domingo, 26 de noviembre de 2006

Octanos y un científico con mala pata

Esta entrada se la debo a mi colega y amigo el catedrático de Ingeniería Química Mario Montes, oscense de pro, donostiarra de adopción y alguien sin quien mi corta estancia postdoctoral en Louvain-la Neuve, en la Bélgica francófona, hubiera sido todavía mucho más aburrida de lo que fue. Allí, en el inicio de la década de los ochenta, entendí por lo menos que una guerra linguística es una cosa absurda y frustrante en la que nunca me pillarán. Pero no me voy a enrollar en temas todavía sangrantes (y nunca mejor empleado el adjetivo). Aquí estamos a lo que estamos. Mario me ha dado el pie para esta entrada tras asistir a una conferencia que impartió recientemente en un Curso que hemos organizado para Profesores de EEMM sobre el papel de la Química en la Sociedad en la que vivimos. Dentro de ese ciclo, nos habló de la importancia del transporte en esa Sociedad, los problemas que origina desde el punto de vista ambiental y las soluciones que la Química preconiza para resolverlos.

Y entre diapositivas de contenido interesante, apareció la figura de Thomas Midgley Jr. un malhadado científico al que el azar deparó el destino de ser el tecnólogo que puso a trabajar en el mercado a dos moléculas químicas que, posteriormente, han sido consideradas como auténticos monstruos del desarrollo de las sociedades modernas: el plomo tetraetilo y los clorofluorocarbonos o CFCs. Sobre los segundos ya hablé un poco en otra entrada, en la que describí su impacto en la capa de ozono. Ahora lo que interesa recalcar aquí de lo dicho allí es que el bueno de Midgley creyó haber puesto una pica en Flandes cuando empezó a trabajar con estos compuestos. Gases absolutamente estables, inocuos para el medio ambiente y los organismos vivos, relativamente fáciles de sintetizar, no muy caros. Todo era perfecto, hasta que se les ocurrió volar a niveles estratosféricos y allí sufrir el acoso directo de la radiación solar. Eso provoca la ruptura de algunos de sus enlaces, liberando radicales cloro que son los que actúan como catalizadores de la conversión de ozono en oxígeno. Verdaderamente un buen ejemplo de que hay muchas variables a controlar y que hay que tener cuidado con un uso desmesurado de las nuevas sustancias si no tenemos previstas todas las posibles contingencias en todos los posibles escenarios, por lejanos que sean.

Pero Midgley no sólo ha pasado a la lista negra de los científicos a los que los ecologistas tienen más inquina por el asunto de los CFCs. La otra piedrita es la puesta en el mercado de compuestos de plomo utilizados para rebajar el poder detonante de las gasolinas en los motores de combustión interna. Como es bien sabido, la gasolina es una mezcla de hidrocarburos obtenidos de las diferentes fracciones de la destilación del petróleo, bien rompiendo moléculas largas para dar otras más pequeñas o bien uniendo las más pequeñas (generalmente gases) para dar las de tamaño adecuado. Además de otras, las moléculas con ocho átomos de carbono son un componente importante de las gasolinas comerciales. Pero hidrocarburos de ocho carbonos hay muchos. Por ejemplo, el n-octano y el isooctano tienen la misma fórmula química C8H18, pero la disposición de los átomos de carbono e hidrógeno es bastante diferente. Mientras el n-octano es una molécula absolutamente lineal que podemos escribir CH3-CH2-CH2-CH2-CH2-CH2-CH2-CH3, el isooctano tiene una estructura más ramificada, como se ve en el dibujo de arriba.

El caso es que, como hemos dicho antes, con la misma fórmula C8H18 hay muchos, hasta 18, compuestos diferentes que tienen propiedades muy similares aunque no idénticas. Por ejemplo, isooctano y n-octano casi producen el mismo calor cuando se queman en presencia de oxígeno pero el isooctano arde mucho más fácilmente. Casi todo el mundo sabe que en un motor de gasolina, vapor de ésta y aire se insuflan en el cilindro del motor, donde son comprimidos por un pistón, tras lo cual se produce el encendido y combustión de la mezcla gracias a la acción de la chispa de la bujía. Pero dependiendo de la composición de la mezcla de hidrocarburos empleada como combustible, el proceso de compresión por el pistón en el cilindro puede hacer que la mezcla se inflame y arda sin el concurso de la chispa de la bujía. Este autoencendido o detonación provoca un ruido metálico en el motor (picado de bielas) y baja mucho la eficiencia del mismo, pudiendo dañar el sistema de cilindro y pistón si se produce de forma regular.

El índice de octano de una gasolina es una medida de su capacidad antidetonante, es decir, de su capacidad para mantenerse sin arder mientras están siendo comprimidas por el pistón, esperando a la chispa mágica de la bujía para arder como Dios manda. Por lo tanto, las gasolinas que tienen un alto índice de octano producen una combustión más suave y efectiva. Curiosamente en la definición de la escala que da el índice de octano no se emplea el octano normal (el n-octano) como referencia sino el isooctano que hemos dibujado arriba (pero es sólo un problema semántico, de empleo de un nombre más sencillo). Y es que el índice de octano de una gasolina cualquiera se obtiene por comparación de la resistencia antidetonante de la misma con el de una mezcla de isooctano y heptano. Al isooctano se le asigna un poder antidetonante de 100 y al heptano de 0. Una gasolina de 97 octanos se comporta, en cuanto a su capacidad antidetonante, como una mezcla que contuviera el 97% de isooctano y el 3% de heptano, aunque su composición real no es evidentemente esa. Pero es interesante recalcar que se trata de una escala absolutamente arbitraria en cuanto a números. Y, por ello, hay compuestos que detonan incluso más que el heptano, con lo que tienen índices de octano negativos (por ejemplo, el propio n-octano que tiene -19). Y compuestos que tienen mejor resistencia antidetonante que el isooctano, como el tolueno que tiene 120.

Para conseguir valores de índices de octano adecuados a un correcto funcionamiento del motor, las mezclas de hidrocarburos producidas en las refinerías se han venido aditivando con una serie de sustancias que permiten regular la capacidad antidetonante de las mismas a los valores adecuados. Y es aquí donde, cual Guadiana, reaparece nuestro pobre Thomas Midgley Jr. Mientras trabajaba en 1921 para una empresa subsidiaria de la General Motors (GM), nuestro infausto químico descubrió que que el Plomo Tetraetilo mejoraba la capacidad antidetonante de las gasolinas que entonces se empleaban y que ya daban problemas de autoencendido. GM empezó a comercializar el producto con la marca ETHYL, etilo en inglés, evitando cualquier mención al plomo en los anuncios y en los informes técnicos. La implantación de gasolinas aditivadas con tetraetil plomo supuso la muerte paulatina de otros combustibles a base de etanol, con poderes antidetonantes mejores, pero en los que GM obtenía escasos beneficios comparados con las gasolinas. Así se tuerce la historia.

Los peligrosos efectos del plomo contenido en esa sustancia pronto fueron visibles para el propio Midgley que enfermó y para varios trabajadores de GM que murieron. Desde esos años hasta bien entrados los setenta, la controversia sobre los peligros de estos aditivos para la salud pública han estado encima de la mesa hasta que la EPA consiguió ganar un litigio que implicaba la prohibición de fabricar el tetraetil plomo. Hoy en día se usan otros aditivos para regular el poder detonante, aunque compuestos con plomo se siguen usando en los combustibles de los aviones. Así que hemos conseguido eliminar una fuente muy peligrosa de un elemento químico, el plomo, que inhabilita el funcionamiento de las enzimas capaces de generar la hemoglobina. El resultado es que se acumula en nuestro organismo un precursor de la hemoglobina, el acido aminolevulínico, que es el verdadero causante de los efectos atribuidos a una intoxicación por plomo, también llamado cólico de Devon.

Pero el plomo tiene una larga historia y, como el mercurio, no todo el plomo que anda suelto por el mundo ha sido puesto en circulación por los coches, aunque hay que reconocer sin ambages que su empleo en automóviles es lo que ha hecho que su concentración se dispare y que tenga una cierta ubicuidad en nuestra atmósfera. Cuenta J. Emsley en su varias veces citado libro “Molecules at an exhibición” que un Grupo de investigación de la Universidad sueca de Umea, estudiando la composición química del fondo de los lagos, que son como un archivo de sedimentos a lo largo de la historia, descubrieron que que la atmósfera estaba contaminada con plomo mucho antes de empezar la revolución industrial, hace más de 250 años. Lo mismo ocurrió en estudios realizados por franceses analizando hielo a grandes profundidades en Groenlandia. Sorprendentemente, encontraron que en pleno Imperio romano el contenido en plomo subía de 0.5 ppb a 2 ppb en menos de un siglo. No es de extrañar porque hay datos que muestras que los romanos eran grandes consumidores de plomo, llegando a fabricarse del orden de 80.000 toneladas por año. El hecho de que sea fácil extraerlo de sus minerales (los romanos tenían minas de esos minerales en Gran Bretaña, parte de su imperio), el hecho de que funda a una relativamente modesta temperatura (328ºC) y el hecho de que sea fácilmente moldeable, favoreció su empleo en techos, cañerías, depósitos, etc., un uso que se ha extendido hasta prácticamente nuestros días. Prueba de ello es que el Diccionario de la Real Academia Española recoge el término plomero como sinónimo de fontanero en Andalucía y América Latina y define plomería como cubierta de plomo que se pone en los edificios, como depósito de plomos o como taller del plomero. Así que, de ahora en adelante, a mi amigo Antxon, un fontanero ilustrado que me lee, le voy a llamar plomero.

Ha habido usos curiosos de compuestos de plomo que han causado problemas a lo largo de la historia. Los propios romanos usaban acetato de plomo para endulzar sus salsas, usando un jarabe de ese producto que llamaban azúcar de plomo. Hay hasta quien cree que parte de la decadencia del Imperio Romano es debida al progresivo envenenamiento de los romanos con sus diversos usos del plomo. Otro uso ancestral es el que hacían los húngaros con el óxido de plomo, el llamado plomo rojo, que adicionaban al pimentón para hacerlo aún mas rojo. A pesar de estar absolutamente prohibido, todavía a mediados de los años 90 se produjo una importante intoxicación, difícil de concretar, debido a estas malas practicas gastronómicas.

Pero la irrupción de los aditivos de plomo en las gasolinas hizo subir la tasa de plomo acumulado en sedimentos hasta 300 ppb a mediados de los años 70, una cantidad ya importante que, sin embargo, ha ido decreciendo de forma notable en los últimos años. Como ejemplo, también extraído del libro de Emsley está un curioso estudio realizado sobre diferentes añadas de un vino muy conocido, el Chateauneuf du Pape, que procede de un viñedo muy particular situado en una confluencia de dos autopistas importantes. Investigadores belgas descubrieron que la añada del 78 contenía cerca de 500 ppb de plomo, una cantidad que tomada regularmente puede causar una intoxicación moderada de plomo, aunque, como dice Emsley con ironía, algo poco probable dado el precio de cada botella. Tras ese máximo, que coincide más o menos con el año de prohibición del plomo tetraetilo, la tasa fue descendiendo progresivamente y en la última añada investigada (1994) el contenido era de 47 ppb.

¿Y qué fue de nuestro amigo Midgley?. La verdad es que tuvo un final un tanto dramático. En 1940, cuando ya tenía 51 años, contrajo una polio que le llevó a una silla de ruedas. Inventor hasta el final, ideo un curioso sistema de poleas y correas que le permitieran levantarse de la cama por si mismo. Pero de nuevo apareció la mala suerte de nuestro inventor. Cuando tenía 55 años se enganchó de mala manera en su propio invento y murió estrangulado. Por lo menos se murió sin que le dieran el disgusto de que su otro hijo bien amado, el freón, era el causante del problema del ozono y que lo acabarían prohibiendo de forma radical. Y es que la vida es a veces muy traicionera con la gente inquieta y bienintencionada.

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sábado, 18 de noviembre de 2006

Una de disolventes con recuerdos infantiles

La comadrona que comparte de forma poco paritaria mis cuentas corrientes (además de otros aspectos de mi vida) forma parte de un aguerrido grupo de mujeres, de todo tipo de edad, condición social e ideas políticas, que dedican varias tardes de cada semana a pintar en un vetusto piso con maravillosas vistas a la Plaza de Gipuzkoa de mi ciudad. Cuando de vez en cuando les visito para dar mi entendida opinión sobre su producción más reciente, flanquear la puerta de entrada me pone en contacto con una atmósfera rica en aguarrás que me lleva muchos años hacia atrás.

Luis Pellejero, alias El Rubio, era un pintor de brocha gorda y toda una institución en Hernani, el combativo pueblo en el que viví hasta los diecisiete años. De voz aguardentosa, humor vitriólico y pasión por las mujeres, era amigo de mi madre desde hacía años, creo que porque habían vivido en la misma vecindad hasta que mi madre se casó. La cuestión es que El Rubio visitaba regularmente nuestra casa todos los años, en vísperas de las fiestas de San Juan, para dejar las balconadas de mi casa, las persianas y otros elementos externos como un jaspe. Y mientras duraba su trabajo, que se solía extender en el tiempo porque dedicaba casi tanto tiempo a pintar como a filosofar, mi casa tenía un olor intenso a aguarrás ya que, al terminar la faena diaria, Luis dejaba sus brochas a remojo en un cuartito situado junto a nuestra cocina. Así que cuando huelo a aguarrás, la película de mi vida se rebobina y El Rubio aparece de nuevo como protagonista. Es uno de los aromas que tengo en la recámara, como el del benceno (bencina le llamaban entonces) que mi madre usaba para eliminar manchas en prendas y moquetas. Hoy está prohibido para esos y otros usos por su elevado poder cancerígeno, así que a mi me van a contar que los niños de ahora están expuestos a muchas sustancias peligrosas.....

El caso es que el otro día hablé con mi amigo Xabiguti y resulta que andaba interesado en extraer la pez de una bota de vino, esa especie de resina con la que se impregna el cuero de la bota por su parte interior. ¡Vaya Ud. a saber con qué enrevesados propósitos gastronómicos!. Pero, como siempre, Xabi quería saber algo sobre la posible toxicidad de dicha pez, además de sus orígenes, no vaya a ser que envenene algún comensal que, encima, tiene que pagar una pasta por un menú de altura. Así que ya me puso otra vez a trabajar. Y de paso me dio la pista a una nueva entrada que partiendo de la pez me llevó a mis recuerdos del aguarrás, porque una y otro tienen el mismo origen resinoso.

El aguarrás es un líquido que se obtiene por destilación con arrastre de vapor de agua de la resina oleosa (también llamada miera) que se extrae de diversas especies de coníferas como el pinus larix o el pinus silvestris, entre otros muchos tipos de pinos y coníferas varias. El aguarrás también se conoce como esencia de trementina y, en inglés, como turpentine. Aunque todavía se sigue manteniendo en algunas regiones del mundo un procedimiento artesanal de obtención de la resina sobre la base de ir pelando los pinos en bandas que se practican en su tronco cada ocho días y recogiendo la resina que mana como consecuencia de ello, lo cierto es que una gran parte de la producción de aguarrás se origina a partir de la industria papelera, que usa grandes cantidades de celulosa extraída de muchas especies vegetales, incluido el pino. Dado el carácter de monocultivo que éste tiene en muchas regiones del País Vasco o España, muchos de los subproductos de las papeleras tiene origen pinícola.

El aguarrás o destilado de esa resina es un líquido generalmente incoloro, bastante volátil, relativamente inflamable y que hierve entre 150 y 160ºC. Desde un punto de vista químico es una mezcla compleja en la que son mayoritarios dos monoterpenos, el alfa y el beta pineno, cuya fórmula química aproximada es C10H16. Hay terpenos de mayor número de carbonos pero, en todos ellos, se cumple la llamada regla del isopreno, esto es, su fórmula es varias veces la del isopreno, la unidad repetitiva de los polímeros que llamamos cauchos y que ya han salido varias veces en estas entradas. Aunque en la resina de los pinos nunca se detecta isopreno puro. Y, además, desde los años cincuenta sabemos que el verdadero precursor de estos terpenos no es el isopreno monómero sino el ácido mevalónico, pero no voy a entrar en detalles sobre la biosíntesis que lleva desde este compuesto a los terpenos. Lo que si es interesante es que modificaciones de estos monoterpenos mediante la introducción de átomos de oxígeno conduce a moléculas tan interesantes como el mentol o el 1,8-Cineol o esencia de eucalipto.

Si uno se dedica a buscar los peligros inherentes al uso del aguarrás, la literatura con tiene prevenciones diversas ligadas a su inhalación, ingestión o contacto con la piel. Inhalarlo puede generar cefaleas y problemas con la visión, bebiéndolo uno puede cascarla y aplicándolo a la piel se han descrito diferentes alergias. Pero la cosa no debe ser tan grave. Generaciones de pintores se han quitado la pintura de las manos, brazos o cara con aguarrás. Se ha usado durante mucho tiempo en el tratamiento de piojos. Hace años se administraba aguarrás diluido oralmente para el tratamiento de parásitos intestinales (no sé quien moría antes, si el parásito o el enfermo) y la famosa crema Vicks lleva cantidades importantes de aguarrás mezclado con grasas animales. Pero el caso es que su principal uso, como disolvente de pinturas de todo tipo, está cayendo en desuso y en beneficio de otros disolventes extraídos fundamentalmente del petróleo.

Cuando uno produce la destilación que da lugar al aguarrás, el residuo que queda tras eliminación de las sustancias más volátiles se conoce como colofonia, un nombre que deriva de Colophon, una antigua ciudad jónica. Durante el proceso de extracción del aguarras, la temperatura a la que se verifica el proceso hace que una parte de la resina menos volátil, caliente y en forma de líquido viscoso, se recoja por la parte inferior de la instalación. Al enfriarla sobre agua fría se produce un sólido de variados colores (desde lechoso a algo muy marrón) dependiendo del sustrato arbóreo empleado y de la temperatura del proceso.

La colofonia (rosin, en inglés, también se suele hablar de rosina en castellano) consiste fundamental en ácido abiético, un diterpeno, con veinte átomos de carbono, y que se ha empleado para fabricar barnices de forma extensa, aunque también se ha empleado en tintas de impresión, adhesivos, chicle, ceras. Aplicaciones interesantes de mencionar son su uso como capa externa de los hilos de soldadura, para facilitar una mejor conexión y como ceras a aplicar a los arcos de instrumentos de cuerda y a las zapatillas de bailarines de ballet. En ambos casos se usa su capacidad para incrementar los procesos de fricción.

Y finalmente, la pez. No ha sido fácil aclararse sobre este término. Cuando uno busca y rebusca para obtener información al respecto, la mayor parte de las referencias se refieren a la fabricación de botas de vino. De hecho, el primer sitio que aparece con Google metiendo pez es una página del famoso fabricante navarro de botas, las ZZZ, en el que se explica en detalle el tipo de cuero empleado, su curtición y el tratamiento superficial interior con la pez. En otra página muy interesante de la Fundación Joaquin Diaz (el conocido cantautor) se describe con mucho más detalle todo el proceso que realizaban los viejos boteros. Y ahí he encontrado un mayor detalle sobre la forma en la que esos viejos boteros obtenían la pez.

En la parte superior de un arenal en talud, surcado por canaletas y conocido como perguera se queman tocones de pino, esto es, la parte del tronco que ha quedado unido a las raices una vez cortado el árbol. Como resultado del calor generado se produce el derramamiento de la pez que cae por las canaletas hasta un recipiente en el que se recoge. Dice el texto que para quitarle la arena, los “humos” y los “gustos”, los boteros cuecen la pez en un recipiente con aceite de oliva, ajo, cebolla, limón, naranja, etc. Cuando está fría la masilla, el botero mastica un pedazo para probar su calidad. Si resulta amarga no sirve y hay que volver a cocerla.

Es evidente que el calor producido en la combustión de los tocones y el propio vapor de agua que con ella se desprende realiza, en este caso, la eliminación de las partes más volátiles de la resina, generando algo similar a lo que resulta en la destilación del aguarrás, aunque ciertamente diferente por el escaso control de temperatura que se realiza en estas prácticas artesanales. Intuyo que tiene que haber otros tipos de pez más sofisticadas, probablemente resíduos de la propia destilación para obtener el aguarrás, dependiendo de la resina de origen. Pero lo cierto es que no he encontrado una información convincente al respecto. Si alguien la sabe no tiene más que pasármela y la incluiré. Pero creo que esa pez será generalmente, una mezcla de terpenos de alto peso molecular.

¿Es tóxica?. Pues seguro, aunque dependiendo en qué cantidades. Y parece que los tratamientos recomendados por los boteros hacen que haya una migración lenta y no peligrosa de productos terpénicos al vino embotado. Algunos consejos que se suelen dar para una mejor conservación de botas son ilustrativos. Por ejemplo, se recomienda no introducir alcoholes de más de 30º, probablemente porque a partir de ese valor, la solubilidad de los componentes de la pez en la bebida sea ya importante. Por debajo de ese valor hay mucha agua y la solubilidad es menor. También se recomienda, durante los primeros días cambiar el vino con frecuencia. De nuevo, la regla que ha dictado la experiencia de siglos, estaría fundamentada en que durante esos primeros “lavados” con vino se produce una extracción de la mayor parte de las sustancias que pueden migrar al vino, con lo que eliminamos ese riesgo.

Pero después de todo lo que os he contado sobre las modernas técnicas analíticas que permiten detectar partes por billón en cualquier análisis más o menos sencillo, no me digáis que no sería un excelente trabajo de investigación comprobar qué sustancias, en qué cantidades y con qué nivel de toxicidad han estado tradicionalmente pasando al vino que han trasegado nuestros progenitores (y nuestros coetáneos) con el saludable ejercicio de empinar el codo. No sé el resultado de esos análisis pero estarían muy en la onda de los ensayos de migración que hoy en día se hacen para ver si compuestos químicos que hay en los envases de plástico u otros materiales son capaces de migrar a los alimentos en ellos contenidos. Y lo que también estoy seguro es que, al contrario de lo que ocurre con estos últimos, la gente se pasaría el resultado por la carretera del Suroeste y seguiría dándole a la bota. Como se hizo con las chuletas durante la crisis de las vacas locas. ¡Hay que respetar las tradiciones!. ¡Vas a comparar un buen trago de bota con la mariconada de llevar el vino en una botella de polietien tereftalato.....!.

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sábado, 11 de noviembre de 2006

Orgánico no significa orgásmico.

Javier Ansorena

Javi Ansorena es amigo del Búho desde los tiempos heroicos de la Facultad de Química en su primitivo emplazamiento en Alza, donde, en primer lugar, compartimos miseria y luego las ganas de hacer con ella algo razonable investigando en polímeros. Posteriormente dirigió muchos años el Laboratorio de Fraisoro de la Diputación Foral de Gipuzkoa, donde realizó la ingente tarea de trasladar a territorio guipuzcoano los modos y maneras del Ministerio inglés de Agricultura. Ello le ha convertido en un especialista de reconocido prestigio internacional en el campo de los sustratos agrícolas, de los abonos y de los céspedes deportivos, donde ha llegado a ser experto de normalización de estos aspectos en las CCEE. Ahora es el Jefe del Servicio de Medio Ambiente de la misma Diputación donde ha tenido la desgracia de toparse con las veleidades de los políticos en torno a la acuciante problemática de la gestión de nuestros residuos urbanos (léase incineradora).


Mi entrada sobre el olor de las calles donostiarras le ha incitado a escribir lo que sigue a continuación, probablemente debido (él no me lo dicho) a que esa entrada no le ha debido gustar mucho, algo normal, pues el Búho sabe de Agricultura lo poco que ha podido absorber del propio Javi durante nuestras repetidas partidas de golf, vacaciones juntos y cenas de rigor.
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He de confesar que "la Orgánica" (Química Orgánica para no iniciados) fue una de las materias que más se me atragantó a lo largo de mi dilatada vida estudiantil; mis aptitudes y gustos siempre me han orientado hacia la Química Analítica. Pero esta alergia juvenil no me ha influido lo más mínimo en mi actitud de prevención frente al tópico de la supremacía de "lo orgánico" y sus sinónimos, una moda cuya aceptación social pone de manifiesto la facilidad con que se consiguen implantar ciertos prejuicios en la población, especialmente en áreas sensibles como las de la salud, la alimentación o el medio ambiente.

Quienes a menudo nos vemos involucrados en el debate de estas cuestiones, continuamente somos testigos de afirmaciones gratuitas en las que, desde diversos sectores sociales y políticos autodenominados verdes, ecologistas o de izquierdas, se equipara lo orgánico a lo natural, la vida, la Biología, la calidad, lo sano y ecológico; en definitiva, lo bueno. Un claro ejemplo lo encontramos en la agricultura ecológica, también conocida como biológica u orgánica (Organic Farming, en anglosajón), entre otras cosas porque no emplea fertilizantes minerales sintéticos, químicos o artificiales, sino abonos orgánicos, naturales, como diversas formas de estiércoles, purines, residuos de pescados y de matadero y otras delicatessen. En contraposición, lo inorgánico o mineral se asemeja a lo artificial, la Química, lo tóxico y contaminante, es decir, lo malo.

Algunos errores de bulto son frecuentes y comunes a todas las áreas. Uno de ellos es ignorar que la materia orgánica pura no existe, ya que siempre lleva asociados elementos minerales (fósforo, calcio, azufre, oligoelementos....) además de proteínas o aminoácidos, cuyo intrínseco nitrógeno se mineraliza progresivamente a sales amoniacales, nitritos y nitratos, los cuales son liberados al medio en el proceso de descomposición biológica de la materia orgánica en cantidades y proporciones que no tienen por qué coincidir con las necesidades de las plantas; y que dicho proceso es incontrolable, ya que interviene una amplia variedad de factores: temperatura, aireación, humedad, acidez del suelo, biomasa y actividad microbiana, etc.

Otro error ampliamente extendido es olvidar que no existen sustancias intrínsecamente buenas o malas, independientemente del lugar, el momento y la dosis de aplicación; no, no trato de defender la homeopatía, de la que como químico me declaro agnóstico, ya que, como me hizo ver el Búho, en caso contrario tendría que apostatar del número de Avogadro. Me estoy refiriendo a una regla tan antigua que fue enunciada nada menos que por Paracelso (1439-1541), al que el Búho se ha referido repetidas veces, y que yo quiero transcribir en su literalidad: "todas las sustancias son tóxicas, ninguna está exenta de toxicidad; lo que determina qué es tóxico es la dosis; la dosis correcta diferencia un veneno de un remedio". Y esto debe aplicarse no sólo a las sustancias minerales, sino también a la materia orgánica, como veremos a continuación. En los párrafos siguientes me limitaré a dar un repaso a diversas áreas en las que he ejercido mi actividad profesional a lo largo de los últimos veinticinco años, desde la perspectiva de la Química Agrícola y el Medio Ambiente, poniendo el acento en los riesgos, a menudo ignorados, que se derivan del uso y abuso de la materia orgánica, en comparación con los compuestos minerales.

Comenzaremos por la agricultura tradicional donde son bien conocidos desde tiempo inmemorial los efectos positivos de la correcta aportación de materia orgánica al suelo, que se traducen en una mejora de sus propiedades físicas, químicas y biológicas, y redundan en unos importantes beneficios para los usos del suelo, tanto desde el punto de vista agronómico como ambiental: mejora de la estructura y aumento de la fertilidad, ahorro de agua de riego, reducción de las aplicaciones de fertilizantes, disminución de la contaminación de las aguas y de las emisiones de CO2, protección frente a la erosión, etc.

Es sabido que las plantas absorben los nutrientes minerales que necesitan para su desarrollo tomándolos disueltos en la solución acuosa existente en el suelo, a través de las raíces. El suelo actúa como una reserva de nutrientes (reteniendo los minerales aportados al mismo en lugares situadas en la superficie de la arcilla y el humus existentes en el mismo). Esos nutrientes son liberados a la solución acuosa del suelo a medida que su concentración en la misma va disminuyendo como consecuencia de que las plantas los absorben. Además, hay que considera que parte de esos nutrientes se pierden no sólo como resultado de su absorcion por las plantas sino también por procesos de volatilización (se evaporan), lixiviación (arrastre hacia zonas mas profundas del subsuelo por parte del agua de lluvia, riego, etc.) y otros. Por tanto hay que compensar esas pérdidas aportando los elementos requeridos mediante abonos orgánicos o minerales. Las cantidades necesarias se estiman razonablemente a través del análisis químico de suelo que permite determinar las concentraciones de nutrientes asimilables presentes en el suelo a corto y largo plazo.

Si la aportación se hace directamente en forma de fertilizantes minerales, el control de su disponibilidad para las plantas es relativamente sencillo, ya que básicamente depende de su solubilidad en agua y de la capacidad del suelo para retenerlos y almacenarlos como reserva. Centrándonos en los tres nutrientes esenciales (nitrógeno, fósforo y potasio), basta con aportar el nitrógeno de forma fraccionada en la época de crecimiento, ya que al ser el nitrato un anión soluble, la fracción no absorbida por la planta se pierde rápidamente por lixiviación o desnitrificación. Por el contrario, el fósforo añadido con el fertilizante experimenta en el suelo diversas reacciones de adsorción y precipitación, y queda retenido en formas poco solubles, siendo liberado a la solución del suelo a medida que la planta lo va extrayendo. El potasio es retenido como forma de reserva, en equilibrio con el de la solución del suelo.

Pero si los nutrientes minerales a reponer mediante el abonado provienen de sustancias orgánicas como el estiércol (muy común), en el que se encuentran en una proporción que no tiene porqué ser la idónea, y que ha de descomponerse previamente, como es habitual en la agricultura ecológica, su disponibilidad es impredecible y las cantidades a aportar suelen ser muy superiores a las necesidades del suelo en materia orgánica. Una de las consecuencias de las aportaciones masivas de materia orgánica al suelo, en forma de estiércoles y otros abonos orgánicos, es la liberación de cantidades excesivas de nitratos, como resultado de la descomposición de las proteínas por los microorganismos del suelo. Cuando las concentraciones de nitrógeno nítrico en la solución acuosa del suelo son muy elevadas, lo que se traduce en una conductividad eléctrica muy alta, el agua del interior de la planta tiende a salir, por efecto osmótico, hacia la solución acuosa más concentrada, produciéndose unas condiciones de sequía debidas a un exceso de sales. Este efecto de salinidad puede llegar a provocar, en condiciones extremas, la deshidratación y la muerte de la planta. Además de las pérdidas de producción agrícola, la acumulación de nitratos en la solución acuosa del suelo conduce a la absorción excesiva por la planta, con la consiguiente pérdida de la calidad del producto, y a su liberación a las aguas superficiales y subterráneas, como veremos más adelante.

Los nuevos hábitos de consumo propios de las sociedades modernas han conducido a la necesidad de los agricultores de producir ciertas hortalizas a lo largo de todo el año. Esta tendencia al monocultivo venía originando la aparición de problemas sanitarios en nuestros suelos, que requerían tratamientos muy costosos y agresivos, tales como la desinfección por vapor o bromuro de metilo para combatir los plagas y enfermedades de los suelos. A fin de satisfacer la demanda permanente de productos de calidad, y durante las dos últimas décadas, se ha registrado un espectacular desplazamiento hacia la práctica del cultivo sin suelo, para la producción de plantas tanto hortícolas como ornamentales en sacos de cultivo. Al mismo tiempo, se ha incrementado notablemente la instalación de sistemas de fertirrigación con sustrato inerte de perlita (hidroponía, ver figura), en los que se alimenta directamente a la planta mediante soluciones nutritivas que se aportan gota a gota al saco de perlita en el que crecen las raíces; dichas soluciones nutritivas se preparan "a la carta", disolviendo los fertilizantes en el agua de riego, y contienen los nutrientes minerales necesarios en proporciones equilibradas. ¡Hay que ver a nuestros baserritarras hidropónicos, controlando con sus ordenadores y equipos de medida el pH, la conductividad y el balance de aniones y cationes de la solución nutritiva, cual alquimistas del siglo XXI!.

Soy consciente de que es una tarea más difícil que dejar de fumar en domingo tratar de convencer a muchos nostálgicos irreductibles de que los tomates cultivados por este procedimiento tan "moderno", "artificial", "químico" o "mineral", que no requiere de materia orgánica (¡ni siquiera del suelo que nos ha legado la madre naturaleza!) son tan buenos o mejores que los obtenidos de forma tradicional, natural, biológica u orgánica sobre el suelo de una huerta al aire libre, abonada con abundante simaurra,. Pero nunca olvidaré las risas que hacíamos colegas de toda condición (químicos, biólogos, agrónomos, ....) mientras disfrutábamos degustando los extraordinarios tomates cultivados en los invernaderos de la Escuela Agrícola de Fraisoro y algún incauto invitado, dado el maravilloso entorno natural que nos rodeaba, hacía comentarios sobre la evidencia de que dichos frutos habían sido cultivados al modo tradicional, en huerta y abonados con estiércol.

Dejando a un lado los resultados de las catas ciegas y de los ensayos organolépticos, que están ahí, citaré algunos de los aspectos más relevantes que han conducido a que (con excepción de los de la agricultura ecológica), la práctica totalidad de los productores guipuzcoanos se hayan acogido a este sistema de cultivo. En primer lugar, los nutrientes minerales se aportan disueltos, en las cantidades necesarias y en proporciones equilibradas, evitándose los problemas de salinidad, bloqueo antagónico y acumulación excesiva en planta; ademas se necesitan unos 20 litros de agua para obtener un kg de producto comercial, frente a 123 litros en cultivo convencional. La solución nutritiva que drena puede ser recirculada, sin contaminar las aguas superficiales y subterráneas. Las raíces de la planta no están en contacto con el suelo, por lo que el riesgo de plagas y enfermedades es menor y, en consecuencia, la necesidad de aplicar tratamientos fitosanitarios. Y, finalmente, los sustratos proporcionan a las raíces unas condiciones ideales de aire y agua difíciles de conseguir en suelo. Asimilando la nutrición de la planta a la alimentación de un bebé, diríamos que, en lugar de depositar su comida en el suelo, para que la coja del mismo sin control, arrastrando la suciedad y microorganismos del mismo, le damos directamente a la boca el biberón que hemos preparado en condiciones óptimas, tanto desde el punto de vista dietético como higiénico-sanitario y en los periodos de tiempo adecuados para su salud.

Otro tema conflictivo es el asunto de los nitratos. Los nitratos se hallan presentes de manera natural en la mayoría de los vegetales, ya que son la principal forma en que las plantas absorben el nitrógeno a través de las raíces. Si, por diversas circunstancias limitantes que luego analizaremos, el total de nitratos absorbidos no se metaboliza hasta su transformación en los aminoácidos constituyentes de las proteínas, el exceso se acumula en los tejidos vegetales hasta alcanzar concentraciones que pueden resultar desaconsejables. Tal es el caso de las hortalizas de hoja, como lechugas y espinacas, para las cuales se han fijado límites máximos en la normativa europea.

El ión nitrato no es tóxico a las dosis habitualmente ingeridas a través de la dieta. De hecho, se receta como medicamento a enfermos del corazón por sus propiedades vasodilatadoras y a pacientes que se han visto afectados de piedras de carbonato cálcico en el riñón, para prevenir su formación. El nitrato sólo supone un riesgo sanitario cuando se transforma en nitrito, debido a la acción de microorganismos que usan los nitratos para respirar, tomando uno de sus átomo de oxígeno y reduciéndolo a nitrito, que es capaz de oxidar el hierro de la hemoglobina sanguínea, transformándola en metahemoglobina. Con ello se reduce la capacidad de transporte de oxígeno de la sangre, lo que, en casos extremos, puede llegar a producir la muerte por asfixia. Esto explica que la gran mayoría de casos detectados hayan sido asociados al consumo de agua de pozo, que contenía mucho nitrato y se hallaba contaminada por bacterias.

Pero el organismo humano está protegido por diversos mecanismos de la reducción de nitrato a nitrito; así, el estómago de un adulto sano presenta una acidez excesiva para el desarrollo de los microorganismos que reducen el nitrato a nitrito. Esta es la razón de que la metahemoglobinemia o cianosis sólo se presente en niños de edad inferior a seis meses, que hayan consumido mucho nitrato. Por las mismas razones de falta de acidez gástrica, los rumiantes son también susceptibles a la intoxicación por nitrito. El ganado vacuno y el ovino suelen ingerir grandes cantidades de hierba; en condiciones extremas, ésta puede presentar concentraciones elevadas de nitrato, que es transformado en nitrito por las bacterias del rumen. En nuestro entorno, a principios de los 90, detectamos tres casos de metahemoglobinemia en ganado vacuno, por ingestión de hierba con concentraciones anormalmente elevadas de nitrato. Esta acumulación fue el resultado del abonado excesivo con gallinaza o con purines, en un año de sequía excepcional, que impidió el lavado o lixiviado del exceso de nitrato del suelo.

Volviendo al origen del problema, en la década de los 90 se desató una intensa y absurda campaña que, como no podía ser de otra manera, culpaba a la fertilización mineral de la acumulación de nitratos en los vegetales, alertando del riesgo que corrían las personas vegetarianas que consumían mucha verdura o ensalada. Pues bien: los resultados de la amplia experimentación llevada a cabo confirmaron claramente que el tipo de cultivo (especie y variedad), la iluminación y la nutrición son, por este orden, los principales factores de que depende la concentración de nitrato en planta. Con respecto a este último, conviene resaltar que el agricultor, aunque suele considerar los riesgos derivados del abonado mineral excesivo, a menudo no tiene en cuenta la importante liberación de nitratos que acompaña al aporte de estiércoles y, en general, materiales orgánicos muy descompuestos. Por esta razón, para el cultivo de hortalizas con bajo contenido en nitratos se desaconseja el empleo de fertilizantes orgánicos de liberación lenta o de origen animal, cuya descomposición no pueda ser controlada.

El asunto de los nitratos suele ir habitualmente trufado con el problema de la contaminación de aguas de ríos y acuíferos. El desarrollo de los sistemas de producción intensiva en la agricultura moderna supuso la aplicación de cantidades elevadas de fertilizantes inorgánicos, sobre todo nitrogenados, en combinación con un deficiente manejo de los sistemas de riego. Simultáneamente, se detectaron aumentos importantes en las concentraciones de nitratos en las aguas subterráneas, llegando a superarse ampliamente en algunos países el límite máximo de 50 mg/l fijado en la Unión Europea para aguas potables, por lo que se estableció una relación de causa a efecto entre ambos hechos. En el colmo del paroxismo de la campaña anteriormente citada, la revista Integral dedicó un número monográfico al tema, facilitando tiras analíticas para controlar los nitratos del agua del grifo antes de preparar un biberón.

Las estrategias de fertilización nitrogenada basadas en curvas de respuesta (cantidades de abono correspondientes a máxima producción o beneficio) dejaron paso a recomendaciones que tienen en cuenta las necesidades del cultivo. Ello supuso la aplicación de cantidades de fertilizante nitrogenado muy inferiores a las que se venían aportando, lo que unido a un mayor fraccionamiento del abonado y el riego condujo a reducir en gran medida el contenido de nitratos de las aguas y los cultivos.

Pero sin ocultar el problema anterior, hay que dejar bien claro que en zonas húmedas, con sistemas de producción agrícola no intensiva, como es el caso de nuestros baserritarras, la principal aportación a la contaminación de las aguas por nitratos procede de la descomposición de la materia orgánica del suelo (hierba cortada, hojas), que constituye una reserva importante de nitrógeno. Los estudios llevados a cabo por el equipo de T. M. Addiscott en la Estación experimental de Rothamsted, con isótopo de nitrógeno N15 en el fertilizante como marcador, analizaron las principales vías seguidas por el nitrógeno del suelo: extracción por el cultivo, acumulación de nitrógeno orgánico, pérdidas gaseosas y por lixiviación.

Estos investigadores encontraron que, si tras la aplicación del abono nitrogenado de primavera se producían fuertes lluvias, se perdía hasta un 30% del nitrógeno aplicado. Sorprendentemente, el nitrógeno nítrico perdido no aparecía en los lixiviados, sino que se transformaba en gas por acción de las bacterias denitrificantes. El abonado nitrogenado de primavera no es, pues, la causa de la contaminación por nitratos de las aguas subterráneas, ya que, si se aplica en las dosis habitualmente recomendadas, es absorbido por la planta o devuelto a la atmósfera como nitrógeno gaseoso.

El principal problema de lixiviación de nitrógeno se presenta en invierno. En las condiciones favorables de humedad y temperatura del otoño, los microorganismos del suelo descomponen la materia orgánica y liberan grandes cantidades de nitratos. En un suelo con un contenido medio de 0,20% de nitrógeno, habrá unos 5.000 kg/hectárea de nitrógeno en los 25 centímetros superiores de la capa arable, lo que representa más de 20 Tm/hectárea de nitratos. En ausencia de un cultivo capaz de extraer los nitratos producidos para así alimentarse, éstos se acumulan en el suelo y son lixiviados con las lluvias del invierno. En consecuencia, el problema de la contaminación de las aguas por nitratos no se soluciona exclusivamente con la regulación de las cantidades de abono mineral aportado. Resulta esencial evitar la acumulación de cantidades elevadas de nitrógeno orgánico en los suelos de cultivo.

Cuando el medio receptor de la materia orgánica son las aguas superficiales, a diferencia de los suelos, no se deriva ningún beneficio para la calidad del medio acuático, sino una forma de contaminación orgánica, cuya descomposición por los microorganismos consume gran cantidad del oxígeno disuelto en el agua, creándose unas condiciones anaerobias que ponen en peligro la vida acuática; la carga contaminante orgánica se mide a través de la Demanda Bioquímica de Oxígeno (DBO).

La eutrofización, fenómeno consistente en la proliferación de algas y plantas acuáticas debida al exceso de nitratos y fosfatos, es otro problema a considerar asociado al aporte de materia orgánica a las aguas. Por lo que respecta al fósforo, ya se ha indicado que, debido a que experimenta diferentes reacciones de adsorción y precipitación, queda retenido en formas poco solubles, acumulándose en el horizonte superior del suelo, sin ser lixiviado a capas más profundas. Por tanto, los fosfatos de origen agrícola presentes en los ríos y lagos son los transportados por las aguas de escorrentía en forma disuelta y particulada. Esta cantidad depende de la riqueza en fósforo de las capas superficiales del suelo, pero también, en gran medida, de la erosión del terreno. Por ello, conviene tomar ciertas precauciones básicas: evitar dejar los estiércoles a la intemperie, sin cubierta, y controlar el destino de las aguas de limpieza de los establos.

En la percepción social de los inconvenientes de lo orgánico frente a lo mineral, probablemente donde peor parada sale la materia orgánica es en el problema de los olores resultantes de su descomposición en condiciones anaerobias. Y si no, que se lo pregunten a los vecinos de Asteasu (rodeados de explotaciones ganaderas), del vertedero de San Marcos, de la depuradora de Loiola o a los propios donostiarras, que recientemente tuvimos que inhalar los aromas procedentes de los jardines generosa y absurdamente estercolados, cuando no hay más que ver el color oscuro de la tierra de los mismos y su excelente estructura, que denotan su elevado contenido de humus, más que suficiente.

Se acepta que la producción ganadera (en particular la de vacuno) es la principal causa que ha contribuido al aumento de la emisión de amoníaco a la atmósfera en el norte de Europa durante las últimas décadas. Aunque influyen muchos factores en las pérdidas (tipo de animal, diseño del establo, sistema de recogida y almacenamiento, aireación, etc.), las más importantes se producen por volatilización de amoníaco. A través de esta vía puede perderse más de un 70% del nitrógeno amoniacal, tras la aplicación del purín a las praderas.

En condiciones anaeróbicas de saturación por agua del suelo, la conversión por las bacterias denitrificantes del suelo del ión nitrato en gases nitrogenados es otro factor que contribuye a las pérdidas gaseosas. Las máximas pérdidas se producen tras las aplicaciones de purín en otoño e invierno. Por este mecanismo se produce el óxido nitroso, implicado en el efecto invernadero y en la reducción de la capa de ozono. En este sentido, deben destacarse también las emisiones de metano que se producen como consecuencia de la descomposición anaeróbica de la materia orgánica presente en las granjas, arrozales, vertederos, etc. Su contribución unitaria al efecto invernadero es más de 20 veces superior a la del anhídrido carbónico que se produce en los procesos de combustión.

El efecto beneficioso de la materia orgánica en las propiedades físicas de los suelos arables es debido a que el humus actúa como cemento de unión de las partículas de arcilla, formando agregados de mayor tamaño, lo que incrementa la porosidad, aireación y permeabilidad del suelo. Por el contrario, en suelos arenosos, muy aireados y permeables, pero sensibles a la sequía, la materia orgánica aumenta la capacidad de retención de agua y nutrientes. Para que se produzca este efecto beneficioso, la materia orgánica ha de estar mezclada uniformemente con la capa de suelo en todo su espesor, lo que puede conseguirse en suelos arables, pero no en praderas permanentes o en céspedes, a no ser que en estos últimos se mezclen durante la fase de construcción. Añadida sobre la superficie, como veremos, la materia orgánica resulta perjudicial.

A diferencia de los suelos agrícolas, con suelos arcillosos poco permeables, en que los drenajes son sólo superficiales, y se basan en la escorrentía (el agua fluye a favor de las pendientes), en las modernas construcciones de jardinería, y especialmente en las deportivas de alto rendimiento, sometidas a un uso intensivo y a las que se les exige un alto nivel de calidad, la eliminación del agua en exceso acumulada en la superficie no puede conseguirse exclusivamente por escorrentía superficial. Esto requeriría una pendiente excesiva del terreno de juego, por lo que hay que buscar otras soluciones para mejorar su permeabilidad.

Por ello, a menudo, los suelos deportivos se construyen a base de mezclas con proporción mayoritaria de arena, bien sola o mezclada con pequeñas cantidades de materia orgánica o tierra vegetal. Este es el caso del Estadio de Anoeta, de la mayoría de campos de fútbol de la liga española y de los campos de golf, particularmente de los greenes. Pero este medio muy drenante hace que se lixivie con mayor facilidad una parte importante de los nutrientes minerales, especialmente los nitrogenados. Esto ha ocasionado que cada vez más superficies deportivas se fertilicen mediante sistemas de fertirrigación, análogamente a como se ha descrito para los cultivos hidropónicos.

Los suelos de césped tienden a acumular más materia orgánica que los de cultivo, ya que en estos últimos la aireación del suelo que producen las labores de arado incrementa la actividad microbiana. Ademas, los céspedes son grandes productores de materia orgánica (hasta 25 toneladas anuales por hectárea) que normalmente queda extendida sobre el suelo. Una consecuencia visual inmediata de estos dos factores en un suelo en el que crece la hierba es la acumulación de una capa de materia orgánica fibrosa en la superficie del suelo. Cuando la velocidad de producción de residuos de hierba (hojas, tallos y raíces) es superior a la de descomposición, se forma una capa orgánica superficial, que se conoce como fieltro o thach ("el colesterol del césped", según Domingo Merino, Gurú de los céspedes deportivos).

Una pequeña cantidad de fieltro (3-5 mm) se considera beneficiosa, ya que actúa como una capa protectora que amortigua los daños producidos por el uso, al tiempo que reduce la compactación, la dureza de la superficie, las pérdidas de agua por evaporación y la germinación de malas hierbas. Pero cantidades moderadas o excesivas de fieltro son claramente perjudiciales, ya que disminuye la infiltración de agua y la aireación de las raíces, aumentan las enfermedades y se dificultan las resiembras. Por esta razón, las operaciones de mantenimiento más importantes en este tipo de superficies con césped de naturaleza arenosa son el escarificado (una especie de rayado de la superficie) y el pinchado hueco (en el que se extraen pequeños “canutos” del suelo para luego rellenar el hueco con arena). Con estos procedimientos se reduce, en la medida de lo posible, la magnitud de dicha capa orgánica. Por lo tanto, si las principales labores de mantenimiento están orientadas a combatir la capa de fieltro, se comprende que la fertilización de este tipo de superficies nunca debe hacerse con abonos orgánicos, sino en forma mineral. Este es otro argumento que explica el auge de los sistemas de fertirrigación en superficies deportivas de alto rendimiento.

Sin embargo, en la práctica, todavía hoy en día somos testigos de la ceguera de algunos cuidadores de campos deportivos, cuyo fervor orgánico les lleva a emplear como abono incluso el pestilente compost de lodos de depuradora, de dudosas garantías sanitarias. La última ocurrencia que hemos conocido, a consecuencia del culto al ecologismo ( y, en consecuencia, al sagrado compost), la protagonizó un edil donostiarra: tuvo la feliz idea de prescindir de los abonos minerales para fertilizar el mini estadio de Anoeta (de capa drenante de arena), sustituyéndolos por compost obtenido a partir de los recortes de siega del propio campo. Afortunadamente, saltaron las alarmas y los técnicos llegaron a tiempo de evitar semejante barbaridad.

Ya que hablamos de residuos, hay que decir que este campo es uno de los que con más intensidad manifiesta el culto a la materia orgánica, en forma de compost, como alternativa a la incineración. Desde las diferentes plataformas ecologeras, de dentistas, políticos, sindicalistas y otros especialistas en la materia, se proponen demagógicamente sistemas alternativos de tratamiento de la basura disparatados, cuyo único requisito es incluir en su denominación los prefijos bio (biometanización, biosecado,...) eco (ecoparques), etc., y que profesen el fervor al sagrado compost. La lista de errores de concepto, imprecisiones, juicios de valor y falsedades en los campos de la ciencia del suelo, la nutrición de las plantas y la gestión de los residuos sería interminable, pero destacaremos dos. Una, Identificar el compost (una enmienda orgánica que mejora las propiedades físicas del suelo) con un abono, que puede ser aplicado, en sustitución de las enmiendas cálcicas y los fertilizantes minerales, a los suelos de praderas, montes, etc., para mejorar y/o mantener sus niveles de fertilidad, como acabó creyendo el edil donostiarra. Y dos, la supuesta necesidad de materia orgánica de los suelos guipuzcoanos, que debería ser satisfecha con el compost de la basura urbana.

La respuesta rigurosa a esos planteamientos la ha dado el grupo de trabajo pluridisciplinar, constituido por reconocidos especialistas de la CAPV y de Navarra en los campos de la edafología, horticultura, pastos, montes y compostaje. Sus conclusiones no pueden ser más contundentes: tras analizar en detalle los contenidos en materia orgánica y nutrientes minerales, las pendientes y la accesibilidad de los suelos agrícolas y forestales, pastizales, praderas, suelos degradados, el sector de la jardinería y de los sustratos, así como la calidad del compost obtenido a partir de residuos urbanos y los excedentes de residuos agrícolas, ganaderos y forestales, concluyen que la jardinería (con todas las limitaciones que hemos descrito) es el único sector que podría absorber compost de basura, en cantidades muy limitadas. Para ello, además de garantizar la máxima calidad del compost, que debería ser muy superior a la que actualmente se obtiene en España, su uso se debería contemplar como una parte más de la gestión municipal de los residuos, y no como una necesidad del sector de la jardinería, que no se manifiesta en la práctica.

En resumen y “paracelsando” de nuevo: sí a lo orgánico (como a lo mineral), en las cantidades, lugares y épocas convenientes; no a la demagogia y a los tópicos típicos de “orgánico porque sí, sin restricciones”, que nos “colocan” tantos vendedores de crecepelo. Palabra de calvo.

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