domingo, 9 de agosto de 2015

Filatelia y gominolas

Estoy seguro de que mis amigos expertos en redes y en comunicación me dirán que, en agosto, es mejor tomarse vacaciones como autor de un modesto Blog como éste. Pero mi junio y julio han sido dos meses demasiado turbulentos como para alejar de mi la entropía que me han producido y ponerme a escribir en plan dilettante. De ahí el parón que mis fieles seguidores habrán detectado. Así que como ya soy mayor en DNI y autoría de blog, creo que me está permitido hacer lo que me dé la gana y ver si en agosto consigo retomar la tranquilidad y "deleitaros" con algunas entradas. La anterior sobre recetas de la alquimia no ha ido nada mal y ha hecho subir de forma notable mis estadísticas.

Así que, para continuar, vamos a recordar una entrada nada menos que de junio de 2006, en la que os explicaba las diferentes familias de los azúcares o carbohidratos, diferenciando entre monosacáridos como la glucosa o la fructosa (de las frutas, como es obvio), disacáridos como la sacarosa (el azúcar normal) o la lactosa de la leche (que contienen dos monosacaridos unidos) y polisacáridos como el almidón o la celulosa, ambos constituidos por largas cadenas de muchas unidades de glucosa. De muchos de los citados extraemos los humanos el "combustible" base para nuestro "motor". Allí quedaba claro, además, que hay otros muchos polisacáridos, donde la unidad que se repite es diferente de la glucosa del almidón o la celulosa y que, en muchas sustancias que se dan en nuestro mundo, es normal encontrar complejas mezclas de polisacáridos.

Una de esas sustancia que puede denominarse como mezcla de polisacáridos (aunque también lleve como componentes algunas proteínas) es la denominada goma arábiga. Se le ha seguido la pista hacia atrás hasta el tercer milenio antes de Cristo, el tiempo de los antiguos egipcios, que comerciaron con ella y la usaron como aglomerante de pinturas y como adhesivo en sus ilustraciones jeroglíficas. Está también documentado su uso, igualmente como adhesivo, en los tejidos de lino usados para embalsamar las momias.

La goma arábiga se obtiene de algunos tipos de acacias que la emplean en un mecanismo natural de defensa. Cuando la corteza de estos árboles es dañada por algún agente exterior, la planta exuda una disolución acuosa de la goma y sella la herida, previniendo así posteriores infecciones o la deshidratación. Esa disolución acaba secándose al aire, dejando unas costras sólidas que pueden recolectarse fácilmente. En las actuales plantaciones de acacias para obtener goma arábiga, esas heridas se provocan deliberadamente, como pasa también en las plantaciones de árboles de caucho, en las que se practican pequeñas incisiones en sus cortezas para recoger el exudado que dará lugar a lo que conocemos como caucho natural.

Desde un punto de vista químico y como se ha mencionado arriba, la goma arábiga es una compleja mezcla de polímeros naturales (polisacáridos y glicoproteínas), aunque los primeros, en forma largas cadenas de galactosa y arabinosa (otros dos monosacáridos) son los más abundantes. La característica más notable de la goma arábiga, que le ha abierto muchas aplicaciones, es que se trata de una sustancia comestible. De hecho, en la lista de aditivos alimentarios permitidos por la CE, figura con el número E-414 y, por ello, se ha usado y se usa en golosinas como las gominolas, chocolatinas, refrescos sin alcohol, chicles, etc. En el Léxico Científico Gastronómico, publicado en 2006 por la Fundación Alicia (parte de ese entramado económico-mediático que generó Ferrán Adriá), la goma arábiga aparece como una de las sustancias en investigación por los modernos cocineros, aunque se apuntan los usos que de ella se han hecho, desde hace años, en la industria alimentaria, donde se la ha empleado como aditivo en salsas y sopas, en el recubrimiento de cacao y chocolate, etc.

Ese mismo carácter de sustancia inocua para el organismo humano la convirtió durante años en elemento insustituible como adhesivo en los sellos de correos. Y así, está perfectamente documentado el hecho que el primer sello acuñado en Inglaterra en 1840 (el famoso Penny Black) ya se pegaba a los sobres gracias a la goma arábiga.

Depositada en forma de filme en la parte trasera del sello, permitía que esa superficie fuera ensalivada como fase previa a su pegado en un sobre, sin que el usuario sufriera daño alguno, aunque su presencia se hacía notoria en lengua y boca. Esa sensación será desconocida para mis jóvenes lectores que no escriben cartas sino emails y, por tanto, no tienen que echarlas al buzón con su correspondiente sello. Además, hoy en día, los sellos se pegan con los llamados adhesivos de contacto, a base de polímeros sintéticos, con lo que no hay que andar dando lengüetazos, algo que siempre queda poco fino.

El proceso de pegado es además reversible, ya que la goma arábiga es soluble en agua, permitiendo despegar sobre y sello. Todos los que hemos hecho en el pasado colecciones de sellos (el Búho fue filatélico incipiente, de los que los domingos iba a la Plaza de la Constitución donostiarra a cambiarlos), recordamos la estrategia de recortar la parte de los sobres que contenía el sello, ponerla en agua y esperar a que el sello se soltara, para dejarlo despues secar e incorporarlo a nuestro álbum de colección.

4 comentarios:

Sebastián dijo...

Hola Yanko,
Interesante esta entrada sobre la ya muy olvidada goma arábiga. Creo que la utilidad de los polisacáridos, en particular del almidón, como adhesivos nunca ha sido debidamente reconocida.
Detecto que se te ha colado el error de que la celulosa pueda ser fuente del combustible humano. Te lo comento por si crees necesario rectificarlo. No es necesario que publiques este comentario.
Un abrazo,
Sebastián

El Búho dijo...

Tienes razón, amigo y colega. Cosas de las prisas. Corregido

JM Pereña dijo...

Gracias, Búho, feliz coincidencia. Tú haces lo que te da la gana y tus lectores disfrutamos leyéndote.
Las gominolas de ahora saben mejor que los sellos de correos antiguos, que se despegaban con agua. Mira por donde yo lo había hecho y no me he enterado del motivo hasta que tú me lo has explicado. Por cierto, pensaba ordenar la colección de sellos cuando me jubilase y ahí está, esperando mejor ocasión que dudo llegue. El tiempo parece encoger en progresión geométrica mientras la edad lo hace en aritmética.
No nos dejes. Un abrazo.

El Búho dijo...

Gracias JM. Me ha encantado la frase sobre el tiempo y la vida. Te voy a escribir un día de estos de forma privada.

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Boredom is the highest mental state, según Einstein. Pero, a veces, aburrirse cansa. Y por eso ando en esto, persiguiendo quimiofóbicos.