jueves, 14 de mayo de 2026

La tarjeta de crédito que nunca nos comimos

Los que ya llevan un cierto tiempo siguiéndome recordarán una entrada sobre la famosa proclama mediática según la cual, cada semana entra en nuestro organismo el equivalente a una tarjeta de crédito de plástico (5 gramos), una forma impactante de cuantificar los Microplásticos que ingerimos o inhalamos en nuestra vida cotidiana. El origen de la proclama puede rastrearse hasta un folleto de 2019 en el que, desde su portada y contraportada, puede inferirse claramente que fue encargado a la australiana Universidad de Newcastle por el Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF, la que conocíamos antes como Adena en España) y redactado por una consultoría, Dalberg Advisors que, según se explica en la contraportada, “trabaja para construir un mundo más inclusivo y sostenible […..].Colaboramos con comunidades, gobiernos y empresas, ofreciéndoles una innovadora combinación de servicios (asesoría, inversión, investigación, análisis y diseño) para generar un impacto a gran escala”. Una práctica bastante habitual en organizaciones ecologistas de cierto nivel a la hora de buscar donantes.

Dos años más tarde (octubre de 2021), los mismos investigadores que contribuyeron con datos al folleto los trasladaban a un artículo en cuyos agradecimientos se dice expresamente que el proyecto “fue encargado por el Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF) - Singapur, que proporcionó financiación parcial para la investigación”. Pero algo cambió en el artículo de 2021 con respecto al folleto de 2019 ya que, como se puede leer incluso en el Abstract o Resumen del trabajo, los autores concluían que, en promedio, los humanos ingerimos entre 0.1 y 5 gramos de plástico a la semana. O, lo que es lo mismo, entre una tarjeta cada 50 semanas (o sea al año) o una tarjeta a la semana. Desde entonces ese artículo y la idea de la tarjeta han recibido severas críticas en varios informes y artículos científicos pero, para no aburriros con citas diversas, os diré que, entre esas críticas, están dos muy relevantes: la de un informe de la Organización Mundial de la Salud (OMS) de 2022 y un artículo de 2025 en la prestigiosa revista Science firmado por seis relevantes científicos del campo de los Microplásticos, entre los que se encuentra Richard C. Thompson, quien acuñó por primera vez dicho término en 2004. De ambas publicaciones volveremos a hablar enseguida.

Yo pensaba que el asunto había caído ya en el olvido, pero estos titulares de impacto emocional importante en la población son fáciles de difundir y difíciles de erradicar y, esta semana, en un corto lapso de tiempo, mi amigo Julián E., me ha proporcionado dos ejemplos que lo demuestran. Este pasado 27 de abril, aparecía en un episodio de un videopódcast que presentan Dani Rovira y Arturo González-Campos una joven activista de 19 años que algunos llaman la Greta Thunberg española. Su activismo arranca en edad temprana (12 años) y ya con 15 escribió un libro en el que, además de su lucha contra los delfinarios, su actividad más relevante, acomete temáticas tan complejas como la contaminación ambiental, los plásticos y el océano, los microplásticos o el cambio climático. Pero su intervención denota que no parece estar tan enterada de esos asuntos. A partir del minuto 15:30 empiezan a hablar de plástico y en el minuto 17:00 la joven nos hace saber que nos comemos no una tarjeta a la semana o al año sino una todos los días, lo cual extiende ya el intervalo de la ingestión de microplásticos hasta casi tres órdenes de magnitud. Algo más adelante, sobre el minuto 19:45, habla de que ya hemos superado el “uno punto cinco”. Cuando González-Campos le pide que aclare lo del “uno punto cinco” que, obviamente, se refiere al aumento de la temperatura de la Tierra sobre el nivel preindustrial, la precoz activista se lía y acaba demostrando que no sabe diferenciar los problemas del agujero de ozono de los provocados por los gases de efecto invernadero. Lo mismo ocurre cuando, en el minuto 21:10, dice haberse bañado el pasado verano en el Mediterráneo a 37ºC. Basta leerse artículos como éste, sobre el anormalmente cálido 2024 (2025 lo fue menos), para rebajar esa cifra a entre ocho o diez grados menos. En fin, todos hemos sido jóvenes y atrevidos a la hora de defender nuestras ideas…

Mas preocupante me parece el caso de un programa el pasado 4 de mayo en La Sexta. Seis contertulios, incluida una conocida divulgadora científica, hablaron en la primera parte de su intervención de algo titulado Del táper recalentado a la cerveza: cómo se meten los microplásticos en nuestro organismo y el título ya es indicativo del totum revolutum que se nos avecina. Desde esos primeros momentos, se mezclan frases sobre sustancias químicas contenidas en los plásticos que pueden migrar a nuestros alimentos con otras que hablan de diferentes situaciones en las que los microplásticos también pasan a los alimentos para evolucionar, rápidamente, hacia el asunto de la tarjeta que constituye el hilo conductor de esta entrada (minuto 01:30) donde, con un rótulo detrás que dice claramente que “comemos semanalmente 5 gramos de microplásticos a la semana”, los contertulios hacen chistes sobre la tarjeta y el folleto del WWF.

Aunque la divulgadora trata de rebajar la alarma provocada, entre la algarabía del resto de contertulios, con frases como “es una estimación”, o “es una aproximación, no es una cifra exacta”, este vuestro Búho ha echado de menos el que se hubiera puesto esa cifra en el contexto de otros resultados, mucho más sólidos y contundentes, que desmontan el artículo de los investigadores de Newcastle. Y así en el estudio de la OMS de 2022, antes citado, en su página 42, penúltimo párrafo, tras establecer la probabilidad de ingesta de microplásticos que se desprende de la consideración de resultados de diversos trabajos, se dice que “La comparación con la estimación de WWF, según la cual la exposición potencial a microplásticos es de 700 mg por persona y día (una tarjeta, añado yo), sugiere que esta última cifra representa la ingesta del percentil 99 de una persona media”. Para los no habituados a lenguaje estadístico, un valor que está en el percentil 99 de una distribución de valores es un valor altamente improbable. Por otro lado, en el artículo de Science de 2025, también mencionado arriba, se andan con menos remilgos estadísticos y en la página 5, en el apartado sobre riesgos de los microplásticos en la salud humana se dice: “Hoy en día es un hecho comprobado que, al igual que ocurre con muchos otros organismos y con otros tipos de contaminantes, los seres humanos están expuestos a los microplásticos. Sin embargo, en algunos casos, se han sobreestimado enormemente las cantidades, como por ejemplo el peso equivalente a una tarjeta de crédito a la semana”.

Tampoco se hace mención en el vídeo a una reciente revisión de la EFSA (octubre de 2025), sobre la liberación de micro y nanoplásticos de materiales en contacto con alimentos durante su uso, revisión en la que se ponen en entredicho muchos de los estudios que se han llevado a cabo para cuantificar esos microplásticos en alimentos. La Agencia concluye que “no hay datos suficientes para estimar la exposición a los micro y nanoplásticos a través de los materiales en contacto con los alimentos durante su uso”. En esa primera parte del vídeo se menciona de pasada la inhalación de fibras sintéticas contenidas en el aire como otra vía de entrada en el organismo. Eso es correcto y, probablemente, sea la vía más importante. Pero conviene aclarar lo del carácter sintético de las fibras. Hay bibliografía desde 2019, y mucho más reciente, que demuestra que las fibras que andan en el aire (las que inhalamos) y en el agua (que podemos ingerir) son fundamentalmente naturales (algodón, lana, seda, etc) y no sintéticas (poliésteres, poliamidas).

Tras lo cual, se genera una ceremonia de la confusión cuando se hace mención al bisfenol A y su presencia en los papeles térmicos de facturas como las que nos dan en el súper. En la conversación parece identificarse al bisfenol con un microplástico, cuando no lo es. Es un sustancia que se usa para producir plásticos como el policarbonato u otros que tapizan el interior de las latas de bebidas y que puede quedar en pequeñas cantidades en esos plásticos. Pero que no se usa en los plásticos que constituyen la mayoría de los producidos a nivel global. Tampoco son microplásticos los ftalatos que aparecen en la conversación ligados a productos cosméticos.

La segunda parte de la intervención está dedicada a detallar “todos los órganos del cuerpo a los que perjudican los microplásticos”. Creo que lo que se deriva de esta parte es aún más peligroso que lo de parte anterior, pues induce a la confusión entre detección y daño de sustancias potencialmente peligrosas. Se mencionan estudios que han encontrado microplásticos en sangre, placenta, cerebro (aquí se vuelven a mezclas los microplásticos con el bisfenol A) u otros tejidos humanos, y se enumeran una serie de potenciales efectos en los órganos afectados. Sin embargo, la mera detección de microplásticos (como la de metales pesados, partículas minerales, hollín, fibras vegetales, nanopartículas naturales o residuos de fármacos) no demuestra su toxicidad. Ese matiz es fundamental y, sin embargo, suele desaparecer en la divulgación mediática. La tecnología analítica actual permite detectar cantidades extremadamente pequeñas de sustancias y partículas de todo tipo en prácticamente cualquier tejido biológico. El reto científico no es solo ser capaz de encontrarlas, sino el interpretar qué significan biológicamente y qué riesgo real suponen. Para valorar la toxicidad de los microplásticos, tal y como hacen las agencias que velan por nuestra salud, es necesario evaluar las dosis a las que están expuestos los ciudadanos normales, establecer relaciones dosis-respuesta, considerar mecanismos plausibles, comprobar la reproducibilidad experimental y tener una evidencia epidemiológica consistente.

Y, en el campo de los microplásticos estamos todavía muy lejos de ese nivel de conocimiento, como fácilmente puede comprenderse leyendo los apartados 3.1 y 5.3 del informe de la OMS, mencionado más arriba. Estamos tan lejos que existen incluso enormes dificultades metodológicas para la mera detección de los microplásticos (el paso previo para acometer los siguientes). Se presentan problemas debido a la contaminación de muestras, al uso de técnicas analíticas heterogéneas, a tamaños de muestra pequeños, existiendo incluso dificultades para distinguir polímeros reales de otros materiales orgánicos o contaminantes ambientales. De hecho, algunos estudios recientes sobre microplásticos en tejidos humanos, como los mencionados en el programa de La Sexta, han recibido críticas importantes precisamente por posibles artefactos analíticos en la detección o por interpretaciones excesivas. Hasta un medio de comunicación como The Guardian, generalmente alarmista en estos temas, se ha hecho eco de esas críticas. De toda esa información, muy reciente y disponible para una correcta divulgación del problema, no se hizo mención alguna. Sin embargo, el efecto psicológico es inmediato: el espectador del video concluye que los microplásticos ya están produciendo daños en el organismo.

En el fondo, los problemas que estamos analizando no son solo la exageración puntual de algunos mensajes sino una transformación más profunda de la comunicación científica contemporánea. Mientras la ciencia trabaja con incertidumbres, intervalos de confianza y limitaciones metodológicas, las redes sociales y la televisión premian mensajes simples, visuales y emocionalmente potentes. En ese tránsito se pierden los matices y, en este caso, desaparecen las fronteras entre exposición, detección y daño, algo especialmente delicado en temas como el que estamos considerando. Los microplásticos merecen investigación rigurosa y vigilancia científica seria pero, precisamente por eso, conviene evitar convertir cualquier hallazgo preliminar en una narrativa de catástrofe biológica inminente. Cuando microplásticos, sustancias químicas que no lo son (como el bisfenol A) y toxicología no contrastada por ahora se mezclan indiscriminadamente bajo la misma etiqueta emocional de “plástico”, el resultado puede contribuir más a la generación de miedos infundados que a la divulgación correcta de un tema.

Hoy música de piano. De Ludwig van Beethoven, un breve extracto de su Concierto para Piano No. 5. Con Igor Levit, al piano y Paavo Järvi dirigiendo la Berliner Philharmoniker. Acordándome de un amigo de Haro, que me lo tocaba cuando éramos imberbes estudiantes en Zaragoza. Y que ahora es un escritor de éxito en temas musicales.

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