domingo, 17 de septiembre de 2006

¡Larga vida a los rinocerontes!

Esto de tener lectores de alto nivel, aunque sean amigos, tiene sus ventajas e inconvenientes. Uno tiene que estar preparado a que le detecten el más mínimo gazapo. Y así ha pasado en mi entrada anterior en la que a uno de mis habituales le hicieron falta horas para recriminarme el uso de los términos quitina y queratina en la descripción de las setas. Y no le faltaba razón porque, probablemente en virtud de algún coma etílico, había mezclado churras con merinas. El lapsus ya está corregido pero, como no hay mal que por bien no venga, el apunte me ha servido para comenzar una nueva entrada relacionada con la queratina que, efectivamente, no es la quitina que mi estómago asimila difícilmente cuando me atiborro de hongos poco cocinados como, por ejemplo, los deliciosos y fragantes sombreros al horno que sirven en muchos restaurantes por esta época.

Empezaremos aclarando las diferencias entre quitina y queratina que, con las entradas anteriores, creo que hay background suficiente incluso entre los de letras que me leen. La quitina de las setas es un carbohidrato especial porque, en contra de los definidos en una entrada anterior como compuestos que solo tienen carbono, hidrógeno y oxígeno, la quitina tiene un pequeño porcentaje de nitrógeno. Pero, por lo demás, es una prima cercana del polisacárido que allí llamábamos celulosa, componente fundamental de árboles, frutas y verduras. De hecho, la diferencia entre la celulosa y la quitina es la sustitución de un grupo funcional -OH de cada una de las unidades de glucosa que forman la celulosa, por un grupo diferente, el -NH(CO)CH3, lo que proporciona a la molécula modificada nuevas posibilidades. Entre ellas cabe mencionar la génesis de caparazones más o menos resistentes en algunos bichejos como las cucarachas, o herramientas tan sutiles como las alas de la mayoría de los insectos. Pero, por lo demás, la quitina es un polímero natural de la de mejor especie.

Las paredes celulares de los hongos y las setas son también de quitina (que no de queratina, como apuntaba mi impenitente lector). Ahí juega un papel similar al que realiza la celulosa en la mayoría de las plantas. Ya veíamos en la entrada anterior que hongos y setas son “plantas” un tanto especiales, al no ser capaces de realizar el proceso de fotosíntesis que proporciona glucosa a partir del anhídrido carbónico, el vapor de agua y el concurso de la luz. Los humanos, que siempre andamos buscando la razón del comportamiento de la Naturaleza, hemos aventurado la hipótesis de que hongos y setas han evolucionado hacia la quitina en lugar de la celulosa porque la primera se presta menos que la segunda a sufrir la degradación microbiana. Y como hongos y setas, para poder vivir sin fotosíntesis, exhiben al medio ambiente una superficie externa mayor que los demás vegetales, en forma de los micelios con los que se propagan, necesitan una mayor protección frente a esas agresiones ambientales. La quitina que los compone se lo proporciona.

La queratina es otra cosa. Se trata de una proteína, también una macromolécula, que, en realidad, es un copolímero cuyas unidades repetitivas provienen de los aminoácidos que han contribuido a su génesis. En el caso de la queratina los restos de aminoácidos más abundantes son los de la glicina y la leucina, aunque hay otra media docena provenientes de otros aminoácidos que se encuentran en cantidades representativas. Muchos de esos aminoácidos llevan grupos colgando de la unidad estructural y algunos, como la cisteína, llevan grupos azufre que permiten una reticulación entre cadenas, similar a la vulcanización del caucho que vimos en otra entrada. Ello hace que la queratina sea un sólido bastante rígido. Las uñas y el pelo de los humanos y otras cosas más sofisticadas como el unicornio de un rinoceronte están básicamente constituidos por queratina.

Como casi todo el mundo sabe, los rinos han estado, y están, al borde de la desaparición por culpa de su maravilloso cuerno. Desde tiempos inmemoriales, el polvo del cuerno de rinoceronte tiene la reputación de ser uno de los más potentes afrodisíacos existente. La medicina china, mitad maravilla, mitad superchería, ha prescrito tradicionalmente la ingestión de infusiones de cuerno de rinoceronte como eficaz tratamiento contra la fiebre, la artritis, el lumbago y, sobre todo, la impotencia masculina. Así que con estos precedentes, un cuerno de rino se ha venido vendiendo a precios desmesurados, del orden de varios miles de dólares. Quizás el origen de estas pretendidas propiedades esté en la propia geometría fálica del cuerno y en el hecho de que simbolice las prodigiosas hazañas sexuales del animal: tras alejar gracias a un mejor cuerno a contendientes por la misma hembra, el vencedor se aparea con su trofeo en coitos que duran más de una hora, en las que el macho eyacula más de una docena de veces.

Pero el cuerno de un rinoceronte contiene pura queratina y poco más. Similar a la queratina que constituye las pezuñas de las vacas, las “manitas” de los cerdos y las uñas de los humanos. Así que habrá que proponer algún pomposo proyecto de investigación en el que se esclarezca si los compulsivos comedores de sus propias uñas tienen una potencia sexual por encima de la media. O si las uñas de los vascos, que no parecemos distinguirnos (en promedio) por nuestra actividad sexual, tienen menos queratina que las de los navarros del sur. O si las diferencias entre unos y otros se deben al consumo de estos últimos de manitas de cerdo, cordero y otras lindezas similares. Bromas aparte, la queratina es un bluff en cuanto a pócima afrodisíaca pero, por su culpa, la población de rinos ha sido severamente diezmada durante años.

Y hete aquí que, en este campo, los químicos hemos realizado una plausible labor de sostenibilidad. Hemos inventado las moléculas de Viagra, Cialis y similares. Como ya decíamos en otra entrada, potentes sustancias de síntesis que despiertan sexualmente a un muerto y gracias a las cuales puede que los pobres rinocerontes puedan vivir y dormir tranquilos. Y que dejan a la altura del barro al resto de los llamados afrodisíacos. En el sentido estricto de la palabra, un afrodisíaco es algo cuya ingestión afecta a nuestras emociones y reacciones sexuales. Alcohol y marihuana son tenidos por afrodisíacos suaves pero está claro que lo único que hacen es desinhibirnos y facilitar las cosas. Todos esos otros alimentos usados como afrodisíacos como los plátanos, los espárragos, las ostras, los higos, las zanahorias o los aguacates tienen más de emblemas sexuales que generan reacciones emocionales que de afrodisíacos poderosos. Hay otras sustancias que pueden conceptuarse como afrodisíacos reales y que han sido empleadas en culturas milenarias de Africa. Tal es el caso de la yohimbina, un extracto de la corteza de un árbol africano que parece generar “hormigueos” en hombre y mujeres. Hoy sabemos que se trata de una molécula concreta, sumamente peligrosa a dosis que sobrepasen los centenares de miligramos.

1 comentario:

gabriela dijo...

Recorriendo tu blog, como hago de vez en cuando, me encuentro con este post donde manifiestas la esperanza de que gracias al viagra y similares, puedan sobrevivir los rinocerontes , a punto del exterminio gracias a la ignorancia humana, pero fíjate tú, que diez años más tarde,el problema sigue igual o peor, con mafias que son difíciles de atacar, y donde el dinero es el que manda...

http://pinturitapinturete.blogspot.cl/2016/12/cuernos-mortales.html

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