viernes, 8 de octubre de 2010

La larga espera al chicle que no se pega

Como en la mayoría de los casos en los que una idea basada en el conocimiento científico, pasa a formar parte de nuestras vidas en forma de algo que, genéricamente, llamamos aplicación, el camino a recorrer es, en general, muy largo y, a veces, angustioso. Ahí está el caso de la aprobación de determinadas moléculas químicas como medicamentos, o la de otras que puedan utilizarse como pesticidas no dañinos para el medio ambiente. Cuestión sobre la que volveré un día de éstos, que tengo ya bastante información al respecto. Pues, en menor medida, ese ha sido también el caso del chicle que no se pega, al que ya hice referencia en un par de ocasiones en este Blog (ver este link y este otro, entradas publicadas con un año de diferencia y la última hace ya año y medio).

Pero ahora parece que si es la buena. Si visitais la página web de la empresa Revolymer, encontrareis allí un encabezado publicitario en el que ya se anuncia la versión comercial del cojochicle, con una figura similar a la que ilustra esta entrada. Su nombre es Rev7, ya cuenta con el placet de las entidades regulatorias en Estados Unidos y parece que están a punto de conseguirlo en Europa, según declaraciones de Terence Cosgrove (el jefe del asunto) de la Universidad de Bristol a la revista Chemistry World de la Royal Society of Chemistry inglesa.

Pasado este tiempo, conocemos el secreto de la formulación con algo más de detalle del que se daba en las dos entradas que he mencionado anteriormente. Como ya contaba allí, el problema de las gomas de mascar que se pegan es que están constituidas, generalmente, por copolímeros de estireno y butadieno o de etileno y acetato de vinilo. Lo de menos es el nombre para los que no estais en esta pomada de los polímeros. Lo importante es que uno y otro copolímero son sustancias que, además de pegarse con facilidad a las superficies, son bastante hidrofóbicas (es decir, repelen el agua) con lo que es difícil tratar de eliminarlos mediante el clásico método de una máquina barredora que usa agua y jabón.

La idea de los de Revolymer, como ya adelantábamos en la anterior entrada, es emplear un polímero anfifílico, un polímero que tiene en su cadena parte hidrófobas del tipo de las anteriores pero también partes hidrofílicas a las que gusta el agua. Hoy ya sabemos, cosa que no pasaba en tiempos de mi última entrada al respecto, que la goma del Rev7 es un copolímero de los que nosotros llamamos de injerto. Se trata de una cadena de poliisopreno, el mismo material base de muchos neumáticos, cadena de la que cuelgan ramas de polióxido de etileno, un polímero que, en estado puro, es soluble en agua, biodegradable y biocompatible.

Esta inteligente estructura tiene muchos efectos adecuados al objetivo de impedir que muchas calles estén como mi Plaza del Buen Pastor, pasto de la odiada tienda de chuches de mi portal. En primer lugar, esa goma se adhiere menos fuertemente a la mayoría de las superficies. En segundo lugar, las ramas de polióxido de etileno permiten absorber y retener agua, condición clave para que las ramas de polióxido puedan irse degradando hasta resultar una especie de polvo en menos de 6 meses. Por otro lado, al ser el polióxido biodegradable, el impacto ambiental de los millones y millones de chicles será menor. Y, finalmente, muchas de las moléculas empleadas en los jabones líquidos como surfactantes forman complejos con el polióxido de etileno, lo que facilita el poder eliminar la goma con el uso de detergentes convencionales en muchos tipos de superficies, incluida la ropa o las alfombras.

Pero sigo estando igual que estaba en la entrada de febrero de 2008. Sin una muestra a la que hincar el diente en el laboratorio. Así que casi repito el final de esa entrada. Si alguien viajando por el mundo (tengo lectores muy viajados y viajeros) encuentra en algún aeropuerto el famoso Rev7 que me compre una cajita. Prometo pagarla generosamente.

Espero que Rev7 cumpla con las expectativas, la goma se vaya implantando y los de Revolymer se acaben forrando cuando alguna multinacional del chicle se quede con el negocio. Me encantaría que una idea basada en ciencia básica de polímeros y desarrollada con lo que, en principio, fué una pequeña empresa de spin-off, acabe resolviendo parte del mugriento problema de los chicles.

4 comentarios:

forever dijo...

nice blog~^^

Anónimo dijo...

La verdad es que viendo todos esos nombres de polimeros (entre ellos biodegradables) me dan pocas ganas de meterme chiches en la boca.
Pero tranqui que me temo que seguiré consumiendo los pelotazos, bocabits y rufinos de tu tienda de golosinas a no ser de que en un post me convenzas de lo insanos que son:)
GONZALO

Anónimo dijo...

Relacionada aunque de lejos he encontrado esta entrada en un blog de comidas http://blogs.elpais.com/el-comidista/2010/10/frito-lay-retira-bolsa-biodegradable-sun-chips.html

Saludos,

Urko

OIHANE dijo...

Yo realmente sigo siendo fiel a los chicles que se te pegan en las muelas, las gominolas que tardan en deshacerse la vida y más y vamos, que ni se me ocurriría tirar un chicle a la plaza del buen pastor...¡en la vida jamás amén!
A parte de eso, me ha parecido interesante lo del Polióxido de Etileno...mmmm...¿veremos posibles aplicaciones?

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Boredom is the highest mental state, según Einstein. Pero, a veces, aburrirse cansa. Y por eso ando en esto, persiguiendo quimiofóbicos.