miércoles, 20 de marzo de 2019

Científicos y fama mediática

Si uno pone en el buscador de Google "Ballon fragments in the sea" o, lo que es lo mismo, fragmentos de globos en el mar, Google te devuelve la friolera de más de dos millones y medio de documentos, la mayoría de los cuales contienen textos y fotos, muchas de ellas impactantes, sobre el daño que la sencilla suelta de globos, en localidades más o menos próximas al mar, puede causar en el mundo marino. Algo normal por otro lado. Si estamos decididos a evitar que los plásticos acaben en el mar, de plástico a fin de cuentas son los infantiles globos que, al ir perdiendo el gas que los eleva hacia a la atmósfera, tarde o temprano acabarán cayéndose de ella. Y terminando, con mucha probabilidad, en los mares y océanos que, no en vano, ocupan la mayor parte del globo terráqueo. Aunque, todo hay que decirlo, el número de globos que pueden fabricarse en el mundo es una nimiedad con respecto al número de bolsas, botellas y envases de plástico que se producen.

La última noticia relativa al posible impacto de los globos en la vida marina se ha producido este mismo mes, después de que se publicara en los Scientific Reports (del grupo Nature Publishing) un artículo firmado por un grupo de investigadores, todos ellos radicados en Instituciones situadas en Hobart, la capital de Tasmania, en Australia. El artículo lleva por título (traduzco del inglés y un poco libremente) "Un análisis cuantitativo que liga la mortalidad de aves marinas con la ingestión de desechos existentes en el mar".

En el Abstract o Resumen del artículo se dice que los autores han analizado 1733 cadáveres de pájaros de 51 especies diferentes, demostrando que hay una relación entre los desechos marinos ingeridos y las causas de muerte debidas a esa ingestión. Que la causa principal de la muerte es la obstrucción del tracto gastrointestinal y que, en conjunto, los restos de globos son el desecho más peligroso, 32 veces más que ingerir un fragmento de un plástico duro (los ya famosos microplásticos). La publicación del artículo vino acompañada, como ya es habitual, por la correspondiente nota de prensa difundida por la Universidad de Tasmania el pasado 4 de marzo, que abundaba en los términos descritos en el Resumen. En poco menos de un par de semanas, las declaraciones a los medios del primer firmante del artículo se han sucedido a buen ritmo y es fácil constatar el impacto conseguido con otra simple búsqueda en internet, incluso a nivel de publicaciones escritas en castellano.

Pero yo ya no me fío un pelo de titulares tremendistas en general y de los que, en particular, versan sobre asuntos relacionados con los microplásticos en el mar. Hace casi dos años, la otra revista científica por excelencia, Science, retiraba de la circulación un extenso y muy difundido artículo de dos investigadores suecos, en el que venían a decir que la ingestión de microplásticos de poliestireno expandido (esa especie de corcho blanco de las bandejas de comida) producía males sin cuento en el desarrollo de las larvas de las percas de río. Esa retirada tuvo su origen en las denuncias que los propios compañeros del conocido Instituto en el que trabajaban los autores hicieron a la revista y a su Institución. En ellas les acusaban de haberse inventado datos y haber usado malas prácticas experimentales. Así que, leído el resumen del artículo de los tasmanos sobre los globos, mi escéptica y poderosa nariz de vasco intuyó que algo no cuadraba en el paper y decidí que había que emplear algo de tiempo en leerlo con cuidado.

Y no necesité concentrarme mucho para descubrir que los números que aparecen en el Abstract están más retorcidos que la masa de una pizza si se los compara con los datos que se aducen posteriormente en el trabajo. En la página 2, y en el primer párrafo del apartado Results, los autores declaran haber estudiado, como decía arriba, 1733 pájaros muertos y en sus autopsias encuentran que en el 32,1% de ellos (557 pájaros) había restos de diversos desechos marinos, el 92,4% de los cuales eran pequeños trozos de plástico duros, pero también había restos de plásticos más blandos como los usados en envases (2,1%), restos de globos (2%) así como de caucho, espumas de poliuretano o poliestireno, fibras de redes y cuerdas empleadas en los barcos y otros desechos no plásticos.

Pero, después de este recuento tan exhaustivo y en el siguiente párrafo, a uno le saltan inmediatamente las alarmas cuando lee que solo 13 de los 1733 pájaros habían muerto como consecuencia constatada de la ingestión de plásticos. En otros 9 casos esa parecía también ser la causa mas probable, aunque el lamentable estado en el que se encontraban los cadáveres dificultaba sacar conclusiones tan fiables como en los anteriores. La gran mayoría de los pájaros (1256) no habían muerto como consecuencia de la ingestión de residuos marinos (ni plásticos ni de otro tipo) y en los 446 restantes no pudo determinarse con claridad la causa de su muerte. Así que usando la hipótesis más favorable a los autores, solo 22 de los 1722 pájaros (un ínfimo 1,3%) habían muerto por ingestión de residuos marinos. De esos 22, casi todos (21) habían muerto por obstrucción o bloqueo total del tracto gastrointestinal. Y esa obstrucción o bloqueo había sido causado por plásticos duros en 11 pájaros, por globos en 5, por plásticos expandidos en 4 y solo 1 por restos de cuerda de las empleadas en amarres de barcos. A partir de ahí y con un análisis estadístico que tiene en cuenta los porcentajes de desechos encontrados en las autopsias (había muchos más plásticos duros que globos, por ejemplo), los autores llegan a la conclusión, difundida a todos los vientos, de que los globos son los plásticos más peligrosos que un ave marina puede ingerir.

Ni el Comité Editorial de la revista en cuestión, ni los revisores previos del artículo debieron leerse en su momento con detalle el artículo y apreciar las debilidades del análisis que os acabo de comentar. Tampoco lo hicieron la multitud de publicaciones que se han hecho eco, como loritos, de la nota de prensa pero que, en algunos casos, han exagerado los resultados hasta límites como el de este titular de la revista QUO: "Lo que más animales mata en los océanos son los globos". En cuanto a los autores, lo más suave que se me ocurre decir es que tendrían que volver a repasar sus conocimientos de estadística.

En cualquier caso, dado que estoy preparando un par de charlas sobre Plásticos y Microplásticos para las próximas semanas, me volveréis a leer en breve otra vez sobre el tema. Que en asuntos tan sensibles para la opinión pública hay mucho buscador de catástrofes con intereses espurios. Y que por cinco minutos de gloria mediática (y lo que ella puede acarrear posteriormente) son capaces de cualquier cosa.

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jueves, 7 de marzo de 2019

Tenemos nuevo Bisfenol en la oficina

Si pongo Bisfenol A en el buscador que hay arriba a la izquierda de la página que aparece al abrir el Blog, se muestran la friolera de 16 entradas en las que, de una manera u otra, ha salido aquí a escena ese compuesto químico. Así que me temo que mis lectores, en cuanto vean la palabra Bisfenol en el título de esta nueva entrada, me van a mandar al guano. Aunque, si su curiosidad sigue viva, no deberían tomar esa decisión, puesto que el protagonista no es hoy el Bisfenol A que tanto nos gusta al granadino Prof. Olea y a un servidor, sino un "primo" suyo, el Tetrametil bisfenol F que, si las cosas no se tuercen, puede resolver uno de los problemas inherentes a su denostado pariente. La noticia está aún calentita y se publicará el próximo lunes en el número 10 del volumen 97 del Chemical Engineering News (CEN), en un artículo debido a la ya otras veces citada aquí Melody M. Bomgardner.

Como ya he comentado otras veces, el Bisfenol A (A y no F) es una sustancia empleada en una serie de aplicaciones siempre envueltas en polémica. Por ejemplo, en el papel de las impresoras térmicas del que hemos hablado hace poco. Hay que volver a recordar que, en ese uso, el Bisfenol A se emplea en estado puro. También se emplea en fabricar el plástico conocido como policarbonato. Ahí, el Bisfenol A es un reactivo que va desapareciendo a medida que el plástico se genera aunque, al final, pueden quedar cantidades muy pequeñas de él atrapadas en el plástico, algo que los fabricantes de éste se cuidan de minimizar al máximo. Además de en otras aplicaciones (cascos de motos y polis, casquillos de intermitentes en coches, CDs y DVDs, láminas de seguridad en bancos), el policarbonato se empleó hace años en fabricar biberones resistentes al choque, ideal para que no se rompieran cuando se cayeran al suelo, de las manos de un dormido padre que trataba de administrar a su retoño la dosis sustitutiva de la divina teta.

Pero se argumentó que el Bisfenol A, aún en las cantidades realmente pequeñas presentes en el plástico, podía pasar del biberón a la leche y de ahí al infante. Y como, posteriormente, otros estudios mostraron que esa sustancia podía simular el comportamiento de ciertas hormonas (un disruptor endocrino, en jerga técnica), aún en dosis muy pequeñas, ello podría ser el origen de múltiples problemas sobre todo en un organismo tan sensible como el de un recién nacido (¡odio lo de bebé!). Los fabricantes de biberones reaccionaron enseguida y hoy se venden fabricados en otros materiales plásticos que no necesitan Bisfenol A para su síntesis. Son los llamados biberones sin Bisfenol A (o BPA free), aunque si aún os preocupa el que el biberón esté hecho de plástico, no tenéis más que usar los clásicos de vidrio. Aunque si luego os cortáis con los cristales cuando se rompan, este Búho no es culpable.

El Bisfenol A se sigue usando en la fabricación de otro polímero, las llamadas resinas epoxi que, entre otros usos, permiten recubrir con una fina lámina los interiores de las latas empleadas para envasar alimentos y bebidas. El papel de esa lámina es evitar oxidaciones de los metales empleados en las latas y permitir el almacenamiento de sus contenidos durante tiempos largos. De nuevo, el problema aducido es que esas resinas pueden contener, como el policarbonato de los biberones, restos del Bisfenol A empleado para prepararlas, éste puede pasar al alimento o la bebida y de ahí al consumidor, con idénticos problemas a los de los biberones.

Resolver este problema no ha resultado tan fácil como el de los biberones. Las latas suelen ser de acero (para envasar alimentos de todo tipo como espárragos, pimientos, tomate o incluso carne) mientras que para envasar bebidas como las carbonatadas, la cerveza u otras, se emplean latas de aluminio. En el caso de las primeras, hace tiempo ya que los fabricantes encontraron como posible solución emplear polímeros alternativos de tipo acrílico o de la familia de los poliésteres. Dice el artículo del CEN que hoy se estima que solo el 10% de las latas de acero que se venden como envases de alimentos están recubiertas de resina epoxi a base de Bisfenol A. Pero en el caso del aluminio, esos materiales alternativos parecen no haber resultado adecuados a los intereses de las empresas que envasan bebidas.

Desde el año 2008, una empresa llamada Valspar, integrada en el grupo de la multinacional de pinturas y recubrimientos Sherwin-Williams, ha empleado mucho tiempo y dinero en buscar otra resina epoxi fabricada a base un Bisfenol que no tuviera actividad hormonal como producto puro y que, al mismo tiempo, fuera capaz de dar lugar a una resina adecuada para tapizar el interior de las latas de forma tan eficiente como la que se ha venido usando tradicionalmente y de la que tan encantado está el sector.

Y buscando, buscando, con todo tipo de herramientas (incluidas las computacionales), dieron con un Bisfenol, el ya mencionado Tetrametil Bisfenol F (TMBPF), biológicamente inerte pero suficientemente reactivo para dar lugar a una resina epoxi. El siguiente problema, y no menor, fue encontrar a alguien que fabricara suficiente cantidad de TMBPF como para obtener cantidades adecuadas de resina para realizar los múltiples ensayos de propiedades requeridos, así como para poder suministrar muestras de la misma a los industriales interesados. Finalmente dieron con una industria india que se ha convertido en el principal proveedor de este material de partida.

Pero la gente de Valstar fue más lejos en su intento de prevenir sustos posteriores. En colaboración con Ana M. Soto de la Medicine School de la Universidad de Tufts, una Universidad privada radicada cerca de Boston, realizaron un completo estudio sobre la actividad estrogénica del TMBPF, así como de los fenómenos de migración de posibles restos de ese material de partida o de otros que pudieran haberse generado en la resina durante el proceso de la obtención de la misma. Los resultados fueron publicados hace ya dos años [Environ. Sci. Technol., 2017, 51 (3), pp 1718–1726] y sus conclusiones proclaman "la evidencia de la ausencia de actividad estrogénica del TMBPF", una frase que puede resultar un poco rebuscada pero que, en el fondo, ilustra que demostrar que una sustancia tiene actividad estrogénica se resuelve con ensayos relativamente sencillos, pero demostrar que no la tiene es algo mucho más complejo. Los ensayos del grupo de Tufts también demuestran que, probablemente por la estructura más compleja del TMBPF, éste tiene muchas mas dificultades para migrar desde la resina al producto envasado que las que encontraba el Bisfenol A. Y, como resultado, la migración del TMBPF estaba en el límite de su posible detección por parte de las técnicas analíticas empleadas.

Para cerrar el bucle de posibles problemas futuros, Valstar entró en contacto con una organización muy activa en contra del uso del Bisfenol A, que ha estado encima de todo el proceso y parece haber quedado satisfecha con lo que ha visto. La resina de TMBPF ya ha sido empleada como recubrimiento en 15 billones (americanos) de latas de bebidas, comercializadas especialmente en California, un estado particularmente sensible a estas cosas y que ha obligado a que las latas con revestimiento de Bisfenol A (el primo peligroso) lleven una etiqueta que alerte de los posibles riesgos del mismo. La empresa anda ahora buscando la aprobación de la Unión Europea para introducir sus resinas en este mercado.

Ver venir, que decía mi abuela paterna.. Pero no me digáis que no os pongo al día.

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