viernes, 21 de diciembre de 2018

Las pelotas de caucho de los mayas y...otras cosas

Aunque los últimos días estamos teniendo en Donosti, gracias al Viento Sur, temperaturas muy agradables, no está, sin embargo, la cosa como para chancletas. Pero este Blog tiene lectores hasta en las antípodas y uno de ellos me ha mandado una página web con una cabecera con la imagen que se contempla a la izquierda. Que no se sabe si es una promesa de vuelta a la naturaleza para las chancletas o para quien las calza. Cada vez me cuesta más entrar, por cansina, en la clásica disputa natural/sintético pero es que, como ya os he contado más de una vez, yo hice mi Tesis Doctoral sobre diferentes tipos de cauchos (tanto naturales como sintéticos) y, de aquella época y también de algo más tarde, conservo mucha bibliografía sobre la historia de estos materiales. Alguno de esos artículos vuelven a mi ya provecta memoria de vez en cuando y por desencadenantes diferentes. Como hoy, cuando leía el anuncio en cuestión. Así que he decidido contaros una historia, creo que interesante, sobre la prehistoria de los cauchos y luego volvemos con las chancletas de marras.

En el año 1999, tres investigadores del Departamento de Materiales del Massachusetts Institute of Technology (el afamado MIT) publicaron en la no menos afamada revista Science, un trabajo sobre unas pelotas de caucho que las diferentes culturas mesoamericanas usaron durante muchos siglos en ciertas ceremonias lúdico-religiosas que, todo hay que decirlo, a veces acababan con sacrificios humanos. La datación con técnicas radiactivas de unas pelotas, encontradas en un yacimiento arqueológico en la localidad mejicana de Veracruz, han permitido establecer que se fabricaron alrededor de 1600 años antes de Cristo. Tres mil años mas tarde, los colonizadores españoles y los cronistas que los acompañaban, constataron que los indígenas seguían practicando ese juego con dichas pelotas de tamaños similares a los actuales balones de fútbol. Era algo parecido al vóley pero que se jugaba sin red y golpeando la pelota con la cintura y caderas. Gracias a crónicas de principios del siglo XVI sabemos que esas pelotas se fabricaban a base de lo que hoy llamamos látex, una suspensión acuosa de grasas, ceras y polímeros, que ciertos árboles tropicales de la zona, como el denominado Castilla elastica, exudan cuando sus tallos son heridos con un objeto punzante. La producción de ese látex es una reacción del árbol a la agresión y una forma de comenzar la restauración de la parte dañada. Los indígenas llamaban al látex ulli, de donde procede el término hule que en Méjico y otros países de la zona se usa para el caucho.

Como ya os he contado en otros sitios de este Blog, eliminar el agua que contiene el látex da lugar a un material semisólido, blandito y pringoso, que es lo que se conoce como caucho natural. Durante bastante tiempo no sirvió para casi nada, aunque en una entrada de 2010 os contaba, sin embargo, que los primeros impermeables contra la lluvia, los famosos Mackintosh, que se empezaron a vender en la segunda década del siglo XIX, eran capas de tejidos embadurnados con una disolución de ese caucho natural en éter de petróleo (algo parecido a la gasolina), que se pegaban unas con otras en una especie de sandwich. Eficaces contra el agua pero una guarrada pegajosa y molesta, que ningún inglés de alta sociedad osaría vestir.

Más o menos en este tiempo, emerge la figura de Charles Goodyear, un personaje fascinado por la posibilidad de hacer que el caucho pudiera utilizarse para algo, una obsesión que casi arruinó el patrimonio familiar y que le hizo visitar la cárcel, cuando acabó en un auténtico desastre su propuesta al gobierno de su tiempo de preparar sobres de correo resistentes a la lluvia con un impregnado a base de caucho. Entre las muchas cosas que probó para mejorar el caucho, a base de pura prueba y error, optó, vaya usted a saber por qué, a mezclarlo con azufre. Algo que tampoco funcionó, hasta que un día una de esas mezclas se quedó sobre una estufa que tenía en su laboratorio para calentarse. El resultado fue que la goma blandita y deformable se fue haciendo más dura y prácticamente indeformable pero manteniendo una cierta elasticidad que le permitía botar. Había nacido el caucho natural vulcanizado que jugó un papel fundamental en la introducción de los primeros automóviles con motor y resultó un material estratégico en la primera guerra mundial.

Volviendo a los tres investigadores implicados en el trabajo de Science, cuya referencia doy al final, uno de ellos era un estudiante que estaba haciendo un trabajo de fin de grado dirigido por otra de los firmantes. El trabajo no iba más allá de querer establecer el marco geográfico de esas prácticas con pelota entre los indígenas mesoamericanos. Pero en las sesiones de tutoría entre el estudiante y su directora, y de modo tangencial, surgió la pregunta de cómo se las habían ingeniado los indígenas para conseguir una pelota elástica, pero prácticamente indeformable, cuando el concepto de vulcanización no apareció, de la mano de Goodyear, hasta 3500 años después. Ambos exploraron los textos de otros cronistas de la época de la colonización por parte de los españoles y, lo que es más importante, consiguieron hacerse con un par de muestras de las pelotas encontradas en los trabajos arqueológicos de Veracruz antes mencionados. Contando con la ayuda de la tercera firmante del artículo, pudieron realizar una serie de análisis químicos que fueron los que llegaron a la conclusión que valió su aceptación como artículo publicable en Science.

Los indígenas extraían el látex de ejemplares del árbol arriba mencionado (Castilla elastica) pero, antes de eliminar el agua del mismo, lo mezclaban con un segundo líquido, extraído de la maceración de una enredadera habitual de esos mismos árboles y que en botánica recibe el nombre de Ipomoea alba (también conocida como Flor de Luna o Dama de Noche porque sus flores se abren de noche y se cierran durante el día). La mezcla de ambos líquidos provoca la precipitación del polímero base del caucho natural que, al mismo tiempo, reacciona con ciertos compuestos de azufre que la Ipomoea contiene (ácido sulfónico y cloruro de sulfonilo) obteniéndose un efecto similar al que se da en el proceso de vulcanización del caucho.

Dicho lo cual, y volviendo a las chancletas del comienzo, la empresa que las comercializa nos cuenta una maravillosa historia en la que dicen haber buscado su material en granjas de árboles de Tailandia que se han dedicado tradicionalmente al suministro de caucho natural. Nos cuentan cómo los vibrantes colores de sus productos provienen de colorantes naturales. Pero si me habéis seguido hasta aquí, os habrá asaltado la duda que asaltó a un servidor al leer el anuncio: ¿esas chancletas usan el caucho sin vulcanizar?. Difícil, porque durarían muy poco en su forma original cuando alguien pesando unas cuantas decenas de kilos se asentara sobre ellas. Y, si no es así, ¿habrán usado, como los indígenas, extractos de plantas para conseguir algo similar a la vulcanización?. Difícil de entender que si lo han hecho no lo publiciten, dado el tono ecológico del anuncio. Así que yo creo que azufre o compuestos de azufre, como los mercaptanos o similares, tiene que estar implicados en la confección de las citadas chancletas.

También proclaman la biodegradabilidad de las mismas. Aunque es cierto que los cauchos (tanto naturales como sintéticos) se biodegradan mejor que otros polímeros, como los plásticos convencionales, la vulcanización complica la biodegradabilidad y tanto más cuanto más extensamente vulcanicemos. Y para muestra un botón: basta ver cómo se "biodegradan" las pilas de neumáticos usados que se acumulan en las empresas de desguace. Poco o nada, lo que hace que muchos de ellos acaben en las interioridades de los hornos de las cementeras o de las plantas incineradoras.

¡¡Feliz Navidad amigos!!

(*) D. Hosler, S.L. Burkett y M.J. Tarkanian, Science 284, 1988 (1999).

2 comentarios:

aurora ruiz galán dijo...

Me voy a permitir puntualizar aspectos geográfico-históricos, sin pretensión alguna de corregir al Búho sapientísimo (que lo es, tanto o más, que su casi paisano el donostiarra Kalikatres, sapientísimo por antonomasia, según La Codorniz).

Las huestes de Colón (¡qué mal suena eso de huestes aplicado a un explorador!) no llegaron a México, pues Colón hacia años que había fallecido (1506) cuando se produjo la primera incursión estable en territorio mexicano, llevada a cabo por Fernando Cortes (1519).

A la pelota (así se llama en México, y no balón) se cree que la golpeaban, sobre todo, con la cintura y caderas, más que con los pies, para lo cual los jugadores portaban unos recios cinturones.

La sustancia con la cual estaban fabricadas las pelotas la llamaban ulli (náhuatl), de donde procede nuestro hule, que es el término hoy usado en México. Lo de caucho deriva del quichua cauchu, por tanto en territorio muy alejado de donde se jugaba a la pelota (en el hemisferio contrario).

Como dejó escrito Fray Toribio de Benavente sobre estas pelotas (Fray Toribio de Benavente o Motolinia, 'Historia de los indios de la Nueva España', número 90):
«… ulli que es una goma de un árbol … punzándole salen unas gotas blancas … luego se cuaja y para negro, casi como pez blanda; y de este hacen las pelotas con que juegan los indios, que saltan más que las pelotas de viento de Castilla … aunque son mucho más pesadas … corren y saltan tanto que parece que traen azogue dentro de sí.»

Claro que el origen de hule también ha sido atribuido a la lengua vasquense o bascuence, por el padre Manuel de Larramendi, jesuita, en su 'Diccionario trilingüe del castellano, bascuence y latín' (dedicado a la mui noble, y mui leal provincia de Guipúzcoa), donde dice que hule: «Viene de el Bascuence urlea, que significa aguadero, aguador, y porque defiende del agua, se le dió el nombre».

Así que todo quedaría en casa: pelota, por pelota vasca; hule, por el urlea vasco y la dedicatoria a Guipúzcoa; Búho, por Hernani; sapientísimo, por el donostiarra Kalikatres. Y Felices Pascuas, por mi parte

Yanko Iruin dijo...

Bueno, Aurora. Si fuera joven diría que me has dado un zasca en toda regla. Voy a procurar cambiar lo que pueda. Pero no se si voy a poder seguirte en todo.