lunes, 29 de mayo de 2017

Las raras "notas" de algunos perfumes

La cromatografía de gases es quizás una de las técnicas analíticas más populares para los químicos. El empleo de cantidades minúsculas de la muestra a analizar y su alta capacidad para separar las sustancias químicas en ella presentes, la convierte en una técnica versátil, robusta, relativamente accesible para cualquier laboratorio y cuyos fundamentos están ya maduros. La figura que inicia esta entrada, y que podéis ver ampliada picando en ella, muestra lo que los químicos llamamos cromatograma, obtenido es este caso a partir de una clásica colonia de hombre. El análisis tiene ya bastantes años y aunque podría usar aquí cromatogramas más recientes y de mayor precisión analítica (lo que redunda en un mayor número de picos), lo cierto es que a este le tengo cariño porque lo he usado repetidas veces en mis clases, a la hora de explicar a los estudiantes la técnica en cuestión. Y me sobra para lo que quiero contar.

Cada uno de los picos que se ve en la figura, corresponde a un producto químico diferente presente en la colonia. Y la altura es proporcional a la cantidad del mismo existente en la mezcla. Los nombres de 22 picos significativos (hay otros menos relevantes) aparecen también en la figura. El cromatograma es un ejemplo relativamente sencillo de la complejidad del mundo de los perfumes ligado, hoy y siempre, al lujo de las civilizaciones avanzadas de cada momento y donde, desde el siglo XIX, la Química ha jugado un papel trascendental. Testimonios de perfumes hay en todas las civilizaciones antiguas más o menos sofisticadas, como las de los egipcios o los griegos. También la Biblia habla de óleos y perfumes. Pero hasta finales del siglo XIX la materia prima para estos preparados se derivaba exclusivamente de extractos de flores, frutas, hierbas, resinas y maderas aromáticas. El salto fundamental se produce en la década de los ochenta del siglo XIX cuando Paul Parquet consiguió sintetizar la cumarina (que aparece en esta colonia en el pico 16). Esta sustancia química es el componente esencial de lo que habitualmente se define como olor a heno recién cortado, que antes se conseguía a partir de extractos de ciertas plantas como el haba de Tonka (Dipteryx odorata), y fue añadida por la marca Houbigant a la clásica Agua de Colonia, creada en 1806 por Giovanni Farina, actualizando así recetas que su familia había preparado desde finales del siglo XVII en la zona de Novara, en Italia.

En los últimos años del siglo XIX los químicos reprodujeron en el laboratorio sustancias como la vainillina (pico 17), que es la molécula que concede su aroma esencial a las vainas de una orquídea que llamamos vainilla (Vanilla planifolia) y que crece en Madagascar, Mejico o Tahití y a la que dediqué no hace mucho una entrada completa. Su adición genera en los perfumes un toque que los expertos definen como "oriental". Está o ha estado presente en muchos de las grandes fragancias recientes como Obsession de Calvin Klein o Must de Cartier. El pico 1 es el limoneno, la más representativa de las muchas moléculas que puede obtenerse por presión de la piel de los limones mediterráneos. Ese extracto ha sido usado tradicionalmente en colonias para hombre como Eau Sauvage.

En el cromatograma que abre esta entrada aparecen también tres picos que empiezan por Musk. En perfumería, Musk es un término muy usado y muchas marcas comerciales tiene fragancias particulares que llevan ese nombre en su etiqueta principal. Rara vez aparece su equivalente en castellano: almizcle. Ese término genérico hace referencia a una serie de moléculas originalmente obtenidas a partir de glándulas de animales, como las de un pequeño cérvido asiático (Moschus moschiferus o ciervo almizclero) que las secreta en la parte trasera de su abdomen como un reclamo para atraer a las hembras de su especie. El análisis de esas secreciones revela que contienen colesterol, éteres de ácidos grasos y una pequeña proporción de una cetona, la muscona (pico 21) que es la que proporciona el olor característico a almizcle. La necesidad de sacrificar a los animales para obtener pequeñas cantidades del producto de esas glándulas ha hecho que, hoy en día, se empleen sustitutos de síntesis que reproducen los tonos florales que, según los expertos, producen estas sustancias. Entre esas sustancias de síntesis están el Musk T (pico 20) y el Musk Ambrette (pico 22). A los que llevan tatuada la Química en el alma no les voy a deleitar con los nombres oficiales de esas moléculas, no vaya a ser que el resto salga despavorido.

Dicen algunas publicaciones que el Chanel nº 5 que se empezó a vender en los años veinte del pasado siglo contenía cantidades más importantes que el actual (dentro de lo que eso significa en perfumería) tanto del producto de las glándulas del ciervo almizclero como de las de otro animal, la mofeta, conocida por su capacidad para excretar aromas de un olor pútrido y extremadamente potente. La firma francesa no parece reconocer que la composición actual y la original sean muy distintas, si excluimos el hecho de que se han sustituido esos extractos obtenidos de animales por moléculas de síntesis, en lo que se conoce como White Musk o almizcle blanco.

Y ya puestos a hablar de aromas impresentables que, sin embargo, aportan interesantes matices a los perfumes de nivel, podríamos mencionar moléculas como el escatol o el indol, el primero que huele literalmente a heces y el segundo con un olor que las recuerda (no en vano son moléculas muy parecidas). El indol también ha jugado su papel en el Chanel nº 5, a partir de los jazmines empleados en la fórmula original y que provenían de plantaciones próximas al pueblo de Grasse, en la Costa Azul francesa, para muchos el lugar de referencia en la elaboración de fragancias. Pero yo me quedo con los mercaptanos o tioles, probablemente una de las familias de moléculas que provocan los olores más repulsivos. En usos más o menos prosaicos, los mercaptanos se utilizan en la vulcanización del caucho, asi como para dar olor a gases inodoros como el gas natural y así prevenir accidentes. Pero dicen los perfumistas que, por debajo de esos aromas insoportables, algunos mercaptanos tienen notas de grosella negra y otros a café. Y unos y otros parecen aportar notas "frescas" al perfume.

Y así podríamos seguir casi con cada pico del cromatograma de arriba. Hoy en día, los perfumistas tienen una batería de unas dos mil moléculas a su disposición y se ha generado una industria que mueve ingentes cantidades de dinero. Pero yo me he querido quedar, sobre todo, con los que a pesar de su condición escatológica aparecen, sorprendentemente, en productos preparados para el deleite de nuestros sentidos. Las implicaciones de tamaña asociación se me escapan.

Leer mas...

martes, 16 de mayo de 2017

Un artículo en Campusa

Varias veces he dicho que este blog no deja de ser mi diario encubierto. A través de él, los que me leen habitualmente saben muchas cosas de mi vida cotidiana y personal, de mis fobias y filias, han seguido de alguna forma mi vida académica y, en ciertas ocasiones, hasta mi salud. Por eso, no es de extrañar que, en algunas entradas, haya reproducido colaboraciones con ciertos medios o participaciones en conferencias y Cursos. Y hoy toca con algo similar.

La revista Campusa es una publicación digital de la que ha sido mi Universidad hasta hace pocos meses. Institución de la que no reniego (aunque algunos de mis viejos colegas me lo hayan echado en cara) y, por eso, acepté la invitación de Pedro Ugarte, Responsable de Comunicación de la UPV/EHU, para escribir algo sobre mi visión personal de lo que actualmente se cuece en torno a los plásticos.

Los seguidores habituales de este Blog no se encontrarán con nada nuevo. No en vano, en la categoría Polímeros que puede elegirse en la Clasificación de las entradas por temas y que aparece a la derecha de la página, hay casi ciento veinte entradas dedicadas a los plásticos y similares. Es cierto que en el artículo para Campusa hablo sobre la contaminación por microplásticos del agua de mar, un tema del que he acumulado mucha información pero del que todavía no he escrito nada, fundamentalmente porque aún no tengo muy claro qué es real y qué es puro catastrofismo (que ahora mola mucho).

En cualquier caso, podéis leer el artículo en Campusa si picáis aquí. Y no dejéis de picar que os conozco.

Leer mas...

martes, 2 de mayo de 2017

Urea, vitalismo y homeopatía

Dice una amiga mía que tengo una cierta fijación con la orina. Que si la concentración de clembuterol en el pis de Contador, que si lo que pasa con los que mean en las piscinas, que si fabrico píldoras homeopáticas a partir de mi propia orina en algunas charlas y me las tomo. Pues si no quiere taza, taza y media. De nuevo, vamos a tomar como punto de referencia la orina y acabaremos....en la homeopatía.

El componente orgánico más importante de la orina de los mamíferos es la urea, resultado de la ruptura de las cadenas de aminoácidos que constituyen las proteínas. Un adulto humano excreta (en la orina) diariamente unos 35 gramos de urea que, a medida que se vuelve “añeja”, nos deleita con el penetrante olor a amoníaco de los váteres poco limpios, producto de la acción de microorganismos sobre dicha urea. La urea fue aislada en 1773 por Hilaire Rouelle, una época en la que se creía que sustancias como ella, generadas por los organismos vivos, nunca podrían ser obtenidas en un laboratorio al necesitar para su síntesis el concurso de un extra de carácter divino, la llamada fuerza o energía vital. El concepto, que data de la época anterior a la Revolución Francesa, se puede resumir de forma relativamente fácil. La naturaleza genera los compuestos orgánicos (entendidos en la acepción de aquella época como los que se daban en los seres vivos) a partir de materiales inorgánicos como el carbono, el oxígeno, etc. Los químicos no podrían hacerlo, sólo podrían degradarlos, diseccionarlos. Podrían comprobar, por ejemplo, que el azúcar tiene carbono, hidrógeno y oxígeno en ciertas proporciones pero ello no implica que pudieran obtener azúcar a partir de sus ingredientes. Necesitaríamos, inexcusablemente, el soplo de la fuerza vital. Ese tipo de conclusiones se derivan de los postulados de una doctrina filosófica, entonces imperante, denominada vitalismo. Cuando esa fuerza vital desaparece, el ser vivo se transforma en algo inanimado.

Friedrich Wöhler, fue uno de los químicos más distinguidos de las primeras décadas del siglo XIX. Han quedado para la historia de la Química sus trabajos sobre los cianatos, un grupo de sales de las que sintetizó, por primera vez, varias. En 1827 o 1828 Wöhler andaba tratando de sintetizar una más, el cianato amónico. Wöhler lo obtuvo haciendo reaccionar cianato de plata con cloruro amónico, dos sustancias que no se encuentran en los seres vivos. Pero, en las condiciones húmedas de la reacción, el cianato final se le transformó en urea, una sustancia que tiene exactamente la misma fórmula que el cianato amónico pero donde los átomos implicados se ordenan de forma diferente. Wöhler la identificó enseguida y envió un mensaje a Berzelius, otro químico representativo de la época y su mentor, en la que, con sorpresa no exenta de una cierta culpabilidad, le manifestaba que "No puedo dominar mi incontinencia química, y debo contarle que puedo fabricar (sintetizar) urea sin necesidad de riñones o de un animal, sea humano o perro..".

Considerada desde la óptica de hoy en día la síntesis de la urea por Wöhler es una reacción trivial y no hubiera pasado a la historia con tantos honores si no fuera por el hecho de implicar la ruptura total con algo que parecía intocable. Había preparado una sustancia, hasta entonces conocida como derivado de organismos vivos, a partir de sustancias inorgánicas, sin el concurso de la fuerza vital que, aparentemente, sólo estaba reservada a Dios. Dicen muchos textos que esa reacción química fue el inicio del fin del vitalismo como doctrina filosófica, aunque las resistencias de los partidarios del concepto de fuerza vital, como los de cualquier teoría, cuanto más si están ligadas a algún oscuro concepto religioso, fueron difíciles de vencer. El propio Berzelius, de mentalidad científica inusual para su época, no abandonó el concepto de fuerza vital mientras estuvo vivo (murió en 1848). Sin embargo, los siguientes años vieron la acumulación de más y más sustancias hasta entonces tenidas por puramente “orgánicas”, como fue el caso del ácido acético (vinagre) sintetizado por Kolbe.

Sin embargo, el concepto de fuerza o energía vital subsiste hoy en día en muchas medicinas alternativas (como el prana de la medicina ayurvédica o el propio reiki del japonés Mikao Usui) y, en lo que aquí interesa, en la homeopatía. Como bien se sabe y por aquí ya hemos contado, la homeopatía se basan en lo establecido por Samuel Hahnemann en los mismos años de los que estamos hablando. Hahnemann se adhirió a las ideas del vitalismo imperante cuando ya había desarrollado los dos principios básicos de su método de curar. Según el primero de ellos, el principio de la similitud, una sustancia que produce unos determinados síntomas en un paciente sano, debe de curar una enfermedad con los mismos síntomas en un paciente enfermo. El segundo de los principios o principio de la dosis mínima (o de los infinitesimales) surgió como consecuencia de que cuando Hahnemann empezó a experimentar con sustancias productoras de síntomas, enseguida sufrió las consecuencias de emplear concentraciones lo suficientemente altas como para producirle efectos indeseables. Aplicó pues la reducción progresiva de las dosis de los medicamentos mediante su dilución, buscando evitar así esos efectos. Pero como era lógico esperar desde nuestra perspectiva actual, esa reducción de dosis conllevaba, junto a la reducción de su toxicidad, una reducción de su poder medicinal.

Aquí, al genio creador de Hahnemann se le ocurrió utilizar otra técnica en la preparación de los medicamentos, la llamada dinamización por sacudimiento manual de cada dilución progresiva....El sorprendente resultado que pudo obtener fue que las sustancias medicinales así dinamizadas mantenían la reducción de su toxicidad (debido a la dilución) pero, en cambio, no solo no se reducía su poder medicinal, sino que, al contrario, este aumentaba ostensiblemente.

Cuando Hahnemann conoció el vitalismo, formuló una hipótesis que trataba de explicar sus dos sorprendentes principios. La hipótesis era que el poder medicinal desarrollado por las sustancias mediante los procedimientos de repetidas diluciones y dinamizaciones (potenciación) estaba en relación con un factor inmaterial, la energía o fuerza vital de la sustancia, que no respondía a las leyes de la química conocida hasta ese momento. A partir de esa hipótesis dedujo, de forma lógica, que si los medicamentos diluidos y dinamizados actuaban a ese nivel inmaterial, sutil, energético, no químico, y producían curaciones, el nivel de la enfermedad en el cual actúa el medicamento homeopático potenciado debía ser también de orden inmaterial, dinámico, energético. Y a este nivel de la estructura del organismo humano, que se puede modificar mediante medicamentos potenciados, no sujetos a las leyes químicas, le llamo energía o fuerza vital. Deduciendo que si el uso de unos medicamentos así preparados eran capaces de curar enfermedades de todo tipo, era porque el origen de la enfermedad se encontraba a ese nivel sutil.... Tanto la enfermedad como la curación debían seguir los mismos caminos. Si la curación empezaba por un efecto medicinal a nivel de la fuerza vital, era porque la enfermedad también debía haber empezado a ese mismo nivel, como una "desafinación" o desajuste de dicha fuerza vital.

Aviso para lectores despistados: Los párrafos precedentes en cursiva no son fruto del sesgo antihomeopatía de este vuestro Búho. Los he tomado de un artículo publicado por el médico homeópata mallorquín Isidre Lara en la Revista Médica de Homeopatía en el año 2009 [Rev Med Homeopat. 2009; 2(1): 25-30]. Y sólo haría una matización al último párrafo. De lo escrito parece claro que Hahnemann creía que sus preparaciones por dilución y repetidas sacudidas extraían del principio activo una fuerza o energía vital que no se perdía con las sucesivas diluciones, sino que se potenciaba y era capaz de interaccionar con la del enfermo y curarle. Hay en este argumento un "pequeño" problema: la mayoría de las sustancias que se emplean como punto de partida para los preparados homeopáticos son plantas muertas o sustancias inorgánicas como el arsénico o el fosfato cálcico. En tanto que inanimadas, su fuerza o energía vital debe andar perdida en el cosmos.

Leer mas...