martes, 27 de diciembre de 2022

Don Pío y el Búho


Rara vez he publicado aquí alguna entrada que, en mayor o menor medida, no tenga que ver con la Química. Pero hoy, para acabar el año, lo voy a hacer. En este día de los Inocentes (cuándo si no) del año 1872 nació en esta ciudad Pío Baroja y Nessi, uno de los preclaros escritores de su época. Así que hoy se cumplen ciento cincuenta años de su nacimiento. Y como esto es un Blog personal y el Búho ha sido barojiano desde su más tierna adolescencia, quiero que quede constancia del hecho en esta entrada. La siguiente efeméride, cuando se cumpla el siglo de su muerte (el 30 de octubre de 2056), me pillará ya convertido en cenizas.

En algún momento de la década de los sesenta del siglo pasado, mi padre compró las obras completas de Baroja en la edición de 1947 que publicó Biblioteca Nueva, una editorial radicada en Madrid. Siempre ha sido un misterio para mi la razón por la que mi padre compraba libros de autores conocidos (Quevedo, Baroja, Unamuno, Blasco Ibañez, Garcia Lorca,...), en cuidadas ediciones, en una librería desordenada que estaba en la manzana siguiente a la que yo llevo viviendo cuarenta años, en la Plaza del Buen Pastor de Donosti. Nunca le vi leer (al menos no de manera regular) ninguno de esos tomos. Pero cuando deshicimos el piso de mis padres hace dos años, todos tenían claro que los diversos tomos de las Obras Completas de Baroja eran para un servidor.

Empecé a leerlas cuando todavía estudiaba Bachillerato, muchas veces con nocturnidad y la ayuda de una linterna que ocultaba entre las sábanas. Lo que me ocasionaba más de una bronca paterna. Peor fue que esa pasión barojiana me supuso un cero en conducta cuando llevé la contraria al fraile corazonista que nos daba Literatura española, al decirle que la famosa novela La Busca no me había parecido una obra especialmente pecaminosa. Mi padre fue llamado a capítulo por el Director del Colegio pero me sacó la cara y todo quedó en nada. Aunque, con posterioridad, el Hermano Victorino (que así se llamaba el fraile) nunca me puso buena nota en los exámenes de la asignatura, a pesar de que yo era un estudiante excepcional (ya se me murieron mis abuelitas hace tiempo).

El caso es que, este año, se ha vuelto a constatar la mala prensa que, en las Instituciones, ha tenido siempre el cascarrabias de Don Pío. Los concejales del PP en el Ayuntamiento donostiarra propusieron en febrero la concesión de la Medalla de Oro de la ciudad con ocasión del aniversario que estamos comentando. Pero todo el resto del arco político se posicionó en contra. La discusión demostró que muchos de los ediles de mi pueblo no han leído nunca a Baroja o han hecho una búsqueda intencionada de alguna frase de Don Pío que le inhabilitara como merecedor de tal galardón. Cosa no muy complicada, ya que uno puede encontrar muchos párrafos en sus libros que indican su desapego por la Donosti de los años veinte. No quiero ni pensar lo que diría ahora, cuando lo que él criticaba (y que podría resumirse con el término ñoñostiarrismo) anda otra vez en máximos.

Pero creo que los tiros van por otro lado. Baroja no ha caído nunca bien a los políticos, particularmente a los nacionalistas. No voy a entrar en detalles que puedan enturbiar la entrada pero en los escritos de Baroja queda clara su aversión por Sabino de Arana (tampoco los comunistas salen bien parados). Ello resultó ya obvio en 2006, al cumplirse el cincuentenario de la muerte del escritor, cuando una propuesta presentada por el PSOE para que la Diputación Foral celebrara una serie de actos conmemorativos se encontró con la oposición frontal de la mayoría nacionalista entonces imperante (PNV más EA).

Así que lo de este año no es más que una reedición de lo anterior aunque, esta vez, hasta los socialistas se han apuntado al carro. Su portavoz en el Ayuntamiento y futura candidata a la Alcaldía adujo que Baroja fue muy crítico con la ciudad, llegando a escribir en 1917 (!!) que su espíritu era "lamentable. Allí no interesa la ciencia, ni el arte, ni la literatura, ni la historia, ni la política, ni nada". Y concluyó la concejala con otra cita: "Yo no tengo ciudad. Hoy por hoy me considero extraurbano". Para acabar apostillando que Baroja ya tenía reconocimiento en espacios públicos de esta ciudad.

Y es cierto. Aparte de un paseo con su nombre en los extrarradios, con escultura de Nestor Basterretxea incluida, hay un busto junto al teatro Victoria Eugenia, en uno de los extremos de la calle Oquendo, la calle en la que nació. Una foto de ese busto es la que decora el inicio de esta entrada y podéis ampliarla clicando en ella. En realidad, se trata de una copia en bronce del realizado en piedra por el escultor Victorio Macho que lleva, además, una inscripción que recuerda el centenario del nacimiento de Baroja, ahora hace 50 años.

El busto original se instaló en 1935 en el claustro del Museo de San Telmo y al evento asistió el propio Don Pío, acompañado por el pintor Zuloaga entre otros. Se retiró después de la guerra civil y volvió a su lugar original durante la Transición para reposar otra vez, y sin que se sepa por qué, a los almacenes municipales donde me consta que estaba en 2006. Ese año, con ocasión del cincuentenario de su muerte, un concejal del PNV pidió volver a colocarlo en el claustro de San Telmo, pero no estoy seguro de que esté ahí, porque no he ido al Museo desde su última restauración (tendré que ir en peregrinación un día de estos).

Frente a la réplica en bronce, al otro lado de la calle, hay una placa que recuerda la casa en la que nació Baroja. También esto tiene un punto de polémica, porque uno de los sobrinos de Don Pío (ya fallecido), Pío Caro Baroja, solía decir, con cierta sorna, que la placa estaba colocada en la casa equivocada y que, en realidad, su tío había nacido en la finca colindante.

En fin, espero me perdonéis estos desahogos barojianos. Don Pío no dejaba títere con cabeza y así fue haciendo "amigos". Una buena prueba son sus diatribas contra los profesores universitarios que tuvo. Dado que este Blog versa sobre la Química, voy a recordar su apunte del profesor de esa materia durante el curso preparatorio de Medicina que siguió en Madrid. En las primeras páginas de su novela El árbol de la Ciencia dice que "[.....]aquella clase de Química en la capilla del Instituto de San Isidro era escandalosa. El viejo profesor recordaba las conferencias del Instituto de Francia, de célebres químicos y creía, sin duda, que explicando la obtención del nitrógeno y el cloro estaba haciendo su propio descubrimiento. [...] Dejaba los experimentos aparatosos para la conclusión de la clase, con el fin de retirarse entre aplausos, como un prestidigitador"".

Que 2023 os sea leve, amigos.

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domingo, 18 de diciembre de 2022

Adhesivos poliméricos y activistas climáticos

En los últimos meses, son ya habituales en la prensa las noticias relacionadas con acciones de activistas contra el cambio climático que se pegan a conocidas obras de arte exhibidas en museos importantes, a entradas de edificios de bancos y compañías petrolíferas o, incluso, al pavimento de vías urbanas. Esta pasada semana, por ejemplo, se han dado un par de incidentes en Alemania con activistas de una organización denominada Letzte Generation (en castellano Última Generación) que interrumpieron el tráfico rodado como forma de exteriorizar sus ideas. Esta entrada no pretende entrar a valorar ese tipo de actitudes, aunque los comentarios están abiertos a quien quiera hacerlo. Solo quiero utilizarlas como excusa para ilustraros, bien es cierto que con alguna dificultad, sobre los polímeros supuestamente empleados en esas protestas. Que es en lo que me siento cómodo.

Las acciones en los museos comenzaron a ser evidentes el pasado verano de la mano de la organización Just Stop Oil, con base en Gran Bretaña, cuyos activistas pegaron sus manos a pinturas de Van Gogh, Constable o Turner en museos de Londres, Glasgow o Manchester. Otro pegó su cabeza al famoso cuadro de Vermeer "La joven de la perla" en el museo Mauritshuis de La Haya. En estos y otros casos, parece que el adhesivo utilizado ha sido el conocido SuperGlue, ya que así se lo ha reconocido recientemente la propia organización a la revista Slate.

Sobre el Superglue ya hemos hablado alguna vez en este Blog. El pequeño tubo que compramos contiene un compuesto químico en estado líquido denominado cianoacrilato que, en presencia de la humedad del aire, empieza a polimerizar rápidamente hasta formar un capa sólida entre las superficies que pretendamos adherir. La rapidez del proceso es tal que, si algo del producto nos queda entre los dedos y los juntamos, la propia humedad que tienen estos hace que el proceso se produzca igualmente, con lo que los dedos quedan firmemente unidos y tratar de separarlos drásticamente puede hacer que nos llevemos la piel. Pero, como es obvio, es un adhesivo muy interesante para este tipo de acciones que necesitan de una cierta rapidez, para que todo esté unido y bien unido antes de que llegue la poli a tratar de solventar el marrón.

Hay algunos métodos para deshacer esa potente adhesión. Por ejemplo, usar acetona, como la contenida en un quitaesmaltes de uñas. La acetona disuelve al polímero formado por el cianoacrilato y si se tiene la suficiente paciencia como para ir moviendo suavemente los dedos encolados mientras se aplica un paño con acetona en la zona adherida, la adhesión se irá debilitando y los dedos se separarán. Otros trucos implican el uso de aceite, agua con jabón o disolventes más especiales. En algunas protestas, los activistas se pegaron a las pantallas con las que se suelen proteger cuadros valiosos. Esas pantallas están hechas de polimetacrilato de metilo, un polímero transparente como el vidrio. En ese caso, la acción de la acetona es también interesante porque no sólo disuelve al adhesivo sino también al propio polímero protector por lo que la separación se puede llevar a cabo con una cierta facilidad. El protector, sin embargo, resulta dañado y habrá habido que cambiarlo pero parece que los cuadros no han sufrido deterioro alguno.

Algo más complicado de entender parece lo que ha ocurrido con las dos acciones de los activistas de Letzte Generation que mencionaba arriba. He rebuscado en páginas alemanas (cuyo idioma no controlo) que dan la noticia, gracias a la posibilidad de traducirlas en los navegadores modernos. Pero no he encontrado de forma concluyente la naturaleza química de los adhesivos empleados. Algún medio español habla de que fue también SuperGlue, mezclado con arena, el adhesivo que empleó el activista Raul Semmler, el pasado fin de semana, para pegarse a una carretera cerca de Mainz e interrumpir así el tráfico. Lo de la arena podría ser una forma de implicar a toda la mano, y no solo a la palma, en la adhesión. Lo que es evidente es que al activista se le fue la mano (y nunca mejor dicho) en la cantidad de adhesivo empleada, pegándose de tal forma al asfalto que hubo que arrancar, a base de un taladro, un trozo de este, con mano incluida, como forma de reanudar el tráfico ante la imposibilidad de hacerlo de otra manera. La mano quedó tal y como se ve en la foto que ilustra esta entrada y la eliminación del adhesivo, hasta dejarle a Raul su mano en condiciones, ha tenido que ser un proceso largo y, probablemente, muy molesto.

En el otro incidente, activistas de la misma organización, embutidos en trajes de neopreno, trataron de pegarse sentados a una calle de Munich tras rociarse con un líquido blanquecino. Pero el intento resultó un fiasco y debieron quedarse sin habla al comprobar que el pegamento no solo no les adhería al suelo sino que, por el contrario, facilitaba que la policía los arrastrase fuera de la calle. Algunos medios han especulado con que los activistas no tuvieran en cuenta el que las temperaturas en el momento de la acción estaban bajo cero y, por ello, el adhesivo no funcionó. Es difícil saberlo pero visto lo que se ve en las fotos y si se me permite lanzar una hipótesis, yo diría que usaron un adhesivo a base de una resina epoxi.

El adhesivo tipo epoxi más conocido es el que durante años se ha vendido en cualquier ferretería bajo la marca Araldit. Se presenta en dos tubos (bicomponente), uno con la resina epoxi propiamente dicha, un polímero de cadenas cortitas, y otro con agentes que van a provocar su endurecimiento (o curado) cuando el contenido de ambos tubos se mezcla. Ese curado implica que las cadenas de la epoxi se van uniendo entre ellas, lo que provoca el citado endurecimiento, que tiene además como consecuencia el que el material final es insoluble en disolventes orgánicos y si tratamos de calentarlo para que se ablande tampoco lo conseguimos y, como mucho, la resina curada se carbonizará si se alcanzan temperaturas elevadas.

Pero a nivel industrial se venden resinas epoxi que ya llevan el agente de curado incorporado (monocomponente. Para que no solidifique enseguida y se pueda distribuir comercialmente, el agente de curado está elegido adecuadamente y solo hace su papel después de un tiempo largo (horas) tras su aplicación, tiempo que, además, es más o menos largo dependiendo de la temperatura a la que está la superficie sobre la que se aplica. Y aventuro que ese es el tipo de adhesivo que los activistas pensaron usar pero que la baja temperatura de las calles de Munich hizo que el proceso de curado no tuviera ni visos de empezar antes de que llegara la poli. Y como lo que se habían rociado era una cosa pringosa y resbaladiza, ello facilitó la labor policial. Supongo, por otro lado, que aparte de protección contra el frío reinante, el traje de neopreno era una forma de asegurarse el que, si la cosa hubiera funcionado, no los tuvieran que arrancar con taladro como a su colega. Bastaría con quitárselo y punto.

No deja de tener su gracia que el científico que estudió, ya en el siglo XIX, la relación entre la temperatura y la velocidad a la que un proceso químico ocurre, no fue otro que Svante Arrhenius, el mismo que, como ya conté aquí, fue el primero en cuantificar en 1896 el efecto que tiene en el calentamiento de la Tierra el duplicar la concentración de CO2 en la atmósfera.

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jueves, 8 de diciembre de 2022

Búhos de la Edad del Cobre


Lo que hoy os voy a contar tiene poco que ver con la Quimiofobia o la Química que suelen inspirar muchas de mis entradas. En este caso, se trata de una curiosidad que ha surgido de forma casual, tras recibir una de las muchas alertas de revistas científicas a las que estoy suscrito. En el caso que nos va a ocupar, me llegó esta semana una alerta de la llamada Scientific Reports que publica el grupo Nature. Como en el título aparecía la palabra owl (búho) decidí echarle una ojeada. Se trata de un artículo de científicos españoles, liderados por un investigador de la Estación Biológica de Doñana. Y hace referencia a placas de pizarra grabadas durante la Edad del Cobre que, generalmente, se han encontrado en yacimientos tanto españoles como portugueses, en el suroeste de la Península Ibérica.

Una de esas placas, la que ilustra esta entrada y que podéis ampliar clicando sobre ella, fue encontrada en Cerro de la Cabeza, un sitio arqueológico muy interesante situado en la provincia de Sevilla. La placa data de finales del tercer milenio antes de Cristo y pertenece a los fondos del Museo Arqueológico de Sevilla (*). Basta ver sus dos grandes ojos centrales para identificar en ella la imagen de un búho. Dado el fetichismo que tengo por estos pájaros, la maravillosa imagen y su antigüedad, no me quedó otro remedio que seguir leyendo el artículo. Busqué después la imagen en el Museo sevillano e, incluso, entré en su tienda para ver si era posible comprar algo con ella relacionado. Pero no hubo suerte.

La placa en cuestión, y otras similares, pesan en torno a un kilo y suelen tener dimensiones parecidas a la palma de la mano. La que os muestro aquí mide 20,8 cm de alto por 15,3 cm de ancho y tiene un grosor máximo de 1,5 cm. Dicen los autores que esa y otras placas que también se muestran en el artículo, recuerdan a dos tipos de búhos que aún hoy están muy presentes en la zona, el mochuelo común (Athene noctua) y el búho chico (Asio otus) que, posiblemente, fueron también los búhos más abundantes alrededor de los asentamientos humanos de ese período histórico, como el de Cerro de la Cabeza. La gente de la época tuvo que ser consciente de su presencia e, incluso, haber interactuado con ellos. El por qué en estas placas aparecen muchos búhos, pero no otros animales, podría deberse a que los búhos son los más antropomórficos de todos los animales, con los ya mencionados grandes ojos frontales en sus enhiestas cabezas. Incluso hoy en día, los búhos se representan sistemáticamente, con sus dos ojos mirando al observador.

Los autores del artículo explican que esas placas están hechas de pizarra por ser esta una de las rocas más comunes en el suroeste de Iberia, proporcionando además algo parecido a un lienzo en blanco (aunque pétreo y gris) donde grabar líneas, utilizando herramientas puntiagudas de pedernal, cuarzo o cobre. Y que la forma en la que las pizarras se exfolian facilita la elaboración de placas con aspecto de búho. Si quisiéramos hacer lo mismo con las siluetas de otros animales, y que se identificaran como tales, exigiría por parte del "artista" habilidades adicionales de tallado y el uso de herramientas más específicas. La fabricación y el diseño de estas placas era algo sencillo y no requería altas habilidades ni mano de obra intensiva, como ha podido demostrarse con experimentos de replicación de estos diseños.

Especulan los autores con que estas placas de búhos podrían haber sido ejecutados por gente joven, ya que se parecen a los búhos pintados hoy en día por estudiantes de primaria, una prueba de que los dibujos esquemáticos son universales y atemporales. Al final, proponen que esas placas de pizarra con forma de búho pudieran ser los restos de un conjunto de objetos utilizados tanto en actividades lúdicas como en ceremonias rituales. Y que el grabado de las placas puede haber sido parte del juego. La frontera entre el juego y el ritual es difusa en las sociedades antiguas y "no hay contradicción en jugar con juguetes similares a animales y, en algún momento, usarlos como ofrendas como parte de rituales comunitarios como los que se daban en las colosales tumbas megalíticas de la Edad del Cobre".

En muchos casos, como pasa en el caso que os he mostrado al principio, estas placas de pizarra muestran además un par de agujeros en la parte superior, por encima de las cejas del búho y entre ellas. Una posible interpretación de la función de esos orificios es que sirvieran como puntos de introducción de algún cordaje que permitiera colgarlas del cuello o en las paredes de las tumbas. Otra posibilidad es que permitieran insertar ahí plumas de ave, añadidas a las placas justo en el lugar donde emergen los mechones en los búhos vivos.

Comprenderéis que después de leer todas estas cosas de mis colegas búhos tenía que dejar constancia aquí de ello. Este Blog, y cada día que pasa más, no es más que un diario de un Búho un poco grande y viejo...

(*) La foto de la placa mostrada es de Isabel María Villanueva Romero.

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miércoles, 30 de noviembre de 2022

El CO2 y el volcán Mauna Loa


La figura que ilustra esta entrada es la evolución de la concentración de CO2 en la atmósfera desde finales de los años cincuenta, medida en una recóndita estación meteorológica, a más de 3000 metros de altura, construida en la falda del volcán Mauna Loa, en la llamada Isla Grande (o Hawai) del archipiélago hawaiano. Es probable que estos días hayáis visto en los medios que el citado volcán ha entrado en erupción, con espectaculares imágenes de la misma. Lo que ha traído como consecuencia que hoy, cuando he entrado en la página web que actualiza día a día la curva de la figura, me he encontrado con que el día 28 de noviembre la concentración de CO2 fue 417,31 ppm, mientras que la del día 29 no estaba disponible porque se habían suspendido las mediciones a causa de la erupción del volcán.

La gráfica que se muestra arriba se conoce como gráfica Keeling en honor al científico, Charles David Keeling, que comenzó a medir la concentración de CO2 en la atmósfera a mediados de los cincuenta, como proyecto postdoctoral, en el Departamento de Geoquímica del Instituto Tecnológico de California (Caltech). Comenzó tomando muestras de aire y agua en recónditos lugares de Estados Unidos, volviendo con ellas a los laboratorios del Caltech para medir las concentraciones de CO2. Keeling se sorprendió al ver que esas concentraciones aumentaban por la noche y disminuían durante el día, con una concentración vespertina casi constante de 310 partes por millón (ppm), independientemente del lugar en el que se habían capturado las muestras. Pronto comprendió que esos cambios se deben a que durante el día las plantas toman CO2 de la atmósfera para realizar la fotosíntesis con ayuda de la luz solar. 

En 1956, la Oficina Meteorológica de Estados Unidos (hoy incluida en la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica, NOAA), así como otras organizaciones americanas y europeas, estaban preparando programas de investigación para el Año Geofísico Internacional, a celebrar entre 1957 y 1958. La Oficina Meteorológica tenía previsto medir la concentración de CO2 atmosférico en lugares remotos para establecer una línea base de la misma. Keeling propuso a la Oficina Meteorológica y al llamado Instituto Scripps, en la Jolla, California, el uso de una nueva herramienta analítica, un analizador de gases por infrarrojos que, a diferencia del aparato que él venía utilizando, permitía realizar mediciones de CO2 de forma continua en muestras de aire. Después de diversos intentos con el aparato en cuestión en la Antártida y a bordo de barcos y aviones, la primera lectura en Mauna Loa se llevó a cabo el 29 de marzo de 1958, estableciendo la concentración atmosférica de CO2 en esa fecha en 313 ppm.

Dadas las difíciles condiciones en las que se realizaron las primeras mediciones (cortes de luz, problemas logísticos), los datos de 1958 fueron un tanto erráticos pero Keeling no cejó en el empeño y cuando tuvo las medidas del año 1959 completo, quedó claro el comportamiento que se sigue viendo en la gráfica que ilustra esta entrada. En ella se ve una sucesión de pequeños picos, con máximos en torno al mes de mayo y mínimos en noviembre. De nuevo la fotosíntesis tiene algo que ver. Las plantas absorben CO2 en el proceso de fotosíntesis durante el periodo de crecimiento de sus hojas, que va de abril a agosto, reduciendo así los niveles de CO2 atmosférico durante esos meses, mientras que en otoño e invierno, las plantas pierden hojas, capturan menos CO2 y el carbono almacenado en los tejidos vegetales y los suelos se libera a la atmósfera, lo que aumenta las concentraciones del mencionado gas.

Con la curva de Keeling actualizada en la mano nadie puede negar lo obvio. La concentración del CO2 en la atmósfera ha ido creciendo paulatinamente desde las 313 ppm en los inicios de la estación de Mauna Loa (un 0,03% del gas en la atmósfera), a los 417 de este noviembre, a un ritmo que, además, parece acelerarse. Y todo indica que ese crecimiento no tiene precedentes en muchos años atrás, aunque para ello haya que echar mano de medidas que analizan el CO2 atrapado a diferentes profundidades en el hielo permanente de la Antártida y que corresponden a su concentración en épocas pretéritas. Esas medidas muestran que, desde hace 800.000 años (antes de que apareciera el Homo sapiens), el CO2 parece haber variado, llegando incluso a valores muy bajos (150 ppm) que, probablemente, dificultaron la fotosíntesis de las plantas entonces existentes. Pero en los últimos 2000 años, esa concentración parece haberse mantenido constante en unas 280 ppm hasta el advenimiento de la Revolución industrial, cuando empezó a crecer generando el aumento posterior detectado por Keeling en los cincuenta.

Estas reconstrucciones paleoclimáticas, medidas indirectas de una magnitud en el pasado, interesantes para el estudio del clima en el futuro, se llaman Proxies en inglés e Indicadores climáticos en castellano. Hay otros como los anillos en cortes de troncos de árboles centenarios que permiten reconstruir las temperaturas del pasado. O las concentraciones de boro-11 en conchas y caparazones de animales marinos que permiten reconstruir el pH del agua del océano en épocas pretéritas. Pero, todo hay que decirlo, el uso de los proxies ha estado envuelto en diversas polémicas (a veces bastante agrias) entre climatólogos. Cosa que no puede pasar con datos tan contrastados como los obtenidos por la estación de Mauna Loa y otros concordantes medidos en otras estaciones a lo largo y ancho del mundo.

Ahora, la carretera que lleva a la estación se ha visto cortada por un río de lava proveniente de la erupción y los científicos andan a la carrera trasladando los equipos a lugares seguros. Cuánto tiempo durará la incidencia y qué implicaciones tendrá en las medidas futuras es un poco una incógnita. Pero el espíritu del concienzudo y testarudo Keeling andará en el ambiente para solucionarlo. Mientras tanto, esas otras estaciones que acabo de mencionar seguirán con su trabajo.

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martes, 15 de noviembre de 2022

Parabenos diez años después

Nada como un día de San Alberto (patrón de los químicos) para ponerse a escribir una entrada que ya he decidido que le voy a poner la etiqueta Quimiofobia. Hace unos días una lectora me envió un comentario a una entrada en el Blog sobre los parabenos, entrada que tiene la friolera de diez años. Literalmente me decía: "Ni parabenos ni cualquier otro tóxico que pueda ser perjudicial para la piel. No es fácil dar con el desodorante o producto de cosmética ecológica idóneo el cuidado de nuestro cuerpo. Algunos herbolarios o incluso supermercados tienen apartados específicos para este tipo de productos que verdaderamente son ecológicos, BIO y solo usan ingredientes naturales. Una vez que das con ellos y compruebas que funcionan y cubren tus necesidades es una gozada. Yo ya no compro las marcas tradicionales que anuncian en todos los sitios, prefiero pagar algo más y garantizar el cuidado de mi piel (y del planeta)".

A pesar de ser de Hernani, procuro ser bastante discreto y conciliador en mis respuestas a comentarios con los que (como este) discrepo radicalmente. Hice como que no había leído lo de los herbolarios, supermercados y similares, le di las gracias por su comentario, le dije que cada cual se gasta el dinero en lo que quiere y le prometí poner al día el asunto de la toxicidad de los parabenos. Pero el comentario me parece un ejemplo palmario de la Quimiofobia que impera en los ámbitos de la cosmética.

La entrada a la que la lectora hacía referencia se publicó en octubre de 2012 y ponía al día otra de 2010. Voy a tratar de condensar ambas para que no os las tengáis que leer. Los parabenos son ésteres del ácido para-hidroxibenzoíco (PHBA) y es común encontrar nombres como metilparabeno, etilparabeno, propilparabeno o butilparabeno en las etiquetas de muchos productos de cosmética (aquí nos centraremos en los desodorantes) y, también, en alimentos y fármacos, ya que los dos primeros de esa serie están registrados como aditivos alimentarios con su correspondiente código E-. Así que, merced a alimentos y fármacos con parabenos, los ingerimos de manera bastante habitual. Una vez en nuestro tracto gastrointestinal se absorben rápidamente, se hidrolizan en el hígado y los productos que se generan se eliminan por la orina en cuestión de horas.

Tanto en alimentos y fármacos como en cosmética, el papel de los parabenos es preservar esos productos contra la acción de determinados microorganismos que puedan contaminarlos y arruinarlos. Y se emplean en concentraciones que, rara vez, superan el 0.3% del preparado que sea. Algunos, como el metil parabeno, se encuentran en productos naturales como las fresas que nos comemos, aunque los parabenos que se emplean en cosmética se sintetizan en su casi totalidad.

En 2004, un grupo encabezado por Philippa Darbre, de la Universidad de Reading en Inglaterra, publicó un artículo [J. Appl. Toxicol. 25, 5 (2004)] en el que analizaban 20 muestras extraídas de tumores de mama, encontrando en todos ellas niveles de varios nanogramos por gramo de muestra de los cuatro parabenos ya mencionados y de otros dos más (isobutil parabeno y bencil parabeno). El hecho de que aparecieran los parabenos tal cual y no los productos en los que se suelen descomponer en el tracto gastrointestinal humano cuando se ingieren por vía oral, hizo que los autores formularan la hipótesis de que eran absorbidos directamente a través de la piel en la zona en la que se aplican los desodorantes. Y esa hipótesis ha generado en años posteriores un importante números de publicaciones científicas dedicadas a estudiar diversos aspectos de la toxicidad de los parabenos.

Hoy sabemos (ver, por ejemplo, este informe de los Centros para el Control y Prevención de las enfermedades, CDCs, un prestigioso organismo gubernamental americano) que las enzimas de la piel también metabolizan rápidamente los parabenos y lo convierten en el PHBA del que se derivan. Además, también sabemos que los parabenos que acaban penetrando, lo hacen en grado inversamente proporcional a su tamaño, así que el metil- es el que menos se absorbe, luego el etil-, luego el propil-, etc. Otra característica de los parabenos, que ya el trabajo de la Darbre alertaba es que imitan el comportamiento de los estrógenos, cuyo papel está bien establecido en el crecimiento de los tumores. Pero hoy sabemos que los parabenos son decenas o millones de veces menos potentes, en lo que a actividad estrogénica se refiere, que el estradiol, una hormona sexual importantísima para las mujeres y producida en sus ovarios.

Aseveraciones más explícitas que han ido refutando las tesis de la Prof. Darbre en lo relativo a la relación parabenos/cáncer de mama pueden encontrarse en las páginas de las agencias que velan por nuestra salud como la FDA americana (última pregunta) o la EFSA europea (página 7, apartado 3.1).

Revisiones más recientes, como esta de 2021, dejan claro ya en su resumen inicial que, aunque se hayan publicado estudios sobre la toxicidad de los parabenos en animales y en pruebas in vitro, no pueden tomarse en serio a la hora de discutir los riesgos sobre la salud humana, dadas las poco realistas condiciones en las que esos estudios se han llevado a cabo. También se concluye que muchos estudios han demostrado que los parabenos no son cancerígenos, ni mutagénicos (es decir, no alteran el material genético de las células) ni teratogénicos (no producen alteraciones en el feto durante su desarrollo en el útero). De hecho, los más comunes  (el metil-, el etil- y el propil-) se consideran seguros para su uso en cosmética y farmacia.

Pero da igual. Ya en la entrada de 2010 arriba citada, este vuestro Búho aventuraba un negro futuro a los parabenos, a pesar de su eficacia, tradición, precio y de la inocuidad de su uso. Y es una profecía que se ha cumplido. Particularmente en USA, ya casi ningún desodorante contiene parabenos porque la industria cosmética no quiere líos y han ido introduciendo nuevos sistemas protectores contra el desarrollo de microorganismos en los cosméticos. Y los contrarios a esa industria, como mi comunicante, prefieren los productos naturales, BIOs y ecológicos que, en cuanto a su seguridad, tendrían que estudiarse con idéntica intensidad y metodologías como las empleadas con los parabenos tras la alerta de la Prof. Darbre.

Y si uno bucea un poco en las páginas de desodorantes sin parabenos puede encontrarse con contrasentidos como los de esta página de BAN, una conocida marca de desodorantes americana. Bajo el título "Parabenos en desodorantes: la verdad que no conoces", se explica prácticamente todo lo que acabo de explicar yo en líneas precedentes. Para, finalmente, proclamar a los cuatro vientos que como quieren asegurarse de que todos sus clientes se sientan seguros usando sus productos y algunos consumidores eligen evitar el uso de parabenos, confirman que ninguno de sus productos los contienen. ¡Toma lógica aplastante!.

Ah, y en cuanto a lo de cuidar el planeta que decía mi comunicante, el mismo documentos de los CDCs, arriba mencionado, explica al que quiera entender que los parabenos no persisten en el medio ambiente ya que se degradan fotoquímicamente en el aire y se biodegradan en el agua.

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