lunes, 27 de enero de 2014

El entomólogo que comía DDT

Tengo que manifestar mi debilidad por los perdedores. Quizás sea simplemente por llevar la contraria a la mayoría (como me acusa uno de mis mejores amigos), quizás porque me voy haciendo mayor y, cuando eso pasa, uno se da cuenta de no haber alcanzado casi ninguno de los objetivos propuestos sobre lo que hubiera querido ser o hacer e, irremediablemente, se convierte en uno más del batallón de perdedores y, por tanto, solidario con todos los perdedores que en el mundo han sido. Por una u otra razón, el caso es que acabo siempre coleccionando historias de gentes que estando al mismo nivel, o quizás superior, que otras a las que se considera triunfadores natos, acabarán, si nada lo remedia, literalmente olvidados incluso para esa especie de testigo mudo que todo lo guarda y que llamamos internet.

En 1962, Rachel Carson publicó su libro Silent Spring, del que ya he hablado aquí varias veces. En muchos sitios, ese libro se considera como el núcleo sobre el que germinaron los incipientes movimientos ecologistas americanos y algunos apuntan, además, que fue la causa del nacimiento posterior de la Environmental Protection Agency (EPA) americana. En humilde opinión del Búho, habría que apuntar también en su "haber" el ser el origen de la extendida Quimiofobia que ahora nos invade pero, dado que tengo muchos números para ser etiquetado como perdedor, no debiérais hacer mucho caso a opiniones políticamente incorrectas del que suscribe.

Cuando el libro se publicó, J. Gordon Edwards estaba encantado, según el mismo describe en una conferencia que dio en 1992. A fin de cuentas pertenecía a varias organizaciones de defensa del medio ambiente, tenía poco respeto al mundo de la empresa y los negocios y había escrito artículos de corte ecologista. En ese año y los dos anteriores había estado haciendo trabajo de campo, como entomólogo, en una estación de la Universidad de Wyoming y había trabajado como Coordinador biológico del Servicio de Parques Nacionales en el Glacier National Park, parque nacional en el que finalmente murió. Pero cuando se fue metiendo en la lectura del libro de la Carson, se dio cuenta de que (y reproduzco sus palabras) "mucho de lo que en él se contaba era falso, aunque yo estaba dispuesto a no tenérselo muy en cuenta dado que provenía de una colega". Pero cuando llegó a la mitad, se dió cuenta de que "Carson estaba tergiversando los hechos y escribiendo ciertas frases de forma y manera que implicaban ciertas cosas sin realmente decirlas".

El libro, como todo el mundo sabe, tenía como núcleo central un agresivo ataque contra los plaguicidas y, particularmente, contra el DDT, siglas del Dicloro Difenil Tricloroetano, una molécula descubierta en 1874 por el químico alemán Othmar Zeidler pero que solo sesenta y cinco años después y en Suiza, Paul Muller repitió su síntesis y descubrió su uso como potente agente contra insectos diversos. Muller se llevó el Premio Nobel de Química en 1948 por ese descubrimiento.

Edwards entró en contacto con el DDT durante su estancia en Italia en la Segunda Guerra Mundial, cuando recibió la orden de aplicar DDT en polvo a todos los soldados de su compañía, en un intento de frenar una plaga de piojos que estaba infestando al ejército americano y que había propagado durante la guerra una epidemia de tifus que se estima mató a tres millones de personas en los años anteriores y posteriores a la guerra. El tratamiento se repitió entre Edwards y sus colegas durante dos semanas y se controló el problema. Tras la guerra, y dice él que influido por el incidente, Edwards obtuvo su doctorado en Entomología en la Ohio State University y, tras varios avatares académicos, acabó como profesor en la San Jose State University, de la que se jubiló tras treinta años impartiendo Entomología Médica.

Hasta su muerte en el año 2004, Edwards fue un activo detractor del libro de la Carson y, sobre todo, de la más importante de sus consecuencias, la prohibición en 1972 por parte de la EPA del empleo del DDT, una decisión que fue seguida posteriormente por muchos países y que hoy se mantiene. En un trabajo publicado meses después de su muerte, titulado "DDT: Un caso a estudio sobre el Fraude Científico"; Edwards hace un repaso de los argumentos que condujeron a la prohibición del DDT, poniéndolos literalmente en solfa. Y arremete con virulencia contra el Administrador de la EPA, William Ruckelshaus, que, en el documento de 40 páginas en el que fundamentaba dicha prohibición, "omitía la mayor parte de datos científicos aportados durante la vista previa de siete meses de duración y 9300 páginas, confundía los nombres de la mayor parte de los productos químicos a los que hacía referencia, como cuando proponía a los agricultores usar organofosfatos como el Carbaryl (cuando el Carbaryl no es un organofosfato). O recomendaba Parathion como alternativa, mucho más letal que el DDT". El mismo Ruckelshaus, en una carta al presidente de la asociación de granjeros americana, reconoció años después que la decisión de prohibir el DDT fue una decisión política.

Hoy en día, casi nadie discute que el DDT es la mejor arma para combatir la malaria que ha tenido la humanidad, aunque su empleo en los años en los que se fabricó fue desmesurado (ciertamente hay fotos de propaganda de su uso que dan miedo). Algunos siguen propugnando los mismos males que Carson denunció en su libro,  mientras otros aducen que las consecuencias se exageraron y que un uso razonable del DDT hubiera salvado a millones de personas de los países más pobres de azotes como la malaria, la fiebre amarilla, el tifus, el dengue u otros similares.

En cualquier caso, la decisión no tuvo ni tiene vuelta de hoja. La EPA, en una de las páginas de su web (DDT - A brief History and Status), sigue hablando de su carácter bioacumulativo en los tejidos grasos, de la génesis de insectos resistentes y de su carácter de "probable cancerígeno" basado en estudios con animales. Esta última es una definición muy suave para ese carácter y no parece corresponderse con el hecho de que la aplicación masiva durante treinta años haya incrementado posteriormente, de forma significativa, el cáncer de hígado, que es el que se detecta en los estudios con animales. La página reconoce que en 2006 la Organización Mundial de la Salud declaró su apoyo al uso controlado del DDT, en los términos descritos en la llamada Convención de Estocolmo, como forma efectiva de acabar con la malaria y si los gobiernos nacionales toman la correspondiente decisión.

No creo que Edwards se hubiera contentado con esa decisión, porque estaba convencido de que, por ejemplo, el DDT no era cancerígeno. Tanto es así que existen testimonios gráficos de que, en varias de sus charlas, se tomaba una cucharada de DDT ante sus oyentes (en internet podéis ver la noticia en el magazine Esquire a poco que enredéis en Google). No parece que le afectara mucho a su hígado. A sus 84 años, el profesor Edwards murió de un ataque al corazón mientras subía a la Divide Mountain en el ya mencionado Glacier National Park, un parque nacional en el que era el héroe local.

8 comentarios:

aurora ruiz galán dijo...

Muy bueno este artículo, Búho, muy bueno como documento histórico-científico, y muy bueno como pieza literaria.
En la imagen, las dos Des van seguidas de punto (indicando que la letra es inicial), pero la T no lo lleva, ¿es porque la imagen no está completa, o por alguna otra razón?

Diego Trabado dijo...

Excelente artículo, del que deduzco que todos los extremos son malos y sin embargo de un uso racional de los productos químicos se pueden obtener más efectos beneficios que daños o efectos secundarios.

El Búho dijo...

Gracias Diego,
A mi el caso del DDT me ha parecido siempre el paradigma de cómo el llamado "principio de precaución" puede tener efectos perversos.

El Búho dijo...

Lo desconozco Aurora. ¿Alguien por aquí lo sabe?.

Elvira Gonzalez dijo...

Magnífico artículo, un gusto leerlo,...

Peter Kant Rhopus dijo...

Muy buen artículo. La duda que me queda es la responsabilidad moral que conlleva el principio de precaución, o de la inacción. Por ejemplo, si se pone en el mercado una sustancia peligrosa, se hace uno responsable de las consecuencias. Pero si se prohíbe un quimioprotector contra la malaria, por ejemplo, nadie parece hacerse responsable de los millones de muertes que ello acarrea.

J.M. Pereña dijo...

Estupendo comentario, Búho, como suelen ser todos los tuyos. No siempre se tiene tiempo u ocasión de felicitarte y agradecer lo mucho que aprendemos con tus comentarios y suelo escribir cuando hay algún tema colateral. Y así ha ocurrido hoy, en que también aparece la reseña de un trabajo en JAMA Neurology (http://www.madrimasd.org/informacionidi/noticias/noticia.asp?id=59306&origen=notiweb&dia_suplemento=martes),
que relaciona el alzheimer con la exposición al DDT. Este trabajo es poco convincente, sobre todo por el bajo número de enfermos (86) y controles sanos (79) y por no haber tenido en cuenta el caso del entomólogo comedor de DDT.

molinos dijo...

Descubrí a Racherl Carson la semana pasada de pura casualidad...y lo que estoy aprendiendo.

Mil gracias.

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Boredom is the highest mental state, según Einstein. Pero, a veces, aburrirse cansa. Y por eso ando en esto, persiguiendo quimiofóbicos.