domingo, 29 de mayo de 2011

Guerras modernas

Hay varios indicativos que constatan que uno se va haciendo viejo. Entre ellos, los papeles inservibles que uno acumula (teoría de mi colega la Dra. Cortázar), o los amigos importantes que uno atesora. Uno de esos amigos, jerifalte de un Ente del que no daré dato alguno (Búho discreto ante todo), me contaba hace unos días que se va a ir con su cuerpo directivo a unas sesiones de coaching a una bodega alavesa para, entre cata y cata, reflexionar sobre el devenir de su negocio. Otra amiga, ejecutiva agresiva de una empresa dedicada a esa curiosa actividad, se vanagloriaba, con un vino (¡qué casualidad!) en la mano, de un reciente contrato con el que iba a llevar a altos directivos de una energética de campanillas a un stage al uso en un pueblo de Guadalajara. Entre las diversas actividades, una de las atracciones (a falta de vino guadalarajareño de postín que catar) era ese remedo de guerrilla urbana que llaman paintballs.

Ya me gustaría a mi irme con los colegas de POLYMAT a unas jornadas de ese tipo. Y lo digo por lo del vino alavés, que no por lo de las paintballs. Que uno tiene poco de guerrero y, por no matar, no quiere matar ni virtualmente. Para violencia la que uno ha tenido que sufrir de cerca a lo largo de su ya dilatada vida. Pero mi Universidad no tiene cintura para cosas como el coaching. Aunque le pusiéramos encima de la mesa el dinero, honradamente pagado por empresas que se fían de nosotros, nos negaría esa posibilidad. Entre el Tribunal Vasco de Cuentas que dicen que les acecha y las envidias de colegas que nunca podrían hacerlo, la negativa está servida. Pues que les den, que el Búho puede irse de coaching vinatero con su chica cuando le venga en gana.

Pero el caso es que lo del coaching es un próspero negocio. Era más floreciente hace tres o cuatro años, antes de la crisis, pero todo volverá a su ser. Y en derivada primera, también es negocio el asunto de las paintballs, esos proyectiles cargados de líquidos tintados, usados en esas guerras de mentiras que, pretendidamente, parecen crear nuevas inteligencias emocionales en los ejecutivos que lideran las mejores compañías, a cuyos encantos no nos queda más remedio que rendirnos. Y, en ese negocio, una de las principales químicas del mundo, Dow, habitual en este Blog, parece tener un importante nicho de negocio, como lo prueba este vídeo que os cuelgo. Está en inglés (perdón a los de siempre) pero voy a tratar de dar las claves para entenderlo en el lenguaje de Cervantes.

Las paintballs son unas bolas esféricas que se disparan desde pistolas de aire comprimido. Su superficie es una capa blandita de la gelatina de toda la vida, que encapsula un líquido viscoso de un polímero que llamamos polietilenglicol. La cubierta gelatinosa se puede decorar hasta con 400 tonos diferentes (para que cada usuario elija sus bolas personalizadas), mientras los polietilenglicoles interiores se venden en unos diez colores diferentes, indicativos de los grupos armados que pelean entre sí. El vídeo cifra en 5 millones de americanos los que cada año juegan a esta guerra, mientras otros dos millones se divierten con la misma parafernalia en el resto del mundo mundial.

El polietilenglicol es un polímero que puede resultar un tanto confuso. Aunque por su nombre puede parecer derivarse del etilenglicol, un líquido sobre todo conocido porque mezclado con el agua es el principal componente de los líquidos anticongelantes (podeis ver esta entrada al respecto), en realidad se obtiene industrialmente a partír del óxido de etileno, un gas dulzón de múltiples aplicaciones en Química, algunas tan minoritarias como esterilizar las jeringas que nos venden envasadas en las farmacias. Al polimerizarlo se obtiene un polímero, al que llamamos polietilenglicol si se trata de cadenas cortas y polióxido de etileno si las cadenas son largas (de hecho pueden ser muy largas). Entre sus diversas aplicaciones (además de las paintballs) hay otras de ámbito médico como el tratamiento del estreñimiento, cremas que facilitan el interludio sexual, lubricantes de gotas en oftalmología y otras muchas más en el ámbito de la cosmética (basta con mirar la etiqueta de muchas cremas).

En unas y otras aplicaciones, el tamaño (de las cadenas) importa y, de hecho, es la llave para aplicaciones concretas. Pero eso son cosas de químicos...

5 comentarios:

WillyRoa dijo...

¡Hola, Buho!

Una curiosidad. Entre las aplicaciones del polietilenglicol, está la de la conservación de ciertos restos arqueológicos. En el programa de radio de divulgación que hacemos desde Elhuyar (Norteko Ferrokarrilla) tuve la suerte de entrevistar a una arqueóloga de la enpresa Arkeolan, Pia Alkain, que son la gente que han montado entre otras cosas el museo Oiasso de Irún. Hace poco escavaron una especie de vertedero de restos vegetales (semillas, etc) de la Edad Media en el casco histórico de Hondarribi, y me contaba que lo especialistas conservadores de la Diputación solían liofilizar las semillas (quitarles el agua) y en su lugar inyectarles "una resina sintética llamada PEG"... polietilenglicol.

La entrevista es en euskera, y está aquí:
http://norteko.elhuyar.org/entzun.asp?Kodea=596

Iñigo L dijo...

Buho,
El óxido de etileno se emplea como agente de esterilización para material no resistente al calor. Las condiciones de empleo, al menos en la teoría, son bastante estrictas debido a que es tóxico e inflamable.

El Búho dijo...

Gracias Willy. Eso se llama información complementaria.

El Búho dijo...

Y gracias Iñigo por idénticos motivos.

Iñigo L dijo...

Otro detalle respecto al polietilenglicol: Para preservar piezas arqueológicas de madera que han estado sumergidas, se tratan en baños con concentración creciente del polímero, de forma que el agua va siendo sustituida progresivamente y (a los dos o tres años) se puede exponer al aire sin que se desintegre. Hay varios barcos vikingos tratados asi...