domingo, 20 de diciembre de 2009

El violín de Sarasate

Todavía no hace un año os castigaba con una entrada en la que os relataba un reciente estudio sobre la composición química de varios violines fabricados por Stradivarius, a la búsqueda del secreto del maestro artesano de Cremona. Esa entrada contiene un comentario de Gabriela, relativo al posible efecto de las lacas o barnices empleados en el acabado de los instrumentos (también se apuntaba a la longevidad de las maderas empleadas). Pues bien, un artículo que acaba de aparecer en la prestigiosa revista Die Angewante Chemie, International Edition [Angew. Chem. Int. Ed. 2009, 48, 1-6], vuelve sobre el tema. Alguno dirá que ya me vale de Stradivarius y Química, pero si llegais hasta el final de lo que he escrito vereis que (una vez más) un cúmulo de coincidencias es la mejor fuente de una improvisada entrada.

Mi casi nonagenario progenitor ha sido siempre un melómano. Y como tal, trató de influir en su prole para que también lo fuéramos. A la vista de los resultados no parece que lo hiciera con criterios pedagógicos adecuados (claro que entonces no existía el espíritu de Bolonia). Analizando el asunto, intuyo que una causa fundamental del fracaso radicó en las turradas de Wagner con la que nos "regalaba". Tratar de aficionar a un tierno infante a la música seria con seis horas del Parsifal fue demasiado para nuestras entrópicas neuronas. Y así hemos salido. Ninguno tocamos ningún instrumento musical con cierta gracia (era otro de sus objetivos) y los que regularmente vamos a conciertos sinfónicos (un servidor y mi hermanita), hemos sido reconvertidos a la clásica en años posteriores y por agentes externos a la familia.

Y, sin embargo, de esa época de "conciertos at home", a este vuestro cronista, que siempre ha tenido un tono pachanguero en la musica clásica que le gusta, se le quedaron grabadas algunas piezas o extractos que han pervivido entre mis favoritos. Por sólo citar dos: las Danzas Polovotsianas de la ópera Príncipe Igor de Alexander Borodin, químico para más señas, y los Aires Gitanos de Pablo Sarasate, un célebre violinista pamplonés que maravilló a sus coetáneos del final del siglo XIX, principios del veinte.

Pues bien, en el artículo al que hacía referencia al principio de la entrada, un multidisciplinar grupo de científicos franceses y alemanes, usando una batería de técnicas analíticas de última generación, han conseguido analizar cuatro violines y una "viola d'amore" manufacturados por Antonio Stradivarius entre 1693 y 1724, instrumentos propiedad del Musée de la Musique de Paris. Uno de los violines es el conocido como "Sarasate" por haber sido donado por el músico navarro tras su muerte al mencionado Museo.

La conclusión más importante del estudio es que Stradivarius no utilizó nada raro en lo que al pintado de los instrumentos se refiere. Todos los instrumentos, a pesar del dilatado tiempo transcurrido entre la construcción del primero y el último, tienen una capa de un aceite secativo sobre la madera original, aceite similar al que emplea mi comadrona cuando pinta sus óleos. En su composición no figuran ni pigmentos ni cargas minerales. Sobre él va una capa sencilla de barniz que los análisis demuestran que no tiene nada que ver con las resinas de ámbar o las gomas naturales sobre las que se habían hecho hipótesis previas. Y luego está el asunto del ligero color (más o menos rojizo) de todos los violines de Stradivarius. El análisis revela que uno de los tintes más usados fue el rojo de cochinilla, un colorante que se extrae de los cuerpos de las hembras del Dactylopius coccus, un insecto que vive como parásito de los cactus de la familia Opuntia, alimentándose de la humedad y nutrientes que el cactus le proporciona (picar la foto que ilustra esta entrada pero verlo mejor).

Utilizado por aztecas y mayas, desde tiempos remotos, para dar color a sus prendas de vestir, fue importado a Europa por los españoles, llegando a ser el segundo producto importado más importante tras la propia plata. Desde el siglo XVI y hasta finales del XVIII fué un colorante muy empleado por los pintores de la época, así que no es extraño que también lo usara Stradivarius.

Pero el rojo cochinilla se sigue usando para muchas cosas hoy en día. Colorante alimentario permitido por la Unión Europea bajo la sigla E-120, también está permitido en los USA y se emplea para dar su persistente color a cosas tan variopintas como los lápices labiales, al Pernod, en carnes, ensaladas, postres, helados, mermeladas, zumos o en el queso cheddar. Y también (y aquí está la coincidencia) en ciertos platos de cocineros tan reputados como mis amigos de Arzak. Sin ir más lejos, ayer dedicamos la mañana a discutir un plato que presentarán en el Madrid Fusion 2010 que lleva como elemento impactante una dispersión de rojo cochinilla en agua. Y llego a casa a la tarde/noche y me encuentro en el correo electrónico una alerta de la American Chemical Society que me avisa de la aparición del artículo sobre los barnices coloreados del "Sarasate". Así le ponían las bolas de billar a Fernando VII.

Y una nota final. El artículo en cuestión concluye diciendo que puesto que los barnices no tienen nada de extraordinario, parece claro que lo determinante era la pericia del artesano a la hora de conseguir lo que consiguió con sus maravillosos instrumentos.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

No sabía que se llamaban también bolas de billar

El Búho dijo...

Es que, según he leído, la historia real es diferente de lo que parece entenderse.

gabriela dijo...

Ya que los barnices no tienen que ver con la calidad y sonido de los violines, creo que al final se dirá que hay dos factores o causas: la calidad del artesano, su habilidad para darle el grosor y las curvas, y además, la calidad de la madera, la "edad". Mientras más viejo el árbol( más anillos ), mejor... ¡¡Igual que nosotros!!