lunes, 11 de agosto de 2014

Cremas bronceadoras

Otro verano y otra dermatitis solar a mis espaldas. Y es que soy un poco anarco en lo que al uso de cremas de protección solar se refiere. Llega un momento en el que creo que estoy ya algo gitano y que puedo prescindir de embadurnarme, algo que odio. Y, una vez más, ha sido que no. Podría usar esta excusa para reeditar y renovar (tal y como amenacé hace unas semanas) una entrada antigua, de esas que produje en 2006 y que casi nadie ha leído. Los que estéis interesados en el original podéis leerla en este enlace porque, finalmente, he decidido dejarla en su sitio, dada la proliferación de entradas sobre la Química y la Física del bronceado que he leído este verano y que ahora os voy a relatar. Pero, al mismo tiempo, he leído otras cosas que tienen que ver con el mismo tema y que voy a usar para entretenerme en este lunes gris y lluvioso de la Semana Grande Donostiarra que ya estoy deseando que acabe cuanto antes (la Semana, no el lunes).

Compound Interest es un relativamente joven blog, publicado por Andy Brunning, un profesor de Química inglés y cuya lectura os recomiendo vivamente a los que no hagáis ascos a leer en inglés. Cada entrada comienza con una interesante infografía en la que se explica brevemente el tema objeto de la misma, que siempre tiene que ver con la Química y nuestra vida cotidiana. En recientes semanas Andy ha publicado dos entradas sobre el asunto de la Química y el bronceado. En la primera se repasa la composición de las cremas que nos protegen de los peligros de las radiaciones solares cuando nos desnudamos en una playa. En la segunda se explica la historia y los fundamentos de las cremas autobronceadoras. Todo eso está también en mi entrada de hace ocho años antes mencionada, pero ocho años dan para ciertas novedades en las sustancias que ahora se emplean en estas cremas y podeís encontrar ahí interesantes puestas al día.

Cuentos Cuanticos es el Blog del colega en Naukas Enrique F. Borja, un físico y profesor de la Universidad de Sevilla, muy conocido en el ámbito de la divulgación científica española. En una reciente entrada nos daba su visión sobre la acción de la luz ultravioleta en nuestra piel y las formas de protegernos frente a los problemas que ello causa. Aunque dada nuestra diferente formación su entrada y la mía se diferencian en matices, de nuevo la suya es de este verano y, por tanto, más actual y, en este caso, en la lengua de Cervantes.

Pero ninguna de las entradas mencionadas han incidido en algo que yo describía en 2006 y que, ahora, tiene una cierta actualidad. Cual es el asunto de los factores de protección o Sun Protection Factor (SPF). Escribía yo en esa vieja entrada que "Una crema protectora comercial mide su eficacia en el índice de protección solar, un número que aparece en todos los preparados y que es mal comprendido por muchos usuarios. Es percepción popular que si uno se compra una crema de índice de protección 30, le protege el doble que una de índice 15. La cosa tiene algo más de intríngulis aunque espero que, a partir de ahora, todo os quede clarito con lo que os voy a explicar. Un índice 2 quiere decir que la crema impide llegar a la piel a la mitad de la radiación que llegaría en caso de no usarla. Elimina por tanto el 50% de la radiación y deja llegar el otro 50 (100/2). Un índice 10, deja sólo llegar el 10% (100/10), eliminando el 90%. Un índice 25, deja pasar el 4% (100/25) y elimina el 96%. Un índice 50 sólo deja pasar el 2% (100/50) y elimina el 98%. Como se ve, a partir de estos valores, la cantidad de radiación que nos alcanza es realmente pequeña y subidas en el número que indica el índice no suponen rebajas notables en la protección. Y tampoco hay que pasarse con ella porque es necesario ponernos algo morenos, con tiento y sabiendo el riesgo que corremos, pues los beneficios del sol (por ejemplo, en cuanto a fuente de vitamina D) pueden compensar esos riesgos, al menos en teoría. Y, además, los fabricantes (y las farmacias) se aprovechan del asunto de los números del factor de impacto para subir los precios".

Y el tiempo ha venido a darme la razón. En Europa y, más recientemente (2012) en EEUU, sus respectivas agencias han modificado su normativa al respecto de los SPF y han prohibido a los fabricantes hacer publicidad a cremas con índice de protección superiores a 50. Lo más que les dejan es colocar en el envase el término 50+. Es una forma de decirle al usuario que comprar cremas con SPF de 60, 80 o incluso 100 (que existían) es, en realidad, otra forma más de marketing perverso y timador.

Y al hilo de las sustancias químicas que protegen nuestra piel frente a la radiación solar, hace pocos días he leído una entrada en el apartado Next: Ciencia y Futuro de la revista digital Vozpópuli, apartado que dirige el amigo Antonio Martínez Ron (@aberron en Twitter), por quien tengo especial admiración. Se hacían allí eco de un artículo recientemente publicado por dos investigadores españoles en la revista Environmental Science and Technology. Según ese artículo, el dióxido de titanio, componente habitual en las cremas solares, donde actúa como una especie de espejo reflectante de la radiación ultravioleta contenida en la luz del sol y dañina para nuestra piel (ver los post de Andy y Enrique para más información), podría tener repercusiones ecológicas importantes, dada su capacidad para catalizar, en presencia de esa radiación y a partir del agua de mar, la producción de una sustancia muy común en nuestra vida diaria, el agua oxigenada o peróxido de hidrógeno que, a tenor de los resultados, parece afectar a las poblaciones de fitoplacton marino.

Me he leído el artículo con mucho interés. Digamos que el planteamiento, la metodología experimental y los resultados están dentro de los parámetros deseables de un artículo científico. Y cuadran con el título que los autores han dado el trabajo, "Pantallas solares como fuente de peróxido de hidrógeno en aguas costeras". Pero,  a partir de ahí y como en otros muchos casos en los tiempos que corren, las conclusiones que se trasladan a los medios de comunicación no se derivan tan fácilmente de los resultados aportados. Es verdad que el dióxido de titanio cataliza la producción de agua oxigenada. Y que en los experimentos realizados con fitoplacton en recipientes cerrados la concentración de éste cae bruscamente en los períodos del día en los que el agua recibe una mayor irradiación de luz ultravioleta. Pero otra cosa distinta es extrapolar esos datos a una bahía mallorquina que no está herméticamente cerrada y en la que son posibles procesos de dilución importantes, derivados de la pequeña cantidad de agua que suponen los entornos próximos a las playas con respecto a la de la globalidad del Mar Mediterráneo.

Así que, por ahora, me guardo el artículo en la recámara y quedo a la espera de nuevos trabajos, antes de apuntarme como buena esa hipótesis que parece haber gustado tanto a los que elaboran Next. Aunque esto, como siempre, es una simple opinión personal, que se puede echar a la basura sin mayores complicaciones.

1 comentario:

gabriela dijo...

Esto del dióxido de titanio, me dejó "¡plop!"...

¿Y por qué?

Pues porque es un componente de postres, pastas dentales, cremas faciales, protectores solares, medicamentos, y tantas cosas que más me parecía un desecho industrial que hay que botar en algún lado sin dejar rastros...jeje...

Estaré a la espera, a ver si se confirma o no esto que cuentas, que sería la cara fea de este blanqueador.