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sábado, 16 de julio de 2011

Aditivos encubiertos

No es oro todo lo que reluce en este Blog. A veces os meto unas trolas, por lo general inofensivas, del carajo. Todo sea por la prestancia del conjunto. Sin ir más lejos, hace menos de tres meses, colgué una entrada sobre una "increíble" bolsa hecha 100% de puro bambú, aunque nuestros estudiantes constataron que su composición contenía polietileno corriente y carbonato cálcico para abaratar el precio. Ahora tengo que entonar el mea culpa de esa entrada porque, para novelarla un poco y no descubrir a los encubridores de semejante patraña, identificaba a la dueña de la tienda ecológica que proporcionaba las bolsitas como una amiga mía. Un recurso literario. No tengo el placer de su perfil físico, aunque reconoceré que, trás conocer la composición de la bolsa, le llamé por teléfono para hacerle partícipe de nuestros resultados e, incluso, le dejé en la tienda un sobre con los espectros infrarrojos que evidenciaban la composición de la interfecta. Resultado: mutis total de la airada empresaria.

El caso es que no es el único fraude detectado. En la misma tienda se venden mermeladas de diversas frutas. Una de ellas a base de kiwi, contiene kiwi (pues sólo faltaba), fructosa de maíz (de la que también podríamos hablar), pectina como gelificante y ácido cítrico como regulador de acidez. Todo muy natural desde un punto de vista fonético. Pero mira por donde la cosa (como la vida misma) es algo más complicada. Mi primera idea fue colocar el link a la página de la tienda donde aparece esa mermelada, pero he optado por no hacerlo, que este es un pueblo muy pequeño y nos conocemos todos. En cualquier caso, la web está llena de casos similares.

La pectina está en muchas frutas como los membrillos y las manzanas. Podría entenderse de la etiqueta que los fabricantes de la citada mermelada andan, manzana va membrillo viene, usando esas frutas para proporcionar la pectina adecuada a su mermelada. Nada más lejos de la realidad. La pectina es un producto derivado de la perversa actividad industrial de algunos humanos que, finalmente, la venden en frascos como el que se muestra en la foto de arriba. Empleando alguno o varios de los diversos frutos que contienen pectina, sus pulpas se tratan con disoluciones ácidas de pHs entre 1.5 y 4. Despues de varias horas de tratamiento en los que las cadenas de pectina (un polímero que nosotros llamamos ramificado) pierde parte de su ramificación y se rompe en trozos más pequeños, el resultado se disuelve finalmente en agua. De esa disolución acuosa, la pectina comercial se precipita usando etanol o isopropanol. Hace años se usaban, eficientemente, sales de aluminio pero, dada la mala prensa del aluminio, se ha optado por eliminarlas y emplear los alcoholes mencionados. El precipitado así obtenido se separa, se seca y se vende en forma de un polvo blanco.

Algo similar pasa con el ácido cítrico de la etiqueta de nuestra mermelada tipo. Uno podría pensar que la empresa fabricante de la misma se pasa el día exprimiendo limones para adicionar su jugo a la mermelada. ¡Craso error!. El ácido cítrico que se añade como regulador de acidez es un producto industrial, en este caso vendido con el código alimentario E-330. Se obtiene en un proceso que se conoce desde finales de los años veinte del siglo pasado y que implica la fermentación de mezclas ricas en glucosa y sacarosa por un hongo llamado Aspergillus niger. De la mezcla resultante de la fermentación, el ácido cítrico se precipita en forma de citrato cálcico, mediante la adición de hidróxido cálcico. Una parte pequeña de citrato cálcico también se vende como aditivo alimentario (E-333), pero la mayor parte se destina a obtener ácido cítrico puro, en forma de cristales, mediante su tratamiento con un producto químico que todo el mundo identifica como "inofensivo" y que llamamos ácido sulfúrico (¡toma química natural!).

Esa es la verdad de dos de los componentes de la mermelada ecológica que vende "mi amiga". Al menos en este caso no nos mete un gol como el de la bolsa de bambú. Pectina y ácido cítrico están ciertamente en la mermelada que venden. Sus suministradores han preferido obviar el (pequeño) detalle de incluir, tras sus nombres, el código europeo de ambos aditivos alimentarios. La legislación europea les ampara, ya que es obligatorio indicar la categoría funcional (p.e., gelificante), seguido del nombre específico o el código E asignado (gracias, Jesús). Pero el optar por la primera de las posibilidades no deja de ser una perversidad más de eso que algunos llaman marketing, cuyas paridas nadie parece controlar. No andan lejos de auditores que solo ven la paja en el ojo ajeno, agencias de rating a las que se les escapó la quiebra de Lehman Brothers o las que conceden las Q de calidad. ¿Quien controla al controlador?.

Good night, folks!.


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domingo, 26 de marzo de 2006

Experiencias de cátedra y el urologuillo valiente

Siempre me han gustado las experiencias de cátedra. Sobre todo ahora que tengo pocos alumnos, me encanta bajar a mis clases con un trozo de CO2 sólido para explicar la sublimación o con una pequeña bomba de vacío y mostrar sus efectos en el cierre de un recipiente o en la ebullición a baja temperatura de un líquido. Pero lo del Dr. Brindley, un neurofisiólogo inglés es llevar la pasión por las experiencias de cátedra un poco demasiado lejos.

Este ciudadano presentó una ponencia en un Congreso de Urología celebrado en Las Vegas en 1983 de forma muy convincente. Su contribución versaba sobre un tratamiento para el síndrome de disfunción eréctil, forma académica de describir que el pene no cumple con los requisitos previos para una buena penetración. Su hipótesis era que una molécula orgánica, la fenoxi benzamina, era un buen remedio contra los primeros síntomas de impotencia masculina. Y ni corto ni perezoso, unos cuantos minutos antes de su presentación, Brindley, que a la sazón era ya un maduro de 57 años, se inyectó la sustancia en su propio pene. Cuando subió al estrado los efectos ya eran evidentes y el decidido inventor se paseó por la audiencia mostrando dichos efectos y animando a los asistentes a que tocaran su enhiesto órgano y comprobaran que allí no había ni trampa ni cartón.

La divertida historia sirve para decorar el inicio de una serie de moléculas destinadas a producir el mismo efecto, el ejemplo más conocido de las cuales es la famosa “blue pill” o Viagra.

Brindley había llevado a cabo una serie de experiencias antes del Congreso de Las Vegas, animado por la sugerencia de un colega que le había hecho ver que sustancias que sirven para bajar la presión arterial pudieran tener el efecto contrario en el llenado de los vasos sanguíneos del pene durante la erección (ver aquí). Brindley probó diversas sustancias como la papaverina, que ha sido utilizada por actores porno en su complicado trabajo. Los trabajos de Brindley se acompañaron por la puesta en el mercado de sustancias inyectables con el mismo efecto, como el Caverject de Pharmacia&Upjohn. Pero claro, no tiene mucha gracia el tener que andar taladrándose el pene con asiduidad.

A finales de los años ochenta, dicen que accidentalmente mientras buscaban principios activos para las anginas de pecho, los laboratorios de la Pfizer descubrieron que el citrato de sildenafilo tenía éxitos notables en producir y mantener erecciones en hombres con y sin problemas. Y así nació el Viagra. El éxito ha sido tal que la competencia reaccionó enseguida y Eli Lilly comercializa ahora el Cialis, Glaxo vende Levitra, etc. Y nadie tiene que andar agujereándose el pene.

Dada mi provecta edad, ni que decir tiene que sigo la bibliografía sobre estas moléculas con tanto interés como la que tiene que ver con las propiedades de transporte de gases y vapores a través de filmes poliméricos..... La pregunta que queda ahora en el aire es si la popularización de estos fármacos va a servir simplemente como una herramienta más en los divertimentos eróticos del personal o va a generar una auténtica revolución sociológica entre la tercera edad. Tiempo al tiempo.

Nota: Esta entrada ha sido actualizada en setiembre de 2014.

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viernes, 18 de julio de 2025

Plastifóbicos bajo sospecha. Las tortillas del CSIC, un año despues.

Ahora hace un año (el 18 de julio de 2024), comentábamos aquí una noticia que me hacía llegar un lector del Blog, noticia publicada en ABC y cuyo titular decía, literalmente, “El CSIC detecta tóxicos en envases plásticos y alerta del riesgo de su transferencia a los alimentos al calentarlos”. Aunque lo que llamó la atención de mi comunicante no fue el titular sino el hecho de que la noticia hablara, específicamente, del caso de las tortillas que se venden en supermercados, listas para calentar y comer. Cuando me leí el artículo periodístico, constaté que la científica a la que entrevistaban reconocía que el estudio no se había publicado aún, una práctica que parece ser habitual en ella (puse otros ejemplos en esa entrada), siguiendo aquello de “vender la piel del oso antes de cazarlo”. Una práctica que me cabrea sobremanera porque, cuando leo noticias destinadas a alarmar a la gente, lo que me gusta es poder leer el artículo del que, presuntamente, se sacan las conclusiones que se publicitan. Así que, al final de la entrada, os prometía dejar pasar un año para ver si el asunto de las tortillas había acabado por salir en algún artículo científico.

Os puedo confirmar que el artículo ha salido, publicado por la revista Journal of Hazardous Materials. Y como suele ser habitual en cada publicación científica, se suele reseñar el proceso de revisión que la mismo ha sufrido por parte de la revista. Según se puede leer en el artículo, éste se recibió en la revista el 5 de febrero de este año 2025. Parece que hubo algún problema en un primer análisis por parte de los revisores, con lo que se presentó una versión corregida el 7 de abril, que se aceptó el día 15 de abril y se publicó online dos días más tarde. O sea, que el artículo salió del ordenador de los autores casi siete meses después de que la investigadora principal del mismo propagara sus datos en los medios. Y se publicó, en su versión aprobada tras la revisión por pares, que es la que importa, nueve meses después. Que yo sepa, ningún medio ha comparado lo que dijo la autora hace casi un año (fácil de leer) con lo que realmente dice ahora el artículo (prolijo en siglas y números). Entre otras razones porque los propios autores ya se encargarán de que la oficina de prensa de su Centro no pase noticia alguna a los tribuletes. Con lo que el daño creado por la alarma difundida hace un año permanece inalterable en las hemerotecas. Pero, al menos en este caso, vuestro Búho se ha leído en profundidad el artículo científico publicado y, sin cobraros nada, os lo cuenta.

En el artículo se analizan 109 muestras de diferentes alimentos comprados en tiendas y supermercados, cubriendo toda una gama que va desde alimentos infantiles a aceites pasando por cereales, legumbres, azúcar y edulcorantes, condimentos, productos lácteos y huevos, frutas y vegetales, pescados y productos cárnicos. Envasados en diferentes tipos de envases (no solo en plástico) o vendidos simplemente envueltos en los papeles que se usan en carnicerías y pescaderías. Adicionalmente, se compraron muestras de alimentos envasados en plástico y preparados para ser calentadas en un microondas. Concretamente, dos de brócoli, dos de purés vegetales, dos de patatas y dos de las mencionadas tortillas. Además, unas pechugas de pollo y unos filetes de cerdo se cocinaron al horno dentro de unos envases de polietilen tereftalato (PET) que se suelen utilizar para recoger los jugos que se desprenden durante la cocción y, de paso, no manchar el horno. Tanto en el caso de los cocinados en microondas como en horno convencional, se analizaron los alimentos antes y después de la cocción, para investigar la posible migración de sustancias químicas del envase al alimento.

Cada muestra fue analizada a la búsqueda de 45 sustancias químicas usadas como plastificantes (sustancias utilizadas para hacer que los plásticos sean más blanditos), pertenecientes a tres familias diferentes: los denostados ftalatos (PAEs, su acrónimo en inglés), plastificantes sin ftalatos (NPPs), alternativa de los anteriores y, en tercer lugar, los que interesan sobremanera al grupo de investigación autor del artículo, los ésteres organofosforados (OPEs) que, además de como plastificantes, se usan y han usado como retardantes a la llama en electrodomésticos, muebles, etc. Los autores resumen sus resultados diciendo que el 85% de las muestras exhibían la presencia de al menos uno de los plastificantes investigados. La concentración total media de los aditivos fue de 65 nanogramos /gramo (ng/g) de muestra, siendo más alta en las carnes (193) mientras que en otros casos, como en los aceites, los plastificantes eran indetectables.

Si ya particularizamos en las tres familias de plastificantes investigadas, los plastificantes sin ftalatos eran los detectados más frecuentemente (en un 65% de los casos) con una concentración media de 12.4 ng/g. Los ftalatos se detectaban en el 51% de los casos con una concentración media de 1.07 ng/g, mientras que los organofosforados aparecían en un 52% de los casos con una concentración media de 0.17 ng/g. Es decir, y esto es de mi cosecha, los considerados más peligrosos (OPEs y PAEs) y que la investigadora principal no olvida nunca de mencionar a la prensa, estén sus estudios relacionados con ellos o no, están en cantidades entre 10 y 100 veces inferiores a los de la tercera familia. Entre los pertenecientes a ella, los más abundantes en el muestreo efectuado son el tributil acetil citrato (ATBC) y el etil hexil adipato (DEHA). Se trata de aditivos que, como he mencionado, se introdujeron como alternativos a los ftalatos y considerados seguros tanto por la FDA americana como al EFSA europea, como el artículo reconoce.

Pero dejémonos de cifras y siglas y vayamos a lo que quizás, a estas alturas de la película, os estaréis preguntando. ¿Pueden las cantidades detectadas y, en muchos casos, cuantificadas resultar peligrosas para nuestra salud? Para evaluar el riesgo potencial, los autores calculan primero la ingesta diaria de esos plastificantes a través de los alimentos investigados y su participación en la dieta habitual de tres diferentes segmentos de la población (adultos, niños y recién nacidos). Una vez hecho eso, evalúan el cociente de peligrosidad (HQ) de cada una de esas sustancias, dividiendo la ingesta diaria de ellas entre la cantidad a partir de la que comienza a ser peligrosa esa ingesta, según marca el criterio de las agencias que velan por nuestra salud. Un valor de 1 o superior de ese HQ indicaría que la ingesta de una sustancia puede poner en riesgo nuestra salud. Pues bien, considerando los valores medios de las concentraciones encontradas, dichos valores de HQ son cientos y hasta millones de veces más pequeños que esa linea roja que marca el valor HQ=1.

Es verdad que en toxicología, al hacer estimaciones del HQ, los toxicólogos toman muchas medidas de prevención y evalúan los riesgos en escenarios más extremos. Y así, más que usar la media de los valores encontrados, usan el llamado percentil 95%, el valor más alto por debajo del cual están incluidos el 95% de todos los valores encontrados (recordad el percentil a la hora de medir o pesar a los niños. Si están en el percentil 95% quiere decir que ganan al 95% de la muestra). Tomando como valores esos percentiles 95%, el escenario más protector de los usuarios, en lugar de los valores medios, los valores HQ evidentemente suben pero, aun y así, resultan ser entre decenas y miles de veces más pequeños que 1. Solo en un caso (el DEPH ya citado y en niños de hasta un año) el HQ llega a valer 1.79, algo que casi es anecdótico.

Hay algún otro comentario que no puedo dejar de hacer. Por ejemplo, la metodología experimental para extraer esos plastificantes y poder así analizarlos convenientemente con las potentes técnicas analíticas que tiene los investigadores, tiene poco que ver con lo que ocurre en el tracto digestivo de los humanos que ingieren esos alimentos. Antes de analizar cada muestra, 1 gramo seco de cualquiera de los alimentos se extrae dos veces con una mezcla de hexano y acetona con agitación por ultrasonidos durante 15 minutos. Luego siguen otros procesos de centrifugación, intercambio de disolventes, evaporación de los mismos y vuelta a centrifugar. Nada que, desde luego, va a pasar en nuestro tracto gastrointestinal. Que se extraigan mejor o peor y pasen a nuestro organismo pudiera ser debatible pero no nos consta.

Bueno, ¿y qué ha pasado con las famosas tortillas de mi comunicante? Pues algo bastante sorprendente a tenor de lo que parecía indicar la noticia de ABC de hace un año. Tras introducir un envase, como el que veis en la figura que ilustra esta entrada, en un microondas a 800 W durante 3 minutos, los plastificantes de tipo no ftalato, pasan de no ser detectados a 3.12 ng/g, los esteres fosforados no se detectan ni antes ni después de la cocción y los ftalatos bajan de 66.5 ng/g a 56.2 ng/g. Así que, si hacemos lo que hacen los autores en la Tabla 2 de su artículo (de la que he tomado esos resultados) y sumamos los contenidos totales de las tres familias, el contenido total en plastificantes de las tortillas pasadas por el microondas es inferior al que tenían antes de cocinarse. Justo lo contrario de lo que decía la investigadora principal del artículo en ABC.

Y si nos fijamos en los alimentos cocinados en bolsas de PET en un horno a 180º durante 30 minutos (incluidos también en la Tabla 2), los resultados son aún más sorprendentes por lo erráticos. En el caso del pollo los plastificantes más abundantes son los de tipo no ftalato que aumentan de 43.4 a 73.7 ng/g. Los ftalatos pasan de 9.20 a no poder ser detectados una vez horneados (!) y los ésteres fosforados no se detectan ni antes ni después. Así que, en conjunto, la suma de plastificantes aumenta con la cocción de 52.6 a 73.7 ng/g, únicamente debido a los plastificantes de tipo no ftalato. Pero si uno hornea, en el mismo tipo de bolsa de PET, una porción de cerdo, los plastificantes de tipo no ftalato no se detectan ni antes ni después del horneado, los ftalatos vuelven a desaparecer durante el horneado (de 18 ng/g a nada) y los ésteres fosforados aumentan muy levemente desde 1.11 ng/g a 1.36. Con lo que la concentración total disminuye de 19.1 ng/g antes de hornear a 1.36 después de hornear. Con este batiburrillo de datos y tendencias yo no sacaría muchas conclusiones sobre el efecto de hornos y microondas en la transferencia de plastificantes.

En la entrada del Blog que mencionaba arriba, otra comunicante decía que a ella le interesaba más el tipo de sustancias que podían trasmitirse a su niña desde esos pavimentos de plástico que suele haber en los patios de los colegios, sobre los que el mismo grupo del CSIC había publicitado cosas igualmente alarmantes, aduciendo que a lo largo de 2025 se publicaría otro artículo que lo demostraba. Por ahora no lo encuentro pero seguiré comprobando si se publica o no. Y también os prometo, en breve, una nueva entrada sobre otro caso del que ya hablamos hace meses (las espátulas y otros utensilios negros para cocinar), pero que sigue teniendo derivadas interesantes.

De Sergei Rachmaninov (cuya música os propuse en la útima entrada), un extracto del primer movimiento del Concierto para piano No. 2 con Kirill Gerstein al piano, la Filarmónica de Berlín y Semyon Bychkov a la batuta, que seguro que, entre concierto y concierto, andará, como suele, disfrutando de la gastronomía vasca a uno y otro lado de la frontera, acompañado de su pareja, la pianista Marielle Labèque.

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martes, 26 de septiembre de 2006

Química, mente y SevenUp

Oscar Martínez Azumendi

Me invita el Búho a participar en su “blog”, proponiéndome “algo que relacione química y psique”. Menudo compromiso. De entrada presupongo que lo más indicado será hablar de los diferentes compuestos químicos, los neurotrasmisores, que acompasan el funcionamiento del Sistema Nervioso Central, rector de muchos funcionamientos automáticos del organismo y base de operaciones donde se sustentan el pensamiento y las emociones.

Algunos de los más conocidos, de mayor o menor interés dependiendo de las modas psiquiátricas imperantes, son la noradrenalina, la dopamina, la serotonina y la acetilcolina, protagonistas de una sugestiva serie de investigaciones que llevó (creo que fue por el Presidente Bush padre) a bautizar las postrimerías del pasado siglo como la “Decada del Cerebro”, prodigiosa también sin duda. Los avances han sido muchos, pero no tantos como los presupuestados, y aunque algo nos ayudan a mitigar el dolor inevitablemente asociado a nuestra condición humana, también han alimentado expectativas exageradas asociadas a supuestas píldoras de la felicidad. En cualquier caso, aunque cada vez conocemos más de los posibles desequilibrios químicos asociados a los anímicos, todavía estamos muy lejos de entender el mágico paso por el que la liberación de una minúscula gotita en nuestro cerebro permite la resolución final del Sudoku diario o hace asomar una furtiva lágrima tras un sentimiento que definimos como ternura.

Así que el tema me ha resultado muy arduo de abordar, previsiblemente en gran riesgo de desarrollarlo demasiado académicamente y, con toda probabilidad, traicionando el carácter espontáneo del “blog”. Puesto a considerar posibles alternativas eché mano de mis experiencias e identidad recóndita de químico, esa que muchos conservamos de nuestra infancia proclive a los “experimentos”, sublimados de forma exquisita con la inevitable “Cheminova”. De ahí, el salto a la tabla periódica, ¡esa si que abría posibilidades infinitas a las mezclas imposibles!. Bajo el hidrógeno encontrábamos el litio, sodio, potasio… y aquí es donde me voy a plantar, no para hablar del Na+ o del K+, iones fundamentales para entender la transmisión eléctrica del impulso nervioso desencadenado por la liberación de los ya desechados neurotrasmisores, sino del Litio (Li+), primer elemento de los llamados metales alcalinos.

Se atribuye su descubrimiento al químico suizo Arfvedson, que lo aisló de la petalita en 1817, bautizándolo en referencia al griego lithos que significa “piedra”. De forma sorprendente para un metal, el litio es más blando que el talco y menos denso que el agua, lo que, junto a su capacidad para reaccionar de forma violenta y potencialmente explosiva con ésta, hizo que alguien con suficiente humor como conocimientos de química aseverara que sería un gran metal para construir aviones si no fuera tan blanducho y no explotara en días lluviosos. Siendo muy abundante en la naturaleza, normalmente no se encuentra en forma libre sino en minerales como la espodumena, petalita y lepidolita que, en mi época de coleccionista, aprendí a clasificar como “silicatos de alto contenido en litio”. También puede encontrarse en las aguas marinas y algunas minerales. En cantidades menores aparece en el reino vegetal y, ya en nuestro cuerpo, se incluye, no sin cierta controversia, dentro de los oligoelementos o elementos traza, elementos químicos esenciales pero que se distribuyen en cantidades minúsculas en el organismo.

La historia del litio en medicina resulta curiosa y demostrativa de muchos de los tópicos asociados al desarrollo y utilización de los tratamientos farmacológicos, como son aquellos referidos a descubrimientos debidos al azar, utilización empírica de un producto sin conocimiento de sus mecanismos últimos de acción, cuestiones relativas al papel de las modas en la generalización de un tratamiento, indicaciones equivocadas con la consiguiente aparición de efectos secundarios insospechados o el papel de los beneficios económicos esperables para el mayor desarrollo de la investigación de un producto que, en este caso, serán previsiblemente pocos ya que no se trata de una molécula compleja conseguida tras una ardua síntesis sino de un elemento mondo y lirondo.

Tras su descubrimiento, se observó experimentalmente que el litio se combinaba muy bien con el ácido úrico produciendo una solución soluble. Esto hizo pensar que podría tener cierta utilidad para disolver y prevenir los nódulos de la gota (los causantes de los vendados y dolorosos pies de algunos personajes de los tebeos de nuestra infancia), lo que llevo a ensayarlo, a lo largo del S. XIX, en el tratamiento de muy variadas enfermedades como los cálculos renales, uremia, gota y reumatismo. El entusiasmo se extendió rápidamente a la población general que premió con el consumo a algunas aguas minerales alcalinas con un alto contenido en litio. Algunas de ellas todavía se comercializan como las conocidas Perrier o Vichy. ¡Ahora entendemos la fe de la abuela del Búho en las aguas de Alzola, también de alto contenido en litio!. Tal aceptación popular, sin duda con características cercanas a la superchería apoyada en la inmutable credulidad humana, hizo que se propusieran suplementos minerales de alto contenido en carbonato de litio para elaborar agua litinada, como los Lithinés del francés Dr. Gustin que invadieron igualmente nuestras farmacias a principios del pasado siglo y que nos dejaron el neologismo “litines”, para referirnos a las papeletas o sobres para hacer soda o mineralizar el agua de nieve en la montaña.

En 1927, Charles L. Grigg desarrolló en Estado Unidos un refresco que bautizó como “Bib-Label Lithiated Lemon-Lime Soda”, que no nos dirá nada a no ser que aclaremos que en 1936 cambió el nombre a un más escueto “7-Up”. Una curiosa denominación para la que se sigue considerando un enigma su origen y despierta las más variadas conjeturas acerca de lo que inspiró su elección: “Tenía 7 ingredientes”, “se vendía en botellas de 7 onzas”, “curaría 7 resacas”, “Grigg vio vacas marcadas con un símbolo parecido y le gustó”, “ganó mucho dinero al póquer con la séptima carta descubierta (up)” son algunos de los mitos urbanos que circulan sobre el apelativo. Nos quedaremos con la duda, ya que el inventor nunca explicó en público la razón del nombrecito. Sin embargo, ya que aquí vamos de química seleccionaremos como mejor otra de las propuestas: “7 es el peso atómico del Litio (por redondeo de 6,941)”. La receta original contenía citrato de litio, considerado como atiborrado de propiedades curativas y sin duda ingrediente de la ansiada Fuente de la Juventud lo que, en el caso de nuestra soda, hizo que un entusiasta galeno la presentara como “bebida de la salud, capaz de dar energía, entusiasmo, pelo lustroso y ojos brillantes”.

A lo largo de los años 40 empezaron a ser evidentes los beneficios derivados de una dieta hiposódica, es decir, sin sal, en los hipertensos y algunos enfermos del corazón. Pero lo que parece bueno para la salud, no siempre es conveniente para el disfrute, y en este caso la propuesta de una dieta sosa no es previsible que entusiasme a nadie. La solución parecía ser obvia. Si se utilizaba el cloruro de litio como sustituto del sódico, no sólo se evitaban los riesgos del sodio sino que se añadían los beneficios del benévolo litio. Desafortunadamente el lobo venía disfrazado bajo una piel de cordero y la utilización de mayores dosis diarias de litio que las utilizadas hasta entonces hizo que rápidamente aparecieran diversos efectos secundarios, incluidos algunos fallecimientos directamente atribuidos a las sales. Con el susto en el cuerpo, estas fueron rápidamente retiradas del mercado, incluidas las de nuestro refrescante 7-up, y prohibidas por la administración sanitaria americana en 1950.

Por la misma época, Cade en Australia mantenía la hipótesis de que la manía (estado de gran euforia y exaltación, polo afectivo opuesto a la depresión) era causada por el exceso de un producto normal del organismo. En su búsqueda de tan impetuosa sustancia, inyectó orina de enfermos maniacos en el abdomen de conejillos de indias que, lejos que exaltarse jubilosos, fallecían con más rapidez que aquellos a los que inyectó orina de enfermos con otros trastornos mentales o personas sanas. Supuso que era la urea la causante de tal desenlace, aunque para comprobar en que medida el ácido úrico aumentaba la toxicidad de esta, prosiguió el experimento suministrando urato de litio que, como ya se sabía desde el siglo anterior, era soluble y facilitaba de esta forma la inyección. Contra todo pronóstico el combinado pareció, sin embargo, tener efectos protectores. Intrigado y para comprobar si sería el litio el responsable de este efecto, suministró carbonato de litio a los inocentes “sagutxus” comprobando que al cabo de aproximadamente dos horas, aunque conscientes, se mostraban extremadamente letárgicos y faltos de respuesta, recuperándose posteriormente. El propio Cade reconoció años después que fue demasiado aventurado extrapolar la letargia de los animalitos al control de la excitación maniaca, máxime al considerar que la supuesta tranquilidad de los animales previsiblemente era debida a la propia toxicidad del litio.

Chiripa (ahora denominada serendipia por los amantes de las novedades lingüísticas) que quizás por la modestia, tanto del descubridor como de la revista en la que se publicó, no ha merecido para tan sencilla molécula química el que sea citada en los textos de historia de la psiquiatría como hito inagural de la moderna psicofarmacología, consideración otorgada a posteriores drogas de diseño más complejo aparecidas en los años 50. En cualquier caso, el “litio”, introducido como otras muchas veces en medicina a partir de una hipótesis equivocada, sigue siendo en numerosos casos el tratamiento de elección en los trastornos afectivos bipolares, hace todavía poco tiempo denominados más gráficamente como psicosis maniaco depresiva.

Su mecanismo de acción no se conoce, habiéndose propuesto diferentes hipótesis explicativas en las que no entraremos, considerando únicamente lo poco que tienen que ver unas propuestas con otras y si lo mucho que se acoplan, como vimos en el caso de la gota, con las modas imperantes. Lo que está claro es que los enfermos no sufren una carencia del mineral, como ocurre con el hierro en algunas anemias o el calcio en otros trastornos, sino que su aporte en dosis masivas resulta de algún modo beneficioso. La observación clínica de los efectos (deseables o indeseables) se complementa con la realización de análisis de los niveles de litio en sangre (litemia). Si los niveles son bajos se presupone que el tratamiento no será suficientemente efectivo y si pasa de cierta concentración el riesgo de efectos secundarios se incrementa. En el Hospital de Basurto, donde trabajo, se aceptan como aconsejables en el tratamiento de mantenimiento unas concentraciones entre 0,6 – 1,2 mmol/l. y, aunque no quiero creer que influya el que el hospital esté en Bilbao, existe cierto consenso en el resto del mundo acerca de estos niveles. Desafortunadamente la litemia puede verse afectada fácil y peligrosamente por variaciones en la dieta, hidratación o tratamientos concomitantes que pueden pasar desapercibidos para el paciente. Por este motivo, dado que la dosis terapéutica está muy cerca de la dosis tóxica son necesarios controles regulares y exhaustivos del tratamiento.

A pesar de algunos abusos o indicaciones poco adecuadas de la psicofarmacología, que a veces puede desviar la atención de otras intervenciones psicológicas o sociales más aconsejables, la terapéutica química ha supuesto un avance espectacular en el tratamiento de las enfermedades mentales. Sin embargo, en muchas ocasiones estos tratamientos, a diferencia de otros en medicina, son vistos como indeseables o amenazadores por parte de la población, que busca tratamientos “naturales” o alternativos, algunos de ellos, como muy oportunamente explicaba el Búho en anteriores entradas, de difícil sustentación científica. En el caso del litio, su carácter de “mineral natural” le sitúa en una posición inmejorable para ser utilizado como reclamo de ventas por compañías de remedios “naturales”, suministradoras de herboristerías y boticas de la abuela, con abultadas cuentas de resultados pero que difícilmente gastan un duro en investigación. Un ejemplo son los compuestos de orotato de litio, “trasportador orgánico natural” propuesto por el controvertido Dr. Nieper (a la sazón, defensor del iridodial extractado de las hormigas como reparador genético “natural” contra el cáncer) que desarrolló Serenity, comercializado (¡casi 10 veces más caro que el litio de las farmacias!) en concentraciones menores a las galénicas habituales, pero que aún así no justifica la negación explícita en su publicidad de cualquier tipo de efecto secundario ni soslayar un posible riesgo para las embarazadas, siendo el litio un reconocido teratógeno causante de malformaciones. ¡Como es un medicamento natural, mal no hará!, que diría erradamente aquel.

Para finalizar y en nuestro mejor intento de desagravio frente a algunos de los estragos históricos referidos más arriba entre los enfermos cardiacos, no podemos pasar por alto el beneficio que muchos más reciben de los marcapasos, alimentados de forma más eficiente con minúsculas baterías fundamentadas en el alto potencial electroquímico de nuestro ya querido litio. Dejaremos otras utilizaciones industriales en diversas aleaciones, cerámica, óptica, lubricantes, etc. para posibles entradas complementarias de mi cuñado, perdón, Búho Gris.

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