miércoles, 15 de marzo de 2006

A ver si arreglamos el agujero

No todo es de color de rosa en el mundo relacionado con la Química que ha causado y causa problemas y a la que se identifica socialmente con residuos, contaminación atmosférica, etc. Sin embargo, frente al énfasis que se pone en ese tipo de problemas, pocas veces se ha resaltado debidamente la manifiesta capacidad de la Química en la resolución de los propios problemas que ha ido creando. Problemas que, en muchos casos, han nacido de un desconocimiento de lo que pueda derivarse de la introducción de algunos procesos.

Es evidente que todo proceso o producto nuevo tiene un riesgo. Pero sin la asunción de algún riesgo, ningún avance es posible. Vivir es un riesgo que enfrentamos cotidianamente. Y no deja de ser curioso que mientras que asumimos de forma casi automática riesgos que, como el uso del automóvil o el fumar, tienen muchas probabilidades de causarnos lesiones graves o la muerte a lo largo de nuestra vida, asumamos mucho peor el empleo de sustancias que, siendo potencialmente peligrosas en algunos casos, hay mucha menor probabilidad de que puedan causarnos problemas graves (el empleo de plásticos es bastante ilustrativo a ese respecto).

En línea con lo manifestado, hay muchos ejemplos en los que el desarrollo de nuevos procesos o productos sintéticos ha dado lugar lugar a problemas ambientales graves que no se preveían cuando se descubrieron. El ejemplo de la disminución en la capa de ozono es relevante por su gravedad, pero también por la rapidez con la que se obtuvieron las bases para iniciar la resolución del problema.

A partir de los años 60 se comenzaron a detectar radiaciones ultravioletas solares excesivamente intensas en la Antártida. El fenómeno se producía todas la primaveras aumentando en intensidad de año en año. Inmediatamente se relacionó con una disminución local de la capa de ozono estratosférico que filtra la radiación solar. Pero el por qué de esta disminución del ozono era un misterio para la ciencia.

Dos científicos del Massachusetts Institute of Technology (MIT), Rowland y Molina, que estudiaban la química de la estratosfera propusieron la teoría de que el ozono se destruye por un mecanismo catalítico inducido por radicales cloro (Cl). El enigma continuaba pues era difícil explicar la presencia de radicales cloro en la estratosfera. Finalmente demostraron que provenía de los gases denominados clorofluorocarbonos o CFCs, compuestos sintéticos que el hombre ha fabricado en millones de toneladas a lo largo del siglo XX y que al final de su ciclo de vida son liberados a la atmósfera.

El uso de los gases CFCs está relacionado con los sprays, los sistemas de aire acondicionado, la fabricación de espumas sintéticas o con las neveras y congeladores que han jugado un papel decisivo en la conservación de alimentos y por tanto en la lucha contra el hambre en el mundo. Pero los CFCs son tan estables que se han ido acumulando en la troposfera y han sido capaces de atravesar la barrera de la tropopausa y llegar a la estratosfera. Allí, debido a la intensa radiación solar, se descomponen liberando átomos de cloro que son capaces de catalizar la destrucción del ozono.Rowland y Molina compartieron con Crutzen el premio Nobel de Química de 1996, por su valiosa contribución al esclarecimiento del problema.

Una vez detectada la causa última del problema, la conferencia de Montreal del 1987 permitió diseñar una estrategia asumible por el conjunto de los países de sustitución de los CFCs. La disminución drástica de emisiones de estos compuestos a lo largo de la década de los 90 está permitiendo revertir la tendencia creciente del problema. Aunque el problema se ha seguido agravando los últimos años, los datos indican, sin embargo, que la situación va tendiendo a estabilizarse y podría resolverse a mediados del siglo XXI. La gran inercia observada es debida a la larga vida media de los CFCs que para algunos de ellos puede alcanzar 400 años.

En resumen, a principios del siglo XX los químicos fueron capaces de sintetizar compuestos nuevos como los CFCs que supusieron avances con importantes repercusiones en el nivel de vida de la población, pero con el paso de los años se descubrió que producían un efecto secundario en el medio ambiente. De nuevo los químicos fueron los que explicaron el problema y plantearon alternativas respetuosas con el ambiente que nos permitieran no renunciar a los avances y mejoras en la calidad de vida que nos habían proporcionado los CFCs.

1 comentario:

gabriela dijo...

Felicitaciones a los químicos. Lástima que la vida media de los CFCs es larguísima, porque en sudamérica estamos con niveles altísimos de radiación durante las 4 estaciones del año.

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Boredom is the highest mental state, según Einstein. Pero, a veces, aburrirse cansa. Y por eso ando en esto, persiguiendo quimiofóbicos.