sábado, 9 de diciembre de 2006

Películas y bolas de billar que explotan

Desde hace muchas entradas no hablo de plásticos. La fama me está pervirtiendo y transformándome en algo parecido a un periodista que cree que sabe de todo con sólo bajarse un par de páginas del Google. Tengo que volver a mis esencias y hablar de lo que verdaderamente conozco y no meterme en otros berenjenales que no me van a acarrear mas que lectores descontentos y críticos impenitentes. Durante esta desaceleración otoñal del blog he acumulado una serie de temas poliméricos que andan rondando por mi desordenada mesa dedicada al ocio de escribir estas entradas. Y algunos de ellos no están muy lejos del poliácido láctico del que hablábamos en la mencionada entrada.

Por una serie de razones que no vienen al caso, durante las últimas semanas y meses he leído cosas y he asistido a conferencias y pequeños seminarios internos que han tratado sobre una serie de polímeros que se introdujeron en diferentes aplicaciones aún antes de que se supiera que eran cadenas largas de átomos de carbonos ligados por verdaderos enlaces covalentes, algo que sólo estuvo realmente claro a partir de los años treinta del reciente siglo XX. Hay un cierto revival de materiales, generalmente de origen natural, empleados ante del advenimiento de la era del petróleo en toda su pujanza y que, como consecuencia de ella, fueron olvidados, quizás prematuramente. La historia de la entrada de hoy tiene que ver con otro polímero de origen semisintético (que diría mi admirado Fernando Cossío), y que empezó a dar guerra a mediados del siglo XIX: el celuloide. Un nombre que removerá las esencias más profundas de algunos amantes de lo que ellos conceptúan el séptimo arte, viciosos de salas oscuras en las que diluir sus perversiones, como algunos habituales de la sesión semanal de Kresala que yo me conozco. Pero vayamos al grano que ya dicen mis colegas más próximos que me enrollo como las persianas.

Hacia la mitad del siglo XIX, el uso extendido del marfil en las empuñaduras de cubiertos de todo tipo, en los teclados de los pianos, en joyería y, sobre todo, en las bolas de billar, hizo empezar a temer (asomaban ya los primeros ecologistas, loados sean) por las poblaciones de elefantes y, sobre todo, creo yo, por el desmesurado precio que pudieran alcanzar en el mercado un par de buenos colmillos de paquidermo. El caso de las bolas de billar era particularmente importante pues su consumo se estaba incrementando y posibles materiales sustitutivos, como la madera maciza de procedencia arbórea diversa, no tenían unas propiedades adecuadas para el choque cuasielástico (¡toma física de altura!) requerido por profesionales cualificados en tal disciplina. Así que el más importante fabricante americano de bolas de billar, Phelan & Collander, instituyó, en la década de los sesenta de ese siglo XIX, un preciado premio de 10.000 $ (¡no estaba nada mal!) destinado al inventor que pudiera proporcionar un material que sustituyera al marfil de sus bien amadas bolas (de billar).

Un inventor de Albany, en el Estado de Nueva York, J.W. Hyatt Jr., que no se si tendrá algo que ver con los Hyatt que fundaron una de las cadenas hoteleras más importantes del mundo, decidió que el premio merecía un esfuerzo más que razonable y se puso a trabajar. No está muy claro de dónde le llegó la información que cristalizó en su inventó pero el caso es que para 1869 había elaborado unas bolas de billar elaboradas casi exclusivamente con un material que por aquel entonces era conocido por el vulgo ilustrado como colodión. El colodión tenía ya, por aquel entonces, su pequeña historia. Veinticinco años antes, un profesor de Química de Basilea, C.F. Schönbein, había escrito una carta a Lavoisier, que en aquellos años era como el gran guru de la Química del mundo mundial, comunicándole que siguiendo trabajos previos de unos químicos franceses, Pelouze y Braconnet, había conseguido hacer reaccionar papel con una mezcla de ácidos nítrico y sulfúrico, obteniendo una nueva sustancia, el nitrato de celulosa, de propiedades bastante curiosas. Como ya sabemos, el papel está básicamente constituido por fibras de celulosa, un polisacárido que ya nos hemos encontrado varias veces (por ejemplo, en esta entrada). Las fibras de celulosa son también las que forman parte de los tejidos de algodón, una precisión que debo hacer para que la historia que sigue debajo tenga una cierta consistencia.

Dependiendo del grado de nitración de la celulosa o, lo que es lo mismo, de la intendidad del ataque del acido nítrico sobre ella, el producto resultante podía ser desde una plastilina semisólida, capaz de ser moldeada en diversas formas y objetos, hasta un líquido muy viscoso. Schönmein también avisaba de sus propiedades explosivas y de hecho, en años sucesivos, el nitrato de celulosa se utilizó con fines bélicos, con denominaciones como algodón de cañón o nitrocelulosa, compuestos empleados en artillería y explosivos.

En cuanto la carta de Schönmein cayó en manos del looby parisino de la Química que Lavoisier capitaneó hasta que las hordas de la Revolución francesa le cortaron la cabeza, Louis Ménard, un estudiante de Pelouze se puso a investigar en el tema y pronto descubrió que el nitrato de celulosa podía disolverse muy bien en una mezcla de etanol y éter, disolución que fueron los primeros en bautizar como colodion, introduciendo así el nombre. Cuando la disolución, cual un barniz cualquiera, se aplicaba sobre una superficie y se dejaba evaporar el disolvente, proporcionaba un filme sólido, elástico, dúctil y a prueba de agua. Los poliméricos donostiarras, que somos muy finos y versados en lenguas, llamamos a ese proceso casting y lo empleamos habitualmente para preparar filmes delgados de polímeros a los que aplicar algunas técnicas analíticas. En aquella época, los sabios franceses andaban muy atareados en disputas internas en la Académie, así que no investigaron lo suficiente como para que se les ocurriera aplicación alguna para el citado material, aunque algunos años más tarde y ya en otros países como Gran Bretaña o Estados Unidos, la gente usaba las disoluciones de colodion como pegamento. De hecho, si uno investiga los precedentes del famoso pegamento Imedio que nos acompañó en nuestra infancia a los hoy cincuentones, los primeros preparados de esa marca no andaban muy lejos del colodion. En una aplicación más pedestre (y nunca mejor aplicado el adjetivo) las disoluciones de coloidon también se aplicaban como un renmedio que ayudaba a eliminar los callos de los pies.

Aunque no sabemos casi nada sobre la relación entre Schönmein, los seguidores de Lavoisier y ciertos colegas suyos de la pérfida Albión, lo cierto es que en la Exposición Internacional celebrada en Londres en 1862, un inventor inglés de la Gran Bretaña, llamado Alexander Parkes, exhibió en su stand una serie de objetos moldeados a partir de disoluciones más o menos concentradas de nitrato de celulosa. Se incluían allí cajas para guardas joyas, dientes artificiales, botones, empuñaduras de navajas y otros objetos, algunos de los cuales podéis ver en el Museo de la Ciencia de la capital londinense, si buscáis adecuadamente. Parkes, que denominaba a su material parkesina (modesto que era el hombre), fue uno de los triunfadores de la Exposición, ya que ganó una medalla de bronce y, casi inmediatamente, se metió en la aventura de comercializar sus productos. A finales de los sesenta de ese siglo XIX el catálogo había ido creciendo e incluía brazaletes, pendientes, mangos de paraguas y hasta alguna bola de billar. Sin embargo, la aventura parkesiana duró poco y el negocio se fue a pique. Dicen los historiadores que la causa fundamental fue el empleo paulatino de algodones (la fuente de celulosa de la industria de Parkes) de más baja calidad a medida que los pedidos iban creciendo y agobiando al personal, aunque otros lo atribuyen a problemas con el carácter inflamable de la parkesina.

Como parte de la liquidación de la sociedad entre los acreedores, la patente de la parkesina fue asignada a un antiguo asociado de Parkes, Daniel Spill, que decidió volverlo a intentar creando dos compañías, una en Inglaterra y otra en USA. Y, en este punto temporal es donde conectamos con nuestro inventor implicado en el concurso para una nueva bola de billar, Hyatt,que seguía con sus experiencias en EEUU. Este es también el momento en el que empieza el que probablemente es el primero de los litigios (la pasta es la pasta) que, a lo largo de la historia, han jalonado la historia de los polímeros.

Las bolas no marfileñas que Mr. Hyatt había patentado no pasaron las primeras pruebas de su uso en los salones de billar. Las bolas se inflamaban rápidamente si alguien las tocaba con un cigarro y hay una curiosa carta a Hyatt del propietario de un salón de billar de Colorado en el que le describe que, a veces, un golpe un tanto desmesurado sobre la bola provocaba una explosión de la misma, con un ruido parecido a un disparo. La cosa no era para tomársela en broma porque ya se sabe que, en aquella época, a todo el mundo los dedos se les volvían huéspedes a la hora de desenfundar las armas que llevaban al cinto, con lo que se podía montar la mundial en pocos segundos. En 1870, Hyatt consiguió avanzar un paso más en sus investigaciones y presentó una patente en la que describía que si en la cubierta final de las bolas se empleaba no nitrato de celulosa puro sino una mezcla de nitrato de celulosa y alcanfor el asunto de los disparos súbitos se controlaba mucho mejor. A esa mezcla, Hyatt lo bautizó como celuloide y su aceptación por el mercado bajó sustancialmente el precio de las bolas y contribuyó a la popularización del billar. Hoy sabemos que el papel fundamental del alcanfor es hacer de plastificante, algo similar al empleo de los ftalatos en el PVC para fabricar juguetes más blanditos.

Además de las bolas de billar, otros muchos objetos empezaron a producirse con el mencionado celuloide. Entre ellos se pueden citar peines, collares, cuellos duros (bien que me acuerdo de los que llevaban los frailes corazonistas que me martirizaron en mis años mozos); o los famosos dickies, esas rígidas falsas pecheras de camisas que hemos visto en muchas películas de cine mudo, gemelos, abridores de cartas, elementos de cuidado personal, etc.

Pero el nuevo propietario de la patente y antiguo asociado de Parkes en el asunto de la parkesina, Spill, estaba al loro y enseguida presentó una demanda contra la patente de Hyatt argumentando que el uso del alcanfor había sido ya introducido por su antigua empresa en algunos de los preparados ligados a la parkesina. Las cosas de las patentes y los abogados que las controlan y usufructúan no eran en aquel tiempo como ahora, donde es casi más importante cómo se escribe una patente que la propia investigación que ha dado lugar al producto que se patenta. Aún y así, el caso fue largo, caro y complicado y duró hasta 1887 cuando Spill murió sin conseguir su propósito y la Corte Suprema de EEUU archivó la querella. El asunto curioso es que Parkes testificó en el juicio a favor de Hyatt y en contra de Spill, su antiguo socio. Dicen las malas lenguas que se la tenía guardada, porque pensaba que una parte de la quiebra de la empresa se debía a una mala gestión interesada de Spill.

El nitrato de celulosa y el celuloide, entendido como nitrato de celulosa con algunos aditivos que lo hacían más blandito, flexible y manejable, se empleó posteriormente como material para la impresión fotográfica y, posteriormente, como soporte para registrar y reproducir las primeras películas. En esa aplicación hubo también más de un susto pues si bien se había controlado el carácter explosivo del material allí empleado, el celuloide es un material de llama fácil y más de un archivo de películas antiguas ha ardido como la Roma de Nerón sin poderse hacer nada para remediarlo. En los años posteriores, el nitrato de celulosa fue sustituido por el acetato de celulosa, un pariente próximo que resulta de tratar las fibras de celulosa con ácido acético (el ácido del vinagre). Ambas celulosas modificadas son igualmente parientes del celofán que vimos en otra entrada. De nuevo, como en el caso del nitrato de celulosa, pueden conseguirse diferentes grados de acetilación de la celulosa, obteniéndose materiales muy variados. Y podemos también conceptuar al acetato de celulosa como semisintético pues surge del tratamiento químico de las fibras naturales de celulosa.

El acetato de celulosa ha sido hasta los años 60 del siglo XX el soporte fundamental del material de fotos y películas, al permitir que sobre él se realizara una correcta dispersión de sales de plata sobre una capa de gelatina depositada sobre el acetato. Algún día tengo que convencer a algún colega como Juan Cancela que me escriba una entrada sobre Química y fotografía. A partir de 1960/70, el acetato de celulosa ha sido reemplazado como soporte por un plástico de origen puramente sintético, el polietilen tereftalato, PET, el mismo que empleamos hoy en día en la mayoría de las botellas de Coca Cola, agua y otras bebidas y el mismo que constituye la mayor parte de las fibras que parecen como poliéster en las etiquetas de nuestra vestimenta.

Hoy en día, se sigue empleando el celuloide aunque de forma marginal. Las bolas de ping-pong se siguen haciendo, en muchos casos, de celuloide y también se emplea nitrato de celulosa en algunas lacas de uñas. Así que ojo a las uñas de las chicas. No vayan a explotar.

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