martes, 12 de agosto de 2008

E-pitillos y Txema Olazábal

Ya he demostrado en repetidas ocasiones que, además de receptáculo de mis fobias con los quimifóbicos y de mis afanes por mostrar aspectos interesantes, o al menos curiosos, de la Química, este Blog es un auténtico diario personal, donde lo mismo surge la comadrona de toda mi vida, que mis achaques de cincuentón o mis devaneos gastronómicos con amigos. Y la entrada de hoy es un ejemplo más de un mix entre unos aspectos y otros.

Había decidido, la tarde de este lunes 11 de agosto, dar unas bolitas en Basozábal, mi club de golf. En parte por mantener mi swing con un aspecto aceptable y, en parte, por escapar del horripilante espectáculo que, por quince días, me ha montado, casi en mi portal, la Brigada ligera del Alcalde que nos gobierna desde tiempos inmemoriales. Delante del nido del Búho se apilan estos días un sin fin de tiovivos, autos de choque, churrerías y otras atracciones infantiles sin cuento, con su inevitable cortejo de bocinas, pestazo de aceite y, sobre todo, niños....Aunque, todo hay que decirlo, prefiero tener que aguantar esto que un Festival de Pop-Rock en plena madrugada.

El caso es que, como digo, subía hacia Basozábal, pensando en cómo organizar una entrada que tuviera como motivo el último vídeo de YouTube que me han pasado, y que es un anuncio de lo que sus vendedores llaman el cigarrillo electrónico o el e-Cig. La cosa recuerda, aparentemente, a esos falsos cigarros de plástico que usan los que no han tenido más remedio que dejar de fumar, pero que no quieren perder la sensación de tener algo que llevarse a la boca. En algunos casos, esos dispositivos llevan incorporados ciertos contenidos de nicotina para ir mitigando el efecto "mono". Pero lo que se ve en el vídeo es algo más sofisticado, una especie de version 2.0 del asunto, en el que la Química juega su papel.

El e-Cig tiene su núcleo duro en una disolución de nicotina en propilenglicol, disolución que se coloca en un cartucho que recuerda el filtro naranja de un cigarro convencional (ver la foto de arriba que, como siempre, se puede ampliar sin más que picar en ella). Ese cartucho, reemplazable, se rosca en el cuerpo principal del cigarrillo de pega, el cual contiene una pila recargable o sustituible que alimenta un circuito con un microchip incorporado. Cuando el fumador inhala, se activa un sensor en el dispositivo que hace que se encienda un LED rojo, situado en la punta del cigarro, que simula la llama. Pero, lo que es más importante, también ordena que se caliente la disolución de nicotina en propilenglicol, que asi se vaporiza y acaba en los pulmones del vicioso.

Lo de la nicotina parece de cajón de sastre pero, ¿y lo del propilenglicol?. Alguien podría pensar que por qué no usar agua, que es más saludable que un glicol. Bueno, pues se emplea este compuesto porque, con su vapor, es posible reproducir el humo de un cigarro normal, humo con el que hacer volutas y otros divertimentos. Veleidades que el vapor de agua no permite. Algunos usuarios dicen que el sabor de la experiencia es más dulce que con un cigarro normal, lo cual tampoco es raro. El propilenglicol es un primo del etilenglicol, de cuyo sabor dulzón ya hablamos en otra entrada.

Partidarios y contrarios del asunto ya andan a la greña en internet. Los primeros dicen que, aún siendo verdad que el fumador virtual se mete en los pulmones dos cosas que no son precisamente angelitos, se eliminan de un plumazo las más de cuatro mil sustancias que pueden aparecer en el humo de un cigarro normal, de las que alrededor de una cincuentena son cancerígenos. Los contrarios al asunto (no me extrañaría que las tabaqueras anduvieran por medio), ya hablan de problemas irritativos derivados del propilenglicol y de la detección de cantidades pequeñas de formaldehído. A su ritmo, algunos Ministerios de Sanidad europeos ya están tomando cartas en el asunto.

Y en las mismas llegué a Basozábal. Aparco, cojo mi bolsa de palos, me encamino al campo de prácticas, voy hacia la zona al aire libre que a mi me gusta y me encuentro de bruces con el mismísimo Txema Olazábal, que andaba por allí soltando el brazo con unos zurriagazos de más de 250 metros. No es la primera vez que me ocurre. Hace unos pocos años, cuando el Txema andaba deshojando la margarita de si retirarse o no por los problemas físicos que le asolaban, compartimos una tarde, sin otros testigos, un delicioso putting-green que pocos visitan al estar un poco alejado del Club. Solo que allí se patea y, en esa suerte, no hay tanta diferencia entre un profesional y un amateur (uno, además, es un reconocido pateador). Lo de ayer era mucho más comprometido para mi orgullo. Así que, tras el esperado formal y escueto saludo entre dos vascos tímidos, no me quedó más remedio, dado el territorio en el que el de las chaquetas verdes se había asentado, que ponerme delante de él y respirar hondo antes de cada golpe. Creo que hoy me duele todo el cuerpo de la tensión acumulada.

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