domingo, 10 de septiembre de 2006

Pequeña pero matona

Setenta y dos entradas y sin hablar del agua. Algo imperdonable para un blog que pretende reflejar la magnificencia e importancia de las moléculas que hacen posible y placentera nuestra cotidianeidad de burgueses occidentales. Y si hay un Tiger Woods de las moléculas esa es el agua, con traineras de distancia frente a las demás. Nótese el espíritu septembrino que ilumina esta entrada. Mientras la escribo miles de aficionados andan animando tripulaciones en la Bandera de la Concha que, ¡qué casualidad!, se disputa sobre toneladas y toneladas del llamado líquido elemento (que no es tal elemento, entendiendo como tal el que sólo está compuesto de un tipo de átomos).

Como decía, el agua es la molécula o compuesto químico más importante existente sobre la faz de la Tierra. No en vano, cubre el 70% de esa faz, dándole el tono azul que muestran las fotos tomadas desde el espacio exterior. El agua es esencial para los organismos vivos que pueblan la tierra. Aproximadamente, el 75% del cuerpo de un niño es agua, mientras que en los adultos la cosa va mermando (como casi todo) hasta valores entre el 50 y el 65%. El cerebro humano es agua en un 75%, la sangre es una dispersión acuosa con 83% de agua y los pulmones llegan hasta el 90% en contenido en agua. Incluso los huesos, la parte sólida de nuestro organismo y, aparentemente, más seca, tienen un 22% de agua.

Para mantener esos niveles, los organismos necesitan de un aporte continuo de agua. Si se quiere, esa necesidad no es tan perentoria como la del oxígeno que respiramos. Mientras, en este caso, debemos respirar de 12 a 16 veces por minuto para aportar la cantidad de oxígeno necesaria, en el caso del agua tenemos una cierta libertad en cuanto a la frecuencia con la que debemos beber. Pero, en cualquier caso, nuestro organismo necesita agua de forma inexcusable. Podemos tirarnos semanas sin comer, pero no más allá de 5 o 7 días sin ingerir agua. Las cantidades necesarias de aporte acuoso no parecen muy claras. Hemos pasado de recomendaciones en torno a 2 litros diarios a extrapolaciones como la potomanía, bastante introducida en las sociedades occidentales, en las que hay gentes que se pasan el día colgados a una botella de agua como único alimento. Recientemente, he leído recomendaciones de cardiólogos eminentes llamando la atención sobre los peligros de un consumo desmesurado de agua. Y en cualquier caso, hay que leer la letra pequeña de las recomendaciones médicas. Ingerir dos litros de agua no quiere decir ingerir sólo agua de grifo o botella. Lo mismo que nos recuerdan que hay agua en las frutas, el Búho os recuerda que hay mucha agua en el vino, la cerveza o la sidra, en los zumos, en el café, en las infusiones. Algunas son médicamente incorrectas pero, en cuanto al agua, haberla hayla....


Aunque el agua parece rodearnos de forma ubicua, la que podemos emplear como bebida es un bien escaso. La gran mayoría del agua existente en la Tierra (alrededor del 97%) es agua de mar, con un contenido en sal lo suficientemente elevado como para impedir su consumo por parte de la mayoría de los seres vivos. Y del 3% restante la mayor parte está en forma de hielo en los casquetes polares, con lo que las estimaciones de aguas realmente disponibles para el consumo humano en ríos, lagos, acuíferos, etc. rondan el misérrimo 0.01%.


Como apuntábamos antes el agua no es un elemento sino un compuesto químico. Un compuesto sencillo, constituido por dos átomos de hidrógeno unidos a un oxígeno central próximo. Un compuesto de pequeño tamaño, similar a moléculas como el oxígeno, el nitrógeno, el anhídrido carbónico o el pestilente ácido sulfhídrico. Y, sin embargo, todos estos son gases a temperatura ambiente, mientras que el agua es un líquido que hay que calentar hasta 100ºC para que pase al estado gaseoso en forma de vapor de agua. Si en lugar de calentarla, la enfriamos, el agua congela a 0ºC y, en ese estado sólido, manifiesta propiedades igualmente inusuales. Cuando el agua solidifica su volumen aumenta, cosa que no hacen otras sustancias en las que, generalmente, el proceso de solidificación implica una disminución de volumen. En esta propiedad característica descansa el lento pero eficaz proceso destructor de rocas y otros sólidos por parte de agua. Introducida en pequeñas cantidades en las grietas de los mismos, al congelarse, realiza un efecto cuña en los intersticios que acaba por desmoronar lentamente la estructura del sólido. Las peculiares características del agua se deben a la formación de enlaces por puentes de hidrógeno entre las moléculas de la misma. A diferencia de un enlace covalente normal, que supone una real y física atadura entre átomos, los enlaces de hidrógeno son fuerzas débiles, del tipo de la atracción entre los polos de los imanes, que pueden romperse si se hace un esfuerzo modesto pero que si no hay tal, permite que las moléculas permanezcan juntas, algo impropio de un gas, en el que cada molécula va a su bola. Es por esa razón que el agua se nos presenta como un líquido a temperatura ambiente.


En años recientes, las peculiares características del agua se han podido exprimir algo más. En una entrada anterior hablábamos de los fluidos supercríticos como gases que, situados en ciertas condiciones de presión y temperatura, exhibían comportamientos que estaban a caballo entre los del estado líquido y el estado gaseoso. Nos centrábamos allí en el CO2 supercrítico, el más representativo de la familia, al estar ya introducido en procesos industriales como la eliminación de cafeína o en procedimientos novedosos de limpieza en seco. Pero el vapor de agua, por encima de 374ºC y 220 atmósferas de presión, es también un fluido supercrítico. Ciertamente son condiciones de presión y temperatura que uno no puede disponer en su casa, pero que están siendo investigadas con la mira puesta en ciertas aplicaciones ciertamente relevantes. Esas condiciones se han alcanzado en el interior de la Tierra durante cataclismos telúricos que han modelado nuestro planeta. Pensando en ello, se han conseguido sintetizar cristales de cuarzo en presencia de agua supercrítica, cristales que son de utilidad en el ámbito de la telefonía móvil. Pero esas condiciones son tan desmesuradas que exprimen todo el potencial oxidante del agua y, en ese sentido, se están investigando tratamientos de residuos con agua supercrítica para eliminar contaminantes peligrosos como los hidrocarburos poliaromáticos o los polibifenoles clorados. Bien es cierto que precisamente por esa alta capacidad de oxidación hay que emplear reactores de titanio o de aceros inoxidables especiales, lo que redunda en un costo importante de las operaciones.

La ubicuidad y la importancia del agua en nuestras vidas la ha convertido también en blanco fácil a la superchería. En este blog y en otra entrada ya hemos hablado de la “memoria del agua” que los homeopáticos más ilustrados han querido introducir como variable sofisticada que explique lo inexplicable. Pero hay muchos más ejemplos, algunos recientes, de la pseudociencia que se ha hecho en torno al agua. Quizás la más antigua sea la cuestión del agua magnetizada, un concepto que lleva apareciendo regularmente, cual Guadiana, desde hace casi tres siglos.

La fascinación por el magnetismo alcanzó a nuestro admirado Paracelso quien ya a principios del siglo XVI empleaba la piedra imán o magnetita para tratar lesiones. Su acción a distancia parece estar en el origen de esa fascinación. Un siglo después, Robert Fudd, todo un artista de la superchería que también propagó el molino de harina de movimiento perpetuo, introdujo las curas magnéticas en Inglaterra, haciendo que los pacientes se colocaran en “posición boreal” (cabeza hacia el norte, pies hacia el sur) para que la aplicación de las piedras magnéticas tuvieran su efecto óptimo. El agua entra en el entorno de la magnetización hacia 1770, con Franz Mesmer que se trasladó de Viena a Paris para curar pacientes haciendo que se sentaran en torno a una cacerola llena de agua “magnetizada”. Los pacientes sujetaban unas barras de hierro magnetizado mientras que Mesmer agitaba la perola con barras similares. La cosa acabó mosqueando a los médicos parisinos de la época que veían con espanto la merma de sus ingresos. Así que constituidos en lobby consiguieron que Luis XVI nombrara una Comisión Real para estudiar la eficacia de los métodos de Mesmer, Comisión de la que formaron parte Lavoisier y el propio Benjamin Franklin, el gran gurú de la electricidad y que se encontraba en París como representante del Gobierno americano. Tras múltiples e ingeniosas pruebas la Comisión concluyó que el “mesmerismo” era un camelo y que sus posibles éxitos se debían fundamentalmente al efecto de la sugestión en los potenciales pacientes. Mesmer tuvo que poner tierra por medio y volverse a Austria con el orgullo magnético entre las piernas. Pero la idea del agua magnética ha quedado en el ambiente de la llamada medicina alternativa y, a lo largo de los años, se han ideado diferentes métodos, utensilios para los grifos, cacerolas y demás artilugios para la génesis de agua magnética de innumerables propiedades curativas. La moda del agua magnética es sinusoidal y aparece y desaparece con una cierta periodicidad.

Algo más sofisticada en sus planteamientos es el agua dialítica, conseguida gracias a unas piedras maravillosas que se venden comercialmente bajo la marca comercial Slackstone II y cuyas maravillas podéis leer en una bien preparada página web, cuyo descubrimiento debo a mi buen amigo Xabi Gutierrez. Estoy seguro que, cuando le hablaron de este agua, pensó en que de algo le serviría en su continuo inventar nuevas recetas para su mentor Juanmari Arzak. El concepto de agua dialítica se debe a un jesuita español de familia de renombre, el Padre Martín Artajo (1904-1984), una persona cuyo historial parece de lo más serio y fiable y que, probablemente, obraba de buena fe. Pero el planteamiento en el que se basa su propuesta no resiste el más mínimo análisis quimico-físico. De acuerdo con la propuesta del jesuita, el tratamiento de agua normal con las misteriosas piedras que, años después, se venden como Slackstone II, provocan un cambio en el ángulo que forman los dos enlaces entre el oxígeno central y los dos hidrógenos del agua. En lugar de los 105º que aparecen en todos los textos académicos, el método Slackstone provoca que el agua tenga un ángulo entre los dos enlaces inferior a ese valor y, lo que es aún más sorprendente, que lo mantenga después de cesar el tratamiento con las piedras mágicas. Gracias a ese nuevo ángulo, el agua del Padre Martín Artajo tiene unas capacidades de disolver sustancias que sobrepasan con crece las innatas del agua natural. Y de ahí su nombre de dialítica, en el sentido de agua ideal para tratamientos contra piedras en riñón y vesícula, generalmente acumulaciones minerales de baja solubilidad en el agua que nos constituye. Como mis lectores inteligentes podrán comprender, el agua sigue siendo estudiada en profundidad por miles de equipos de investigación a lo largo y ancho del mundo, con las miras puestas en una gran variedad de aplicaciones y teorías. Si la teoría del Padre M. Artajo fuera cierta, las repercusiones en ámbitos de ciencia básica y aplicada serían tales que habría bibliografía abundante sobre el tema, algo que no ocurre.

Una segunda aportación sobre aguas “milagrosas” debida a lectores del Blog se la debo a mi buen amigo (y antiguo estudiante de Doctorado) el Dr. Jokin Alfageme, hoy profesional de relieve en una conocida empresa de material polimérico para envasado próxima a Vitoria-Gasteiz. Jokin tiene una chica que, en lugar de llevarle la contraria en las cosas más o menos banales en las que discutimos las parejas, le martiriza con un interés desmesurado por la medicina alternativa, algo que un buen lector del Blog del Búho difícilmente puede aceptar con resignación cristiana y conyugal.

En un clásico planteamiento de estas supercherías, las Dras Del Río (madre e hija) juegan con conceptos más o menos de moda como los cristales líquidos, un estado de la materia a caballo entre el líquido y el sólido cristalino, con apelaciones a investigaciones de gente bien conocida como el Premio Nobel de Química (y de la Paz) Linus Pauling y sus propuestas sobre la formación de clatratos en el agua, para sugerir que esas agrupaciones de agua permiten viajar a la luz y a la energía (sic) por nuestro cuerpo a velocidades increíbles, transmitiendo información y (aquí aparece el Gran Atractor, la salud), permitiendo curar cánceres resistentes mediante la simple aplicación de compresas humedecidas con ella. De nuevo, ni rastro apreciable de este tipo de “medicamentos” en las revistas médicas más conocidas.

Tenía yo esta entrada más o menos pergeñada cuando en una de esas tertulias de radio de los sábado o domingos alguien empezó a hablar de la moda de los balnearios y SpAs. Para quien no lo sepa SpA viene de Salute per aqua pero para el que allí pontificaba hay una diferencia clara entre Balneario y SpA. El SpA es simplemente un divertimento ligado al agua, mientras que los Balnearios son establecimientos de carácter médico en el que determinadas enfermedades se curan con la clásica panoplia de chorros, ingestiones y sudarinas, algo que, como en el caso de la homeopatía, poco ha cambiado con el devenir del tiempo. Yo llevo varios años pasando días de vacaciones en la Isla de La Toja, con su Gran Balneario, sus jabones, sus colonías y su pequeño pero maravilloso Golf que es lo que, con la quietud de la Ría de Arosa, más me llama la atención del lugar. Conozco otros Balnearios en el País Vasco, en Cataluña y en otras regiones españolas y europeas. Y he tenido una abuela que se ha tirado años bebiendo Agua del Balneario de Alzola, caliente, contra sus piedras en la vesícula. Creo que para los que me siguen huelga todo comentario. El agua es agua. Su contenido en ciertas sales puede que alivie algún trastorno de la piel. Puede que los baños y los chorros relajen. Pero nada más. Ni me convence la disyuntiva Balneario/SpA ni me creo las bien publicitadas propiedades terapéuticas de muchos de esos establecimientos. De vacaciones se curan hasta los muertos....

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Boredom is the highest mental state, según Einstein. Pero, a veces, aburrirse cansa. Y por eso ando en esto, persiguiendo quimiofóbicos.