lunes, 18 de junio de 2018

Toxicidad y etiquetas de los perfumes

En una entrada anterior en la que contaba la historia de los productos comercializados con la etiqueta Heno de Pravia, acababa la misma con una corta reflexión sobre lo que me parece una curiosa moda: el que la gente se prepare sus propios perfumes a base de aceites esenciales de plantas, que se pueden encontrar, cada vez más, en muchos sitios de internet. El argumento para hacerlo no puede ser más quimiofóbico: las grandes marcas de perfumes usan un número importante de compuestos aromáticos de síntesis ("químicos" dicen ahora) y, por el contrario, los aceites esenciales provienen generalmente de plantas y flores naturales, muchas de ellas cultivadas por procedimientos "orgánicos". En esta entrada voy a tratar de demostrar la falacia de semejante planteamiento.

Cuando uno tiene un envase de un perfume en la mano, sea de una marca más o menos conocida o preparado en casa, lo más peligroso para la salud es bebérsela, cosa que no es tan extraño como pueda parecer a primera vista. Existe mucha información sobre la ingesta de colonia, algo bastante habitual por ejemplo en Rusia, fundamentalmente porque un agua de colonia es casi alcohol puro (el vodka "solo" tiene un 40% de alcohol), con un poco de agua y un porcentaje pequeño (alrededor de un 3%) de la fragancia base que da a esa colonia su olor característico. Pero la gente no suele beber colonia por lo general, aunque algunos si la meen, por intrincadas razones de su personalidad.

El uso común de los perfumes, colonias y demás presentaciones de una determinada fragancia implica, generalmente, aplicarlas sobre la piel. Y es bien conocido desde los setenta que una parte pequeña de la población (alrededor del 1%) es sensible a determinados componentes de los perfumes, causando en algunos casos edemas (inflamación) o eritemas (rojez). En otros casos, la aplicación de perfumes produce un fenómeno llamado sensibilización, al atravesar ciertos componentes la membrana de la piel e irse acumulando en nuestro cuerpo, generando reacciones inmunes como la dermatitis por contacto, cuyo efecto puede extenderse en el tiempo.

A lo largo de la historia de la perfumería se han identificado también, mediante experimentos con ratones, algunos casos aislados de componentes fototóxicos, es decir, que se convierten en problemáticos al incidir la luz sobre ellos (como la 3-metil cumarina), neurotóxicos (cual es el caso de un almizcle sintético conocido como AETT) o incluso disruptores endocrino (como el fenil etil alcohol, un componente importante en el aceite esencial de rosa). Tras la constatación de los posibles peligros, esos productos se han ido prohibiendo y, en el caso del último, su carácter peligroso desaparece al llegar a nuestro organismo, donde es metabolizado como ácido fenil acético, un componente natural de nuestra sangre.

Como consecuencia de toda la experiencia acumulada desde los años 70, gracias sobre todo a la IFRA (International Fragance Association, a la que hacía referencia en la entrada mencionada al principio), existe hoy en día un marco legal en continua revisión sobre los ingredientes usados en fragancias, marco legal concretado en la Directiva europea 1223/2009. En ese Reglamento, en las páginas que van desde la 154 a la 163, ambas inclusive, aparece un listado de veintiséis sustancias habituales en perfumería que, al considerarse sensibilizantes, fototóxicos o irritantes, deben declararse expresamente en la etiqueta del perfume si se encuentran en concentraciones superiores al 0,001%. Si, como suele ser habitual, algunas de esas sustancias se emplean en jabones o productos de limpieza para darles algún olor agradable, la normativa establece una concentración límite diez veces superior, al entender que, cuando uno usa esos productos, normalmente se aclara la piel con abundante cantidad de agua. Para la discusión que va a seguir es interesante mencionar que, de esas veintiséis sustancias, solo nueve son productos químicos sintetizados por el hombre, mientras que las diecinueve restantes son moléculas químicas presentes en la naturaleza.

Y la mención a esa normativa me da pie para explicaros algo que generalmente la gente no sabe sobre una etiqueta como la que ilustra esta entrada (que podéis ampliar clicando en ella). Se trata de una colonia (eau de toilette) de las muchas que pueblan el arsenal cosmético de mi Búha. Un producto de la casa Carthusia (delicioso, dice ella), que inició su andadura en 1948 sobre la base de una serie de fragancias basadas en recetas centenarias encontradas en un determinado monasterio italiano. Uno puede pensar que el listado que en ella aparece contiene TODOS los ingredientes del perfume que nos venden. Pues no. La normativa permite ocultar, bajo el término Parfum/Fragancia, la particular mezcla que haya ideado el maestro perfumista para esa marca concreta. Pero si en esa mezcla hay alguna o algunas de las veintiséis sustancias arriba mencionadas en concentraciones superiores al 0,001%, entonces deben declararse en la etiqueta. Podéis contar las que aparecen en el ejemplo de arriba y veréis que, con independencia de que Carthusia haya empleado para esa fragancia sustancias naturales o de síntesis, contiene veintidós de las veintiséis sustancias contenidas en el Reglamento arriba mencionado.

¿Cuántas y en qué concentración puede haber de esas veintiséis sustancias en un perfume preparado por una persona cualquiera a base de aceites esenciales?. Pues nadie lo sabe. Pero lo que si puedo deciros es que muchas de esas sustancias pueden estar en concentraciones muy importantes en determinados aceites esenciales. Por ejemplo, el citral es una sustancia habitual en los cítricos. Se trata de una mezcla de dos sustancias casi idénticas, que los químicos llamamos isómeros: el geranial y el neral. Y así, el petitgrain, un aceite esencial que se extrae de tallos y hojas de algunas naranjas amargas y que, incluso, ha dado el nombre a fragancias de marcas conocidas, contiene un 36% de citral puro. Y el eugenol, otro del grupo de las veintiséis sustancias que venimos mencionando y muy habitual en las etiquetas de muchos perfumes, constituye el 78% del aceite esencial de clavo, botones (flores que aún no se han abierto) secos del árbol del clavo o clavero (Syzygium aromaticum). ¿Lo saben nuestros aventurados perfumistas de andar por casa?. Lo dudo. En cualquier caso, no quiero asustarles. A fin de cuentas, luego van a diluir la fragancia que hayan preparado a base de mezclas aceites esenciales con abundante alcohol y agua y, si no pertenecen a ese 1% de personas alérgicas a algunos de los componentes "naturales" de sus aceites esenciales, no les va a pasar nada. Pero, si me creen, estaría bien que aplicaran el cuento por igual a los componentes sintéticos que también suelen emplear los maestros perfumistas de las grandes casas (Dior, Chanel) en sus atractivos "coupages".

Y espero que no caigamos en recomendaciones como la del CCOHS (Canadian Centre for Occupational Health and Safety o Centro Canadiente para la Salud y Seguridad Ocupacional) un organismo gubernamental de Canadá que ya anda propugnando "espacios libres de aromas" derivados del uso de perfumes, aftershaves o desodorantes, apelando a las molestias que pueden causar a personas sensibles a determinados componentes de esos productos. En el caso de que cayéramos en tamaña sinrazón (algo que no descarto, visto el panorama), reivindicaré la obligatoriedad de ir al trabajo duchado, que el derivado del ácido hexanoico que da lugar al olor del sudor reconcentrado y que ha sido una constante en los espacios en los que he dado clase durante años, también tiene características irritantes para la piel y para el olfato de determinadas personas sensibles (como yo).

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