sábado, 8 de julio de 2006

El Búho tiene la piel delicada

Demasiadas intimidades estoy descubriendo con esto del blog. Pero, en fin, aquí va una más. Como reza el título tengo una piel delicada, lo cual debe ser símbolo de juventud pues me parece a mí que las personas de edad tienen pieles más coriáceas y, por tanto, más resistentes a las agresiones ambientales. El caso es que, en determinadas zonas, me aparecen de vez en cuando pequeñas erosiones, particularmente molestas por lo que pican. El dermatólogo, y amigo, José Ignacio Aristondo me echó una ojeada hace unos años y me largó de su consulta con una crema que me daba un poco de grima aplicármela porque tras hacerlo olía como un peón caminero en pleno asfaltado de una vía pública. La crema contenía un extracto alcohólico de CoalTar, un nombre aparentemente enigmático. Pero no es tal, porque coal es carbón en inglés y tar es alquitrán o brea. Así que lo que se emplea en estas cremas es lo que el alcohol puede extraer al ponerlo en contacto con brea (de ahí el olor) de alquitrán.

La brea de alquitrán de hulla es un residuo de la llamada destilación del alquitrán de hulla. Este se produce a su vez en el proceso de conversión de la hulla en el llamado carbón de coque, un producto muy solicitado para su empleo en los hornos metalúrgicos. Cuando la hulla se somete a altas temperaturas en los hornos de coquización, se obtienen como subproductos el llamado gas de batería y el alquitrán. Este último, una mezcla compleja de líquidos y sólidos, puede someterse a destilación fraccionada, produciendo los llamados aceites ligeros (benceno, tolueno, xileno), aceites pesados ( naftaleno, fenol, cresol) así como fenantreno, antraceno y otros productos. El resto que queda es la brea, que podéis ver en la foto del encabezado. Esa brea se usa para producir las fibras de carbono que hacen más resistentes los esquís o los palos de golf, por solo poner ejemplos deportivos. Mas recientemente, este tipo de residuos carbonáceos se están utilizando también para producir los llamados nanotubos de carbono, unas fibras de carbono de diámetro de unos pocos nanómetros (0.000000001 metros) y que, por esas dimensiones minúsculas, presentan propiedades inusuales en las propias fibras de carbono. Además de las pomadas contra afecciones de la piel (principalmente psoriasis), el extracto alcohólico de estas breas se emplea también en champús y geles de baño, lociones capilares o hasta jabones como el que aparece aquí abajo, que lleva como nombre comercial el del propio CoalTar. Aquí las dos palabras, coal y tar, van separadas, como corresponde a su significado en inglés.

El caso es que la pomada en cuestión me iba de maravilla, hasta que hace un par de años empecé a tener dificultades para encontrarla. Creo que me he ido llevando los últimos tubos que quedaban en todas las farmacias de mi área de influencia. Pero ahora es ya una labor imposible. El fin de semana pasado, tomando una cerveza post partido de golf con una pareja de amigos, acabamos hablando de la famosa brea. Uno de ellos sufre de psoriasis y el único remedio que realmente le funcionaba era también una crema, de diferente laboratorio farmacéutico, pero conteniendo como principio activo el mencionado extracto alcohólico de CoalTar. Pero también esa crema había desaparecido de la práctica totalidad de las farmacias. Incluso habían hecho excursiones a Francia tratando de localizar preparados similares. Sin éxito alguno.

La conversación me devolvió el runrun de la búsqueda de la crema perdida, que casi ya había olvidado. Así que me puse a revolver con el Google y en una página del Colegio Oficial de Farmacéuticos de Euskadi di con la razón de la súbita ausencia de nuestras amadas cremas de los estantes de las farmacias. Según parece, en los últimos tiempos se ha cuestionado la seguridad del empleo del CoalTar. Diversos estudios epidemiológicos han mostrado que la exposición ocupacional a este producto, por ejemplo en mineros y trabajadores del asfaltado de carreteras, se relaciona con un aumento del riesgo de padecer cáncer de pulmón, escroto o piel. Ello se atribuye a los hidrocarburos aromáticos policíclicos (PAH), componentes del CoalTar. Los metabolitos activos de los PAH, entre los que figuran los benzopirenos, son capaces de ligarse con el DNA, y tienen un efecto carcinógeno. Estas sospechas han sido recogidas por la Comisión de Productos Cosméticos de la Comunidad Europea. La directiva 97/45/CE clasificaba al CoalTar en el anexo II de sustancias prohibidas, y establecía plazos para su erradicación, de forma y manera que después del 30 de junio de 1999, dichos productos no podrán cederse ni venderse al consumidor final.

Los PAHs son, con las dioxinas y los PCBs, los cocos con los que los medios periodísticos asustan periódicamente a los ciudadanos indefensos (en nuestro entorno, el debate sobre la incineradora se ha trufado habitualmente con estos productos químicos). Y algo más atrás en el tiempo fue famoso el follón que montó la incontinente exministra de Sanidad con el PP, Celia Villalobos, a propósito del contenido en PHAs del aceite de orujo de oliva. Menos mal que hubo alguien que le puso en su sitio o se carga el sector olivarero. El origen de estos miedos no es infundado. Como se ha mencionado arriba, estos productos están reconocidos en pruebas clínicas como virulentos cancerígenos. Nada que objetar, por tanto, en el origen del planteamiento. Pero dejadme profundizar un poco más en la prohibición de mi querida pomada a base de CoalTar.

Los PHAs son, en realidad, productos derivados de la combustión incompleta de material orgánico a temperaturas de entre 300 y 600 ºC. Se originan en muy altos niveles en las erupciones volcánicas o los incendios forestales, pero, también, a través de la simple combustión de un cigarrillo, en la elaboración de carnes y pescados a la parrilla, en los procesos de ahumado de pescado o en el proceso de elaboración del café torrefacto (de hecho el cafe torrefacto es el alimento que más PHAs contiene por Kg). Los PHAs son compuestos de elevada estabilidad y persistencia, lo que los predispone a una ubicuidad en prácticamente todos los sustratos medioambientales: aire, suelos y aguas. Y parece probado que tienen una cierta tendencia a acumularse en el organismo humano, Se han identificado muchos compuestos de este tipo, pero sólo los de elevado peso molecular, como los benzopirenos, se consideran de naturaleza tóxica.

Hablemos ahora, como siempre me gusta, de dosis. Cuantitativamente, la mayor exposición a benzopirenos por alimentos se da en carnes muy hechas a la parrilla o barbacoa (ternera, hamburguesas o pollo con piel), con 4 ng/g; mientras que en cereales y verduras los niveles bajan a 0,5 ng/g. Cifras irrisorias si tenemos en cuenta que los fumadores y personas expuestas al humo de tabaco pueden inhalar hasta 23.000 ng de benzopirenos al día. A propósito del problema con el aceite antes mencionado, la página sobre alimentación de EROSKI (poco sospechosa de sacar la cara a ningún producto químico) llamaba la atención sobre el hecho de que un cigarrillo contiene 100 veces la cantidad de benzopirenos de un litro de orujo de aceite.

En conclusión, la alarma sobre las cremas me parece injustificada pensando en que el usuario habitual es gente que, como yo, se aplica unas cantidades mínimas y, además, muy espaciadas en el tiempo. Pero nos la han prohibido. Y, sin embargo, nadie prohibe la venta de tabaco (y yo fumo), contentándose con asustarnos con mensajes infantiles en las cajetillas. Ni nadie prohibe la venta de salmón, trucha, palometa o arenques ahumados (ya se ve que controlo el mercado de los ahumados). Ni cierra asadores.

¿A qué jugamos?.

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