheras excavadas que corrían paralelas a los filones mineralizados. Aún y así, localidades cercanas a La Alameda como Fuenteguinaldo, Robleda o Navasfrías tuvieron una actividad especialmente intensa. En muchos casos, campesinos y vecinos del lugar trabajaban temporalmente en las minas, aprovechando el elevado precio del mineral. En ese entorno se acuñó la expresión “ir al wolfran”.

Sin embargo, esta actividad fue relativamente corta. A partir de 1944, la presión diplomática aliada llevó al gobierno de Franco a restringir las exportaciones de wolframio hacia Alemania, lo que provocó el colapso del mercado. Tras el final de la guerra, muchas de las pequeñas minas cerraron rápidamente y los vecinos volvieron a sus actividades agrícolas. Pero en sitios como la mencionada Navasfrías se pueden visitar las instalaciones existentes, según puede verse en esta web. La próxima vez que vaya a La Alameda, va a ser una visita obligada.

Un segundo hito importante de la minería salmantina fue la exploración y explotación de uranio durante la segunda mitad del siglo XX. La provincia de Salamanca alberga uno de los principales distritos uraníferos de España, concentrado alrededor de Ciudad Rodrigo, de donde procede mi amigo salmantino. Las minas más importantes se situaron en Saelices el Chico y en el área de Retortillo. Los minerales más comunes que pueden allí encontrarse son la uraninita o pechblenda, la autunita o la torbernita. Tras la Segunda Guerra Mundial, cuando el uranio se convirtió en un recurso estratégico tanto para la energía nuclear como para aplicaciones militares, el extraído en la provincia de Salamanca formó parte del combustible utilizado en las primeras centrales nucleares españolas y en otras aplicaciones. El mineral salmantino tenía bajas concentraciones de uranio (como la mayoría de los yacimientos del mundo). Por eso, para poderlo usar había que triturarlo, molerlo y tratarlo químicamente hasta obtener un óxido de uranio concentrado, U₃O₈.

El concentrado producido en España no podía usarse directamente en un reactor. Había que convertirlo en hexafluoruro de uranio (UF₆) y enriquecerlo en uranio-235. Esos procesos no se hacían en España sino en instalaciones de enriquecimiento en Estados Unidos, Francia o Reino Unido. Después del enriquecimiento, el uranio volvía a España para fabricar el combustible. Una empresa que aún existe, ENUSA Industrias Avanzadas, producía pastillas de dióxido de uranio (UO₂), ensambladas en barras de combustible que se utilizaron en las primeras centrales nucleares españolas, como la José Cabrera (la primera central nuclear española), la de Santa María de Garoña o la de Almaraz.

Aunque en el entorno inmediato de La Alameda de Gardón no se desarrollaron minas de uranio importantes, diversos estudios geológicos indican la presencia de anomalías radiométricas y mineralizaciones menores. Uno de esos estudios fue llevado a cabo, a principios de la segunda década de este siglo, por la firma australiana Berkeley. En ese estudio, se puede constatar las toneladas estimadas de uranio, en forma de óxido de uranio, en La Alameda y en diversas localidades de su entorno. En base a estos informes, Berkeley obtuvo inicialmente un permiso de explotación minera en la localidad de Retortillo. Pero una enmienda pactada entre Podemos y el PSOE en octubre de 2020 al Proyecto de Ley de Cambio Climático y Transición Energética, que acabó siendo la Ley 7/2021, de 20 de mayo, prohibió otorgar nuevas autorizaciones de exploración, investigación o explotación de minerales radiactivos, como el uranio. Aunque eso no afectaba al permiso concedido a Berkeley, el proyecto quedó prácticamente paralizado porque el Consejo de Seguridad Nuclear emitió informes negativos sobre la planta de tratamiento del mineral extraído y el Ministerio de Teresa Ribera denegó autorizaciones clave para construir esa planta. Y, sin planta de procesamiento, la mina no podía funcionar.

En el término municipal del pueblo de Javier Sevillano, se encuentra Mina Aurora, donde se han identificado y extraído, desde los años 30, minerales como la ambligonita (que contiene litio) y la casiterita, una mena de estaño. La historia de esa mina está bien documentada por Javier en esta página de su web. Así que sobra cualquier comentario por mi parte.

Además del wolframio, uranio y estaño, los granitos del oeste de Salamanca contienen pequeñas cantidades de los elementos conocidos como tierras raras de los que hablamos no hace mucho. Elementos como el lantano, cerio, neodimio o itrio que, como contábamos en esa entrada, son fundamentales para numerosas tecnologías modernas, desde turbinas eólicas hasta dispositivos electrónicos. En el entorno de La Alameda, las tierras raras no aparecen en grandes yacimientos explotables, sino en minerales accesorios presentes en las rocas graníticas. Entre los más importantes se encuentran la monacita y la xenotima, que contienen tanto tierras raras como pequeñas cantidades de torio.

No contento con esta profusión de elementos de la Tabla Periódica, los días en La Alameda me han permitido conocer que el análisis del agua que llega a sus grifos suele dar, de forma recurrente, contenidos de arsénico que exceden los 10 microgramos/litro, la cifra máxima permitida por la UE. El exceso no suele ser importante pero implica que tiene que declararse como agua no apta para consumo humano. ¿De dónde sale ese arsénico?. Pues probablemente, una vez más, del abundante granito que puebla las magníficas dehesas de los alrededores y que también suelen contener vetas de minerales de ese elemento. No es un hecho raro, como ya documenté en otra entrada en la que os hablaba de la cantidad del territorio USA que tenía problemas similares.

Y para acabar, el Vals de la Tormenta de nieve de Gueorgui Svirídov, discípulo de Dmitri Shostakovich, en una grabación de la Orquesta Filarmónica de Moscú bajo la dirección de Yuri Simonov.

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jueves, 10 de julio de 2025

Canas y colorantes

El Búho es aficionado al ciclismo (que no practicante) desde la niñez, cuando llegué a animar en vivo y en directo a D. Federico Martín Bahamontes en el col du Tourmalet, el año que ganó el Tour (1959). Ahora no me pierdo en la tele las grandes vueltas, donde disfruto de las hazañas de los corredores y de los paisajes que se nos muestran. En las últimas ediciones de estas vueltas participa el equipo Alpecin, financiado por una marca que comercializa un champú cuyos reclamos publicitarios son llevar cafeína como componente para fortalecer el cabello y que puede usarse para hacer que desaparezcan las canas. He querido probarlo para las mías, pero la Búha ha sido más partidaria de que use otro champú que evita que esas canas adquieran un tono amarillento debido, según he leído, a la acción de los rayos UV del sol. He cumplido órdenes y la cuestión estaba zanjada hasta que, recientemente, con ocasión de la actuación de Bruce Springsteen en Donosti, he tenido en mi casa a una amiga, forofa del Boss donde las haya, que se vanagloria de su pelo blanco y es la autora de uno de los Blogs más veteranos y afamados de este país. Compartiendo ratos juntos salió el asunto de nuestras respectivas canas y sus tonos y quedé con ella en contar algo sobre la química implicada en el proceso de evitar los tonos amarillos. Y al documentarme, he aprendido muchas cosas.

Los colores amarillo y violeta son tonos opuestos en la rueda cromática. Por ello, los ingredientes químicos más usados en champús destinados a eliminar los mencionados tonos amarillos son colorantes con nombres como Violet 2, Basic Violet 16 o Acid Violet 43. Este último es el que figura en la composición del champú que está en mi ducha y es un clásico en la formulación de muchos otros productos de este tipo. Químicamente es una molécula compleja, de fórmula general C₂₄H₃₄ClN₃,  que data de finales del siglo XIX, cuando se adjudicó a un tal Hugo Hassencamp, residente en Elberfeld, Alemania, una patente que incluía esa sustancia entre una serie de colorantes parecidos, derivados de los subproductos de petróleo. Se trata de un producto cuya seguridad ha sido evaluada tanto por la Unión Europea (EU) a través del denominado Comité Científico de Seguridad de los Consumidores de la UE (SCCS) como en EEUU por parte de la FDA. Ambos comités autorizan el uso de esa sustancia para uso cosmético, pero únicamente en productos capilares no permanentes (como es el caso de champús o acondicionadores que se enjuagan con agua), productos donde no debe sobrepasar la concentración del 0.5%.

Toxicológicamente hablando, no se considera mutagénico ni cancerígeno a las dosis permitidas. Tampoco se acumula en el cuerpo y tiene un bajo coeficiente de penetración dérmica (especialmente si se enjuaga, como ocurre en su uso habitual), aunque puede causar reacciones alérgicas en personas sensibles (siempre hay un alérgico para algo). Si usas un champú de este tipo y lo compras por internet, sería bueno que revisaras su composición porque un colorante muy similar, el Basic Violet 16, está prohibido en la UE por su posible carácter mutagénico.

Como estamos en tiempos en los que todo debe de ser natural, estoy seguro que muchos de mis lectores y lectoras estarán ya preguntándome en la distancia si no hay champús de este tipo que empleen sustancias que no sean sintéticas. Pues os confirmo que los hay pero, como también ocurre en el caso de los colorantes de uso alimentario de los que hablábamos en la anterior entrada, los sintéticos ganan por goleada, al menos frente a los de origen natural que se están vendiendo ahora. Estos últimos son productos extraídos de las más variadas plantas, frutas y flores como la zanahoria, el hibisco o los arándanos (entre otros) pero, en general, son poco duraderos cuando se exponen a la luz, el calor o el pH del champú. Además, algunos tiene efectos impredecibles en el color que finalmente proporcionan a las canas y, lo que es más importante, no están regulados como están los sintéticos.

Un adecuado inciso, llegados a este punto de la regulación, es que los colorantes usados en cosmética y los usados en alimentación tienen un marco legal distinto. En el caso de Europa, los primeros se rigen por el Reglamento (CE) Nº 1223/2009, mientras que a los segundos se les aplica el Reglamento (CE) Nº 1333/2008. El seguimiento del cumplimiento de esa normativa lo hace el ya mencionado SCCS (Comité Científico de Seguridad del Consumidor) en el caso de los colorantes de uso cosmético, mientras que es la EFSA (Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria), la que es competente en el caso de los colorantes de uso alimentario. En el ámbito europeo, los colorantes cosméticos se identifican con un código que empieza por las letras CI ( de Color Index) seguidas de una serie de cinco números, mientras que los alimentarios se denotan por los famosos números E-. Y así, por ejemplo, nuestro Acid Violet 43 también es conocido con el número CI 44055.

Es curioso mencionar que, en algunos casos, un mismo colorante está permitido tanto para uso cosmético como para uso alimentario. Como el denominado rojo cochinilla, que ya usaba Stradivarius para dar el ligero tono rojizo a sus violines, como contábamos en esta entrada. Pues bien, el rojo cochinilla está permitido como colorante cosmético bajo las siglas CI 75470 y como colorante alimentario con la numeración E-120.

Pero siguiendo con el asunto del amarilleamiento de las canas, podemos retomar el origen de esta entrada y hablar un poco del champú que patrocina al equipo ciclista Alpecin. Existen estudios, algunos incluso muy recientes, que parecen evidenciar las posibilidades de la cafeína en el control de la caída del cabello, aunque la cosa no está clara del todo. Lo que si parece es que en lo relativo al control de las canas, Alpecin no combate el amarilleamiento de las mismas, sino que busca el que literalmente desparezcan, al menos en cierta medida. Para ello emplea colorantes como el CI 47005 y otros, que depositan un pigmento oscuro en el cabello gris que se une al mismo por adsorción en la superficie y hace que las canas desaparezcan temporalmente, sobre todo si no hay muchas. Intuyo que la dama que me visitó a finales de junio, orgullosa como está del tono de su pelo, no quiere esa solución. Y la Búha tampoco la quiere para mi caso. En resumen, ambos colorantes tienen un efecto cosmético temporal, no permanente, pero mientras el Acid Violet 43 corrige tonos amarillos no deseados, el CI47005 oscurece levemente las canas para reducir su visibilidad.

Cumplida la misión encomendada con una entrada de tipo veraniego que corresponde al mes de julio, acabamos con música relajante: de Sergei Rachmaninov: Rapsodia sobre un tema de Paganini con Nikolai Lugansky al piano y Tugan Sokhiev dirigiendo a la Filarmónica de Berlín.

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domingo, 9 de febrero de 2025

Cristales y vidrios y su diferente reciclado

Me escribió hace poco un reciente suscriptor del Blog (Jorge F.) que me alegró el día diciéndome que estaba "devorando" las entradas antiguas (el entrecomillado es suyo). A propósito de una de esas viejas entradas, en la que hablé sobre la fabricación del vidrio recordando una visita a la isla de Murano, Jorge me planteaba sus dudas sobre el uso que se hace en la vida normal de los términos vidrio y cristal. Así como sobre las diferencias entre ambos que había encontrado en diversas webs relacionadas y las implicaciones de esas diferencias en su reciclado a través del contenedor verde. En el que, como os habréis fijado, se nos dice que podemos tirar botellas y botes de vidrio pero no otras cosas como copas de vino, vidrios de espejos, bombillas, etc. Y no me extraña que le hayan surgido dudas, porque tras visitar algunos de los sitios que me mencionaba en su email, veo que hay un despiste bastante generalizado. Que Jorge detectó correctamente y yo le confirmé. Así que voy a aprovechar el intercambio entre ambos para pergeñar una entrada.

Un sitio en el que podríamos bucear para tratar de aclarar ambos términos, el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, no contribuye precisamente a aclarar ese embrollo. La RAE entiende por cristalino "lo relativo o parecido al cristal". Y si uno va a la voz cristal, la primera acepción se refiere a "los sólidos cuyos átomos o moléculas están regular y repetidamente distribuidos en el espacio". Algo que parecen que han asumido algunas de las webs que consultó el amigo Jorge. Además, también establece que uno de los sinónimos de la palabra cristal es vidrio de ventana.

Pero los físicos y químicos que hemos trabajado con materiales tenemos muy claras las diferencias entre un vidrio y un cristal. En el lenguaje científico, ambas denominaciones implican estructuras internas de esos materiales radicalmente diferentes y es por eso que nos sentimos algo incómodos con el uso indistinto que se hace en el lenguaje popular. Aunque también las usemos, dada su implantación. En una vieja entrada de este Blog, traté de explicar las diferencias entre ambos tipos de materiales usando el ejemplo de los átomos de carbono, que pueden dar lugar a estructuras tan diferentes como los diamantes de alguna mina de Suráfrica o los carbones de Asturias.

En ese sentido, un diamante es un ejemplo de material cristalino, entendiendo por tal el que forma cristales o es capaz de cristalizar al solidificar desde un fundido o una disolución, de forma bastante lenta en el tiempo y, a veces, bajo la acción de presiones elevadas. Ello da lugar a materiales con ordenaciones de los átomos que los componen en redes de forma geométrica bien definidas (cubos, prismas, pirámides). Eso puede originar estructuras como la de los ya citados diamantes o cristales de sulfato de calcio (o yeso) tan impresionantes por su tamaño como los que se pueden ver en la Geoda Gigante de Pulpí en Almería. A un nivel más pequeño podemos ver también formaciones cristalinas picando en los enlaces siguientes, relativos a la sal Maldon o a minerales como la galena.

Por el contrario, cuando un vidriero funde en los hornos de Murano la materia prima empleada para producir el vidrio, saca el fundido del horno y lo enfría bruscamente, esa acción provoca que, al solidificar, no haya ordenación alguna de los átomo o moléculas que lo constituyen, formando un material que se denomina sólido amorfo o sólido vítreo (o simplemente vidrio). Átomos o moléculas están ahora tan desordenados como lo estaban en el fundido, sólo que en éste la cosa se movía y al solidificar se queda quieta. Este Blog contiene entradas sobre otros materiales amorfos como la plastilina (cuando está sólida tras meterla en el congelador), el carbón de mina antes mencionado u otros muchos plásticos como el poliestireno, el PVC o el polimetacrilato de metilo.

Para daros una idea sencilla, la figura de abajo es una representación muy simplificada, y en dos dimensiones, de un sólido cristalino (un cristal) y un sólido amorfo (un vidrio). En el mundo real, esas estructuras se propagan generalmente en las tres direcciones del espacio formando, en el caso de los sólidos cristalinos, las estructuras geométricas presentes en los ejemplos que os he dado. Cosa que no ocurre con los sólidos amorfos o vidrios.

Desde un punto de vista histórico, la confusión entre vidrio y cristal puede que arranque de los vidrieros venecianos, que se trasladaron a Murano a finales del siglo XI como forma de evitar los repetidos incendios que provocaban en Venecia. Un miembro de una conocida familia de artesanos del vidrio que aún sigue teniendo talleres en Murano, Angelo Barovier, introdujo a mediados del siglo XV el cristallo para denotar a un vidrio totalmente transparente, sin el ligero color amarillo o verdoso originado por impurezas de óxido de hierro. Para conseguir este efecto se adicionaba a los componentes tradicionales del vidrio (sílice, carbonato de sodio y óxido calcio) pequeñas cantidades de óxido de manganeso que anulaban el efecto de esas impurezas de hierro. Con el tiempo el uso del término cristallo puede que fuera determinante en el uso del término cristal para referirse a vidrios finos, especialmente a aquellos utilizados en lujosas vajillas, a las que los vidrieros daban diversas formas y coloridos adecuadamente seleccionados.

Sin embargo, a día de hoy, la fabricación de ese vidrio de alta calidad (mal llamado cristal), se logra mediante la adición de óxido de plomo a la mezcla tradicional que hemos mencionado arriba y que vamos a fundir, en cantidades que casi llegan al 40%. Ello cambia de forma drástica el punto de fusión de la mezcla de partida y la viscosidad del fundido obtenido con ella, fundamental para que los vidrieros trabajen con él adecuadamente. Posteriormente, también cambian diversas propiedades del vidrio sólido obtenido tras enfriar ese fundido. Como su índice de refracción, que hace que copas u otros objetos de ese vidrio que contiene óxido de plomo, sean más brillantes y puedan dispersar la luz en un espectro de colores. O el sonido especial que se genera cuando se chocan en un brindis. En alguna web que sabe de qué va esto, he visto que se propone dejar de usar el término cristal y usar, en su lugar, el término vidrio de plomo. Aunque ya se que suena peor.

Pero esa modificación inducida por el óxido de plomo plantea un problema importante a las empresas que se dedican a fabricar botellas a partir de vidrio reciclado. Si, por ejemplo, mezclamos botellas de vidrio y copas de vino en el contenedor verde de reciclado, dependiendo de la cantidad de unas y otras, modificamos la temperatura de fusión del conjunto y también la viscosidad del fundido obtenido tras la fusión. Al contrario de lo que ocurre en el caso de los artesanos vidrieros, esos cambios hacen que el reciclado industrial en masa (como el que hacen las empresas que fabrican vidrio) presente ciertas complicaciones. Además, como hemos mencionado de pasada, las copas de vino pueden contener diseños especiales con grabados, pinturas o incrustaciones de metales, que deben eliminarse. Así que, amigas y amigos, botellas y frascos al contenedor verde y copas de vino u otras piezas como lámparas de techo, espejos, bombillas y otros al contenedor de rechazo. O, si son grandes (vidrios laminados, etc.), a los puntos limpios que seguro tendréis en vuestras localidades.

El asunto del plomo plantea un problema adicional pues, como sabéis, se trata de un metal pesado de elevada toxicidad para los humanos (recordad la historia de la gasolina con plomo). El contenido de ese metal en esos vidrios de alta calidad podría liberarse de forma lenta y en bajas cantidades, sobre todo en contacto con líquidos ácidos como el vino. Así que se está optando por fabricar estos objetos con otros óxidos como los de bario, titanio, zinc o potasio que, sustituyendo al de plomo, evitan los problemas de toxicidad de éste sin rebajar las propiedades de transparencia, brillo y sonido característicos de una buena copa, que es lo que nos gusta.

A modo de coda final, tengo que reconocer que el asunto del cristallo lo había leído yo en algún sitio, pero no conseguía localizar la procedencia del término. Así que tras perder mucho tiempo googleando, recurrí a la Inteligencia Artificial, en forma del ChatGPT, y asunto concluido.

Y ya que hemos hablado de vidrieros de la Serenísima República de Venecia, nada mejor que Vivaldi para cerrar la entrada. El Concerto per flautino con Lucia Horsch y los Amsterdam Vivaldi Players.

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lunes, 29 de enero de 2024

Cuarenta años de Macs

No lo puedo resistir. Aunque me saquen cantares mis amigos, colegas y antiguos estudiantes que conocen mis debilidades, mi Blog personal no puede dejar pasar un acontecimiento como el de esta pasada semana. A fin de cuentas, este Blog tiene dos misiones para mi. Una, motivarme a conocer bien los temas que me ocupan y preocupan para contarlos públicamente. Y dos, registrar muchas de las cosas que me ocurren en el día a día. Y, hace cuarenta años, el 24 de enero de 1984, llegaba al mercado el entonces denominado Macintosh, el primer ordenador comercial con ratón e interfaz gráfica y cuya imagen podéis ver arriba.

En sus tripas llevaba un microprocesador Motorola 68000 y en su salida en EEUU se vendía a la inalcanzable cifra de 2.500 dólares de la época, que ya es costar. Uno exactamente igual llegó a mi Facultad unos meses más tarde (aunque no puedo recordar la fecha), como ordenador a socializar entre todo su claustro, en virtud de un consorcio de Apple con Universidades europeas entre las que estaba la nuestra. Lo que ocurrió entre este vuestro Búho y aquel primer Mac fue amor a primera vista, que ha seguido hasta ahora (soy de naturaleza monógamo).

Con aquel Mac me acostumbré a usar dos aplicaciones que cambiaron la óptica de mis relaciones con los pocos ordenadores que hasta entonces había conocido o manejado: el MacPaint, que permitía "pintar" con el ratón, y el MacWrite, realmente el primer procesador de textos en el sentido de que lo que el usuario veía en la pantalla era igual a lo que aparecía después en la impresora. (WYSIWYG o "what you see is what you get" en jerga informática).

El Macintosh era sencillo de manejar y entender y, además, fácil de mover de un despacho o laboratorio a otro, porque tenía un asa para poder transportarlo con comodidad y, encima, pesaba poco. Más de una gresca tuvimos los jóvenes airados que éramos entonces los ya en su gran mayoría Profesores jubilados de hoy en día, por poder compartir a solas las delicias del invento.

En su día, hace muchos años, salvé de ir a la basura a un Mac Plus, la versión 3 del Macintosh original (del primero que nos llegó no sé que fue). Y ahí estuvo, en una estantería de mi despacho, entre los libros, durante años. No servía para nada porque ni siquiera arrancaba y el teclado (una pieza separada) había desaparecido. Era una mero objeto decorativo y un buen sostén para las filas de mis libros. Cuando me jubilé, consulté la posibilidad de llevármelo. Y me dijeron que, si no la hacía, iba a ir a la basura directamente, pues era tan antiguo que ni estaba inventariado por la UPV/EHU. Y ahí está, en la biblioteca de mi casa, aguantando ahora carpetas abultadas de las cosas que guardo para este Blog.

Quizás por la portabilidad de aquel Mac, los siguientes que fui comprando para uso privado han sido todos portátiles. Me gaste una pasta gansa en el PowerBook 140 del año 1991. Creo que no ha pagado tanto dinero ni por el último que me compré en 2014, un Mac Book Air de 11 pulgadas de pantalla, un tamaño que Apple nunca ha vuelto a ofrecer. Una joya, que he utilizado desde mi jubilación en decenas de charlas y que sigue funcionando perfectamente.

Por el camino han quedado cosas tan curiosas como el iBook, que cariñosamente conocíamos en casa como “la manzanita”, con el que inicié el siglo XXI. Entre los modelos que veis a la derecha, el mío era el de color azulado.

Luego, y antes del mencionado Mac Book de 11 pulgadas que sigo teniendo, cayó un Mac Book con carcasa de policarbonato de bisfenol A (un viejo conocido de este Blog).

Todo ello un poco a la contra de la tendencia general en la UPV/EHU que, enseguida, se desligó de los productos Apple y cayó en manos de los PCs y sus desesperantes sistemas operativos que, poco a poco, fueron controlando nuestras actividades administrativas y el manejo de los diferentes aparatos con los que íbamos equipando los laboratorios. Así que durante muchos años, y a diferencia de los usuarios de PCs, yo fui un usuario de ambas plataformas, conociendo las ventajas y las miserias de cada una de ellas.

Y ahora ya jubilado, creo que no sustituiré al viejo Mac Book Air de 11 pulgadas por otro portátil. Tengo desde hace un par de años un Mac de sobremesa, el iMac, mi actividad como charlista que usa su Mac portátil para las presentaciones va a ir bajando y estoy esperando a ver si, definitivamente, puedo considerar que los iPads hacen lo mismo que un buen portátil Mac. Hacer hacen ya casi todo pero, en mi percepción, ni todo ni de la misma manera.

Y en esta nueva semana en la que ando resucitando de un proceso viral, aquí os dejo un poco de música. De la segunda Sinfonía de Mahler (Resurrección), un extracto del Finale. En estas imágenes de archivo de una interpretación de 1973, recientemente restauradas, Leonard (Lenny) Bernstein dirige a la Orquesta Sinfónica de Londres con la soprano Sheila Armstrong, la mezzosoprano Janet Baker y el Coro del Festival de Edimburgo, en la Catedral de Ely en Cambridgeshire, Inglaterra.

Cojan la batuta y a dirigir.

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jueves, 22 de junio de 2023

La "arqueología" del nivel del mar

Como alguna vez ya he contado por aquí, vivimos a escasos 400 metros de la playa de La Concha, algo que la Búha aprovecha para darse un baño siempre que el agua no baje de 17 grados (yo soy incompatible con la arena). Así que, en la época en la que estamos, es habitual que nos interesemos sobre la temperatura del agua en el mar, la presencia de algas o sobre el horario de las mareas y si estas suben mucho o poco. En lo tocante a esto último, y para quien no lo sepa, esos movimientos del agua del mar se miden con un aparato llamado mareógrafo. Sus datos, considerados a largo plazo, se han convertido en una herramienta indispensable para evaluar la evolución del nivel del mar a lo largo de escalas temporales de décadas o, incluso, siglos.

En una entrada reciente ya hablamos de las posibles repercusiones que el calentamiento global haya podido tener en el pasado o vaya a tener en el inmediato futuro en ese magnífico arenal que es La Concha. Hace unos días, me llegó una noticia sobre la publicación por científicos españoles de un artículo sobre la evolución histórica de los mareógrafos costeros españoles, lo que me ha hecho tirar del hilo y encontrar sin querer una interesante historia sobre viejos mareógrafos que me apetece contar.

En Donosti no hay ningún mareógrafo que esté registrado en la página que la NOAA americana (National Oceanic and Atmospheric Administration) dedica a estos asuntos. Tampoco aparece en la de su homólogo europeo conocido bajo el acrónimo PSMSL (Permanent Service for Mean Sea Level). Pero en esta última base de datos europea se pueden encontrar los de dos mareógrafos situados en el cercano puerto de Pasajes. Desgraciadamente el primitivo mareógrafo pasaitarra solo estuvo en servicio entre 1948 y 1963 y el que ahora gestiona el Centro Tecnológico AZTI solo tiene datos desde el año 2007. Así que hay que ir algo más lejos para obtener series más largas. Los dos mareógrafos más cercanos están en Sokoa (cerca de San Juan de Luz) y en Santander. En el PSMSL el de Sokoa aparece como operativo desde 1942 y el de Santander desde 1943. Si queremos datos aún más antiguos podemos fijarnos en el mareógrafo de Brest, en la Bretaña francesa con datos desde 1807.

Pero tanto el mareógrafo de Sokoa como el de Santander tienen una historia mucho más larga que la que parecen indicar los datos contenidos en las bases de datos antes mencionadas. Y hace unos pocos días he localizado un artículo que trata de ir más atrás en el tiempo en el historial del mareógrafo de Sokoa (de ahí lo de "arqueología" en el título de la entrada). Ese mareógrafo ha pasado por diversas etapas desde su instalación, en el mismo sitio que está ahora, nada menos que en el año 1875. Entre ese año y finales de mayo de 1920, existen registros de sus medidas, usando para ello un flotador que, al subir y bajar la marea, transmitía su movimiento a una pluma que escribía sobre un papel. Ese tipo de mareógrafo era conocido por el nombre de su fabricante (Chazalon). Después se produce un parón en los registros hasta 1942, cuando se reiniciaron las medidas pero solo durante dos años. En diciembre de 1950 se instala el flotador que en esos años se había hecho habitual, el Brillie, para ser sustituido, posteriormente, con los medidores actuales por radar.

En conjunto tenemos una más o menos continuada serie de medidas, salpicadas con las interrupciones mencionadas, incluido el período de la segunda guerra mundial, donde los alemanes instalaron otro mareógrafo al otro lado de la bahía de Sokoa y cuyos registros se encontraron en Brest al final de la guerra. En el artículo que menciono, los investigadores se han tomado el trabajo de digitalizar los archivos existente anteriores a 1942 y tratar de reconciliarlos con los existentes en épocas más modernas. Además, los han comparado con los existentes en Brest y con una similar reconstrucción de los datos de Santander realizada en un artículo de 2021, que abarca a los allí registrados desde 1872. Y de esa comparación surge un razonable acuerdo entre los archivos de los tres mareógrafos. Tomando un período común entre en 1900 y 2018, la subida del nivel del mar en Sokoa ha sido 2.1 (±0.1) milímetros por año, en Brest 1.5 (±0.1) y en Santander 2.0 (±0.1), con un comportamiento que puede considerarse como lineal (véase aquí la serie histórica completa de Brest).

Unos resultados que no dejan de sorprenderme por su similitud en cuanto a valor medio y desviación estándar. Porque si uno navega un poco en las página de la NOAA o el PSMSL constata que el mar no sube igual en todos los sitios. Por ejemplo, aunque en la mayoría de los mareógrafos se constata un aumento continuo en el nivel del mar, en sitios como Helsinki el nivel del mar está bajando a una velocidad de -2.2 mm/año. El que ocurran estas diferencias tan sorprendentes se puede explicar sobre la base de otros factores diferentes a la propia fusión del hielo en los polos y el progresivo calentamiento del agua. Entre esos factores están los movimientos geológicos del entorno donde está el mareógrafo, que elevan o bajan el terreno, aportes hidrológicos de ríos próximos, extracción de aguas subterráneas que compactan el terreno, etc. Así que las variaciones de estación a estación pueden ser importantes, aunque no parece ser el caso de las que estamos considerando.

Tengo la casi certeza de que las cosas van a seguir más o menos igual hasta que me muera y no voy a ver una transformación radical del arenal donostiarra. Si llego a los cien (que no espero) la subida en La Concha en 2052 andaría por los 6 centímetros con respecto al nivel actual. Aunque el artículo que menciono al principio sostiene (igual que el último informe del IPCC de 2021) que, a nivel global, la subida del nivel del mar se está acelerando en los últimos años y ahora estaríamos en un valor por encima de los 3.0 mm/año. Una parte de esa afirmación se basa en las medidas que, desde 1993, se están realizando con satélites.

No soy quien para discutir con climatólogos sobre estas cosas. Pero como experimentador viejo que sí soy, algo de estadística conozco y, a la vista de series históricas de casi 120 años que dan las coincidentes velocidades medias y las estrechas desviaciones estándar que vemos en los casos de Brest, Santander y Sokoa, preferiría ver series igual de largas, provenientes de satélites, para comprobar esa aceleración. Pero, como en otras cosas, ya no me queda tiempo.

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martes, 14 de febrero de 2023

Cafelito con furanos

La pasada semana impartí una charla en los talleres que el Ayuntamiento de mi pueblo organiza bajo el nombre Programa +55. No es la primera vez que lo hago. Y me gusta que el recinto al que voy se llame Ernest Lluch. Los asistentes son gentes muy motivadas que, al final de las charlas, plantean todo tipo de inquietudes y preguntas. También pasó en esta ocasión a pesar de que el tema del que yo les hablé (las dioxinas, su historia, su toxicidad, sus emisiones en incineradoras)) no me parecía que pudiera ser muy sugerente. Craso error. Me hicieron preguntas interesantísimas y algunas de las respuestas que di en la sala las he ampliado posteriormente por vía interna. Pero una me la guardé para extenderme en esta entrada. Una mujer me dijo que había leído que las cápsulas de aluminio, tipo Nespresso, eran una fuente de furanos en el café con ellas preparado. Y voy a escribir aquí sobre lo que le contesté y también sobre lo que no le contesté, porque me pareció que, si lo hacía, iba a marear a la gente con un exceso de terminología química. Y el coordinador ya quería cerrar el evento.

Vayamos primero con lo del contenido en furanos del café. En setiembre de 2017, la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA) publicó una opinión científica sobre "los riesgos para la salud pública relacionados con la presencia de furano y metil furanos en alimentos". El documento tiene más de cien páginas pero para lo que aquí nos interesa, baste decir que hay suficiente evidencia científica de que, en principio, estas sustancias se forman durante procesos que conllevan el uso de altas temperaturas en el procesado de alimentos, como es el tostado del café o la preparación de los "potitos" para tiernos infantes. El caso del furano está mucho más documentado que el de los metil furanos (2-metil furano, 3-metil furano y 2,5 -dimetilfurano). Y así, por ejemplo, el furano figura en las listas del Centro Internacional de Investigaciones sobre el Cáncer (IARC) como carcinógeno tipo 2b, "probablemente cancerígeno para los humanos", en especial por sus efectos hepáticos.

Así que, de forma "natural", cualquier café tostado de los que nos venden tiene furano y metil furanos. La cantidad de ellos que pasa al líquido que nos bebemos depende del método con el que preparamos el brebaje. En 2011, por ejemplo, unos investigadores de la Universidad de Barcelona se centraron en evaluar exclusivamente la cantidad de furano en diferentes preparaciones de café y vieron que el café preparado a partir de las cápsulas daba lugar a contenidos en furano entre dos y cuatro veces superior al preparado en cafeteras de bar o dispositivos tipo mellita. El que menos tenía era el preparado con un café de sobre.

Pero el culpable (y esto es lo que conté a la mujer que me interrogó en la charla) no es el aluminio de las cápsulas sino el hecho de que, al estar éstas herméticamente cerradas, no permiten que el furano se vaya evaporando ni durante su almacenamiento ni durante el proceso de pasar el agua a través de los granos molidos. Y, por tanto, aparecen en mayor cantidad en el café final. Aunque, en cualquier caso, las cantidades de furano que podemos ingerir diariamente bebiendo café están muy por debajo de las ingestas diarias tolerables de ese compuesto, evaluadas por la agencias que velan por nuestra salud. Para contarlo más sencillamente, los investigadores catalanes estimaban que para pasarse de esa ingesta tolerable, tendríamos que beber unos 30 nespressos diarios.

Pero lo que no conté en la sala para no liarla es que esos furanos de los que habla el documento de la EFSA a propósito del café, no son los furanos de los que yo había hablado en mi charla sobre las dioxinas. Furanos son, pero otros. Bajo la denominación genérica de Dioxinas se suele agrupar (inadecuadamente) a 419 compuestos distintos, de los que 28 entrañan riesgos toxicológicos relevantes para los humanos.

Ahí, junto a las policlorodibenzo dioxinas (PCDDs) y los policloro bifenilos de comportamiento similar a las dioxinas (DL-PCBs), se encuentran los policloro dibenzo furanos (PCDFs). En todos ellos el término policloro alude al hecho de que pueden llevar en su molécula hasta diez átomos de cloro. Y son los que se emiten a la atmósfera en procesos de combustión de todo tipo (desde incineradoras a barbacoas), en procesos de blanqueo con cloro en papel y tejidos, en la fabricación de plaguicidas clorados, en procesos volcánicos, en la metalurgia o en los motores de combustión del tráfico rodado. Esos eran los furanos de mi charla.

Así que, resumiendo, hay furanos sin cloro (los del café) y furanos con cloro (los incluidos en ese vasto conjunto que llamamos dioxinas). Como en las mejores familias, un mismo apellido da lugar a muy variados especímenes.

Me voy a hacer un nespresso descafeinado que en Donosti sigue haciendo fresquito.

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martes, 27 de diciembre de 2022

Don Pío y el Búho


Rara vez he publicado aquí alguna entrada que, en mayor o menor medida, no tenga que ver con la Química. Pero hoy, para acabar el año, lo voy a hacer. En este día de los Inocentes (cuándo si no) del año 1872 nació en esta ciudad Pío Baroja y Nessi, uno de los preclaros escritores de su época. Así que hoy se cumplen ciento cincuenta años de su nacimiento. Y como esto es un Blog personal y el Búho ha sido barojiano desde su más tierna adolescencia, quiero que quede constancia del hecho en esta entrada. La siguiente efeméride, cuando se cumpla el siglo de su muerte (el 30 de octubre de 2056), me pillará ya convertido en cenizas.

En algún momento de la década de los sesenta del siglo pasado, mi padre compró las obras completas de Baroja en la edición de 1947 que publicó Biblioteca Nueva, una editorial radicada en Madrid. Siempre ha sido un misterio para mi la razón por la que mi padre compraba libros de autores conocidos (Quevedo, Baroja, Unamuno, Blasco Ibañez, Garcia Lorca,...), en cuidadas ediciones, en una librería desordenada que estaba en la manzana siguiente a la que yo llevo viviendo cuarenta años, en la Plaza del Buen Pastor de Donosti. Nunca le vi leer (al menos no de manera regular) ninguno de esos tomos. Pero cuando deshicimos el piso de mis padres hace dos años, todos tenían claro que los diversos tomos de las Obras Completas de Baroja eran para un servidor.

Empecé a leerlas cuando todavía estudiaba Bachillerato, muchas veces con nocturnidad y la ayuda de una linterna que ocultaba entre las sábanas. Lo que me ocasionaba más de una bronca paterna. Peor fue que esa pasión barojiana me supuso un cero en conducta cuando llevé la contraria al fraile corazonista que nos daba Literatura española, al decirle que la famosa novela La Busca no me había parecido una obra especialmente pecaminosa. Mi padre fue llamado a capítulo por el Director del Colegio pero me sacó la cara y todo quedó en nada. Aunque, con posterioridad, el Hermano Victorino (que así se llamaba el fraile) nunca me puso buena nota en los exámenes de la asignatura, a pesar de que yo era un estudiante excepcional (ya se me murieron mis abuelitas hace tiempo).

El caso es que, este año, se ha vuelto a constatar la mala prensa que, en las Instituciones, ha tenido siempre el cascarrabias de Don Pío. Los concejales del PP en el Ayuntamiento donostiarra propusieron en febrero la concesión de la Medalla de Oro de la ciudad con ocasión del aniversario que estamos comentando. Pero todo el resto del arco político se posicionó en contra. La discusión demostró que muchos de los ediles de mi pueblo no han leído nunca a Baroja o han hecho una búsqueda intencionada de alguna frase de Don Pío que le inhabilitara como merecedor de tal galardón. Cosa no muy complicada, ya que uno puede encontrar muchos párrafos en sus libros que indican su desapego por la Donosti de los años veinte. No quiero ni pensar lo que diría ahora, cuando lo que él criticaba (y que podría resumirse con el término ñoñostiarrismo) anda otra vez en máximos.

Pero creo que los tiros van por otro lado. Baroja no ha caído nunca bien a los políticos, particularmente a los nacionalistas. No voy a entrar en detalles que puedan enturbiar la entrada pero en los escritos de Baroja queda clara su aversión por Sabino de Arana (tampoco los comunistas salen bien parados). Ello resultó ya obvio en 2006, al cumplirse el cincuentenario de la muerte del escritor, cuando una propuesta presentada por el PSOE para que la Diputación Foral celebrara una serie de actos conmemorativos se encontró con la oposición frontal de la mayoría nacionalista entonces imperante (PNV más EA).

Así que lo de este año no es más que una reedición de lo anterior aunque, esta vez, hasta los socialistas se han apuntado al carro. Su portavoz en el Ayuntamiento y futura candidata a la Alcaldía adujo que Baroja fue muy crítico con la ciudad, llegando a escribir en 1917 (!!) que su espíritu era "lamentable. Allí no interesa la ciencia, ni el arte, ni la literatura, ni la historia, ni la política, ni nada". Y concluyó la concejala con otra cita: "Yo no tengo ciudad. Hoy por hoy me considero extraurbano". Para acabar apostillando que Baroja ya tenía reconocimiento en espacios públicos de esta ciudad.

Y es cierto. Aparte de un paseo con su nombre en los extrarradios, con escultura de Nestor Basterretxea incluida, hay un busto junto al teatro Victoria Eugenia, en uno de los extremos de la calle Oquendo, la calle en la que nació. Una foto de ese busto es la que decora el inicio de esta entrada y podéis ampliarla clicando en ella. En realidad, se trata de una copia en bronce del realizado en piedra por el escultor Victorio Macho que lleva, además, una inscripción que recuerda el centenario del nacimiento de Baroja, ahora hace 50 años.

El busto original se instaló en 1935 en el claustro del Museo de San Telmo y al evento asistió el propio Don Pío, acompañado por el pintor Zuloaga entre otros. Se retiró después de la guerra civil y volvió a su lugar original durante la Transición para reposar otra vez, y sin que se sepa por qué, a los almacenes municipales donde me consta que estaba en 2006. Ese año, con ocasión del cincuentenario de su muerte, un concejal del PNV pidió volver a colocarlo en el claustro de San Telmo, pero no estoy seguro de que esté ahí, porque no he ido al Museo desde su última restauración (tendré que ir en peregrinación un día de estos).

Frente a la réplica en bronce, al otro lado de la calle, hay una placa que recuerda la casa en la que nació Baroja. También esto tiene un punto de polémica, porque uno de los sobrinos de Don Pío (ya fallecido), Pío Caro Baroja, solía decir, con cierta sorna, que la placa estaba colocada en la casa equivocada y que, en realidad, su tío había nacido en la finca colindante.

En fin, espero me perdonéis estos desahogos barojianos. Don Pío no dejaba títere con cabeza y así fue haciendo "amigos". Una buena prueba son sus diatribas contra los profesores universitarios que tuvo. Dado que este Blog versa sobre la Química, voy a recordar su apunte del profesor de esa materia durante el curso preparatorio de Medicina que siguió en Madrid. En las primeras páginas de su novela El árbol de la Ciencia dice que "[.....]aquella clase de Química en la capilla del Instituto de San Isidro era escandalosa. El viejo profesor recordaba las conferencias del Instituto de Francia, de célebres químicos y creía, sin duda, que explicando la obtención del nitrógeno y el cloro estaba haciendo su propio descubrimiento. [...] Dejaba los experimentos aparatosos para la conclusión de la clase, con el fin de retirarse entre aplausos, como un prestidigitador"".

Que 2023 os sea leve, amigos.

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jueves, 8 de diciembre de 2022

Búhos de la Edad del Cobre


Lo que hoy os voy a contar tiene poco que ver con la Quimiofobia o la Química que suelen inspirar muchas de mis entradas. En este caso, se trata de una curiosidad que ha surgido de forma casual, tras recibir una de las muchas alertas de revistas científicas a las que estoy suscrito. En el caso que nos va a ocupar, me llegó esta semana una alerta de la llamada Scientific Reports que publica el grupo Nature. Como en el título aparecía la palabra owl (búho) decidí echarle una ojeada. Se trata de un artículo de científicos españoles, liderados por un investigador de la Estación Biológica de Doñana. Y hace referencia a placas de pizarra grabadas durante la Edad del Cobre que, generalmente, se han encontrado en yacimientos tanto españoles como portugueses, en el suroeste de la Península Ibérica.

Una de esas placas, la que ilustra esta entrada y que podéis ampliar clicando sobre ella, fue encontrada en Cerro de la Cabeza, un sitio arqueológico muy interesante situado en la provincia de Sevilla. La placa data de finales del tercer milenio antes de Cristo y pertenece a los fondos del Museo Arqueológico de Sevilla (*). Basta ver sus dos grandes ojos centrales para identificar en ella la imagen de un búho. Dado el fetichismo que tengo por estos pájaros, la maravillosa imagen y su antigüedad, no me quedó otro remedio que seguir leyendo el artículo. Busqué después la imagen en el Museo sevillano e, incluso, entré en su tienda para ver si era posible comprar algo con ella relacionado. Pero no hubo suerte.

La placa en cuestión, y otras similares, pesan en torno a un kilo y suelen tener dimensiones parecidas a la palma de la mano. La que os muestro aquí mide 20,8 cm de alto por 15,3 cm de ancho y tiene un grosor máximo de 1,5 cm. Dicen los autores que esa y otras placas que también se muestran en el artículo, recuerdan a dos tipos de búhos que aún hoy están muy presentes en la zona, el mochuelo común (Athene noctua) y el búho chico (Asio otus) que, posiblemente, fueron también los búhos más abundantes alrededor de los asentamientos humanos de ese período histórico, como el de Cerro de la Cabeza. La gente de la época tuvo que ser consciente de su presencia e, incluso, haber interactuado con ellos. El por qué en estas placas aparecen muchos búhos, pero no otros animales, podría deberse a que los búhos son los más antropomórficos de todos los animales, con los ya mencionados grandes ojos frontales en sus enhiestas cabezas. Incluso hoy en día, los búhos se representan sistemáticamente, con sus dos ojos mirando al observador.

Los autores del artículo explican que esas placas están hechas de pizarra por ser esta una de las rocas más comunes en el suroeste de Iberia, proporcionando además algo parecido a un lienzo en blanco (aunque pétreo y gris) donde grabar líneas, utilizando herramientas puntiagudas de pedernal, cuarzo o cobre. Y que la forma en la que las pizarras se exfolian facilita la elaboración de placas con aspecto de búho. Si quisiéramos hacer lo mismo con las siluetas de otros animales, y que se identificaran como tales, exigiría por parte del "artista" habilidades adicionales de tallado y el uso de herramientas más específicas. La fabricación y el diseño de estas placas era algo sencillo y no requería altas habilidades ni mano de obra intensiva, como ha podido demostrarse con experimentos de replicación de estos diseños.

Especulan los autores con que estas placas de búhos podrían haber sido ejecutados por gente joven, ya que se parecen a los búhos pintados hoy en día por estudiantes de primaria, una prueba de que los dibujos esquemáticos son universales y atemporales. Al final, proponen que esas placas de pizarra con forma de búho pudieran ser los restos de un conjunto de objetos utilizados tanto en actividades lúdicas como en ceremonias rituales. Y que el grabado de las placas puede haber sido parte del juego. La frontera entre el juego y el ritual es difusa en las sociedades antiguas y "no hay contradicción en jugar con juguetes similares a animales y, en algún momento, usarlos como ofrendas como parte de rituales comunitarios como los que se daban en las colosales tumbas megalíticas de la Edad del Cobre".

En muchos casos, como pasa en el caso que os he mostrado al principio, estas placas de pizarra muestran además un par de agujeros en la parte superior, por encima de las cejas del búho y entre ellas. Una posible interpretación de la función de esos orificios es que sirvieran como puntos de introducción de algún cordaje que permitiera colgarlas del cuello o en las paredes de las tumbas. Otra posibilidad es que permitieran insertar ahí plumas de ave, añadidas a las placas justo en el lugar donde emergen los mechones en los búhos vivos.

Comprenderéis que después de leer todas estas cosas de mis colegas búhos tenía que dejar constancia aquí de ello. Este Blog, y cada día que pasa más, no es más que un diario de un Búho un poco grande y viejo...

(*) La foto de la placa mostrada es de Isabel María Villanueva Romero.

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lunes, 18 de abril de 2022

Quemar o calentar tabaco

Aunque soy consciente de que alguna fiel seguidora del Blog me va a saltar al cuello, voy a seguir con la saga de entradas dedicadas a los cigarrillos electrónicos que se inició en agosto de 2008 y que, posteriormente, ha seguido con entradas en noviembre de 2013, abril de 2014 y abril de 2019. Todas ellas estaban relacionadas con esa forma de meterse nicotina al cuerpo que podemos denominar vapeo. Básicamente, una disolución de nicotina y saborizantes, se calienta con un sistema electrónico y el fumador inhala el vapor que se genera de esa manera. El que quiera más detalles que se revise las entradas antes mencionadas. Pero desde mediados de la década pasada, Philip Morris (PM) (y otras tabaqueras) se ha gastado una pasta importante en una nueva alternativa, que es la que pretendo explicar aquí.

Para empezar con una descripción aclaratoria, el nuevo dispositivo electrónico de PM, a diferencia de los vapeadores, contiene tabaco real, la misma fuente de nicotina que en un cigarrillo convencional. Pero, a diferencia de lo que ocurre en este último, el tabaco del dispositivo de PM no se quema sino que se calienta a una temperatura que no supera los 350ºC. Por el contrario, el tabaco en el extremo de un cigarrillo tradicional, una vez encendido, se quema (arde) gracias al oxígeno del aire, produciendo temperaturas por encima de 600ºC. En esas condiciones de temperatura y oxígeno se producen cientos y cientos de nuevas sustancias químicas y partículas que se sabe que tienen consecuencias dramáticas en la salud de los fumadores. La idea que subyace tras la apuesta de PM es que, si no hay combustión y la temperatura es más baja, la producción de todas esas sustancias se reduce.

En la anterior generación de dispositivos de Philip Morris para calentar el tabaco, se utilizaba un sistema como el que se ve en la figura de arriba (que podéis ampliar clicando en ella). El cigarro, más corto que uno tradicional, se coloca en el dispositivo de forma y manera que una especie de lanceta (heating blade en la figura) se inserta en la zona donde está el tabaco. Esa lanceta se calienta con el dispositivo electrónico (pila recargable incluida) y transmite el calor al tabaco, permitiendo al fumador un número determinado de caladas hasta que el dispositivo se apaga. En los dispositivos más modernos, que se han empezado a comercializar en España hace pocas semanas, el calentamiento se produce sin necesidad de la lanceta. Una pequeña lámina de metal (aluminio) está en el centro del tabaco y esa lámina se calienta por un proceso de inducción electromagnética (los de PM no se privan de tecnologías).

En cuanto al tabaco que se calienta hay que decir que, a diferencia de un cigarrillo convencional donde se usan hojas de tabaco cortadas en pedazos pequeños, el tabaco del dispositivo de PM se muele y se reconstituye en láminas o hebras como las que veis en la foto de la izquierda, obtenida tras abrir un cigarro ya utilizado y donde también se ve la lámina metálica que ha calentado el tabaco. Las hebras de tabaco de uno de estos cigarros pesan del orden de 320 mg frente a los 550-700 mg de los cigarrillos convencionales. Otros componentes del cigarrillo, que podéis ver en la figura del inicio son un filtro de polímero para enfriar el aerosol (humo) y un filtro de boquilla de acetato de celulosa que imita el aspecto del de un cigarrillo convencional. Además, un tubo también de acetato pero hueco separa la zona de tabaco y el filtro de polímero.

Todo lo anterior figura en el marketing sobre el producto de la tabaquera y, dada la mala fama de todas ellas por su gestión en tiempos pasados de las evidencias científicas que relacionaban el cáncer y el tabaquismo, puede hacer que muchos vean en estos dispositivos un último intento de esas empresas por no desaparecer por completo, ante regulaciones cada vez más exigentes en torno al tabaco. Y puede que no les falte razón.

Pero hay que contar aquí que Philip Morris recibió un importante respaldo en julio de 2020, que se ha actualizado el 11 de marzo de 2021, cuando la Food and Drug Administration (FDA) americana emitía una orden de concesión de riesgo modificado autorizando a la tabaquera la comercialización de un dispositivo, que en la orden llaman IQOS 3, como consecuencia de que existía evidencia científica de las tres aseveraciones siguientes: "Ese sistema calienta el tabaco, pero no lo quema. Esto reduce significativamente la producción de productos químicos nocivos y potencialmente dañinos. Y los estudios científicos han demostrado que cambiar completamente de los cigarrillos convencionales al sistema IQOS reduce significativamente la exposición a productos químicos dañinos o potencialmente dañinos". Esa orden de riesgo modificado es efectiva hasta el 7 de julio de 2024. Habrá que ver qué pasa después. Y, como no podría ser de otra manera, en el documento que os he enlazado, la FDA deja claro, literalmente, que esta acción no significa que este producto sea seguro o "aprobado por la FDA". No hay productos de tabaco seguros y aquellos que no los consumen no deben empezar.

Supongo que no necesito aclarar que no recibo estipendio alguno de Philip Morris por contaros estas cosas curiosas. Mas bien al contrario, es la tabaquera la que recibe mi dinero cada vez que compro un paquete de Marlboro.

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